Semana Santa

Semana Santa

martes, 31 de mayo de 2016

Se puso en camino con prontitud

Terminamos el mes de mayo con la fiesta de la Visitación de la Virgen María. Al principio, fue una fiesta de la familia franciscana introducida por San Buenaventura en el siglo XIII. Tres siglos después, el papa Pio V la extendió a la Iglesia universal. A partir de la reforma litúrgica del Vaticano II, la fiesta se celebra el 31 de mayo.

No sé hasta qué punto el mes de mayo sigue siendo un mes mariano. En cualquier caso, me ha parecido conveniente cerrar este mes fijando nuestros ojos en la madre de Jesús. Cada uno de nosotros tenemos una imagen personal de María, fruto de las experiencias vividas en relación con ella, de la meditación de la Palabra de Dios, de las celebraciones litúrgicas y populares, de las lecturas y estudios, de las peregrinaciones a ermitas y santuarios, etc. Muchos de nosotros hemos podido vivir a lo largo de nuestra vida un itinerario de progresivo descubrimiento, semejante al que vivió la iglesia primitiva durante el siglo I. 

En los escritos más antiguos (las cartas auténticas de Pablo, fechadas en la década de los años 50) no hay ninguna referencia a María. En la carta a los Gálatas se habla de Jesús, “nacido de mujer” (4,4). Sorprende este silencio mariano en los escritos de un apóstol tan influyente como Pablo. 

En el evangelio de Marcos (escrito en torno al año 70) hay solo un par de referencias, a cual más enigmática: 3,31-35 (¿Quién es mi madre y mis hermanos?) y 6,1-3 (“¿No es éste el carpintero, el hijo de María?”). Se reconoce, en cualquier caso, que Jesús de Nazaret tiene una madre, llamada María.

Habrá que esperar a la década de los 80, en la que se componen los evangelios de Mateo y de Lucas, para encontrar más referencias a María a la hora de hablar de la infancia de Jesús. Muchas de nuestras tradiciones populares encuentran su fundamento bíblico en los textos marianos de estos dos evangelios. Su significado teológico desborda con mucho su esquematismo histórico.

La fiesta de hoy se fundamenta precisamente en un fragmento del Evangelio de Lucas (1,39-56) en el que se describe a María caminando de Nazaret a un pueblo de Judea (quizá Ain Karem) para visitar a su prima Isabel. En el diálogo con ella, Lucas pone en labios de María el bellísimo canto conocido como Magnificat: "Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se regocija en Dios mi salvador porque ha mirado la humildad de su sierva...". Algún día tendremos que detenernos en él porque revela cómo es la imagen de Dios que María tiene y la alegría que le produce.

En la frontera entre los siglos I y II, el evangelio de Juan se refiere a la “madre de Jesús” (Juan evita llamarla María) solo en dos ocasiones, pero ambas son estratégicas en el plan del evangelista. La madre de Jesús aparece en la escena de Caná de Galilea (2,1-12) cuando Jesús realiza el primero de sus siete signos (“Haced lo que él os diga”) y en la escena de la cruz (19,25-27), cuando Jesús deja a su iglesia su testamento (“He aquí a tu madre”). 

Entre el silencio paulino y la gran inclusión mariana del Evangelio de Juan pasaron cerca de 50 años. La Iglesia necesitó tiempo para comprender quién era la madre de Jesús y qué significaba para la comunidad de los discípulos.

También nosotros necesitamos tiempo para saber qué lugar ocupa María en nuestra experiencia de fe. Recuerdo unas palabras del teólogo alemán Karl Rahner que siempre me han resultado iluminadoras. Las cito de memoria: “Quienes conciben el cristianismo como una mera ideología no aprecian a María, porque las ideologías no necesitan una madre. Pero quienes entienden el cristianismo como la adhesión a la persona de Jesús, enseguida comprenden la importancia de María, porque las personas sí necesitamos una madre”.

Os invito a que hoy, último día de mayo, nuestro blog se convierta en un verdadero foro. Os animo a compartir vuestras respuestas a estas preguntas. Será un placer leer vuestros testimonios.

¿Quién es la Virgen María para ti? 
¿Qué significa en tu vida? 

lunes, 30 de mayo de 2016

Pequeños gestos producen grandes cambios

¿Qué joven no quiere cambiar el mundo? Cuando salimos de la infancia y nos damos cuenta de que el mundo real no es como el que nuestros padres nos contaban, se produce un choque.  Es muy probable que pronto nos hayamos acostumbrado a las reglas de juego del mundo real. Pero también puede ser probable que sigamos soñando con un mundo diferente. Todo joven con inclinaciones políticas repetirá como un mantra que no bastan cambios cosméticos, que se requieren cambios estructurales. Con el paso del tiempo, uno se da cuenta de que pequeños gestos, hechos con convicción y regularidad, acaban produciendo cambios de gran alcance. No son puramente cosméticos sino transformadores. Pueden parecer insignificantes, pero expresan una nueva manera de relacionarnos con los demás y con el medio ambiente. He aquí un pequeño catálogo:

