Roma

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martes, 20 de noviembre de 2018

Imaginar el futuro con los jóvenes

En Roma no hace tanto frío como en la vieja Castilla. Nos hemos levantado con una temperatura de 14 grados. Voy a pasar todo el día con los 70 participantes en el Encuentro de representantes de Pastoral Juvenil y Vocacional de la Familia Claretiana que se está celebrando en la Casa per Ferie Enrico De Osso. Vamos a tener un taller sobre Indagación Apreciativa para aprender a soñar el futuro. Sin sueños no hay camino ni compromiso. Los participantes vienen de África, América, Asia y Europa. Hay hombres y mujeres. El Encuentro es como un eco del reciente Sínodo sobre los jóvenes celebrado en Roma el pasado mes de octubre. No me olvido de que hoy conmemoramos la memoria del beato claretiano Andrés Solá Molist, asesinado cerca de León (México) el 25 de abril de 1927, durante la persecución religiosa que tuvo lugar en la revolución mexicana. Era un hombre joven. Puede ser un buen modelo para los jóvenes de hoy que buscan motivos y modelos para orientar y entregar la vida. La distancia histórica no es un impedimento para acoger la fuerza del testimonio.

No es fácil reflexionar sobre estos asuntos cuando parece que la mayoría de los jóvenes españoles ya no creen en Dios. ¿Será verdad lo que dicen algunas encuestas? ¿Se puede medir la fe con los baremos sociológicos que usamos para medir la tendencia política o la intención de voto? En cualquier caso, si fuera verdad que una buena parte de los jóvenes, incluidos muchos bautizados, ya no cree en Dios, esta es una poderosa razón para imaginar una pastoral juvenil diferente. Si siempre hacemos lo mismo, siempre obtendremos los mismos resultados. ¿No habrá llegado la hora de imaginar un nuevo tipo de escucha y de propuesta? No es posible ofrecer el tesoro del Evangelio sin escuchar antes lo que los jóvenes buscan, anhelan y necesitan. Y no es posible escuchar sin una presencia cercana, sin caminar junto a ellos, sin evitar respuestas prefabricadas que no conectan con sus  búsquedas.

lunes, 19 de noviembre de 2018

A fuego lento

Cuando conduzco solo durante muchos kilómetros me da tiempo a observar y pensar. Ayer, mientras recorría los campos y sierras de Castilla, disfruté con los colores del otoño y la lluvia persistente. En ocasiones, los limpiaparabrisas no daban abasto para desalojar el agua furiosa que rompía contra los cristales. Al sonido de las gotas se añadían los Stradivarius que sonaban en un concierto de Radio Clásica. Con esta grata compañía, fui repasando lo vivido en un fin de semana emocionalmente intenso. ¿Qué es lo que uno puede hacer cuando se enfrenta a situaciones que parecen insolubles? ¿Cómo se abordan los problemas de la vida cotidiana? A veces, con un poco de buena voluntad, diálogo e imaginación, se encuentran soluciones. Otras veces, sin embargo, parece que todo se encalla. No se ve ninguna salida. Podemos perder los nervios, desanimarnos y hasta reaccionar con agresividad. Estoy convencido de que, en circunstancias semejantes, lo mejor que podemos hacer es ser auténticos y esperar con paciencia. No siempre las respuestas mejores están al alcance de la mano. Decía santa Teresa de Ávila que “la paciencia todo lo alcanza”. Me temo que ésta –la paciencia– no es una virtud muy valorada en la actualidad. Nos hemos vuelto tan ansiosos e impacientes que cualquier espera, por breve que sea, se nos antoja insoportable. Y, sin embargo, las mejores cosas se cuecen “a fuego lento”.

