Semana Santa

Semana Santa

miércoles, 31 de mayo de 2017

Ella y tú

En la fiesta de la Visitación de la Virgen María me gusta contemplar a la madre de Jesús como la muchacha que “se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá” (Lc 1,39). Ella tenía razones poderosas para cuidarse, para permanecer tranquila en Nazaret. Necesitaba tiempo para asimilar su inesperada maternidad. Nadie podía exigirle que, después del susto, no pensara durante un tiempo en sí misma. tienes también tus problemas. Quizá no son enormes, pero en más de una ocasión te han servido de excusa para no complicarte la vida. Tienes derecho a disfrutar del fin de semana después de cinco días de trabajo intenso. Andas ajustado económicamente como para dar una cuota fija a Cáritas. El médico te ha dicho que tienes que descansar más, que ya no tienes años para andar visitando ancianos solitarios en sus casas. Tus padres insisten en que lo primero es el estudio y luego, si sobra tiempo, puedes empezar a pensar en otras cosas. Lo oyes a menudo por la calle: “Nadie va a resolver mis problemas”.

Ella, no obstante, dejó la aldea de Nazaret y, sin pensarlo dos veces (“con prontitud” dice Lucas), se puso en camino hacia Ain Karim, el pueblo de su pariente Isabel. No se había recuperado aún del asombro producido por el anuncio del ángel y ya estaba pensando en la manera concreta de echar una mano. Los 160 kilómetros que separan Nazaret de Ain Karim fueron testigos del paso decidido de una muchacha solidaria. , en más de una ocasión, has sentido algo semejante. No eres tan insensible como para no darte cuenta de que tus hijos necesitan que les dediques más tiempo. Quieren comentarte cómo les va en el colegio y lo bien que lo han pasado con los amigos el fin de semana. Tú sabes que tus padres son algo más que trabajadores a tu servicio y que sería bueno decírselo alguna vez. Alguien te ha dicho que en el tercero hay una pareja de ancianos que apenas reciben visitas. El otro día en la parroquia pidieron voluntarios para repartir los sobres de la campaña contra el hambre. Has descubierto que en el colegio hay una chica a la que nadie invita nunca a dar una vuelta. De acuerdo, tú también tienes tus problemas, andas con el tiempo tasado, se te ha echado encima una semana a tope. Dice Lucas que ella lo hizo “con prontitud”. ¿Cuánto tardas tú en recorrer los tres metros que te separan de tus padres, los dos pisos que hay entre el tuyo y el de los ancianos solitarios?

Ella no entró en casa de Isabel haciéndose la importante, quejándose de la cantidad de cosas que había tenido que dejar en Nazaret para venir a servirle, poniendo cara de sufridora, exigiendo sutilmente reconocimiento. Ella entró saludando; es decir, regalando a manos llenas la gracia y la paz. Se comportó como una evangelizadora, portadora de buenas noticias. Desbordó tanta alegría que hasta el pequeño Juan se vio afectado por esas ondas misteriosas de entusiasmo. , cuando te pones en camino, siempre estás tentado de que tu mano izquierda se entere bien de lo que hace la derecha. A veces –es verdad– no te importa hacer un favor, pero tampoco está de más que te lo agradezcan. Te has sorprendido en más de una ocasión haciendo una lista de los esfuerzos que has tenido que hacer “para estar un ratito contigo, chica”. Cuando piensas en ella sientes que tu entrega tiene que ser gratuita. Si no, ¿qué gracia tiene? ¡Ya hay mucha gente que hace muchas cosas, y a veces duras, para recibir algo a cambio! Comprendes que la tarjeta de visita de una entrega gratuita es siempre la alegría y la sencillez. Ella se vio inmediatamente correspondida por Isabel. No rechazó la alabanza. Simplemente, con el espíritu alegre, la dirigió al que es la fuente de todo amor, prorrumpió en un canto de agradecimiento a Dios, su salvador. sabes muy bien que si brota de ti un pequeño gesto de entrega es porque Alguien se te entrega todos los días sin reservas. ¿Has pensado ya en cantar tu Magnificat?

martes, 30 de mayo de 2017

La difícil convivencia

Mi vuelta a Europa ha estado marcada por noticias que hablan de lo difícil que resulta convivir en armonía en tiempos de fuertes reivindicaciones de la propia identidad (personal, étnica, lingüística, religiosa, política, etc.) y de individualismo rampante. Veo el vídeo kuwaití que, coincidiendo con el comienzo del Ramadán, hace un alegato antiyihadista invitando a no utilizar el nombre de Alá para justificar la violencia y el terrorismo. Respiro aliviado. Algo es algo en un contexto en el que cada vez más personas europeas tienden a identificar al Islam con la violencia, sobre todo cuando se producen atentados como el reciente de Manchester. Entre los cristianos africanos, el miedo a los musulmanes extremistas es también evidente, no solo en Egipto (donde hace unos días fueron asesinados varios cristianos coptos) sino también en los países del África occidental y central en los que Boko Haram sigue sus campañas de intimidación.


