lunes, 31 de marzo de 2025

Curas rotos


Termina el mes de marzo. Seguimos con un sol primaveral. Hemos entrado en la cuarta semana de Cuaresma. Todo apunta ya a la Pascua. La tentación consiste en vivir este camino como si fuera una aventura solitaria cuando, en realidad, todos estamos conectados. Suceden muchas cosas en el mundo. Algunas parecen encajar con nuestras búsquedas y preocupaciones; otras nos sacan de nuestras casillas. Aunque hayamos renunciado a ver la televisión o a leer los periódicos para preservar nuestra salud psíquica, eso no significa que el mundo se haya detenido. 

En el laberinto de noticias de todo tipo, me alegra que Luis de la Fuente, el seleccionador nacional de fútbol, hable con normalidad de su fe cristiana. Y me preocupa que siga habiendo “presbíteros y obispos rotos”. Creo que de este tema he escrito muy poco en el Rincón. Y, sin embargo, me afecta muy de cerca. Lo siento como un asunto propio porque todos los sacerdotes estamos expuestos y podemos rompernos. A lo largo de mi vida, he acompañado con mejor o peor fortuna a algunos que, tras un periodo de discernimiento o de manera brusca, decidieron dejar el ministerio y vivir de otra manera. Unos pocos se desentendieron de la Iglesia, pero la mayoría han continuado muy vinculados a ella y colaborando de distintas formas en la vida y misión de las comunidades.


¿Por qué se “rompe” un sacerdote? Las razones son tantas como las personas implicadas, pero quizás hay algunas que son comunes. Muchos laicos suelen pensar que cuando un sacerdote “cuelga la sotana” (expresión que hoy no tiene  sentido dado que son pocos los sacerdotes que la usan) es porque se ha enamorado de una mujer (o de un hombre). Puesto que en la Iglesia latina el ejercicio del ministerio está ligado al celibato, la persona considera que lo más honrado es solicitar la “pérdida del estado clerical” así se denomina en la jerga canónica para poder seguir su nuevo camino con autenticidad, sin enmarañarse en una doble vida. Antes se hablaba tristemente de “reducción al estado laical”. 

Es verdad que en muchos casos se producen procesos afectivos que desembocan en decisiones de este tipo, pero, por lo general, la rotura interior comienza antes. Tiene mucho que ver con el sentido de la vocación presbiteral en la actualidad y, en el fondo, con la experiencia de fe. No es nada fácil ser sacerdote en un contexto social en el que el presbítero es visto como un “experto en nada” y en ocasiones como un residuo de tiempos superados. A primera vista, su competencia espiritual y sacramental no entra en la lista de necesidades demandadas por la gente de hoy. Incluso, dentro de la propia comunidad cristiana, se corre el riesgo de verlo como una figura aislada, incompetente, irrelevante y hasta prescindible.


Por otra parte, la escasez de clero y el envejecimiento hacen que los más jóvenes y los de mediana edad estén siempre tapando agujeros, yendo de un sitio para otro, tratando de cumplir sus múltiples obligaciones del mejor modo posible, pero a menudo sin un proyecto realista y sin una vigorosa comunidad de referencia. El aislamiento, la rutina pastoral, los problemas económicos, la escasa coordinación con los compañeros, la adicción digital y la falta de un acompañamiento cercano y cordial hacen el resto. Con el paso del tiempo, se produce un vacío interior que comienza manifestándose en forma de aridez espiritual, desencanto pastoral, avidez por el dinero y soledad afectiva. Si no es afrontado a tiempo, acaba “rompiendo” a la persona. En ocasiones, este rompimiento puede llevar al desgaste y a la depresión. 

Por lo general, los laicos cercanos perciben algunos síntomas, los comentan (o chismorrean) entre ellos, pero pocos se atreven a implicarse. Consideran que “alguien” (otros compañeros sacerdotes, el arcipreste, el obispo, etc.) deben asumir esa grave responsabilidad. Apenas disponemos en nuestras diócesis de instancias eficaces de acompañamiento y ayuda. Se supone ingenuamente que quien ha dedicado su vida a ayudar a los demás no necesita ninguna ayuda especial, a no ser la de la gracia de Dios. Pero esto es un espejismo. Por eso, me parece que es sano hablar de estas realidades abiertamente. A veces, encontrar a alguien que las escuche con paciencia y se haga cargo de ellas es el primer paso para un proceso de sanación integral.

domingo, 30 de marzo de 2025

Un hombre tenía dos hijos


Ya se sabe que el Cuarto Domingo de Cuaresma es conocido como el domingo laetare. Se anticipa sobriamente la alegría de la Pascua, que dista solo tres semanas. Este año, el ciclo C nos propone como evangelio la hermosa, larga y popular parábola del padre misericordioso y sus dos hijos. La fiesta y la alegría están aseguradas porque el padre/madre de la parábola por dos veces dice que hay que celebrar un banquete. ¡Lástima que algunos de los oyentes de Jesús no estuviesen por la labor! 

Entre quienes lo rodean, hay dos grupos: los que van a escucharlo (es decir, los publicanos y gente de mala calaña en general) y los que van a murmurar contra él porque come con publicanos y pecadores (o sea, los fariseos de turno). Quienes leemos hoy la parábola tenemos que situarnos en un bando o en otro, a menos que se nos ocurra una tercera vía para escapar de la tensión. Supongamos que elegimos el bando de quienes quieren escuchar, lo que ya es mucho teniendo en cuenta la algarabía en la que hoy vivimos y las dificultades para prestar atención durante más de diez segundos. Entonces pueden ocurrirnos cosas maravillosas


La historia es larga. Jesús no ahorró detalles. Su parábola ha sido estudiada por los cuatro costados. Hoy me quedo con una interpretación que liga los personajes a las edades de la vida.

Cuando somos jóvenes (pongamos hasta los 40 años), solemos reconocernos por contagio en la figura del hijo pequeño. Nos gusta gastarnos la herencia del padre, jugar a ser autónomos, presumir de nuestras fuerzas, buscar el placer en todas sus formas y tomar distancia de los viejos que chochean y no tienen nada interesante que aportar. La fe que mamamos de niños se nos antoja una superstición, la Iglesia es una madrastra castradora y nosotros somos sanos, guapos, inteligentes y muy guay del Paraguay… hasta que “vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad”. 

Por muy hijos de papá que seamos, tarde o temprano el lobo de la vida enseña sus dientes afilados en forma de precariedad laboral, fracaso afectivo o simplemente hastío de vivir. Entonces uno puede sorber la copa de la frustración hasta el final o puede recapacitar, ponerse en camino, admitir la cuota de responsabilidad y aceptar con humildad el amor del padre que nunca se ha eclipsado.


Cuando somos adultos (pongamos entre 40 y 70 años) la figura del hermano mayor nos viene que ni pintada. Nos sirve para visibilizar esa mezcla entre sentido del deber, rigidez mental, resentimiento afectivo, envidia y tristeza de vivir. Nos gusta decir lo mucho que trabajamos, pasar factura por los servicios prestados y presumir de ser austeros, ahorradores y personas con los papeles en regla. ¡Lástima que con un currículo tan brillante se nos haya quedado el corazón un poco encogido! 

