jueves, 3 de abril de 2025

¿Facilitador o complicador?


Desde hace años se viene usando cada vez más -sobre todo en ámbitos relacionados con el liderazgo y la gestión de equipos- la palabra “facilitador” (del inglés facilitator) para referirse a una “persona que se desempeña como instructor u orientador en una actividad”. Yo mismo he ejercido esta tarea en capítulos generales y provinciales, asambleas de diverso tipo y talleres. Se supone que -haciendo honor a su nombre- el facilitador tiene que hacer fácil lo que a primera vista puede parecer difícil. 

Para ello, hay que tener claridad sobre los objetivos que se persiguen con una determinada actividad y con los métodos más conducentes a su consecución. Hay personas que son “facilitadoras” por naturaleza, como si esa cualidad estuviera en su ADN. Ofrecen orientaciones precisas, ahorran detalles innecesarios, van a lo sustancial. Tienen un mapa conceptual suficientemente claro como para moverse con agilidad en un determinado campo, incluyendo el complejo campo de las relaciones interpersonales. Encontrarse con una persona “facilitadora” ayuda a vivir y trabajar con serenidad y determinación.


Por desgracia, existe también el rol contrario. Conozco personas que son “complicadoras”, por más que el diccionario de la RAE no reconozca este término. Si complicar significa “enredar, entorpecer, dificultar o confundir algo”, entonces podríamos decir que las personas “complicadoras” son enredadoras o entorpecedoras (estos términos sí existen). 

Cuando ya se ha tomado una decisión, se las arreglan para buscarle tres pies al gato y obligar a todos a empezar de nuevo. Su obsesión por que todo sea perfecto, según la norma, acaba haciendo de la vida una experiencia insufrible. ¡Ay de las familias, grupos y comunidades en los que abunden las personas “complicadoras”! ¡Que se preparen para sufrir como si fueran hinchas del Atlético de Madrid! (con perdón de mis amigos colchoneros).


Personas “facilitadoras” y “complicadoras” se encuentran en todos los ámbitos de la vida. ¿Quién no conoce a funcionarios, médicos, profesores, sacerdotes y periodistas que todo lo enmarañan y que no hacen más que complicarnos la vida con sus interminables vericuetos? Leyendo ciertos informes médicos o jurídicos, uno tiene la impresión de que han sido escritos con el malévolo propósito de que el lector no se entere de nada. Y quizá se puede decir lo mismo de algunos libros de teología o de ciertas homilías insufribles. 

Normalmente, las personas “complicadas” son aquellas que no tienen un claro conocimiento de una determinada realidad y por eso necesitan envolverla a base de palabrería. Su lema podría ser este: “Ya que no podemos ser profundos, seamos por lo menos oscuros”. Cuando la complicación se refiere al ámbito de las relaciones, entonces podemos acabar directamente en el infierno: personas que dicen lo contrario de lo que sienten, que hacen de los celos su arma defensiva, que malinterpretan gestos y palabras y que sacan de quicio al más pintado. Muchas familias y comunidades se vienen abajo cuando la complicación supera los niveles aceptables.


Gracias a Dios, creo que abundan más las personas que son como arroyos transparentes. Uno sabe enseguida lo que piensan y sienten. No se andan con rodeos. Procuran aclarar conceptos, desatar nudos mentales y afectivos, crear un clima en el que las personas se sientan a gusto, no sometidas al chantaje de un permanente escrutinio. Personas, en definitiva, que no están recordando siempre los límites ajenos, sino que ponderan lo bueno que observan en los demás y los ayudan a crecer

En este mundo tan crispado, tan complicado, necesitamos personas “facilitadoras” que nos ayuden a vivir.

miércoles, 2 de abril de 2025

Sacerdote para siempre


La entrada del pasado lunes ha tenido más visitas de lo normal. Se ve que el tema de los “curas rotos” nos toca de cerca. Después de haberla escrito, me di cuenta de que me había dejado cosas importantes en el tintero. El corto espacio de una entrada no permite muchos matices. Aprovecho la de hoy para añadir algo que considero esencial. Un sacerdote, por muy “roto” que esté, es siempre un consagrado del Señor al servicio de su pueblo. El hecho de que en algunas ocasiones deje el ejercicio del ministerio no significa que pueda borrar de un plumazo el carácter impreso por la ordenación. 

