Roma

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martes, 18 de septiembre de 2018

Sobrios se vive mejor

Tras la grave crisis financiera, económica y social que asoló el mundo a partir de 2008, hace ahora 10 años, se impuso en muchos países una política de drásticos recortes y ajustes. Había defensores y detractores de la famosa austerity. Es curioso que una palabra proveniente del campo ascético –bastante arrinconada, por cierto– emergiera con fuerza en el campo político y social. Se decía que la única manera de salir de la crisis era practicar una suerte de austeridad colectiva. Fue un espejismo. Se trataba, en realidad, de una política de recortes que castigaba a las clases trabajadoras y engordaba a las pudientes, como se ha demostrado diez años después. Tras estos años de crisis, los grandes ricos son más ricos que antes y las clases medias se han visto empobrecidas. Es posible que con esas medidas se hayan corregido algunos desequilibrios macroeconómicos, pero no se ha avanzado en cohesión social. 

El diccionario de la RAE nos dice que austeridad significa “mortificación de los sentidos y pasiones”. Creo que a esta escueta definición habría que añadirle algunos matices, pero, en general, la austeridad se relaciona con el rigor y la escasez. Hay otra palabra que parece sinónima, pero que nos orienta en una dirección más positiva; es la palabra sobriedad. El diccionario la define como “templanza, moderación”. El adjetivo sobrio se refiere a aquella realidad “que carece de adornos superfluos”. Aplicado a una persona, puede significar también “que no está borracha”. ¿Por dónde se orienta el estilo de vida cristiano? Hay personas que, por vocación especial, se sienten llamadas a una vida de austeridad extrema. Son respetables, pero no representan el ideal común. El Evangelio nos invita, más bien, a la sobriedad; es decir, a un estilo de vida templado, moderado, que huya de los excesos, favorezca la igualdad de los seres humanos y la sostenibilidad del planeta. 

La sobriedad está relacionada con la felicidad. La persona sobria sabe disfrutar de los bienes de esta vida, pero huye de la codicia y la acumulación porque ambas son la puerta de entrada de la tristeza, la injusticia y la frustración. Las personas felices son sobrias en el disfrute de los bienes y solidarias en la disposición para compartirlos. Por desgracia, la sociedad consumista nos vende otro ideal y nos empuja compulsivamente a abrazarlo. De manera sutil o descarada, inocula en nosotros un silogismo que comienza seduciéndonos y acaba esclavizándonos. Primera premisa: La felicidad consiste en acumular el mayor número posible de bienes. Segunda premisa: Los bienes se consiguen trabajando mucho. Conclusión: Si quieres ser feliz, tienes que trabajar mucho para poder consumir más. No hace falta ser muy lúcido para observar que se parte de una premisa totalmente falsa. La felicidad no está relacionada con la acumulación de bienes de consumo sino con la íntima satisfacción de encontrar un significado a la propia vida y la posibilidad de entregarse a él. El viejo Jose Mujica, expresidente de Uruguay, lo explica con su tradicional sencillez y socarronería. Puede estar equivocado, pero unos cuantos años de cárcel enseñan mucho acerca del misterio humano.


lunes, 17 de septiembre de 2018

Todos somos subcampeones

El sábado concluí el taller de trabajo con los dos equipos: el CESC (Vic, Barcelona) y La Fragua (Los Negrales, Madrid). Por la tarde fuimos al cine. Vimos juntos Campeones, una película estrenada en abril que hasta ahora no había tenido oportunidad de ver. Ha sido elegida para representar a España en los Oscar de 2019. En la sesión de las 4,15 de la tarde había poca gente en la sala de cine. A esa hora del sábado muchos apuran la sobremesa o duermen la siesta. La imagen, el sonido, las butacas y la climatización eran excelentes. Me pasé más de dos horas riendo como no lo había hecho desde hacía semanas. Y, en algún momento, me sorprendí con una lágrima rodando por la mejilla derecha. La película sorprende, emociona, divierte y conmueve. La interpretación de Javier Gutiérrez como entrenador de un equipo de baloncesto formado por personas con discapacidad intelectual es creíble, potente y brillante. La película cuenta una historia que podría ser real, pero es, sobre todo, una parábola. Cada espectador ve lo que quiere ver. O quizá lo que necesita ver.

Aparte del disfrute estético y de la sacudida emocional, yo me quedo con dos lecciones: autenticidad y humildad. Las personas normales nos entrenamos cada día en el arte de la hipocresía. A menudo, la educación consiste en enseñarnos a ocultar lo que somos y queremos, a mostrar una cara que no se corresponde con nuestro interior. El personaje social acaba comiéndose a la persona que realmente somos. Pagamos un alto precio. Vivimos como si fuera otra persona la que vive dentro de nosotros. Los miembros discapacitados del equipo de baloncesto no tienen nada que esconder. Desnudan al espectador con su manera directa de hablar y comportarse. Lo confrontan con la verdad de sí mismo. Lo obligan a no andarse con tapujos y miramientos. Marco, el entrenador interpretado magistralmente por Javier Gutiérrez, vive un momento personal difícil. Lo han despedido del trabajo y ha roto con su novia. Acepta a regañadientes entrenar al equipo como una prestación social para librarse de la cárcel por conducir ebrio, provocar un accidente y no respetar a la autoridad. Poco a poco, cree que puede hacer algo “por esos chicos”. Se siente importante. Al final, son ellos los que lo sacan de su solipsismo y mal humor y le devuelven la humanidad perdida. Cuando, acabado su servicio, el entrenador se despide, Rubén, uno de los chicos, le dice una frase parecida a esta: “Nos ha faltado un poco de tiempo para cambiarte del todo”. ¿Cómo podemos ser felices cuando nos pasamos todo el día tratando de ser lo que no somos, maquillando emociones, escondiendo sentimientos, huyendo hacia adealnte e intentando ser educados para que nadie tenga nada que reprocharnos?