Por otra parte, las relaciones entre los Estados Unidos y Europa se han vuelto cada vez más tensas desde que Trump llegó al poder. El Brexit parece justificar la imposible convivencia de los europeos insulares (británicos) y los continentales (miembros de la UE). En Venezuela siguen los enfrentamientos graves entre los chavistas y la oposición al régimen. Francia y Rusia no ocultan sus fuertes discrepancias. El gobierno autonómico de Cataluña da pasos hacia la llamada desconexión con España porque ve inviable la convivencia con los otros pueblos que conforman el estado. Y así podríamos seguir. Pero no se trata solo de asuntos de naturaleza política. En las 24 horas que llevo en Europa he compartido también los problemas de convivencia de algunas familias. Parece que los seres humanos estamos viviendo un permanente síndrome de Babel que nos impide vivir juntos respetando las lógicas diferencias. El siglo XXI puede ser, una vez más en la historia, un tiempo de fragmentaciones y rupturas más que de proyectos conjuntos, de convivencia pacífica.


Defender lo propio, considerarnos superiores a los demás, sentir temor frente a los otros… no exige apenas esfuerzo. Es una aplicación que funciona en los seres humanos por defecto. Si no actuamos movidos por los valores de la unión y la solidaridad siempre tendemos a defender nuestros intereses. No hace falta ser virtuoso para acotar el propio terreno. El niño, sin que nadie le haya enseñado, siempre busca su propio placer y seguridad. Necesitamos años para aprender a renunciar a lo nuestro en aras de una convivencia que haga posible la vida social. En este sentido, la educación que los padres ofrecen a los hijos es capital. La madurez consiste en saber ir más allá de lo nuestro para construir unidades superiores en las que podamos encontrar una satisfacción mayor. Convivir siempre implica renunciar a algo. Pretender construir un espacio común sin renunciar a ninguno de nuestros supuestos derechos es imposible. Esto se aplica a las relaciones matrimoniales, familiares, laborales… y también a las políticas y económicas. Aquí es donde se enciende el conflicto. Por una parte, muchas personas han sido educadas en la idea de que todo les pertenece, de que deben exigir sus derechos, de que tienen que cumplir sus sueños a toda costa, de que deben autodeterminarse. Por otra, tenemos que aprender a convivir con las demás personas que también piensan lo mismo, que son muy celosas de su identidad y de su espacio. ¿Cómo proceder? Se suele hablar de diálogo, pero esta palabra es a menudo un concepto vacío y oportunista.


No encuentro otro camino que el que estamos celebrando a lo largo de este tiempo pascual. Solo quien muere a sí mismo (incluso a sus legítimas aspiraciones) puede dar vida a nuevas formas de existencia reconciliada. ¿Por qué algunas familias funcionan bien? ¡Porque siempre hay alguien (muy a menudo la madre) que se sacrifica para que los demás puedan estar mejor! Lo mismo sucede en las comunidades religiosas y en otros grupos humanos. A menudo, no nos damos cuenta de este milagro. Lo consideramos normal, lógico, espontáneo. Es como si las cosas funcionaran bien porque sí, pero basta que las personas que se sacrifican retiren su contribución (por cansancio, enfermedad o crisis), para que todo se venga abajo de la noche a la mañana. Naturalmente, un sacrificio impuesto, no aceptado con libertad y amor, es fuente de frustración y amargura. Pero un sacrificio hecho con lucidez, aunque deje insatisfechas algunas necesidades legítimas (al ocio, al descanso, a intereses individuales), acaba dando a la persona un sentido profundo que le permite vivir la vida con felicidad. Este secreto no se percibe a primera vista, y menos en tiempos en los que se nos vende la idea de que todos tenemos derecho a satisfacer nuestros deseos y caprichos para ser felices. Pero es el secreto de las personas serenas y alegres. Es la gran lección que Jesús nos dejó, lo que ocurre es que resulta difícil aplicarla en las complejas situaciones de la vida. Por eso admiro cada vez más a las personas que, renunciando a lo suyo, son capaces de sacrificarse por los demás sin pasar la factura. Solo ellas hacen posible la díficil convivencia.

lunes, 29 de mayo de 2017

Buenos días, Madrid

Han pasado 25 días desde mi último post. Durante este tiempo he recibido algunos mensajes por medios diversos: “Echo de menos leerte. Espero que estés disfrutando de Guinea”; “Hace muchísimos días que tu blog está parado en Buenos días, Malabo. ¿Pasa algo? ¿Estás bien?”; “Desde el viernes 5 de mayo no he vuelto a saber de ti ni de tu espacioso rincón”; “Muchos días sin saber de ti. Las últimas noticias apuntaban a Malabo. Espero que te encuentres bien”; “¿Qué ocurre que ahora no me llega nada de Gundisalvus? ¿Será que has dejado de escribir?”. Los demás mensajes van en esta misma línea. Os agradezco mucho vuestra preocupación. Cuando me ha sido posible, os he respondido telegráficamente.

