Semana Santa

Semana Santa

sábado, 30 de abril de 2016

Tu corazón es una casa de puertas abiertas

Ayer viernes pasé la tarde con un matrimonio amigo paseando por las calles de Sevilla. Nos conocimos hace 30 años, cuando ambos todavía no se habían casado. Con ellos comparto la fe, los valores esenciales, muchos gustos estéticos y la pasión por llamar al pan pan, y al vino vino

Sentados junto al río Guadalquivir, contemplando la Giralda iluminada, compartimos el reverso del tapiz de nuestras vidas, los hilos multicolores que aparecen en perfecto desorden y que pocos ven. Solo los amigos se atreven a mostrar la "cara B" de la propia vida sin temor a ser juzgados, con la secreta esperanza de que algún día será posible ver el anverso bello del tapiz. Lo que hoy parece deshilachado, mañana se revelará como una figura hermosa y llena de sentido. Pero esto requiere paciencia y compasión.

Conservo amigos de las etapas de la infancia y de la adolescencia. Es difícil explicar cómo se teje una historia de amistad tan larga. En realidad, yendo más al fondo, me cuesta saber en qué consiste el milagro de la amistad. A diferencia del cantante brasileño Roberto Carlos, yo no aspiro a tener un millón de amigos, ni siquiera en Facebook. Aquí la cantidad no importa. Me reconozco más en otra de sus canciones – Amigo –, sobre todo en la estrofa que dice: “Recuerdo que juntos pasamos muy duros momentos / Y tú no cambiaste por fuertes que fueran los vientos. / Es tu corazón una casa de puertas abiertas. / Tú eres realmente el más cierto en horas inciertas”. Los verdaderos amigos se notan en los momentos de crisis e incertidumbre. Es verdad. Quizá por eso mi canción favorita es la que comenté hace unas semanas en este rincón: You’ve got a friend, de Carole King. No necesito explicar de nuevo por qué.

Recuerdo que cuando estudiaba 6º de bachillerato en el instituto, uno de los profesores solía repetir a menudo: “Un amigo es un tesoro”. A mí me sonaba a eslogan publicitario que conectaba con la pasión por la amistad que se vive en la adolescencia. De hecho, nosotros la repetíamos burlándonos un poco de ella. Sonaba demasiado solemne o quizá cursi. Pero la frase, en realidad, estaba inspirada en uno de los versículos del capítulo 6 del libro del Eclesiástico referidos a la amistad. Se pueden leer hoy como si acabaran de ser escritos:
Sean muchos los que te saludan,
pero confidente, uno entre mil;
si adquieres un amigo, hazlo con tiento,
no te fíes enseguida de él;
porque hay amigos de un momento
que no duran en tiempo de peligro;
hay amigos que se vuelven enemigos
y te afrentan descubriendo tus riñas;
 
hay amigos que acompañan en la mesa
y no aparecen a la hora de la desgracia;
cuando te va bien, están contigo;
cuando te va mal, huyen de ti;
si te alcanza la desgracia, te dan la espalda
y se esconden de tu vista.
 
Apártate de tu enemigo
y sé cauto con tus amigos.
El amigo fiel es refugio seguro;
quien lo encuentra, encuentra un tesoro;
un amigo fiel no tiene precio
ni se puede pagar su valor;
un amigo fiel es remedio de vida:
quien respeta al Señor lo consigue;
quien respeta al Señor consolida su amistad,
porque su amigo será como sea él.
    
¿Por qué quien encuentra un amigo encuentra un tesoro? Recuerdo haber leído al respecto cosas hermosas en Aristóteles (“Un amigo es una sola alma habitando en dos cuerpos”), Cicerón (“Vivir sin amigos no es vivir”), Ovidio, Unamuno, etc. Me sigue impresionando que Jesús quiera llamar a sus discípulos amigos (cf. Jn 15,14) y que en los evangelios se hable de algunos de sus amigos y amigas; en especial, de Lázaro y sus hermanas Marta y María. 

Aun así, no logro saber qué es lo que convierte a un conocido en amigo y por qué esta experiencia puede ser considerada un tesoro. No basta tener una cierta afinidad en cuanto a los valores esenciales de la vida o a los gustos. Algunos de mis amigos se declaran ateos y eso no es óbice para nuestra relación. Con otros no comparto opiniones políticas ni gustos estéticos. Eso sí: siempre prima un respeto exquisito a las convicciones del otro.

La amistad no guarda relación con el tiempo transcurrido juntos. A algunos de mis mejores amigos hace años que no los veo. Con muchas personas con quienes trato a diario solo tengo una buena relación de camaradería. ¿Tendrá que ver la amistad con el hecho de abrir las puertas de nuestra casa interior, de nuestra intimidad? Sin duda, pero a veces las abrimos también a otras personas (psicólogos, confesores, etc.) con quienes no nos liga una relación de amistad sino, más bien, profesional.

Hay algo que, sin ser exclusivo, sí me parece esencial en toda relación de amistad y que sostiene el amor mutuo: el hecho de poder manifestarnos tal como somos. Para un amigo verdadero somos una persona, nunca un personaje. Somos queridos y aceptados por lo que somos. No importa que tengamos éxito o fracasemos, que seamos famosos o desconocidos, que tengamos un alto nivel de instrucción o una educación básica. Importa que somos nosotros mismos. No tenemos nada que esconder, disimular, agrandar o empequeñecer. Cuando se da esta transparencia, comienza a surgir la amistad. Esto sí es un verdadero tesoro. Ninguna lotería proporciona semejante plenitud.

En una sociedad tan competitiva, excluyente e hipócrita como la nuestra, la amistad es un oasis reparador, una escuela de autenticidad en la que la persona no se oculta tras el personaje. Por eso, cuanto más expuestos estamos a la ficción o al halago, más necesitamos el bálsamo de la amistad.

Tengo anotadas un par de pintadas que me parecen no solo ocurrentes sino reveladoras: “Un amigo es alguien que comprende tu pasado, cree en tu futuro, y te acepta de la forma que eres”. La segunda tiene su pizca de sal: “Los amigos son esas personas que te preguntan cómo estás y esperan para escuchar la respuesta”.

