jueves, 1 de enero de 2026

Novedad, paz, maternidad


2026 ha empezado con niebla, temperatura gélida y calor familiar. El primer día del año tiene tres puntos de referencia: el paso del tiempo, la promoción de la paz y, sobre todo, la celebración de la maternidad divina de María

El primer punto es universal. Todos celebran a su modo el paso de un año a otro. Cada cultura tiene sus ritos. Abundan los fuegos artificiales, los baños en el mar, la ingesta de doce uvas, la quema de objetos viejos, el uso de vestidos especiales… y algunas supersticiones que pretenden atraer la suerte sobre aquellas personas que las practican. Las televisiones nos sirven en bandeja imágenes espectaculares desde Sidney hasta Ciudad de México o Los Angeles. En muchos lugares las personas se reúnen con sus familiares y amigos para cenar y desearse un nuevo año feliz. Las redes sociales estallan con gifs, vídeos y mensajes de todo tipo. A menudo no son creaciones personales, sino reenvíos interminables de materiales reciclados. Las llamadas telefónicas han dejado paso al envío masivo de mensajes cortos en los que apenas se nota la huella personal. El denominador común es un deseo difuso de bienestar, la convicción de que el paso del tiempo puede hacernos mejores, aunque comprobemos una y otra vez que las intenciones apenas se traducen en resoluciones. 


La segunda referencia es la paz. Con motivo de la LIX Jornada Mundial de la Paz, el papa León XIV nos ha dirigido un mensaje titulado “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante”. Extraigo algunas palabras: “Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella”. 

Este Papa está muy preocupado por la paz. Sus informaciones privilegiadas le hacen temer un conflicto de proporciones globales. Por eso, no pierde ocasión para animarnos a todos, creyentes y no creyentes, a cuidar este don precioso sin el cual no podemos desarrollarnos como personas. El cuidado empieza en el santuario de la propia conciencia, allí donde maduran nuestras actitudes y decisiones.


Por último, el punto central de este primer día del año para un cristiano es la celebración de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. A ella, que ha dado a luz a Jesús, le pedimos que, con la fuerza del Espíritu Santo, engendre en nosotros a Dios. El dogma de la maternidad divina de María tiene mucho que ver con nuestro itinerario de fe. Se refiere, en primer lugar, al alumbramiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, pero también a la gestación de Dios en cada uno de nosotros mediante la fe. En un contexto en el que muchas personas dudan de Dios y otras se declaran ateas, la presencia materna de María señala el camino. Ella sigue engendrando hijos en su corazón. 

Por otra parte, en un contexto tan descorazonado como el actual, ella nos enseña a “conservar todo en el corazón” para permitir que Dios llegue hasta nuestro centro personal y nos transforme. Vivir con corazón implica valorar la intimidad y la profundidad frente a la superficialidad, cultivar la cordialidad frente a la indiferencia, vivir la fe frente al miedo. 

En este primer día del año le pedimos a la Madre de Dios que nos ayude a no dejarnos llevar por la prisa, sino a atesorar todo en el corazón para que podamos ser hombres y mujeres de paz y de este modo el año 2026 sea una nueva oportunidad de crecer en la comunión con Dios y en la entrega a los demás.

A todos los amigos de El Rincón de Gundisalvus os deseo de corazón un...


miércoles, 31 de diciembre de 2025

El último día del año


Mi paseo matutino en el último día del año ha sido bajo una agradable temperatura de tres grados bajo cero. El pinar estaba cubierto de escarcha, los regatos permanecían congelados y el río Duero vertía sus aguas en el embalse de la Cuerda del Pozo con parsimonia invernal. Solo en las cumbres del Urbión hay nieve. Para que baje al valle hay que esperar unos días. Despediremos, pues, 2025 con cielo azulísimo, frío discreto y un enorme sentimiento de gratitud. 

Para hacer memoria de los acontecimientos sociales y políticos están los medios de comunicación. Hoy ofrecen resúmenes más o menos interesantes sobre lo que ha sucedido a lo largo del año que termina. En general, el tono no es muy optimista. La amenaza de una gran guerra se cierne sobre la humanidad. Hay líderes políticos y periodistas interesados en silenciar el discurso antibelicista de León XIV. Esperemos que 2026 nos traiga un poco de sensatez.