Apenas aterrizado en Madrid, después de varias semanas en Guinea Ecuatorial, ha llegado el momento de responder a las preguntas de mis amigos, aunque ya casi he perdido el hábito de escribir. Si no lo he hecho a lo largo de este mes de mayo ha sido… porque no he podido. Es verdad que el programa de mi visita a las misiones claretianas ha sido muy intenso. Es verdad que en algunos lugares la conexión a Internet era muy débil o sencillamente no existía. Es verdad que el clima ecuatorial te deja exhausto después de jornadas agotadoras, con la camisa empapada en sudor y sin ganas de teclear un post. Pero me he visto en otras circunstancias semejantes y siempre he podido ingeniármelas para mantener vivo el blog. Recuerdo, por ejemplo, mi viaje a Gabón y al Congo en julio del año pasado. No, la verdadera razón de mi reciente “apagón informativo” no ha sido la falta de tiempo, la desgana o un problema de salud sino otra más seria e irritante: en Guinea Ecuatorial están bloqueadas las redes sociales y los blogs para evitar que se genere una oposición digital al régimen, de manera que no me ha sido posible subir ninguna información, aunque algunos días sí he podido leer la que colgaban otros desde fuera del país. Siempre que lo he intentado aparecía el mismo mensaje en pantalla: “An error condition occurred while reading data from the network”. Este control permite intuir la situación que vive el país más allá de la propaganda oficial.

He hecho una breve escala en Madrid antes de proseguir mi viaje de regreso a Roma. He pasado de las intensas lluvias y de la humedad de Malabo (próxima al 100%) a la seca y calurosa primavera madrileña. En realidad, estoy cambiando de clima, alimentación, horario y lengua cada dos por tres. Forma parte de mi vida misionera. Ahora, tras una ducha reparadora después de un viaje nocturno de seis horas, repaso mentalmente algunos de los temas sobre los que me hubiera gustado escribir… si me hubiera sido posible. Durante este tiempo, he visitado las comunidades claretianas de Malabo y Luba (en la isla de Bioko) y las de Bata, Kogo, Niefang y Nkué (en la zona continental). No me ha sido posible visitar la comunidad de la isla de Annobón por problemas con los vuelos. He participado en la solemne ordenación de tres nuevos obispos guineanos (uno de ellos claretiano), que tuvo lugar el pasado sábado día 20 en Mongomo, el pueblo natal del presidente del país, Teodoro Obiang Nguema. Junto con otros compañeros claretianos, he asistido a la entronización de cada uno de los tres nuevos obispos en sus respectivas diócesis: Mongomo (día 20), Evinayong (día 21) y Ebebiyín (día 24). Las ceremonias han durado entre cuatro y cinco horas. Todas han sido presididas por el Cardenal Fernando Filoni, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, acompañado por el Nuncio Piero Pioppo, los obispos guineanos y otros venidos para la ocasión de los países vecinos: Camerún, Gabón, Congo, Chad, etc. Yo las he resistido bien porque en situaciones semejantes me sitúo en posición de “bajo consumo”. Trato de ahorrar energía, estar relajado y dejarme llevar. África tiene un ritmo que puede romper la paciencia de un europeo, a menos que uno lo acepte con calma y lo disfrute con sencillez, sin formalismos ni miramientos. Y, si puede, tenga a mano una botellita de agua para evitar la deshidratación.

Recorriendo el pequeño país (apenas 28.000 kilómetros cuadrados) de un extremo a otro a través de una moderna red de carreteras y autopistas (única en el África subsahariana), contemplando la selva exuberante en Niefang y Nkué, disfrutando de las puestas de sol sobre el estuario de Kogo, meciéndome al ritmo de los xilófonos y tambores en interminables celebraciones litúrgicas, estrechando cientos de manos en las ciudades y poblados, protegiéndome de los mosquitos, degustando la yuca, el plátano y la malanga, presidiendo la eucaristía con muchas personas que rezan, cantan y bailan, he comprendido por qué el futuro de la humanidad está en esa tierra hermosa y esclavizada. ¡África, a pesar de todas sus miserias, conflictos y guerras, es el continente de la vida!


Es verdad que el petróleo y los teléfonos móviles han transformado bastante el modus vivendi de este pequeño país ecuatorial. En los últimos 22 años, el dinero proveniente del “oro negro” ha servido para construir vías de comunicación, puertos y aeropuertos, escuelas, centros de salud, centrales eléctricas, iglesias, capillas... e innumerables, megalómanas y casi siempre inútiles construcciones civiles como palacios presidenciales, ministerios, paseos marítimos, campos de golf, etc. (No hace falta decir que gobernantes, familiares y empresarios locales y extranjeros han sacado una suculenta tajada de presupuestos hinchados mientras el pueblo llano apenas se ha beneficiado del boom económico, a no ser en forma de empleos precarios y algunas migajas caídas de las mesas de los nuevos plutócratas).

