Claret

Claret

martes, 20 de febrero de 2018

De Seúl a Morelia

El año pasado celebré el primer cumpleaños de este blog en Seúl, Corea del Sur. Este año me toca celebrar el segundo en Morelia, México. El salto de Asia a América es un símbolo de mi vida itinerante y, sobre todo, de la universalidad de la Iglesia. La comunidad de Jesús, nacida en la pequeña franja mediterránea de Palestina, está presente hoy en todo el mundo. Los Misioneros Claretianos proseguimos la misión evangelizadora en 67 países. Es probable que hoy, coincidiendo con su segundo aniversario, el Rincón de Gundisalvus alcance las 200.000 visitas. Esto supone una media de unas 274 visitas al día. Para un periódico digital o una página web generalista, esta cifra es irrisoria. Para un blog personal de enfoque cristiano, escrito en español, no está mal. Más allá de los números, sé que hay un grupo de lectores que con bastante asiduidad os acercáis a este Rincón. Muchas gracias por vuestra compañía digital. Si las visitas os ayudan a agradecer, pensar, ensanchar el horizonte y descubrir a Dios en la trama de la vida cotidiana, entonces vale la pena el pequeño esfuerzo de escribir una entrada casi cada día en contextos muy diversos: desde la tranquilidad de mi despacho de Roma hasta el ruido ambiental de un aeropuerto africano, asiático, americano o europeo.

Más de una vez me he preguntado si merece la pena incrementar la oferta digital en un mercado que está ya saturado. ¿Quién dispone de tiempo para seguir tantos sitios interesantes en Internet o las publicaciones de nuestros amigos en las redes sociales? Dedicar tiempo a esto, ¿no nos está impidiendo pensar por nosotros mismos con tranquilidad y sosiego?¿Necesitamos tanta proliferación de imágenes y estímulos visuales? Desde hace muchos años solía acompañar mis charlas y conferencias con presentaciones multimediales. De un tiempo a esta parte, he vuelto a la palabra desnuda. No desprecio el lenguaje visual, pero cada vez creo más en la fuerza de la palabra como vehículo de encuentro y comunicación. Más aún, en contra de lo que suele decirse (incluso con estudios que lo avalan), creo que nada llega, concentra y emociona más que una palabra que sale del corazón. No sé si esto supone confesar mi derrota ante la imposibilidad de seguir el ritmo vertiginoso de las tecnologías de la comunicación o, más bien, desmitificar el entusiasmo con el que hoy nos entregamos a ellas, quizás inconscientes del alto precio que estamos pagando. En cualquier caso, en este segundo aniversario del blog, reafirmo mi fe en la palabra dicha y escrita, aun cuando a muchas personas (sobre todo, jóvenes) todo lo que pase de tres o cuatro líneas les resulte sencillamente inaguantable.

Esta tarde tengo que hablar sobre lo que significa hoy ser una Iglesia “en salida”. La expresión la ha popularizado el papa Francisco. En su exhortación Evangelii gaudium dedica varios números (20-24) a desentrañar su significado. No se trata solo de seguir siendo misioneros o evangelizadores, sino de entender la Iglesia de otra manera. Leonardo Boff, con su tendencia a las polarizaciones, trata de explicar de dónde y hacia dónde tiene que salir la Iglesia según el Papa. No me gusta mucho abusar del lenguaje bipolar porque la realidad casi nunca se ajusta a este esquematismo, pero reconozco que nos obliga a salir de la rutina, pensar, matizar y escoger. Más allá de las polaridades señaladas por Boff, la expresión “Iglesia en salida” nos habla de una Iglesia extrovertida, dispuesta a “salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (EG 20), asumiendo “la dinámica del éxodo y del don, del salir de sí, del caminar y sembrar siempre de nuevo, siempre más allá” (EG 21). Por eso, el papa Francisco afirma, con audacia inusitada, que prefiere “una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49). Salir a la calle es un imperativo de una evangelización que no se queda recluida en las sacristías. Quizá la expresión tendría que completarse con otra: entrar en las casas. El cristianismo primitivo se abrió paso en las calles, pero también en las casas, que constituían verdaderas iglesias domésticas. 



Reconozco que este humilde blog nació hace dos años también con el deseo de “salir a la calle” y de  “entrar en las casas”. Un blog permite salir a esa inmensa calle que es Internet. Se trata de una calle en la que cualquiera puede pasear y detenerse ante un escaparate que tal vez le muestre algo que no espera. Este blog no va dirigido a mis compañeros claretianos sino, inicialmente, a mis amigos de infancia y juventud con los cuales me encuentro de vez en cuando en torno a un café o una cerveza. Ante la imposibilidad de abordar muchas cuestiones en nuestros diálogos fugaces, pensé que un blog permitiría dilatar nuestros encuentros e ir reflexionando juntos sobre muchos temas que nos preocupan. Luego, con el correr del tiempo, se han ido incorporando a esta conversación otras muchas personas que ni siquiera conozco, pero con las cuales comparto inquietudes, preguntas y búsquedas. No sé hasta cuándo mantendré este callejeo digital, pero hoy, en el segundo aniversario del blog, confieso que me está obligando a salir de mis rutinas, a escuchar mucho y, en definitiva, a tomar el pulso a esta cambiante sociedad en la que vivimos. No me arrepiento del esfuerzo. Yo soy el primer beneficiado.