Cuando la noche sevillana se volvió fresca, mis amigos me llevaron a casa en su coche. Dejé que reposaran las vivencias de un encuentro entrañable y di gracias a Dios por una tarde muy especial y por todos los amigos y amigas que me ha regalado a lo largo de los años. Si algunos leéis este blog, sabed que os incluyo de corazón en esta acción de gracias. Luego me puse a teclear estas notas en el portátil. Al releerlas, tengo la impresión de no haber expresado ni el 10% de lo que sentí. ¡Me encanta que las mejores cosas sean inefables!


viernes, 29 de abril de 2016

Sevilla tiene un color especial

Ayer terminé el encuentro con los gobiernos de Bética, Portugal y United Kingdom-Ireland. Creo que hicimos un buen trabajo en los dos días de reunión. Al caer la tarde pudimos dar un paseo por el centro histórico de Sevilla, comenzando por la Plaza de España. 

Hay ciudades que se pueden visitar muchas veces sin caer en la rutina. Sevilla es una de ellas. Su pasado esplendoroso (se dice que en el siglo XVI fue quizá la ciudad más floreciente de Europa) ha dejado una pátina indeleble, mezcla de tronío y de una indisimulada chulería. Sevilla es una ciudad que se siente contenta de haberse conocido. Sus detractores dicen que es teatral: mucha fachada y poco contenido. Sus admiradores prefieren decir que exhibe un aspecto bonito para preservar incontaminada su intimidad. No sé. Son discursos que me superan. A un visitante ocasional no se le pueden pedir juicios sumarísimos. Basta dejarse llevar. Si, además, la temperatura es suave y sopla una brisilla que sube del Guadalquivir, entonces la combinación es perfecta. Lo que nadie pone en duda es que Sevilla atrae, embruja. Lo atestiguan los miles de turistas que la visitan cada año.

Contemplando las proporciones de la Plaza de España, construida para la Exposición Universal de 1929, o la silueta de la Giralda –minarete de la antigua mezquita– o el macizo imponente de la catedral cristiana, o la Torre del Oro, o el Palacio de San Telmo… uno tiene la impresión de que la historia no ha quedado reducida a un rincón de museo sino que sigue activa en la vida de la ciudad. No me gustan las ciudades detenidas en el tiempo (las ciudades-museo para contemplación de turistas) sino aquellas que han sabido incorporar el pasado al presente. En Sevilla todos los siglos son contemporáneos. Uno puede estar tomándose una cerveza... en pleno siglo XVI. Esta continuidad da a Sevilla un aire tradicional abierto siempre a las innovaciones.

Si esta meditación peripatética termina con una cena sobria, a base de "pescaíto frito", en un restaurante de Triana mientras en un bar cercano un grupo de aficionados corea los goles del Sevilla al Shakhtar, entonces se puede decir que Sevilla tiene un color especial. Os dejo con la famosa canción de Los del Río y luego con el tema “Sevilla” de Miguel Bosé. Espero satisfacer así dos gustos musicales muy distintos. Las sevillanas tendrán que esperar una ocasión mejor.




jueves, 28 de abril de 2016

Vocabulario mínimo: permiso, gracias, perdón

Ayer dije que la exhortación Amoris Laetitia me había parecido un río caudaloso. Hoy añado una nueva descripción sin abandonar la metáfora hídrica.  Me parece también un río con muchos meandros tranquilos y algunos descensos vertiginosos. Dejaré estos últimos para más adelante. Me detengo hoy en una de esas curvas apacibles en las que uno puede navegar sin peligro. Y más si mientras escribo me entra por la ventana abierta el aire templado de la primavera sevillana. Disfrutar de 24 grados no está nada mal habiendo salido anteayer de Roma con solo 6, y nieve en las cumbres del Terminillo.

En el párrafo 133, el papa Francisco cita la reflexión que hizo en el Angelus del 29 de diciembre de 2013: “Cuando en una familia no se es entrometido y se pide permiso, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir gracias, y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir perdón, en esa familia hay paz y hay alegría”. Podríamos hablar, pues, de un “vocabulario mínimo para familias en crisis”. Al papa Francisco le gusta jugar con las palabras. Se nota que de joven fue profesor de literatura. Declinemos un poco las tres que nos propone en Amoris Laetitia. Bien comprendidas, pueden contribuir mucho a mejorar la calidad de la vida familiar.

Permiso. Esta no es una palabra frecuente en España, aunque sí en Italia. Cuando uno quiere salir de un autobús abarrotado, la palabra clave para hacerse paso es permesso, pronunciada con una ligera subida de tono y repetida varias veces, según la densidad de la barrera humana que haya que superar. Uno pensaría que en el ambiente familiar, en el que todos los miembros son dueños y no huéspedes o inquilinos, no tiene sentido pedir permiso: todo es de todos. Y, sin embargo, no se trata de una cuestión de derechos sino de pudor, de respeto a la intimidad de cada persona. Pedir permiso, por ejemplo, para entrar en el cuarto de los padres, hijos o hermanos o para usar algunos de sus objetos más personales significa reconocer que ningún miembro de la familia es de mi propiedad, que a mayor amor, mayor respeto del carácter único e irrepetible de cada uno. Y también de sus espacios y tiempos, de sus palabras y silencios, de sus objetos más queridos. La frontera de la intimidad se franquea siempre por invitación, no por invasión. Cuando algún miembro de la familia siente que los demás violan su espacio personal, lo frecuente es que se bloquee. Muchos silencios que parecen incomprensibles no son sino la luz roja que nos advierte que hemos traspasado sin permiso las fronteras de la intimidad. Las personas poco sensibles no perciben los límites, pero existen.