El Catecismo de la Iglesia Católica lo explica así: “Como en el caso del Bautismo y de la Confirmación, esta participación en la misión de Cristo es concedida de una vez para siempre. El sacramento del Orden confiere también un carácter espiritual indeleble y no puede ser reiterado ni ser conferido para un tiempo determinado” (n. 1582). Y añade: “Un sujeto válidamente ordenado puede ciertamente, por causas graves, ser liberado de las obligaciones y las funciones vinculadas a la ordenación, o se le puede impedir ejercerlas, pero no puede convertirse de nuevo en laico en sentido estricto porque el carácter impreso por la ordenación es para siempre. La vocación y la misión recibidas el día de su ordenación, lo marcan de manera permanente” (n. 1583). 

Son palabras graves que nos hablan de una realidad objetiva que va más allá de las decisiones del sujeto, de su estado de ánimo o de sus cambiantes circunstancias vitales.


Naturalmente, esta consagración no lo convierte en un superhombre, en alguien por encima de los demás (clericalismo) o en un tipo inmune a la fragilidad. El mismo Catecismo lo explica así: “Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro puede impedir el fruto de la gracia, existen muchos otros actos en que la condición humana del ministro deja huellas que no son siempre el signo de la fidelidad al evangelio y que pueden dañar, por consiguiente, a la fecundidad apostólica de la Iglesia” (n. 1550). 

La distinción es clara y necesaria para evitar equívocos. Por eso, es esencial ser conscientes del don recibido (para agradecerlo y ponerlo al servicio de los demás) y de la propia fragilidad (para aceptarla con humildad y trabajarla a fondo).


Escribo estas cosas en el día en que celebramos el vigésimo aniversario de la muerte de san Juan Pablo II. Entonces yo vivía en Roma. Recuerdo muy bien aquel 2 de abril de 2005 y el impacto que su muerte produjo en millones de personas. No es ahora el momento de trazar un perfil biográfico de Juan Pablo II y mucho menos de esbozar un apunte crítico de su persona y su pontificado. Lo harán con más objetividad los historiadores del futuro. Creo que ha pasado muy poco tiempo para tener la perspectiva justa y, por lo tanto, para no caer en el panegírico apresurado o en la crítica fácil. Me limito a subrayar dos hechos. 

El primero tiene que ver con el río constante de personas que fluye hacia su tumba en el flanco derecho de la basílica de san Pedro de Roma y en la capilla lateral dedicada a su memoria que se abrió en noviembre de 2022 en la catedral de la Almudena de Madrid. Lo compruebo cada vez que paso por ella. Algo querrá decir este magnetismo sostenido en el tiempo.

El segundo se refiere a la impresión que me causó la persona de san Juan Pablo II las veces que lo vi de cerca o que tuve la oportunidad de saludarlo. La primera fue el año 1982, a los pocos meses del atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981. Fue en un Congreso de Pneumatología celebrado en el Aula de los Obispos del Vaticano. Luego tuve la oportunidad de concelebrar la Eucaristía con él en varias ocasiones en su capilla privada y de saludarlo más veces en Roma y en Madrid. Puede sonar exagerado, pero no recuerdo haber encontrado nunca una persona que emanara un “aura” de santidad como me parecía percibir en él, sobre todo cuando lo veía arrodillado en el reclinatorio de su capilla. Algo querrá decir esta sensación indescriptible


lunes, 31 de marzo de 2025

Curas rotos


Termina el mes de marzo. Seguimos con un sol primaveral. Hemos entrado en la cuarta semana de Cuaresma. Todo apunta ya a la Pascua. La tentación consiste en vivir este camino como si fuera una aventura solitaria cuando, en realidad, todos estamos conectados. Suceden muchas cosas en el mundo. Algunas parecen encajar con nuestras búsquedas y preocupaciones; otras nos sacan de nuestras casillas. Aunque hayamos renunciado a ver la televisión o a leer los periódicos para preservar nuestra salud psíquica, eso no significa que el mundo se haya detenido. 