Pero la verdadera riqueza de Guinea Ecuatorial –como del resto del África tropical– no se halla en el subsuelo (el petróleo –como ha sucedido en otros países como Sudán del Sur, Nigeria o Angola– puede ser a menudo más una maldición que una bendición) ni siquiera en sus selvas lujuriosas (fuentes de recursos madereros) o en sus mares (ricos en diversas especies de pescados), sino en su capital humano. Estoy convencido de que el sufrimiento de estos pueblos –casi todos sometidos a antiguas y modernas formas de esclavitud, dictaduras y corrupción– puede generar reacciones de odio y venganza, pero también es venero de una profunda sabiduría que, a su vez, produce reconciliación y armonía. La trayectoria del sudafricano Nelson Mandela es paradigmática. Los regímenes dictatoriales –difíciles de entender, y menos de justificar, desde una perspectiva europea– impiden el libre desarrollo de las personas, pero, sin que ellos lo adviertan, como una paradoja indeseada, refuerzan sus ansias de libertad, participación y solidaridad. Y preparan etapas de mayor dignidad humana. ¡Ojalá la fe cristiana que profesa la mayoría de las gentes de esta tierra les ayude a purificar y sostener su compromiso y les impida quedar atrapados en un servilismo inhumano o en un consumismo que seca las reservas de sabiduría que todavía existen!

Espero que de hoy en adelante pueda retomar mi compromiso diario. Hay todavía muchas cosas que contar sobre mi viaje a Guinea Ecuatorial, aunque me imagino que la actualidad irá imponiendo otros temas. Por cierto, durante mi viaje, un niño de la parroquia San Carlos Lwanga de Bata, al ver mi piel clara, exclamó con desparpajo: “Hola, chino”. Confieso que en la vida me han llamado varias cosas, pero es la primera vez que alguien me llama chino. Esto nos da idea de la omnipresencia del gigante asiático en estas tierras guineanas y, en general, en toda África. A ellos no les interesan los asuntos políticos o religiosos. Buscan materias primas y mercados. Business is business! Son los nuevos “misioneros” de la globalización económica. Las innumerables sectas pentecostales completan el supermercado de ofertas. En tiempos de peces gordos todos lanzan al mar sus cañas y anzuelos. Cuando vienen mal dadas, la mayoría se retira a los cuarteles de invierno. Los “otros misioneros” siempre permanecen. El pueblo percibe la diferencia.




viernes, 5 de mayo de 2017

Buenos días, Malabo

Después de un vuelo de algo más de seis horas desde Madrid, llegué anoche a Malabo, la coqueta capital de Guinea Ecuatorial. Está situada en la costa norte de la isla de Bioko. Hacia nueve años que no visitaba este pequeño país, el único país hispanohablante del continente africano. Noto muchos cambios con respecto a mi última visita. No en vano, los yacimientos de petróleo han producido sus frutos, aunque ahora la caída de los precios en el mercado internacional está repercutiendo muy negativamente en el país. Para mí, Guinea Ecuatorial tiene una resonancia afectiva muy fuerte porque aquí llegamos los Misioneros Claretianos en el lejano 1883. La primera expedición estaba formada por doce misioneros, un número que recuerda al grupo de los apóstoles. Fue enviada por el Superior General de entonces, el P. José Xifré, cuyo bicentenario estamos celebrando este año. Es interesante notar que en el grupo había seis sacerdotes y seis hermanos. La historia de nuestra presencia en Guinea está repleta de testimonios increíbles de entrega y heroísmo. Muchos de los primeros murieron a causa de las enfermedades tropicales. En tiempo de Macías, todos los misioneros extranjeros –es decir, la mayoría– fueron expulsados. Ahora contamos con un grupo de unos 50, casi todos nativos. Durante algo más de tres semanas voy a visitar las ocho comunidades, incluida la ubicada en la pequeña isla de Annobón.

Hace algo más de un año se estrenó la película española Palmeras en la nieve, que es una adaptación cinematográfica de la novela homónima de Luz Gabás, publicada en 2012. La historia transcurre en la entonces colonia española durante los años 50 y 60 del siglo pasado. Aunque la película no ha tenido el éxito de la novela, ha contribuido a desempolvar páginas de la historia que resultan poco conocidas. De hecho, algunos vienen a Guinea para ver los paisajes que aparecen en la película, pero se decepcionan cuando se enteran de que, por diversas razones, fue rodada en Colombia y no en Guinea. Sea como fuere, todavía quedan bastantes españoles que vivieron allí cuando eran niños o jóvenes. Muchos misioneros claretianos, hoy esparcidos por varios países del mundo, siempre hablan de Guinea con una enorme nostalgia, como si este pequeño país les hubiera robado el corazón. Es el llamado mal de África, una extraña enfermedad que no tiene nada que ver con virus y bacterias sino con un apego emocional que nunca se cura del todo.