Gracias. He visto a muchos padres y madres jóvenes que, cuando alguien hace un regalo a algunos de sus hijos pequeños, inmediatamente les preguntan ¿qué se dice?, esperando que el niño o la niña pronuncien muy educaditos la palabra mágica: gracias. De niños nos suele costar poco prodigarla. Somos educados para eso. Llegados a la adolescencia, la consideramos casi ofensiva porque nos parece que todo nos es debido. ¿Por qué dar las gracias a mamá por la buena comida de hoy si su deber es cocinar bien para toda la familia todos los días del año? De adultos, podemos perpetuar la autosuficiencia adolescente o recuperar la actitud infantil de gratitud, madurada y enriquecida con la experiencia de los años. Aprender a decir gracias desde el corazón significa que hemos tomado conciencia de que las mejores cosas de la vida son completamente inmerecidas. Nos llegan como un regalo. A la gracia se responde siempre con la acción de gracias. ¡Qué ambiente tan distinto se respiraría en las familias si se declinara esta palabra con más frecuencia y naturalidad! Gracias por esperarme, gracias por limpiar mi cuarto, gracias por acompañarme al médico, gracias por preguntarme cómo estoy, gracias por acordarte de mi aniversario, gracias por soportar mi carácter, gracias por el delicioso pastel de ayer, gracias por guardarme el secreto, gracias por quedarte conmigo tomando un café, gracias por corregirme, gracias por no repetirme mil veces la misma cosa, gracias por contarme lo que te pasó…

Perdón. Esta es, tal vez, la palabra más indeclinable. Pedir perdón significa reconocer la propia responsabilidad en alguna acción que ha herido a otra persona. Para muchos hombres y mujeres, pedir perdón significa rebajarse, humillarse. Y si de algo andamos sobrados hoy es de orgullo y autoafirmación. En la vida familiar es fácil herirse porque los intercambios y los roces son continuos. Por eso, necesitamos un botiquín de primeros auxilios. En él nunca debe faltar una buena dosis de perdón. Pocas cosas nos acercan más a otra persona que el hecho de pedir o aceptar el perdón. Cuando lo hacemos, nos abrimos a una experiencia que nos trasciende. Es como si dijéramos: “Tengo la capacidad de herirte, pero no la de curar la herida; por eso, tú y yo nos dejamos sanar por el Único que puede hacerlo”. El perdón es siempre una experiencia religiosa porque nos coloca en el umbral del Misterio. El mismo papa Francisco dice en su exhortación que no siempre es necesario expresarlo con palabras formales. A veces, basta un gesto de cercanía para hacer comprender a la otra persona que todo está olvidado.

¿Qué tal si hoy nos ejercitamos en pronunciar estas tres palabras?


miércoles, 27 de abril de 2016

La alegría del amor

Confieso que los 325 párrafos de la última exhortación apostólica del papa Francisco –que se titula precisamente Amoris Laetitia (La alegría del amor)– me disuadían de su lectura. ¿Quién tiene tiempo para leérselos con calma? He estado remoloneando  desde que se publicó el pasado 8 de abril. Por fin, ayer, durante el viaje en avión de Roma a Madrid y luego en tren de Madrid a Sevilla, pude hacer una primera y rapidísima lectura. Antes, en Roma, había leído ya la presentación que el jesuita italiano Antonio Spadaro ofrece en el último número de La Civiltà Cattolica, así como algunos artículos, más o menos críticos, en medios digitales. La cosa no ha hecho más que empezar. 

Pensando en los lectores de este blog que no están familiarizados con este tipo de documentos, diré tres cosas para abrir boca:

1) Esta exhortación es un documento del papa Francisco que recoge las aportaciones del Sínodo extraordinario de los Obispos sobre Los desafíos pastorales a la familia en el contexto de la nueva evangelización (5-19 de octubre de 2014) y del Sínodo ordinario sobre el tema Jesucristo revela el misterio y la vocación de la familia (4-25 de octubre de 2015). Naturalmente, el papa Francisco no se limita a repetir lo que los Sínodos dijeron, pero los toma muy en cuenta. En algunos sitios más que en otros se nota su impronta personal. También recoge las aportaciones de algunas Conferencias episcopales como  las de México, Kenia, Australia, Colombia, Italia, Corea, España y Chile.

2) La exhortación –excesivamente larga en tiempos de rápida comunicación audiovisual como los nuestros– se divide en 9 capítulos de desigual factura:

1) A la luz de la Palabra.
2) Realidad y desafíos de las familias.
3) La mirada puesta en Jesús. Vocación de la familia.
4) El amor en el matrimonio.
5) Amor que se vuelve fecundo.
6) Algunas perspectivas pastorales.
7) Fortalecer la educación de los hijos.
8) Acompañar, discernir e integrar la fragilidad.
9) Espiritualidad matrimonial y familiar.

3) El mismo papa Francisco, consciente de la extensión del documento y de la complejidad de los muchos temas abordados, dice con claridad: “No recomiendo una lectura general apresurada. Podrá ser mejor aprovechada, tanto por las familias como por los agentes de pastoral familiar, si la profundizan pacientemente parte por parte o si buscan en ella lo que puedan necesitar en cada circunstancia concreta”.

Mientras el AVE discurría por la verde campiña manchega, salpicada de vides y olivos, yo tuve, más bien, la impresión de estar navegando por un río caudaloso en el que han vertido sus aguas muchos afluentes de tonalidades diversas. Algunos son identificables; otros se pierden en la corriente principal. 

Creo que pocos laicos van a leerse de cabo a rabo la exhortación. A los casados les recomendaría comenzar leyendo juntos, a ratos perdidos, los párrafos 90-119 y luego comentarlos partiendo de la propia experiencia. Puede ser un ejercicio muy estimulante. Si esa lectura les abre el apetito, pueden saltar al capítulo 1, al 7 o al 9. Si no, mucho me temo que se van a desanimar. Y lo mismo sucederá con las pequeñas comunidades, grupos de novios, etc. Si algunos animadores tienen la habilidad de conectar las palabras del Papa con las situaciones de la vida, entonces el documento resultará iluminador. Pero esto requiere tiempo y un poco de sagacidad.

