
Desde hace años se viene usando cada vez más -sobre todo en ámbitos relacionados con el liderazgo y la gestión de equipos- la palabra “facilitador” (del inglés facilitator) para referirse a una “persona que se desempeña como instructor u orientador en una actividad”. Yo mismo he ejercido esta tarea en capítulos generales y provinciales, asambleas de diverso tipo y talleres. Se supone que -haciendo honor a su nombre- el facilitador tiene que hacer fácil lo que a primera vista puede parecer difícil.
Para ello, hay que tener claridad sobre los objetivos que se persiguen con una determinada actividad y con los métodos más conducentes a su consecución. Hay personas que son “facilitadoras” por naturaleza, como si esa cualidad estuviera en su ADN. Ofrecen orientaciones precisas, ahorran detalles innecesarios, van a lo sustancial. Tienen un mapa conceptual suficientemente claro como para moverse con agilidad en un determinado campo, incluyendo el complejo campo de las relaciones interpersonales. Encontrarse con una persona “facilitadora” ayuda a vivir y trabajar con serenidad y determinación.

Por desgracia, existe también el rol contrario. Conozco personas que son “complicadoras”, por más que el diccionario de la RAE no reconozca este término. Si complicar significa “enredar, entorpecer, dificultar o confundir algo”, entonces podríamos decir que las personas “complicadoras” son enredadoras o entorpecedoras (estos términos sí existen).
Cuando ya se ha tomado una decisión, se las arreglan para buscarle tres pies al gato y obligar a todos a empezar de nuevo. Su obsesión por que todo sea perfecto, según la norma, acaba haciendo de la vida una experiencia insufrible. ¡Ay de las familias, grupos y comunidades en los que abunden las personas “complicadoras”! ¡Que se preparen para sufrir como si fueran hinchas del Atlético de Madrid! (con perdón de mis amigos colchoneros).

Personas “facilitadoras” y “complicadoras” se encuentran en todos los ámbitos de la vida. ¿Quién no conoce a funcionarios, médicos, profesores, sacerdotes y periodistas que todo lo enmarañan y que no hacen más que complicarnos la vida con sus interminables vericuetos? Leyendo ciertos informes médicos o jurídicos, uno tiene la impresión de que han sido escritos con el malévolo propósito de que el lector no se entere de nada. Y quizá se puede decir lo mismo de algunos libros de teología o de ciertas homilías insufribles.
Normalmente, las personas “complicadas” son aquellas que no tienen un claro conocimiento de una determinada realidad y por eso necesitan envolverla a base de palabrería. Su lema podría ser este: “Ya que no podemos ser profundos, seamos por lo menos oscuros”. Cuando la complicación se refiere al ámbito de las relaciones, entonces podemos acabar directamente en el infierno: personas que dicen lo contrario de lo que sienten, que hacen de los celos su arma defensiva, que malinterpretan gestos y palabras y que sacan de quicio al más pintado. Muchas familias y comunidades se vienen abajo cuando la complicación supera los niveles aceptables.

Gracias a Dios, creo que abundan más las personas que son como arroyos transparentes. Uno sabe enseguida lo que piensan y sienten. No se andan con rodeos. Procuran aclarar conceptos, desatar nudos mentales y afectivos, crear un clima en el que las personas se sientan a gusto, no sometidas al chantaje de un permanente escrutinio. Personas, en definitiva, que no están recordando siempre los límites ajenos, sino que ponderan lo bueno que observan en los demás y los ayudan a crecer.
En este mundo tan crispado, tan complicado, necesitamos personas “facilitadoras” que nos ayuden a vivir.