Con ayuda de su paciente y convertido entrenador, el equipo de discapacitados llega a la final de la liga de baloncesto. Mediante un chantaje urdido por Marco y su novia al dueño del restaurante que explota a uno de los chicos, consiguen el dinero suficiente para viajar a Tenerife, donde se juega la ansiada final. El pabellón estalla con los gritos y cantos de los hinchas locales. Tras los titubeos iniciales, Los Amigos (que así se llama el equipo de los discapacitados) acarician la victoria, pero en los últimos segundos un triple de Los Enanos (el equipo contrincante canario) se la arrebata. Los Campeones son, en realidad, subcampeones. Marco, el entrenador reacciona con rabia. Soñaba con la victoria. El segundo puesto le parece una frustración. Los jugadores, por el contrario, se abrazan a los vencedores y celebran la medalla de plata como si hubieran conquistado el Everest. No es necesario triunfar para tener éxito. Ellos han perdido la final por uno o dos puntos, pero han logrado mucho más de lo que esperaban: formar un equipo compacto, desarrollar sus cualidades cenestésicas, disfrutar del juego y de los viajes y, por si fuera poco, humanizar a su entrenador y ayudarle a reconciliarse con su novia y su madre. Marco, el entrenador, quería cambiarlos a ellos, hacerlos un poco más normales. Él era el técnico; los chicos eran unos aprendices sin cualidades ni destrezas. Los discapacitados del equipo no querían cambiar a nadie. Solo pretendían disfrutar siendo ellos mismos. Al final, su autenticidad y su humildad producen una cascada de transformaciones en el resto de los personajes y quizá también en algunos espectadores.

Coque Malla se encarga de poner fondo musical a este emocionante proceso con su canción Este es el momento. Los espectadores salimos tarareándola, comentando algunas de las frases más ingeniosas del guion y preguntándonos en qué consiste ser un tipo normal en una sociedad de hipócritas y engreídos como la que vivimos. Quizá comprendimos mejor que los verdaderos campeones somos siempre subcampeones. No hace falta triunfar para tener éxito y ser feliz. Caía suavemente la tarde. Las nubes nos protegían del sol poniente.








domingo, 16 de septiembre de 2018

También yo pienso como los hombres

Es duro escuchar a Jesús regañando a Pedro con extrema dureza: “¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Son palabras que aparecen en el Evangelio de este XXIV Domingo del Tiempo Ordinario. Cuando uno lo lee y medita, tiende a fijarse en las dos preguntas que hace Jesús (“¿Quién dice la gente que soy yo?”, “Y vosotros, ¿quién decís que soy?”) y en las respuestas de los discípulos a la primera (“Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas”) y de Pedro a la segunda (“Tú eres el Mesías”). Corren ríos de tinta tratando de esclarecer el trasfondo y el significado de estas palabras. Tanto las preguntas como las respuestas tienen mucha enjundia. Nos afectan de plano. Lo que digamos de Jesús influye en lo que decimos de nosotros mismos. Si afirmamos que Jesús es un hombre sabio, nosotros nos convertimos en alumnos. Si lo vemos como un sanador, nos acercamos a él como enfermos. Si lo confesamos como Mesías, nos transformamos en discípulos. Hay un juego entre las dos identidades

Pero lo que hoy me descoloca es la reacción de Pedro después de que Jesús les explicara que su mesianismo no coincidía con lo que los discípulos imaginaban, sino que “el Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días”. Pedro, en un alarde de sensatez demasiado humana, “se lo llevó aparte y se puso a increparlo”. ¿Qué discípulo se atreve a increpar a su maestro, aunque sea en privado? La reacción de Jesús es de tal dureza que parece totalmente desproporcionada: “¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Jesús llama Satanás (es decir, el que desvía a otro del camino recto) a quien más tarde le confiará la guía de la comunidad de sus discípulos. No parece justo. Pedro debió de sentirse humillado y confundido. Después de haber acompañado un tiempo al Maestro, cae en la cuenta de que no ha comprendido nada acerca de su verdadera identidad y del significado de su misión. 

A uno le entran ganas de echarle una mano a Pedro y seguir litigando con el Maestro. El desahogo podría fluir así: “Seamos sensatos, Jesús. ¿Quién se va a arriesgar a seguirte si nos dices que vas a ser ejecutado? ¿Quién se va entusiasmar con un estilo de vida que consiste en negarnos a nosotros mismos, cargar con nuestra cruz e ir detrás de ti? ¿Nos has tomado por estúpidos o por locos? Está bien que tú no encajes con lo que nosotros esperamos o imaginamos, pero de ahí a presentarte como un perdedor va un abismo. Hoy admiramos a la gente que triunfa. No pongas a prueba nuestra capacidad de aguante pidiéndonos que renunciemos a nuestras aspiraciones y carguemos con la cruz. No te quejes si mucha gente pierde el interés por ti. Tus palabras suenan tan alejadas de nuestros intereses y puntos de vista que cuesta mucho darles crédito. ¿No podrías actualizarte un poco y presentar una versión light, asequible, de tu mensaje? Tal vez tendrías más seguidores si no te empeñaras tanto en lo de “perder la vida por ti y por el Evangelio”. Tenemos demasiados problemas en nuestra vida cotidiana como para añadir el peso de una cruz que nos resulta demasiado pesada”. 

Somos hombres. Pensamos como los hombres. Estamos genética y culturalmente preparados para la cordura, no para la locura que Jesús ofrece. ¿Por qué se nos somete a una tensión superior a nuestras fuerzas? Jesús escucha nuestro desahogo. Confía en que, tarde o temprano, empecemos a entender su secreto. No está dicho que todos lo consigamos. Mientras tanto, quizás es mejor no hablar demasiado de esto.


sábado, 15 de septiembre de 2018

Ellas siempre están cerca

Ayer celebramos la fiesta de la Exaltación de la Cruz. Hoy la liturgia nos propone la memoria de Nuestra Señora de los Dolores. Los dos, el hijo y la madre, son contemplados como sufrientes. Ayer veíamos a un hombre crucificado. Hoy nos fijamos en una mujer que está junto a la cruz. El versículo 25 del capítulo 19 del Evangelio de Juan corre así en la versión de la Vulgata: “Stabant autem iuxta crucem Iesu mater eius et soror matris eius Maria Cleopae et Maria Magdalene”. La versión litúrgica española traduce así el texto griego original: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena”. La madre de Jesús no está sola. La acompañan dos mujeres más. Frente a la desbandada general de los discípulos varones, hay un trío femenino que permanece junto a la cruz. La tradición poética y musical del Stabat mater ha puesto en singular una frase que en el original bíblico figura en plural. El Evangelio de Juan no dice que la madre de Jesús estaba junto a la cruz, sino que “junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena”. Hay, pues, tres Marías que no se apartan del cadalso de Jesús. Su madre no está sola, sino acompañada. 

