miércoles, 7 de diciembre de 2022

Ella siempre ha estado ahí


A esta hora de la mañana el pequeño aeropuerto de San Sebastián está en calma. Hay muy pocos pasajeros esperando el vuelo de Madrid. Afuera llueve con suavidad. La temperatura es agradable. Regreso a Madrid después de varios días en el País Vasco. Ayer fue un día especial. No tuve ni tiempo para escribir mi entrada. Tras la Eucaristía matutina, viajé de San Sebastián a Castro-Urdiales, en la región de Cantabria, una población de poco más de 30.000 habitantes situada en la costa. Es probable que muchos lectores españoles hayan oído hablar de ella o incluso la hayan visitado. Supongo que es completamente desconocida para los lectores latinoamericanos. 

Yo no viajé a Castro-Urdiales como turista, aunque el lugar merece una visita por su belleza natural y por su patrimonio histórico. Hice un viaje sentimental y, si la expresión no suena excesiva, diría que también espiritual. En la comunidad claretiana de esa ciudad hice mi noviciado en el curso 1975-1976 y emití mi primera profesión como misionero claretiano. El lugar está cargado de recuerdos.

Fachada del antiguo Colegio Barquín - Corazón de María
Comencé visitando nuestra antigua casa claretiana, convertida hoy en el Instituto de Enseñanza Secundaria Ataúlfo Argenta. El conserje me permitió pasar a su interior y hacer algunas fotos. Por desgracia, no queda ningún recuerdo de la presencia claretiana en ese lugar durante varias décadas del siglo pasado, ni siquiera la espadaña de la pequeña iglesia abierta al público en la que hice mi profesión. No experimenté tristeza, sino un extraño sentimiento de pérdida que me empuja a mirar más al futuro que al pasado. Después de 46 años, el edificio permanece, pero la experiencia vivida se ha esfumado. O, mejor dicho, se ha diluido en el cauce de la existencia. 

Recorrí la pequeña plaza dedicada al gran director de orquesta Ataúlfo Argenta, nacido en esta ciudad de Castro-Urdiales el 19 de noviembre de 1913 y fallecido en Los Molinos (Madrid) en enero de 1958, el mismo año en el que yo nací. La figura esbelta de este gran maestro me hizo recordar que, en una discoteca cercana, hoy desaparecida, el doctor Maza nos introdujo a los jóvenes estudiantes en la música clásica con audiciones de algunas de las obras más singulares acompañadas por sabias y didácticas explicaciones.

Imagen de la Virgen en la iglesia de Santa María de la Asunción
No podía dejar de visitar la iglesia de Santa María de la Asunción, una joya gótica que es como un faro para los marineros y los habitantes del pueblo. Allí, frente a una imagen de la Virgen, renové en privado la profesión que hice el 5 de septiembre de 1976. También tuve tiempo para visitar el faro, la ermita de Santa Ana y llegar hasta el final del rompeolas. Paseé por la playa de Brazomar y me llegué hasta el hospital en el que cada miércoles mis compañeros y yo visitábamos y aseábamos a los enfermos. Entonces estaba regido por las Siervas de Jesús. Una vez que se fueron las religiosas, el hospital se ha convertido en una residencia de ancianos de titularidad pública. El instituto donde hice el Curso de Orientación Universitaria (COU) fue demolido hace tiempo. En su lugar se alza un bloque de pisos. Es todo un símbolo. 

Santo Hospital de Castro-Urdiales
Regresando de Castro-Urdiales a San Sebastián, mientras rezaba el rosario, caí en la cuenta de los muchos misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos que he vivido en mi propia vida desde aquellos lejanos años castreños. Y, casi sin darme cuenta, comprendí que la mano de María ha ido guiando suavemente mi vida misionera. Hay cosas que solo con el paso del tiempo se empiezan a comprender. Ella siempre ha estado ahí.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Dios tiene la última palabra


El II Domingo de Adviento me sabe este año a nuevo. Con San Pablo en su carta a los Romanos (segunda lectura) recuerdo que “todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza”. Si es verdad, pues, que las Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra y para que mantengamos viva la esperanza, ¿de qué manera las lecturas de este domingo nos enseñan algo y nos ayudan a vivir con esperanza? En el texto de Mateo (evangelio) destaca la figura enérgica de Juan, un profeta sin pelos en la lengua que no tiene miedo de denunciar la religiosidad fingida de algunos fariseos: “¡Camada de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión”. 