1. Cuidar la limpieza de los espacios públicos. Cuando uno pasea por algunos pueblos y ciudades siempre encuentra por las calles papeles y cartones, botellas de plástico, latas de cerveza, envases vacíos, excrementos de perro, chicles pegados... Los ayuntamientos suelen gastar mucho dinero en recoger la basura acumulada y limpiar todo. Casi nunca lo consiguen. ¿Qué hacer? No se trata solo de invertir más dinero sino, sobre todo, de cambiar hábitos sociales. Recuerdo que cuando era pequeño mi madre me repetía: "No es más limpio quien más limpia sino quien menos ensucia". ¿No tendríamos que acostumbrarnos desde niños a cuidar los espacios públicos (calles, plazas, parques, escuelas, hospitales, estaciones, etc.) como si fueran nuestra casa? Es triste gastar dinero en limpiar algo que podría mantenerse limpio con hábitos de urbanidad.

2. Evitar las pintadas (grafitti). Nunca he entendido qué extraño placer se encuentra ensuciando con un spray las paredes de un edificio, los monumentos o los autobuses y trenes a base de mensajes y frases reivindicativas u obscenas. Me parece una de las manifestaciones más anticívicas que se puedan imaginar. Pero es raro encontrar una ciudad en la que no haya pintadas de diverso tipo. Se salvan solo algunas artísticas en lugares escogidos. Limpiarlas exige mucho tiempo y recursos. Ese dinero podría ser destinado a financiar necesidades sociales. En muchos lugares es tal la incuria, que se produce un efecto reclamo: cuantas más hay, más se hacen.

3. Respetar las normas de los transportes públicos. En casi todos (autobuses, tranvías y trenes) suele haber asientos especiales reservados para los ancianos, discapacitados, embarazadas, etc. Hace años era práctica común ceder inmediatamente estos asientos a quienes podían necesitarlos. Hoy parece casi una excepción. La falta de sensibilidad social es notoria. Me duele ver a jóvenes ensimismados con sus móviles o auriculares y cómodamente sentados mientras al lado hay ancianos que tienen que viajar de pie porque nadie les deja un puesto. Es solo un síntoma del "sálvese quien pueda". Yo he llegado primero, tengo derecho a ocupar un puesto. El que venga detrás, que se aguante. No importa que sea una persona anciana, enferma o en condiciones de necesidad.

4. Prestar ayuda a quien la necesite. Las ciudades son espacios peligrosos para personas ciegas, sordas, con dificultades de movilidad, etc. A veces, hay continuas barreras arquitectónicas que impiden un movimiento ágil y seguro. Una sociedad civilizada es la que presta atención a quien lo necesita mediante gestos que pueden parecer pequeños (ayudar a un ciego a cruzar un paso de peatones, ayudar a subir una silla de ruedas en el autobús, etc), pero que hacen más llevadera la vida de las personas con dificultades. Siempre hay que pensar que en otras circunstancias podemos ser nosotros los que precisemos de la ayuda de los demás. "Trata a los demás como te gustaría ser tratado" es un principio universal que hace viable la vida en sociedad.

5. Depositar la basura de manera diferenciada. Cada vez son más los pueblos y ciudades que ofrecen contenedores diversos para depositar en ellos la basura según categorías. Y cada vez es más frecuente que lo hagamos en nuestras propias casas. Muchos elementos pueden ser reciclados o tratados. Quizá en esto las generaciones más jóvenes nos llevan la delantera. El problema es cuando el esfuerzo ciudadano no va acompañado por las correctas prácticas públicas. Por ejemplo: el servicio municipal que recoge los diversos contenedores colocados en mi calle vierte su contenido en el mismo camión, con lo cual no sirve de nada la raccolta differenziata que hemos hecho los ciudadanos.

6. Respetar los espacios sin humo. Desde hace años hemos avanzado mucho en este asunto. Ya no se fuma en los locales cerrados. Los jóvenes han tomado conciencia de los riesgos del tabaco. Los fumadores, antes de encender un cigarrillo o un puro, suelen preguntar a los demás si les molesta. Pero todavía hay que seguir dando pasos. Ya no es solo una cuestión de respeto a los derechos de los demás, sino también una cuestión de salud. Los estados gastan mucho dinero en intentar curar las secuelas del consumo de tabaco. Esos recursos, como en otros muchos casos, podrían destinarse a cubrir las verdaderas necesidades de los ciudadanos. Este aspecto social todavía no se tiene muy en cuenta. Se suelen ver las cosas como un mero asunto de libertad individual en el que nadie tiene que entrometerse.