¿Por qué las mujeres, ayer como hoy, suelen ser más fuertes ante el dolor que los hombres? ¿Por qué no huyen de la cruz sino que permanecen de pie junto a ella? La memoria litúrgica de la Virgen de los Dolores no es un canto a una mujer fuerte, pero solitaria, sino, más bien, a una mujer fuerte y... solidaria. María de Nazaret comparte su dolor con María de Cleofás y con María de Magdala. Las tres stabant (permanecían de pie) iuxta crucem Iesu (junto a la cruz de Jesús). Las mujeres, ayer como hoy, nos enseñan a no huir del sufrimiento. Ellas saben permanecer de pie, con dignidad. Recuerdo muchas historias en las cuales he visto a las mujeres afrontar situaciones que los hombres rehuían. Es como si la fuerza de la vida, tan ligada al don de la maternidad, las sostuviera en pie cuando todos se derrumban. Pero no basta con permanecer. Hay que estar iuxta crucem, cerca de la cruz. Las tres Marías ejercen una suerte de pastoral de la proximidad. No tienen miedo de tocar el instrumento de tortura. Del mismo modo que Jesús estuvo cerca de los enfermos y moribundos y los tocó, las tres Marías se acercan y tocan la cruz del hijo, pariente y maestro. 

Permanecer de pie y estar cerca son dos actitudes que no pasan de moda. Frente a la tentación constante de la huida, la Virgen de los Dolores y sus dos compañeras de sufrimiento nos ayudan a hacernos presentes y a quedarnos: “Dolorosa de pie junto a la cruz, / tú conoces nuestras penas, / penas de un pueblo que sufre / tú conoces nuestras penas, / penas de un pueblo que sufre”. Y frente a la exquisita lejanía de quien quiere asistir al sufrimiento de las personas como espectador, sin mancharse las manos, las tres Marías nos alientan a estar cerca, a tocar el rostro de los sufrientes. A menudo, es todo lo que podemos hacer ante el drama de muchos hombres y mujeres. No siempre tenemos la solución en nuestras manos. Pero siempre podemos estar cerca, mantenernos de pie, no huir, expresar con nuestro amor la cercanía de Dios en los momentos de la prueba: “El llanto de aquellos / que suman fracasos, / la cruz del soldado / que mata el amor, / pobreza de muchos / sin libro en las manos, / derechos del hombre / truncados en flor".

Virgen de los Dolores, ayúdanos a no huir sino a permanecer de pie; ayúdanos a no ver el sufrimiento desde lejos sino a estar cerca de la cruz de quienes prolongan en nuestro mundo el sufrimiento de tu Hijo.


viernes, 14 de septiembre de 2018

No me olvido de tu cruz

Resulta extraña la celebración de una fiesta llamada Exaltación de la Santa Cruz. No encaja con lo que hoy nos parece plausible. Hoy exaltamos los logros de los científicos, los triunfos de los deportistas, los éxitos de los artistas y, en general, todo aquello que nos parece digno de admiración. Pero, ¿quién admira la cruz? En la vida ordinaria, la cruz se esquiva, se esconde o se disfraza; a lo más, se sufre y se soporta. ¿A quién, en su sano juicio, se le ocurre exaltarla? Sí, la de hoy es una extraña fiesta. Pablo, en su carta a los gálatas, escribe: “Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme, si no es de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6,14). Pablo invierte los términos. Él no presume de nada de lo que solemos considerar valioso en este mundo; sin embargo, se gloría de la cruz de Jesús. El instrumento romano de tortura se ha convertido en un símbolo que descoloca a quienes lo contemplan. Donde todos ven odio y muerte, los seguidores de Jesús ven amor y vida.

Los seres humanos arrastramos pesadas cruces. No podemos esconder la cara sufriente de la vida. Quien lo hace, está dejando fuera la existencia de millones de personas. ¿Cómo esconder la cruz de los ancianos que viven y mueren solos, sin que nadie se preocupe lo más mínimo de hacerse cargo de sus últimos años de vida? ¿Cómo ignorar la dura existencia de quienes batallan por el sustento diario, de los niños que viven en la calle porque sus padres los han abandonado, de los enfermos que no ven remedio a sus males, de las personas sin trabajo, de los jóvenes que no consiguen salir de la ciénaga de la droga y la delincuencia? ¿Cómo hacer oídos sordos a la realidad de las personas deprimidas que no ven ningún futuro, de los inmigrantes que nadie quiere, de los que se sienten heridos y no perdonan, de quienes han sido abusados, explotados o maltratados? Las cruces de los seres humanos están clavadas en el extenso valle de lágrimas de nuestro mundo. Quienes dicen que hay que ser optimistas, que la vida es hermosa, cerrando los ojos a esta realidad, me parecen no solo estúpidos sino crueles. No hay felicidad posible que ignore o pase por encima del sufrimiento de las personas. No hay lugar más universal que la cruz. En ella nos encontramos ateos y creyentes, instruidos y analfabetos, ricos y pobres, conservadores y progresistas... No hay ser humano que no se sienta hermano de otro ser humano bajo el peso de la misma cruz. El ecumenismo del sufrimiento es el más fraterno de todos.