En la figura del hermano mayor caben los padres y madres que llevan dinero a casa, pero están lejos de sus hijos; los párrocos que recuerdan cómo se debe celebrar la misa siguiendo las rúbricas del Misal Romano, pero no dedican tiempo a estar con la gente; los religiosos y religiosas que cumplen sus votos con exquisita observancia, pero no paran de juzgar a quienes se salen del guion, etc. El hijo mayor no sabe agradecer y disfrutar la cercanía del padre. Está en la casa paterna como si estuviera en un taller o en un cuartel.


Cuando nos hacemos mayores (pongamos a partir de los 70 años) tenemos la posibilidad -no siempre aprovechada- de irnos pareciendo al padre de la parábola. Podemos mirarnos en su espejo. Entonces empezamos a conjugar algunos verbos que nos parecían un poco ñoños en las etapas de la juventud (hijo pequeño) y la madurez (hijo mayor). Nos gusta mirar a lo lejos para no perdernos en las minucias cercanas, de vez en cuando se nos remueven las entrañas, redescubrimos la fuerza sanadora de los abrazos y los besos, sustituimos el juicio por la acogida y la misericordia y hasta nos gusta organizar fiestas para que todo el mundo se sienta a gusto y disfrute de la vida, sin escatimar gastos y sin excluir a nadie. 

¿Por qué el padre/madre de la parábola de Jesús se comporta así? La razón suena casi a exigencia: “Era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado”. Ese “era preciso” (dei en griego) enlaza con otros dei fuertes recogidos en el evangelio: “Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que (dei) ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día” (Mt 16,21); “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que (dei) ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna” (Jn 3,14-15). 

Esta diminuta partícula griega (dei) alude a algo que es voluntad de Dios, que va más allá de nuestros deseos o planes. En el caso de la parábola, es voluntad de Dios que nos alegremos -como él se alegra- cuando alguien pasa de la muerte a la vida, de la confusión a la identidad, o de la lejanía individualista a la cercanía del hogar. 

En fin, que este domingo viene sobrecargado de luz y de alegría. Solo regenerando nuestras imágenes distorsionadas de Dios podemos rehacer nuestra propia imagen y reconocer la dignidad de los demás acogiendo sus historias, cualesquiera que sean. Todo un reto. 



sábado, 29 de marzo de 2025

Todos necesitamos misericordia

 

Después de tres semanas de lluvias casi constantes, se agradece un paseo matutino bañado por el sol. No importa que el termómetro marque cuatro grados a las siete de la mañana. Lo que cuenta es la luz que inunda todo y nos recuerda que ya es primavera, no solo en El Corte Inglés, sino también en nuestro estado de ánimo. Hay algunos atrevidos que ya van por la calle Princesa en manga corta, como si su termostato personal estuviera desajustado. 

Mientras me dirijo al colegio de las Concepcionistas para la celebración de la misa matutina, doy vueltas al evangelio de hoy. La interpretación más obvia es que podemos vivir la fe “en modo fariseo” (poniendo el acento en el cumplimiento de las normas y experimentando una comprensible satisfacción por estar en regla con Dios) o “en modo publicano” (reconociendo que no damos una a derechas y que solo nos queda acogernos a la compasión/misericordia de Dios). 

Para ir un poco más lejos, podemos recordar lo que dice Lucas antes de narrar la parábola. ¿A quién le cuenta Jesús esta historieta con moraleja incluida? Solo conociendo los destinatarios podemos entender bien su verdadera intención. Jesús se dirige “a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. ¡Esta es la madre del cordero!


Hoy por todas partes se nos dice que debemos confiar en nosotros mismos. Cualquier manual de autoayuda repite este mantra como si fuera un dogma psicológico incuestionable. No creo que Jesús esté en contra de una autoimagen positiva. Lo que desenmascara es esa vana arrogancia de quien cree que lo que es y lo que tiene se lo ha ganado a pulso. Jesús no suscribe la teoría estadounidense del self-made man (or woman) (hombre o mujer hechos a sí mismos) porque todo lo que tenemos lo hemos recibido como gracia (comenzando por nuestro propio ser) y porque “no hay nadie justo, ni uno solo” (Rm 3,10). Por eso, no tiene ningún sentido mirar a los demás por encima del hombro.

Todos estamos necesitados de misericordia y perdón. Quizá el peor pecado de muchos cristianos -y a veces de la Iglesia como institución- es la arrogancia, el hecho de creer que nosotros somos los dueños de la verdad, no sus humildes buscadores y testigos. La arrogancia nos impide entrar de puntillas en la vida de quienes batallan por salir adelante, prisioneros de sus pecados y contradicciones.


Si algo ha subrayado el papa Francisco desde el comienzo de su pontificado es que la Iglesia no es un club de perfectos, sino un hospital de campaña, que no ha sido fundada para premiar a los justos, sino para salvar a los pecadores. Nunca acabamos de aprender esta lección, a menos que de verdad nos situemos del lado de quienes -como el publicano de la parábola- no nos atrevemos ni a levantar los ojos al cielo, sino que nos golpeamos el pecho diciendo: “Oh, Dios, ten compasión de este pecador”. Dios no quiere que seamos gusanos arrastrados por el suelo, sin conciencia de nuestra dignidad inviolable, sino hijos que son conscientes de su fragilidad y se dejan amar y perdonar. 

Estoy convencido de que una Iglesia frágil y buscadora sería más creíble que una Iglesia fuerte y dispensadora de verdades. Se abre aquí un anchísimo horizonte para otro tipo de evangelización más en línea con lo que Jesús nos dice en el Evangelio, con su estilo de ser y hacer. Pero nos sentimos mucho más seguros y a gusto funcionando “en modo fariseo”, marcando bien la línea divisoria entre los buenos y los malos, los cumplidores y los inobservantes. La conversión consiste en eliminar esa raya para ver que Dios Padre “hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45) y que todos sin excepción estamos necesitados de misericordia.

viernes, 28 de marzo de 2025

La terapia musical


Creo que fue el rumano Emil Cioran quien escribió algo parecido a esto: “Dios no tiene ni idea de cuántos creyentes le debe a Bach”. La música de Bach parece escrita por algunos ángeles graduados en el conservatorio celestial. Hoy necesitaríamos escuchar muchas veces las composiciones de El clave bien temperado, por ejemplo, para corregir la desafinación que padecemos. Son tantos los ruidos y desajustes que nos rodean que resulta casi imposible escuchar “la música callada, / la soledad sonora” y degustar en calma “la cena que recrea y enamora” (san Juan de la Cruz). 

Estoy convencido de que la música de Bach podría ayudarnos a serenar los ánimos y espabilar los oídos, a oír esa discreta voz de Dios que anida en nuestro interior: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”. Estas palabras del salmo 94 se repiten a menudo durante el tiempo de Cuaresma. ¿Qué significa “escuchar su voz”? En su último libro, el que narra su viaje a Mongolia con el papa Francisco, Javier Cercas cuenta la impresión que le produjo escuchar a Bach en la audiencia que el papa concedió a los artistas el 23 de junio 2023. Quizás Cioran llevaba razón. Bach es una especie de Juan Bautista que prepara el camino para que nos encontremos con Dios.