Si las conexiones a internet me lo permiten, iré compartiendo con los amigos de El Rincón de Gundisalvus las peripecias de mi itinerario guineano. Me han dicho que las redes Twitter y Facebook están bloqueadas, así que  quienes queráis acceder al blog cada día tendréis que hacerlo directamente archivando su dirección (www.elrincondegundisalvus.blogspot.it) en Mis favoritos. Salir del lugar habitual siempre pone a prueba lo que somos. Uno tiene que acostumbrarse a un nuevo clima, a otro tipo de comidas y de hábitos; en definitiva, a otro ritmo de vida. Entonces aparecen aspectos de nosotros mismos que permanecen latentes cuando nos movemos en espacios que controlamos. A veces, nos descubrimos más frágiles de lo que creíamos; otras, por el contrario, caemos en la cuenta de los muchos recursos que poseemos para relacionarnos con gente nueva, afrontar dificultades, improvisar soluciones y no perder el sentido del humor. Yo, gracias a Dios, cuento con la ayuda inestimable de mis hermanos claretianos, a quienes agradezco todas las muestras de cercanía que me han prodigado desde mi aterrizaje en el aeropuerto de Malabo. Esperemos que la aventura discurra con serenidad, clarividencia y ánimo.

jueves, 4 de mayo de 2017

Mundo subterráneo

Fue inaugurado hace casi 100 años, concretamente el 17 de octubre de 1919. Ahora lo usan más de 550 millones de pasajeros al año. Yo lo uso cada vez que paso por la capital de España. Me refiero al Metro de Madrid, cuyas cifras ponen de relieve la importancia de este medio subterráneo. En Roma apenas lo utilizo, pero en Madrid es casi obligado. Todo el mundo lo llama “el metro”. En Buenos Aires, sin embargo, a este medio de transporte lo llaman “el subte”. En Estados Unidos usan la palabra subway, mientras que en Londres es el undergorund; o, más popularmente, the tube (el tubo). He tenido ocasión de usarlo una vez más en mi escala madrileña, camino de Guinea Ecuatorial. Y también esta vez me ha sorprendido el muestrario humano que se observa en este abigarrado mundo subterráneo. En los últimos años hay un elemento que une a la mayoría de los usuarios: el uso del teléfono móvil. Muchos escuchan música, otros juegan o mandan mensajes de texto, unos pocos hablan. He intentado recordar lo que la gente hacía cuando no existían los celulares, pero no lo he conseguido. Supongo que leíamos o permanecíamos “cabizbajos y meditabundos”.

Hay un mundo que se desarrolla en la superficie y otro que discurre bajo tierra. El primero es ruidoso, bastante caótico, cambiante, lleno de estímulos visuales y auditivos. El segundo es más silencioso, ordenado, estable y previsible. Unas pantallas te indican cuándo pasará el siguiente metro y otras te informan de las noticias del día y de otros datos de interés, como la previsión meteorológica, el tráfico en superficie, etc. En el mundo exterior hay grandes diferencias. Uno ve coches de lujo y utilitarios de segunda mano, edificios de ricos y casitas de pobres. A veces, llueve o nieva, y otras cae un sol de justicia. Uno nunca sabe con exactitud cuándo llegará a su destino porque depende de factores como el tráfico rodado, la frecuencia de los autobuses urbanos y otras muchas variables. En el mundo subterráneo, por el contrario, todos –ricos y pobres, nacionales y extranjeros, urbanitas o rurales– descienden por las mismas escaleras, pagan el mismo billete y usan los mismos vagones. En el metro no hay clase business y clase turista.  Es un medio interclasista donde se da un democrático y no siempre saludable intercambio de microbios. En el mundo subterráneo importa poco el tiempo meteorológico. Se mantiene una temperatura bastante estable. Uno no necesita ni botas de agua ni paraguas. Con un poco de práctica, se puede calcular bastante bien cuánto tiempo se tarda en llegar a la estación de destino. No suele haber muchas sorpresas.

No sé si el metro es una metáfora de lo que somos cada uno de nosotros. También en nuestra personalidad hay un nivel superficial y otro profundo. Cuanto más vivimos de puertas afuera o “de cara a la galería”, más se acentúan las apariencias y las diferencias. En la profundidad de nuestro ser todos nos parecemos mucho. La superficialidad nos separa y clasifica. La profundidad nos une e iguala. Pero si algo aprendí ayer en el metro es que no todo es tan previsible como a simple vista parece. En un vestíbulo de la estación de Avenida de América me encontré a un anciano que, acompañándose de un fondo musical pregrabado, interpretaba con su violín La primavera de Vivaldi. Entre Pacífico y O’Donnell, dos barbudos colombianos, disfrazados de mujer, interpretaban canciones bailables en uno de los vagones. A pesar de que está prohibido, también vi a algunas personas pidiendo limosna después de contar lúgubres historias que uno nunca sabe si son ciertas o forman parte del guion de los mendigos profesionales. Así que, no todo es tan monótono y regulado como uno podría imaginar. El metro es más que un medio de transporte. Tiene algo de mercado (hay tiendas de diverso tipo en algunas estaciones), museo (hay exposiciones), teatro y sala de conciertos (abundan los músicos ocasionales) y hasta librería (en los vagones hay textos literarios que invitan a la lectura).

