jueves, 29 de febrero de 2024

El abismo entre epulones y lázaros


En el evangelio de este jueves de la semana segunda de Cuaresma leemos la conocida parábola del pobre Lázaro (con nombre) y de un ricachón (sin nombre). Hoy quiero partir de lo que he escrito en el libro Lectio divina para tiempos fuertes. Cuaresma y Semana Santa 2024. Como toda parábola, también esta admite varios niveles de lectura. Quizás la clave más profunda la ofrece el versículo puesto en boca de Abraham: “Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán, aunque algún muerto resucite”. 

El nuevo Moisés y el profeta definitivo es Jesús. Si no lo escuchamos a él como revelador de Dios, es inútil creer en apariciones, visiones u otros fenómenos extraordinarios. Siempre me ha parecido muy extraña la tendencia de algunas personas a buscar fenómenos raros o caminos milagrosos para ir a Dios cuando Él mismo se nos ha querido revelar en Jesucristo. Lo tenemos presente en su Palabra, en los sacramentos, en la comunidad, en las personas necesitadas. ¿Qué más necesitamos?


Prestemos atención a algunos personajes de la parábola que tienen nombre: un mendigo llamado Lázaro, el patriarca Abrahán, Moisés y, por supuesto, Dios. Pero hay otros que no tienen nombre: un ricachón “que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día”, su padre y sus cinco hermanos. En la parábola sucede lo contrario de lo que vemos en nuestro mundo. Los ricos famosos aparecen todos los días en los periódicos con sus nombres y apellidos exhibiendo su impúdica abundancia; los pobres no tienen ni rostro ni nombre. 

La historia que cuenta la parábola de Jesús es muy conocida, pero quizá no bien interpretada. Jesús no dice que el hombre rico sea malo y que el pobre Lázaro sea una persona virtuosa. De ninguno de ellos se hace un juicio moral. Jesús se limita a describir su situación vital e invitarnos a tomar conciencia. Uno (el hombre rico anónimo) “se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día” y otro (el pobre Lázaro) “estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico”. No hacen falta muchas explicaciones. Basta abrir los ojos y el corazón.


Jesús quiere poner de relieve el fuerte contraste entre dos estilos de vida, la brecha que separa dos mundos, aunque estén físicamente cercanos. El “abismo” que se ha creado en la tierra entre los que tienen mucho y derrochan se reproduce en sentido contrario en el cielo. El gran problema del rico comilón (eso es lo que significa la palabra “epulón”) es que no se dio cuenta a tiempo de este abismo y, por tanto, no hizo nada para superarlo. Vivió de manera inconsciente, demasiado centrado en sí mismo y sus intereses. 

Nosotros tenemos a Jesús. Su vida y su palabra nos hablan con claridad del mundo que Dios quiere. No hace falta que se produzca ningún milagro. Si todos somos hijos del mismo Padre, no puede haber tantos “abismos” entre los hermanos. Las consecuencias son claras.



2 comentarios:

  1. Las historias según sean contadas las interpretamos diferente. Hoy, nos pones de relieve, el hecho de los personajes con nombre y sin nombre, para interpretarlos al revés de lo que hacemos en nuestra sociedad. Nos ayudas a tomar conciencia de los abismos que existen y que los vamos creando y lo peor es que muchas veces no tomamos conciencia de ello… Para mí es importante que nos recuerdes que todos “somos hermanos, hijos de un mismo Padre”. Nos hemos acostumbrado a un estilo de vida que nos lleva a olvidarnos que “Dios se ha querido revelar en Jesucristo”.
    Gracias por el video de Heriberto con su consejo que complementa el tema de hoy cuando nos dice: “Busca a Dios, no a ti mismo.
    Gracias Gonzalo, por el esfuerzo que estás haciendo para acompañarnos en esta Cuaresma.

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  2. Gracias por tan buena reflexión y verdad, solo aparecen los ricos, los pobres tantos que hay en nuestras calles son anónimos ?Como darles nombre?. Cada día la brecha se hace más grande, hay muchos que no saben como llegar a final de mes. Señor que seamos más conscientes de esta realidad.

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