Los medios de comunicación se han limitado a rastrear lo que el Papa dice sobre los divorciados vueltos a casar y su posible acceso a la comunión, sobre las parejas homosexuales y sobre algunos otros temas candentes como la cohabitación, el uso de anticonceptivos, etc. La mayoría se ha sentido decepcionada porque el Papa no pronuncia un sí nítido en línea con “lo que la gente demanda”. 

A mi modo de ver, ha hecho algo mucho más arriesgado y –si se quiere– más revolucionario a medio y largo plazo: ha introducido la lógica del discernimiento que no reduce los ideales cristianos a principios abstractos sino que los plantea como procesos de crecimiento y transformación, sometidos también a la ley de la gradualidad y conducidos por la gracia de Espíritu Santo que es quien -en palabras de Jesús- nos irá llevando a la "verdad plena" porque no podemos con todo por ahora. Pero esto es demasiado sutil –demasiado jesuítico, si se me permite el tópico– para ser captado por los medios de comunicación o incluso por los creyentes que concentran todo en la disyuntiva “está permitido – está prohibido”. El código civil funciona así. El Evangelio es tan exigente que desborda estas categorías que parecen claras, pero que, en el fondo, reducen la complejidad de la vida a mera complicación, susceptible de ser abordada con normas precisas. 

Necesitaré varios cafés, mucho diálogo con matrimonios de carne y hueso y, sobre todo, mucha oración, para seguir compartiendo algunas reflexiones. Mientras tanto os transcribo uno de los párrafos que más me ha gustado:
72. El sacramento del matrimonio no es una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso. El sacramento es un don para la santificación y la salvación de los esposos, porque «su recíproca pertenencia es representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con la Iglesia… El matrimonio es una vocación, en cuanto que es una respuesta al llamado específico a vivir el amor conyugal como signo imperfecto del amor entre Cristo y la Iglesia. Por lo tanto, la decisión de casarse y de crear una familia debe ser fruto de un discernimiento vocacional.
Tendría que haber dicho al principio que el título mismo de la exhortación ofrece ya una clave novedosa. No se trata de recordar la doctrina tradicional sobre el matrimonio, como si su repetición surtiera efectos transformadores, sino, más bien, de anunciar la "buena noticia" de este sacramento, que significa y realiza "la alegría del amor". ¡Qué vocación tan hermosa! Si más jóvenes la descubrieran, no irían repitiendo eso de que "el matrimonio no es más que papeleo y ganas de complicar la cosa".

martes, 26 de abril de 2016

Anatomía de una taza de café

Hay días cuajados de inspiraciones y otros como muertos. Días en que me siento al ordenador y fluyen las palabras a borbotones. Y días en que tengo que sacarlas con fórceps. Hoy es uno de estos últimos. Me rondan muchos temas en la cabeza, pero no acabo de encontrarles el punto de enganche. Imagino que también a vosotros os pasa algo de esto de vez en cuando. Entonces, lo mejor es pararse y no torturar la mente. Dejarse llevar. 70 posts bien merecen una humeante taza de café. Vivo en el país que prepara el mejor café del mundo con múltiples variedades. Mis amigos colombianos, brasileños, mexicanos y costarricenses sabrán perdonarme esta exageración. Entenderán lo que quiero decir. Italia no es un país cafetero. No puede competir con los grandes países productores y exportadores de café. Pero sabe prepararlo como nadie. Quizá solo Portugal se le aproxima.

Una taza de café detiene el tiempo y pone en ebullición la mente. Es como si la mixtura de color, sabor y temperatura ajustara las cuerdas desafinadas del alma. Uno, aturdido por las prisas de la vida, recobra el tempo justo. Si a la taza de café le añadimos un libro, el milagro está asegurado. La combinación del café y la lectura obra prodigios de quietud y creatividad. Uno aprende a estar solo sin sentirse aislado. Disfruta de la soledad sin quedar atrapado en la cárcel del ensimismamiento. Acaso esta soledad se asemeja un poco a la soledad sonora de que hablan los místicos. Una taza de café nos ayuda a saber quiénes somos. Con absoluta delicadeza, va adentrándonos en los repliegues del alma, invitándonos a separar la persona del personaje, a ser auténticos. En otras palabras, nos vacuna contra la superficialidad porque ralentiza el tiempo y dilata las antenas del espíritu para percibir las dimensiones escondidas de la vida.

Pero quizá los verdaderos milagros se producen cuando compartimos con otros un café alrededor de una mesa o acodados en la barra de un bar. Guardo recuerdos entrañables de conversaciones que fueron posibles por el discreto embrujo del café. Podría hablar de sacramentos del encuentro, momentos de gracia y revelación. Es como si cada grano de café molido tuviera la virtud de abrir el cofre de la intimidad sin forzarlo. Cada sorbo medido estimula una nueva confidencia. Y así, sorbo a sorbo, se desenrolla el ovillo de la propia vida sin que uno tenga que visitar al psicólogo. Es verdad que uno podría hablar sin beber nada, o apurando apenas un vaso de agua, pero no sería lo mismo. Sin el sacramento del café, la conversación enseguida deriva a los tópicos de moda o enfila el camino de la banalidad.

Se me puede objetar que ese pretendido milagro no es más que el efecto de la cafeína que actúa como estimulante del sistema nervioso central, provocando un incremento en la alerta y en la vigilia, un flujo de pensamiento más rápido y claro, un aumento de la atención y una mejora de la coordinación corporal. Es verdad. Pero, más allá de los efectos químicos de este alcaloide, el milagro de la comunicación está ligado al ritual de la taza de café y a todo el proceso que ha conducido al fruto desde el arbusto hasta los labios, incluyendo una amorosa preparación. Carezco de la competencia y del cariño necesarios para preparar un buen café, pero soy testigo de cómo lo hacen quienes sí están dotados de esta cualidad. Reconozco que se adentra en el territorio del arte. ¡Los efectos se notan!

