domingo, 3 de marzo de 2024

El templo es el cuerpo


Ha amanecido todo nevado. Soplan celliscas gélidas que amontonan la nieve en los rincones. El invierno se resiste a terminar sin un golpe de autoridad. Algo parecido a lo que hace Jesús en el templo de Jerusalén, tal como leemos en el Evangelio de este III Domingo de Cuaresma. En el corazón del itinerario hacia la Pascua, la liturgia nos despierta de nuestro letargo. En un mundo idolátrico, Dios mismo nos regala diez palabras (decálogo) de vida (primera lectura). A medida que vamos descubriendo las consecuencias desastrosas de no creer en Dios o de vivir “como si Dios no existiera”, comprendemos mejor la sabiduría de este decálogo que nos revela cuáles son los caminos para una verdadera deificación y, en consecuencia, para una auténtica humanización. Precisamente hoy celebramos en España el 120 aniversario de la ley que declaró el domingo como día no laborable. 

Por otra parte, en un mundo sensacionalista y racionalista, Pablo nos recuerda que Cristo es siempre un escándalo y una necedad (segunda lectura). Él nunca encaja con lo que nosotros consideramos razonable, no se ajusta a nuestra manera demasiado humana de considerar el bien y el mal, la fealdad y la belleza, la verdad y la mentira. Por eso, Jesús siempre nos sorprende, nos lleva más allá.


La escena de Jesús en el templo, narrada por los cuatro evangelios, prueba de su importancia e impacto, no puede ser más desconcertante. El “manso y humilde de corazón” (Mt 11,29) agarra un látigo improvisado y acaba con el negocio organizado en el templo de Jerusalén con motivo de la Pascua. Me gusta contemplar a Jesús ardiendo de celo por la casa del Padre. En realidad, él no defiende tanto un espacio físico cuanto una relación con Dios que no se reduzca a una transacción comercial. El templo de Jerusalén es un símbolo del templo vivo que es Jesús mismo. Ninguno de los dos es un mercado, sino el espacio en el que Dios se nos revela y a través del cual podemos acceder a él. 

No es que templo y dinero casen mal, sino que incluso el templo mismo ha perdido ya su significado. Cristo −su cuerpo muerto y resucitado− es ahora el verdadero “lugar” para el encuentro con Dios, para adorar a Aquel que nos ha pedido amarlo “con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas”. No necesitamos practicar el culto de la vida en estructuras construidas con piedra, hierro y madera, sino a través de un corazón abierto al Espíritu de Dios.


El Evangelio termina diciendo que “él sabía lo que hay dentro de cada hombre”. Me gusta este inciso que casi pasa desapercibido. Cuando nosotros mismos somos un misterio para nosotros mismos, Jesús revela lo que hay en nuestro interior. Es el único que ha buceado al hondón de nuestra intimidad. Por eso, puede comprender cómo somos, por qué actuamos de una determinada manera, qué heridas han marcado nuestro pasado y qué sueños preparan el futuro. Solo él puede liberarnos del virus que nos impide ser lo que estamos llamados a ser, puede cultivar las semillas de vida que el Espíritu ha plantado en nuestros corazones.

Mientras escribo estas notas, un tímido sol de invierno pugna por derrotar a los copitos de nieve que todavía siguen cayendo, aunque no con la fuerza de ayer por la tarde-noche. Los ríos y arroyos se precipitan envalentonados hacia el embalse de la Cuerda del Pozo. Hay mucha energía entre estos montes, verdadero templo de la naturaleza.

sábado, 2 de marzo de 2024

Presencias y ausencias


El cielo está completamente gris. Lleva horas sin parar de llover. Es una lluvia fina que empapa una tierra que ya no puede absorber tanta agua. Hay regatillos y charcos por todas partes. Es muy probable que a media tarde la lluvia se transforme en nieve. La temperatura ronda los 2-3 grados. En este clima de melancolía invernal pienso en las relaciones que una vez empezaron, crecieron por un tiempo y luego, casi inadvertidamente, fueron menguando y desapareciendo. A lo largo de mi vida me he encontrado con miles de personas en los más diversos ambientes: familiares, académicos, pastorales, viajeros, digitales, etc. 

