miércoles, 12 de junio de 2024

Cercanía y silencio



Cuando uno está librando una intensa batalla interior, lo que sucede fuera pasa a un segundo plano. Es mi experiencia de las últimas dos semanas. Ni la victoria del Real Madrid en la Champions, ni las elecciones al Parlamento Europeo, ni el concierto que esta noche dará mi admirado Bruce Springsteen en el estadio Civitas Metropolitano han robado mi atención como lo hubieran hecho en otras circunstancias. Eso significa que en nuestra vida hay una secreta jerarquía de verdades y de afectos que coloca cada cosa en su puesto. 

No puedo poner al mismo nivel la muerte de mi madre, un partido de fútbol o un concierto. Cada cosa tiene su significado, pero hay algunas que descienden automáticamente en la escala de preocupaciones cuando las más importantes polarizan nuestra atención. Es bueno que sea así. Vivir de acuerdo a una escala de valores es lo que nos permite liberarnos de lo más urgente y efímero para concentrarnos en lo importante y duradero. 


Hoy, a las 8 de la tarde, celebraré la Eucaristía por el eterno descanso de mi madre en la cripta del santuario del Inmaculado Corazón de María de Madrid en compañía de algunos claretianos, familiares y amigos que no pudieron participar en su funeral el pasado 2 de junio. A la hora de elegir las lecturas, me he dejado llevar por el corazón, no por la cabeza. Sin ninguna violencia, ha habido tres que se han impuesto: un fragmento del capítulo 8 de la carta de san Pablo a los romanos, el salmo 26 y el discurso de las bienaventuranzas en la versión de Mateo. 

Para iluminar la realidad del tránsito de esta vida terrenal a la vida definitiva no es necesario acudir solo a los textos que hablan explícitamente de la muerte y la resurrección. La Palabra de Dios afronta estas realidades desde muchos ángulos y con una gran riqueza de perspectivas y matices. El denominador común es que el Dios de la vida no se deja superar por la realidad de la muerte. El amor es la realidad que da sentido a la historia personal, social y cósmica. Nada ni nadie podrá separarnos de este amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, ni siquiera la muerte.


Cada día mueren en el mundo alrededor de 150.000 personas, una población semejante a la de pequeñas ciudades como Badajoz o Logroño. Detrás de cada una de ellas hay una historia única. Los muertos no se pueden sumar como si fueran números de una serie. Mientras los seres humanos conservemos el respeto a la singularidad y sacralidad de cada persona seguiremos teniendo futuro. Si algún día nos empeñáramos en cosificarnos para que los poderosos manipulen a los débiles, ese día sería el fin de la humanidad. Pensamientos de este tipo acuden a mi mente cuando evoco lo vivido en las dos últimas semanas. 

Hablando con diversos amigos y conocidos, caigo en la cuenta de que cada uno reaccionamos de manera diferente ante los mismos acontecimientos. Es bueno que sea así y que respetemos los matices y los tiempos de cada experiencia personal. Lo importante es sentir que, aunque nadie puede sustituirnos, podemos recorrer este camino acompañados. A menudo, la presencia discreta y el silencio respetuoso son las mejores ayudas en momentos en los que nos vemos confrontados con las grandes cuestiones de la existencia: la enfermedad, el dolor y la muerte. Muchas gracias.


domingo, 9 de junio de 2024

Estos son mi madre y mis hermanos


Han pasado diez días desde la última entrada. Desde entonces han sucedido muchas cosas en mi vida. La más determinante es, sin duda, la muerte de mi anciana madre el pasado 1 de junio. Hasta ahora no he tenido ni tiempo ni ganas para compartir con los amigos del Rincón esta experiencia única, hermosa y creyente. Lo hago hoy, X Domingo del Tiempo Ordinario. En el Evangelio, Jesús aborda con unas palabras desconcertantes la novedad de las relaciones que él establece: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”. 

Una vez más, Jesús resulta demasiado “nuevo” para quienes todavía vivimos con viejos esquemas mentales y con afectos poco evangelizados. Tanto su madre como sus parientes y discípulos tuvieron que hacer una peregrinación de fe para la que no estaban preparados.