Me gusta el último día del año. Por la pantalla de nuestro corazón van desfilando imágenes y sonidos de lo vivido en los doce meses que terminan. Sin saber por qué, algunos recuerdos reclaman el primer plano. Se han quedado grabados a fuego en nuestra memoria. Otros se desvanecen como niebla a mediodía. Siempre me ha sorprendido lo selectiva y caprichosa que es la memoria. A veces olvidamos lo que otros recuerdan con pelos y señales y otras conservamos recuerdos que otras personas han olvidado por completo. 

Es obvio que la memoria tiene un alto componente afectivo. Recordamos más y mejor lo que nos ha afectado sentimentalmente, lo que ha tocado nuestro corazón. Podemos olvidar un evento social de primer orden y recordar con primor una conversación con un amigo, un paseo por el bosque o un momento de oración. Esta subjetividad permite que cada uno compongamos el mosaico del año que termina con las teselas de nuestra memoria afectiva.


Mientras tecleo esta entrada, tengo de frente el inmenso pinar de Camporredondo. El sol golpea el ala sur de los tejados rojizos de las casas vecinas mientras el ala norte conserva todavía restos de escarcha. El silencio envuelve todo. Me dicen que las casas rurales se han llenado de turistas, pero por la calle no se oye ningún ruido. A las siete de la tarde celebraré la Eucaristía. Aunque cronológicamente pertenezca al último día del año, litúrgicamente anticipa la solemnidad de mañana. Tendré oportunidad de saludar a algunos amigos que hace tiempo que no veo. Daré y recibiré felicitaciones para el nuevo año. 

Y, luego, venciendo el frío de la noche, iré caminando a la casa de mi hermano donde cenaremos en familia. Un año más reviviremos la ritualidad que acompaña el cambio de año. Uno puede pensar que se trata de ritos muy banales, bastante alejados de la densidad litúrgica, pero a veces la vida necesita también estas concesiones a la ligereza. Lo que importa es que, con ritos o sin ellos, expresemos nuestro amor a la personas queridas y, sobre todo, entreguemos a Dios el año que termina pidiendo la fuerza de su gracia para el que empieza.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Romper las convicciones


La Navidad es un anticipo de la Pascua, así que vida y muerte (o muerte y vida) se dan la mano. Ayer, fiesta de la Sagrada Familia, moría en nuestra misma comunidad la madre de uno de nuestros hermanos. Fue un golpe inesperado. Sobran las palabras. Ese evento no figuraba en nuestro calendario de celebraciones. Pero ya se sabe que lo más denso de la vida sucede en los huecos que dejamos libres en nuestra agenda. 

¿Se puede vivir la muerte a la luz de la Navidad? Eso es precisamente lo que nos propone la liturgia. Para un cristiano, el verdadero “dies natalis”, su verdadera navidad, no es su nacimiento biológico, sino su paso a la vida eterna. La fe nos ayuda a dar sentido a lo que humanamente resulta casi inaceptable. En el marco litúrgico de la Sagrada Familia experimentamos qué significa ser familia en el Señor, compartir las alegrías y las penas, las preguntas y las respuestas, los silencios y las palabras. Es probable que también algunos de los lectores de este Rincón hayáis tenido que lidiar con la realidad de la muerte en estos días en los que celebramos la vida del Niño. Dejemos que su luz ilumine nuestras tinieblas y que su amor nos mantenga firmes y esperanzados.


Ayer volvió a celebrarse el Belén viviente de mi pueblo natal, Vinuesa. Este año no pude estar presente. Mientras los pueblos y ciudades no pierdan la memoria de sus raíces y celebren la historia, seguirá habiendo identidad y fraternidad. Lo que más cuenta no es la perfección técnica del evento, sino el hecho de que los habitantes de un pueblo se metan como actores de una historia que les seduce y les desborda, que les pertenece y les supera. Cuando en la plaza mayor, empedrada de granito, se levanta un pueblo que recuerda a Belén (con su panadería, carnicería, herrería, etc.) sucede un pequeño milagro. El recuerdo de un estilo de vida que ya no existe recrea unos vínculos que siguen existiendo y que producen futuro. 