Tomar café juntos significa entrar en esa dinámica de transformación. Se puede comenzar por una frase de cortesía (Hola, ¿cómo estás?) y, sin que uno se dé cuenta, acabar intercambiando confidencias que más parecen materia de confesionario que de una mesa familiar o de una cafetería. El café, como el pan y vino de la misa, es “fruto de la tierra y del trabajo del hombre”. Naturaleza e historia se abrazan. En cada sorbo tomamos conciencia de que somos parte de la tierra y, al mismo tiempo, certificamos nuestra trascendencia. ¡Somos tierra, sí, pero elaborada, redimida, abierta! Si las tazas de café pudieran hablar nos contarían las historias más hermosas y más tristes de los seres humanos. Describirían pozos oscuros y vuelos de águila, enamoramientos y traiciones, búsquedas y fracasos.  Pero callan, porque es propio del café dilatar los sentidos sin provocar una euforia desmedida. Con la jarra de cerveza nos volvemos ocurrentes, divertidos, locuaces, espontáneos. Quizá hasta groseros en algunas ocasiones. El café no admite frivolidades. Es un atajo que conduce a la intimidad. Y la intimidad es un santuario al que uno entra arrodillado.

¡Que aproveche!

lunes, 25 de abril de 2016

Buon giorno, Italia

Hoy debería escribir este post en italiano. Aquí, en Italia, il bel paese, celebramos la fiesta de la Liberación; es decir, el fin del nazifascismo  (la salida definitiva de las tropas alemanas y la captura del Duce Mussolini), el nacimiento de la nueva Italia tal como la conocemos hoy. Es, sobre todo, la fiesta de los partisanos (partigiani), los que desde la resistencia lucharon contra las tropas invasoras. 

Han pasado ya 71 años desde aquel abril de 1945. Quizá la fiesta ha ido perdiendo significado, pero para conmemorarla todavía muchos italianos cuelgan en sus casas la bandera tricolore: el verde recuerda el color de las llanuras de Italia, sobre todo de la famosa llanura padana; el blanco simboliza la nieve de sus alturas; y el rojo, la sangre de los caídos en las guerras. Es, pues, un buen día para escribir algo sobre este país maravilloso que enamora a todos cuantos lo visitan. No se lo admira mucho (porque es muy imperfecto), pero se lo quiere (porque es entrañable) y se lo critica (porque solo nos atrevemos a criticar lo que, en el fondo, amamos). 

¿Cómo resumir en pocas frases lo que significa la patria de Julio César, Octavio, Cicerón, Virgilio, Dante, Petrarca, Giotto, San Francisco de Asís, Santa Clara, Santo Tomás de Aquino, Santa Catalina de Siena, San Felipe Neri, Americo Vespuccio, Giordano Bruno, Giuseppe Verdi, Alessandro Manzoni, San Juan Bosco, Guglielmo Marconi, Enrico Caruso, Alcide De Gasperi, Arturo Toscanini, San Juan XXIII, Sofía Loren, Federico Fellini, Anna Magnani, Rita Levi Montalcini, Luciano Pavarotti, Roberto Benigni, Valentino Rossi, Gianluigi Buffon, Alessandro del Piero, Monica Bellucci, Laura Pausini...? ¡Demasiada historia para tan poca pero hermosa geografía! No olvidemos que el adjetivo italiano por antonomasia, aplicado a todo tipo de personas y objetos, es bello (bello, hermoso, lindo, bonito): Ma che bello!

Mi primer contacto con Italia fue en septiembre de 1981. Volar era todavía muy caro, así que viajé en tren de Madrid a Roma. 30 horas de viaje lento y pesado. Viví en este país, como estudiante en especialización, casi dos años, hasta junio de 1983. Todavía eran los años de plomo. Estaba fresco el secuestro y asesinato de Aldo Moro (1978), el terremoto de Irpinia (1980) con casi 3.000 muertos, el atentado contra Juan Pablo II (1981), etc. En varias ocasiones visité la zona de los terremotati en algunos pueblos de la provincia de Avellino. Fueron años intensos y hermosos. Roma era una ventana abierta de par en par. Conocí a muchas personas, me dejé seducir por el ambiente universal de la Ciudad Eterna. En ese lapso de tiempo, Italia ganó la Copa del Mundo de fútbol (1982). Días antes, yo había sido ordenado sacerdote. Regresé a España en autobús (Roma-Génova) y en barco (Génova-Barcelona) en una preciosa noche de verano. 

Durante los años 80 y 90 del siglo pasado volví en varias ocasiones a Italia por motivos diversos, pero siempre fueron estancias cortas. Desde octubre de 2003, vivo en Roma, aunque paso mucho tiempo viajando por todo el mundo. O sea, que, haciendo números, he pasado en Italia casi 15 años de mi vida, el tiempo suficiente para afirmar que este país forma parte de mí, para sentirme cómodo hablando su hermosa lengua y respirando el peso y la belleza de su paisaje y su historia. He tenido la oportunidad de visitar Venezia, Milano, Firenze, Bari, Napoli, Pisa, Bologna, Mantova, Verona, Trieste, Perugia, Assisi, Matera... y tantos otros pueblos y ciudades. 


Cuando viajo fuera tengo que enfrentarme a los tópicos asociados a Italia: pasta, pizza, mafia, desorden, corrupción, amiguismo, burocratismo, catenaccio, etc. Reconozco que muchos tienen una sólida base. Por lo general, constituyen el reverso de lo mejor del país. El sábado, sin ir más lejos, vi la película Quo vado?, protagonizada por el cómico Checco Zalone. Es una comedia que denuncia con humor muchos de los males italianos, comenzando por la obsesión del “puesto fijo”: es decir, un trabajo de funcionario público que te permita vivir hasta la jubilación sin hacer nada. Si tuviera que decirlo en una sola palabra, diría que Italia es un pueblo viejo: por lo tanto, sabio, paciente, amigable, socarrón, vividor, relativista. 