Casi por deformación profesional, soy muy sensible a todos aquellos aspectos que no están de moda. Hoy se valora a las personas rápidas, eficientes, a aquellas que parecen estar siempre corriendo, como si les fuera la vida en todo lo que hacen. Constituyen el reflejo de una cultura que ha hecho del “deprisa, deprisa” su lema favorito. Todo cambia a velocidades vertiginosas. Alguien nos ha seducido con el mensaje de que hay que estar a la última para no llegar tarde a no se sabe dónde. Esta manipulación psicológica está a la base del consumismo que nos devora. Como todo cambia muy rápido, hay que adquirir lo último. En este contexto, no me extraña que haya personas que griten: “Más despacio, por favor”. No estoy reivindicando la cultura de la tortuga. Por temperamento tiendo a ser rápido. Me agobian los discursos prolijos. Me cuesta soportar a las personas que se enrollan para comunicar ideas sencillas. Procuro ir siempre al grano. Pero esto no significa que defienda la falsa aceleración en la que viven muchas personas. Estoy convencido de que los procesos de transformación personal son lentos. ¡Y no digamos los itinerarios de fe! Temo a los conversos que, de la noche a la mañana, pasan de la increencia a la fe con un entusiasmo desbordante. Con la misma velocidad pueden pasar otra vez de la fe a la increencia. He conocido varios casos. Hoy se comen el mundo y miran a los demás como pobres criaturas. Mañana engrosan con igual furia las filas de los desencantados y resentidos. Por lo general, la vida de fe, así como las relaciones personales, se van haciendo “a fuego lento”. No es que quiera hacer publicidad del himno de Rosana, pero sí de la “lentitud” a la que alude.

No es posible creer en Dios sin paciencia. A Dios tampoco le debe resultar fácil “creer” en nosotros (es decir, amarnos) sin una infinita paciencia. Ya dice la Biblia que “el Señor es paciente y misericordioso” (Sal 103,8). Y san Pablo, en el famoso himno a la caridad, comienza diciendo que “el amor es paciente” (1 Cor 13,4). La capacidad de respetar los ritmos de los demás y los propios es una muestra clara de amor. Se suele decir que las plantas no crecen más deprisa porque uno tire de sus hojas. Lo mismo sucede con las personas. Quienes tienen responsabilidades educativas (padres, profesores, tutores, evangelizadores) tienden a perder los nervios cuando las personas a su cargo no maduran a la velocidad que a ellos les gustaría. 

Quizás una buena terapia contra esta enfermedad de las prisas y la ansiedad sea adiestrarse en preparar platos “a fuego lento”. He escuchado a algunos cocineros decir que los alimentos saben mejor si se preparan con amor. Siempre me ha llamado la atención este maridaje entre comida y amor, pero tal vez encierra una sabiduría que necesitamos para afrontar las prisas de la vida. El amor se expresa en la paciencia para permitir que las cosas se cocinen en el tiempo necesario. Lo dicho: la terapia del “fuego lento” puede resultar imprescindible en tiempos de cocinas de vitrocerámica y de inducción y de microondas rápidos.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Está cerca la primavera

Ayer participé en el cumpleaños de una señora que cumplía un siglo de vida. Celebramos la Eucaristía, le entregamos varios regalos y dimos gracias a Dios por una existencia tan dilatada como la suya en medio de muchas pruebas. Nació cuando terminaba la Gran Guerra, vivió la Guerra civil española y los duros años de la postguerra y entró en el siglo XXI con más de 80 años. No está dicho que para vivir mucho haya que hacerlo en condiciones fáciles. Hoy muchas personas no saben si vivirán mucho tiempo. Tienen miedo al futuro. La ciencia nos presenta desafíos enormes en el campo de la ingeniería genética, la nanotecnología, la inteligencia artificial, la astronomía, la física, la bioquímica, etc. No sabemos hasta dónde podemos llegar ni qué consecuencias va a tener este enorme desarrollo en la especie humana. Todo avance científico es ambiguo: proporciona elementos de progreso y también armas de destrucción. Nos faltan criterios éticos y jurídicos para afrontar un futuro tan retador. Para algunos, estamos a las puertas del “fin del mundo”; otros consideran, más bien, que estamos terminando “este” mundo, al mismo tiempo que nos adentramos en otro desconocido. ¿Cómo iluminar esta situación desde la Palabra de Dios?