Si algo diferencia al cristianismo de otras religiones y estilos de vida (antiguos y modernos) es que no esconde el sufrimiento como si fuera algo nefando. Lo muestra y hasta lo exhibe. Más aún, lo besa. Los cristianos nos movemos entre dos besos de adoración: el beso al Niño que nace en Belén (como reconocimiento de la Encarnación) y el beso a la Cruz (como reconocimiento de la Redención). El cristianismo no tiene miedo de reconocer que existe una cara B en la vida porque su Señor Jesús la ha visitado; más aún, ha sido su víctima. Jesús, que durante su vida mortal luchó contra el sufrimiento causado por la enfermedad y la injusticia, aceptó ser víctima de una condena que no merecía. Agarró la muerte de cara porque era la única forma de vencerla. Por eso, hoy contemplamos la cruz como el símbolo de todos los sufrimientos humanos (desde el campo de Auswitchz hasta la bomba atómica de Hiroshima o los campos de refugiados en Sudán del Sur), pero, sobre todo, como el trono en el que el Cristo muerto derrota a la muerte, perfora su señorío y nos introduce en la experiencia de una vida plena. Exhibir la cruz significa mostrar que la esperanza en Dios es más fuerte que cualquier experiencia de sufrimiento y muerte. La cruz que preside nuestras iglesias, pende de nuestros cuellos y está apostada en los cruces de los caminos es el gran símbolo humano de un amor redentor. Donde hay cruz, hay siempre vida. Solo los sufrientes unidos a Cristo saben qué significa esta tremenda paradoja. Los demás callamos, respetamos, aprendemos y esperamos.

jueves, 13 de septiembre de 2018

Del máster, líbranos, Señor

Hasta ahora, siempre había creído que las actividades de alto riesgo eran el puenting, el rafting, el skating, el motociclismo y, puestos a buscar cosas difíciles, las acrobacias circenses. Pero acabo de enterarme de que hacer un máster (o una maestría, como se dice en Latinoamérica), es decir un curso de posgrado, es también una actividad de alto –qué digo alto, altísimo– riesgo. Te puede costar la dimisión de un cargo público y un bochornoso linchamiento mediático. Por si me quedaba alguna duda al respecto, después de los últimos acontecimientos, he decidido que no voy a hace un máster en mi vida. Corro el riesgo de que alguien averigüe que no he ido a clase y que en el trabajo final he plagiado textos de Descartes, Platón, Karl Rahner, Corín Tellado, Dan Brown y Belén Esteban. Y, lo que es mucho peor, es probable que el director se dé cuenta de que cuatro o cinco páginas han sido copiadas directamente de Wikipedia, incluyendo los hipervínculos. ¡Lástima, porque hubiera quedado bien en mi currículo haber añadido dos o tres títulos como estos: Máster en reproducción asistida de la hormiga africana en condiciones de cautividad, Máster en acompañamiento psicoterapéutico de los políticos estúpidos o Máster en criteriología postliminal contra los efectos del marketing agresivo!

En fin, hemos llegado a tal grado de estupidez que, tarde o temprano, tenían que desinflarse estos globos que en los últimos años se han hinchado artificialmente. Todavía resuena en mis oídos la frase de una madre orgullosa de que su hijo, después de haber acabado la carrera, hubiera hecho dos máster (¿o másters?) que lo catapultaban... a la cola del desempleo. Con un poco de retintín, subrayaba: “No uno, sino dos”. Si yo fuera jefe de personal de una empresa o de un organismo público y alguien me viniera exhibiendo media docena de máster en su currículo, enseguida lo despacharía con cajas destempladas. La expedición de un máster low cost ha sido en los últimos años una forma de hacer caja para algunas universidades de poca monta y un modo de contraer el virus de la titulitis para estudiantes que no creen en su valía personal y necesitan aderezarla con cuantos diplomas puedan conseguir en la feria de vanidades. Otro ejemplo de la mercantilización en que ha caído la formación académica y profesional y del narcisismo de algunas generaciones.

Las grandes personalidades suelen tener pocos máster. O quizás ninguno. Quien domina su disciplina no necesita acumular papeles ni títulos. Basta que muestre sus habilidades y las ponga a trabajar. He conocido estudiantes que exhibían su certificado C-1 en inglés y apenas podían sostener una conversación elemental en la lengua de Shakespeare. No importa. Se sentían ufanos de poseer el título, aunque carecieran de las destrezas que el título acreditaba. Gracias a Dios, no me ha tocado vivir en esta época de titutilitis compulsiva. En general, las personas más inteligentes, capaces y creativas que he ido conociendo en la vida eran –extraña paradoja– las que menos títulos tenían. Su verdadera universidad había sido la vida misma, leída e interpretada con hondura y, sobre todo, abrazada con un compromiso a prueba de bomba. A la vista de los desaguisados, exageraciones y postureos que estamos viviendo, mi oración de hoy es clara: “Del máster, líbranos, Señor”.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Los "otros" pecados contra la castidad

En esta semana ando muy escaso de tiempo. El taller que dirijo me absorbe demasiado. Podría escribir algo sobre la marcha independentista que ayer llenó la Diagonal de Barcelona, aunque hace casi un año que no toco este controvertido tema. O sobre la contundente victoria (6-0) de la selección española de fútbol contra Croacia; e incluso sobre la dimisión de la ministra española de Sanidad por las irregularidades de su máster, pero se trata de asuntos que requieren un mínimo de reflexión. Esto no es posible sin un tiempo sosegado, así que he decidido compartir con los amigos del Rincón un artículo que escribí hace algunos años, pero que cobra actualidad ante la ola de escándalos relacionados con el incumplimiento del voto de castidad por parte de algunas personas consagradas. Se trata de pecados graves y en algunos casos de verdaderos crímenes, pero esto no tiene que hacernos olvidar que existen también... 


LOS “OTROS” PECADOS CONTRA LA CASTIDAD 


A muchas personas les resulta difícil admitir que haya unos cuantos miles de hombres y de mujeres que, en virtud de una experiencia religiosa particular, renuncien a ejercer su sexualidad como se supone que deben ejercerla todas las personas “normales”. Sospechan que hay un abismo entre la vida pública, ajustada a la imagen de personas continentes, y la vida privada, que puede discurrir por otros cauces más anchos. Incluso están dispuestas a tolerar esta incoherencia con tal de que se mantenga dentro de ciertos límites y no salpique en forma de abuso o escándalo. Una incoherencia aceptada socialmente neutraliza eficazmente cualquier “veleidad profética”. 