¿Cuántas de ellas siguen siendo compañeras de ruta? ¿Qué fue de aquellas con las que compartí un tramo del camino, incluso momentos de intimidad, pero cuyo rastro he perdido por completo? La vida es una ceremonia continua de bienvenidas y despedidas, de presencias y ausencias. Cada año conocemos a nuevas personas y despedimos (a veces definitivamente) a otras. Si somos en la medida en que nos relacionamos, no somos lo mismo (aunque sí los mismos) cuando estamos con unas personas o con otras, cuando nos relacionamos con quienes conocimos hace muchos años o con quienes acabamos de conocer.


A veces, siento tristeza cuando me encuentro con alguna persona que ilumina mi vida, pero que sé que no voy a volver a ver nunca más. Entonces le pregunto al Señor: “¿Por qué has propiciado este encuentro efímero? ¿Qué significa?”. Frente a estas relaciones con fecha de caducidad, disfruto de otras que se han mantenido vivas a lo largo de décadas, a veces con un cultivo mínimo debido a las circunstancias. 

¿Qué es lo que nos permite seguir llamando “amigos” a personas que tal vez hace años que no vemos y que, sin embargo, seguimos sintiendo cerca? ¿Por qué, en ocasiones, experimentamos más cercanía espiritual con quienes están físicamente lejos que con quienes convivimos o trabajamos día a día? Son los misterios de las relaciones humanas. Nunca podemos prever cuál será el curso de una relación, si desaparecerá, se mantendrá estancada o irá creciendo y madurando con el paso del tiempo.


Me cuesta mucho entender una relación sin comunicación, aunque sé que la frecuencia de esta depende de muchos factores. Si nunca hago el esfuerzo por comunicarme con las personas de mi entorno afectivo, si no me preocupo por su presente y su futuro, si no emito ninguna señal de presencia, si no tengo ningún detalle de cercanía, ¿puedo decir que son significativas para mí, que me importan de verdad? Tengo mis dudas, aunque me he encontrado con algunos amigos que tienen a gala el hecho de no llamar nunca a sus amigos. 

Naturalmente, no es posible mantener con todas las personas queridas el mismo grado de comunicación. Con algunas, basta un encuentro al año o algunas llamadas esporádicas; con otras se da una relación más asidua; con muy pocas podemos mantener un trato diario. Lo que importa es que estén siempre en el corazón, se las presentemos con frecuencia al Señor y estemos abiertos a las oportunidades que de vez en cuando nos brinda la vida para un encuentro sosegado. Estas “oportunidades” a veces parecen caídas del cielo como un regalo inesperado, pero lo más normal es que las preparemos con esmero si de verdad hay interés y cariño. En fin, que la lluvia invernal ha abierto el tarro de los recuerdos, de las presencias y de las ausencias. Son momentos de la vida.

viernes, 1 de marzo de 2024

No basta indignarse


Nunca había escrito la entrada del blog en el bar de la estación de autobuses de Soria. Lo hago hoy. Acabo de llegar de Madrid. Falta algo más de una hora para coger el autobús de Vinuesa. Afuera la temperatura es de 2 grados. El mes de marzo comienza vestido de invierno. Se espera un fin de semana muy frío. Puede que nieve. Dentro de la remodelada estación se está bien. No hay mucha gente a esta hora. Las pantallas ofrecen información sobre horarios de autobuses y previsiones meteorológicas. En el trayecto Soria-Madrid he estado leyendo la novela Esclava de la libertad, de Ildefonso Falcones. 

Al evocar el drama de la esclavitud en la Cuba española del siglo XIX no he podido menos que recordar los seis años que Claret pasó en la isla como arzobispo de Santiago de Cuba. Muchos ricos amasaron sus fortunas con la explotación de miles de esclavos en los ingenios azucareros. Claret se opuso con todas sus fuerzas, pero sirvió de poco. Los intereses económicos y la connivencia de las autoridades políticas fueron más determinantes que sus esfuerzos pastorales. Cuesta entender que unos seres humanos traten a sus semejantes peor que a animales. La codicia no tiene límites. Por eso, cuando veo en Barcelona u otros lugares de España ciertos palacios de burgueses que se enriquecieron a base de explotar a los esclavos cubanos me hierve la sangre. Lo que aparece como limpio y pulcro se ha gestado con la sangre de esclavos africanos, mestizos, chinos e indígenas. No hay justificación posible.