La lista podría alargarse muchísimo más. Resulta descorazonador que tengan que emplearse tantos recursos públicos en corregir problemas que podrían abordarse de otro modo con prácticas ciudadanas responsables. Esos mismos recursos deberían destinarse a la mejora de la educación, la sanidad y a la atención a los más vulnerables.

domingo, 29 de mayo de 2016

Nociones de matemática cristiana

En muchos países del mundo hoy se celebra la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. En el Vaticano, como en algunos otros países, se celebró ya el pasado jueves. Para muchos, esta celebración litúrgica está asociada a las procesiones más o menos vistosas que se organizan en numerosos lugares; algunas son de fama mundial por su belleza y participación popular.

Cada año, cuando llega esta fiesta, se suelen repetir las mismas ideas: que la expresión “cuerpo de Cristo” se aplicó a la Iglesia antes que al pan eucarístico; que no se puede separar la adoración al Cristo presente en la Eucaristía del compromiso liberador con el Cristo presente en el pobre; que la Iglesia hace la Eucaristía y la Eucaristía hace la Iglesia; que la caridad es la mejor expresión de espiritualidad eucarística, etc. Todas nos ayudan a enfocar lo que celebramos para no perdernos en aspectos secundarios. Pero quizá lo mejor es ir directamente a la Palabra de Dios. Este año se nos propone como Evangelio un fragmento del capítulo 9 de Lucas, que transcribo en su versión litúrgica:
En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban.
Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»
Él les contestó: «Dadles vosotros de comer.»
Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.» Porque eran unos cinco mil hombres.
Jesús dijo a sus discípulos: «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta
Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.
Como todos los domingos, os sugiero que escuchéis el comentario del biblista italiano Fernando Armellini. Él nos no ofrece las claves de cada una de las tres lecturas en el texto escrito y del Evangelio en el vídeo.


Por mi parte, quiero subrayar solo un aspecto que puede parecer secundario a primera vista. He puesto en negrita las veces que el texto de Lucas se refiere a números: 12 (los apóstoles), 5 (los panes), 2 (los peces), 5.000 (los hombres reunidos); 50 (el número de miembros de cada grupo) y 12 (los cestos con las sobras). 

Aparte de otros significados simbólicos, esta abundancia de números en un fragmento breve parece indicar una mentalidad calculadora. Ante las necesidades de la gente, los apóstoles se comportan como nos comportamos hoy nosotros. Ellos dijeron: "Que vayan a las aldeas próximas a buscar alojamiento y comida”. Nosotros decimos: “Que provean los gobiernos, que es su responsabilidad; que trabajen las ONGs; que se haga una buena planificación…”. Son los argumentos razonables de quienes creemos que los problemas solo se resuelven a base de ciencia y técnica; de política y economía; de previsión y planificación. Jesús les pide que no echen balones fuera, que les den ellos de comer. Entonces, cuando apela a su responsabilidad, se sienten en apuros: apenas tienen provisiones. 

Jesús transforma el encuentro con la gente en una eucaristía: parte de la realidad (tomó lo que había)confía en la acción de Dios (lo bendice) y entrega el resultado (lo parte y distribuye). 

Hace años algunos exégetas siempre explicaban el milagro desde la teología del compartir tan en boga en los años 70-80 del siglo pasado. Según ella, Jesús se limitó a provocar la solidaridad de todos. Los cinco panes y los tres peces no son sino el símbolo de las pequeñas provisiones que cada uno tenía. Puestas en común, multiplican su eficacia. Sin desdeñar esta perspectiva, me parece que lo que está en juego es algo más profundo. Ante las necesidades humanas, ¿nos fiamos solo de nuestras previsiones, cálculos y recursos o confiamos en la sobreabundancia de Dios? Esta es la cuestión decisiva. La solemnidad del Corpus Christi nos confronta con la fe en el poder multiplicador de Jesús, "pan de vida para el mundo". Los hombres y mujeres de hoy somos un poco reticentes a creer en un poder que no sea fruto de nuestro ingenio o, a lo más, de nuestra solidaridad.

Un día como hoy merece la pena escuchar una buena versión del Panis angelicus, con letra de santo Tomás de Aquino y música de César Franck. Os pongo el vídeo con la interpretación del tenor Andrea Bocelli y luego el texto en latín con su traducción al español.



Latín
Castellano
Panis angelicus
fit panis hominum;
Dat panis coelicus
figuris terminum:
O res mirabilis!
manducat Dominum
Pauper, servus, et humilis.
Te trina Deitas
unaque poscimus:
Sic nos tu visita,
sicut te colimus;
Per tuas semitas
duc nos quo tendimus,
Ad lucem quam inhabitas.
Amen.
El pan angelical
se convierte en pan de los hombres;
El pan del cielo
acaba con las antiguas figuras:
¡Oh, cosa admirable!
se alimentan del Señor
los pobres, los siervos y los humildes.
Te rogamos,
Dios, uno en tres,
que así vengas a nosotros,
como a ti te damos culto.
Por tus caminos
guíanos adonde anhelamos,
A la luz en la que moras.
Amén.

sábado, 28 de mayo de 2016

Los cardos de la mediocridad

Amedeo Cencini es un sacerdote psicólogo muy conocido en Italia. Acaba de aparecer en español un libro suyo que remueve las conciencias. Su título es muy largo: ¿Ha cambiado algo en la Iglesia después de los escándalos sexuales? Por si no fuera suficiente, le añade un subtítulo explicativo: Análisis y propuestas para la formación. Hay muchas cosas que me han llamado la atención, pero quizá la que más me ha hecho pensar ha sido una que Cencini resume así: “Los vergonzosos y despreciables abusos sexuales de algunos son efecto de la mediocridad general de todos en diferentes niveles”. Esta es una afirmación grave que se aplica al caso de los abusos sexuales pero puede extenderse a otras esferas de la vida social y eclesial; sobre todo, a la incultura de la corrupción. 