Pero también imbroglione (embaucador-tramposo), abandonado, supersticioso, "chaquetero"… En Italia conviven el último modelo de Ferrari o el mueble de diseño ultramoderno con el tren más antiguo y sucio que uno pueda imaginarse, los científicos de vanguardia con los jovencísimos sicarios de la camorra napolitana, las obras de arte más sublimes con la basura amontonada en las calles. Son los contrastes de un pueblo viejo que no acaba de tejer en un único tapiz sus innumerables hilos multicolores. Es viejo como pueblo, pero joven como país. No es fácil articular en un proyecto común unidades que han tenido vida autónoma durante siglos. A veces, la RAI y la selección de fútbol (gli azzurri) hacen más por la unidad de Italia que todos los gobiernos juntos y las innumerables leyes con que el Estado italiano "castiga" a sus sufridos y astutos ciudadanos, a sabiendas de que la mayoría de ellas van a ser incumplidas, por redundantes e inútiles.

Un viejo chiste resume bien la creatividad italiana. Se dice que en el siglo XVI Suiza era un país tranquilo, de hermosos pueblos alpinos, donde siempre reinaba una gran paz. Italia, por el contrario, era un laberinto de intrigas, pasiones, guerras, etc. Un mosaico tan complejo y caótico que solo produjo genios como Leonardo da Vinci, Galileo Galilei, Michelangelo Buonarrotti, Raffaello Sanzio y una lista interminable de científicos, artistas, fundadores, santos, etc. En ese mismo tiempo, la pacífica y ordenada Suiza logró inventar... ¡el reloj de cuco! La creatividad es siempre un producto excelso de la memoria y del caos. Puedo asegurar que Italia es un país de extensa memoria (en el que confluyen pueblos diversos) y caótico de principio a fin. Por eso mismo, en sus mejores momentos, es también sorprendentemente creativo. El pueblo italiano siempre acaba encontrando una salida , incluso en las situaciones más obtusas.

Ayer Roma era, una vez más, una ciudad caótica; por eso mismo, viva y juvenil. Las calles estaban llenas de adolescentes -unos 120.000- que habían venido para participar en el "Giubileo dei ragazzi". El papa Francisco les dirigió un vibrante homilía en la plaza de san Pedro.

Tres vídeos os pueden acercar, en clave de humor, a la realidad de un país maravilloso, lleno de contradicciones, que merece un mejor futuro en línea con su brillante pasado. 

El primero (5 minutos) compara las conductas de los italianos con las de otros europeos, sobre todo del Norte.


El segundo (6 minutos) es una canción de Toto Cotugno, que fue muy popular en los años 80 y describe bien la Italia de aquel tiempo: L'italiano.


El tercero es una versión iconoclasta de la famosa canción partisana O bella, ciao. Es precisamente la canción que más se canta en un día como hoy. Para ver el vídeo tenéis que pulsar el logo de YouTube que aparece en el extremo inferior derecho.



domingo, 24 de abril de 2016

Solo el amor es siempre nuevo

En una sociedad tan cambiante, vivimos pendientes de las novedades en todos los campos. La publicidad nos mete por los ojos el último modelo de teléfono Apple o Samsung, los libros recién editados, los ordenadores de última generación y los coches híbridos más atractivos. Los periódicos digitales, por su parte, nos inundan de urgent news. La moda quiere que estemos a la última. Nos sugiere formas, colores y texturas que rompen lo conocido. Pero todas estas novedades se vuelven viejas al poco tiempo. Se marchitan como flores cortadas. “Nada hay más viejo que el diario de ayer” se dice con sorna en la jerga periodística. Las "novedades" enseguida son sustituidas por otras en una escalada interminable que acaba asfixiándonos. El exceso de novedades nos hace paradójicamente viejos porque nos obliga a vivir con la lengua fuera, nos proyecta lejos de nosotros mismos, sitúa la felicidad en la consecución de algo que no nos pertenece y que no puede colmarnos: un trabajo, una casa, un coche, un teléfono, una relación… El viejo Agustín de Hipona lo expresó muy bien porque lo había vivido en carne propia: "Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que no repose en ti". 

Inmersos en este mar cultural, ¿cómo entender el bellísimo mensaje que nos ofrece la liturgia de este quinto domingo de Pascua? En el capítulo 21 del Apocalipsis, Jesús resucitado, sentado en el trono, dice: “Todo lo hago nuevo”. En su visión, Juan confiesa: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”. No se trata de simples retoques cosméticos a este mundo viejo “porque el primer cielo y la primera tierra han pasado”. En el evangelio de Juan, Jesús nos da un mandamiento nuevo: “que os améis unos a otros; como yo os he amado”. Y añade algo que hoy quisiera colocar en primer plano: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”.

Muchas personas ansiosas de novedades perciben el mensaje de Jesús como algo viejo, pasado de moda: “Consumir preferentemente antes del siglo XXI”. La Iglesia les parece, en el mejor de los casos, una hermosa reliquia del pasado. Ni Jesús ni la Iglesia parecen encajar en un mundo que habla de campos gravitacionales, sociedad de la información, polimorfismo sexual, códigos genéticos, robótica y nanotecnología. Esto sí suena a nuevo y suscita curiosidad.

Poco antes de morir, el testamento que Jesús deja a sus discípulos de todas las épocas es desconcertante. No les dice: “Todos querrán hacerse cristianos si organizáis muy bien la curia romana, si aceleráis la ordenación de las mujeres y el reconocimiento de las parejas homosexuales, si os hacéis presentes en los medios de comunicación, si entráis en las universidades, si os dedicáis a la ciencia, si encontráis una vacuna contra la malaria, si conseguís llegar a Marte, si resolvéis el problema del hambre…”. 

No, lo que Jesús les dice es: “La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros”. No puede pedirles algo más simple y, al mismo tiempo, más novedoso: que se amen unos a otros. Es decir, que expresen en su vida cotidiana lo que Dios mismo es: amor, entrega, donación. Eso es lo que hace la tierra nueva y anticipa el cielo nuevo. El amor, a diferencia del Samsung Galaxy 7 o del Windows 10, no pasa nunca de moda: contiene en sí mismo el principio de la continua regeneración. Quien ama ya ha llegado al final, ya está viviendo el cielo en la tierra. 