En los tiempos que corremos, pocos predicadores se atreven a lanzar dardos tan punzantes. Pero, en realidad, su verdadero mensaje se condensa en estas palabras: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos”. Esta conversión implica preparar el camino del Señor y allanar sus senderos. Hay algo que nosotros podemos hacer para acoger al Dios que llega. Pero lo sustancial no depende de nosotros: “El que viene detrás de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”.


¿Quién es ese que viene detrás de Juan el Bautista? ¡Es Jesús! Con él se hace presente el reino de Dios en nuestra tierra. Él nos traerá el don del Espíritu que, según el profeta Isaías (primera lectura), será “espíritu de prudencia y sabiduría, espíritu de consejo y valentía, espíritu de ciencia y temor del Señor”. Este es el verdadero don del Espíritu que Jesús nos trae. No sé si ha habido algún otro tiempo histórico en el que hayamos precisado más este espíritu que hoy. Para afrontar la difícil situación que estamos viviendo en nuestro mundo necesitamos prudencia, sabiduría, consejo, valentía, ciencia y temor del Señor. 

Solo el Espíritu de Dios que Jesús nos trae puede hacer nuevas todas las cosas. El profeta Isaías expresa esta novedad, este “sueño de Dios”, con palabras hermosas: “Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará en la hura del áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente”.


El Adviento nos recuerda que los “sueños de Dios” son siempre eficaces, por más que nosotros solo veamos indicadores contrarios. Hoy por todas partes vemos confrontación y violencia. Pero la Palabra de Dios, que -recordémoslo una vez más- se nos comunica para enseñarnos y mantener nuestra esperanza, nos anuncia que Dios es capaz de juntar lo que nosotros hemos separado. Al final de la historia, habitará el israelí con el palestino, cristianos y musulmanes se darán la mano, chinos y estadounidenses investigarán juntos, rusos y ucranianos sellarán la paz y a todas las personas discriminadas se les reconocerá su dignidad. 

Si este es el designio de Dios, todo lo que hagamos en esa línea, todos nuestros esfuerzos por “preparar los caminos y allanar los senderos”, ayudados por el Espíritu de Jesús, irán en la dirección correcta. Todo lo que atente contra este sueño lleva siempre las de perder, aunque a primera vista pueda parecer que gana terreno.



sábado, 3 de diciembre de 2022

Audaces en tiempos de cambio

San Sebastián desde el monte Igueldo
Llegué a San Sebastián el pasado jueves a primera hora de la tarde. Me sorprendió ver mi pueblo y el embalse de la Cuerda del Pozo desde la ventanilla del avión de Iberia. Y también la cordillera de los Pirineos, cubiertos de blanco. San Sebastián es una ciudad hermosa. Hacía bastante tiempo que no la visitaba. Ayer dediqué la mañana a visitar Loyola, el barrio de Azpeitia donde nació san Ignacio. Aunque ya había estado en este lugar en ocasiones anteriores, esta vez pude visitarlo con más calma. Recorrí con detenimiento la casa natal del santo acompañado por una audioguía que pude descargar en mi móvil. Visité también el santuario-basílica

Fue una hermosa preparación para la fiesta de hoy. San Francisco Javier fue uno de los primeros compañeros de Ignacio con los que fundó la Compañía de Jesús. Es difícil entender al uno sin el otro. De hecho, en la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús donde he celebrado esta mañana la Eucaristía, figuran los dos en el retablo, uno a cada lado de Jesús. A ambos les impresionaron las palabras del Maestro: “¿De qué aprovecha ganar el mundo entero si pierdes tu vida?”. Ambos dieron un giro radical a sus vidas. Dejaron un porvenir brillante y se hicieron “compañeros de Jesús”. En el caso de Francisco Javier, su ardor misionero lo llevó a la India, a Japón y hasta las costas de China.

Frente a la basílica de Loyola
Si algo he aprendido de estos dos santos es su audacia en tiempo de cambio como lo fue el convulso siglo XVI. Cuando hoy nos quejamos de que resulta difícil la evangelización en los albores del siglo XXI, tendríamos que recordar la historia de estos hombres intrépidos. Es verdad que su concepto de la salvación dista bastante del que tenemos hoy, pero eso no es óbice para dejarnos vencer por la apatía y la indiferencia. Dios bendice cada época de la historia con los santos que actúan como centinelas del futuro e indican el camino. ¿Quiénes son los santos de hoy? ¿Qué hombres y mujeres nos están diciendo por donde sopla el Espíritu de Dios? 