En el laberinto de noticias de todo tipo, me alegra que Luis de la Fuente, el seleccionador nacional de fútbol, hable con normalidad de su fe cristiana. Y me preocupa que siga habiendo “presbíteros y obispos rotos”. Creo que de este tema he escrito muy poco en el Rincón. Y, sin embargo, me afecta muy de cerca. Lo siento como un asunto propio porque todos los sacerdotes estamos expuestos y podemos rompernos. A lo largo de mi vida, he acompañado con mejor o peor fortuna a algunos que, tras un periodo de discernimiento o de manera brusca, decidieron dejar el ministerio y vivir de otra manera. Unos pocos se desentendieron de la Iglesia, pero la mayoría han continuado muy vinculados a ella y colaborando de distintas formas en la vida y misión de las comunidades.


¿Por qué se “rompe” un sacerdote? Las razones son tantas como las personas implicadas, pero quizás hay algunas que son comunes. Muchos laicos suelen pensar que cuando un sacerdote “cuelga la sotana” (expresión que hoy no tiene  sentido dado que son pocos los sacerdotes que la usan) es porque se ha enamorado de una mujer (o de un hombre). Puesto que en la Iglesia latina el ejercicio del ministerio está ligado al celibato, la persona considera que lo más honrado es solicitar la “pérdida del estado clerical” así se denomina en la jerga canónica para poder seguir su nuevo camino con autenticidad, sin enmarañarse en una doble vida. Antes se hablaba tristemente de “reducción al estado laical”. 

Es verdad que en muchos casos se producen procesos afectivos que desembocan en decisiones de este tipo, pero, por lo general, la rotura interior comienza antes. Tiene mucho que ver con el sentido de la vocación presbiteral en la actualidad y, en el fondo, con la experiencia de fe. No es nada fácil ser sacerdote en un contexto social en el que el presbítero es visto como un “experto en nada” y en ocasiones como un residuo de tiempos superados. A primera vista, su competencia espiritual y sacramental no entra en la lista de necesidades demandadas por la gente de hoy. Incluso, dentro de la propia comunidad cristiana, se corre el riesgo de verlo como una figura aislada, incompetente, irrelevante y hasta prescindible.


Por otra parte, la escasez de clero y el envejecimiento hacen que los más jóvenes y los de mediana edad estén siempre tapando agujeros, yendo de un sitio para otro, tratando de cumplir sus múltiples obligaciones del mejor modo posible, pero a menudo sin un proyecto realista y sin una vigorosa comunidad de referencia. El aislamiento, la rutina pastoral, los problemas económicos, la escasa coordinación con los compañeros, la adicción digital y la falta de un acompañamiento cercano y cordial hacen el resto. Con el paso del tiempo, se produce un vacío interior que comienza manifestándose en forma de aridez espiritual, desencanto pastoral, avidez por el dinero y soledad afectiva. Si no es afrontado a tiempo, acaba “rompiendo” a la persona. En ocasiones, este rompimiento puede llevar al desgaste y a la depresión. 