También yo he vivido en la última semana una hermosa peregrinación de fe. Mi madre, que dentro de tres meses hubiera cumplido 92 años, murió en la madrugada del primer día de junio, a caballo entre la fiesta de la Visitación de la Virgen María (31 de mayo) y la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (2 de junio). La Eucaristía (comunidad, palabra y cuerpo) y María fueron siempre las dos fuentes principales de su espiritualidad. Junto a su cama estábamos sus cuatro hijos. Cuando ella dejó suavemente este mundo a la 1,35, en el corazón de la noche, lloramos, nos abrazamos y rezamos unidos. 

Pronto las lágrimas de la noche fueron sustituidas por la esperanza del alba. Fue hermoso velar su cuerpo en su propia casa y, desde allí, trasladarlo a la iglesia de Nuestra Señora del Pino, advocación que mi madre llevaba en su nombre de bautismo. Muchas personas amigas se hicieron presentes en su funeral. Otras muchas nos expresaron sus condolencias a través de las redes y por otros medios. Se creó una maravillosa comunidad de orantes por su eterno descanso. Desde aquí quiero agradecer de corazón todas las muestras de afecto recibidas.


De entre las muchas lecciones que he aprendido durante estos días hay algunas que me han sorprendido. Muchas de las personas que me daban el pésame con palabras más o menos convencionales, enseguida saltaban de la persona de mi madre a las personas de su familia fallecidas recientemente, como si toda muerte evocara siempre “nuestras” muertes. Algunos no lloraban tanto por mi madre (a la que apenas conocían), sino por sus propias madres, como si se hubiera abierto una puerta no cerrada del todo. 

Me sorprendieron algunos de mis mejores amigos con expresiones que se salían de lo común y que me llegaron al alma. Las transcribo tal cual: “Si necesitas cualquier cosa, me dices”; “Si en algo te puedo ayudar, cuenta conmigo”. No naufragaban en consideraciones piadosas o en consejos de autoayuda. Expresaban cercanía y deseos sinceros de echar una mano. 

Por último, experimenté (junto con el resto de mui familia) la fuerza curativa y reconfortante de la liturgia. No hay nada que llegue más adentro que la esperanza que mana de la Palabra de Dios y el ánimo que nos brinda la Eucaristía. Es la pura realidad. De hecho, después de la celebración, en el camino de la iglesia al cementerio, experimenté una serena alegría que manifiesta el sentido de la Pascua, actualizada en la Eucaristía. 


Mi madre María del Pino era mi madre por pura biología. En su seno se produjo un intercambio celular que explica, siquiera en parte, nuestra profunda vinculación. Pero mi madre fue, sobre todo, mi maestra en la fe, la primera que me enseñó a conocer y a amar a Dios, la que siempre respetó y apoyó mi vocación religiosa y sacerdotal. En ese sentido, ejerció la maternidad de quienes, más allá de la biología, se esfuerzan por discernir y cumplir la voluntad de Dios. Estoy seguro de que Jesús la ha incluido en el grupo de los suyos.

Podría escribir más cosas sobre ella, pero creo que en estos momentos se requiere un poco de contención para que las muchas palabras no desvirtúen la profundidad y belleza de la experiencia. ¿Se puede vivir la muerte como una gracia? ¡Sí, se puede! ¡Gracias, Señor, Padre de la vida!



miércoles, 29 de mayo de 2024

Bailando con Taylor Swift


No pienso acercarme esta tarde al estadio Santiago Bernabéu. Hace demasiado calor como para exponerme al sol inmisericorde de finales de mayo. Además, se prevé un gentío enorme haciendo cola para participar en el primero de los dos conciertos que ofrecerá Taylor Swift en Madrid. Los medios españoles llevan semanas hablando de ella y calentando el ambiente. La publicidad hace milagros. Los swifties sueñan, venden pulseras, se citan por las redes sociales... y hasta compran pañales para no tener que ir al baño durante el largo concierto y perderse alguna de sus canciones.

Mientras, muchos vecinos del estadio protestan porque el barrio se ha convertido en una especie de campamento de fans y los decibelios previstos superan con mucho los límites permitidos. Defensores y detractores de estos macroconciertos en el centro de la ciudad cruzan argumentos (quiero decir, sentimientos). Al final, será un gran éxito artístico, los fans acabarán encantados, los medios prodigarán crónicas elogiosas, los vecinos pasarán página y algunos (pocos) harán caja, incluyendo los establecimientos de la zona.