Mientras escribo estas notas, me pregunto cuánto tarda una persona normal en llegar a esta convicción. El testimonio de muchos moribundos es concluyente. En el lecho de muerte, no se arrepienten de no haber escalado el Everest o de no haber ganado un millón de euros. Casi siempre el gran pesar de los seres humanos en la hora decisiva es no haber amado lo suficiente, haber perdido el tiempo en batallas inútiles, en metas secundarias. 

¿Será necesario esperar a la hora postrera para caer en la cuenta de esta novedad que Jesús nos revela? Las personas que se ejercitan cada día en "el arte de amar" no temen la muerte, porque ya están viviendo la novedad de la vida nueva. Y esto es precisamente lo que hace del cristianismo algo diferente, una propuesta de vida que conecta con la necesidad más profunda del ser humano. Puede que el mensaje esté recubierto de mil adherencias culturales, que haya sido tergiversado, pero no puede ser más nítido y más nuevo. Por eso, es siempre contagioso. Es el lenguaje más universal. Se entiende en todas las lenguas y culturas. No pasa de moda. San Pablo se encargó de describirlo en su famoso "himno al amor".

Os dejo con una canción que puede alegraros el domingo: "Una ventana abierta", del cantautor español Migueli. 


sábado, 23 de abril de 2016

Cómo ser cura y no morir en el intento

Este post está provocado por el vídeo que podéis ver al final. Se titula “El otro partido”. La historia es simpática. Mientras el club de fútbol Atlético de Madrid disputa la final de la Champions League contra el Bayern de Munich en el Parque de los Príncipes de París, algunos aficionados (curas por más señas) se ven obligados a abandonar el televisor para jugar “otro partido”: el de varias situaciones humanas de emergencia. El vídeo es un poco largo (16 minutos), pero se ve de un tirón porque tiene momentos entrañables y está bien hecho. Lo que más me gusta es que sitúa la figura del sacerdote (no importan los años; en el vídeo aparecen curas jóvenes, de mediana edad y ancianos) en el "campo de juego" de la vida misma, mezclados en las situaciones que la gente vive: un parto complicado, el peso de la culpa, el regreso a casa de un hijo casi perdido, etc. El cura es la persona que hace visible la misericordia de Dios en las encrucijadas de nuestra existencia, desde el nacimiento a la muerte. Aquí no aparecen ni el cura-ratón de biblioteca ni tampoco el cura-obrero u otros innumerables modelos.  El vídeo privilegia la figura del cura-pastor que acompaña de cerca la vida de la gente.

Confieso que, acostumbrado a lidiar con problemas de diverso género (algunos muy graves) por el trabajo que ahora realizo, necesitaba un poco de oxígeno. Es verdad que hay curas pederastas (la película Spotlight ha vuelto a poner el tema en primer plano), curas aprovechados, vagos y mediocres. La realidad es tan evidente que no hace falta acentuarla. Esto ha llevado a muchas personas (con mejor o peor voluntad) a hacer una rápida e injusta ecuación: cura = hipócrita, delincuente y desfasado. No seré yo quien me dedique a edulcorar esta imagen. Prefiero que hable la vida misma, el testimonio de miles de curas que, dentro de sus humanas limitaciones, han consagrado su vida a servir a Dios y a las personas. Se puede ser cura (lo puedo atestiguar) y ser auténtico, competente y entregado. Y, además, aficionado del Atlético de Madrid, del Barça, del Real Madrid, del Benfica, del Millonarios de Bogotá, del Boca Juniors… o pasar olímpicamente de fútbol. En otras palabras: se puede ser cura y no morir en el intento. Y encima ser feliz y hacer felices a los demás.

Como el vídeo cuenta todas estas cosas mejor que yo, con la fuerza de la imagen y el sonido, os dejo con él. Es de justicia reconocer que ha sido elaborado por la Delegación de Pastoral Vocacional de la archidiócesis de Madrid. 


viernes, 22 de abril de 2016

El síndrome de Facebook

El pasado 5 de marzo escribí sobre amigos y seguidores, las dos categorías “evangélicas” que se usan en las redes sociales Facebook y Twitter. No pensaba volver sobre el tema en las próximas semanas, pero ayer un compañero de comunidad me confesó que acababa de cerrar su cuenta de Facebook porque le parecía una demostración impúdica de exhibicionismo, un vicio de gente que no tiene mucho que hacer. Poco después, me llamó la atención la noticia de la muerte de un hombre de 51 años, con síndrome de Diógenes, que murió completamente solo y rodeado de basura, pero… con 3.544 “amigos” en Facebook. Y para rematar la jugada, el asesor vaticano de redes sociales, afirmaba tajantemente en una larga entrevista: “El Papa tiene que estar en Facebook

Todo esto me ha hecho volver sobre el tema. Creé mi cuenta de Facebook el 9 de julio de 2009, hace casi 7 años. Durante este tiempo he tenido etapas de todos los colores. Últimamente entro todos los días, aunque solo sea para colgar el enlace al post de este blog. Me propuse no pasar de 500 amigos, pero ya voy por 609. ¡Y eso que procuro aplicar el criterio de dar acceso solo a quienes conozco físicamente! Por lo general, accedo a Facebook desde mi ordenador, casi nunca desde el teléfono móvil. Esto me permite una distancia de seguridad. No soportaría estar permanentemente conectado. Confieso que la mayoría de las cosas que cuelgan mis "amigos" apenas me interesan. Como es natural, pienso que lo mismo les sucede a ellos con lo que cuelgo yo. Nunca pongo fotos de otras personas sin su permiso porque tampoco me gusta que pongan fotos mías. En fin, que la lista de condiciones es larga. De todos modos, con frecuencia me pregunto si no estaremos siendo prisioneros en una inmensa plaza que nos prometía una gran libertad y un espacio de comunicación creativa. El tiempo nos irá mostrando las consecuencias. De entrada, me sirve un principio aplicable a otras muchas cosas de la vida: ni sacralizar ni demonizar. Basta hacer un uso instrumental.