En el fondo de nosotros mismos hay también una riqueza escondida que a menudo ignoramos porque nos cuesta descender hasta él. Seducidos por lo que se ve afuera y temerosos de encontrar fantasmas en nuestro interior, nos da miedo nuestro “mundo subterráneo”. Carecemos de un metro que nos permita recorrerlo con seguridad, detenernos en las diversas estaciones y observar toda la vida que bulle dentro. O quizá tenemos miedo de subirnos a él. Creo que el metro que nos adentra en nuestro mundo subterráneo es el silencio, pero no están los tiempos para mucha “música callada”. Quizá tengamos que viajar más en metro para acostumbrarnos a estos viajes subterráneos que tanto pueden ayudarnos a conocer quiénes somos y adónde vamos.


miércoles, 3 de mayo de 2017

El cansancio de los buenos

En la vida social multiplicamos los elogios de las personas que nos parecen buenas. Solemos hacerlo con la mejor intención: “Mira cómo esta esposa anciana cuida a su marido enfermo de Alzheimer. Es increíble su dedicación noche y día”. A veces nos extendemos en detalles: “No sé cómo esa mujer saca tiempo para cuidar a su marido, a sus dos hijos pequeños y encima cumplir con sus ocho horas de trabajo. Es admirable”. Como necesitamos ejemplos de personas buenas, no tenemos inconveniente en exagerar las cosas sin suficiente conocimiento de causa: “Nuestro párroco no para un momento. Lo mismo está visitando enfermos que preparando las catequesis o celebrando los sacramentos. Y siempre con una sonrisa en los labios”. A todos nos hace bien poner de relieve que en el mundo hay millones de personas buenas que inclinan la balanza hacia el lado del bien cuando unos pocos sinvergüenzas hacen todo lo posible por vencerla hacia el lado del mal. Nada que objetar a esta promoción de los buenos para descontaminar el ambiente social enrarecido y encontrar estímulos para nuestro propio crecimiento.

Hay un aspecto, sin embargo, que no tendríamos nunca que olvidar. Las personas buenas tienen también su cara B, lo cual no las hace menos buenas sino más humanas. Los elogios desmedidos que no tienen en cuenta esta cara B hacen que estas personas se vean a veces obligadas a responder a la imagen buena que los demás tienen de ellas, lo cual puede producir una gran ansiedad. Por eso, más importante que multiplicar los halagos es practicar el arte humilde de la escucha, permitir que quienes se están desgastando por los demás tengan oportunidad de desahogarse, de compartir sus sentimientos encontrados, sus crisis y sus cansancios. Esto ayuda más que una palmadita en la espalda o un comentario elogioso pero, en el fondo, descomprometido. Quizá algunos ejemplos extraídos de mi experiencia pastoral pueden ayudarnos a todos:
  • La esposa que es alabada por el cuidado exquisito con el que trata a su marido, enfermo de Alzheimer, es la misma que muchas noches se derrumba en la cama y llora en silencio porque su marido le parece un extraño con el que no puede apenas comunicarse. Es la misma que ve cómo las 24 horas del día está atada a su marido enfermo, sin posibilidades de pasar una semana fuera de casa. Es la misma que acepta con sencillez las palabras de elogio que le dirigen los demás, pero comprende al mismo tiempo que nadie se hace cargo de su pesado fardo. Es la misma que, sin darse cuenta, se va hundiendo en una especie de silenciosa depresión.
  • Los matrimonios que son felicitados públicamente por su fidelidad y perseverancia¡Enhorabuena por vuestras bodas de oro!– son los mismos que a veces entran en largos períodos de incomunicación en los que se preguntan si ha merecido la pena embarcarse en esa aventura. Son los mismos que, tras las fotos de rigor, enfilan de nuevo una vida aburrida, como si el matrimonio fuera, en el fondo, una “derrota aceptada”. 
  • Los hijos o hijas que han decidido recortar su vida social por hacerse cargo de sus padres ancianos o enfermos son los mismos que, de vez en cuando, pierden los nervios y, sin darse cuenta, se desahogan de manera hiriente: “¡Por tu culpa tengo que quedarme este año sin vacaciones! ¡Cómo sigáis así os mando cuanto antes a una residencia, yo estoy llegando ya al límite!”. Son los mismos que se preguntan por qué ha recaído sobre ellos esta responsabilidad cuando otros hermanos parece que se lavan las manos.
  • El sacerdote que se desvive por los demás y que es reconocido por sus parroquianos es el mismo que, a veces, un domingo por la tarde, siente que todo el mundo lo reclama, pero pocos –o nadie– se preocupan de él: de su salud, de su soledad, de sus cuitas. A veces experimenta un enorme vacío. No puede permitirse el lujo de ser débil y frágil porque los demás lo ven como el hombre fuerte que tiene que estar siempre al pie del cañón porque se supone que Dios es su fortaleza.
  • La madre joven que es admirada porque compagina a las mil maravillas su vida laboral y familiar es la misma que no encuentra tiempo para hablar con su marido de tú a tú y compartir con él la carga del día a día. Se siente admirada, pero quizás también explotada. No puede exteriorizarlo porque todo el mundo tiene la idea de que una madre es una persona que debe sacrificarse hasta el final por los demás sin que ella pueda reclamar sus derechos.