Bien es verdad que hay melómanos enamorados de Bach que son perfectamente ateos. Y criminales que disfrutan con la música clásica sin dejarse transformar por ella. Muchos de los dirigentes nazis pertenecían a este grupo. Pero, en condiciones normales, una persona que escucha con apertura mental y sencillez de corazón La Pasión según san Mateo, por ejemplo, o algunos de los seis conciertos de Brandeburgo experimenta una emoción que lo transporta más allá de su pequeño mundo. 

La música nos hace humildes porque nos saca de nosotros mismos, nos revela al mismo tiempo nuestra pequeñez y nuestra grandeza, nos reconcilia con nuestro misterio personal y nos conecta con el universo. No es extraño que durante el tiempo de Cuaresma y Semana Santa las iglesias organicen conciertos de música sacra. Es una forma de enriquecer las catequesis e incluso de desbordarlas porque el arte no pretende catequizar sino sugerir, abrir la mente y el corazón, hacernos ver la otra cara de la realidad.


En momentos de tanta tensión social, de tanta incertidumbre respecto del futuro, la música nos ayuda a vivir con serenidad y humanidad. No porque la música “amanse las fieras”, como solemos decir, sino porque nos recuerda que el universo es armonioso, que, a pesar de la cacofonía imperante, la realidad es radicalmente verdadera, buena y hermosa. Es un viaje al fondo del misterio, una cura de la superficialidad, la fealdad y el individualismo que nos desfiguran.




jueves, 27 de marzo de 2025

Las cloacas del poder


Me la he leído en un par de días robando tiempo al descanso nocturno. Salió hace cuatro años, pero la tenía almacenada en el Reader. Espoleado por el reportaje del dominical de El País del pasado domingo sobre la última producción de Javier Cercas -El loco de Dios en el fin del mundo- la rescaté de los estantes de mi biblioteca electrónica. Confieso que me ha enganchado. Me refiero a la novela Independencia. Su título puede prestarse a engaño. No trata sobre la independencia de Cataluña -tema que Cercas ha abordado en numerosas ocasiones- ni tampoco sobre el famoso procès, sino sobre las cloacas del poder y del dinero. O del dinero y del poder, que tanto da. 

Toma como asunto principal la extorsión que un misterioso personaje le hace a la alcaldesa de Barcelona (no se refiere a Ada Colau, sino a una mujer que supuestamente ejerce el cargo en 2025, el año en curso) exigiéndole primero su dinero y luego su dimisión para evitar difundir un vídeo de alto voltaje sexual que recoge algunas experiencias juveniles de la política. El policía Melchor Marín -hijo de una prostituta asesinada, expresidiario, lector impenitente de novelas y famoso por haber sido uno de los héroes cuando los atentados islamistas de 2027 en Barcelona- colabora en la resolución del caso y comprueba que está misteriosamente conectado con un asunto personal de suma trascendencia. No revelo más detalles.


Javier Cercas construye de tal manera el relato que se hace difícil abandonarlo. Domina el lenguaje, el tempo y, sobre todo, la arquitectura de la novela. Aunque he disfrutado mucho con su desarrollo, lo que más me ha afectado es la reflexión implícita y explícita sobre la conexión entre dinero y poder, tan de moda hoy con el tándem Trump-Musk. En realidad, la verdadera independencia en Cataluña la tienen quienes desde hace mucho tiempo detentan (uso deliberadamente este verbo) el poder en la sombra. 

En un momento determinado de la novela, uno de los personajes dice algo parecido a esto: “Los intelectuales tienen ideas, los pobres tienen ideales, pero solo los ricos tenemos el poder”. Y así es en la mayor parte de los casos. Lo que sucede es que incluso los que se sienten intocables, arropados por la seguridad que les da su pedigrí económico y su manejo del poder, pueden acabar mal. La historia tiene muchos meandros, no es un río que fluye siempre en línea recta hacia un mar de independencia absoluta y de exenciones eternas.


Leyendo la novela, he comprobado que a veces me hervía la sangre. Es como si brotara dentro de mí una repulsa visceral, no evangelizada, hacia quienes no tienen inconveniente en pisar a los demás con tal de mantener sus privilegios. Su descaro llega a tal nivel que consideran que es poco menos que voluntad divina que haya explotadores y explotados, privilegiados y descastados. Quizá lo que la novela pone más de relieve es esa conciencia de impunidad que tienen quienes por herencia familiar siempre han estado arriba. Naturalmente, su exquisita educación les impide hacer ostentación de ese dominio. Procuran envolverlo en el papel celofán de la cortesía, las buenas maneras y hasta una cierta camaradería con los de abajo, que no es más que una sutil arma de dominación. 

Llegando a las últimas páginas de la novela, resultaba imposible no recordar las palabras del Magnificat de María: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos”. También esta es una lección cuaresmal que podemos aprender, aunque resulte incómoda para unos y liberadora para otros.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Necesitamos músculo moral


Al presidente del gobierno español no le gusta el término rearme. Y, sin embargo, eso es lo que está haciendo Europa con el objetivo -o con la excusa- de preservar su seguridad. Teniendo en cuenta la permanente amenaza rusa y el cambio en la política estadounidense, Europa cree que tiene que aumentar significativamente su gasto en defensa y prepararse para un posible conflicto. Hay países que ya han mandado manuales de supervivencia a sus ciudadanos. Se habla incluso de cómo se haría el reclutamiento de soldados. Está creciendo en Europa la piscosis de una guerra inevitable. Hemos hecho nuestro el viejo adagio Si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepárate para la guerra). 

Es difícil saber a qué responde esta estrategia del miedo o, por lo menos, de la precaución. ¿Existe realmente una amenaza rusa? ¿Hay indicios de que Putin quiera seguir invadiendo más países del Este europeo? ¿Hay un acuerdo secreto entre Rusia y Estados Unidos para dividir y debilitar a Europa y, de esta manera, tenerla bajo control? ¿Se teme una invasión islámica? No es fácil distinguir las informaciones de los rumores. 

¿O se trata, una vez más, de atemorizar a la población para justificar el incremento del gasto armamentístico? ¿Qué intereses hay detrás de esta súbita preocupación por la defensa europea? ¿Es verdad que los 80 años de paz en Europa han debilitado al continente y que la única manera de no sucumbir al imperio de la comodidad es activar de nuevo la moral bélica? Como en todos los asuntos oscuros y controvertidos, crecen más las preguntas que las respuestas.


En la carta que el papa Francisco escribió al director del periódico italiano Corriere della sera desde el policlínico Gemelli el pasado 14 de marzo, decía con rotundidad: “Debemos desarmar las palabras, para desarmar las mentes y desarmar la Tierra. Hay una gran necesidad de reflexión, de calma, de sentido de la complejidad. Mientras que la guerra solo devasta comunidades y el medio ambiente, sin ofrecer soluciones a los conflictos, la diplomacia y las organizaciones internacionales necesitan sangre nueva y credibilidad. Las religiones, además, pueden recurrir a la espiritualidad de los pueblos para reavivar el deseo de fraternidad y justicia, la esperanza de paz”. 

