miércoles, 20 de enero de 2021

Madre de la unidad

Hoy los informativos de todo el mundo hablarán de la toma de posesión de Joe Biden como el 46 presidente de los Estados Unidos en una ciudad de Washington blindada. Tengo curiosidad por escuchar en directo su discurso inaugural. Cuando jure su cargo, se encontrará con un país muy dividido y que ha superado ya los 400.000 muertos a causa del Covid. Más al sur, sigue el drama de la caravana de migrantes hondureños detenida y dispersada en Guatemala cuando se dirigía a los Estados Unidos con la esperanza probablemente vana de encontrar acogida en un país que quiere superar los desgarros producidos por la administración Trump, pero que, en buena medida, todavía mira con recelo a los que vienen de fuera. En mi querida Italia, el primer ministro Giuseppe Conte supera la moción de confianza en el parlamento y el senado, pero tendrá que gobernar en minoría parlamentaria. 

Todos estos asuntos ocupan las cabeceras de los periódicos, pero hay otro de largo alcance que como cada año colorea esta tercera semana de enero. Me refiero al sueño de la unidad de las iglesias cristianas divididas desde hace siglos. El tema de la oración de este año 2021 es “Permaneced en mi amor y daréis fruto en abundancia” (Jn 15, 5-9). Evocando el Evangelio de Juan, el fruto evangelizador se relaciona con la permanencia en el amor. Donde no hay amor, no hay misión eficaz.

Se dice que uno de los obstáculos para la unión plena de las iglesias cristianas es la distinta concepción del “ministerio de Pedro” y también la diferente interpretación del significado de la Virgen María. El teólogo suizo Hans Urs von Balthasar hablaba de la existencia del “principio petrino” y el “principio mariano” en la Iglesia. Creo que en las últimas décadas se han dado pasos significativos en la línea de una comprensión común.  Estoy convencido de que María no será una barrera, sino, más bien, una vía de acercamiento porque ella es la madre que Jesús ha dejado a su comunidad reunida. Sin María no hay auténtica comunidad de seguidores de Jesús. Ella nos congrega en la espera del Espíritu Santo, que es el verdadero creador de la unidad en la diversidad, que enriquece la Iglesia con ministerios y dones varios. 

He recordado esta misión de María y del Espíritu en el camino de la unidad al contemplar el mosaico que hace unos días bendijimos en una de las fachadas de la casa en la que vivo. Este mosaico me trae gratos recuerdos. Durante 40 años estuvo en la capilla del colegio internacional Claretianum de Roma, en el que yo residí mientras hacía mis estudios de especialización a comienzos de los años 80 del siglo pasado. Ante este enorme mosaico de más de diez metros cuadrados he orado y celebrado la Eucaristía muchas veces. Esa Virgen de Pentecostés ha sido testigo de capítulos generales, encuentros internacionales de renovación claretiana, etc. Cuando la capilla se modificó en el año 2000, el mosaico fue desmontado y almacenado en fragmentos cuadrados a la espera de un nuevo destino. Han tenido que pasar veinte años hasta que el pasado diciembre se instaló en una de las paredes externas de la capilla de nuestra Curia General.

Contemplando esta Virgen de Pentecostés desde nuestro jardín, con los brazos abiertos y las llamas de fuego, pienso que la unidad no se realizará sin la presencia de la Madre en medio de nosotros. Todos (católicos, ortodoxos y protestantes) tenemos que redescubrirla de un modo nuevo, superando prejuicios históricos y abriéndonos a una nueva comprensión. Como decía el teólogo Karl Rahner hace varias décadas, quienes reducen el cristianismo a mera ideología de interpretación de la realidad o de transformación social no saben dónde situar a María porque las ideologías no necesitan una madre. Quienes, por el contrario, entienden y viven la fe como una adhesión personal a Jesús, sin ninguna violencia se encuentran con María porque Jesús sí tiene una madre.

Delante del nuevo mosaico que acoge a quienes nos visitan, que está expuesto al relente de la noche y a los rayos del sol de mediodía, le pido a esta Madre de la unidad que nos acompañe en este siglo XXI hacia la unidad querida por Jesús cuando le rogaba al Padre que todos fuésemos uno, que nos ayude a aprovechar las riquezas de todos en una nueva unidad, que no es la suma de nuestras imperfecciones, sino el don que Dios nos concede. Al igual que las teselas del mosaico forman una hermosa composición (desde las doradas que refulgen al sol hasta las grises y de otros colores), así la Iglesia puede ser una y diversa en toda su hermosura. Solo una Madre como María, llena del Espíritu Santo, sabe cómo respetar e integrar las diferencias que existen en la familia cristiana. Madre de la unidad, ruega por nosotros.



martes, 19 de enero de 2021

La tendencia pornográfica

Parece que la pandemia ha aumentado el consumo digital de pornografía. Parece también probado que la edad de inicio en el consumo del porno cada vez desciende más. Hay muchos adolescentes, e incluso niños, que se enganchan a través de Internet. Para muchos padres y educadores constituye una fuente de preocupación porque la pornografía en Internet sustituye a la necesaria educación sexual que los niños, adolescentes y jóvenes deberían recibir en la familia y en la escuela. Sobre estos temas se escribe mucho en ámbitos pedagógicos. Pero, aun siendo muy preocupante este fenómeno, no quiero fijarme en él, sino en lo que el filósofo surcoreano Byung-Chul Han denomina la “tendencia pornográfica” de nuestra sociedad. Esta no se limita a una “presentación abierta y cruda del sexo que busca producir excitación” (como define el diccionario de la RAE la palabra “pornografía”), sino que apunta a la abolición de cualquier sentido de límite. 