Llevamos años despertándonos con nuevos casos de corrupción que salpican a personajes conocidos de la vida social. Nos rebelamos contra ellos, expresamos nuestra rabia, pedimos que las personas involucradas sean juzgadas, que devuelvan lo que han robado, que se apliquen medidas ejemplares… Es una reivindicación justa y comprensible. Pero lo que más nos cuesta es reconocer que tal vez esos casos conocidos de corrupción no son más que la punta del iceberg de una mentalidad corrupta que afecta a una gran mayoría. En otras palabras: que la mediocridad general, la falta de escrúpulos, la cultura del triunfo, del enriquecimiento fácil, es el caldo de cultivo donde algunos más aprovechados se lucran. No es comparable la corrupción de un político elegido democráticamente, de un banquero o de un gran empresario con las pequeñas trampas que hace un profesional autónomo o un trabajador contratado, pero, en el fondo, nacen de la misma raíz: la falta de honradez y de responsabilidad social. Cuando la cultura del triunfo se coloca como aspiración suprema, no importan los medios para ganar más. Los listos y aprovechados encuentran en este ambiente su clima ideal. ¿Qué hacer?

Recuerdo que en un viaje que hice a la India hace diez años me quedé sorprendido por un discurso que el presidente de entonces, Abdul Kalam -ingeniero aeroespacial de profesión, musulmán de religión, formado en el colegio católico de St. Joseph's en Tiruchirappalli (estado de Tamil Nadu)- dirigió al parlamento de su país. No me acuerdo de las palabras textuales, pero, hablando a los niños, les dijo más o menos lo siguiente: “Vosotros estáis hartos de un país corrupto como el nuestro. Es muy probable que las generaciones de vuestros abuelos y de vuestros padres no cambien ya. Están demasiado marcadas por esta forma de entender la vida. Pero os pido a vosotros, niños, que cuando lleguéis a casa y observéis que vuestros papás no dicen la verdad o engañan, les digáis: el presidente Kalam nos ha dicho que si queremos hacer un país diferente, tenemos que ser honrados y decir la verdad. Basta de corrupción. Creo en el futuro, creo en una generación de personas honradas. Vosotros sois mi esperanza”.

¿Cuántas personas adultas podrían hablar en nuestro contexto occidental con la sinceridad y la grandeza moral del presidente Kalam? La mediocridad general, la falta de fuertes ideales y principios éticos, es el terreno en el que crecen los cardos de la corrupción, los abusos de todo tipo (incluyendo los laborales y sexuales), la explotación. No basta cortarlos, porque volverán a crecer mañana. Hay que roturar el terreno y luchar con fuerza en favor de una cultura de la verdad. Sin verdad y honradez no hay futuro.

viernes, 27 de mayo de 2016

Cuatro palabras que cambian la vida

Hace años, al final de una semana de ejercicios espirituales que dirigí en España, invité a los participantes a compartir con los demás su plan de vida para el futuro. Se supone que uno, tras una experiencia espiritual intensa, se anima a corregir, cambiar o reforzar algún aspecto de su vida. Todos fueron desgranando con más o menos detalle sus planes. Algunos fueron muy concretos. En general, todo entraba dentro de lo previsible… hasta que le llegó el turno a un compañero a quien aprecio mucho por su honradez, su finura intelectual y su discreción. Comenzó diciendo que su proyecto de vida se reducía a cuatro palabras. Todos pensamos que era una forma de hablar. Tal vez enunciaría unas cuantas palabras clave y luego iría explicando su contenido. Pero no. Se trataba de cuatro palabras: ni una más, ni una menos. Y para colmo, dos de ellas eran monosílabos. A todos nos resultaron enigmáticas, pero enseguida comprendimos que eran fruto de un discernimiento agudo y, sobre todo, de una fuerte determinación. Es probable que llevara tiempo tratando de afrontar algún problema personal o dilatando alguna decisión importante. En los ejercicios espirituales se había sentido contra las cuerdas. O había encontrado la fuerza que necesitaba. Tuvo la lucidez y el coraje para concentrar su resolución en aquellas benditas cuatro palabras.