Imagino que cuando algunos líderes políticos y hombres de negocios leyeron estas palabras se reirían a mandíbula batiente o, por lo menos, esbozarían una sonrisa conmiserativa: “¡Qué ingenuos son estos hombres de Iglesia! Se creen que los problemas se resuelven a base de rezos y buenas intenciones. Ahora hablan de paz, pero si se sienten amenazados, enseguida pedirán la protección de las armas”. Prefiero tomar en serio las palabras del Papa: Hay una gran necesidad de reflexión, de calma, de sentido de la complejidad. Pues, tratemos de reflexionar sin dejarnos llevar por la presión mediática.


No veo ningún tipo de ingenuidad en las palabras del papa Francisco. La Iglesia acumula una enorme sabiduría tras haber atravesado siglos de mentiras, medias verdades, enfrentamientos y guerras crueles. Es verdad que la historia se ha escrito en buena medida con sangre, incluida la historia de la evangelización. Por eso mismo, hoy sabemos mejor que hace cinco siglos el enorme precio que se paga cuando los seres humanos recurrimos a la guerra como forma de dirimir nuestros conflictos, temores, intereses o ambiciones. 

Creo que los ciudadanos no podemos permanecer pasivos ante el rearme que se nos avecina, como si fuera algo inevitable o incluso deseable. No podemos tragar con el gato de la guerra travestido de liebre de seguridad. Debemos oponernos con firmeza, desenmascarando los argumentos sofistas y creyendo en la fuerza transformadora de la no violencia cuando todo un pueblo (en este caso Europa) se pone en pie de paz. De no hacerlo a tiempo, nos veremos abocados a lo que no queremos. 

Es posible que, tras décadas de prosperidad, Europa se haya convertido en un continente muelle y necesite una sacudida de fuerza. Debe exhibir músculo -es verdad-, pero no militar sino moral. Tiene suficientes recursos para hacerlo. Sería triste que Europa siguiera ostentando el triste récord de ser el continente más belicoso a lo largo de la historia.

martes, 25 de marzo de 2025

Muchos unos


Ayer, a las 20,40, este Rincón alcanzó una cifra de visitas que resulta chocante: 1.111.111 (o sea, un millón ciento once mil ciento once). Siete unos seguidos formando un simpático trenecito numérico. Lo de menos es la cifra. Cuando la veo, pienso en las muchas personas que visitáis este blog desde España, Estados Unidos, Hong Kong, México, Colombia, Francia, Argentina, Venezuela, Guatemala, Alemania, Italia, Suiza, Perú, Países Bajos, Chile, Honduras, Puerto Rico, China (este es el orden según el número de visitas) y otros países con porcentajes inferiores. 

Detrás de cada visita hay una persona, un rostro, una historia. Pienso en el sacerdote o la religiosa que leen el blog desde el ordenador de su escritorio haciendo un altro en su trabajo. O en el laico que aprovecha un descanso para leerlo desde su teléfono móvil mientras viaja en el metro o en el autobús. Pienso en las personas que conozco y que suelen dejar mensajes. Y también en las personas que no conozco, en las que se asoman como de puntillas, sin dejar rastro. Trato de adivinar las historias que hay detrás de cada una.


Muchos estaréis viviendo una etapa de serenidad, de satisfacción laboral y de alegría familiar. Otros quizás estáis lidiando con una enfermedad o estáis sufriendo apuros económicos. Entre los lectores no faltará alguno que esté sumido en la soledad o incluso en la depresión. No dejo de sorprenderme del poder misterioso de la comunicación. A menudo, sin conocernos personalmente, se establece entre nosotros un vínculo que nos ayuda a caminar por la vida con la seguridad de que alguien se hace cargo de lo que vivimos, lo acoge, lo verbaliza y lo proyecta hacia el futuro. 

Sería más entretenido compartir vídeos breves y chispeantes, pero sigo creyendo en el poder de la palabra escrita, en el fruto a largo plazo que produce escribir y leer algo con un poco de esfuerzo y paciencia. Detrás de las 1.111.111 visitas hay un número grande de personas (¿cuántas?) que gozan y sufren, creen y dudan, buscan y se cansan… Esto es lo que justifica la existencia de este discreto Rincón en la selva de internet.


Pienso en todos vosotros en un día en el que celebramos la solemnidad de la Anunciación del Señor. Faltan nueve meses para la Navidad. La fiesta de la Anunciación pasa casi desapercibida en el camino de la Cuaresma y, sin embargo, celebra un misterio sobrecogedor. Si es verdad que el universo (o los universos) comenzó hace unos 13.800 millones de años -cifra que hoy maneja la ciencia y que puede modificar mañana- y que solo empezó a existir el tiempo cuando empezó a existir “algo”, ¿qué o quién es el que puso en marcha todo? ¿Fue una generación espontánea, producto del azar, como piensan muchos, o fue la obra de un supremo Hacedor que nosotros confesamos como el Dios uno y trino? 

En el caso de que creamos en la existencia de este Dios como origen y meta de todo lo que existe, ¿por qué en un momento de la historia, simbólicamente hace 2.025 años, decidió hacerse visible como ser humano en el seno de una adolescente judía? Comprendo que estas preguntas, fuera de un contexto de fe, resultan extrañas y casi ridículas. Conviene, sin embargo, dejarse tocar por ellas, no despacharlas precipitadamente, caer en la cuenta de su envergadura. 

Cuando dejamos que las preguntas nos trabajen por dentro, tarde o temprano emerge una respuesta. No es necesario que sea una respuesta acabada, racional, sino una respuesta que nos ayude a vivir. El Misterio no cabe en nuestro pequeño ordenador personal, por muy listos que nos creamos. No hay nada más racional que reconocer nuestros límites y abrirnos amorosamente al Misterio que nos envuelve.

lunes, 24 de marzo de 2025

Solo trece palabras


El papa Francisco ya está en su apartamento de Santa Marta desde ayer a primera hora de la tarde. Su antigua cama ha sido sustituida por una cama articulada para facilitar su cuidado. Le aguardan dos meses de paciente convalecencia. 

A muchas personas les ha llamado la atención que ayer, cuando se asomó al balcón de una de las habitaciones de la quinta planta del policlínico Gemelli (no de la suya, que está situada en la décima), las únicas palabras que dijo, con voz débil y entrecortada, fueron: “Grazie a tutti. E vedo questa signora con i fiori gialli! È brava!” (Gracias a todos. Y veo a esta señora con las flores amarillas. Es buena). La tal señora es una mujer calabresa de 78 años llamada Carmela que, poco después, declaró: “Se suponía que iba a dar la bendición y en su lugar vio mi manojo de rosas. Le deseo una pronta recuperación y que vuelva a estar entre nosotros”. 

Después de casi 40 días recluido en una habitación de hospital, uno hubiera imaginado que sus primeras palabras iban a ser solemnes o por lo menos piadosas. Ese tipo de discurso más formal lo dejó para el texto que acompañaba la recitación del Ángelus. Él prefirió pronunciar solo trece palabras (quizá doce) y fijarse en un detalle de amor, como cuando Jesús, rodeado por una multitud que lo aplastaba, dijo: “Alguien me ha tocado” (Lc 8,46). O como cuando, en la cena de Betania, poco antes de su muerte, Jesús dejó que su amiga María le ungiera los pies con “una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso” (Jn 12,3). El gesto de Carmela, la señora de las flores, va en esa línea de un amor gratuito. El saludo del papa Francisco deja a un lado el protocolo y agradece ese gesto espontáneo. Tenemos mucho que aprender.


