Semana Santa

Semana Santa

lunes, 26 de septiembre de 2016

Cerrado "por oración"

Comienza la última semana de septiembre. En el programa de mi comunidad de Roma hemos reservado esta semana para los ejercicios espirituales anuales, así que dentro de un rato saldremos rumbo al sur de Italia para ponernos a tono al comienzo de este nuevo curso académico y pastoral. Serán días de silencio y oración. Esto significa que no dispondré de tiempo ni de condiciones para escribir mi post diario. En un principio pensé servirlos todos enlatados. Técnicamente es posible. Basta que los escriba con antelación y que programe su aparición cotidiana y escalonada en internet. Pero me parece que de esta forma se pierde el sentido de una comunicación diaria, nacida al calor de lo que va sucediendo cada jornada. Por otra parte, quiero respetar al máximo el carácter de desierto y silencio que tienen los ejercicios espirituales cuando uno se los toma en serio, así que he decidido colocar el cartel de “cierre temporal”. Algunos comercios cierran por vacaciones, por descanso del personal, por defunción o por otros motivos. Yo cierro “por oración”; es decir, porque no quiero estar pendiente de lo que tengo que escribir sino de ponerme a la escucha de la Palabra de Dios.

Es la primera vez que lo hago desde que abrí este blog el pasado 20 de febrero. No lo he hecho ni en los momentos de viajes, cursos, capítulos, etc. Ni siquiera durante las breves vacaciones de verano, aunque más de un día tuve que hacer malabarismos para colgar el post correspondiente. Esta vez es distinto. Los ejercicios espirituales significan una desconexión completa de nuestro ritmo ordinario para conectarnos con lo que el Señor quiera decirnos. Esto exige liberarse de ordenadores, teléfonos móviles y toda suerte de dispositivos que nos distraigan de lo esencial. Así que, del martes 27 al viernes 30 no aparecerá ningún comentario: solo una foto diaria con una frase alusiva. Tampoco colgaré el enlace correspondiente en Facebook o Twitter. Si Dios quiere, reanudaremos nuestra cita el próximo sábado 1 de octubre. A los amigos que visitáis asiduamente El Rincón de Gundisalvus os pido una oración especial por mi comunidad, para que todos los que vamos a participar en esta experiencia nos dejemos curar, iluminar y caldear por la luz de la Palabra de Dios.

domingo, 25 de septiembre de 2016

Los ricos no tienen nombre

Ya estoy de nuevo en Roma, listo para disfrutar de este primer domingo del otoño. Atrás quedan las semanas transcurridas en Sri Lanka y el viaje de regreso con escala en Dubai. Salí de Roma con los últimos calores del estío y la encuentro ahora con la suave temperatura que anuncia la hermosa ottobrata romana. Los estudiantes universitarios se preparan para comenzar un nuevo curso. En el evangelio de este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario Jesús cuenta una parábola que suele ser conocida como la del “rico Epulón y el pobre Lázaro”. En realidad, este título es engañoso porque en ningún momento se menciona el nombre del que “se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día”. Jesús habla simplemente de “un hombre rico” mientras que en el caso del pobre, el evangelista Lucas es explícito: “un mendigo llamado Lázaro”. Sin ir más allá, encuentro en esta parábola provocativa un primer mensaje: quien pone su confianza en las riquezas ignorando a los pobres acaba perdiendo su identidad, pierde su nombre, no sabe quién es ni para qué vive. Se convierte, sin más, en un pobre “hombre rico”. Es difícil entender esta paradoja, pero algunos ricos inteligentes la han percibido y, antes de que fuera demasiado tarde, reaccionaron. La historia está llena de hermosos ejemplos.

Sin embargo, el vértice de la parábola se encuentra al final, cuando Jesús pone en labios de Abrahán una sentencia demoledora: “Si no escuchan a Moisés y los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto”. Siempre me ha sorprendido la facilidad con que muchas personas andan detrás de revelaciones, apariciones, curaciones, sucesos milagrosos, etc. Es como si esperaran de ellos ese plus de iluminación que no encuentran en las mediaciones ordinarias que Jesús ha dejado a su comunidad para guiarla a través del tiempo: la Palabra de Dios, los sacramentos, los pobres, etc. Jesús es muy claro en su mensaje. Si no escuchamos la voz que él nos dirige, si no cambiamos nuestra vida movidos por el Espíritu, no lo vamos a hacer porque escuchemos a un charlatán de discurso encendido, a una visionaria que habla con la Virgen todos los días o a un curandero que promete remedios contra el cáncer a cambio de “la voluntad”. En el fondo, la parábola es un reto: o aceptamos a Jesús o lo rechazamos, o nos fiamos de él o buscamos apoyo en las riquezas y en otras realidades humanas “al alcance de la mano”.

Como cada domingo, Fernando Armellini nos ayuda a explorar otros rincones de este sugerente evangelio.



sábado, 24 de septiembre de 2016

Contra corrupción, transparencia

Es sábado. No parece un buen día para hincar el diente en asuntos serios, pero éste –el de la corrupción– se ha convertido, por desgracia, en “el pan nuestro de cada día”. También de los sábados y domingos. No cierra nunca por vacaciones. Es un virus que afecta a todos los países y a muchas personas e instituciones. Pero, como en casi todo en la vida, también aquí hay clases. De vez en cuando se actualiza la lista de los países más corruptos. Quizá en el pasado se toleraban mejor los comportamientos corruptos. Hoy –al menos en los ambientes en los que me muevo– se da un rechazo general. Los nuevos partidos se presentan como látigos contra la corrupción y adalides de la transparencia, aunque no siempre pueden lanzar la primera piedra porque también a ellos los salpica esta lacra. Incluso muchas personas que se escandalizan de los políticos y empresarios corruptos no tienen reparo en practicar una corrupción diminutiva en sus trabajos y con relación al estado (impuestos, etc.). O sea, que la corrupción no es solo una red de casos aislados aireados por la prensa sino un ambiente generalizado que vicia nuestras actitudes y conductas. ¿Con qué cara un político se embolsa un dinero que procede, entre otras fuentes, de lo que el estado detrae de la pensión de una pobre viuda? Se le tendría que caer la cara de vergüenza. La primera lectura de la misa de mañana domingo, tomada del capítulo 6 de Amós, es un fuerte alegato contra “la orgía de los disolutos”. Mucha gente honrada contribuye con sus impuestos al bienestar común mientras algunos desaprensivos se lucran con lo que está destinado a todos y, en especial, a los más desfavorecidos.