lunes, 19 de febrero de 2018

Apuntes desde Morelia

Entre Ciudad de México y Morelia hay unos 330 kilómetros. Los recorrí ayer en coche en compañía de cuatro claretianos mexicanos. Llegamos a la antigua Valladolid a media tarde. La temperatura era muy agradable, en torno a 20 grados. Es la tercera vez que visito esta ciudad de casi 800.000 habitantes. Su actual nombre deriva del apellido de uno de los “padres de la patria”, el sacerdote y militar insurgente José María Morelos y Pavón (1765-1815), nacido en esta ciudad. Aprovecho la ocasión para conocer un poco la fascinante y compleja historia de este país norteamericano por el que siento un especial afecto. El sábado por la tarde me acerqué a la Plaza de la Constitución de Ciudad de México, más conocida como El Zócalo. Me dicen que es la segunda plaza más grande del mundo, después de la de Tiananmen en Beijing. No tengo tiempo para verificar estos datos, aunque es cierto que impresionan sus enormes dimensiones. Además de orar en la antigua catedral y recorrer la exposición de artesanía y productos típicos de los distintos estados de México, pude participar en un recital de boleros a cargo de un cuarteto de cuerda y de la cantante Olga María Touzet, hija de la célebre cantante cubana Olga Guillot (1922-2010). Fue una delicia escuchar los viejos temas como Bésame, mucho en la voz poderosa de esta contralto, mientras la enorme bandera mexicana ondeaba en el centro de la plaza.

He recibido varios mensajes de amigos interesándose por las consecuencias del terremoto del pasado viernes. La verdad es que todo se quedó en un susto, aunque uno de los efectos colaterales fue el accidente del helicóptero que trasladaba al ministro de la Gobernación y al gobernador del estado de Oaxaca a la zona del epicentro. Al precipitarse sobre algunos vehículos estacionados en la calle, produjo catorce víctimas. Compruebo que la gente de México está entrenada para reaccionar ante los temblores de la tierra. Desde niños, hacen simulacros en las escuelas y colegios. Es difícil describir lo que uno siente cuando experimenta la sacudida de los cimientos. Es una sensación de mareo, pérdida del equilibrio, desorientación. Quizá los terremotos físicos son también un símbolo de los terremotos culturales y espirituales que experimentamos continuamente, hasta el punto de que ya no sabemos bien qué significa vivir en calma. Todo se está agitando y moviendo sin que nos sea posible ajustarnos a los cambios tan rápidos. Cuando parece que vamos acostumbrándonos, viene una nueva sacudida que nos obliga a nuevas adaptaciones. Quizá necesitamos acostumbrarnos desde niños, como los mexicanos o los japoneses, a convivir con los temblores y a vivir una espiritualidad de la agitación. Vivir en paz en medio de la agitación. Este es uno de los desafíos de hoy.

Dentro de unas horas comenzaremos la asamblea de la Provincia claretiana de México. Será una oportunidad óptima para ver cómo estamos percibiendo los temblores de esta sociedad en cambio y cómo estamos respondiendo como misioneros. Han venido los misioneros que trabajan en distintos lugares de este gran país: desde las misiones con indígenas y afroamericanos en el estado de Oaxaca hasta los que viven los problemas de la inmigración y la violencia en Ciudad Juárez, en el confín con los Estados Unidos. Traerán la experiencia fresca de una misión que, en medio de su fragilidad, quiere acompañar a las personas más vulnerables, entre las que se incluyen también los sordomudos a través de una institución de apoyo llamada “Centro Clotet”. Me siento orgulloso de contar con hermanos que, día a día, sin aspavientos, se van entregando en distintas misiones. Quizá necesitamos todavía un nuevo impulso para ir más lejos, para “salir” hacia nuevas fronteras y periferias. No se trata de ser esclavos de las modas, sino de estar atentos a lo que Dios nos pide. México es, después de Brasil, el país con más católicos en el mundo. ¿Cómo hacer de la fe cristiana una experiencia de transformación en un país que crece económicamente pero que tiene todavía enormes bolsas de pobreza y en el que la corrupción y la violencia parecen consustanciales a la manera de ser de muchas personas? El país cuenta con muchos recursos naturales y, sobre todo, humanos y espirituales para hacer frente a estos desafíos. Esperemos que se sigan dando pasos y que nosotros podamos hacer nuestra parte.

domingo, 18 de febrero de 2018

Arcoíris, desierto y lago

La naturaleza es nuestra primera maestra. Cualquier niño que contemple el arcoíris tras una tarde de lluvia intuye que Dios no puede ser un tirano. El arcoíris es un símbolo demasiado hermoso como para indicar rencor y venganza. Basta adentrarse en un desierto, por pequeño que sea, para sentir lo esencial de la vida, el anhelo del Misterio. El desierto nos hace comprender que necesitamos poco para vivir y que “lo esencial es invisible a los ojos”. Un lago nos habla en seguida de paz, vida y abundancia. Pues si al magisterio de la naturaleza –el primer libro divino– añadimos la iluminación de la Biblia –el segundo libro de Dios– entonces todo resulta más claro e inteligible. Esto es lo que sucede precisamente en este Primer Domingo de Cuaresma. Es como si la naturaleza y la Biblia se hubieran puesto de acuerdo para regalarnos algunos mensajes que hagan más serena, clara y feliz nuestra vida. ¿Qué pasa cuando un hombre o una mujer del asfalto no aprenden a leer ninguno de estos dos libros y se dejan seducir por sucedáneos artificiales? ¡Que su vida se hace cada vez más insignificante y gris! Es como si la contaminación urbana acabara contaminando también las verdades más claras de la existencia. Escribo estas notas en Ciudad de México, una megalópolis en la que la gran contaminación me irrita los ojos. ¿Cómo se puede ver la vida con claridad en un lugar como éste?