Cada año, cuando llega la fiesta de san Francisco Javier, recuerdo unas palabras de una de las cartas que escribió a san Ignacio desde Oriente: “Muchos, en estos lugares, no son cristianos, simplemente porque no hay quien los haga tales. Muchas veces me vienen ganas de recorrer las universidades de Europa, principalmente la de París, y de ponerme a gritar por doquiera, como quien ha perdido el juicio, para impulsar a los que poseen más ciencia que caridad, con estas palabras: «¡Ay, cuántas almas, por vuestra desidia, quedan excluidas del cielo y se precipitan en el infierno!»".

Imagen de San Francisco Javier en San Sebastián
Quizá hoy podríamos escribir algo parecido. Muchos en nuestra Europa secularizada no son cristianos, simplemente porque no hay nadie que les hable de Jesucristo y, sobre todo, que los acoja en comunidades vivas. Muchas veces sentimos ganas de decirnos unos a otros que ya está bien de pasividad y de rutina, de frustración y de desesperanza, que necesitamos ponernos las pilas e imaginar nuevas formas de llegar al corazón de las personas que buscan. Se que no es nada fácil. Lo experimento a cada paso como misionero. Pero sé también que hay muchas personas que abren su corazón a la verdad, la bondad y la belleza. El hecho de que nosotros no “controlemos” sus respuestas no significa que no estén en la onda de Dios. Jesús nos ha invitado a proclamar el Evangelio con audacia, no a imponerlo con violencia, y mucho menos a recortarlo a la medida de nuestra mediocridad. Para cada ser humano Dios tiene preparado un camino único e irrepetible.



viernes, 2 de diciembre de 2022

¿Votamos?


Anteayer participé en la ceremonia de entrega de los premios “Carisma” por parte de la Conferencia Española de Religiosos (CONFER). Tuvo lugar en el auditorio de la Fundación Pablo VI de Madrid. Uno de los premiados era el claretiano José Cristo Rey García Paredes, a quien me une una sólida amistad desde hace muchos años. Fue premiado en la categoría “Formación y Espiritualidad” por su larga trayectoria de servicio a la vida consagrada como teólogo, profesor, animador y escritor. Otro premio, en la categoría “Fe y Cultura”, se lo llevaron mis amigos de “Brotes de Olivo”. 50 años dedicados a la música religiosa merecen ser reconocidos. 


Aunque todos los premiados tenían méritos suficientes para ello, hubo un premio que me llamó la atención porque no conocía a su protagonista. El premio Carisma de Salud fue a manos del joven realizador
Santiago Requejo por el cortometraje “Votamos”. En poco más de diez minutos aborda con realismo el problema de las enfermedades mentales en nuestra sociedad.


La pandemia ha incrementado el número de personas con trastornos mentales
, sobre todo entre los adolescentes y jóvenes. Como sigue siendo un mundo bastante desconocido, suscita inquietud y en algunos casos temor. Aceptamos, por ejemplo, que en un bloque de vecinos se instale un ascensor si hay una persona con graves dificultades de movilidad, pero nos echamos atrás cuando nos dicen que uno de los pisos va a ser alquilado a una persona que padece una enfermedad mental. Se ve como una amenaza a la seguridad y al bienestar. Hay muchos puntos de vista que tenemos que mejorar.





jueves, 1 de diciembre de 2022

¿Solo uno de cada diez?


Hace poco más de una semana leí que, según el último barómetro del CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas de España), solo uno de cada diez jóvenes españoles entre 18 y 24 años se declara católico practicante en un país en el que la Iglesia, a pesar de sus muchas limitaciones, se esfuerza por ser una comunidad evangelizadora. El porcentaje es incluso más bajo (solo un 8,9%) entre quienes tienen 25 y 34 años. No sé si estas encuestas “oficiales” miden de manera fiable la realidad juvenil, pero no hace falta ser sociólogo para darse cuenta de que -como ya he escrito en varias ocasiones- estamos ante la primera generación incrédula, como advirtió hace años el teólogo italiano Armando Matteo. 