Pero no se trata de una especie de refugio nostálgico o de una feria de antigüedades. Nada de esto tendría sentido sin la referencia central a Jesús, María y José como protagonistas del evento. Lo más importante no es proyectar imágenes multicolores sobre la fachada de la iglesia, aumentar los decibelios de la música navideña para que la gente baile o compartir castañas asadas, dulces y chocolate caliente, sino recordar que en el origen hay una historia que ha cambiado el mundo. Quizá no se conozca demasiado, tal vez esté reducida a sus trazos más elementales, pero ahí está. Sus intérpretes principales son los niños. Ellos sienten una misteriosa solidaridad con ese Niño que yace sobre un pesebre. A través de él -niño visible como ellos- conectan con el Misterio invisible de Dios.


Mientras las gentes de mi pueblo ponían en marcha el belén viviente, yo paseaba por las calles del centro de Madrid. Necesitaba la soledad que produce la marea de gentes para digerir todo lo vivido en una jornada inesperada y rica de significados. Necesitaba contarle a Dios lo que sentía y dejarme curar por su silencio. Necesitaba saber que, en el corazón de los muchos hombres y mujeres que se apiñaban en la Plaza de España y las calles aledañas, se libraban batallas que no podían ser ocultadas por las luces de colores. ¿En cuántos se encendería la llamita de la fe o, por lo menos, del asombro? ¿Cuántos se dejarían sorprender por la verdadera “magia de la Navidad”

No es fácil responder a estas preguntas porque no todos vemos las cosas del mismo modo. Mientras algunos, por ejemplo, consideran que el concierto de Hakuna en la Puerta del Sol el pasado día 22 fue un signo de fe, otros -me temo que de mi generación- consideran que es un “regreso al cristofascismo” (sic). Está claro que no todos vemos la Navidad con los mismos ojos, pero ¿no sería necesario escuchar las razones más profundas de unos y otros para dejarnos convertir? Por lo general, en aquello que no nos gusta se esconde un reclamo a algo que necesitamos. No siempre es fácil ser consciente de ello porque estamos demasiado seguros de nuestras convicciones. Dejemos que la Navidad las rompa un poco.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Gracias de corazón


Quizá no haya nada más revolucionario hoy en día que la familia. Que un hombre y una mujer se quieran, se comprometan de por vida y tengan hijos es una provocación. Contradice todos los preceptos culturales que hoy tratan de imponernos. Igual que es una provocación colocar en las casas y en las calles un belén en el que haya una mujer (María), un hombre (José) y un niño (Jesús), cuando muchos prefieren ver renos, trineos, calcetines rojos y todo tipo de adornos invernales e incitaciones al consumo. 

Hablar de la familia es hablar de amor, fidelidad y vida. Donde hay familias, hay futuro. Uno de los principales signos de decadencia de una sociedad es precisamente la baja natalidad. La fiesta de la Sagrada Familia que celebramos hoy es ciertamente la fiesta de Jesús, María y José, pero es también la fiesta de la familia como signo de presente y promesa de futuro. Siempre que pienso en la familia me viene a la cabeza la frase de Tagore: “Cada niño viene con el mensaje de que Dios aún no se ha desanimado del hombre”.


¿Por qué hoy es tan difícil formar una familia? ¿Por qué las cosas más básicas (vivienda, comida y educación) se han convertido en artículos de lujo? ¿Por qué a los jóvenes matrimonios les cuesta tanto criar a sus hijos? Una sociedad que valora la vida, que sueña un futuro mejor, debe apostar sin titubeos por promover y apoyar las familias como su bien más preciado. ¿Cómo es posible que hoy, al menos en el contexto europeo, sea más difícil tener hijos que hace 50 o 60 años, cuando las condiciones materiales eran aparentemente más precarias? 

¿Qué nuevas prioridades nos hemos ido inventando? ¿Por qué en muchos casos las mascotas ocupan el lugar de los hijos? La crisis de la familia revela una crisis más profunda, que tiene que ver con el sentido de la vida, la confianza en el futuro, el valor de la entrega y, en definitiva, la fe en el Dios de la vida. No es, pues, extraño que haya una evidente correlación entre la pérdida de la fe en Dios y la minusvaloración de la familia o la extensión abusiva del concepto de familia a cualquier forma de convivencia en la que haya respeto y afecto.