El arco es símbolo de guerra. El arcoíris es un símbolo de paz. Es verdad que en el Antiguo Testamento Dios aparece a veces como un guerrero que tensa su arco contra los enemigos (cf. Sal 7), pero su verdadero arco, el que simboliza la alianza con su pueblo, el final de todo diluvio, es el arcoíris. Hoy muchos grupos utilizan también este símbolo, desde algunos movimientos pacifistas y ecologistas hasta el colectivo LGTB. Más allá de usos partidarios, algunos muy discutibles, su significado cósmico y bíblico es claro: Dios no quiere la violencia y la destrucción sino la paz y la vida. Vengar o asesinar no son verbos divinos sino escandalosamente humanos. No estoy seguro de que hayamos avanzado mucho con respecto a los pueblos del Antiguo Testamento. Los seres humanos nos seguimos matando en guerras organizadas o en venganzas de diverso tipo. Hemos hecho del arcoíris un inocuo elemento poético, no un símbolo revolucionario. Ayer, sin ir más lejos, me levanté con la noticia de que en la parroquia claretiana de Nuestra Señora de Fátima, en Kinshasa, el ataque de un grupo de bandidos se saldó con varios muertos. El arco de guerra sigue estan tenso. Nl quiero pensar en un temido enfrentamiento entre Estados Unidos y Corea del Norte o entre Rusia y la Unión Europea.

Hablar de desierto en México no es nada extraño. La zona norte del país es desértica, así que aquí no se piensa –como en Europa– en el desierto del Sahara sino en los desiertos de Chihuahua o Sonora.  El evangelio de Marcos sitúa a Jesús en el desierto antes de comenzar su ministerio público. No va allí para hacer senderismo o someterse a una dieta de adelgazamiento. Según el texto de Marcos, va al desierto “empujado por el Espíritu” para “ser tentado por Satanás”. Ir al desierto equivale a hacer su noviciado de 40 días antes de anunciar el Evangelio. Es un tiempo de prueba para calibrar la autenticidad de sus motivaciones y la verdad de sus experiencias. La Biblia está repleta de alusiones simbólicas al número 40. Quizás en el contexto de Marcos esta cifra se refiere a la duración media de una vida humana, de una generación. Es una manera simbólica de decir que Jesús pasa toda la vida en el desierto; o sea, que toda su vida fue una prueba constante, una tensión entre un mesianismo reducido a poder o un mesianismo planteado como servicio y entrega. Satanás es el símbolo de todos los males a los que Jesús tuvo que enfrentarse a lo largo de su vida para no malograr el proyecto del Padre. Para cada uno de nosotros, “ir al desierto” puede significar poner a prueba la profundidad de nuestras convicciones, averiguar si lo que nos nueve en la vida es la búsqueda de Dios o esa serie de objetivos penúltimos que la cultura consumista se empeña en presentar como últimos e imprescindibles para ser felices. Se nos va la vida entera en separar el oro de la ganga.

Jesús no anuncia el Reino de Dios en el desierto (como hacía Juan con su bautismo de penitencia). Tampoco se dirige, en primer lugar, a la ciudad de Jerusalén (donde el Templo polariza la religiosidad del pueblo). Se va a la región fronteriza y pagana de Galilea. Salta del desierto (lugar de la prueba) al lago de Tiberíades (lugar de la vida) con la esperanza de que en el bullicio de la vida cotidiana se despierte el sueño dormido del Reino de Dios. Su buena noticia –su evangelio– no consiste en anunciar la restauración de la monarquía davídica, como muchos esperaban, sino el señorío de Dios en el mundo; es decir, el triunfo del amor sobre los ídolos que hacen este mundo irrespirable: la codicia, el engaño, la injusticia y la violencia. Quienes sufren las consecuencias de un mundo inhumano (los pobres, los enfermos, los que no encuentran su sitio, los excluidos), enseguida sintonizan con la predicación de Jesús. Quienes, por el contrario, están medrando mediante el engaño y la extorsión, sienten que Jesús de Nazaret representa una grave amenaza para su vida de dominio y comodidad. Serán éstos (sumos sacerdotes, algunos fariseos, gente bien) quienes se apunten la primera victoria. Conseguirán quitarse de en medio a Jesús en un plazo de tiempo muy breve: entre uno o tres años. Pero serán los pobres quienes ganen la batalla final porque “a ellos pertenece el Reino de los cielos”. ¿Quién se acuerda hoy de aquellos gerifaltes satisfechos? Su miserable y estrecha ambición ha caído en el olvido. Sin embargo, el nombre de Jesús sigue resonando por todo el mundo como memoria de un Evangelio que siempre es alternativa a todos los sistemas que los seres humanos inventamos: a los de derecha y a los de izquierda; a los autoritarios y a los democráticos; a los capitalistas y a los comunistas. El Reinado de Dios echa raíces en nuestros logros, pero siempre los desborda. Por eso, es un sueño más que una conquista, un don más que una tarea.