Yo no me quedo con los brazos cruzados. Me hago preguntas y busco respuestas. ¿Qué pasa con esos chicos que van por la calle con zapatillas deportivas blancas, una sudadera con capucha y el omnipresente móvil en la mano? ¿En qué piensan las chicas que visten casi igual y que se reúnen los fines de semana en grupos sin dejar de mirar cada una a su propio móvil mientras beben un calimocho en cualquier parque de nuestras ciudades porque no tienen dinero para ir a una discoteca o a un bar? No lo sé. Reconozco que no tengo muchas experiencias de diálogo tranquilo con jóvenes de esta franja de edad. No sé lo que piensan acerca de Dios, de Jesús o de la Iglesia. Quizás no tienen nada en contra. Se trata probablemente de realidades que no entran dentro de su radio de acción. La cuestión religiosa, a diferencia de la sexual o la laboral, no ocupa ningún lugar en las series juveniles ni tiene ninguna relevancia en el discurso público. Y ya se sabe que “de lo que no se habla, no existe”.


Me gusta lo que está haciendo el joven sacerdote Alberto Ravagnani en Italia. Por edad, sensibilidad y entusiasmo ha logrado conectar con los jóvenes de esta generación. No está con ellos como si fuera un animador social, un profesor o un militante político. Los escucha y acompaña como sacerdote. No se escandaliza de sus preguntas ni de sus prácticas. Les habla de Dios y de Jesús como quien está convencido de que no hay nada mejor que le pueda pasar a un ser humano que el encuentro con quien puede dar sentido pleno a la vida. No vive su ministerio de manera tímida o vergonzante, pero tampoco impone nada. Ha descubierto que lo esencial de la evangelización consiste en estar, escuchar, proponer y acompañar. Cree en la pastoral de las distancias cortas y asume los riesgos que comporta. 

Es muy probable que en España y otros países haya sacerdotes, religiosos (as) y laicos que hacen algo parecido, aunque no conozco de cerca muchas experiencias. Ellos tendrían que ayudarnos a comprender mejor qué está sucediendo con esta generación antes de que nos embalemos en juicios apresurados que no llevan a ninguna parte.


Sin ser un experto en pastoral juvenil, veo un secreto enlace entre la adicción al teléfono móvil (y todo lo que ella comporta) y la dificultad para escuchar la “música callada” que suena en el interior de todo ser humano. Además, tengo la impresión de que la pandemia ha golpeado a estos jóvenes con inusitada saña. Los ha aislado. Les ha robado la confianza en que la vida siempre se abre paso. Les ha oscurecido el presente y el futuro. Les ha hecho ver que su formación esmerada no les va a servir para hacerse ricos. Los ha sumido,  en definitiva, en una especie de resignación que solo encuentra paliativos efímeros en el consumo y el entretenimiento. ¿Qué Dios (si es que esta palabra tiene todavía algún significado para ellos) puede permitir que la humanidad esté viviendo un extravío semejante en el primer tercio del siglo XXI, el siglo más evolucionado de la historia? 

Es verdad que los avances tecnológicos son espectaculares, pero no producen por sí mismos la alegría de vivir que todavía se encuentra en civilizaciones menos colonizadas por la técnica y el consumo. ¿Tendremos que tocar fondo (como ha sucedido en otras épocas de la historia) para empezar a intuir que se puede vivir de otra manera? El problema no es que solo uno de cada diez jóvenes se declare católico practicante. El problema es que aceptemos la indiferencia y la resignación como enfermedades inevitables y hayamos renunciado a compartir la alegría del Evangelio. Quienes se arriesgan a hacerlo comprueban que hay más acogida de la que uno hubiera imaginado. Yo me apunto a la pastoral de las distancias cortas y del riesgo.



miércoles, 30 de noviembre de 2022

50 años brotando vida


He escrito
varias veces en este Rincón sobre mis amigos de Brotes de Olivo. Si hoy lo hago de nuevo es porque acaba de publicarse un vídeo conmemorativo de sus 50 años como grupo musical. Podríamos decir que Brotes de Olivo son a la música religiosa española lo que Mocedades fueron a la música ligera. En ambos casos se trata de grupos familiares (aunque Mocedades tuvo una trayectoria posterior muy accidentada) que comenzaron en los años 70. Sus componentes tienen una gran calidad vocal. Sus voces empastan bien. Cada grupo en su ámbito ha sabido llegar al corazón de muchas personas. En el caso de Brotes de Olivo, muchos seguidores confiesan que sus canciones, además de consolarlos o animarlos, les han ayudado a vivir con más profundidad su camino de fe. 