Pero lo peor no es que estas cosas se produjeran en el siglo XIX, sino que se siguen produciendo hoy que tenemos -es un suponer- una conciencia más clara de la dignidad de todos los seres humanos y de sus derechos inalienables. ¿Qué está sucediendo en las minas de coltán en la República Democrática del Congo? ¿Cómo se explota a los trabajadores en las industrias textiles de Vietnam, China, Camboya, Bangladesh y otros países? Cada vez que vemos en la etiqueta de nuestras prendas baratas un “Made in Bangladesh” tendríamos que pensar que muy probablemente ese precio que a nosotros nos beneficia es consecuencia de la explotación de miles de hombres, mujeres y niños en esas factorías inhumanas. No estamos hablando de la Cuba del siglo XIX, sino del mundo del siglo XXI. 

Como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano, miramos hacia otro lado para acallar nuestra conciencia. Dios no permanece indiferente. El tiempo de Cuaresma nos recuerda cuál es su verdadera voluntad: “El ayuno que yo quiero es este: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne” (Is 58).


Hoy es viernes de Cuaresma. Conozco personas -cada vez menos- muy preocupadas por observar la abstinencia prescrita por la Iglesia. Está bien. Pero lo que la Palabra de Dios nos indica va mucho más allá de abstenerse de comer carne. Tiene que ver con la vida y la dignidad de las personas. Amar a Dios significa preocuparse por la dignidad de todos sus hijos e hijas, sobre todo de los más explotados. Es verdad que los cristianos hemos ido creciendo en esta conciencia, pero estamos lejísimos de lo que sería aceptable. 

Por eso, cada vez admiro más a quienes han decidido romper con su estilo de vida burgués y han decidido dedicar su vida a estar cerca de quienes viven en los márgenes. Fe en Dios y solidaridad con los pobres son armónicos inescindibles de la fe cristiana. A veces, una simple novela -no especialmente buena, a mi juicio- puede despertar en nosotros rabias contenidas y llamadas sin responder. Estas “meditaciones” profanas son más revulsivas que muchas reflexiones piadosas que parecen caldear el corazón, pero no cambian para nada nuestro estilo de vida. Nos dejan anclados en nuestra comodidad.

jueves, 29 de febrero de 2024

El abismo entre epulones y lázaros


En el evangelio de este jueves de la semana segunda de Cuaresma leemos la conocida parábola del pobre Lázaro (con nombre) y de un ricachón (sin nombre). Hoy quiero partir de lo que he escrito en el libro Lectio divina para tiempos fuertes. Cuaresma y Semana Santa 2024. Como toda parábola, también esta admite varios niveles de lectura. Quizás la clave más profunda la ofrece el versículo puesto en boca de Abraham: “Si no quieren hacer caso a Moisés y a los profetas, tampoco creerán, aunque algún muerto resucite”. 

El nuevo Moisés y el profeta definitivo es Jesús. Si no lo escuchamos a él como revelador de Dios, es inútil creer en apariciones, visiones u otros fenómenos extraordinarios. Siempre me ha parecido muy extraña la tendencia de algunas personas a buscar fenómenos raros o caminos milagrosos para ir a Dios cuando Él mismo se nos ha querido revelar en Jesucristo. Lo tenemos presente en su Palabra, en los sacramentos, en la comunidad, en las personas necesitadas. ¿Qué más necesitamos?


Prestemos atención a algunos personajes de la parábola que tienen nombre: un mendigo llamado Lázaro, el patriarca Abrahán, Moisés y, por supuesto, Dios. Pero hay otros que no tienen nombre: un ricachón “que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día”, su padre y sus cinco hermanos. En la parábola sucede lo contrario de lo que vemos en nuestro mundo. Los ricos famosos aparecen todos los días en los periódicos con sus nombres y apellidos exhibiendo su impúdica abundancia; los pobres no tienen ni rostro ni nombre. 