Creo que la Cuaresma empieza este año a buen ritmo. Si tenéis ganas y tiempo para profundizar más, no os perdáis el vídeo de Fernando Armellini, con audio en español. Feliz domingo a todos desde Ciudad de México.


sábado, 17 de febrero de 2018

La tierra tiembla

Tras más de dos horas de vuelo de Roma a Madrid, tres de espera en el aeropuerto de la capital española y once horas más de vuelo transatlántico, estoy ya en Ciudad de México, la megalópolis azteca que no visitaba desde hacía casi siete años. Pasar de los 40 metros sobre el nivel del mar de Roma a los más de 2.200 metros de Ciudad de México no me ha producido ningún efecto especial. Acuso –eso sí– las siete horas de diferencia horaria, pero no hay tiempo para quejarse porque este fin de semana debo ultimar la preparación de la intensa actividad que comenzaremos el lunes en Morelia. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me enteré de que, apenas aterrizado el avión de Iberia (17:25, hora local), se produjo un terremoto de intensidad 7.2, con epicentro en el estado de Oaxaca. De hecho, sentimos dentro del avión las oscilaciones. Aquí, en Ciudad de México, no ha habido víctimas ni grandes daños materiales, pero la gente estaba asustada. Cuando hacía el trayecto del aeropuerto a la comunidad claretiana, vi que muchos seguían en la calle por temor a nuevas réplicas. Hasta el volcán Popocatepetl se ha activado a consecuencia del seísmo. Ha sido un recibimiento inesperado.

Pero me ha sorprendido más, si cabe, el eco que tuvo la entrada de ayer sobre el 90 cumpleaños de Pedro Casaldáliga. Se une a otras muchas publicaciones en diversos medios impresos y digitales de todo el mundo. Utilizando unas palabras usadas por el mismo Dom Pedro, Xabier Pikaza habla de él como de “un soldado derrotado de una causa invencible”. Otros críticos son más crueles. Lo tachan de dinosaurio progresista o de icono del progresismo radical. Comprendo que ciertas ideas y conductas de Dom Pedro desorienten a algunos y hasta los escandalicen, pero es necesario ir al fondo de sus planteamientos para comprender que tal vez nos escandalicen porque, sin pretenderlo, está denunciando nuestra reducción burguesa del Evangelio. No seré yo quien canonice en vida a Pedro Casaldáliga (no me gustan nada las campañas de santo subito), pero reconozco que su vida y su magisterio señalan con claridad el futuro del cristianismo. Ha sido un adelantado a su tiempo. Su éxodo de la vieja Europa hacia la “viña joven” americana le permitió intuir hace ya medio siglo por dónde soplaba el viento del Espíritu. Se tomó muy en serio las orientaciones del Vaticano II. La Iglesia del mañana, o será una Iglesia al servicio de los pobres de este mundo, o sencillamente no será.


Escribo estas cosas en un país de hondas raíces cristianas, que se esfuerza por encontrar nuevos caminos para expresar su fe. ¿Cómo trazar sendas que vayan más allá de su inoxidable guadalupismo y conecten la fe con los muchos desafíos que presenta el mundo contemporáneo? Durante los días que pasaré en Morelia reflexionaremos mucho sobre la llamada del papa Francisco a ser una Iglesia “en salida”. No se trata solo de repetir con otras palabras la invitación a evangelizar, sino de cambiar el modelo de evangelización, Tal vez el miércoles me anime a escribir un poco más sobre este asunto que tanto nos preocupa. Por el momento, disfruto del clima suave de Ciudad de México y, sobre todo, de la fraternidad de mis hermanos claretianos. No olvido que estamos en la obertura de esta sinfonía en cinco tiempos (¡permítasenos la heterodoxia musical!) que es el camino cuaresmal. Hay muchas personas que se lo toman en serio sin aspavientos. Incrementan su tiempo de oración, moderan su estilo consumista y se abren más a las personas necesitadas. Ayer, volando de Roma a Madrid, disfruté de la meditación sobre la oración atribuida a san Juan Crisóstomo. Me pareció un texto bellísimo e inspirador. Rescato el párrafo inicial: “Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios, ya que por ella nos ponemos en contacto inmediato con él; y, del mismo modo que nuestros ojos corporales son iluminados al recibir la luz, así también nuestro espíritu, al fijar su atención en Dios, es iluminado con su luz inefable. Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón; que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche”. Esperemos que hoy la jornada transcurra tranquila y que no haya nuevos temblores o réplicas.