Los ejemplos se pueden multiplicar. Cada una de estas personas buenas, si tuviera valor para confesar lo que siente, en muchas ocasiones gritaría: “Elógiame un poco menos y ayúdame un poco más; o, por lo menos, dame tiempo para que yo sienta que alguien me escucha”. Cuando uno es joven piensa que las personas buenas tienen el deber de serlo y que no se cansan nunca, que son incombustibles. Solo conoce su cara A. Pero, a medida que vamos haciéndonos mayores, comenzamos a ser sensibles a la cara B, la que no se ve pero condiciona mucho la vida de las personas. Esto tendría que ayudarnos a ser cercanos a las necesidades de quienes hacen tanto por nosotros. No hay que esperar a un nuevo elogio... póstumo. Podemos hacer muchas cosas mientras estas personas están todavía con nosotros. Hoy es ese día.

martes, 2 de mayo de 2017

Silencio, se ora

Muy pocas veces he asistido a un rodaje de cine, pero siempre he disfrutado con el ritual que se sigue. Después de las explicaciones oportunas, salta una orden: “Silencio, se rueda”. No se oye una mosca. Solo los diálogos de los actores u otros ruidos ligados al desarrollo de la escena. Acabada la toma, todos (actores y técnicos) reanudan el parloteo hasta nueva orden. Hace unos días me contaba un amigo mío croata que cuando fue a visitar a su familia la pasada Semana Santa, sus padres, para evitar que los niños de la casa lo molestaran mientras se retiraba a su cuarto, colgaban un cartelito con este aviso: “Silencio, se ora”. Parece que dio muy buen resultado. No creo que esta sea una costumbre habitual en los hogares cristianos. Y, sin embargo, el gesto de esta familia croata me hizo comprender cómo el hogar puede convertirse también en un lugar de oración si se garantizan unas condiciones mínimas.

En España viven unos amigos que han reservado una pequeña habitación de su casa como oratorio. No creo que tenga más de seis metros cuadrados. El suelo es de moqueta, de manera que siempre entran descalzos. Como descubrieron la importancia de la oración visitando la comunidad ecuménica de Taizé, siguen su estética y su método. Han colocado varios iconos en la pared. En el centro está la cruz de san Francisco. Hay velas de diversos colores y la Biblia sobre un atril. Sobre la moqueta han dispuesto algunos banquitos que ayudan a orar arrodillados. El ambiente es solo un atrio, pero ayuda a disponerse para la oración. No es lo mismo estar frente al televisor, arrellanado sobre un sofá, que postrado contemplando un icono. La postura corporal expresa también una actitud. La liturgia nos ofrece una gama de posturas: de pie, sentados y arrodillados. La última está desapareciendo porque resulta incómoda para algunas personas y, sobre todo, porque se considera humillante cuando, en realidad, expresa una actitud de apertura al Misterio que nos envuelve y de escucha atenta y sobrecogida. 

Estoy convencido de que si todos los días encontráramos un tiempo breve para hacer silencio y escuchar la Palabra, muchas cosas cambiarían en nuestra vida personal y familiar. Esa cita matutina o vespertina con el Dios “que no duerme” nos permitiría conectar con el fondo de nuestro ser, superar muchas dependencias tóxicas y, sobre todo, percibir el murmullo de Dios a modo de una fuentecilla discreta que no deja nunca de manar. Me produce tristeza que, teniendo al alcance de la mano un camino tan sencillo para alcanzar la armonía y la felicidad, nos distraigamos con la panoplia de entretenimientos externos que nos vende la sociedad de consumo. Estoy hablando de quince o veinte minutos cada día, aunque la tradición espiritual siempre aconseja una hora. Sé que para muchas personas constituye casi un lujo disponer de un tiempo así, pero se sorprenderían de los beneficios psicofísicos que produce y, sobre todo, darían a su vida espiritual una hondura que no se alcanza de ninguna otra manera.

Hace años una familia amiga me dijo cómo educaban ellos a sus hijos pequeños en el aprecio de la oración. No se me olvidan sus consejos. Jamás los obligaban a nada, ni les enseñaban fórmulas de memoria. Sencillamente, cuando llegaba la tarde, los padres se retiraban solos al “cuartito de la oración”. Con mucho cariño pedían a sus hijos pequeños que no hicieran ruido porque papá y mamá “iban a hablar un ratito con Dios”. Como es lógico, esto picaba la curiosidad infantil. Los niños insistían en entrar. Los papás se mantenían firmes: “No, esto es solo para los mayores. Vosotros ahora tenéis que jugar”. Como el interés no cejaba, al final, los padres iban dosificando la participación de los pequeños: “Está bien. Hoy podéis entrar, pero solo un par de minutos. Luego, seguís jugando”. Sin largas peroratas, los niños comprendían que eso de orar era cosa seria, algo de mayores, no un juego de niños (como a veces pensamos los adultos). Como no eran obligados a nada, ellos mismos iban marcando el ritmo de su iniciación hasta sentir que también necesitaban estar un tiempo “para hablar con Dios”.