Todos nosotros podemos atravesar encrucijadas parecidas. Llevamos tiempo (a veces años) dando vueltas en la cabeza a algún asunto, pero no acabamos de encontrar el momento oportuno para abordarlo o compartirlo. A veces, se trata de la lucha contra alguna adicción (tabaco, alcohol, juegos, apuestas, pornografía). Otras se refiere a pedir perdón a alguien a quien hemos ofendido o a cauterizar alguna herida abierta. Muy a menudo los planes tienen que ver con empezar algo nuevo: una relación, un trabajo, el aprendizaje de una lengua o de un deporte, un ritmo de oración personal, una dieta equilibrada, etc.

¿Cómo se pasa del deseo a la decisión? ¿Por dónde se empieza?  ¿Cómo se organiza el camino? Las cuatro palabras de mi compañero causaron gran impacto en el grupo. No solo por lo que expresaban sino por la contundencia con que fueron pronunciadas. De hecho, todavía las recuerdo con precisión. Siguen siendo tan válidas hoy como hace años. Muchos las pronuncian también, pero no creen en ellas. Suenan a excusa.  Pero si uno las toma en serio, pueden cambiar muchas cosas. Sí, cuatro palabras, catorce letras: “De mañana no pasa”. 

jueves, 26 de mayo de 2016

La cosa no ha hecho más que empezar

Este es el post número 100. Han pasado tres meses desde que empecé este Rincón de Gundisalvus el pasado 20 de febrero. En este tiempo he recibido 15.500 visitas. No está mal para un blog dirigido a una “inmensa minoría” (sobre todo a mis amigos) y que no está alojado en ninguna página web famosa. Bromas aparte, no estaba seguro de poder ser fiel a esta cita diaria. No tanto por la falta de temas cuanto por la continua movilidad. No es lo mismo escribir desde la propia casa que en lugares en los cuales uno no puede organizar su tiempo con libertad. Pero aquí estamos. Muchas gracias a todos los que os tomáis la molestia de daros una vuelta por este rincón y, de modo especial, a quienes dejáis vuestros comentarios. Este blog nació con el objetivo de ser un lugar de encuentro y diálogo. Todavía nos queda bastante para conseguirlo. Comprendo que es más sencillo leer que escribir, pero iremos dando pasos. Internet no muerde.

Algunos sois visitantes asiduos. Como ya os he informado en otra ocasión, la mayoría procedéis de España (más del 50%), Italia, Estados Unidos, Colombia, Alemania, Puerto Rico, Argentina, Irlanda, Portugal y Reino Unido. Casi todo se reparte entre Europa y América. La lengua influye. No hay muchos conocidos míos que lean español  en África o Asia. 

¿Queréis saber cuáles han sido los posts más leídos durante este tiempo? He aquí el podio de honor:




¿Moraleja? Si quiero que un post se lea mucho, tengo que comenzar el título por la palabra como (con tilde o sin ella). No sé la razón oculta de este atractivo, pero esta es la conclusión a la que ha llegado una prestigiosa universidad norteamericana después de haber analizado a conciencia los gustos de los visitantes del blog con los métodos más sofisticados. Se me ocurren algunos temas: Cómo escribir un blog y no aburrir a los lectores; Como, un lago de ensueño; Como, luego existo; Como quieras, cuando quieras; Como agua para chocolate; Cómo dices que te llamas… Y en este plan.

El furgón de cola está formado por estos tres posts:




¿Puedo confesar algo? Me produce un poco de tristeza que los artículos dedicados a san José y a María ocupen los últimos puestos. Se ve que no acerté con el enfoque o el tono. O que los días que fueron publicados se produjo un colapso de internet. O que un maléfico virus antijosefino y antimariano hizo de las suyas. También a ellos les llegará su momento de gloria. Son los que más la merecen.

No están los tiempos para metafísicas, pero, al cabo de 100 posts, me pregunto para qué sirve un blog. La verdad es que no lo tengo claro. No quisiera convertirlo en un rincón didáctico, aunque a veces me sale mi antigua condición de profesor. Tampoco en una especie de periódico digital de poca monta. Lo entiendo como una tertulia en la que un grupo de amigos –distantes físicamente, pero con algunas cosas en común– se reúnen a conversar sobre algo. A veces, el tema es lo de menos. Puede dar tanto juego el drama de los refugiados como una puesta de sol, una película o un encuentro fortuito. Huyo de los temas solemnes como del demonio. La vida se teje en las experiencias cotidianas leídas con ojos de niño y, si es posible, con ojos de fe. Si Jesús hubiera hablado como un filósofo pocos lo habrían entendido y seguido. Esta perspectiva se la dejamos a los expertos. Aquí seguiremos contando historias sin renunciar nunca a un suave toque de humor. Si Dios quiere, la cosa no ha hecho más que empezar. Que siga depende, en buena parte, de todos vosotros y de las personas a las que podáis comunicar la existencia de este rincón en la red. Muchas gracias. 