La historia que cuenta la parábola de Jesús es muy conocida, pero quizá no bien interpretada. Jesús no dice que el hombre rico sea malo y que el pobre Lázaro sea una persona virtuosa. De ninguno de ellos se hace un juicio moral. Jesús se limita a describir su situación vital e invitarnos a tomar conciencia. Uno (el hombre rico anónimo) “se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día” y otro (el pobre Lázaro) “estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico”. No hacen falta muchas explicaciones. Basta abrir los ojos y el corazón.


Jesús quiere poner de relieve el fuerte contraste entre dos estilos de vida, la brecha que separa dos mundos, aunque estén físicamente cercanos. El “abismo” que se ha creado en la tierra entre los que tienen mucho y derrochan se reproduce en sentido contrario en el cielo. El gran problema del rico comilón (eso es lo que significa la palabra “epulón”) es que no se dio cuenta a tiempo de este abismo y, por tanto, no hizo nada para superarlo. Vivió de manera inconsciente, demasiado centrado en sí mismo y sus intereses. 

Nosotros tenemos a Jesús. Su vida y su palabra nos hablan con claridad del mundo que Dios quiere. No hace falta que se produzca ningún milagro. Si todos somos hijos del mismo Padre, no puede haber tantos “abismos” entre los hermanos. Las consecuencias son claras.



miércoles, 28 de febrero de 2024

Desde mi ventana


He estrenado en mi despacho de trabajo ventanas aislantes: una da al norte (por donde suele soplar en estos meses de invierno un viento frío) y la otra al oeste (por donde me entra el sol templado de la tarde). Desde que las han instalado, la calefacción ya no calienta el patio (como sucedía antes cuando el calor se escapaba por las viejas y desajustadas ventanas de hierro), sino que se queda dentro. Ahora da gusto trabajar en este espacio bien iluminado, insonorizado y climatizado. Aquí me concentro para recibir a personas, responder correos, atender llamadas y escribir artículos. Mis colaboradoras lo llaman irónicamente el confesionario.

Pero si mi vida se redujera a este silencioso y confortable habitáculo por las mañanas y a mi cuarto comunitario por las tardes, correría el riesgo de aislarme de la vida real. O de verla solo a través de esas otras ventanas (Windows) de internet. La soledad creativa y gestora tiene sentido si se alimenta regularmente con el pulso de la calle, con la fuerza de los encuentros interpersonales, con la experiencia de realidades que hoy nos afectan a todos. Me da miedo una espiritualidad de despacho, demasiado aséptica y ordenada. Este es el riesgo de algunos sacerdotes y laicos que realizan una especie de “teología ficción” desde su torre digital. No basta leer y escribir. Hay que salir, caminar, tocar, escuchar, hablar, comer, sufrir; en definitiva, hay que vivir para que la reflexión sea siempre una palabra segunda que busca comprender la palabra primera que es la vida.


El camino cuaresmal nos pone siempre en contacto con la vida concreta. Nos lanza a los escenarios en los que las personas sufren porque les han diagnosticado un cáncer o no les alcanza el sueldo para pagar las facturas mensuales. Lo más importante no es que nosotros “veamos” estas realidades y procuremos reaccionar. Nuestro análisis de realidad suele ser a menudo muy distorsionado, lleno de puntos ciegos, prejuicios e intereses. 

Lo que importa es que Dios “vea” la situación de las personas (como “vio” el sufrimiento del pueblo hebreo en Egipto) y nos envíe a hacer algo “en su nombre”. Cuando somos nosotros los que tomamos la iniciativa, por bienintencionada que sea, solemos fracasar. Cuando nos adherimos a la iniciativa de Dios, entonces se producen frutos de conversión y solidaridad. Por eso, la pregunta cuaresmal es: ¿Cómo está viendo Dios nuestro mundo? ¿Cómo está viendo nuestra Iglesia? ¿Cómo ve nuestras comunidades familiares, parroquiales y religiosas?