viernes, 16 de febrero de 2018

Hay pocos así

No sé por dónde empezar la entrada de hoy. Desde hace semanas tengo perfilado el tema, pero no el enfoque.  Dejemos que el teclado del ordenador vuele con libertad. Quiero hablar de un hombre famoso y desconocido a un tiempo. Hoy cumple 90 años. Fue propuesto varias veces para Premio Nobel de la Paz, pero nunca se lo concedieron. Nació en un pueblo catalán llamado Balsareny, pero desde 1968 saltó el charco y nunca más ha vuelto a España. Han pasado 50 años desde su gran éxodo misionero de Europa a Latinoamérica. Este año celebra sus bodas de oro con el continente del que se ha enamorado: “¡Tenedme por latinoamericano, / tenedme simplemente por cristiano, / si me creéis y no sabéis quién soy!”. Vive en un rincón del inmenso Brasil llamado São Félix do Araguaia, en el estado de Mato Grosso. Le hubiera gustado morir en África como misionero, pero su salud no se lo permitió. Se expresa con igual profundidad y belleza en su catalán nativo, en el castellano de la juventud y en el portugués brasileño de su madurez y ancianidad. Su arma es la poesía. Se atreve a llamar al celibato una paz armada. La segunda parte de su vida se cuenta en una serie televisiva titulada Descalzo sobre la tierra roja. Abundan los libros  y reportajes sobre su trayectoria. Con motivo de su 90 cumpleaños se han multiplicado los artículos y exposiciones.

Nunca he tenido la oportunidad de encontrarme con él físicamente, pero he leído muchas de sus obras. Lo siento como un hermano mayor, o como un padre. Ambos somos misioneros claretianos. En los años 70 y 80 del siglo pasado su figura fue muy discutida. Tenía admiradores y detractores casi a partes iguales. Roma le tiró de las orejas en más de una ocasión porque no se ajustaba a los parámetros de un obispo comme il faut. Él obedeció desobedeciendo, que es lo mismo que decir que fue un poco más allá en espera de que el paso del tiempo ayudara a comprender sus opciones radicales y su estilo poco eclesiástico. Pablo VI lo defendió: “Quien toca a Pedro toca a Pablo”. Este hombre que hoy cumple 90 años, prisionero del Párkinson, la hipertensión y la diabetes, pero libre como el viento, es un obispo católico. Su nombre es Pedro Casaldáliga. O Pere, como se lo conoce en Cataluña. O Dom Pedro, como lo llaman sus amigos del Brasil. ¿Quién es este hombre lleno de contrastes? Él mismo dibujó su autorretrato en un soneto ya añejo:

Si no sabéis quién soy. Si os desconcierta
la amalgama de amores que cultivo:
una flor para el Che, toda la huerta
para el Dios de Jesús. Si me desvivo

por bendecir una alambrada abierta
y el mito de una aldea redivivo.
Si tiento a Dios por Nicaragua alerta,
por este Continente aún cautivo.

Si ofrezco el Pan y el Vino en mis altares
sobre un mantel de manos populares...
Sabed: del Pueblo vengo, al Reino voy.

¡Tenedme por latinoamericano,
tenedme simplemente por cristiano,
si me creéis y no sabéis quién soy!

¿Se puede siquiera pergeñar la silueta de un profeta de 90 años? Lejos de mí tal temeridad. Como homenaje a su figura flaca y fuerte, quiero limitarme a usar algunas de sus palabras para hablar no solo de él sino de sus causas: “Yo soy yo y mis causas”. Si su formación europea le ayudó a librarse del “sueño dogmático” y le enseñó a tener un pensamiento crítico, su encuentro con Latinoamérica lo despertó de su “sueño inhumano”. En Europa aprendió, siguiendo a Kant, a pensar por sí mismo, a ir más allá de los tópicos, a ser un poco rebelde. En Latinoamérica aprendió a ser rebelde con causa. Comprendió que no hay palabra más enérgica que el hecho bruto de que dos tercios de los hijos e hijas de Dios −se dice pronto− viven en la miseria o la pobreza a causa del injusto reparto de los bienes de la tierra. ¿Hace falta mucha reflexión para caer en la cuenta de que quienes gozamos de bienestar apenas dejamos que este hecho nos sacuda? Y, sin embargo, es el hecho más contundente, más real, aunque nuestros idealismos quieran ignorarlo. Seguir viviendo como si estos millones de personas no existieran es una bofetada a Dios, la antítesis de toda verdadera religión.  Pedro Casaldáliga lo palpó con sus manos. El mismo día de su consagración episcopal tuvo que enterrar por la mañana a un pobre campesino de 17 años que había sido asesinado. Aprendió a ser humano, y no dejó de serlo por ese mero hecho de ser también obispo.

Por ese mero hecho
de ser también obispo,
nadie me va a pedir
—así lo espero, hermanos—
que deje yo de ser
un hombre humano.
(Humanamente frágil, como todos.
Humanamente libre, como algunos.
Humanamente vuestro).