Por lo general, los laicos cercanos perciben algunos síntomas, los comentan (o chismorrean) entre ellos, pero pocos se atreven a implicarse. Consideran que “alguien” (otros compañeros sacerdotes, el arcipreste, el obispo, etc.) deben asumir esa grave responsabilidad. Apenas disponemos en nuestras diócesis de instancias eficaces de acompañamiento y ayuda. Se supone ingenuamente que quien ha dedicado su vida a ayudar a los demás no necesita ninguna ayuda especial, a no ser la de la gracia de Dios. Pero esto es un espejismo. Por eso, me parece que es sano hablar de estas realidades abiertamente. A veces, encontrar a alguien que las escuche con paciencia y se haga cargo de ellas es el primer paso para un proceso de sanación integral.

domingo, 30 de marzo de 2025

Un hombre tenía dos hijos


Ya se sabe que el Cuarto Domingo de Cuaresma es conocido como el domingo laetare. Se anticipa sobriamente la alegría de la Pascua, que dista solo tres semanas. Este año, el ciclo C nos propone como evangelio la hermosa, larga y popular parábola del padre misericordioso y sus dos hijos. La fiesta y la alegría están aseguradas porque el padre/madre de la parábola por dos veces dice que hay que celebrar un banquete. ¡Lástima que algunos de los oyentes de Jesús no estuviesen por la labor! 

Entre quienes lo rodean, hay dos grupos: los que van a escucharlo (es decir, los publicanos y gente de mala calaña en general) y los que van a murmurar contra él porque come con publicanos y pecadores (o sea, los fariseos de turno). Quienes leemos hoy la parábola tenemos que situarnos en un bando o en otro, a menos que se nos ocurra una tercera vía para escapar de la tensión. Supongamos que elegimos el bando de quienes quieren escuchar, lo que ya es mucho teniendo en cuenta la algarabía en la que hoy vivimos y las dificultades para prestar atención durante más de diez segundos. Entonces pueden ocurrirnos cosas maravillosas


La historia es larga. Jesús no ahorró detalles. Su parábola ha sido estudiada por los cuatro costados. Hoy me quedo con una interpretación que liga los personajes a las edades de la vida.

Cuando somos jóvenes (pongamos hasta los 40 años), solemos reconocernos por contagio en la figura del hijo pequeño. Nos gusta gastarnos la herencia del padre, jugar a ser autónomos, presumir de nuestras fuerzas, buscar el placer en todas sus formas y tomar distancia de los viejos que chochean y no tienen nada interesante que aportar. La fe que mamamos de niños se nos antoja una superstición, la Iglesia es una madrastra castradora y nosotros somos sanos, guapos, inteligentes y muy guay del Paraguay… hasta que “vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad”. 

Por muy hijos de papá que seamos, tarde o temprano el lobo de la vida enseña sus dientes afilados en forma de precariedad laboral, fracaso afectivo o simplemente hastío de vivir. Entonces uno puede sorber la copa de la frustración hasta el final o puede recapacitar, ponerse en camino, admitir la cuota de responsabilidad y aceptar con humildad el amor del padre que nunca se ha eclipsado.


Cuando somos adultos (pongamos entre 40 y 70 años) la figura del hermano mayor nos viene que ni pintada. Nos sirve para visibilizar esa mezcla entre sentido del deber, rigidez mental, resentimiento afectivo, envidia y tristeza de vivir. Nos gusta decir lo mucho que trabajamos, pasar factura por los servicios prestados y presumir de ser austeros, ahorradores y personas con los papeles en regla. ¡Lástima que con un currículo tan brillante se nos haya quedado el corazón un poco encogido! 

En la figura del hermano mayor caben los padres y madres que llevan dinero a casa, pero están lejos de sus hijos; los párrocos que recuerdan cómo se debe celebrar la misa siguiendo las rúbricas del Misal Romano, pero no dedican tiempo a estar con la gente; los religiosos y religiosas que cumplen sus votos con exquisita observancia, pero no paran de juzgar a quienes se salen del guion, etc. El hijo mayor no sabe agradecer y disfrutar la cercanía del padre. Está en la casa paterna como si estuviera en un taller o en un cuartel.