¡Claro que sé quién es Taylor Swift! El título de la entrada de hoy solo pretende despistar. O quizá no, porque, en realidad, no me sé sus canciones y ninguna de ellas está incorporada a lo que algunos llaman “la banda sonora de mi vida”. La artista norteamericana ha llegado demasiado tarde. La llamo artista, pero, en realidad, es muchas más cosas: cantante, compositora, productora discográfica, directora, actriz y empresaria. 

Parece que los 34 años le han dado para mucho, incluso para pagarse una suite en el hotel Villamagna (a cuatro pasos del Bernabéu) a razón de 25.000 euros por noche. Algo debe de tener Taylor Swift para recibir tantos elogios por parte de la crítica y contar con una fanaticada millonaria en las redes sociales. Algunos se atreven a pedir para ella el premio Nobel de Literatura. Si ya lo recibió otro compositor y cantante como Bob Dylan, ¿por qué ella no? 


Entre las diez canciones más famosas de Taylor Swift se encuentra Shake It Off”. Una parte de la letra dice: “Pero sigo adelante / No puedo parar, no quiero parar de moverme / Es como si tuviera esta música / En mi mente, diciendo: Todo va a estar bien / Me muevo, me muevo, me muevo…”. Es muy probable que en estos tiempos de certezas vacilantes y de amores rotos, la única terapia sea moverse sin pausa pidiéndole a la música que nos asegure que todo va a estar bien, a pesar de los pesares. Esa confianza ciega en que “todo va a estar bien” es una forma moderna de fe. 

¿Quién nos asegura que no caminamos hacia el abismo? Taylor Switf nos pide con un ritmo frenético que “nos lo quitemos de encima” (shake it off), que nos movamos para exorcizar el miedo al presente y al futuro, que no nos rompamos la cabeza pensando… Muchos adolescentes y jóvenes se han tomado al pie de la letra su mensaje. Quieren moverse con ella, bailar con ella, no parar, hacer que todas las células del cuerpo se pongan en danza para que todo acabe bien. ¡Veremos lo que sucede! Yo, por si acaso, me quedo en casa. Ya no está uno para estos trotes. ¿O es un problema de bolsillo?

martes, 28 de mayo de 2024

Amor de principio a fin


Uno de los rasgos del tiempo que nos ha tocado vivir es la complejidad.  Por eso, nos resulta tan difícil hacernos cargo de lo que pasa. Hay algunas personas de mi entorno que han decidido estrechar su mundo porque se les hace demasiado cuesta arriba intentar comprender el tiempo que vivimos. No ven la televisión, no oyen la radio y usan internet solo para tareas imprescindibles. Es probable que no puedan participar en algunas conversaciones por falta de información actualizada, pero, a cambio, se libran del bombardeo mediático diario y de la imparable polarización que estamos viviendo. Prefieren la paz interior al agobio que supone estar al día. Es como si hubieran decidido ser monjes (o casi eremitas) sin apartarse completamente de este mundo complejo. 

Reconozco que es una opción muy respetable, pero no me siento llamado a secundarla. Para mí el reto consiste en tener el corazón, los ojos y los oídos abiertos sin dejarme dominar por la vorágine informativa, lo cual no es nada fácil. Tras la oración matutina, suelo comenzar cada día con bastante serenidad. Llego a la noche derrotado por un sinfín de tareas, experiencias, opiniones y conflictos. No es fácil vivir en un mundo tan complejo.


Esta tarde presidiré en la cripta del santuario del Inmaculado Corazón de María la Eucaristía por el eterno descanso de Manuel Jesús Arroba Conde, un hermano de mi comunidad que falleció hace un año. Me cuesta recordar todas las cosas que han pasado desde aquella mañana de mayo en que recibimos la temida noticia de su muerte. Aunque los recuerdos nos habitan, somos seres de futuro. La vida es una fuerza imparable que siempre empuja hacia adelante. Algunos consideran que algún día acabaremos estrellándonos contra el muro de la muerte y que entonces este movimiento impulsor se detendrá para siempre. 

Otros creemos que el motor del amor no se apaga nunca porque nos impulsa hacia el Dios que es amor eterno. Esta convicción nos ayuda a navegar mejor en el mar de la complejidad. Si el final es un amor sin límites, divino, todo lo que en esta vida tenga el sabor del amor va en la dirección correcta. Todo lo que se aparte de él (egoísmo, odio, traición) hace que nos extraviemos y que, en definitiva, perdamos el tiempo. Las personas que saben aplicar este criterio a todas las decisiones afrontan con más lucidez y sentido la complejidad que nos ha tocado vivir.