No olvido que hoy, 24 de marzo, se cumplen 45 años del asesinato de san Oscar Arnulfo Romero en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia de San Salvador que he tenido la oportunidad de visitar en un par de ocasiones. Monseñor Romero pertenece a esa categoría de santos contemporáneos que hacen creíble el Evangelio. Pasó de ser un obispo piadoso y responsable a ser un pastor comprometido y valiente. Esta “segunda conversión” tiene mucho que decirnos a quienes tal vez vivimos una fe demasiado contemporizadora, a quienes fácilmente casamos el Evangelio con la injusticia, la fe con la comodidad. 

En las últimas décadas, las iglesias latinoamericanas nos están ayudando a despertarnos de un letargo que puede sumir a Europa en la noche de la indiferencia. Creo que, en vez de poner el acento en lo que no nos gusta de ellas (sencillamente porque no coincide con nuestras tradiciones y costumbres), deberíamos acoger el “perfume de Evangelio” que exhala el testimonio de tantos cristianos (la mayoría desconocidos) que viven su fe en Dios y en Jesús con sencillez, sin el agobio de quienes nos estamos debatiendo siempre entre la fe y la duda porque vivimos alejados del mundo de los pobres, que es el “lugar teológico” en el que uno aprende a creer. Tanto el papa Francisco como san Oscar Romero nos lo han dicho por activa y por pasiva.

domingo, 23 de marzo de 2025

De zarzas e higueras


Las lecturas de este III Domingo de Cuaresma juegan con elementos del mundo vegetal: una zarza y una higuera. Ambos elementos se comportan de una manera extraña. Moisés se sorprende de ver que “la zarza ardía sin consumirse” (primera lectura) y el agricultor de la parábola de Jesús que tenía una higuera plantada en su viña “fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró” (evangelio). 

El Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, el Dios que es y será, se manifiesta en una zarza ardiente. Ante este fuego abrasador Moisés tiene que descalzarse, que es lo mismo que deshacerse de sus planes y seguridades. Solo entonces está preparado para recibir una misión. A diferencia de lo que hizo Moisés cuando estaba en Egipto y vio cómo maltrataban a uno de su pueblo, ahora es Dios mismo quien hace su análisis de la realidad: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos”. Ese mismo Dios que “ve” el sufrimiento del pueblo es el que emprende una misión en la que quiere involucrar a Moisés: “Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”.


En el evangelio, Jesús comienza hablando de dos sucesos de crónica negra: el asesinato de unos galileos por parte de Pilatos (y la mezcla sacrílega de su sangre con la de los animales del sacrificio), y la muerte de dieciocho habitantes de Jerusalén aplastados por el derrumbamiento de la torre de Siloé. En contra de la opinión popular, estas desgracias no fueron consecuencia del pecado de sus víctimas. En realidad, todos somos pecadores. El mensaje es claro: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. 

La parábola que sigue nos da la clave de actuación. El viñador que cuida la viña (y dentro de ella la higuera seca), le da al dueño, desesperado por no encontrar los esperados frutos, un criterio nacido de la experiencia: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”. Habla de una paciencia operativa. Hay que saber esperar mientras se abona el terreno. Paciencia y compromiso van de la mano.


No es difícil iluminar lo que hoy vivimos desde la Palabra de Dios. También hoy necesitamos que sea Dios quien tome la iniciativa, que nos abra los ojos para ver el sufrimiento de la gente como él lo ve. Nuestros análisis de realidad (sociológicos, políticos, económicos e incluso religiosos) son miopes. Solo el Dios que es y será nos ayuda a comprender la realidad desde la compasión, no desde la mera indignación o desde nuestros intereses. Todo lo que nosotros hagamos solo tendrá sentido si participa de la “misión de Dios”; es decir, si nos sentimos enviados. Donde no hay envío, no hay fruto de liberación. 

Naturalmente, esta misión requiere mucha paciencia porque -como el dueño de la higuera- “tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro”. Nosotros quisiéramos ver enseguida el futo de nuestros esfuerzos. Cuando no llegan en los plazos que consideramos razonables, nos desesperamos y tenemos la tentación de cortar por lo sano. Jesús nos invita a mantener la paciencia del agricultor sabio y a no cruzarnos de brazos: a seguir abonando el terreno y haciendo lo que tenemos que hacer. En el momento oportuno llegarán los frutos.



viernes, 21 de marzo de 2025

12 disciplinas espirituales


Richard Foster, teólogo cuáquero de Estados Unidos, en su obra Celebración de la disciplina. Hacia una vida espiritual más profunda, identifica doce disciplinas espirituales que, según él, son imprescindibles para que el cristiano pueda alcanzar la verdadera libertad. Dado que la Cuaresma es un tiempo de entrenamiento, nos puede ser útil presentar estas doce disciplinas de manera rápida, tratando de conectarlas con algunas realidades que estamos viviendo hoy. Me permito presentarlas con mucha libertad. 


1. Meditación

Vivimos tal sobrecarga de informaciones breves y rápidas, que corremos el riesgo de creer que sabemos muchas cosas, cuando en realidad estamos perdidos. La meditación es esa práctica que nos ayuda a serenarnos para poder concentrar nuestra atención en algunas realidades. Solo esta concentración serena nos permite ir más allá de la superficialidad y profundizar en el significado de las experiencias que conforman nuestra vida.

2. Oración

La oración nos abre a la relación personal con Dios. Es, ciertamente, una actitud que debe impregnar toda nuestra vida, pero es también una práctica que exige reservar algunos espacios y tiempos. Sin una ejercitación regular, podemos confundir la oración con el hecho de tomar conciencia de nosotros mismos o de “vivir el ahora”, como subrayan algunas corrientes espirituales.

3. Ayuno

Esta práctica tradicional, abandonada en buena medida por el catolicismo y reciclada por las escuelas que buscan el bienestar personal, nos ayuda a purificar el cuerpo y el espíritu, pero, sobre todo, a desapegarnos de las adicciones que nos esclavizan. En el pasado se ponía mucho el acento en la comida, la bebida y el uso de sustancias. Hoy añadimos la desintoxicación digital, el lenguaje violento o chismoso y el consumismo.

4. Estudio

Para muchos, el estudio es una práctica reservada solo a los “estudiantes” (es decir, a los que se hallan en alguna de las etapas de la formación inicial). Sin embargo, si queremos seguir creciendo en nuestra comprensión del mundo y de la fe, caminar al ritmo de los tiempos, dar razón de nuestra esperanza, necesitamos cultivar el hábito de leer, profundizar, sintetizar y exponer. Hay algunos libros sencillos -como, por ejemplo, Esta es nuestra fe. Teología para quienes no leen teología, de Luis González-Carvajal- que pueden ayudarnos a introducirnos en el mundo de la teología.