Cuando nos hacemos mayores (pongamos a partir de los 70 años) tenemos la posibilidad -no siempre aprovechada- de irnos pareciendo al padre de la parábola. Podemos mirarnos en su espejo. Entonces empezamos a conjugar algunos verbos que nos parecían un poco ñoños en las etapas de la juventud (hijo pequeño) y la madurez (hijo mayor). Nos gusta mirar a lo lejos para no perdernos en las minucias cercanas, de vez en cuando se nos remueven las entrañas, redescubrimos la fuerza sanadora de los abrazos y los besos, sustituimos el juicio por la acogida y la misericordia y hasta nos gusta organizar fiestas para que todo el mundo se sienta a gusto y disfrute de la vida, sin escatimar gastos y sin excluir a nadie. 

¿Por qué el padre/madre de la parábola de Jesús se comporta así? La razón suena casi a exigencia: “Era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Ese “era preciso” (dei en griego) enlaza con otros dei fuertes recogidos en el evangelio: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que (dei) ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Mt 16,21); “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que (dei) ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15). 

Esta diminuta partícula griega (dei) alude a algo que es voluntad de Dios, que va más allá de nuestros deseos o planes. En el caso de la parábola, es voluntad de Dios que nos alegremos -como él se alegra- cuando alguien pasa de la muerte a la vida, de la confusión a la identidad, o de la lejanía individualista a la cercanía del hogar. 

En fin, que este domingo viene sobrecargado de luz y de alegría. Solo regenerando nuestras imágenes distorsionadas de Dios podemos rehacer nuestra propia imagen y reconocer la dignidad de los demás acogiendo sus historias, cualesquiera que sean. Todo un reto. 



sábado, 29 de marzo de 2025

Todos necesitamos misericordia

 

Después de tres semanas de lluvias casi constantes, se agradece un paseo matutino bañado por el sol. No importa que el termómetro marque cuatro grados a las siete de la mañana. Lo que cuenta es la luz que inunda todo y nos recuerda que ya es primavera, no solo en El Corte Inglés, sino también en nuestro estado de ánimo. Hay algunos atrevidos que ya van por la calle Princesa en manga corta, como si su termostato personal estuviera desajustado. 

Mientras me dirijo al colegio de las Concepcionistas para la celebración de la misa matutina, doy vueltas al evangelio de hoy. La interpretación más obvia es que podemos vivir la fe “en modo fariseo” (poniendo el acento en el cumplimiento de las normas y experimentando una comprensible satisfacción por estar en regla con Dios) o “en modo publicano” (reconociendo que no damos una a derechas y que solo nos queda acogernos a la compasión/misericordia de Dios). 

Para ir un poco más lejos, podemos recordar lo que dice Lucas antes de narrar la parábola. ¿A quién le cuenta Jesús esta historieta con moraleja incluida? Solo conociendo los destinatarios podemos entender bien su verdadera intención. Jesús se dirige “a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. ¡Esta es la madre del cordero!


Hoy por todas partes se nos dice que debemos confiar en nosotros mismos. Cualquier manual de autoayuda repite este mantra como si fuera un dogma psicológico incuestionable. No creo que Jesús esté en contra de una autoimagen positiva. Lo que desenmascara es esa vana arrogancia de quien cree que lo que es y lo que tiene se lo ha ganado a pulso. Jesús no suscribe la teoría estadounidense del self-made man (or woman) (hombre o mujer hechos a sí mismos) porque todo lo que tenemos lo hemos recibido como gracia (comenzando por nuestro propio ser) y porque “no hay nadie justo, ni uno solo” (Rm 3,10). Por eso, no tiene ningún sentido mirar a los demás por encima del hombro.