Su verdadera universidad han sido los pobres (sobre todo, los indígenas y campesinos) que viven junto al río Araguaia y que han sido y siguen siendo explotados o marginados: “No pagaré mis deudas; no me cobres. / Si no he sabido hallarte siempre en todos, / nunca dejé de amarte en los más pobres”. Más de una vez, sobre todo en la década de los 70, estuvo al borde de la muerte. Nunca se calló. Su sueño hubiera sido haber muerto mártir como sus queridos mártires de Barbastro, cuyo testimonio recogió de cerca cuando vivió algún tiempo en esa población oscense. Pero su martirio no ha sido cruento sino incómodamente profético, hasta el punto de suscitar posiciones encontradas. Se podía disentir con algunas de sus posturas políticas (el tiempo ha desenmascarado algunas), pero nadie podía negar su compromiso sin fisuras con los más pobres y su estilo de vida sencillo, a ras de suelo. Antes de escribir poemas o reflexiones, los probaba en el laboratorio de la vida cotidiana. No hay en él palabrería hueca o concesiones a la moda. El ruido de la máquina de escribir se acompasaba con el cacareo de las gallinas y el vuelo limpio de las garzas. ¡Pura experiencia hecha poesía! Sin apenas moverse de su rincón brasileño, ha acumulado amigos y admiradores en todo el mundo.

Al final del camino me dirán:
— ¿Has vivido? ¿Has amado?
Y yo, sin decir nada,
abriré el corazón lleno de nombres.

Conozco a más de un claretiano que ha escogido estos versos para el recordatorio de su ordenación sacerdotal. Pedro Casaldáliga, el hombre admirado, ha sido también muy criticado e incluso calumniado, dentro y fuera de la Iglesia. Se le ha tildado de iluso, ingenuo, subversivo, desobediente, comunista, heterodoxo y hasta de hereje. Testarudo parece que sí es. Su carácter es fuerte sin renunciar a la ternura. Vivir con él no es fácil. Muchos lo admiran lo admiramos a distancia, pero pocos han aguantado su ritmo y su estilo. No es nada fácil vivir junto a un profeta, aunque él no se las dé de tal. En los momentos más duros del combate aprendió a confesar sus verdaderas motivaciones:

Voy a engarzar en paz esas espinas
entre las rosas todavía nuevas.
Mi voluntad rendida Tú examinas,
Tú mi holocausto sin retorno pruebas.

Tus manos han ceñido mis riñones
desde la mocedad. Te ha reservado
mi corazón la flor de sus carbones.
Si he amado, Señor, a Ti te he amado.

Mi opción de eunuco por el Reino ostento
sobre esta frágil condición de hombre,
capaz, con todo, de acoger Tu aliento.

Cuando el lagar su desazón concluya,
Tú salvarás la causa de mi nombre
que sólo quiere ser la Causa Tuya.

Jesucristo ha sido el auténtico motor de su vida: “Si he amado, Señor, a Ti te he amado”. Por él ha vivido y luchado. Es imposible llevar una vida como la de Dom Pedro sin una comunión profunda, cultivada en la oración y en el compromiso, con Jesucristo. A él le ha dedicado los versos más hermosos. Espigo un soneto entre tantos:

¿Cómo dejarTe ser sólo Tú mismo,
sin reducirte, sin manipularte?
¿Cómo, creyendo en Ti, no proclamarte
igual, mayor, mejor que el Cristianismo?

Cosechador de riesgos y de dudas,
debelador de todos los poderes,
Tu carne y Tu verdad en cruz, desnudas,
contradicción y paz, ¡eres quien eres!

Jesús de Nazaret, hijo y hermano,
viviente en Dios y pan en nuestra mano,
camino y compañero de jornada,

Libertador total de nuestras vidas
que vienes, junto al mar, con la alborada,
las brasas y las llagas encendidas.

Capilla de la casa de Dom Pedro en São Félix do Araguaia, Brasil
Pero Jesús no está solo. Forma parte de una trinidad de amores:

Tengo tres amores, tres: el Evangelio,
la Patria Grande
y el Corazón intacto de una mujer:
la llena de Dios,
tan nuestra,
María de Nazaret.

Como buen hijo del Inmaculado Corazón de María, la Virgen de Nazaret ha ocupado un lugar único en su corazón y en sus versos. No se puede entender su vida y su ministerio sin este amor entrañable y desbocado a la madre de Jesús. Ella es la mujer campesina de Nazaret, la comadre de suburbio, la Señora de la ciudad y la Madre de Pentecostés. Es la niña del sí estremecido, la madre de los ausentes y la madre del mundo nuevo. Es la madre de Jesús y la Madre de la Iglesia. Es la Guadalupana y Santa María sin más títulos. ¡Es la Señora de la Esperanza!

Cuando El llegó ¿qué hora daba, Madre, tu Corazón?
(Mientras no llegaba
daba la hora de la esperanza.)
Pero cuando llegó
¿qué hora daba... ?

En referencia a este poemita mariano, el gran poeta José García Nieto escribió que “puede bastar esta muestra para recordar a un poeta por mucho tiempo”.

La entrada de hoy me ha salido excepcionalmente larga. Podría estirarla muchísimo más, pero baste con algunos botones de muestra. Me mueve la admiración −es verdad− pero, sobre todo, la convicción de que creyentes como Dom Pedro “hay pocos así”. 