La transparencia y la honradez tienen mucho que ver con la educación. Si los niños y jóvenes no respiran estos valores en su casa y en la escuela, es muy difícil que no se dejen seducir por la corrupción ambiental, que no sueñen con encontrar su oportunidad. Una cultura que promueve el dinero fácil, que no recompensa la obra bien hecha, que mide con el mismo rasero al profesional competente y al chapucero, está creando las bases para que los más aprovechados medren. Y hasta es probable que muchos los aplaudan por su astucia. Comportamientos así desmoralizan a las personas honradas, hasta el punto de que les hacen preguntarse si vale la pena ser decente en una sociedad que parece regirse por los principios del lucro desmedido, la envidia y la corrupción. Algunos partidos se extrañan de que muchos ciudadanos les hayan retirado su confianza en los últimos años. Deberían extrañarse, más bien, de que todavía millones de votantes los sigan apoyando, quizá porque no encuentran una alternativa mejor. Es necesario que crezca una nueva conciencia social, que se respire una nueva atmósfera en la que los corruptos no encuentren el aire que necesitan para sus operaciones. Cualquier medida razonable que favorezca la transparencia de la cosa pública –y, sobre todo, de la gestión económica– debería ser apoyada por quienes aún sienten la suficiente indignación ética como para no resignarse a la situación actual. Y, desde luego, los educadores tenemos una enorme responsabilidad. Sin corrupción se podrían afrontar con más solvencia muchos de los problemas sociales (educación, sanidad, pensiones) que afectan siempre a los más vulnerables.

viernes, 23 de septiembre de 2016

Tres fotos para el recuerdo

No sé ni sus nombres ni su edad. Solo recuerdo que bailaron una preciosa danza de bienvenida el pasado día 10 en Montefano, Sri Lanka. Su sonrisa cautiva. Su piel tostada hace juego con la tierra que pisan sus pies descalzos. Los ojos negros miran de frente, sin miedo, casi como desafiando a la cámara. Pero no se detienen en ella. Parecen mirar más lejos. En realidad, te miran a ti, que contemplas estos rostros jóvenes enmarcados por cabellos negros que descienden sedosos por los hombros frágiles. Todo transmitiría un aura budista de paz y compasión si no fuera por la figura adulta que se adivina en el lado izquierdo de la foto y que parece vigilar la escena a distancia. La mujer de vestido verde también sonríe, pero su mueca es indescifrable: parece tanto un reproche como un estímulo. Me quedo con los rostros limpios de las dos jóvenes bailarinas, con sus livianos vestidos azules y, sobre todo, con la armonía que transmite sus cuerpos gráciles, reflejo de un alma acompasada.

Todos los niños y niñas sentados en el suelo son víctimas de la guerra. Van descalzos, como exige la tradición oriental porque la tierra que pisan es sagrada. Los que no pueden moverse permanecen en sus sillas de ruedas. Es domingo. Tras años de sufrimiento, el domingo los introduce en el tiempo de la fiesta. No están solos. Los rodean sus cuidadores y, de manera excepcional, alrededor de 40 claretianos venidos de todo el mundo. Si alguna vez pensaron que su vida no merecía la pena, hoy saben que cuentan para nosotros y, sobre todo, para Dios. Algunos cantan, pero la mayoría no puede hacerlo. El trauma de la guerra los ha dejado speechless, sin capacidad de proferir palabras. Los gestos sustituyen a las voces. Todos son niños acogidos en Varod. La misa del domingo les recuerda que nada está perdido, que todavía hay tiempo para la esperanza porque Jesús, el perseguido, se ha puesto de su parte.

Visto de noche, asombra, deslumbra, estremece. La foto no hace justicia a su magnificencia. Es el Buda gigante del Templo Dorado de Dungala. Su figura de oro se yergue majestuosa sobre el abigarrado edificio blanco. A pesar de sus inmensas proporciones, el Buda no es tosco. Transmite armonía, sencillez, serenidad. Es como si quisiera contagiar su espíritu a quienes se acercan al lugar derrotados por la ansiedad y la prisa. En medio de la noche negra, el dorado de su cuerpo, iluminado con discreción y belleza, es un destello de serena sabiduría solo malogrado por las prescindibles luces de neón. No soy budista ni me siento particularmente seducido por esta milenaria doctrina que encandila a muchos occidentales hastiados de una vida insustancial. Pero reconozco que hay símbolos que a uno le transportan más allá de su imaginario cotidiano. Figuras que nos hacen soñar, imaginar, querer. Sin ellas, la vida se volvería demasiado gris y la cotidianidad, lejos de ser el espacio de la bondad y la belleza, se convertiría en nuestra cárcel. 

jueves, 22 de septiembre de 2016

Me encanta el otoño

Dentro de unas horas comenzará el otoño en el hemisferio norte. Confieso que soy un enamorado de esta estación. Como canta el grupo Mocedades en el vídeo que he puesto al final, Vuelven ya los días de luz adormecida. El hecho de vivir en un continente en el que se marcan con claridad las cuatro estaciones (primavera, verano, otoño e invierno) permite ajustar el ritmo vital al ciclo de la naturaleza que es, en definitiva, una parábola del ciclo de la vida. Tras los calores y los excesos lumínicos del verano, viene la estación del sosiego, de la intimidad. Recuerdo que precisamente en el otoño de 1982 escuché por la radio una entrevista a Felipe González. Acababa de obtener una victoria arrolladora en las elecciones que se celebraron aquel año. Pocos días después se produjo la primera visita del papa Juan Pablo II a España. El entrevistador le preguntó cuál era su palabra favorita en español. Yo me esperaba alguna respuesta que tuviera que ver con su filiación socialista: igualdad, justicia, solidaridad, etc. Pero no. Felipe González, con su inconfundible acento sevillano, confesó que su palabra favorita era sosiego, término que –según el diccionario de la RAE– significa “quietud, tranquilidad, serenidad”.