5. Sencillez

Vivimos en un mundo muy sofisticado en el que -como cantaba hace más de veinte años la cantante española María Isabel- podemos confesar que “antes muerta que sencilla”. Parece que la sencillez no casa con el postureo tan presente en las redes sociales y con la invitación constante a cultivar la imagen. La sencillez es fruto de la verdad. Tiene también que ver con la claridad, con la no multiplicación de actos y palabras sin necesidad, con la capacidad de ir a lo esencial.

6. Retiro

No todo el mundo puede permitirse el lujo de alejarse unos cuantos días de su domicilio y vivir una experiencia de silencio en un monasterio o en una casa de espiritualidad. Y, sin embargo, si queremos mantener nuestro equilibrio personal, necesitamos de vez en tomar distancia de las tareas ordinarias y dedicar tiempo a estar en soledad. Hay experiencias que solo se producen cuando dejamos que el silencio nos ayude a descubrirlas.

7. Sumisión

Vivimos en una cultura que valora y promociona la libertad individual, la autonomía y la autoafirmación. Somos alérgicos a cualquier forma (burda o sutil) de dominación y esclavitud. Este es un fruto espléndido de la experiencia de gracia. Y, sin embargo, donde hay apertura a la voluntad de Dios, se requiere también un tipo de sumisión que no es la propia del esclavo, sino la de quien se entrega por amor, la de quien renuncia a su propio yo para que los demás puedan crecer.

8. Servicio

Es verdad que desde hace décadas está de moda la palabra solidaridad. Hemos crecido en sensibilidad ante los males ajenos y estamos dispuestos, al menos emocionalmente, a echar una mano. La fe implica algo más. El servicio es la práctica que nos asemeja al Cristo que no vino a ser servido, sino a servir. Implica la capacidad de renunciar a nuestros privilegios, ceñirnos la toalla de los criados y lavar los pies a quienes necesitan de nuestra ayuda. Lo que determina la calidad del servicio no es lo que a nosotros nos gusta hacer, sino la respuesta a lo que los demás nos demandan o necesitan.

9. Confesión

Para muchos creyentes, confesar los propios pecados y recibir la absolución se ha vuelto una práctica difícil e irrelevante. Y, sin embargo, ha crecido el recurso a la ayuda psicológica. Una cosa no quita la otra. Confesar los propios pecados significa reconocer que no estamos a la altura de la misericordia que sostiene nuestra vida y abrirnos a su fuerza sanadora. El sacramento nos ayuda a ganar en lucidez, humildad y confianza, a dejarnos perdonar por Dios.

10. Adoración

El papa Francisco insiste mucho en que, en la sociedad politeísta e idolátrica en la que vivimos, necesitamos redescubrir el sentido profundo del adorar. Cuando adoramos a Dios, reconocemos su misterio insondable y aceptamos nuestra condición de criaturas. La adoración nos cura del orgullo, pero también de la desesperación. Estamos sostenidos por un Amor que nunca nos abandona. Muchos jóvenes han redescubierto una práctica que vivió tiempos de ocultamiento cuando la espiritualidad puso demasiado el acento en la acción y olvidó que sin Él no podemos hacer nada.

11. Acompañamiento

Caminar solos tiene muchos peligros. El principal es el subjetivismo, el confundir la realidad con lo que nosotros vemos, pensamos y sentimos. La vida espiritual está erizada de “demonios” que intentan desviarnos del camino. Por eso, necesitamos que alguien nos ayude a desenmascararlos y encaminar nuestros pasos en la dirección correcta. Dejarnos acompañar es un signo claro de madurez espiritual. Vivir cerrados en nuestra arrogancia nos impide crecer en la fe.

12. Celebración

La fe necesita ser acogida, profundizada, compartida, anunciada… y celebrada. La liturgia es la fuente y el culmen de una fe madura. Toda celebración nos libera de una fe individualista y nos ayuda a vivir la comunión de la Iglesia. El divorcio entre fe individual y celebración eclesial es quizás uno de los dramas de nuestro tiempo. Necesitamos vivir con alegría el domingo, el “día del Señor”, los diversos tiempos litúrgicos a lo largo del año y, en definitiva, la fuerza de una fe que se hace alabanza.

Este dodecálogo no es una lista de “cosas que tenemos que hacer”, sino una falsilla que nos ayuda caer en la cuenta de nuestros acentos y nuestros olvidos; un recordatorio de lo que nos ayuda a seguir creciendo en la fe.


jueves, 20 de marzo de 2025

Excusas y ensoñaciones


En el momento de escribir estas notas ha entrado ya la primavera en el hemisferio norte. En Madrid no lo ha hecho con un derroche de sol y una cohorte de flores, sino con una nueva borrasca que prolonga las lluvias que nos han acompañado desde hace casi un mes. Esperemos que este marzo lluvioso prepare un abril florido. Las reservas de agua para el verano parecen aseguradas. Tiempo tendremos para disfrutar del sol y del calor. De momento, podemos recrearnos con las nubes y las temperaturas suaves, casi frías.

Si no hace el tiempo que queremos, tendremos que querer el tiempo que hace. No hay otra. Ya dice el refrán que “a mal tiempo, buena cara”, pero no es cuestión de trabajar solo nuestro estado de ánimo, sino de aprender a jugar con las oportunidades que cada situación de la vida, incluso las más adversas, nos ofrece.

La Cuaresma sigue su curso. En el evangelio de hoy leemos la conocida parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro sobre la que he escrito en otras ocasiones. Hoy quisiera acercarme a ella desde un enfoque distinto. Me lo ha brindado un compañero mío. Este enfoque singular parte de una de las frases que pronuncia el rico cuando Abrahán le dice que sus hermanos ya tienen a Moisés y los profetas para saber cómo conducirse en la vida y no dar con sus huesos en “un lugar de tormento”. La frase del rico es conocida: “Si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. El rico no acepta las mediaciones ordinarias, busca algo espectacular, tumbativo. 

Ese “si” condicional encabeza muchas de nuestras excusas en la vida: “Si hubiera nacido en otro lugar y en otra familia…”, “si hubiera tenido las oportunidades que han tenido algunos de mis amigos…”, “si hubiera sido más guapo, o más listo, o más rico, o más simpático…”. Hay excusas que tienen que ver con nuestra falta de compromiso cristiano: “Si las misas del domingo no fueran tan aburridas…”; “si tuviera más tiempo libre…”; “si los curas fueran más inspiradores…”; “si el cristianismo no fuera tan exigente…”, etc.


Mientras nos desangramos con infinitas excusas y ensoñaciones, perdemos las oportunidades que nos brinda lo que somos y vivimos. No estamos llamados a ser como ninguna otra persona porque Dios nos ha querido diferentes, únicos. Compararnos con otros no va a ayudarnos a ser nosotros mismos. Es verdad que en nuestra vida no todo es perfecto, que estamos rodeados de limitaciones personales, familiares, sociales y eclesiales, pero la vida es una batalla en la que tenemos que aprender a sacar partido de lo que somos, no de lo que nos gustaría ser. 