Cuando el pasado sábado observaba de reojo las muchas sonrisas cómplices que se dirigían los dos jóvenes novios a los que casé en Zaragoza, entendí que todavía el amor sigue poniendo luz y sentido en la vida de quienes han tenido casi todo y, sin embargo, anhelan otra profundidad. Es verdad que, al final de la ceremonia, una persona de mediana edad me dijo con tono sarcástico: “Yo no sé por qué se casan. No lo veo necesario”. Quizás esperaba de mí una respuesta contundente, pero me negué a hacer de sparring dialéctico entre las copas del cóctel que precedió al almuerzo. Si él, tras años de convivencia con su pareja, no lo ha descubierto todavía, no voy a ser yo quien se lo haga ver. 

El amor no necesita ningún razonamiento, ninguna justificación. Se explica por sí mismo. No consiste en razonar, sino en dar y darse. Cuando buscamos solo nuestra propia felicidad, acabamos naufragando en el mar del egoísmo. Cuando, por el contrario, nuestra preocupación es hacer felices a los demás, entonces, sin buscarlo de manera obsesiva, recibimos el regalo de una felicidad suave, profunda, que nos permite seguir viviendo en este complejo mundo sin necesidad de retirarnos a ningún castillo interior. 

¡A lo mejor Taylor Swift canta algo de esto en uno de sus multitudinarios conciertos en Madrid!


sábado, 25 de mayo de 2024

A la orilla del Ebro


Tardé una hora y veinte minutos en llegar en tren desde Madrid a Zaragoza. La ciudad del Ebro me recibió con una temperatura que se acercaba a los 30 grados. Voy a pasar aquí esta jornada del sábado para presidir el matrimonio de una joven pareja. La novia es hija de una de mis primas. Hacía tiempo que no venía a la capital de Aragón, una ciudad que siempre me ha resultado acogedora, friendly, como dicen ahora los modernos. He preparado la ceremonia junto con los novios. Me gustan mucho las lecturas que han escogido porque ayudan a entender el misterio del matrimonio en un contexto social -e incluso eclesial- que ha ido difuminando su sentido. 

No vivimos hoy precisamente un gran entusiasmo por esta forma de vida. Muchas parejas optan por convivir sin establecer ningún tipo de compromiso. Cada vez hay más hombres y mujeres que ni siquiera desean asumir el “peso” de la convivencia y prefieren relacionarse conservando su independencia. Lo que parece una conquista moderna no es sino una forma de regresión a modelos ya ensayados en otras épocas históricas. Por eso, en este contexto fluido, el matrimonio cristiano aparece como demasiado nuevo, demasiado moderno como para ser entendido a cabalidad. Que un hombre y una mujer se prometan amor personal, fiel y fecundo parece algo imposible en estos tiempos volátiles e inciertos. Y ciertamente lo es… a menos que Dios nos conceda ese don y nosotros lo acojamos con libertad.


Un matrimonio cristiano es hoy uno de los mejores signos de la existencia de Dios, una manifestación de su gracia en el vaso frágil de nuestra humanidad. Quienes vivís desde hace años la experiencia de estar casados sabéis mejor que yo que el camino está alfombrado con desafíos constantes, incluyendo el más peligroso de todos, la rutina. Pero sabéis también que Dios va haciendo su obra y que, superada la etapa inicial de romanticismo, el amor va adquiriendo el tono de una apuesta decidida por buscar lo mejor para el cónyuge, pasa por los pequeños detalles de una convivencia respetuosa, amable y -si el término se entiende bien- cómplice. 

Pocas cosas hay más hermosas que contemplar a una pareja de ancianos que se quieren con ternura después de haber recorrido juntos un largo camino de pruebas y triunfos, alegrías y tristezas, éxitos y fracasos. La ternura de Dios se transparenta en la mirada que se regalan quienes han experimentado que, con la gracia, es posible quererse con alegría y fidelidad y compartir ese amor con hijos y nietos. Quizás el ocaso de la fe en las sociedades occidentales está muy ligado al ocaso del matrimonio y de la familia. Al fin y al cabo, los cristianos creemos que la familia es la Iglesia doméstica en la que experimentamos el amor incondicional de Dios y aprendemos a responderle con gratitud.