Todos estamos necesitados de misericordia y perdón. Quizá el peor pecado de muchos cristianos -y a veces de la Iglesia como institución- es la arrogancia, el hecho de creer que nosotros somos los dueños de la verdad, no sus humildes buscadores y testigos. La arrogancia nos impide entrar de puntillas en la vida de quienes batallan por salir adelante, prisioneros de sus pecados y contradicciones.


Si algo ha subrayado el papa Francisco desde el comienzo de su pontificado es que la Iglesia no es un club de perfectos, sino un hospital de campaña, que no ha sido fundada para premiar a los justos, sino para salvar a los pecadores. Nunca acabamos de aprender esta lección, a menos que de verdad nos situemos del lado de quienes -como el publicano de la parábola- no nos atrevemos ni a levantar los ojos al cielo, sino que nos golpeamos el pecho diciendo: “Oh, Dios, ten compasión de este pecador”. Dios no quiere que seamos gusanos arrastrados por el suelo, sin conciencia de nuestra dignidad inviolable, sino hijos que son conscientes de su fragilidad y se dejan amar y perdonar. 

Estoy convencido de que una Iglesia frágil y buscadora sería más creíble que una Iglesia fuerte y dispensadora de verdades. Se abre aquí un anchísimo horizonte para otro tipo de evangelización más en línea con lo que Jesús nos dice en el Evangelio, con su estilo de ser y hacer. Pero nos sentimos mucho más seguros y a gusto funcionando “en modo fariseo”, marcando bien la línea divisoria entre los buenos y los malos, los cumplidores y los inobservantes. La conversión consiste en eliminar esa raya para ver que Dios Padre “hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45) y que todos sin excepción estamos necesitados de misericordia.

viernes, 28 de marzo de 2025

La terapia musical


Creo que fue el rumano Emil Cioran quien escribió algo parecido a esto: “Dios no tiene ni idea de cuántos creyentes le debe a Bach”. La música de Bach parece escrita por algunos ángeles graduados en el conservatorio celestial. Hoy necesitaríamos escuchar muchas veces las composiciones de El clave bien temperado, por ejemplo, para corregir la desafinación que padecemos. Son tantos los ruidos y desajustes que nos rodean que resulta casi imposible escuchar “la música callada, / la soledad sonora” y degustar en calma “la cena que recrea y enamora” (san Juan de la Cruz). 

Estoy convencido de que la música de Bach podría ayudarnos a serenar los ánimos y espabilar los oídos, a oír esa discreta voz de Dios que anida en nuestro interior: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”. Estas palabras del salmo 94 se repiten a menudo durante el tiempo de Cuaresma. ¿Qué significa “escuchar su voz”? En su último libro, el que narra su viaje a Mongolia con el papa Francisco, Javier Cercas cuenta la impresión que le produjo escuchar a Bach en la audiencia que el papa concedió a los artistas el 23 de junio 2023. Quizás Cioran llevaba razón. Bach es una especie de Juan Bautista que prepara el camino para que nos encontremos con Dios.


Bien es verdad que hay melómanos enamorados de Bach que son perfectamente ateos. Y criminales que disfrutan con la música clásica sin dejarse transformar por ella. Muchos de los dirigentes nazis pertenecían a este grupo. Pero, en condiciones normales, una persona que escucha con apertura mental y sencillez de corazón La Pasión según san Mateo, por ejemplo, o algunos de los seis conciertos de Brandeburgo experimenta una emoción que lo transporta más allá de su pequeño mundo. 

La música nos hace humildes porque nos saca de nosotros mismos, nos revela al mismo tiempo nuestra pequeñez y nuestra grandeza, nos reconcilia con nuestro misterio personal y nos conecta con el universo. No es extraño que durante el tiempo de Cuaresma y Semana Santa las iglesias organicen conciertos de música sacra. Es una forma de enriquecer las catequesis e incluso de desbordarlas porque el arte no pretende catequizar sino sugerir, abrir la mente y el corazón, hacernos ver la otra cara de la realidad.