Cuesta entender el significado del carisma de la castidad. No hay que poner las cosas más difíciles de lo que son, pero tampoco hay que obsesionarse por explicarlo todo y por disfrutar de plausibilidad social. Recuerdo a este respecto una simpática anécdota vivida cuando era estudiante de teología. Durante un verano participé con otros compañeros en los trabajos de reparación del tejado de nuestra casa. A quince metros del suelo, en traje de faena, uno de los albañiles jóvenes nos preguntó con picardía: “Pero vosotros, ¿nada de nada?”. Un compañero respondió sin dudar: “Nada”. Difícilmente se puede insinuar más con menos palabras. El campo de la sexualidad se presta como pocos a las piruetas lingüísticas. El primer “nada” aludía a la intensidad (mucho, algo, nada). El segundo se refería a la especie (esto, aquello, nada). A nuestro compañero albañil le resultaba imposible entender dos “nadas” en los sumandos y una “nada” superlativa en el resultado. El diálogo acabó en un intercambio de risas porque un tejado no daba para más argumentos. Pero la cuestión estaba servida. 

¿Qué significa pecar contra la castidad? ¿En qué estamos pensando cuando hablamos de los pecados contra este voto? Antiguos libros sobre vida religiosa ofrecían respuestas en las que se precisaba claramente entre pecados mortales y veniales, pecados contra el voto y pecados contra la virtud, etc. En esas respuestas se abordaban los pecados en los que espontáneamente pensamos cuando nos referimos a este voto y que coinciden, naturalmente, con los aireados por la literatura, el cine y los medios de comunicación social. La lista es grande, pero relativamente cerrada. Va desde la masturbación hasta las relaciones sexuales de diverso género pasando por la pornografía, los malos pensamientos y deseos y otra porción de actitudes y conductas. ¿No tenemos bastante con esta lista como para imaginar que, además de estos pecados, pueden existir “otros”? ¿No hemos sufrido suficientes torturas de conciencia en este campo como para andar ahora multiplicando las especies? 

No me resulta cómodo expresarme en los términos propuestos en el título de este artículo, pero, aceptado el desafío, podemos vencer la tiranía de las palabras y, aunque sea desde la vertiente negativa (el título utiliza el término “pecado”), asomarnos a las inmensas posibilidades que se nos regalan con el carisma de la castidad y que tal vez frustramos por no prestar la debida atención a esos “otros” pecados que parecen de segunda fila en comparación con los “grandes” y que, sin embargo, revelan un gran reduccionismo en la vivencia de la castidad consagrada. Basta exponer un manojo de siete para espolear la reflexión. 

El pecado de restringir el propio mundo 

Jesús fue célibe. Pero no fue una persona cerrada. Al contrario, su radical pertenencia al Padre le permitió una continua ampliación del horizonte vital. Fue capaz de establecer relaciones con todos los sectores de la sociedad, desde los más marginados (leprosos, publicanos, prostitutas) hasta los más influyentes (sacerdotes, escribas, oficiales romanos, ricos). Tuvo amigos y amigas. Estuvo cerca de los niños y de los ancianos. Habló con judíos y con gentiles. Pisó la tierra de Israel y traspasó, siquiera tímidamente, sus fronteras. Su experiencia del Dios “siempre mayor” lo condujo a vivir en un mundo “siempre mayor”. La cristología actual no tiene reparos en hablar de la evolución de la conciencia de Jesús, de su continuo proceso de aprendizaje. 

Un célibe que quiere vivir como Jesús no puede anclarse en la restricción neurótica de su campo vital. Si así fuera, estaría manifestando que su centro es demasiado débil como para sostener su vida. En otras palabras: estaría manifestando que su centro no es Dios sino unos cuantos anclajes idolátricos. ¿Cómo se puede convertir la castidad en “icono del Tú divino” cuando no genera conductas expansivas sino defensivas, cuando no moviliza nuestros recursos personales sino que nos somete a un proceso de “encogimiento”? 

En la vida de las personas consagradas se dan a veces síntomas de restricción del propio mundo. La renuencia a cultivar la formación permanente, la repetición de esquemas comunitarios, la dificultad para revisar posiciones apostólicas y estructuras organizativas, el apego al propio destino, los obstáculos a una misión compartida con los laicos, son actitudes que, aunque no lo parezca a primera vista, tienen que ver con la castidad. Y, sin embargo, es más común confesarse de conductas sexuales que de las que manifiestan cerrazón y repliegue. Pero, ¿no es la castidad un carisma del Espíritu para vivir en la onda de Jesús? ¿No implica, por lo tanto, una actitud expansiva que busca salir de los intereses del propio yo para estar disponibles a las necesidades de los demás? 

Esta disponibilidad reviste hoy formas muy variadas. Tiene mucho que ver con la actitud de búsqueda intelectual, con la pasión por encontrar nuevas respuestas a los muchos problemas que hoy tiene planteados la humanidad y que producen sufrimiento a las personas. Tiene que ver también con la sensibilidad ante las formas de convivencia social que se derivan de la creciente multiculturalidad. No teme reflexionar con más hondura sobre la identidad masculina y femenina, sobre los nuevos roles del hombre y de la mujer, sobre las diversas configuraciones familiares. 

La razón es siempre la misma: quien vive intensamente la experiencia de Dios como centro de su vida está preparado para adentrarse en territorios de alto riesgo en los que fácilmente olvidamos a quién pertenecemos. El carisma de la castidad es, en este sentido, un carisma de vanguardia. El pecado consiste, pues, en vivirlo en protegida retaguardia. 

El pecado de los “aliviaderos” 

La pulsión sexual se puede satisfacer, sublimar o reprimir, pero no se puede eliminar. Un célibe acepta libremente no satisfacer esta pulsión mediante las relaciones sexuales. Ahora bien, si no se ha adiestrado en la sublimación, no le queda más alternativa que la represión. Esta última salida desequilibra a la persona porque no canaliza la energía sino que simplemente la retiene. Naturalmente, la energía reprimida busca sus aliviaderos. Dos de los más frecuentes entre los célibes son el autoritarismo (que consiste en sustituir la autoridad por el mando y el amor por el poder) y el mal humor (que consiste en sustituir la esperanza por la agresividad). Dejemos que algunos ejemplos lo ilustren más claramente. 