Las lecturas de este XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, el penúltimo del año litúrgico, pertenecen al género apocalíptico. No se pueden entender literalmente (como hacen muchas sectas protestantes). Necesitamos conocer el contexto histórico en el que se escriben y los símbolos que se utilizan. Lo que importa es captar el mensaje de fondo. Cuando se escribe el Evangelio de Marcos, los cristianos están angustiados por los síntomas de disolución que se observan en el imperio romano; por eso, el Evangelio pone en labios de Jesús un mensaje de esperanza. Pueden suceder muchas cosas (que se oscurezcan el sol y la luna y que haya guerras y cataclismos), pero nada de esto significa el final. Solo el Padre sabe cuándo será. Mientras tanto, nosotros tenemos que interpretar positivamente estos signos. La alusión a la higuera nos habla de la inminencia de la primavera y el verano (es decir, de dos estaciones de vida y cosecha). El cristiano nunca tendría que temer el futuro, como si la historia se le fuese a escapar a Dios de las manos. No caminamos hacia el fracaso de la historia sino hacia su culminación. La seguridad de que el final le pertenece a Dios arroja esperanza sobre las etapas intermedias, por ambiguas e inciertas que puedan parecer, y nos permite interpretar los signos de vida que siempre se están produciendo.

En este caminar hacia la plenitud, la preocupación por los últimos es signo claro de que caminamos en la dirección correcta. Precisamente hoy, la Iglesia celebra la II Jornada Mundial de los Pobres. El papa Francisco es muy sensible a la realidad de los millones de personas que viven en los bordes del camino de la vida y a quienes ni siquiera vemos. El Papa se muestra muy crítico con un tipo de asistencialismo que da cosas, pero no escucha el grito de los pobres: “Lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre. En tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente”. 

Después explica cuál es el sentido de una jornada como ésta, que se lleva celebrando apenas un par de años: “La Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana. Lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor”. Es suficiente para ayudarnos a despertar de nuestro letargo.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Me alegro de verte

La vida social está llena de saludos que, a menudo, no pasan de fórmulas de cortesía: Buenos días, Buenas tardes, ¿Cómo estás? En cada lugar se modulan de formas diferentes. Entre la selva de estos saludos que prodigamos sin mayor esfuerzo, hay uno que me llama la atención porque expresa bien el milagro del encuentro: “Me alegro de verte”. Hay personas que, cuando se encuentran con alguien a quien no han visto desde hace mucho tiempo, lo primero que se les ocurre es saludarlo con perlas como estas: “¡Uy, qué gordo estás!”, “Te encuentro muy envejecida”, “¡Cómo se nota que nos va faltando pelo!”, “¡Cómo has cambiado, si casi no te reconocía!”. No creo que a nadie le guste entrar en un diálogo a través de esta desagradable puerta de entrada. Las personas que la usan ni siquiera se dan cuenta del impacto emocional que estas frases absurdas y burlonas pueden tener en la otra persona. Las lanzan como dardos y se quedan tan frescas, con lo cual demuestran una insensibilidad que las incapacita para moverse con soltura en el complejo campo de las relaciones humanas.

Hay otras personas, por el contrario, que, cuando saludan, están reconociendo la dignidad de sus interlocutores. Este reconocimiento se hace mediante la mirada, los gestos y, sobre todo, las palabras. Decir “Me alegro de verte” abre las puertas a una comunicación serena, agradable, empática. Cuando alguien me dice “Me alegro de verte” me está diciendo, con solo cuatro palabras, que significo algo para él o para ella, que mi presencia es portadora de alegría, que merece la pena haberme conocido, que se encuentra a gusto conmigo y que podemos continuar conversando de tú a tú. Cuando yo le digo a alguien “Me alegro de verte” no sucumbo a las normas de urbanidad (nadie me obliga a hacerlo), sino que expreso un sentimiento de dicha que me esponja el alma. A través de esas cuatro palabras (también en inglés son cuatro: Nice to see you), quiero decirle que significa mucho para mí, que en ese momento no hay nada más importante que prestarle atención y dedicarle mi tiempo, que mi vida no sería la misma sin los lazos que nos unen, que podemos seguir tejiendo una relación que nos construye a los dos. ¡Cómo cambia la vida cuando vivimos los encuentros como una explosión de alegría! Siento compasión de las personas a las que nadie les dice “Me alegro de verte”. Me duele también saber que hay otras que no pueden pronunciar estas palabras porque nunca se encuentran con nadie a quien dirigírselas.