Estas tres realidades me evoca siempre el otoño. Añadiría algunas más: belleza, intimidad y espiritualidad. El otoño, en el pueblo en el que nací, es una estación maravillosa, seductora. Es el tiempo de las moras y frambuesas, de las setas, de las primeras lumbres en la chimenea, de las tardes breves, de la luz suave, de las lluvias reparadoras, de los prados de nuevo verdes tras los rigores del estío, de las hayas y los robles amarillos, de las noches largas y frías, de la berrea de los ciervos, de la caza de la paloma… Hay personas a las que todos estos fenómenos las sumen en una profunda melancolía. A mí, por el contrario, me inundan de una alegría contenida. Frente a la carcajada estentórea del verano, prefiero la sonrisa suave del otoño, quizá porque me encuentro en una etapa de la vida que guarda muchas similitudes con el otoño astronómico y meteorológico. 

Me cansan los ruidos, disfruto con el silencio. Me aburre el jolgorio, disfruto con una conversación amigable. Me agota el calor excesivo, renazco con las temperaturas frescas. Es como si el otoño propiciara un reencuentro sereno con mi mundo interior y, dentro de él, con todas las personas que forman parte de mi vida. Buceando en el interior, me siento más en comunión que a través de interminables charlas insustanciales. Bueno, no sé por qué escribo estas cosas estando ahora mismo en un país tropical en el que no hay más que dos estaciones: la seca (que está a punto de terminar) y la de las lluvias (que está a punto de comenzar). Quizá lo hago porque lo que uno vive de niño le marca para el resto de su vida, se convierte en permanente punto de referencia. 

Esta tarde viajaré a Kattuwa, cerca de Colombo, y mañana emprenderé el viaje de regreso a Roma. Las dos semanas transcurridas en Sri Lanka han sido un itinerario de realismo, belleza, fraternidad y compromiso misionero. Me llevo mi mochila –y no lo digo en sentido metafórico porque cada uno de nosotros recibió una al principio del encuentro– cargada con todo esto. No todo el mundo tiene el privilegio de tener hermanos y amigos en más de 60 países en todo el mundo. 

Os dejo con el anunciado vídeo de Mocedades. La verdad es que parece sacado del bául de la abuela, pero el tema encaja con el post de hoy.


miércoles, 21 de septiembre de 2016

Llamó a los que él quiso

Hoy es el día oficial del comienzo del otoño en el hemisferio norte, pero este año el otoño astronómico comenzará mañana, 22 de septiembre, a las 16:21 (hora de Europa central). Así que los efluvios románticos pueden esperar un día. También hoy se celebra el Día Internacional de la Paz patrocinado por Naciones Unidas. La paz es un desafío constante. En el encuentro de Asís, el papa Francisco lo ha dejado claro: "No hay mañana en la guerra y la violencia de las armas".

Yo, sin embargo, voy a detenerme en la fiesta de san Mateo, apóstol de Jesús y evangelista. La historia del encuentro entre el maestro de Nazaret y este recaudador de impuestos al servicio de Roma siempre me ha dejado sin palabras. Creo que nosotros no somos capaces de una libertad como la que demuestra Jesús. Ayer, en nuestro encuentro de Sri Lanka, hablamos sobre pastoral de jóvenes y pastoral vocacional. Si uno toma nuestro Directorio Vocacional encuentra los criterios de discernimiento que solemos manejar. El perfil del joven que aspira a ser misionero claretiano incluye rasgos de madurez humana y espiritual que no son fáciles de encontrar. El proceso de discernimiento es largo. No todo el que siente deseos de abrazar este estilo de vida está en condiciones de comprometerse con él. Todo esto es fruto de la experiencia. Parece sensato. Ya tenemos suficientes escándalos como para no hacer una cuidadosa selección de los candidatos. 

Y, sin embargo, Jesús no siguió este procedimiento selectivo. Mateo (o Leví) no era una perita en dulce. Era un recaudador de impuestos, un colaboracionista con la potencia invasora y probablemente un ladrón, alguien que se aprovechaba de su cargo para lucrarse. No es, pues, extraño que algunos fariseos se escandalizaran de que Jesús fuera a su casa y se sentara a la mesa con él. Ellos, tan puros, tan cumplidores, eran partidarios de la “tolerancia cero”, una expresión que se ha puesto de moda a propósito de la crisis de los abusos sexuales a menores y que tiene su sentido en ese contexto. Jesús pasa por encima de todos los prejuicios y costumbres de pureza. Mira a Mateo a los ojos, entra hasta el fondo de su corazón, lo ama y lo llama. Lo llama porque él quiere, no porque Mateo presente un currículo impecable de esos que prestigian a cualquiera. Más bien, él era un tipo despreciable. Cuando Mateo se ve traspasado por la mirada de Jesús y radicalmente aceptado como es, no puede resistirse. Deja todo y se va con Jesús.