En momentos de tanta tensión social, de tanta incertidumbre respecto del futuro, la música nos ayuda a vivir con serenidad y humanidad. No porque la música “amanse las fieras”, como solemos decir, sino porque nos recuerda que el universo es armonioso, que, a pesar de la cacofonía imperante, la realidad es radicalmente verdadera, buena y hermosa. Es un viaje al fondo del misterio, una cura de la superficialidad, la fealdad y el individualismo que nos desfiguran.




jueves, 27 de marzo de 2025

Las cloacas del poder


Me la he leído en un par de días robando tiempo al descanso nocturno. Salió hace cuatro años, pero la tenía almacenada en el Reader. Espoleado por el reportaje del dominical de El País del pasado domingo sobre la última producción de Javier Cercas -El loco de Dios en el fin del mundo- la rescaté de los estantes de mi biblioteca electrónica. Confieso que me ha enganchado. Me refiero a la novela Independencia. Su título puede prestarse a engaño. No trata sobre la independencia de Cataluña -tema que Cercas ha abordado en numerosas ocasiones- ni tampoco sobre el famoso procès, sino sobre las cloacas del poder y del dinero. O del dinero y del poder, que tanto da. 

Toma como asunto principal la extorsión que un misterioso personaje le hace a la alcaldesa de Barcelona (no se refiere a Ada Colau, sino a una mujer que supuestamente ejerce el cargo en 2025, el año en curso) exigiéndole primero su dinero y luego su dimisión para evitar difundir un vídeo de alto voltaje sexual que recoge algunas experiencias juveniles de la política. El policía Melchor Marín -hijo de una prostituta asesinada, expresidiario, lector impenitente de novelas y famoso por haber sido uno de los héroes cuando los atentados islamistas de 2027 en Barcelona- colabora en la resolución del caso y comprueba que está misteriosamente conectado con un asunto personal de suma trascendencia. No revelo más detalles.


Javier Cercas construye de tal manera el relato que se hace difícil abandonarlo. Domina el lenguaje, el tempo y, sobre todo, la arquitectura de la novela. Aunque he disfrutado mucho con su desarrollo, lo que más me ha afectado es la reflexión implícita y explícita sobre la conexión entre dinero y poder, tan de moda hoy con el tándem Trump-Musk. En realidad, la verdadera independencia en Cataluña la tienen quienes desde hace mucho tiempo detentan (uso deliberadamente este verbo) el poder en la sombra. 

En un momento determinado de la novela, uno de los personajes dice algo parecido a esto: “Los intelectuales tienen ideas, los pobres tienen ideales, pero solo los ricos tenemos el poder”. Y así es en la mayor parte de los casos. Lo que sucede es que incluso los que se sienten intocables, arropados por la seguridad que les da su pedigrí económico y su manejo del poder, pueden acabar mal. La historia tiene muchos meandros, no es un río que fluye siempre en línea recta hacia un mar de independencia absoluta y de exenciones eternas.


Leyendo la novela, he comprobado que a veces me hervía la sangre. Es como si brotara dentro de mí una repulsa visceral, no evangelizada, hacia quienes no tienen inconveniente en pisar a los demás con tal de mantener sus privilegios. Su descaro llega a tal nivel que consideran que es poco menos que voluntad divina que haya explotadores y explotados, privilegiados y descastados. Quizá lo que la novela pone más de relieve es esa conciencia de impunidad que tienen quienes por herencia familiar siempre han estado arriba. Naturalmente, su exquisita educación les impide hacer ostentación de ese dominio. Procuran envolverlo en el papel celofán de la cortesía, las buenas maneras y hasta una cierta camaradería con los de abajo, que no es más que una sutil arma de dominación. 

Llegando a las últimas páginas de la novela, resultaba imposible no recordar las palabras del Magnificat de María: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos”. También esta es una lección cuaresmal que podemos aprender, aunque resulte incómoda para unos y liberadora para otros.