Desde este humilde Rincón de Gundisalvus, perdido en el mar de Internet, le envío mi felicitación fraterna con motivo de su 90 cumpleaños. Me alegro mucho de que haya roto el salmo 89 por arriba. En él se nos recuerda que “el más robusto vive hasta 80 años”. Pedro Casaldáliga, por la gracia de Dios, ha coronado hoy la cima de los 90. Y, además, contrariando otra vez el salmo –que afirma que “la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan aprisa y vuelan”– los ha llenado de entrega a Dios y a los más pobres. Por todo ello:

Per molts anysMuchas felicidades 

Parabéns pra você,
Nesta data querida.
Muitas felicidades,
Muitos anos de vida.



jueves, 15 de febrero de 2018

Sacudir la alfombra

Es normal encontrar a muchas personas que se desahogan así: “¡Estoy supercansado!”. La frase es patrimonio de jóvenes y de viejos. Parece que el ritmo de vida que llevamos es una fábrica de hombres y mujeres cansados. En el caso de los urbanitas este cansancio es casi crónico, al punto que siempre están deseando tomar vacaciones, disfrutar de un puente largo o, por lo menos, llegar al fin de semana. Se multiplican las salidas al campo o a la playa, el alquiler de casas rurales, los viajes al extranjero aprovechando los vuelos low cost, las visitas a museos, las reuniones con los amigos, la asistencia a espectáculos como el fútbol o los conciertos, etc. Casi todas son actividades agotadoras que, sin embargo, se emprenden con el secreto deseo de descansar. El resultado suele ser un cansancio añadido. En algunos casos, las tensiones familiares y laborales hacen que bastantes personas se sientan no solo cansadas sino quemadas, sin ganas de seguir adelante, hombres y mujeres que se mueven como autómatas. A veces, esta sensación se diagnostica como depresión. En la mayoría de los casos, se convierte en una especie de segunda piel que se lleva como se puede, sin la etiqueta técnica de un facultativo y sin recurrir a fármacos antidepresivos. C'est la vie, solemos decir. ¿Será verdad?

No es fácil saber por qué nos cansamos más de la cuenta. Hay tantos cansancios como sujetos. No se trata solo del volumen de actividades. Hay personas que tienen muchos frentes abiertos y casi siempre están frescas, como si el trabajo no fuera una fuente de desgaste sino de alimentación. Tampoco tiene que ver siempre con la salud. Hay muchos con las constantes en regla y, sin embargo, no pueden evitar una sensación permanente de hastío. Es cierto que las motivaciones cuentan. Saber por qué se hace algo nos da alas. Trabajar sin saber por qué ni para qué nos deprime. Pero hoy, en estos primeros compases del tiempo de Cuaresma, quiero referirme a otra causa que cada vez me parece más real y de la que apenas hablamos. A menudo nos cansamos y perdemos la alegría de vivir porque vamos acumulando debajo de la alfombra de la vida demasiados cadáveres y nunca tenemos la oportunidad de retirarlos. Espero que la metáfora no se malinterprete. Un día echamos mano de una mentira para salvar el tipo (y no pasa nada), otro día traicionamos a alguien para conseguir algún beneficio (y no pasa nada). De vez en cuando hablamos mal de las personas cercanas, herimos a algunas con palabras o hechos.  O nos dejamos llevar por la lujuria, la ira o el orgullo (y sigue sin pasar nada). Poco a poco nos vemos atrapados en una vida falsa, tramposa, llena de pequeños cadáveres escondidos que nunca hemos incinerado. Solemos justificarnos diciendo que “no pasa nada”, que casi todo el mundo trapichea con la verdad y la honradez... y la vida sigue. Toda esta podredumbre que parece inocua se va acumulando en nuestro interior. Al principio resulta casi imperceptible porque, en efecto, “no pasa nada”. La vida sigue su curso como si tal cosa. Pero, con el paso del tiempo, se va formando una capa tan gruesa de inautenticidad que comenzamos a notar los primeros síntomas de desequilibrio. Uno de ellos es casi siempre el cansancio o el hastío, la pérdida de gusto por lo que hacemos, la necesidad compulsiva de descansar. Creemos que un fin de semana en la montaña o en la playa va a devolvernos la paz, pero solemos regresar a casa igual que antes, si no más cansados y aburridos.

La Cuaresma nos invita a mirar debajo de la alfombra sin miedo, a sacudir y ventilar las miserias que hemos ido acumulando y que creíamos inocuas. Lo voy a decir de manera cruda: no hay nada más “relajante” que una buena celebración de la Reconciliación. No solo porque toda comunicación de la intimidad suele descargarnos, sino, sobre todo, porque experimentamos el bálsamo de la misericordia de Dios, que es el único que sana las raíces de nuestro cansancio vital. Este bálsamo no es comparable al alivio que puede producir el coloquio con un psiquiatra o a una charla a tumba abierta con un buen amigo. Es algo que va más allá del bienestar personal, de los sentimientos y de las ideas. ¡Es un sacramento! O sea, un signo visible y eficaz de la gracia de Dios. Puede que haga mucho tiempo que no nos confesamos, puede incluso que ya no sepamos en qué consiste este “sacramento del camino”, estos “primeros auxilios” en ese hospital de campaña que es la Iglesia. Basta dar el primer paso, responder a la invitación que más de una vez habremos escuchado como saliendo de nuestro corazón. En la confesión podemos poner nombre a nuestras miserias y cansancios sin sentirnos juzgados ni humillados. No hay ser humano más digno que el que se arrodilla ante Dios como pecador y se levanta como hijo. El hombre moderno cree que no necesita ser perdonado, que le basta cubrir todo con la alfombra del olvido o, en el mejor de los casos, con la sugestión de que “no ha pasado nada”. Pero la prueba de que esa mentira no es liberadora ni sanadora es que no puede quitarse de encima un cansancio crónico porque, casi sin darse cuenta, ha ido cegando la fuente que le proporciona el agua de la vitalidad y la energía. ¿Será la Cuaresma de este año otra oportunidad perdida para dar el primer paso? ¿O quizás podemos decir “de este año no pasa”?