Imagino que en la celebración de hoy habrá muchas personas que hace tiempo que no pisan una iglesia y que ni siquiera sabrán recitar las oraciones de la misa. Suele ser el pan nuestro de cada día en bautizos, bodas, primeras comuniones y funerales. Por eso, las hemos incluido en el folleto que hemos preparado. Hay que reconocer que para una gran mayoría (no creyentes e incluso algunos creyentes) se trata de actos sociales en los que se participa por deferencia con quien invita, aunque muchos se los ahorrarían si no fuera una falta de cortesía social. Más allá de la experiencia de fe, hemos perdido también la ritualidad que todavía conservan otras sociedades en las que lo personal no está desligado de lo social. En la mayor parte del mundo sería impensable que un hombre y una mujer entendieran su relación como un mero asunto privado, regulado solo por la intensidad de sus emociones. 

Con todo, no soy pesimista. Creo que sierpe hay que encontrar el lado bueno de las cosas. Es verdad que en ocasiones hay que dar un golpe en la mesa y denunciar la hipocresía de nuestras costumbres sociales, completamente vacías de significado, pero la mayor parte de las veces podemos soplar la llama vacilante y tratar de sacar el máximo partido de lo que existe. La vida está llena de sorpresas. Dios puede hablarnos a todos cuando menos lo pensamos, también en la celebración de una boda. ¿Por qué no abrir nuestros oídos y escuchar? 


jueves, 23 de mayo de 2024

Sacerdotes para siempre


No creo que muchos lectores sepan que hoy en España (y en otros países como Chile, Colombia, Perú, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela) se celebra la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. A un amigo mío no le gusta mucho esta fiesta porque dice que la liturgia ha privilegiado los títulos de rey y sacerdote aplicados a Jesús, y ha silenciado el de profeta. No le falta algo de razón. De hecho, el último domingo del año litúrgico celebramos la solemnidad de Cristo Rey y el jueves después de Pentecostés la fiesta de Cristo Sacerdote, pero no hay un día especial para celebrar su condición de profeta, aunque esté disuelta en todo el año litúrgico. 

Ya sé que este asunto no se puede despachar a la ligera, pero si es verdad que “lex orandi, lex credendi” (lo que se ora es lo que se cree), entonces este “olvido” litúrgico indica quizás que nuestra fe ha acentuado mucho la dimensión sacerdotal y real de Jesucristo y ha dejado en penumbra la dimensión profética, lo cual tiene muchas repercusiones en nuestra manera de vivir su seguimiento y en la forma de ejercer el ministerio presbiteral. 

Dicho lo cual, es bueno aprovechar al máximo lo que tenemos. El sacerdocio de Cristo no es una prolongación del sacerdocio del Antiguo Testamento, sino una superación. A diferencia de lo que sucedía en el antiguo templo, Jesús, con su entrega total al Padre, es al mismo tiempo y “de una vez para siempre” (Hb 10,10) sacerdote, víctima y altar. Ha inaugurado un sacerdocio existencial que hace de la propia vida la verdadera ofrenda. 


Todos los bautizados participamos de la condición sacerdotal de Cristo; por lo tanto, podemos ofrecernos a Dios con todo lo que somos y ser también un lugar de encuentro con él para otras personas. Es importante subrayar este sacerdocio universal o sacerdocio común como se suele denominar. La constitución conciliar Lumen Gentium afirma que “el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo” (n. 10).

Para refrescar nuestros conocimientos sobre esta materia, no estaría mal en un día como hoy leer lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica respecto del sacerdocio de Cristo, el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio de quienes han recibido el sacramento del Orden. Cada vez me convenzo más de que muchos de los problemas que hoy tenemos en la Iglesia se deben a un exceso de buena voluntad acompañado por un déficit de formación.


Más allá de la fiesta, el mes de mayo enfila ya su recta final. No sé si en las parroquias y comunidades se sigue cultivando el “mes de María” como antaño, pero creo que la espiritualidad mariana nos ayuda a “guardar en el corazón” las muchas cosas que hoy vivimos y no siempre comprendemos. En momentos de confusión es necesario tener un “centro” desde el que podamos organizar nuestra vida para no ser víctimas de la dispersión que nos destruye. María nos enseña a ser personas con corazón (compasión), que viven desde el corazón (interioridad). Ambas dimensiones (compasión e interioridad) son necesarias para hacer frente a la indiferencia y la superficialidad que nos circundan. 