Si aplicáramos los criterios de selección vocacional que hoy manejamos, muchos santos canonizados quedarían fuera. Creo que ni Agustín de Hipona, ni Francisco de Asís, ni Ignacio de Loyola ni tantos otros hubieran pasado el primer filtro. Su historia está llena de inconsistencias –como dicen ahora los psicólogos– que desaconsejarían una vida de seguimiento de Jesús. Gracias a Dios, sus itinerarios siguieron otra dirección. Jesús se valió de diversos medios para seducirlos e incorporarlos a su causa. Lo que cuenta de veras no es lo que nosotros podemos aportar sino el hecho de que él se fije en alguien. Cuando Jesús llama habilita a la persona para seguirlo. Pablo de Tarso confiesa que “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Muchas congregaciones religiosas siguen pensando que los candidatos ideales para la vida consagrada tienen que proceder de familias bien, de colegios de calidad, de… La experiencia dice que la gran mayoría de estos candidatos ideales tienen ya sus proyectos de vida y no están mínimamente interesados en dejar todo para seguir al Maestro. Están, por así decir, ocupados, no hay en ellos mucho espacio para ninguna sorpresa. Ellos y sus familias tienen "todo atado y bien atado". 

Nos cuesta imaginar una pastoral vocacional en los márgenes, entre personas que rompen los cánones de perfección, que tienen una vida desarreglada, pero que conservan la suficiente autenticidad y humildad como para dejarse tocar el corazón. Puedo contar algunos casos así. La historia de Mateo se reproduce en las historias vocacionales de algunos que, rompiendo todos los criterios de una buena selección, se han entregado con una generosidad y audacia que espantan a los buenos candidatos.

martes, 20 de septiembre de 2016

¿Hay alguien ahí?

La diferencia horaria con Europa central es de tres horas y media. Eso me permite leer los periódicos del día antes de que mis amigos europeos se hayan despertado. Hoy he encontrado una entrevista que habla sobre la soledad de muchas personas en esta sociedad hiperconectada. Maria Rosa Buxarrais, presidenta del Teléfono de la Esperanza, declara, en una entrevista de La Vanguardia, que hay mucha gente que no tiene con quien hablar. Los voluntarios del Teléfono de la Esperanza practican la escucha activa; es decir, la capacidad de “hacer sentir al que está llamando que estás escuchándole con suma atención y todo el interés, que le escuchas amorosamente, sin condenarle, sin juzgarle, con cariño y comprensión”. 

Esta entrevista ha destapado el problema de la soledad en la que viven muchas personas, incluidos muchos jóvenes. Es como si todo el mundo huyera en el momento en el que uno necesitaría algo tan sencillo como ser escuchado. En mi trabajo como misionero dedico mucho tiempo a escuchar a las personas. La tentación es pensar que la escucha es una pérdida de tiempo, que hay otras cosas más urgentes que hacer. Sin embargo, solo quien sabe escuchar comprende cuáles son las verdaderas necesidades humanas. Hay déficit de escucha entre los cónyuges, en las familias, en los ambientes laborales, en las comunidades religiosas. A veces, incluso, entre amigos, lo cual no deja de ser una contradicción porque la amistad se basa en la comunicación recíproca de la propia intimidad.

Para escuchar bien se requieren, al menos, tres actitudes que no son muy comunes. En primer lugar, la aceptación incondicional de la otra persona. Hay un principio en la psicología no directiva que se ha convertido en una especie de mantra: “Toda persona es humanamente aceptable aunque no sea éticamente irreprochable”. Esto significa que cuando una persona me habla yo no la juzgo por lo que ha hecho sino que la acepto por lo que es. Acostumbrados a emitir juicios sobre las personas, resulta muy difícil practicar esta aceptación, pero es lo que hace Jesús cuando se encuentra con los que en su tiempo eran considerados pecadores: desde el publicando Leví hasta la mujer adúltera.

La segunda actitud es la autenticidad. Uno no puede esconder lo que es tras la máscara del rol que desempeña. Todos tendemos a ocultarnos detrás del personaje que representamos para proteger la intimidad de nuestra persona. Quizá algo de esto es inevitable en la vida social, pero no funciona en la escucha. Allí nos desnudamos de los roles y somos lo que somos, con nuestras zonas luminosas y oscuras. No jugamos a ser otra persona sino que nos mostramos como somos. Por último, el arte de la escucha exige una gran capacidad de empatía; es decir, de ponerse en el lugar de la otra persona para ver las cosas como ella as ve, para comprender sus claves.

Muchos de los desequilibrios que hoy padecemos se deben al hecho de que no somos escuchados, de que no tenemos la posibilidad de abrir de par en par nuestra alma y sentir que alguien recoge nuestra intimidad sin emitir ningún juicio moral, sin cortarnos con discursos explicativos, sin sentir pena de nosotros. Escuchar de par en par ayuda a ventilar las sombras de nuestro corazón, a encontrarnos con nosotros mismos, a ser reconocidos en nuestra identidad. ¿Hal alguien ahí?

lunes, 19 de septiembre de 2016

Hay mucha vida después de la guerra

Una de las chicas bailaba sosteniéndose sobre una sola pierna sin necesidad de muletas. La otra pierna le fue amputada durante la guerra. Un niño de mirada angelical y sonrisa permanente se movía en silla de ruedas exhibiendo las piernecitas y los brazos desollados a causa de las quemaduras infligidas por la metralla. Otro muchacho, alto y espigado, se movía por el escenario con soltura. Tenía amputado el antebrazo izquierdo. Con la mano derecha sostenía un papel. Y así otros varios. Parecían una muestra de la miseria humana sobre las tablas de un escenario improvisado. No pude contener la emoción cuando algunos niños y niñas dramatizaron sobre este escenario cubierto de alfombras su experiencia de la guerra. Quizá para ellos esta representación fue una terapia, una forma de agasajar a sus invitados extranjeros, casi un juego. Para mí –para nosotros, llegados de más de 30 países diferentes– fue una zambullida sin oxígeno en el drama de la guerra civil que asoló Sri Lanka durante casi 30 años, desde 1983 hasta 2009. Se habla de que el conflicto produjo alrededor de 90.000 víctimas e infinidad de damnificados.