Cuando subo a la segunda planta de un hospital regentado por religiosas y una, desde el fondo del pasillo, me grita que qué pinto allí sin autorización, que si no he leído el cartel que dice que se han terminado las visitas, lo primero que pienso es que a esta monja-sargento el celibato no le sienta nada bien. Puedo entender sus objeciones, pero no sus modales. Perfectamente podría haber comenzado preguntándome con amabilidad qué deseo y en qué puede ayudarme. Y también amablemente podría haberme advertido sobre el horario de visitas. Si reacciona con violencia y mal humor, si exhibe su autoridad con aires cuarteleros, me está diciendo sin decirlo que no sabe cómo demonios canalizar su energía. Aunque no lo pretenda, me pone las cosas difíciles para que yo pueda entender la fuerza liberadora de su celibato y su cacareada opción de servicio a las personas. 

Cambiemos de escenario. Si un religioso párroco, por ejemplo, preside el consejo pastoral de la parroquia encomendada a su comunidad y se pasa toda la reunión recordando que él es el último responsable, uno sospecha que tal despliegue de autoridad no nace precisamente de la caridad pastoral sino quizá de una insana represión y de la necesidad neurótica de autoafirmarse. Naturalmente, a los miembros del consejo se les hace cuesta arriba entender eso de que “el celibato libera y no te altera” y zarandajas por el estilo. 

En ninguna de estas conductas se advierten claros ingredientes sexuales. Y, sin embargo, es posible calificarlas como pecados contra la castidad, en el sentido de que en ellas el amor oblativo, que es la esencia de la castidad, ha sido sustituido por el poder. Podemos alegar todas las eximentes que consideremos oportunas, pero la dinámica interna está bastante clara. 

Existe un sexto sentido para desenmascarar los revestimientos del poder. A veces, el poder, particularmente en los célibes varones, adopta la forma de criticismo. ¿Cuántas veces hemos oído lanzar diatribas sobre el editorial de un periódico, sobre una película de estreno o sobre un líder político que no es de la cuerda de quien habla? La diferencia entre la capacidad crítica y el criticismo reside, a mi modo de ver, en que la primera toma en cuenta el conjunto de una realidad y trata de desentrañar sus elementos positivos y negativos. La segunda, por el contrario, se coloca siempre por encima, emite juicios absolutos y, por lo general, salta del plano de los datos objetivos al juicio sobre las personas. 

La tentación del poder se disfraza también de orgullo individualista o corporativista, según los casos. Consiste en una exaltación de “lo mío” o de “lo nuestro” en detrimento de “lo otro” o de “lo de todos”. La tendencia a anteponer nuestros intereses personales al proyecto comunitario, las obstrucciones a la colaboración intercongregacional, los excesivos recelos en la misión compartida son algunas manifestaciones visibles. 

En todos estos casos la persona célibe queda frustrada porque los sustitutivos del amor no logran integrar la personalidad. En vez de abrir a la persona a la alteridad la cierran en las muchas formas del narcisismo. 

El pecado de la “exquisita distancia” 

Un célibe consagrado es una persona carismáticamente habilitada para una vida relacional rica. En principio, tendría que manejarse bien en las “distancias cortas”, especialmente en las que se establecen con los “excluidos afectivos” de nuestras sociedades: ancianos solos, niños con problemas familiares, jóvenes desarraigados, personas sin techo, enfermos crónicos desprotegidos, solitarios de diverso género, etc. Y, de hecho, hay muchos religiosos y religiosas que son expertos en cercanía y cuyas historias habría que contar porque son verdaderas parábolas del Reino. 

El pecado consiste en huir de esta cercanía sanadora y practicar un tipo de distancia que no nace del respeto al otro sino del deseo de no complicarnos la vida con personas y situaciones que rompen nuestros hábitos y “hieren” nuestras sensibilidades. Si la adjetivamos de “exquisita” no es por sus formas delicadas sino por las razones “espléndidas” que solemos aducir para justificarla y que son, en realidad, racionalizaciones: “Mire, hoy no dispongo de tiempo porque tengo que dar clase, pero no se preocupe porque mañana...”. “Yo no valgo para estar con esta gente, hay otros que lo pueden hacer mejor”, “Demasiados problemas tenemos ya aquí como para que encima me preocupe de lo de allí”, etc. 

A muchos laicos les cuesta comprender que quienes hemos profesado vivir como Jesús tomemos tantas precauciones a la hora de relacionarnos con los demás, especialmente con aquellos de los que no cabe esperar de entrada una respuesta agradecida. A los religiosos y religiosas se nos suele considerar personas activas, pero no siempre cercanas. Es más: el exceso de trabajo se convierte a menudo en excusa frecuente para no dedicar tiempo a las distancias cortas, que son las que propician los verdaderos encuentros interpersonales y las que mejor ponen a prueba la consistencia personal. 

La experiencia nos dice que las distancias cortas entrañan riesgos de todo tipo: transferencias, dependencias, enamoramientos, manipulación, etc. No podemos cerrar los ojos. La virtud de la prudencia nos ayuda a sopesar en cada caso en qué medida los riesgos superan a las posibilidades. Pero nunca un mal ejercicio de la prudencia debería convertirse en una estrategia para la retirada, porque eso significaría renunciar a los mejores frutos de la castidad consagrada: la ternura, el consuelo, la confidencia, la intimidad, la lucha compartida... y la transmisión de la fe. 

En efecto, existe una evangelización de las “distancias cortas” que es tal vez la más adecuada para nuestro tiempo. Muchos de los medios tradicionales de evangelización están pensados para grupos grandes. La mayoría conservan su sentido, pero dejan fuera a las personas que no se sienten muy identificadas con las mediaciones eclesiales y que, sin embargo, se hallan en una situación de búsqueda religiosa. En estos casos, cada vez más frecuentes, el manejo de las distancias cortas es esencial. Supone la capacidad de escuchar con paciencia, de entrar en un diálogo sincero, de dejarse cuestionar por los otros, de acoger perplejidades, de comunicar oportunamente la propia experiencia, de rastrear la huella de Dios en los pliegues de nuestras complejas experiencias humanas; en suma, de acompañar itinerarios de fe. ¿Por qué refugiarnos en la distancia del profesional de la religión cuando estamos habilitados para la cercanía del testigo? 