Estamos viviendo un momento muy delicado: ¿Ve Dios que nos aproximamos sin remedio a una tercera guerra mundial? ¿Ve que la Iglesia, lejos de avanzar hacia la unidad, corre el riesgo de fragmentarse todavía más? ¿Ve nuestras comunidades desalentadas e ineficaces? Son las preguntas que me vienen a la cabeza mientras examino los muchos indicadores de crisis que percibo. Cuando Macron habla ya de la posibilidad de enviar tropas francesas a Ucrania o cuando Suecia (un país tradicionalmente neutral) pide su ingreso en la OTAN, ¿no nos están diciendo que temen una invasión de Europa por el flanco este (es decir, desde Rusia)? O cuando el Vaticano pide examinar las conclusiones del camino sinodal alemán o toma otras medidas, ¿no nos advierte del peligro de cisma? Hay muchas personas que me hacen comentarios en este sentido. 

Pero quizás Dios ve otros aspectos de la realidad que nos pasan desapercibidos. Quizás se fija más en el sufrimiento de quienes trabajan cuanto pueden y apenas consiguen lo necesario para subsistir, en las personas que son abandonadas o descartadas (incluidos muchos ancianos en las sociedades desarrolladas), en los jóvenes que, ahítos de casi todo, no encuentran sentido a la vida y se abandonan a la depresión o a las adicciones. Es bueno que la Palabra de Dios (no solo nuestros análisis sociológicos o teológicos) nos ayude a descubrir el “punto de vista” de Dios y, en consecuencia, lo que nosotros podemos hacer enviados por Él.

martes, 27 de febrero de 2024

Un libro a cuatro manos


El sábado escribí ya sobre la presentación del libro Hablando con Heriberto García Arias. Confesiones de un sacerdote digital en los estudios de TRECE y en el salón de actos del ITVR de Madrid. El vídeo de la sesión acumula más de 1.300 visualizaciones. Intuyo que la mayoría de los visitantes provienen de Estados Unidos, México y el resto de Latinoamérica donde el padre Heriberto es muy conocido. En esas latitudes es frecuente el uso de las redes sociales. En España es también común entre los jóvenes, pero noto bastantes reticencias en las personas adultas. Perciben más los indudables riesgos que las potenciales ventajas. 

Quizá no les falte razón, pero -como casi todo en la vida- es cuestión de discernimiento y adiestramiento. Un cuchillo, por ejemplo, es un utensilio potencialmente muy peligroso. No está permitido subir a un avión con uno en el equipaje de mano. Sin embargo, como es también muy útil, desde niños aprendemos a usarlo con destreza y prudencia. No conozco a ningún padre que les prohíba el uso del cuchillo a sus hijos hasta que cumplan 18 años. Algo parecido podría decirse de las redes sociales. De poco sirve la prohibición absoluta. Lo que importa es educar en su uso prudente y moderado.


De todos modos, hoy no quiero escribir sobre este asunto, sino sobre la hermosa experiencia de haber escrito un libro “a cuatro manos”. Como he contado en otras entradas -y recordé en la presentación del pasado viernes- el libro arranca de una larga conversación entre el padre Heriberto y yo grabada con mi teléfono móvil a finales de verano durante nuestro encuentro en Mérida. Naturalmente, el libro no es la mera transcripción de lo registrado aquel día. Una vez “picado” el texto -como se dice en el argot editorial- hubo que suprimir muletillas y repeticiones, acortar las frases, introducir conectores, sugerir sinónimos, etc. A esta tarea artesanal nos dedicamos de octubre a diciembre. Heriberto trabajaba en Roma mientras yo lo hacía en Madrid. 

Pulido el texto, fue revisado de nuevo, tanto por él como por mí. Era importante que Heriberto se sintiera a gusto con lo que se iba a imprimir, que reflejara bien su experiencia y su pensamiento. En esta segunda revisión él suprimió algunas cosas innecesarias y añadió otras (por ejemplo, la experiencia vivida en torno a la muerte de su abuelo, acaecida pocas semanas después de haber hecho la grabación) que consideraba relevantes para que el lector comprendiera bien su mensaje. Por mí parte, retoqué algunas preguntas, articulé el texto en capítulos y apartados y escribí pequeñas introducciones y conclusiones a cada capítulo para contextualizarlo mejor y lograr que la conversación fluyera con orden y ligereza.