Hace unos días vi en la calle a un grupo de niños del colegio de las Concepcionistas de Princesa con sus ramitos de flores. Los traían de casa para regalárselos a la Virgen. Es posible que más de un viandante adulto esbozara una sonrisa de sorpresa y escepticismo, como si esos niños vestidos con su chándal azul fueran el residuo de una época superada. A mí me pareció una preciosa imagen que simboliza a todos aquellos que en nuestra adultez no quisiéramos perder la inocencia infantil y, sobre todo, la capacidad de ver a María como madre que nos acoge, enseña y guía en el camino de la vida.

martes, 21 de mayo de 2024

De todo un poco


No todos los días se ven 34 mesas redondas en torno a las cuales se sientan más de 300 superiores y superioras mayores que representan a los más de 32.000 religiosos y religiosas que hay en España. He tenido la suerte de ser testigo de la apertura de la 30ª asamblea de la Conferencia de Religiosos de España (CONFER) que ha tenido lugar en un hotel de Madrid. A mí me ha correspondido sentarme en la mesa 33, que no deja de tener un significado simbólico. Era una de las mesas reservadas a los invitados. Yo he participado en calidad de director de la revista Vida Religiosa, dirigida precisamente a quienes forman parte de las más de 5.800 comunidades religiosas presentes en España. 


Todo estaba perfectamente organizado. El tema central tenía un título provocativo: “¿Quién manda aquí?”. ¡Menos mal que el subtítulo precisaba su alcance: “Corresponsabilidad y obediencia”! Se trata de reflexionar sobre el modo de vivir una dimensión de la vida religiosa (la obediencia) que se presta a muchos equívocos y aun a abusos, pero que, bien entendida, expresa la voluntad de “escuchar” a Dios a través de sus mediaciones y de responderle con total disponibilidad. Mediante una cuenta de WhatsApp se nos informaba de todos los pormenores en tiempo real.


Ayer pasé la mañana en el Centro Fragua de Los Negrales con un grupo de claretianos que están realizando una experiencia de renovación misionera de tres meses. Casi todos provienen de países latinoamericanos. Juntos reflexionamos sobre lo que supone hoy creer en Jesucristo y orientar la vida desde su Evangelio. Con el paso del tiempo podemos crecer o menguar en nuestra experiencia de encuentro con él. Podemos madurar o caer en una rutina paralizante. Es bueno preguntárselo de vez en cuando. Solo quien busca encuentra. 

Nunca estamos completamente seguros de si nuestra fe en Jesús es una costumbre o una experiencia real. Por eso, nos hace bien detenernos de vez en cuando para preguntárnoslo. Hace casi seis años escribí ampliamente sobre lo que significa encontrarse con Jesucristo en una larga entrada (quizás la más larga de las 2.395 que llevo escritas en este Rincón), titulada No me lo creo. La verdad es que poco puedo añadir ahora. Me iluminó mucho el diálogo que tuve con los 15 misioneros que están ahora haciendo su experiencia de renovación.


El asunto de las clarisas de Belorado sigue coleando. Hoy se ha conocido el comunicado de la Confederación de Clarisas de España y Portugal. Sale al paso de cualquier equívoco y expresa la disposición de las clarisas ibéricas a acoger de nuevo a sus hermanas “cismáticas” de Belorado si cambian de opinión, antes de que el arzobispo de Burgos se vea obligado a excomulgarlas por haberse apartado voluntariamente de la Iglesia católica. 

Parecen historias de otros tiempos, pero reflejan la confusión en la que a veces vivimos y la necesidad de formarnos bien para no vivir una fe subjetiva, para aprender a “sentire cum ecclesia”, que es siempre uno de los grandes criterios de autenticidad que hemos aprendido de los santos a lo largo de la historia, desde san Ignacio de Loyola y santa Teresa de Jesús hasta san Juan Pablo II. Separados del cuerpo, no podemos estar unidos a la cabeza. El “Jesús sí – Iglesia no”, tantas veces propuesto a lo largo de la historia, acaba siendo casi siempre “Iglesia no – Jesús tampoco”.