El pecado de la “excesiva cercanía” 

Aquí el peso de la exageración cae sobre el otro platillo de la balanza. La cercanía es propia del amor. Si le pegamos el adjetivo “excesiva” es porque existe un tipo de cercanía que no sabe respetar el espacio autónomo de los otros, que rompe la barrera de la alteridad, y que es parasitaria. Hay célibes que “se atan” a una relación para disfrazar la soledad inherente a la vida consagrada. Pasan sus vacaciones con una familia amiga “que todos los años me invitan porque no saben moverse sin mí”. Buscan el consuelo en sobrinos que aprecian al tío o a la tía religiosos, sin caer en la cuenta de que estos adorables sobrinos suspiran secretamente por liberarse un poco de su atosigante presencia. Consideran que son imprescindibles para todo bautizo, matrimonio o funeral que suceda en su ancho radio de acción, “porque a mis conocidos les gusta mucho que yo presida los acontecimientos familiares”. Cuando se acerca la Navidad, dedican horas y horas a escribir tarjetas de felicitación “porque tengo un montón de compromisos que no puedo descuidar”. El día de su cumpleaños anotan cuidadosamente todas las llamadas telefónicas que reciben... y también los correos electrónicos y mensajes en las redes sociales. En fin, que miden su amor por la suma de dependencias afectivas que han ido acumulando con el paso de los años. 

Es evidente que la castidad no es aislamiento sino relación. Pero la castidad implica soledad. Hay un tipo de soledad que es inherente a toda experiencia de encuentro. Seguimos al Jesús entregado y también al Jesús solo, al Jesús que toca a la multitud y al Jesús que sabe retirarse. 

Todos los seres humanos estamos confrontados con el misterio de la soledad. En el caso de los consagrados, hay una dotación carismática para vivir esta soledad no como vacío absoluto sino como espacio habitado, como experiencia en la que Dios planta su tienda en el corazón humano. El célibe que no ha aprendido a entrar en comunión desde la soledad fecunda fácilmente instrumentaliza las relaciones familiares, pastorales, o de amistad. No nos acercamos a los otros para rellenar los vacíos producidos por un voto sino para compartir con ellos una búsqueda común, para abrirnos juntos al misterio del Dios Amor, la referencia esencial de toda construcción humana. 

El pecado de la doblez 

Siempre seremos incoherentes; es decir, siempre habrá una distancia entre nuestros valores profesados y nuestras conductas. Esto no es demasiado grave cuando se da en un contexto de autenticidad; o sea, de lucidez para vivir en verdad, reconociendo lo que somos y lo que estamos llamados a ser, poniendo nombre a nuestras luces y a nuestras sombras, asumiendo el riesgo de ser nosotros mismos, y pidiendo perdón por nuestra infidelidad. Incluso un cierto nivel de incoherencia puede resultar espiritualmente saludable en la medida en que nos mantiene siempre abiertos a la gracia de Dios desde el reconocimiento humilde de nuestra condición frágil. 

El pecado de doblez es otra cosa: es el pecado de la inautenticidad, de vivir desde el rol social que desempeñamos y no desde lo que realmente somos. Quizá en pocos campos como en el de la castidad estamos más tentados de vivir con doblez, en buena medida porque es un campo minado, en el que no resulta fácil llamar a las cosas por su nombre sin sentir el peso súbito de un juicio reprobatorio. Hemos cargado tanto las tintas sobre el campo de la afectividad y de la sexualidad que nos hemos condenado a nosotros mismos a no integrar bien estas dimensiones. La falta de un lenguaje abierto, incluso en las jóvenes generaciones, ha favorecido la proliferación de las medias palabras. La excesiva moralización ha bloqueado los procesos de crecimiento personal. Los juicios rígidos han impedido la comunicación libre. En buena medida, somos responsables de haber cavado nuestra propia tumba. La literatura y el cine han recreado personajes religiosos de doble moral que han contribuido a fijar todavía más los estereotipos comunes. 

Este clima no favorece nada la credibilidad de un carisma que puede ser vivido con autenticidad porque no supone ninguna negación de la sexualidad humana sino una manera de enfocarla y de gestionarla. 

No se hunde el mundo por las incoherencias, pero sí puede hundirse por un proyecto de vida cimentado sobre la inautenticidad. 

El pecado de la profanación 

Hay un tipo de pudor que nos resulta sospechoso: el de las personas que se niegan a llamar a las cosas por su nombre y que tienden a recubrir con un lenguaje espiritualista las experiencias de la vida, especialmente las que tienen que ver con el mundo afectivo y sexual. Contra este falso pudor han reaccionado la psicología, la espiritualidad y también la formación que hoy se procura ofrecer a los jóvenes religiosos. Sin embargo, no todo son conquistas. A veces, en el esfuerzo por iluminar oscuridades corremos el riesgo de profanar el santuario de la dignidad personal. En el terreno psicológico, por ejemplo, existen verdaderos “maestros de la sospecha”, tan habituados a juzgar a las personas desde su fondo inconsciente, que prácticamente invalidan cualquier afirmación de realidad que no esté filtrada por sus métodos de análisis. Tardaremos tiempo en liberarnos de esta moda que tanto ha desquiciado a algunas personas célibes. 

La formación, como es natural, se convierte en campo de pruebas de las tendencias anteriores. A veces se llega a extremos que sólo con el paso del tiempo se ven como ridículos, pero que en el momento de producirse suscitan una enorme atracción. Uno de los más frecuentes es el de recurrir a la sinceridad como valor supremo y como arma arrojadiza: “Aquí lo hablamos todo”, “Yo al psicólogo le he contado mi vida de pe a pa”, “Hablemos claramente de nuestras necesidades y dejémonos de marear la perdiz”, “Ya es hora de poner las cartas boca arriba”. ¿No constituyen estas frases una demostración de la autenticidad con la que hoy pretendemos abordar nuestra vida? ¿No representan un avance frente a un tipo de formación mojigata y, en el fondo, encubridora? ¿No indican la dirección correcta por la que deberíamos transitar si aspiramos a una vida celibataria libre e integrada? 

¿Dónde está el pecado? El pecado está –si podemos hablar en estos términos- en pretender traspasar la frontera del santuario personal, en querer controlar nuestro misterio o el de los otros, en ufanarnos de saber más, de haber ido más lejos, de dejar en cueros el débil psiquismo humano para luego permitirnos el lujo de una nueva vestición. 