Cuando contemplamos la vida desde las oportunidades que nos brinda más que desde las limitaciones que nos impone, se abre un ancho campo para el crecimiento personal. Aprender a vivir el hoy es uno de los objetivos principales de la vida espiritual. Como el rico de la parábola “tenemos a Moisés y a los profetas”; es decir, tenemos la luz de la Palabra de Dios que nos acompaña en el camino de la vida, tenemos personas que nos quieren, tenemos… Estamos llamados a pasar de las excusas a las decisiones, de las quimeras a los proyectos realizables, de las quejas a los compromisos. Algo de esto es también la Cuaresma.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Pepe el nazareno


No sé cuántos Pepes conozco, pero son muchos. El primero, ya fallecido, fue un tío mío. Después, la lista de Pepes ha ido creciendo con numerosos familiares, amigos y conocidos. ¿Por qué a los que se llaman José se los suele denominar con el apodo de Pepe? La explicación más difundida es que el hipocorístico Pepe, correspondiente al nombre José, proviene de la forma en que se denominaba en latín a san José: Pater Putativus (es decir, “padre supuesto”). San José era el “padre supuesto” de Jesús. La expresión latina solía abreviarse con las consonantes iniciales P.P. De ahí proviene el famoso Pepe, si bien -como sucede con casi todo- existen varias hipótesis al respecto. La del pater putativus no es la única, aunque sea la más difundida.


Según el INE, en España hay 515.889 varones que llevan el nombre de José. Su media de edad es de 62,6 años, lo cual demuestra que no es un nombre muy común en las nuevas generaciones. [41.886 (edad media: 55,2 años) se llaman Josep y 5.740 (edad media: 39,2 años) se llaman Joseba]. Más de medio millón de Pepes hacen del nombre de José el tercero más frecuente en España, después de Antonio y Manuel. No está nada mal esta medalla de bronce en las olimpíadas onomásticas. ¿Quién le iba a decir al Pepe de Nazaret que iba a ser tan famoso?

Dios puede convertir en fuerte lo débil y en débil lo fuerte. Muchos “desconocidos” en su tiempo son hoy famosos y muchos famosos acaban siendo unos perfectos desconocidos. De José de Nazaret he escrito muchas veces en este blog. Le tengo una gran simpatía, una silenciosa devoción. Juntando todas las entradas, se puede formar un pequeño tratado de josefología para lectores con prisas. Este año quiero poner el acento en su perfil bajo. Entre sus paisanos, el padre de Jesús podía ser “un tal Pepe” que se dedica a tareas artesanales, un tékton (carpintero, artesano, constructor) de la época. Aquí reside su misteriosa y magnética grandeza.


Un sencillo tékton entra a formar parte del diseño salvífico de Dios para la humanidad. En este guion no tiene un papel protagonista. Podríamos decir que es un secundario de lujo, alguien que, no haciendo, hace; no hablando, convence; retirándose, acompaña. Pepe de Nazaret es un ánfora vaciada de sí mismo para que quepa en ella toda la gracia de Dios. 

En momentos tan egocéntricos como los que vivimos, en los que muchos queremos poner siempre nuestra firma al pie de todo, Pepe de Nazaret nos enseña a retirarnos con sencilla elegancia para que Dios ocupe todo el espacio. Necesitamos inundar la Iglesia y la sociedad de Pepes que no chupen cámara, que no prodiguen sus fotos en las redes sociales, que dejen que Jesús y María nos señalen el verdadero camino.


Felicidades a todos los amigos y amigas que llevan el nombre de José, el “humilde carpintero”

martes, 18 de marzo de 2025

Retirarnos para despegar


Antes de la pandemia, tuvimos varios retiros con algunos seguidores de este blog en el Centro Fragua de Los Negrales, a pocos kilómetros de Madrid. La experiencia fue positiva. Luego llegó el coronavirus y alteró nuestros proyectos. De esa conmoción han pasado ya cinco años, pero se requiere tiempo para volver a la normalidad. Por otra parte, en ese período terminé mi servicio en Roma y vine destinado a Madrid. Llevo ya más de tres años en esta ciudad en permanente construcción. Me parece que ahora se dan las condiciones para volver a convocar uno de esos retiros que a todos nos ayudan a “ajustar las coordenadas” en el mapa de nuestra vida personal, familiar y comunitaria.

La primavera es una buena estación para renacer. La naturaleza actúa como pedagoga. Si, además, la liturgia nos brinda la fuerza del tiempo pascual, se dan los elementos necesarios para pasar “del desencanto al entusiasmo” (o, por lo menos, a una alegría serena). Pero, para eso, hay que salir de donde estamos, ponernos en camino, experimentar algo (con otros, si es posible) y volver renovados a nuestro hogar o comunidad. 

En alguna ocasión he recordado que el obispo norteamericano Fulton Sheen (1895-1979) decía que la dinámica del evangelio podría resumirse en estos dos imperativos: venid e id. En realidad, esta dinámica reproduce el movimiento respiratorio (inhalación y exhalación) y también el movimiento del corazón (sístole y diástole). Si queremos respirar de verdad y si queremos amar en serio, necesitamos continuamente acercarnos a Jesús (venir) y ser enviados por él (ir). Así es como la vida cobra sentido y ritmo. Este es precisamente el objetivo de nuestro retiro pascual.


Escribo esta entrada pensando, sobre todo, en algunos lectores de este blog que nunca han participado en un retiro y que tal vez podrían vivir una experiencia de encuentro con ellos mismos y con Dios. Aunque se trata de un retiro intergeneracional, invito de manera especial a los jóvenes que andan buscando como a tientas y que desean ir más allá de la vida que llevan. Invito a los adultos que en estos años tras la pandemia se sienten un poco confundidos y con escasa alegra de vivir. Invito, en fin, a todos los que quieran vivir su fe con otros, encontrando nuevos estímulos para insertarse más activamente en sus parroquias o comunidades.

Os dejo a continuación algunos datos que os ayuden a tomar una decisión. Os agradecería que quienes desean participar, me lo comuniquen a la dirección de correo electrónico que figura en el siguiente cuadro antes de del 31 de marzo.


RETIRO DE PASCUA
para lectores y amigos de El Rincón de Gundisalvus

Fecha: Del viernes 9 de mayo (a las 8 de la tarde) al domingo 11 de mayo (después de la comida).

Tema: “De quemados a encendidos” (cómo pasar del desencanto al entusiasmo en la vida de fe).

Lugar: Casa de Espiritualidad. Misioneros Claretianos. C/ Corredera, 1. Colmenar Viejo (Madrid).

Inscripción: Los que deseéis participar, podéis escribirme a esta dirección: gonfersa@@hotmail.com.


lunes, 17 de marzo de 2025

¡Esa foto!

 

Desde que el papa Francisco ingresó en el hospital Gemelli, hemos recibido casi cada día un escueto parte médico informando sobre su estado de salud. Lo que empezó siendo una fuerte bronquitis se transformó luego en neumonía bipolar con diversas complicaciones. Hacia finales de febrero, se temía lo peor. Los últimos partes, sin embargo, hablan de una lenta evolución positiva. Durante un mes no se publicó ninguna foto del Papa en el hospital. Ayer distribuyeron la primera los servicios informativos del Vaticano. 