Nuestros familiares y amigos se alegran de vernos, pero quien más se alegra es Dios mismo. Frente a la imagen de Dios, innecesariamente fría y distante, que muchos tienen, Jesús nos ha revelado a un Padre que cada mañana, apenas abrimos los ojos, nos dice: “Me alegro de verte”, “Me alegro de que seas mi hijo o mi hija”, “Quiero vivir este día a tu lado”, “No eres un ser sobrante, te quiero como eres”. Que Dios se alegre de nuestra existencia quiere decir que, por muy cuesta arriba que se nos ponga la vida, no tenemos ningún motivo serio para despreciarla. Si Dios se alegra de vernos cada día, también nosotros podemos alegrarnos de ver a quienes se cruzan en nuestro camino. Es verdad que a veces rehuimos ciertas presencias antipáticas, es verdad que no todo el mundo nos cae bien, pero la única forma de romper estas barreras emocionales es alegrarnos con las otras personas porque también Dios se alegra con ellas. Nadie queda excluido de la fiesta de la vida. Dios no mira a nadie con saña o rencor, ni siquiera a quienes lo desprecian o ignoran.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Cómplices

Es probable que el salmo 50, que he recitado hace unos minutos en la oración de la mañana, haya despertado en mí la conciencia de que todos somos cómplices del mal que asola nuestro mundo: Misericordia, Dios mío, por tu bondad; por tu inmensa compasión borra mi culpa. No se trata de echar sobre nuestros débiles hombros una carga pesada más, sino de ser conscientes de que todos nos influimos para el bien y para el mal. Vivimos en una red en la que ninguna de nuestras acciones es inocua, todas tienen su impacto en los demás y en la naturaleza. El mero hecho de tomarme una Coca-Cola en un gran vaso de plástico que luego arrojo en cualquier rincón afecta a la salud de nuestro planeta. Las palabras que digo, las acciones que hago, mis omisiones… todo condiciona mi vida y la de los demás. Me sorprendo cuando algunas personas, con más ingenuidad que malicia, dicen: “Yo llevo una vida normal, no me meto con nadie”. Esa supuesta vida “normal” es el resultado de acciones y omisiones de las que no siempre somos conscientes. El hecho de votar a un determinado partido político o de no votar a ninguno, el hecho de comprar determinados productos, relacionarnos con ciertas personas, ver algunos programas de televisión o navegar por internet… todo nos hace “cómplices” de lo que sucede en nuestro mundo.

De unos años a esta parte, la palabra “cómplice” –que antes se asociaba a la cooperación en un crimen o un delito, aunque sin ser autores directos– ha adquirido un significado más positivo, hasta el punto de que la primera acepción registrada por el diccionario de la RAE es “persona que manifiesta o siente solidaridad o camaradería”. Yo no me refiero ahora a este tipo de “complicidad” positiva sino a la cooperación indirecta en los males de nuestro mundo. Si fuéramos más conscientes, es probable que pudiéramos evitar los extremos a los que hemos llegado. Se suele decir que el mal avanza más por la negligencia de los buenos que por las acciones de los malos. Transigimos con demasiada negatividad para no complicarnos la vida. Intuimos o sabemos que algunas personas trafican con droga, defraudan al fisco, extorsionan a los más sencillos, engañan a sus cónyuges, explotan a menores, pagan mal a sus obreros, abusan del alcohol y del tabaco, ensucian las calles, se sirven de los inmigrantes, pero… ¿quién le pone el cascabel al gato? Pocos quieren correr el riesgo de ser señalados con el dedo o de buscarse problemas “innecesarios”.

Esta connivencia con el mal nos hace cómplices hasta un extremo que, solo desde una profunda experiencia de fe, se percibe en toda su magnitud: nos hace cómplices de la muerte de Jesús. Su asesinato no fue solo un asunto de las autoridades judías y del brazo militar romano. En realidad, todos los seres humanos somos cómplices de la muerte de Dios. Hemos preferido nuestra seguridad a la verdad, nuestra comodidad a la justicia. Seguimos “matando” a Dios cuando dejamos que el odio sea más fuerte que el amor, cuando no asumimos el riesgo que supone vivir en verdad y trapicheamos con ella. La reacción de Dios no es la venganza. A todos los “cómplices” en la muerte de Jesús, Dios nos ofrece cada día la oportunidad de ser “cómplices” de su resurrección. Dios vence el mal a fuerza de bien. Donde nosotros ponemos indiferencia o pecado, Él pone siempre preocupación y gracia. Existe en nuestro mundo un mercado común de la injusticia, pero existe también –por la fuerza del Espíritu del Resucitado– una mesa común del amor y de la solidaridad, de la que somos cómplices por la fe y el Bautismo.  Esta “complicidad” es la que mantiene nuestro mundo vivo, a pesar de los pesares.