Detrás del texto -que sigue conservando el estilo oral- hay muchos intercambios de WhatsApp y videollamadas hasta que consideramos que estaba listo para ser impreso, presentado y distribuido. No se trata de un texto literario o académico, sino testimonial. Aunque la forma tiene su importancia, lo que cuenta es la experiencia que late en sus páginas. A veces, el exceso de literatura puede convertir en postiza una experiencia que tiene fuerza por sí misma, sin los artificios a los que son tan dados los literatos profesionales. Nuestro objetivo no era tanto que quedara un libro bonito, sino auténtico. Y que, en la medida de lo posible, pudiera ayudar a los jóvenes a hacer un mejor uso de las redes sociales y a los evangelizadores digitales a aprender de los aciertos y errores de alguien que tiene ya una dilatada trayectoria en este campo.

¿Qué hay en el trasfondo de alguien que elabora vídeos de poco más de un minuto? ¿Se reduce todo a pequeñas píldoras visuales? ¿Cómo es la persona que está detrás de este “personaje público”, que así es como denomina Facebook a quienes tienen muchos amigos en su cuenta? Un libro permite explicar con calma y profundidad lo que las redes presentan de manera breve e impactante. 

Jugando con el lenguaje tecnológico, se podría decir que Heriberto es un evangelizador “digital” y yo un evangelizador “analógico”, por más que también yo tenga una discreta presencia en el mundo de internet a través de este blog. La combinación de ambas perspectivas y experiencias hace del libro una especie de producto híbrido: es una obra impresa (pertenece a la galaxia Guttenberg) que trata de un trabajo virtual (pertenece a la era digital). Confieso que ha merecido la pena el esfuerzo compartido. Por algo Jesús dijo: “Id de dos en dos a predicar el Evangelio”. Esta es precisamente la frase que escribí en el ejemplar que le dediqué a Heriberto. Él, por su parte, escribió lo siguiente en el ejemplar que me firmó: “Hemos hecho lo que teníamos que hacer”. La vida sigue. Hay mucho por vivir.



domingo, 25 de febrero de 2024

La otra cara de la moneda


En el monte hace menos calor que en el desierto. El domingo pasado nos alejábamos con Jesús del bullicio para ser empujados por el Espíritu Santo a un lugar solitario en el que las pruebas se hacían más evidentes. Hoy, segundo domingo de Cuaresma, subimos con Jesús y con sus amigos Pedro, Santiago y Juan a un monte alto para experimentar la otra cara de la moneda. Es verdad que a lo largo del camino de la vida somos puestos a prueba para ver cuál es la solidez de nuestras convicciones y valores. Pero también es verdad que, como Jesús, de vez en cuando tenemos algunas experiencias de “transfiguración” en las que vislumbramos quién es él y quiénes somos nosotros. 

Es como si se nos anticipara la meta final en algunas metas volantes de nuestra carrera. De esta forma, podemos seguir el camino con la certeza de que vamos en buena dirección y con la esperanza de que no hay fracaso o muerte que no sean derrotados por la resurrección. Los apóstoles necesitaron la experiencia del monte para no dudar de Jesús -aunque luego dudaron- y para saber que la luz de Dios que lo envuelve es más definitiva que la sangre que lo va a empapar al final de su vida, aunque tardaron tiempo en comprender verdaderamente lo que habían visto.


La pedagogía cuaresmal de la Iglesia nos presenta en las primeras semanas de Cuaresma las dos caras de la experiencia cristiana: la del desierto y la del monte, la de la prueba y la de la confirmación, la de la oscuridad y la de la luz; o sea, las dos caras de la moneda del misterio pascual. Sin ellas no entendemos quién es Jesús y tampoco entendemos quiénes somos nosotros. Tenemos que saber que en la vida tendremos pruebas, que vivir el amor no va a ser área fácil. 

Pero necesitamos también experimentar el consuelo de la transfiguración. Solo después de subir a la cima de este monte (en la que, como los apóstoles, quisiéramos quedarnos para siempre) podemos descender al valle de la vida cotidiana con la certeza de que Dios está con nosotros (segunda lectura) y de que él sigue pronunciando siempre la fórmula de nuestra verdadera identidad: “Tú eres mi hijo amado”. Sin esta experiencia de filiación divina, las cruces de la vida (soledad, enfermedad, traición, pecado) se nos hacen insoportables.