Ayer pasé unas cuantas horas en Varod, el centro de rehabilitación para los “diversamente hábiles” que tenemos los claretianos en Pampaimadhu, Vavuniya, en el centro norte de Sri Lanka. Se trata de un gran complejo en el que trabajan tres misioneros claretianos y 70 laicos colaboradores al servicio de unos 100 residentes y miles de personas de los poblados vecinos. Todas son, en un grado u otro, víctimas de la guerra civil. Necesitan tratamiento físico y psicológico, pero, sobre todo, una sobredosis de esperanza para experimentar que, a pesar del trauma sufrido, la vida merece la pena. Tras un período de acogida y formación, se integran en la sociedad con una nueva visión. No es fácil hacerse cargo de lo que significa este "poblado de la esperanza" con solo unas horas de visita, pero las emociones suplen a las reflexiones. 

A la entrada del complejo Varod (Vanni Rehabilitation Organization For the Differently Abled) fuimos recibidos con los ritos típicos de la cultura tamil. Cada uno de nosotros fue ungido en la frente, recibió una cruz hecha con cáscara de coco e imprimió la huella de su mano en una gran pancarta que recuerda nuestra visita. Después pudimos celebrar la eucaristía dominical presidida por el P. Arulraja, director ejecutivo. Durante la celebración, varios niños sentados en el suelo se me pegaban como si fuese el padre que no han tenido. Compartimos luego la comida mientras sobre el escenario del salón polivalente los niños y adolescentes iban ejecutando algunas danzas o representaciones que ellos mismos habían creado con la ayuda de sus educadores. Me resultó difícil combinar la comida y la contemplación de un espectáculo que era como una guerra diminutiva. Entonces se disparó, una vez más, una batería de preguntas sin respuesta: ¿Por qué los seres humanos llevamos dentro el virus de la violencia? ¿Qué causa, por noble que parezca, puede justificar la matanza de inocentes, la amputación de la pierna de una niña o las quemaduras de un niño indefenso? ¿Quién nos ha dado permiso para traficar con el don de la vida? ¿Cómo se restituye la esperanza robada?


Hace tiempo he comprendido que, mientras muchos nos sumergimos en el mar de las preguntas, otros, con la misma zozobra royéndoles el corazón, se ponen manos a la obra. Me siento muy orgulloso de nuestros misioneros de Sri Lanka que, desde hace siete años, se han consagrado en cuerpo y alma a ser las manos de Dios que acaricia a estas víctimas y les ayuda a afrontar la vida como una segunda oportunidad. La paz, tras una larga guerra civil, no se logra solo con la firma de un tratado. Se requiere mucho tiempo para restañar las heridas y crear una cultura de la reconciliación. A eso se dedican estos misioneros en estrecha colaboración con un buen grupo de laicos y una red de benefactores de todo el mundo. Experiencias como estas le ayudan a uno a recuperar la fe en el ser humano. Somos capaces de lo más vil, pero también de lo más excelso.

domingo, 18 de septiembre de 2016

25 años en la lágrima de Asia

Sri Lanka tiene forma de lágrima. Es como si el subcontinente indio vertiera en el océano una lágrima de belleza atemperada por la cultura compasiva del budismo, tan arraigado en la isla desde tiempo inmemorial. El sábado 17 fue un día de celebración para los claretianos de Sri Lanka. Celebraban los 25 años del comienzo de la misión claretiana en esta isla. Todo comenzó con el sueño del misionero alemán Franz Dirnberger. En poco tiempo fueron llegando las primeras vocaciones. Hoy son más de 30 sacerdotes y un buen número de jóvenes en formación, tanto de etnia tamil como cingalesa. Nos reunimos todos en la iglesia de san Francisco de Sales, en Kattuwa, cerca de la capital del país, Colombo. Durante dos horas, en una celebración eucarística preparada con todo detalle, dimos gracias a Dios por estos 25 años de servicio a la iglesia y al país. Presidió el cardenal de Colombo Albert Malcolm Ranjith Patabendige. Disfruté mucho con la música. El coro cantó con maestría en inglés, tamil, cingalés y latín. Nos ayudó a vivir alegremente esta celebración jubilar. 

Después compartimos una comida en nuestra casa de Kattuwa, que se completó con una cena y un espectáculo de danzas tradicionales. Más allá de los ritos, tan apreciados siempre en Asia, queda abierta una pregunta: ¿Por qué un grupo de hombres se arriesgan a abrir nuevas misiones en contextos desconocidos? ¿Qué se nos ha perdido a los misioneros claretianos en un país de honda cultura budista que muestra signos de una profunda religiosidad? La respuesta, aunque parezca sencilla, determina todo un estilo de vida. Queremos compartir con este pueblo la experiencia gozosa del encuentro con Jesucristo. No se trata de ninguna imposición sino de una propuesta en un clima de diálogo y enriquecimiento mutuo. No se trata de eliminar nada sino de integrar lo mejor. No se trata de importar desde fuera un producto que se percibe como extraño sino de sembrar la semilla del evangelio en este nuevo suelo para que produzca frutos originales. El mismo Espíritu que ungió a Jesús de Nazaret suscita sentimientos nobles en el corazón de todas las personas. 

Fernando Armellini tiene algo que compartir con nosotros en este XXV Domingo del Tiempo Ordinario:


sábado, 17 de septiembre de 2016

Viñetas que hacen pensar y reír

Este fin de semana no dispongo de tiempo para escribir con calma. Hoy, a las 5.30 de la mañana, salimos para Katuwwa, cerca de Colombo. Vamos a celebrar los 25 años de llegada de los claretianos a Sri Lanka. Y mañana domingo visitaremos Varod, el centro en el que atendemos a las víctimas de la guerra civil, un lugar para la esperanza en esta etapa posterior al conflicto. Serán dos días de camino, encuentros, celebraciones, sorpresas... Así que hasta el lunes no podré reanudar mi cita con vosotros. Os dejo con algunos dibujos de Agustín de la Torre que me han impactado. El mundo según Donald Trump no es más que una manera de tocar las narices. Más vale tomar con humor estas cosas antes de que las consecuencias sean demasiado tragicómicas.

