Es una foto singular. Me llama la atención que se haya difundido en el segundo domingo de Cuaresma. Precisamente el día en que la liturgia nos presenta el relato de la transfiguración, que narra que a Jesús se le iluminó el rostro, contemplamos una foto del anciano Francisco en la que apenas se le ve el rostro. Vemos con claridad el cuerpo de Jesús crucificado sobre una cruz iluminada, pero de Francisco solo vemos la parte lateral derecha de su cabeza encanecida y una especie de esbozo de su párpado y del extremo de la nariz.

La foto nos hurta el rostro de Francisco y, sobre todo, la fuerza de su mirada. En realidad, se podría decir que es una foto sin identidad. La claraboya de nuestro misterio personal es el rostro y, dentro de él, los ojos. Cuando no vemos el rostro de una persona o cuando sus ojos permanecen tapados, no sabemos en realidad quién es. Más que ver a Francisco, vemos a un anciano sentado en una silla y revestido con alba blanca y estola morada. El mensaje que la foto transmite es más bien triste. Es como si hubiera desaparecido el sujeto (enfermo sí, pero sujeto lleno de dignidad, al fin y al cabo) y solo conociéramos de él su edad avanzada y su condición ministerial.

Cabe una interpretación más benévola. No vemos el rostro de Francisco porque su verdadera identidad es seguir a Jesús, aunque en la foto no parece que en ese momento esté dirigiendo la mirada hacia la cruz que pende de la pared frontal. Imagino que el fotógrafo vaticano ha querido ahorrarnos la contemplación de un Papa quizá muy débil y demacrado, pero eso me parece un grave error. Si somos capaces de contemplar al Cristo crucificado y deshecho, ¿por qué no podríamos contemplar con parecido respeto a un Papa desmejorado tras un mes en el hospital? 

Todavía somos prisioneros de la cultura de la imagen. Todavía nos gusta maquillar la realidad en vez de proponerla como es. Una foto podría ser una hermosa lección de teología encarnada, pero me temo que se ha contentado con ser una respuesta mediocre a la curiosidad general.

domingo, 16 de marzo de 2025

El efecto espejo

“Ni por un millón de dólares haría el tipo de trabajo que usted hace”, le dijo una vez un periodista a Madre Teresa de Calcuta. Ella respondió: “Yo tampoco. Pero lo hago porque veo al Cristo sufriente en cada uno de ellos”. Cuando somos capaces de ver el rostro de Dios en los pobres, en los que sufren, ellos también ven el rostro de Dios en nosotros. 

Es la experiencia del encuentro de Cristo con Cristo, la experiencia del encuentro del Cristo sufriente con el Cristo compasivo. Moisés volvió con el rostro radiante después de su encuentro con Dios (cf. Ex 34,29-35). En el evangelio de este II Domingo de Cuaresma leemos que en Jesús se produjo un fenómeno semejante, pero mayor: “el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos” (Lc 9,29).


Los cristianos hablamos de transfiguración. Es una experiencia que Jesús tuvo en lo alto de la montaña, mientras oraba, y que, de alguna manera, todos tenemos cuando entramos en relación con Dios a través de la oración. En ella, también nosotros nos transfiguramos, recuperamos el brillo de nuestra verdadera identidad. Todos hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Ese rostro ha sido manchado y desfigurado por un uso errado de la libertad. Necesitamos ser pulidos en el “monte de la oración” para ver el rostro de Dios reflejado en los pobres que viven en el “valle de la vida cotidiana”. 

En el momento en que empezamos a ver el rostro de Dios en los pobres, ellos son capaces de ver también el rostro de Dios en el nuestro. Este es el hermoso “efecto espejo” de una vida cristiana auténtica. Quizá esa falta de reflejo de una realidad en otra explica nuestra mediocridad.

viernes, 14 de marzo de 2025

El desapego


Apenas veo la televisión. Solo unos minutos después de la cena. Ayer me quedé algo más porque me sorprendió la entrevista que Pablo Motos le hizo al cantante venezolano José Luis Rodríguez –“el Puma”– en El Hormiguero. En algunos momentos me pareció casi una meditación cuaresmal. No entró a juzgar su coherencia porque desconozco los entresijos de su azarosa vida. Habló desde la altura de sus 82 años y desde su experiencia de hombre trasplantado. En efecto, debido a una fibrosis pulmonar idiopática incurable, fue sometido a un doble trasplante de pulmones el 17 de diciembre de 2017 en el hospital Jackson Memorial de Miami. 

La intervención quirúrgica fue un éxito, de modo que, tras un largo período de recuperación, pudo volver a su carrera como músico, cantante, actor, productor, etc. Ahora se prepara para el encuentro definitivo con Dios cuando le visite la muerte. Confesó que le gustaría llegar a cumplir los 90 años, pero que estaba listo para la partida en cualquier momento.


No conocía yo muchos detalles de la biografía de El Puma, aunque fue un cantante famoso en los años 80 en España. Entre otras cosas, se deshizo en elogios a Manuel Alejandro  al que calificó como un compositor “sastre” porque tiene la capacidad de hacer canciones a la medida de sus intérpretes, entre los que se cuentan algunos de los mejores artistas hispanohablantes: Raphael, Rocío Jurado, Julio Iglesias, José José, Luis Miguel, Isabel Pantoja, etc. 

En 1973 el Puma abandonó su fe católica y se bautizó en una iglesia protestante en Puerto Rico. Desde entonces, ha procurado vivir su fe con profundidad. La experiencia del trasplante de los pulmones ha sido un parteaguas en su itinerario espiritual. Ahora no le tiene miedo a la muerte. Es solo un paso entre vivir con Dios “en la tierra” o vivir con él “en el cielo”. En cualquier caso, su presencia es la que da sentido a todo. Desde esa clave, habló con mucha elocuencia sobre la importancia de irnos desapegando de todo para que el momento de la muerte nos sorprenda “ligeros de equipaje, como diría Antonio Machado. “No he visto a nadie –añadió con una suave ironía– que se lleve al cementerio en un camión todas las pertenencias que ha ido acumulando en esta vida”.


Me llamó mucho la atención su insistencia en el arte del desapego (detachment), algo que se acentúa mucho en las espiritualidades orientales y que forma parte también de la espiritualidad cristiana:  El desapego es una práctica diaria. Venimos solos y nos vamos solos. Es algo mucho más profundo que la renuncia a los bienes materiales. Significa trascender, sin menospreciar, todos los vínculos que nos unen a las cosas y a las personas para vincularnos a Dios como fuente del ser y meta de nuestra existencia. Este desapego nos da una gran libertad interior y nos prepara para el encuentro definitivo con Dios. 

Que lo dijera un cantante famoso que ha disfrutado las mieles del éxito y del dinero me resultó especialmente chocante. Y más en un contexto en el que se nos estimula constantemente a caminar en dirección contraria: o sea, a acumular dinero, contactos, experiencias, viajes, como si esa acumulación fuera a darnos la deseada felicidad.

Mientras El Puma contaba su experiencia con un discurso muy bien articulado y con una dicción perfecta, a Pablo Motos se lo veía entre asombrado y confundido. De hecho, no sabía bien cómo repreguntar porque quizá no se esperaba un testimonio de esta naturaleza en un programa de entretenimiento. Y menos en boca de alguien que se mostró como un gran defensor de la risa y de la diversión. En fin, hay veces que la televisión nos sorprende positivamente.