
Mientras tecleo la entrada de hoy las televisiones siguen hablando de la misión Artemis II, de las procesiones en distintos lugares de España y de las previsiones meteorológicas para el fin de semana. Yo he comenzado la jornada caminando por el pinar a 4 grados y con un viento frío golpeándome la cara. Ha sido una buena manera de “purificarme” para el comienzo del gran día. Tendremos la misa “in coena Domini” a las 7 de la tarde.
Aunque veo a muchas caravanas por la zona y muchos senderistas cubiertos con gorro de lana, no sé si algunos participarán en la celebración. Espero que sí. Para un cristiano, estos días no son las vacaciones de primavera, sino la Semana Santa. La historia ha ido cargando de ritos y tradiciones estos días santos, pero la esencia es siempre la misma: actualizar el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Desde niños hemos aprendido a vincular la última de cena de Jesús con la Eucaristía, el mandato del amor fraterno y la institución del ministerio ordenado. Las tres realidades están implicadas. Son tres amores indivisos.
En tiempos de conflicto y división, el mensaje del Jueves Santo nos invita a romper barreras y tender puentes. La humildad del lavatorio de pies, la generosidad del compartir el pan y el vino, y el mandato de amarnos los unos a los otros cobran una vigencia renovada: nos recuerdan que el verdadero sentido de la fiesta no reside solo en el ritual, sino en la capacidad de transformar nuestro entorno desde el respeto y la reconciliación.

Celebrar el Jueves Santo hoy implica buscar la paz y el diálogo en medio de la discordia, practicar el perdón, y comprometernos con la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Es una llamada a ser agentes de esperanza, incluso cuando el mundo parece ensombrecido por la guerra y el enfrentamiento, haciendo de la celebración una oportunidad para la renovación personal y comunitaria.