Os dejo con mi homilía de mañana: unas palabras breves, claras, cercanas a la vida, amables, inspiradoras. Me temo que va a ser que no.



























Bueno, lo de la paz tiene bemoles. Gracias a Dios, hay algunos sitios en los que se toman este rito en serio. O sea, que saludar al que está al lado es algo más que un gesto mecánico, vacío y formal. 


























Esta viñeta no necesita comentarios. Buen fin de semana.

viernes, 16 de septiembre de 2016

No sabía que era tan feliz

Aprovechando los escasos ratos libres del encuentro, respondo los correos que van llegando y navego un poco por internet. Acabo de encontrar una noticia curiosa en el Corriere della Sera digital. Trata sobre Las diez profesiones que nos hacen más felices. Por lo leído, la fuente de la noticia es un estudio realizado por el gobierno de Gran Bretaña. Una de las conclusiones es que no hay una correlación estrecha entre felicidad y salario alto. Comenzando por el final, en la lista de más felices figuran los artesanos del metal y los electricistas con tareas de supervisión (10), los propietarios y gerentes de hoteles (9), los agricultores (8), los médicos (7), los responsables de la asistencia sanitaria (6), los controladores de calidad (5), los secretarios (4), los gerentes en el sector de la agricultura y horticultura (3), los dirigentes y altos funcionarios (2). Y, en el primer puesto, para mi sorpresa, las religiosas y los religiosos (1). 

Ya se sabe que internet está lleno de encuestas, estudios, tablas estadísticas, etc. No hay que conceder demasiada importancia a este subgénero que podríamos englobar en la sección ¿Sabía usted que…? Pero confieso que me agrada que un estudio avale la percepción que tengo en mi experiencia diaria: que los hombres y mujeres que han consagrado su vida a Dios en la vida religiosa son –salvo excepciones, que las hay– personas felices y alegres. En realidad, esto no tendría que sorprender demasiado si uno cree que Dios es el máximo tesoro, “mi heredad y mi lote”, como canta el salmo 16. Pero –seamos realistas– no resulta políticamente correcto. Lo que hoy se publicita por todas partes es que lo que uno necesita para ser feliz es tener mucho dinero, practicar sexo lo más posible y disfrutar de total autonomía para hacer lo que le venga en gana. Me parece que los votos de pobreza, castidad y obediencia no van precisamente en esa dirección, así que los religiosos somos herejes culturales, personas que no encajamos en el estereotipo de persona feliz. Para complicar las cosas, no faltan casos de religiosos desequilibrados, infelices y amargados, que parecen confirmar la sospecha de que este estilo de vida es castrante y hasta inhumano.

Antes usé la palabra estereotipo. Creo que es la correcta. A pesar de todos los clichés culturales, la experiencia nos muestra –y parece que también algunos estudios– que no hay una correlación directa entre dinero-sexo-autonomía y felicidad. Hace poco leí algo sobre el millonario que regaló todo y vive con 15 objetos. Y ayer leí que Bill Gates, el hombre más rico del mundo, ha declarado que el 95% del dinero que tiene no le hace falta a su familia, así que ha decidido ayudar a los demás. Jesús lo había dicho con otras palabras en un apotegma que se recoge en los Hechos de los Apóstoles: “Hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20,35). Y cuando uno no se limita a dar cosas sino que se da a sí mismo por completo, dentro de las normales fragilidades humanas, entonces la felicidad se multiplica. Creo que muchas personas que no conocen de cerca a los religiosos se los imaginan a veces como personas taciturnas, solitarias y –digámoslo sin tapujos– reprimidas y un tanto amargadas. ¿Cómo hacer transparente el tesoro que se nos ha concedido? Si la cara es el espejo del alma, un rostro sonriente es quizá el mejor indicador de la alegría que llevamos dentro. Desde que era novicio me ha encantado un versículo bíblico que dice así: “Has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en trigo y en vino” (Sal 4,5). Pues, que se note esta alegría y que contagie a aquellos a quienes la vida ha situado en los márgenes de la felicidad. El lema de los claretianos para los próximos cinco años es precisamente Testigos-Mensajeros de la alegría del Evangelio.

jueves, 15 de septiembre de 2016

De oruga a mariposa

Ayer acabé cansado. Tuvimos sesiones de trabajo muy intensas. Uno de los temas de nuestro diálogo giró en torno a lo que entendemos por un proceso de transformación. Como congregación misionera, nos hemos propuesto para el sexenio 2015-2021 vivir tres procesos de transformación: ser una congregación “en salida misionera” (frente al riesgo de la instalación), redescubrir la alegría de la comunidad (frente al riesgo del individualismo) y potenciar la dimensión adoradora de nuestra vida (frente al riesgo de la idolatría). ¿Es posible que más de 3.000 personas experimenten una transformación significativa? ¿No estaremos siendo víctimas de un voluntarismo absurdo que solo va a producir más frustración? ¿No es acaso el Espíritu de Dios el que nos transforma por dentro? ¿Qué planificación cabe entonces? ¿Qué características tiene el cambio transformador?  ¿En qué se distingue del cambio revolucionario, del evolutivo, etc.)?