La figura del niño Jesús, rodeada por sus jóvenes padres María y José, y acompañada por un buey y una mula, no es un símbolo anticuado que nos retrotrae a etapas históricas superadas, sino una figura que nos confronta con nuestras verdades y mentiras, con nuestros miedos y ausencias, con nuestras sombras más profundas. Es la fuerza misteriosa del Niño frágil. Como no nos atrevemos a apostar por la vida y todas sus consecuencias, rellenamos el vacío con infinitas lucecitas LED que hacen menos oscuras nuestras ciudades, pero que no son más que un maquillaje efímero de nuestra falta de esperanza. 

Admiro a las jóvenes parejas que, renunciando a viajes exóticos y a ropas caras, dedican sus recursos a educar a su prole. Admiro a los padres que se esfuerzan por criar a sus hijos cuando muchos de sus amigos les dicen que no vale la pena, que piensen más en ellos mismos, que no hay que sacrificar la profesión por formar una familia. Son los nuevos “mártires”, los nuevos testigos de un amor sometido al crisol de la prueba. Los evangelizadores más creíbles no somos, hoy por hoy, los célibes que hemos abrazado la vida consagrada, sino los padres que hacen real el amor personal, fiel y fecundo de Dios en esa iglesia doméstica que es la familia. Hoy es un día para darles las gracias de corazón y apoyarlos con todas nuestras fuerzas.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Descenso a la realidad


La Navidad vuela. Pasó el concierto de Hakuna en la Puerta del Sol, pasó el Jubileo de la Esperanza en la catedral de la Almudena con mi comunidad, pasó la Nochebuena y pasó la Navidad. Todo pasa. Ya lo decía el viejo villancico: “La Nochebuena se viene / La Nochebuena se va. / Y nosotros nos iremos / y no volveremos más”. Parece una rendición a la caducidad de la vida, pero quizá es el modo más sabio de vivir las cosas. Mientras la liturgia nos habla de “un niño acostado en un pesebre” (Lucas) o del “Verbo que se hace carne” (Juan) y las felicitaciones se deslizan por pendientes de alegría y paz, la vida cotidiana sigue su curso inexorable. 

El contraste es palmario. En muchos casos se dispara la soledad no deseada, crecen las tensiones familiares y hasta la política parece emponzoñarse un poco más si cabe. Quizás por eso, al día siguiente de la Navidad (25) celebramos la fiesta del protomártir san Esteban (26). Y, tras la fiesta del evangelista san Juan (27), viene la de los Santos Inocentes (28), aunque este año, al coincidir con domingo, será sustituida por la fiesta de la Sagrada Familia. Esta alternancia de vida y muerte, de alegría y sufrimiento, de adoración y persecución, hace más justicia a la vida tal como la experimentamos a diario. Dios ha plantado su tienda en un suelo frágil y herido. En los relatos navideños no todo es “peace and love”. Aparecen también la indiferencia, la envidia, el odio y la muerte.


En este contexto navideño, me llama la atención el número creciente de opiniones en las redes sociales (en forma de podcasts, vídeos, etc.) que vaticinan el declive de Europa y, con ella, de la civilización occidental. Hay países (Rusia, China y quizás ahora también Estados Unidos) que están haciendo lo posible para que así suceda. Se habla de los ciberataques, del fomento de los nacionalismos disgregadores, de la ridiculización de la Unión Europea como proyecto fallido e incluso de la masiva inmigración musulmana como una estrategia para islamizar a medio plazo el continente y reducir el cristianismo a algo residual. La escasa natalidad, el envejecimiento creciente y la debilidad de la familia asestarían el golpe definitivo a una civilización multisecular, demasiado complaciente consigo misma en las últimas décadas de bienestar. 

Todo ello va aderezado con algunas consignas que suenan progresistasDios no existe, la Iglesia ha sido el freno del verdadero progreso social, cada uno puede escoger el género que quiera; el llamado matrimonio igualitario, el aborto y la eutanasia son grandes avances sociales conquistados con esfuerzo; caminamos, en definitiva, hacia una sociedad digital y transhumanista en la que la Inteligencia Artificial acabará con todos los comportamientos irracionales de los seres humanos (aunque sea a costa de convertirnos en marionetas al servicio de oscuras y anónimas fuerzas de control).