miércoles, 14 de febrero de 2018

Somos polvo enamorado

¡Qué casualidad que este año coincidan el Miércoles de Ceniza −comienzo de la Cuaresma− y el Día de los Enamorados! En principio, no parece que la fiesta de los sentimientos y regalos case bien con una jornada de ayuno y abstinencia. Es como si los caprichos del calendario hubieran juntado en una sola fecha las dos caras de la vida. Junto al ramo de rosas rojas aparecen las cenizas en la frente. Y la cena romántica es sustituida por una “frugal colación”, como decía el catecismo que aprendí de niño. Por cierto, compruebo que, siguiendo la legislación de la Iglesia, a partir de este año ya no estoy “obligado” a la práctica del ayuno. Quizás ahora entiendo su sentido mejor que nunca. Sin embargo, la Iglesia me exonera de esta práctica en razón de la provecta edad. Otra nueva paradoja. ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Estamos listos para vivir la Cuaresma como un itinerario hacia la Pascua en estos tiempos digitales? ¿No estamos perpetuando celebraciones que hace tiempo que perdieron su sentido y que más parecen residuos de otras épocas que verdaderas prácticas iniciáticas para hoy? Es como si un año más tuviéramos la impresión de vivir (es decir, no vivir) lo que vivimos (es decir, no vivimos) el año pasado. Los sacerdotes volverán a exhortarnos a la conversión, a “creer en el Evangelio”, al mismo tiempo que nos imponen la ceniza. Y nosotros volveremos a humillar la cabeza, conscientes de que todo seguirá más o menos igual que siempre. Buena voluntad no nos falta, pero la vida tiene unos ritmos que poco o nada tienen que ver con los tiempos litúrgicos.

Este año el mensaje del papa Francisco para la Cuaresma lleva un extraño título: «Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12). Su objetivo es ayudarnos “a vivir con gozo y con verdad este tiempo de gracia”. Frente al peligro de que nuestro corazón se enfríe, el Papa nos invita a practicar la terapia cuaresmal de la Iglesia: oración, ayuno y limosna. El mensaje es breve. Se puede leer en pocos minutos. El diagnóstico del que parte puede parecer negativo, pero lo juzgo certero. Habla de los falsos profetas que hoy nos hielan el corazón con sus sofismas y engaños. Los describe así: “Son como «encantadores de serpientes», o sea, se aprovechan de las emociones humanas para esclavizar a las personas y llevarlas adonde ellos quieren. Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad”. El engaño consiste en presentar como valioso algo que es insustancial y efímero, en vender como oro lo que no es más que polvo. Basta darse un paseo por la avenida de cualquier gran ciudad para ver hasta qué punto somos invadidos por reclamos de todo tipo que nos prometen el cielo en la tierra: desde un viaje al Caribe hasta una comida exquisita o una ropa de marca, pasando por un coche de gran cilindrada o un teléfono móvil de última generación.

La Cuaresma cristiana procede al revés. No tiene miedo de ir a contracorriente de la publicidad. Comienza hablándonos del polvo (“Polvo eres y en polvo te convertirás”) para hacernos ver, a través de un camino de cuarenta días que nos lleva hasta la Pascua, que Dios no nos ha dejado de su mano, que nuestra existencia es muy frágil y precaria, pero está llamada a la plenitud, que somos polvo, sí, pero “polvo enamorado”, como cantaba Quevedo con belleza y profundidad. No hay en las prácticas cristianas ningún resquicio de masoquismo, desprecio del cuerpo o negación de la vida. El poeta Luis Blanco Vega supo transformar la clásica octava real “Yo, ¿para que nací? ¡Para salvarme!” , una composición más bien dualista, en un canto al Dios amigo de la vida. Los dos últimos versos fluyen así: “Y solo me pregunto en qué me encanto / cuando huyo de la vida por ser santo”. La Cuaresma no nos invita a huir de la vida mediante prácticas obsoletas. Sucede lo contrario. Nos invita a descubrir vida en todo cuanto existe, a caer en la cuenta de que el mundo está transido de resurrección, a descubrir fragmentos de amor en el polvo que somos. No nos ponemos en camino para huir de nada ni de nadie, sino atraídos por el poderoso magnetismo de la Pascua. Ayunamos para saber quiénes somos, antes de que los objetos nos deshumanicen en esta sociedad consumista. Damos limosna para no olvidar que existen los otros necesitados. Oramos para adorar al único Dios en tiempos en los que en el panteón posmoderno no cabe un diosecillo más. Es solo cuestión de ajustar las coordenadas. Hay trabajo antes del 1 de abril.