En algunos lugares (por ejemplo, en Kerala y ciertos países de Latinoamérica) muchas familias cristianas se reúnen antes o después de la cena para rezar el rosario. En los ambientes en los que yo suelo moverme esta costumbre –si es que alguna vez existió– ha desaparecido hace muchos años. La televisión primero y luego internet se han encargado de colonizar ese tiempo dedicado a la oración familiar. ¿No sería posible redescubrir el significado de la oración en familia comenzando por pequeñas experiencias personales de silencio que, poco a poco, fueran preparando para la oración en común? A veces, se puede seguir el rosario tradicional, la Liturgia de las Horas, o un método sencillo como el de la comunidad de Taizé. Lo que importa es nutrir una interioridad que está llamada a volcarse por entero el resto de la jornada

lunes, 1 de mayo de 2017

De profesión, trabajador

Siempre me ha llamado la atención que el primer artículo de la Constitución italiana comience así: “L'Italia è una Repubblica democratica, fondata sul lavoro” (Italia es una república democrática, fundada en el trabajo). La Constitución española, por ejemplo, comienza de otro modo: “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”. ¿Por qué esta referencia al trabajo en el exordio mismo del texto legislativo más importante de la República italiana? La verdad es que la fórmula fue propuesta por Amintore Fanfani para contentar a comunistas y socialistas a cambio de pedirles su apoyo en otros artículos más del agrado de los democristianos y liberales. En realidad, el artículo, aunque suena muy solemne, no obliga a nada ni ofrece nada. De hecho, basta recordar la cantidad de emigrantes que tuvieron que salir de Italia en busca de trabajo tras la aprobación de la Constitución en 1947 porque su propio país, a pesar del artículo constitucional, no se lo garantizaba. De todos modos, por si no fuera suficiente con lo dicho en el artículo 1, en el 4 se añade: La Repubblica riconosce a tutti i cittadini il diritto al lavoro e promuove le condizioni che rendano effettivo questo diritto. Ogni cittadino ha il dovere di svolgere, secondo le proprie possibilità e la propria scelta, un'attività o una funzione che concorra al progresso materiale o spirituale della società” (La República reconoce a todos los ciudadanos el derecho al trabajo y promueve las condiciones que hagan efectivo este derecho. Todo ciudadano tiene el deber de desarrollar, según sus posibilidades y opciones, una actividad o una función que concurra al progreso material o espiritual de la sociedad). Me gusta esta referencia explícita al trabajo como un derecho que tiene que ser garantizado y como un deber que incumbe a todos. 

Escribo esto porque hoy, 1 de mayo, celebramos el Día Internacional de los trabajadores. En el siglo XX el derecho al trabajo y el deber de ejercerlo constituían una preocupación social, aunque su realización dejara mucho que desear en bastantes países. Hoy, sin embargo, en esta época de globalización económica, el interés por el beneficio económico ha desplazado al valor social del trabajo. La tasa de desempleo sigue siendo alta, la precariedad ha aumentado, los sueldos son bajos y –lo que me parece más inquietante– la preocupación por las personas y su dignidad no constituye el objetivo prioritario de políticos y economistas. El trabajo es un factor más dentro de la cadena productiva, pero no el derecho y el deber que dignifica a las personas y evita su exclusión o marginación. Desde niño he sido educado para trabajar con responsabilidad, competencia y honradez. Llevo inoculado este virus en la sangre.  Aunque reconozco su gran valor, no soy insensible a sus excesos. Uno se puede volver un adicto al trabajo descuidando otras dimensiones importantes de la vida. Hoy, sin embargo, muchos jóvenes buscan trabajo con ansiedad. Sienten que no hay proporción entre el tiempo y los recursos invertidos en su formación y las dificultades para conseguir un empleo digno. Al mismo tiempo, ha ido aumentando la cultura del entretenimiento (que no estimula al trabajo sino al ocio y que genera enormes beneficios económicos para unos pocos) y de la dependencia (que empuja a confiar demasiado en los poderes públicos en detrimento de la responsabilidad personal y social a la hora de crear y buscar empleo).

Creo que hoy es un día para homenajear a los millones de trabajadores que cumplen su tarea con honradez y eficacia, a pesar de que no siempre son tratados como merecen. Es también un día para recordar a los que no encuentran trabajo o están sometidos a empleos muy precarios y mal remunerados. El Día de los Trabajadores recuerda también a los que han dedicado su vida entera a trabajar por los demás y ahora gozan de una merecida pensión, no siempre suficiente para cubrir sus necesidades. Es un día de fiesta, pero también de reivindicación. Los productos no pueden estar nunca por encima de las personas. Muchos de los problemas sociales que hoy tenemos (inequidad, violencia, droga, marginación, etc.) están ligados a la falta de un trabajo digno que desdarrolle a las personas y contribuya al mejoramiento social. 

Todos los trabajadores tienen en san José obrero un modelo y un protector. Los evangelios nos lo presentan como un artesano capaz de hacer un poco de todo al servicio de sus paisanos de Nazaret y de otros pueblos vecinos. Algunos hablan de que pudo trabajar un tiempo en la vecina Séforis. A su lado, Jesús aprendió lo que significa ganarse el pan con el sudor de la frente y comprendió de cerca cómo viven quienes dependen de su trabajo de cada día.