miércoles, 25 de mayo de 2016

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo

Hoy termino un curso de tres días sobre “Vivir una espiritualidad para hoy”. Lo he impartido a un grupo de doce formadores escolapios de todo el mundo reunidos en su curia general, situada en el corazón de Roma, entre Campo di Fiori y Piazza Navona. Es un edificio de más de 400 años que alberga muchos recuerdos de san José de Calasanz, el fundador de las Escuelas Pías. Para llegar allí, tomo un tren que me lleva desde mi casa hasta la estación Flaminio, junto a la Piazza del Popolo. Después, a pie, atravieso la plaza, emboco Via di Ripetta, dejo a la derecha el Ara Pacis y en pocos minutos llego a la plazita de' Massimi, donde está ubicada la curia general de los escolapios. Tardo unos veinte minutos caminando con calma, disfrutando de la mañana de primavera. A esta hora todavía se ven pocos turistas. Las calles están tranquilas. La temperatura es agradable. Mientras piso los adoquines desgastados por el tiempo y respiro el aire fresco, hago un ejercicio que me ayuda a afrontar la jornada con serenidad y confianza. Medito sencillamente en la señal de la cruz que aprendí a hacer cuando era niño.

En el nombre del Padre. Si empiezo la jornada en el nombre del Padre significa que caigo en la cuenta de que este mundo no es producto del azar sino obra de un Dios que lo ha creado y lo sostiene. El aire que respiro, el sol que me ilumina, las personas que veo… todo es un reflejo de este Dios creador y providente. Respiro con confianza. ¿Quién me podrá separar de este amor de Dios? ¿Las malas noticias de la televisión, los políticos astutos, las multinacionales opresoras, mis recuerdos, la opinión pública, mis miedos? ¡Nada nos podrá separar del amor de Dios! Merece la pena vivir un día más.

Y del Hijo. Desde hace 40 años recuerdo una frase del prior de la comunidad ecuménica de Taizé: “Tú que buscas a Dios, ¿lo sabes? Lo esencial es la acogida de su Cristo”. No necesito romperme la cabeza con especulaciones que no llevan a ninguna parte. Todo lo que este Dios invisible ha querido decirnos nos lo ha dicho en su hijo Jesús. Cada día me sorprende más el Evangelio. Me parece una fuente inagotable de luz y vida. El de hoy, leído hace unos minutos en la Eucaristía, me invita a entender la existencia como entrega, con como posesión. Quien se entrega vive, quien se busca a sí mismo se pierde.

Y del Espíritu Santo. No me gusta que se le siga llamando “el gran desconocido”. Él está acompañando nuestro camino como oxígeno y energía, como amor que se difunde. Puedo reconocer en Jesús al Señor porque él me impulsa. Puedo llamar a Dios Padre porque él lo grita dentro de mí. Puedo sentirme a gusto en la Iglesia porque él la construye. Puedo confiar en el futuro porque él guía la historia. Puedo creer que los pobres acabarán ganando la batalla porque él no los abandona, es su abogado.


Con la cabeza serena y el corazón caldeado, me dispongo a vivir una nueva jornada, consciente de que todo está en sus manos, de que todo es gracia.

martes, 24 de mayo de 2016

Siete caras de Roma

Todo el mundo conoce las vistas clásicas de Roma: el Coliseo, la plaza de san Pedro, la Fontana de Trevi, las escalinatas de la Plaza de España, el monumento a Victor Manuel II (también conocido como Altar de la Patria, o simplemente Il Vittoriano), etc. Aproveché la tarde del pasado domingo para contemplar -y fotografiar- "otras caras" de Roma que también forman parte del poliedro de esta ciudad maravillosa.

Roma es la ciudad de las fuentes. No conozco otra ciudad en el mundo con tantas. Da la impresión de que sobra agua por todas partes. Además de las fuentes monumentales más conocidas (como la Fontana di Trevi, La Barcaccia de Bernini en Piazza di Spagna o la Fontana dell'Acqua Paula -il Fontanone- en la colina del Gianicolo), las calles y parques de Roma cuentan con unos 2.500 surtidores que manan agua día y noche. Los más comunes son los conocidos como nasoni (narizones) porque el agua surge de un tubo de acero curvo que a los romanos les parecía una gran nariz. Entre las fuentes pequeñas, está la que aparece en la foto, en la Via degli Staderari, incrustada en una pared de la Università della Sapienza, como si el agua simbolizara la sabiduría que mana de los libros. 


Italia siempre ha sido el país de la moda. Lo que se lleva últimamente en cuestión de papeleras es un horrible bolsón de plástico transparente que permite al viandante deleitarse con la contemplación de la basura producida por ciudadanos, turistas y peregrinos. El contraste entre este contenedor cutre y la belleza serena de la Piazza del Popolo es palmario. ¡Todo sea en aras de la transparencia, que en estos tiempos de corrupción es siempre un bien escaso!


Estos policías a caballo no tienen mucho trabajo, aunque estén en la parte trasera del Palazzo Madama, sede del Senado de la República. ¡Qué mejor servicio que entretenerse con los turistas en animado diálogo, permitirles fotografiar los esbeltos y aburridos jamelgos y practicar un poco de broken English! Esto se llama "diálogo a pie de calle" o "seducción a primera vista", un arte que los italianos dominan como pocos. 