Como es normal, a estas alturas de la película se han multiplicado los estudios sobre los efectos de Facebook. Y se han diagnosticado verdaderas adicciones. Como no es posible garantizar la fiabilidad de todo lo que se publica, lo mejor es que cada uno nos preguntemos qué está sucediendo con nosotros mismos: ¿Nos roba más tiempo del que sería razonable? ¿Nos sumerge en un mundo ficticio? ¿Hace que ajustemos nuestra identidad a las expectativas de nuestros “amigos”? ¿Altera nuestra concepción del espacio y del tiempo hasta el punto de desubicarnos? 

Creo que hablar de estas cosas nos ayuda a tomar conciencia de lo que estamos viviendo y, en cierta medida, contribuye a minimizar sus riesgos.

Os dejo con un par de vídeos. El primero nos ofrece 11 razones para dejar Facebook.


El segundo es un cortometraje amateur titulado: “Atrapado en la red social”. Si os animáis a compartir vuestra experiencia o vuestra opinión, abajo tenéis espacio para los comentarios. 


jueves, 21 de abril de 2016

Murió bajo los escombros

Estuve en Ecuador en agosto de 2012. Me subyugó la belleza del país andino. Visité, sobre todo, Quito, Guayaquil y la islita de Limones. No he vuelto desde entonces. Ahora he desempolvado mis recuerdos a propósito del terremoto que asoló el país el pasado 16 de abril y que ha causado ya más de 500 muertos y miles de heridos. Procuro meterme en la piel de quienes están padeciendo esta desgracia en primera persona. No es lo mismo ver las imágenes por televisión que estar allí, en medio de los escombros, palpando la desolación de las personas afectadas.

Viví muy de cerca otro terremoto: el de El Salvador el 13 de enero de 2001. Fue mi primera experiencia cercana de un seísmo. No sabría decir qué mi impresionó más: si la devastación producida por el fenómeno natural o la solidaridad humana que se puso en marcha. Al poco tiempo escribí mi experiencia en un artículo titulado La sacudida de los cimientos. Me atreví a interpretar aquel desastre desde la fe gracias a los testimonios admirables que recibí de los más directamente afectados. Ellos captaron lo que a mí me resultaba incomprensible.

Ahora, a propósito de lo que está sucediendo en Ecuador, uno de los lectores del blog me invita a reflexionar sobre las desgracias naturales desde el punto de vista de la fe. ¿Cómo seguir creyendo que Dios es bueno cuando la naturaleza se ceba con los más vulnerables? Esta pregunta acompaña a todo creyente como un sabueso inseparable. Hasta Jesús mismo la hizo suya en la cruz, según nos cuentan los evangelios de Mateo y Marcos: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. ¿Se puede expresar con más desgarro la experiencia de sentir que todo es absurdo, injusto e inhumano, que Dios parece haberse retirado en el momento en el que más lo necesitamos? El salmo 22 que los evangelistas ponen en labios de Jesús es el salmo de todos los seres humanos que experimentan que una desgracia (un terremoto, un volcán, un cáncer, un infarto, un acto terrorista, un accidente de tráfico) interrumpe brusca e injustamente el curso de su vida. No se trata de una experiencia solo nuestra: ¡Jesús mismo la padeció en grado supremo! En la cruz de Jesús se concentraron todos los muertos de la historia, todos los dolores, todas las preguntas sin aparente respuesta: Auswitchz y Rwanda, Camboya y Biafra...

Si tanto sufrimiento puede ser contemplado con esperanza, con un mínimo de sentido, tiene que ser a partir de la misma experiencia que lo concentra: la cruz de Jesús. Lo paradójico de la fe cristiana es que revela el amor de Dios en el no-Dios del sufrimiento y de la muerte. La cruz de Jesús (cadalso de un condenado) es, al mismo tiempo, su trono de gloria. ¡El Crucificado es el Resucitado! La vida tiene la palabra definitiva sobre la muerte. ¡Esta es la gran novedad de la Pascua de Jesús que nunca acabaremos de entender porque es demasiado nueva, demasiado escandalosa, para quienes nos debatimos en la duda y naufragamos en mil contradicciones! Solo quienes han vivido en carne propia este "paso" merecen credibilidad. Su discurso tiene la fuerza del testimonio. Por eso, son las víctimas las que nos evangelizan a quienes, en nuestro desconcierto, no sabemos cómo orientarnos en el mar proceloso del dolor injusto y absurdo. ¡Cuántos cuidadores de enfermos terminales, deprimidos por un desenlace que no pueden evitar, se han sentido fortalecidos por la energía de quienes aceptan con serenidad y esperanza su final!

Ahora no sabría decir nada diferente a lo que escribí en el artículo citado. Recogí los testimonios de la "niña Lidia" (la anciana de 86 años que, sentada en un colchón raído en medio de la calle, me desarmó con su esperanza) y de Jeremías (el joven que me alentó con su solidaridad tranquila y constante). Solo que ahora, en abril de 2016, tendría que llamar en causa a otros testigos. 

Uno de ellos es la Hermana Clare Crockett, irlandesa, nacida en 1982, el mismo año en que yo me ordené sacerdote. Esta joven religiosa de 33 años murió bajo los escombros de su casa junto a cinco postulantes de su Congregación -las Siervas del Hogar de la Madre- el pasado 16 de abril. Tenía simbólicamente la edad de Cristo. El certificado de defunción dirá que murió a consecuencia de los traumatismos causados por el hundimiento de la casa en que se encontraba. Pero mucho antes, ella ya había entregado su vida por causa del Evangelio. El terremoto no se la quitó porque ella la había entregado. Su profesión religiosa fue una muerte anticipada. Lo único que ha hecho el terremoto es ayudarnos a reconocerla y agradecerla. 

Os dejo con un vídeo en el que la hermana Clare, que quería ser actriz y acabó siendo misionera, relata la historia de su vocación. Descansa en paz, hermana y amiga.