Todo suena a relato “conspiranoico” -como se dice ahora-, pero me temo que muchos de estos indicadores son reales. Preferimos no darnos cuenta de ellos mientras dispongamos de un salario o de una pensión decentes, podamos viajar durante las vacaciones y tengamos un partido de fútbol o de tenis al alcance de la mano en una plataforma de pago. Vivir bien nos vuelve extremadamente ciegos, perezosos y pusilánimes. No queremos complicaciones. Dejamos en manos de otras personas 
“expertas” las decisiones que afectan a nuestra vida, con tal de que nos dejen a nosotros un mínimo espacio para el entretenimiento y para nuestras cosas.

La Navidad es un fuerte revulsivo contra esta visión blanda e indolora de la vida. Jesús no nace entre algodones. Desde el primer momento afronta una existencia dura, llena de riesgos, pero también llena de amor. Imaginar una existencia en la que todo esté asegurado (la llamada “sociedad del bienestar”) es el mejor modo de anestesiarnos y quitarnos la energía para aspirar a ideales superiores. Si lo que celebramos es el nacimiento de Jesús (no otros motivos sutilmente creados por la publicidad), entonces tenemos que estar dispuestos afrontar como él la dureza de la vida, pero no desde el resentimiento o la violencia, sino desde un amor que es capaz de cambiar todo en su raíz. María y José simbolizan ese amor sobre el que descansa el cuerpo de un niño esperado y perseguido, amado y odiado. Una Navidad así conecta muy bien con la vida real. Es puro descenso a la realidad de la existencia. A esta Navidad me apunto.

lunes, 22 de diciembre de 2025

El arte de vivir


Mientras leo a toda prisa los titulares de los periódicos de hoy (incluyendo los digitales que anuncian los premios de la lotería), me topo con una frase de Manuel Castells, el sociólogo español más citado: “El mundo está en un proceso de autodestrucción”. Tras un análisis de lo que nos está pasando, reclama la necesidad de una mayor espiritualidad en tiempos de crisis profunda. No es una voz aislada. Se une al coro de intelectuales que desde hace años están abriéndonos los ojos sobre las raíces de lo que nos está pasando y sus posibles soluciones o salidas.

La crisis es global, pero el epicentro es Europa, continente que durante muchos siglos ha liderado el pensamiento occidental. Esta necesidad de una mayor espiritualidad nos abre al significado profundo de la Navidad. ¿Cómo ilumina este misterio cristiano la situación que estamos viviendo? ¿En qué sentido el Verbo de Dios se “hace carne” en este mundo del siglo XXI? ¿Pueden abrazarse la gracia y la verdad?


Cuando decimos “espiritualidad” no todos entendemos la misma cosa. Es un concepto polisémico. Muchas de las personas que se reconocen “espirituales, pero no religiosas”, suelen ser muy sensibles a la apertura a dimensiones trascendentes que exceden el materialismo actual, pero reacias a cualquier forma de institucionalización. Se sienten atraídas por la belleza y la bondad, pero no se atreven a hablar de la verdad porque “cada uno tiene su verdad”. 

Muchos de quienes se manifiestan espirituales son particularmente combativos contra las religiones tradicionales, en especial contra el cristianismo, al que consideran responsable de la traición a la propuesta libre de Jesús. Según ellos, las iglesias han encasillado el evangelio en formas dogmáticas, principios éticos, normas canónicas y ritos estandarizados e insignificantes. No esperan una revolución espiritual de las religiones que han “matado” la espiritualidad. Pero no todas las personas espirituales piensan así. Hay hombres y mujeres que reconocen en la gran tradición de la Iglesia los recursos más valiosos para vivir una espiritualidad profunda y actual.


A mí me gusta hablar de la espiritualidad como el “arte de vivir” todas las dimensiones del ser humano desde el Espíritu de Jesús. El verbo “vivir” indica con claridad que la espiritualidad no es, ante todo, una doctrina, sino una experiencia de vida. Pero no cualquier experiencia, sino aquella que está animada por el Espíritu de Jesús, el único que es “señor y dador de vida” (dominum et vivificantem). No se trata, pues, de abrirnos a dimensiones superiores, de conectar con las energías del universo o de sentir no sé qué extrañas vibraciones. 
La espiritualidad consiste en abrirnos al Espíritu y dejarnos conducir por él, de forma que podamos vivir todas las dimensiones de la vida (la relación con nosotros, con los demás, con el espacio, con el tiempo y con Dios) animados por la fuerza de su amor. 