El vídeo conmemorativo fue presentado en la 48 edición del Festival de Cine Iberoamericano que se celebró en Huelva del 11 al 18 de noviembre. En el vídeo se ven los rostros infantiles, juveniles y adultos de los trece hermanos de la familia Morales Escala: Ali, Juan, Marisol, Judith, Emilio, Chito, Francisco, Taté, Pablo, Vicente, Amor, Dani y Miriam. Siete varones y seis mujeres. Los niños del primer disco se han convertido ya en adultos hechos y derechos. Algunos tienen hijos e incluso nietos que también cantan. La saga continúa. Y, por supuesto, no podían faltar los rostros de Vicente y de Rosi, los padres de esta familia numerosa. Emociona ver a Vicente con sus cabellos plateados aplaudir tímidamente durante el concierto que sus hijos dieron el 13 de diciembre de 2021 en el Gran Teatro de Huelva.


Conozco a este grupo musical desde hace casi 40 años. Algunos de sus miembros son amigos míos. Hemos compartido muchas horas de conversación. Soy testigo de lo difícil que resulta compaginar la vida laboral y familiar con la vocación artística. Los componentes de Brotes de Olivo no han vivido de la música. Han recorrido España durante décadas practicando el Evangelio de la gratuidad. Algunas personas no han sabido valorar esta arriesgada apuesta. Quizás incluso se han aprovechado de ella. Alcanzadas las bodas de oro, el grupo ha dejado de existir como tal, pero varios de sus miembros y descendientes siguen carreras en solitario. Viendo el vídeo de algo menos de una hora de duración, caigo en la cuenta de que las canciones de Brotes de Olivo han sido la banda sonora de varias generaciones de cristianos, tanto en España como en América. 

No sé qué hubiera sido de ellos si hubieran caído en las manos (¿o en las garras?) de una potente productora internacional. Quizás hoy serían un grupo de fama mundial. O tal vez habrían desaparecido víctimas de la codicia propia y de la explotación ajena. En el vídeo conmemorativo se cuenta lo que de hecho fue, no lo que pudo ser. Medio siglo es una trayectoria lo suficientemente dilatada como para comprobar que este grupo familiar no ha sido un intento fallido. Los pequeños “brotes de olivo” han producido un aceite generoso que unge la cabeza, el corazón y las manos de muchas personas.


El breve salmo 128 (127) dice así: “Dichoso el que teme al Señor | y sigue sus caminos. Comerás del fruto de tu trabajo, | serás dichoso, te irá bien; tu mujer, como parra fecunda, | en medio de tu casa; | tus hijos, como renuevos de olivo, | alrededor de tu mesa: Esta es la bendición del hombre | que teme al Señor. Que el Señor te bendiga desde Sión, | que veas la prosperidad de Jerusalén | todos los días de tu vida; que veas a los hijos de tus hijos. | ¡Paz a Israel!”. Los trece hijos de la familia Morales-Escala han sido esos “renuevos de olivo alrededor de la mesa”, una verdadera bendición para la iglesia particular de su diócesis onubense y para la Iglesia universal. En el vídeo aparecen imágenes de la vieja casa familiar de Huelva en la que he estado alguna vez, muchas fotografías que revelan el paso del tiempo, trozos de canciones históricas, fragmentos del concierto final y testimonios actuales de sus protagonistas. 

Ali, la mayor, cuenta cómo ella fue la “culpable” de que todo empezara gracias a su atrevimiento de cantar “Soy yo, Señor” con solo cinco años en la iglesia de Cristo Sacerdote de Huelva. Después -como confiesa Chito, uno de los “suplentes”- se convirtieron en “parte de un equipo que se conocían muy bien”. Judith cree que en ellos se produjo el fenómeno del flautista de Hamelin: todos los hijos siguieron la estela de los padres Vicente y Rosa. Y añade: “Nada ocurre por azar, todo es providencia. Todo está hilvanado”. La coherencia fue la estrella polar; el evangelio, la alegría que proclamar. Juan, amigo del alma, hace una síntesis perfecta: “Hablar de Brotes de Olivo es hablar de gratuidad… Nosotros nos hemos basado en la Palabra que dice: ‘Si lo habéis recibido gratis, dadlo gratis’… Quizá esto es lo que ha quedado en la memoria de mucha gente que ha conocido a Brotes de Olivo”.