En el calor del diálogo, alguien se refirió a la transformación de la oruga que se convierte en mariposa como ejemplo del cambio que buscamos. Quizá no hay símbolo más poderoso que éste para hablar de la transformación a partir de experiencias conocidas. Algunas investigaciones han comprobado, en efecto, que la mariposa es el único ser viviente capaz de cambiar por completo su estructura genética durante el proceso de transformación: el ADN de la oruga que entra al capullo es diferente al de la mariposa que surge. Naturalmente, nosotros no pensamos cambiar nuestro ADN, ni siquiera el carismático, pero sí vivir un cambio profundo que nos ayude a ser mejores misioneros. Quizá no somos orugas ni aspiramos a convertirnos en mariposas, pero la metáfora nos ayuda a comprender que la transformación no es un mero maquillaje sino un verdadero cambio de forma.

Este vídeo muestra de una manera simpática los diversos pasos (cinco para ser más precisos) que experimenta la oruga que se transforma en mariposa. A Santa Teresa de Ávila le gustó tanto esta maravilla de la naturaleza que la tomó como metáfora de la transformación espiritual. El ego (oruga) tiene que morir para que Cristo (mariposa) se forme en cada uno de nosotros hasta que podamos decir como san Pablo: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). Si alguno está interesado en conocer a fondo el pensamiento de la mística abulense sobre esta metáfora, puede leer esta reflexión teológica. Es larga, pero muy interesante.

¿En qué acabó nuestro diálogo? En que las verdaderas transformaciones nunca se producen por decreto, imposición o imitación, sino por un dinamismo interior que se pone en marcha cuando nos abrimos a la acción del Espíritu de Dios y nos colocamos en situaciones que nos empujan a cambiar. El ejemplo de la oruga y de la mariposa –tan socorrido en los itinerarios pedagógicos– pone de relieve que incluso en las situaciones más feas y desesperadas puede esconderse el germen de una vida nueva. O –como se dice ahora de manera casi abusiva– que toda crisis encierra una oportunidad de crecimiento. Pero eso implica que debemos morir a una determinada manera de ser para dejar que se abra paso otra nueva.  

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La serena pascua de un monje

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. No se trata de recordar un instrumento de suplicio sino de celebrar una entrega por amor,  la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte. Ayer precisamente enterraron a un monje –el padre Bernard– en el cementerio del monasterio benedictino de Montefano, Sri Lanka, en el que estoy hospedado. Tenía 65 años. Su cuerpo estuvo expuesto varias horas en la iglesia del monasterio. Pude orar ante él y encomendarlo a Dios. Viniendo de Europa, me impresionó el modo como los cristianos de Sri Lanka celebran los funerales. El cuerpo del difunto yacía sobre una superficie cubierta de flores y rodeada por lámparas encendidas. No estaba encerrado en un ataúd, sino depuesto sobre una especie de gran catafalco blanco, revestido con el hábito benedictino y la estola presbiteral. Todo transmitía un ambiente de serenidad y de serena alegría. Los símbolos indicaban que se trataba de celebrar una pascua; es decir, un paso de esta vida terrena a la vida definitiva en Dios. No pude participar en el funeral debido a mis compromisos, pero sé que duró mucho tiempo: quizá dos o tres horas. Oía los cantos de los monjes y de la gente desde nuestra sala de reuniones.

A lo largo de la tarde me hice algunas preguntas. ¿Por qué aquí, en Sri Lanka, la muerte se exhibe mientras que en Europa se esconde? ¿Por qué no he visto a ninguna persona llorando? ¿Qué significa, en realidad, celebrar la muerte? Las diferencias, ¿son solo culturales o tienen que ver con la comprensión de la fe? En Occidente tendemos a subrayar el aspecto dramático de la muerte, la separación que supone, la incertidumbre en que nos sume. Procuramos despachar el asunto lo antes posible para que no interrumpa demasiado nuestro ritmo diario, para que no nos recuerde nuestros propios límites. Solemos delegar su gestión en empresas especializadas. Intuyo que para los cristianos de Oriente –por lo menos para los de Sri Lanka– la muerte se vive y se celebra como un paso de la situación terrena a la felicidad de Dios. No hay, pues, motivos para la tristeza y sí para la acción de gracias y la alegría. Es cierto que el ritual de funerales aconseja no ensalzar a la persona difunta, no canonizarla antes de tiempo. Pero creo que aquí no se trata de eso. No importa tanto el perfil del fallecido (si ha sido bueno, regular o malo) cuanto la misericordia de Dios que nos abre las puertas de su casa como las abrió –según la parábola de Jesús– el padre del hijo pródigo a su hijo “que estaba perdido y lo he encontrado; que estaba muerto y ha pasado a la vida”.

Una cultura que no sabe qué hacer con la muerte, que la esconde, está confesando que, en el fondo, no acaba de entender para qué sirve la vida, que no tiene un horizonte claro. Si algo nos aporta la fe es la certeza de que –como dice uno de los prefacios de la misa de difuntos– “a quienes la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque para los que creemos en ti, la vida no termina, sino que se transforma, y al deshacerse esta morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. Me dio la impresión de que toda la naturaleza circundante se concitaba para entregar a Dios la vida del monje Bernard. La vuelta de su cuerpo a la tierra simboliza el regreso a la casa de la que partió. La tarde permaneció serena, como recogida en su expectante alegría.

martes, 13 de septiembre de 2016

A propósito del diente de Buda

Ya sé que hoy es martes y 13, pero no soy supersticioso. Prefiero disfrutar de las oportunidades del día a día sin perder el tiempo en otras cosas. No lejos de donde me encuentro, en la ciudad de Kandy, se halla el Sri Dalada Maligawa o Templo del Diente de Buda. Se compone de un conjunto de edificios rodeado por una muralla. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1988. Dentro del santuario se conserva una de las reliquias más veneradas por los budistas: el canino izquierdo de Buda, de unos 2,5 cm. Según cuenta la leyenda, este diente del profeta fue trasladado desde la India hasta el antiguo Ceilán en el siglo IV antes de Cristo. El famoso diente es el principal protagonista de la mayor fiesta que se celebra en Kandy. Dura diez días entre los meses de julio y agosto. Uno de los actos centrales es la Perahera o Procesión del Diente de Buda con elefantes adornados, bailarines, música y fuego. El templo fue restaurado tras el atentado mortal por parte de la guerrilla de los Tigres Tamiles el 25 de enero de 1998.