En medio de la jungla urbana, invadida en este mes de mayo por hordas de turistas (casi todos con el uniforme de tales: sombrero de paja o visera, camiseta de algodón, pantalón corto y chanclas), se agradece levantar la vista y toparse con un balcón que parece preparado para una boda.  Armonía de petunias blancas y moradas. Un pequeño oasis en el desierto urbano. Y, si además está en la Piazza Navona (antiguo Estadio de Domiciano, como reza la placa de mármol), mejor que mejor. 




La Via Condotti, que conecta la rectilínea Via del Corso con la Piazza di Spagna, es una de las calles con más tiendas de lujo de toda Roma. La mayoría son accesibles... a algunos bolsillos. Como botón de muestra, pongo tres artículos de Dolce & Gabbana que cualquiera puede comprar por un módico precio. Advertencia: ¡esta es una de las tiendas más baratas de esta calle! Siempre queda el consuelo de una foto extemporánea.


La Via del Corso es casi siempre, pero sobre todo los domingos, un hervidero de personas que van y vienen, una especie de tontódromo para locales y visitantes. Junto a la iglesia de Sant'Ambrogio y San Carlo (la iglesia de los milaneses), suele haber un grupo de contorsionistas que congrega a numeroso público. Uno sueña que, aunque pese 100 kilos, puede volar por los aires como estos jóvenes acróbatas. Muchos son los admiradores, pero pocos los paganos que dejan sus monedas. ¡Que no pare la música! 


El domingo pasado parecía un anticipo del verano. Algunos puestos callejeros ofrecían un buen surtido de sombreros para protegerse del sol. Hasta en una prenda tan sencilla como ésta se nota el toque italiano. Las calles pueden estar mal asfaltadas y sucias; los autobuses pueden llegar con mucho retraso, pero... ¡estamos en el bel paese! Ya predijo Dostoievski que la belleza salvará el mundo. Buena jornada para todos.

lunes, 23 de mayo de 2016

Cambiamos si aprendemos

Hoy se habla mucho de salir de nuestra zona de confort para mejorar nuestra vida. ¡Hasta el papa Francisco insiste en que tenemos que ser una Iglesia "en salida"! (No confundir, por favor, con "estar salidos"). Como todos los conceptos de moda, también éste corre el riesgo de ser sometido a la tiranía del usar y tirar. Lo manejamos un tiempo, procuramos incluirlo en nuestras conversaciones, luego prescindimos de él y lo sustituimos por otra expresión más en boga. Pero, ¿de qué estamos hablando? ¿Merece la pena reflexionar sobre esta cuestión? Me gustaría decir algo desde una perspectiva antropológica. Otro día podemos hablar de lo que dice el Papa en su exhortación Evangelii gaudium. Espero no perderme en un bosque conceptual porque de lo que se trata, al fin y al cabo, es de encontrar pistas para crecer como personas, para mejorar un poco cada día. El mundo cambia cuando cada uno de nosotros damos un paso en la dirección correcta. Todo lo demás es pura palabrería. Aquí no estamos en campaña electoral. 



Hace unos cuatro años se popularizó un vídeo llamado ¿Te atreves a soñar? Es probable que algunos de los lectores de este blog lo conozcáis y hasta lo hayáis usado para alguna actividad formativa. Merece la pena volver sobre él porque nos ayuda a clarificar algunos conceptos. Por zona de confort se entiende toda situación personal en la que nos sentimos seguros porque la conocemos y controlamos más o menos lo que sucede en ella. Nos proporciona además la satisfacción de lo familiar. Aquí se incluyen creencias, convicciones, afectos, costumbres, lugares, relaciones, diversiones, etc. Todos necesitamos espacios de este tipo. Sin ellos, nuestra vida sería una navegación a la deriva. Viviríamos en permanente inseguridad y ansiedad. Pero, por otra parte, si siempre permanecemos en esta zona de confort tendemos a hacer siempre lo mismo, a repetir patrones de conducta, no crecemos. El exceso de seguridad nos impide alcanzar nuevas metas. 

Vivir es cambiar. Hay también en nosotros una zona mágica; es decir, deseos, sueños, ideales que nos impulsan a ir más lejos, a no acomodarnos con lo que somos y tenemos. Esta tendencia es innata. Sin ella no habría crecimiento personal ni progreso humano. El problema es que entre nuestra zona de confort (que nos proporciona seguridad) y la zona mágica (que nos atrae con sus ideales) se interpone una zona de pánico (que nos disuade de emprender el camino). En esta zona anidan nuestros temores, recelos, cobardías, miedos. En cada avance se reproduce la experiencia del parto: por una parte, queremos continuar en la protección del seno materno (zona de confort); por otra, deseamos experimentar la novedad de la vida exterior (zona mágica).