jueves, 15 de noviembre de 2018

No tiremos la toalla

Mi cuota de problemas ha aumentado en los últimos días. A los propios se añaden los familiares, comunitarios y eclesiales. Hay veces en las que parece que se alían las fuerzas del mal para hacernos la vida más dura e insoportable. Hablando con unos y con otros, me sorprendo de la facilidad con la que nos complicamos la vida. Es verdad que hay problemas (crisis, accidentes, enfermedades y muertes) que se nos imponen. Tenemos que lidiar con ellos del mejor modo posible sin perder la esperanza. Pero hay otros que son el resultado de nuestra manera deficiente de conducirnos en la vida, de nuestra inmadurez y, a veces, de nuestra mala voluntad. Hay un terreno enorme para aprender a no crear problemas absurdos y, en cualquier caso, a resolver aquellos que hemos creado. No se trata de huir de los conflictos, sino de no provocarlos innecesariamente. Hay personas expertas en atar nudos y personas expertas en desatarlos; personas que contaminan cuanto tocan y personas que descontaminan el ambiente con su bonhomía y positividad; personas que se quejan de todo y personas que agradecen todo; personas que siempre están exigiendo sus derechos y personas que saben renunciar a ellos en beneficio de los demás. Este es el tablero de juego. En él tenemos que jugar la partida, conscientes de nuestras fortalezas y debilidades.

En una conversación que mantuve el domingo por la tarde, una mujer de mediana edad me confesó que tiene la impresión de que muchas personas van por la vida como “zumbadas” (esta fue la palabra que utilizó), sin saber por qué se levantan cada mañana, qué sentido tiene el trabajo que hacen y cómo pueden relacionarse mejor con los demás. Esta falta de brújula vital les produce una gran desorientación que se traduce a menudo en sentimientos de tristeza, apatía, desgana e incluso agresividad. Si no se vive la propia vida con serenidad y alegría, uno se venga de los demás procurando que tampoco ellos la  vivan bien. El esquema “yo mal-tú mal” (uno de los posibles juegos que propone el análisis transaccional) es más común de lo que a simple vista parece. Puesto que yo no soy feliz, voy a hacer todo lo posible para que tampoco tú lo seas. No soporto que haya gente a mi lado que sonría, trabaje con dedicación y se entregue a los demás sin esperar nada a cambio. Dado que una estrategia de este tipo no se puede presentar abiertamente, el psiquismo humano se las arregla para disfrazarla de mil maneras que resulten tolerables. El resultado es siempre el mismo: como yo estoy mal, todo el mundo tiene que estar mal: mi familia es un desastre, mis amigos no me quieren, la Iglesia va de capa caída y a la sociedad le quedan tres telediarios. No hay nada peor que ver la realidad con las gafas negras de la propia frustración.

Cuando uno se encuentra con personas así, ¿qué se puede hacer? Lo más fácil es desentenderse (¡que cada cual arregle su vida!), desanimarse (¡yo tiro la toalla!), aguantar con resignación (¡la vida es así, qué le vamos a hacer!), caer en la trampa (¡y tú más!)… o utilizar la única estrategia que cambia de verdad a las personas, que no es otra que el amor. Lo mejor que podemos hacer por una persona problemática es quererla de verdad. En el fondo, una persona amargada y agresiva está gritando con su propia vida algo que quizás nunca diga con las palabras: “Necesito que alguien me quiera”. Una persona que se sabe querida y que puede querer no va por la vida de víctima o de agresor. Puede tener problemas, le pueden salir algunas cosas mal, puede atravesar rachas de infortunios, pero los fundamentos de su casa son sólidos como para resistir los embates de la crisis. No somos felices porque las cosas nos vayan bien, sino porque sabemos Quién nos quiere incondicionalmente, a Quién pertenecemos, por Quién vivimos y a Quién esperamos. Cuando una persona no experimenta nada de esto es normal que tire la toalla. ¿Qué podemos hacer para que ese Quién se haga el encontradizo con las personas que van por la vida como “zumbadas”? Esta es mi preocupación como misionero. A veces, intuyo caminos y procuro recorrerlos. Otras veces, yo mismo me siento perdido, pero nunca tiro la toalla.