Varios de mis compañeros han ido a visitarlo. Yo me he quedado haciendo otras cosas urgentes, pero reconozco que siento predilección por los templos budistas. ¡Y eso que no me atrae la moda budista que ha invadido Europa desde hace décadas! No soy un experto en budismo. Tengo nociones muy generales sobre esta corriente que cuenta con muchos adeptos en Oriente. Algunos lo tildan de doctrina filosófica y religiosa no teísta. Quizá sería mejor denominarlo estilo de vida porque si algo llama la atención de un occidental es que en Oriente apenas se da la escisión entre doctrina y vida. En otras palabras: para un oriental es difícil comprender que uno sea un “creyente no practicante”. Esta es una categoría inventada por la sociología religiosa euroamericana para referirse a aquellas personas –muchas– que confiesan creer en Dios y en los postulados de una religión (generalmente la cristiana), pero que, por diversos motivos, no suelen practicarla (sobre todo, por lo que se refiere a algunos aspectos éticos y rituales). 


En Oriente, religión y cultura, creencias y vida van de la mano, forman un todo inescindible. Es cierto que esto puede conducir a fenómenos como el fundamentalismo. Es cierto que siempre es recomendable una  sana secularización, pero la unidad oriental responde al ideal de armonía que vige en su concepción de la realidad. ¿Cómo se puede creer en algo que no se practica? Un oriental no lo entiende. Se escandaliza incluso de la incoherencia europea. Le parece un contrasentido que uno se considere religioso y, en la práctica, viva "como si Dios no existiera". Me parece que tenemos mucho que aprender. Estamos hablando de civilizaciones más antiguas que las nuestras.



lunes, 12 de septiembre de 2016

El asiático Jesús se vistió de Zara

Ayer fue el segundo día de nuestro encuentro de Sri Lanka. Evocamos dos acontecimientos de signo contrario: los atentados del 11-S (acaecidos hace 15 años) y nuestro encuentro con el papa Francisco (acaecido hace un año). El primero nos recuerda la violencia que sacude nuestro mundo; el segundo nos invita a mirar al futuro conjugando tres verbos de esperanza: adorar, caminar y acompañar. Por la tarde tuvimos una interesante conferencia a cargo de un renombrado teólogo srilankés, el redentorista Vimal Tirimanna. Comenzó poniendo sobre la mesa una pregunta retórica que le formulan muchos católicos europeos y americanos: ¿Tiene futuro la Iglesia en Asia? Con ironía, nos ayudó a ver que esta pregunta procede de un contexto un poco triunfalista y que, en el fondo, esconde una gran ingenuidad. El cristianismo nació en Asia. Hay antiguas comunidades cristianas de diversos ritos esparcidas por varias regiones: maronitas (Líbano), siro-malabares y siro-malankeses (India), etc. Luego lanzó el dardo más provocativo: Jesús fue asiático. Aunque Palestina es el lugar de encuentro (y, a menudo, desencuentro) de tres continentes (África, Asia y Europa), Jesús fue, sobre todo, un hombre de cultura oriental. Y aquí está la paradoja. Pasados los siglos, los misioneros europeos volvieron al continente, casi siempre de la mano de los colonizadores, para anunciar a Jesús. Solo que esta segunda vez el Jesús asiático venía revestido con ropajes demasiado europeos. El Evangelio sonaba demasiado a catálogo de dogmas y normas. Era un Jesús grecolatino que los asiáticos ya no reconocían como uno de los suyos. 

Para que la evangelización en Asia pueda dar fruto se requiere lo que él denominó un “doble bautismo”: el bautismo del Jordán (es decir, el diálogo con las grandes tradiciones religiosas surgidas en el continente) y el bautismo del Calvario (es decir, el compromiso con los millones de pobres que viven en el continente más poblado de la tierra). Sin pasar por estos dos bautismos, todo intento de presentar a Jesús está llamado al fracaso, será considerado un producto de importación.

Añadió todavía algo que resulta desafiante para los europeos y americanos. “Ustedes –vino a decirnos con un aire un poco autosuficiente– son dualistas. Han hecho del principio de contradicción la base de su pensamiento. Todo lo plantean dilemáticamente: o Dios o el hombre; o religión o política; o espiritualidad o compromiso social…”. Por el contrario, los asiáticos son personas que han crecido en el ideal de la armonía, en la síntesis de contrarios. Todo lo que es verdadero, bueno y bello –venga de donde venga– puede armonizarse. Por eso, uno encuentra en la India o en Sri Lanka eminentes científicos que son profundamente religiosos y aun místicos; poetas que se interesan por las matemáticas; monjes que abren orfanatos; políticos que oran en público; hindúes y budistas que rezan ante la estatua de san Antonio de Padua, etc.

A medida que hablaba, se despertó mi espíritu crítico. En esto soy incurablemente europeo. Eché de menos en la conferencia del profesor Vimal Tirimanna una sana autocrítica, pero eso no me impidió abrirme a los retos que nos lanzaba a nosotros, misioneros. En particular, sentí una llamada grande a desnudar a Jesús de su ropaje europeo (el “se viste de Zara” del título de este post es una forma humorística de aludir a esto) y a redescubrirlo como un hombre asiático, habitante de este inmenso continente que hoy reúne casi a dos tercios de la humanidad. Un Jesús menos grecolatino (es decir, menos racionalista y normativo) y más palestino (es decir, más sapiencial y contemplativo) seguramente conectaría con el alma religiosa de los orientales, sería aceptado como un enviado de Dios que nos muestra el camino hacia él. En fin, demasiadas sugerencias para una tranquila tarde de domingo en este monasterio de Montefano donde transcurre nuestro encuentro.