¿Cómo se afrontan los peligros y desafíos de la zona de pánico? La única manera es adiestrándonos mediante un proceso de aprendizaje. De nada sirve decir, por ejemplo, que hablar con los extranjeros nos produce inseguridad. La forma de vencerla es hacer el esfuerzo de aprender una nueva lengua. Lo que al principio puede parecer arduo, acabará produciendo efectos muy positivos. Tendemos a despreciar lo que ignoramos. Por otra parte, todo aprendizaje nos ejercita en un conjunto de virtudes que son necesarias para la vida: confianza en nuestras capacidades, curiosidad para explorar nuevas vías, humildad para aceptar nuestros límites, docilidad para dejarnos enseñar, paciencia para no apresurar los resultados, buen humor para encajar los fracasos, compañerismo para apoyarnos en el esfuerzo y compartir las nuevas adquisiciones, etc. Aprender pone en marcha todos los resortes de nuestra personalidad. Por eso los aprendices se mantienen siempre lúcidos y jóvenes de espíritu. Cuando nos negamos a aprender, la vejez se apodera de nosotros, los miedos nos van comiendo el terreno.

Todo esto se explica mucho mejor en el siguiente vídeo que os recomiendo:


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domingo, 22 de mayo de 2016

Trinitarios de nacimiento

A Dios nadie lo ha visto. No lo digo yo, que camino a tientas por este mundo y nunca acabo de comprender del todo lo que creo y digo. Lo afirma el prólogo del Evangelio de Juan (cf. Jn 1,18). ¿Por qué entonces la Iglesia celebra este domingo la solemnidad de la Santísima Trinidad si no tenemos experiencia directa de este Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo? ¿Está celebrando un enigma irresoluble o, más bien, adora humildemente un Misterio salvífico que Jesús “nos ha dado a conocer”? ¿Alguien se atreve, con un mínimo de decencia, a cartografiar esta realidad? Quienes no creen se mofan de nosotros diciendo que la matemática cristiana (“tres en uno”) es un fraude que no resiste la más mínima verificación. Son opiniones ingeniosas, pero superficiales y, en el fondo, inocuas.  Nuestro faro es siempre la Palabra de Dios. Por eso, cada domingo suelo remitir a las reflexiones del biblista italiano Fernando Armellini para una acogida responsable de esta Palabra. Necesitamos situarla en su contexto, comprenderla en el seno de la vida de la Iglesia y conectarla con nuestra vida personal y social.



Un amigo mío ha dedicado más de diez años a escribir su tesis doctoral sobre cuestiones trinitarias. Alguna vez le decíamos en broma que, de seguir excavando, acabaría por descubrir una cuarta persona. El humor es también una forma humilde de confesar nuestra pequeñez. 

Sin abandonarme a cuestiones especulativas, hay algo que desde niño no ha dejado de sorprenderme: el ser humano (varón y hembra) ha sido creado “a imagen y semejanza” de Dios. Eso significa que, contemplando lo que cada uno de nosotros somos, podemos intuir quién es Dios. Es verdad que la fe cristiana confiesa que esta imagen ha sido deformada por el pecado y que, por tanto, aparece borrosa y hasta irreconocible. Esto explica por qué muchas personas no acaban de “ver a Dios” en sí mismas y en los demás. Pero la fe también afirma con más fuerza que esta imagen ha sido restaurada por Cristo, la imagen verdadera del Dios invisible (cf. Col 1,15; cf 2 Co 4, 4).

Basados en esta revelación, podemos decir que todos nosotros somos “trinitarios por nacimiento”. En cada uno de nosotros está impresa la huella indeleble de Dios. Nuestra identidad es trinitaria: reflejamos la comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Somos comunión dentro de nosotros y con toda la realidad. Esto significa que no somos individuos clausurados en nosotros mismos, que somos en la medida en que salimos de nosotros en un continuo éxtasis de amor. Por tanto, cada vez que nos replegamos de forma egoísta o buscamos solo nuestros intereses, estamos opacando la imagen de Dios en nosotros, nos volvemos a-teos, negamos nuestra identidad más profunda, nos perdemos.  

¿Cómo recuperar la fe malgastada? ¡Saliendo de nosotros mismos, abriéndonos a los demás! Como afirma el filósofo Lévinas en una frase que siempre me ha impresionado, “la dimension du divin s'ouvre à partir du visage humain” (la dimensión de lo divino se abre a partir del rostro humano). Pero no hace falta leer a Lévinas. Basta recordar lo que la misma Palabra de Dios nos repite tantas veces en los escritos de Juan: “Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). Y todavía con más claridad: “Nadie ha visto jamás a Dios; si nosotros nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su perfección” (1 Jn 4,12).

Ser trinitarios significa, pues, entender y vivir la existencia desde el amor porque Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– “es amor” (1 Jn 4,8). 

Os dejo con el hermoso Gloria de Antonio Vivaldi, que es un canto de alabanza a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Feliz fiesta de la Santísima Trinidad!


"El amor solo puede ser trinitario. 
Si hemos aprendido a contar solo hasta dos, 
no hemos empezado a amar de verdad"
Gaetano Piccolo