Esto es solo un aperitivo. Os invito a ver el vídeo completo y a disfrutar con una historia que, en medio de contradicciones y fragilidades, muestra que Dios sigue “cantando” en nuestro mundo secularizado. Gracias, amigos, por tanto.




martes, 29 de noviembre de 2022

Contra ira, templanza


No sé si todavía se puede llegar más lejos en la escalada de violencia verbal que se percibe en los parlamentos, en las redes sociales (sobre todo, en Twitter), en los platós de televisión y, en algunos casos, en la vida social. Viendo las imágenes de políticos y periodistas que se insultan sin miramientos y leyendo algunos tuits injuriosos, me pregunto cómo hemos llegado a este clima de tensión social y qué tiene que suceder para que pasemos de las palabras a las manos. Pocos personajes públicos (sobre todo, políticos) se libran de esta enfermedad. Es como si la ira (real o impostada) hubiera devorado las más elementales normas de la cortesía y de la convivencia civilizada. 

¿Por qué hemos llegado hasta aquí? Hay varias explicaciones, pero ninguna de ellas acaba de convencerme del todo. Algunos dicen que el hecho de que no haya mayorías parlamentarias claras, sino que vivamos una suerte de “aritmética variable”, hace que haya que arañar votos y apoyos usando todo tipo de estrategias, incluida la descalificación del contrario. Otros insisten -al menos, por lo que se refiere al parlamento español- en que la presencia significativa de una izquierda de matriz comunista ha introducido la dialéctica de la “lucha de clases”, del enfrentamiento, algo que está en su ADN. El resto de los partidos del arco parlamentario no se quedan atrás. Pretenden combatir la agresividad con más agresividad. El resultado es que las normales diferencias se han convertido en agravios y las polaridades en extremos irreconciliables. Pero quizá la raíz más profunda haya que buscarla en la dificultad de buscar juntos una verdad objetiva que nos permita iluminar y guiar nuestra convivencia


En este caldo de cultivo crecen todo tipo de bichos indeseados. En vez de aunar competencias y recursos para hacer frente a los problemas comunes, se exacerban las diferencias, reales o imaginadas. En vez de convencer a los demás con argumentos bien trabados, se busca vencer con diatribas insultantes. En vez de responder a la agresividad de los adversarios con templanza, se desatan las mil formas de la ira. Si quienes litigan de esta manera escandalosa fueran los profesores de un colegio, los médicos de un hospital, los empleados de una tienda, los obreros de un taller o los miembros del consejo de administración de una empresa, enseguida saltarían las alarmas. Los responsables tomarían medidas correctivas y se impondría pronto el sentido común. 

En el Congreso de los Diputados parece que esto no rige, a pesar de que existe un reglamento que marca claramente los límites y una presidencia que debe moderar los debates. No es que yo espere que el parlamento sea un modelo de moralidad y de buenas maneras (hace tiempo que desistí), pero, por lo menos, me gustaría que hubiera más parlamentarios (del signo que sea) con la sagacidad suficiente para no caer despeñados por la pendiente del exceso verbal y hasta del rencor. En otras palabras, me gustaría mucho que el vicio de la ira fuera combatido con la virtud de la templanza, lo cual exige una integridad moral y una altura de miras que no suelen abundar entre nosotros.


La templanza es una virtud que se caracteriza por la moderación, la sobriedad y la continencia. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, la templanza “es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad” (n. 1809). Esta palabra (y la virtud que nombra) no goza hoy de mucho predicamento. Al contrario, lo que a menudo se busca (sobre todo, en el mundo empresarial) es un tipo de persona con un perfil “aggressive”, término inglés que admite varias traducciones. A menudo, aplicado a una persona, significa que esta se esfuerza con determinación para tener éxito en algo, pero su significado primero tiene que ver con la violencia. 

Cuando decimos que una persona es “aggressive” (agresiva) queremos decir que se comporta de forma amenazante y que, por tanto, constituye un peligro para los demás. La única manera de vencer las actitudes “agresivas” y el clima que producen no es añadiendo más dosis de agresividad, sino interponiendo la actitud de la templanza. Antiguamente se hablaba de mansedumbre. Hoy se prefiere hablar de actitudes no violentas. Echo de menos políticos con esta capacidad de descontaminar la vida social a base de actitudes y palabras templadas, de reacciones proporcionadas y, en definitiva, de señorío sobre las situaciones violentas, sean estas descaradas o sutiles.