miércoles, 14 de noviembre de 2018

A pie por la Gran Vía

Ayer por la tarde paseé un rato por la Gran Vía madrileña. Hacía tiempo que no visitaba esta centenaria ruta que nace en la calle de Alcalá y muere en la Plaza de España. Me sorprendieron las obras de remodelación de la calzada y las aceras, los grandes edificios remozados y la cantidad ingente de personas que circulaban en ambas direcciones. Aunque no sé si se han inaugurado ya, los adornos navideños eran muy visibles. Para el comercio, la Navidad comienza antes de que llegue el Adviento. Dos semanas son poco tiempo para hacer caja. Abundan los hoteles de lujo y los grandes comercios. Todavía quedan algunos cines y teatros espectaculares. Los muchos turistas y visitantes se confunden con los ciudadanos de Madrid. Todos caminan deprisa, como si esta calle fuera un mero lugar de paso hacia no se sabe dónde. Grupos de albañiles rematan las nuevas y espaciosas aceras y  reforman la tradicional Casa del Libro en la que hace años compraba algunas obras que no encontraba en otras librerías. El imponente Edificio España está recubierto con una inmensa lona publicitaria de 5.265 metros cuadrados. Me dicen que es la más grande del mundo y que una parte se desenganchó el pasado mes de marzo debido a las fuertes ráfagas de viento. También a este coloso de los años 50 le ha llegado la hora de la remodelación. Sus entrañas albergarán tiendas, un hotel de lujo y algunos apartamentos.

Mientras contemplaba los cambios espectaculares de esta tradicional arteria madrileña, recordaba otras reformas de las que fui testigo hace años. Pareciera que esta calle es un testigo privilegiado, un escaparate de los cambios estéticos y urbanísticos que imponen los tiempos. Es siempre la misma, pero no siempre es lo mismo. Quizá ninguna otra calle de Madrid se ha rehecho tantas veces a lo largo de su corta historia. Da la impresión de que no puede cargar con el peso de los años, de que necesita hacerse un lifting cada cierto tiempo. En otras ciudades más antiguas, hay calles que han resistido siglos con muy pocas variaciones. No es el caso de la Gran Vía, que ha vibrado siempre con los cambios de la historia y que ha ido mudando de piel –y hasta de nombre– a medida que la ciudad se transformaba. Un viejo centro comercial puede convertirse en un hotel de lujo; un cine de los años 50 acaba siendo un complejo de tiendas y una vieja taberna puede acabar siendo una óptica o una farmacia.

Es casi imposible no considerar la Gran Vía como una metáfora de la calle de la vida. Hay vidas que parecen siempre igual; otras, por el contrario, son un muestrario de cambios y novedades. Hay vidas anchurosas y vidas encogidas. Jesús se sirvió también de la metáfora de la calle y del camino. Él mismo se presentó como “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). Las tres palabras se adjetivan mutuamente. Bien se podría decir que Jesús es el camino verdadero y vivificador; o la verdad progresiva y vital; o la vida dinámica y verdadera. Pero las palabras que me vinieron a la mente contemplando el esplendor de la Gran Vía madrileña, de la calle ancha, fueron otras en las que Jesús habla, más bien, de la “pequeña vía” o de la senda estrecha: “Pero estrecha es la puerta y angosta la senda que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan” (Mt 7,14). Pareciera que el camino que conduce a la vida que Jesús promete no es como la Gran Vía madrileña, sino, más bien, como un sendero de montaña que discurre entre farallones de piedra y serpea por densos bosques. La angostura de la que Jesús habla no significa agobio sino, más bien, dirección. En una vía demasiado ancha uno puede perder el rumbo; las sendas estrechas conducen con más precisión al destino. Uno sabe mejor dónde colocar los pies.