Entendida así, creo que es el único camino para afrontar la crisis de sentido que estamos padeciendo y, por lo tanto, corregir el rumbo hacia la autodestrucción. Los cristianos podemos compartir humildemente esta experiencia de “vida nueva” con quienes buscan con sinceridad una salida de futuro. La Navidad es una hermosa oportunidad para ello. No se trata de lograr una espiritualidad sincrética mezclando un poco de todo (cristianismo, budismo, psicología, etc.), sino de abrirnos con humildad al único Espíritu que nos lleva a la verdad plena y que promueve la unidad en la diversidad.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Del dicho al hecho


¿Cómo se puede mostrar que Jesús procede de David si su madre María ha concebido sin la participación de José, que es el verdadero miembro de la estirpe davídica? El evangelio de este IV Domingo de Adviento afronta este asunto para lectores cristianos provenientes del judaísmo. Como dice Pablo en su carta a los romanos (segunda lectura), “este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según la carne, de la estirpe de David”. Mateo termina su genealogía de Jesús haciendo un quiebre maestro: “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo” (Mt 1,16). 

Las genealogías judías siempre proceden por línea masculina. Pero en el caso de Jesús hay algo extraordinario: José no es su padre biológico porque -como leemos en el evangelio de hoy- “antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo”. ¿En qué consiste, pues, su participación? Aquí se inserta el relato vocacional de José. El ángel de Dios, después de pedirle que acoja a María embarazada y que no la despida, como ya había decidido, le asigna una misión: “Tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”. Poner el nombre está reservado a quienes legalmente ejercen la paternidad. José no es padre biológico de Jesús, pero sí padre legal.


El nombre que se le va a imponer al niño no parece coincidir con el anunciado por el profeta Isaías y citado por Mateo: “La virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros”. En realidad, Jesús (que significa “Dios salva”) es otra forma de referirse al Emmanuel (Dios con nosotros), porque la presencia de Dios es siempre salvífica y liberadora. Ya sabemos lo esencial acerca de la identidad del niño cuyo nacimiento celebraremos dentro de unos días. Él es la presencia salvadora de Dios en medio de nosotros. 

Los jóvenes María y José son los cauces a través de los cuales se va a realizar este plan misterioso de Dios. Ambos se sienten desconcertados porque este plan no coincide con sus proyectos. En el relato vocacional de María, la joven expresa su turbación y su inquietud con palabras que Lucas coloca en su boca. En el caso de José, no hay palabras. Solo un silencio elocuente y la resolución de despedir a María en secreto. Uno de los signos que nos ayudan a discernir si algo viene de Dios es la inadecuación con nuestros planes. Cuando lo de Dios encaja perfectamente con lo que nosotros pensamos y decidimos, podemos sospechar que se trata de algo cortado a nuestra medida. Los planes de Dios siempre sorprenden, desestabilizan, superan lo imaginado.


Pero la historia vocacional de María y José va más allá de su desconcierto inicial. Pasa por la promesa de Dios que los invita a no temer, a confiar en la fuerza de su Espíritu, porque “para Dios nada hay imposible”. En el final, ambos coinciden mediante una rendición humilde a la voluntad de Dios. Lucas pone en labios de María un Hinnení maravilloso: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”. En el caso de José, el evangelio de Mateo no reporta ningún dicho, sino una acción contundente: “Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer”. 

Es hermoso que, pocos días antes de la Navidad, la liturgia nos presente las vocaciones de los padres de Jesús porque de este modo podemos comprender mejor la identidad del niño que va a nacer y, al mismo tiempo, meditar sobre nuestra propia vocación. En todos los casos, Dios toma la iniciativa, nosotros nos sentimos sorprendidos y alterados, Dios nos invita a no temer y nos promete su ayuda. El elemento final -la rendición humilde y amorosa a su voluntad- siempre permanece abierto. Depende de nuestra libertad. ¿Diremos que sí como María y José o, más bien, difuminaremos la respuesta en una cadena de infinitos “depende”, “tal vez, “más adelante, “tengo que pensármelo”, etc.?