Me parece que el voto de castidad, junto a una enorme clarividencia para vivir en verdad, acentúa un nuevo sentido del pudor que se ha perdido socialmente (basta asomarse a las exhibiciones narcisistas que aparecen en la televisión en los llamados “reality shows”) y que no se aprecia bastante en algunos círculos religiosos. Este sentido del pudor no tiene nada que ver con maniobras obstruccionistas para no abordar la propia realidad. Se parece más al estremecimiento y al respeto que experimentamos ante lo sagrado. Los buenos psicólogos, los buenos confesores, los buenos amigos, los buenos amantes, lo conocen bien. En ocasiones, podrían decir muchas cosas, podrían presumir de sus intuiciones, podrían apabullar a los otros con su sagacidad, pero renuncian a hacerlo por una sola razón: porque no quieren convertirlos en objetos de dominación, porque son conscientes de la esencial inviolabilidad de todo ser humano. Y por eso son respetuosos, pacientes, delicados. Una verdad escupida no es una verdad liberadora. 

En una sociedad que, con ínfulas de “hablar de todo con pelos y señales”, ha trivializado tanto el mundo de la sexualidad, los célibes consagrados estamos llamados a vivir en la onda del respeto, que es una forma de confesar la huella divina de todo ser humano. La desapropiación que supone no convertir al otro en un objeto explorable y explotable es, hoy por hoy, una reacción contracultural. Cada vez nos sentimos más manipulados y, por lo tanto, más recelosos de emprender la aventura de las relaciones personales. ¿No significa la castidad consagrada una oferta de confianza, de insobornable respeto al misterio de cada persona, de reconocimiento de su condición de imagen de Dios? 

El pecado de la desconfianza y la tristeza 

¿Por qué y cuándo solemos sonreír los seres humanos? No sonreímos simplemente cuando las cosas nos van bien. Sonreímos cuando hemos aprendido a mirar compasivamente la realidad, cuando somos perfectamente conscientes del ideal al que aspiramos y del punto en que nos hallamos, y aceptamos el desnivel sin perder la esperanza. 

El carisma de la castidad, como todo don, es un tesoro que se lleva en vasijas de barro. El idealista se limita a soñar con el tesoro. El derrotista da vueltas a la vasija de barro. Ni uno ni otro encuentran motivos suficientes para sonreír en la batalla del día a día. 

Hay célibes que no creen en la castidad como un carisma. Y, por lo tanto, no creen que posea fuerza para impulsar una vida feliz. La toleran como se tolera una suegra de la que no se puede prescindir. Es evidente que la continencia sexual a la que queda reducida en ellos la castidad no alimenta tampoco muchas sonrisas. 

Para más inri, la situación cultural que nos ha tocado no favorece mucho vivir este carisma con entusiasmo. Proliferan tanto las llamadas a un ejercicio meramente gratificante de la sexualidad que, de no ser porque la vida real desenmascara continuamente esta falacia, el célibe podría caer en la tentación de creer que sólo quien practica asiduamente la relación sexual puede ser feliz. A veces me he preguntado si quienes publicitan estos mensajes mediáticos han tenido muchas ocasiones para hablar de tú a tú con las personas de carne y hueso: adolescentes, jóvenes y adultos. Quien tenga una mínima experiencia en este campo habrá comprobado que el ejercicio de una genitalidad espontánea no produce automáticamente un efecto positivo y que siempre deja su huella; no es algo tan inocuo como beber un vaso de agua o hacer un poco de gimnasia. Y no puede ser de otra manera, porque no estamos hablando de una simple función orgánica, sino de una gramática humana que implica a la persona entera y que tiene sus propios contextos y códigos, fuera de los cuales pierde su significado y puede convertirse en una fuerza destructiva y despersonalizadora. Produce tristeza comprobar que algunos de los que fueron mentores de una sexualidad salvaje en la juventud, llegados a la edad adulta, recogen velas y se transforman en rígidos puritanos. ¿No hubiera sido preferible un acercamiento más equilibrado desde el principio? ¿Tendremos que estar siempre sometidos a las ocurrencias de los más extravagantes? 

La castidad en el celibato, que siempre ha sido un estilo de vida contracultural, tiene que hacer frente hoy a un descrédito añadido a causa de los escándalos que se han producido en algunos célibes (sacerdotes y religiosos principalmente). Para la mayoría de la gente no resulta fácil separar los casos particulares del principio general. Si se dan algunos casos llamativos, eso indica que el estilo de vida celibatario es la causa de esos escándalos y, por tanto, que haríamos bien en prescindir de él cuanto antes. 

Tanto las impugnaciones provenientes de quienes teorizan sobre una sexualidad amoral como las conclusiones generales que algunos extraen a partir de escándalos particulares producen en muchos célibes una profunda tristeza, la sensación de que les ha tocado en suerte, no un “lote hermoso”, sino una carga pesada y, lo que es peor, denostada e incomprensible. La tristeza no surge tanto de la dificultad para vivir la castidad con vigor cuanto de la sospecha generalizada que se cierne sobre quienes quieren vivirla. Abandonarse a esta tentación es hoy uno de esos pecados a los que cuesta poner un nombre preciso y que, sin embargo, están enturbiando la serenidad y la alegría de muchos consagrados. 

Cuando un célibe pierde la confianza en el don recibido y, por lo tanto, la alegría que mana de esa confianza, está expuesto a todas las manipulaciones imaginables. Puede llegar a creer que la castidad lo convierte en una especie de disminuido humano, en un residuo de tiempos felizmente superados. La reacción no consiste en adoptar una postura defensiva a ultranza sino en procurar una actitud lúcida para no dejarse llevar por posturas que, con apariencia de objetividad y modernidad, carecen de un sólido fundamento antropológico. 

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Este pequeño catálogo sobre los “otros” pecados puede resultar tan odioso como las viejas listas de penitencias tarifadas. Y acabará siéndolo, a menos que, por contraste, su lectura constituya una ocasión propicia para seguir ensanchando el campo de la castidad consagrada. Esta castidad es, en su misma esencia, un carisma de expansión, que nos lleva más allá de nosotros mismos sin pasar por encima de nuestra condición sexuada; antes bien, haciendo de nuestra sexualidad una manifestación de lo que significa la vida humana vivida al estilo de Jesús.