Estamos viviendo un momento en el que muchas personas aspiran a una libertad carente de cualquier límite. Se sienten con derecho a todo. Para algunos, esta tendencia es fruto del “endiosamiento” del hombre debido a los ideales autónomos de la modernidad. Para otros, es una consecuencia de la caída de relatos y de fundamentos acaecida durante la posmodernidad, etc. Más allá de sus verdaderos orígenes, la tendencia a transgredir por el mero placer de transgredir parece un rasgo típico de nuestro tiempo. Encontramos muchas manifestaciones. El episodio más reciente ha sido el asalto al Capitolio de Washington, que simboliza el “monte sagrado” de la democracia estadounidense y que evoca la colina capitolina romana.

¿Por qué tantos hombres y mujeres de todas las edades sienten que pueden hacer lo que les venga en gana, que no hay ningún límite que pueda interponerse entre sus deseos y la realidad? Creo que no hay una sola razón que explique esta tendencia, pero intuyo que, en el fondo, se trata de una pérdida del sentido sagrado de la realidad. Es cierto que la secularización de las cosas nos ha llevado a una actitud de dominio y, en consecuencia, a un gran progreso material. En esta carrera hemos creído que no hay ningún límite que no podamos sobrepasar, convencidos de que “todo lo que es técnicamente posible es también éticamente realizable”. No sabemos ya qué significa la sacralidad del ser humano y de la naturaleza. Nos sentimos autorizados a manipular todo si en ello encontramos excitación, placer o provecho. En el campo de las relaciones humanas, la otra persona se convierte en un “objeto” al servicio de mis necesidades afectivas, de mis fantasías sexuales o de mis apetencias manipuladoras. Creo que a este fenómeno se refiere Byung-Chul Han cuando denuncia la “tendencia pornográfica” de nuestra sociedad, y no solo al consumo exagerado y adictivo de imágenes de alto voltaje sexual. 

En realidad, se trata de una tendencia tan antigua como el ser humano. De hecho, en el libro del Génesis encontramos la clave que nos permite descifrar este misterio. Pone en la boca de Dios esta advertencia: “El Señor Dios dio este mandato al hombre: «Puedes comer de todos los árboles del jardín, pero del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás, porque el día en que comas de él, tendrás que morir»” (Gn 2,16-17). Esta advertencia sigue siendo válida para los seres humanos de todos los tiempos. Pero, como sabemos por experiencia, dentro de nosotros hay una “serpiente” (el propio yo envalentonado) que nos instiga a no escuchar la voz de Dios. Lo que sucede como consecuencia se expresa muy bien en el lenguaje mítico-simbólico del Génesis: “Entonces la mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable para lograr inteligencia; así que tomó de su fruto y comió. Luego se lo dio a su marido, que también comió. Se les abrieron los ojos a los dos y descubrieron que estaban desnudos; y entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron” (Gn 3,6-7).

Cuando traspasamos los límites de ese espacio “sagrado” que pertenece a Dios (por ejemplo, el misterio de la otra persona), caemos en la cuenta de nuestra desnudez. No es nada extraño que las mismas personas que quieren romper todos los límites (el consumo de pornografía es solo un indicador) experimenten como consecuencia una profunda desnudez, una gran vaciedad interior y una esclavitud adictiva. ¿Qué hacer? ¿Cómo reaccionar? Si nos da igual manipular a las personas o reducirlas a “objetos” de consumo sexual, si no tratamos con delicadeza a los ancianos, si no respetamos la sede de las instituciones públicas, si abusamos del lenguaje obsceno e insultante, si nos reímos de los símbolos colectivos que han expresado nuestra identidad multisecular, si jugamos con el nacimiento (aborto) y la muerte (eutanasia), si incentivamos la prostitución, si entramos en una iglesia y no experimentamos la necesidad de arrodillarnos ante el tabernáculo que guarda la presencia sacramental de Jesús y nos comportamos como si estuviéramos en un museo… no nos extrañemos de que muchas personas vivan una existencia gris y alienada. No nos escandalicemos de que crezcan tanto las industrias y programas de “entretenimiento”. Cuando hemos perdido el sentido de la “sacralidad” de la vida como don de Dios, entonces no tenemos más remedio que rellenar el vacío a base de cosas que hagan más llevadera una existencia insignificante. 

Creo que la “tendencia pornográfica” de nuestra sociedad solo se supera cuando perforamos la realidad cotidiana y nos abrimos al misterio sagrado que subyace, porque toda realidad, en un grado u otro, transparenta el misterio de Dios. En el caso del ser humano, esta transparencia alcanza su ápice porque hemos sido creados “a imagen y semejanza de Dios” (cf. Gn 1,26). 

lunes, 18 de enero de 2021

Un mundo con dos caras

Hoy debería escribir algo sobre la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, pero dejo el tema para más adelante. Me remito a lo vivido el sábado pasado. En mi numerosa e internacional comunidad romana, todos los sábados, de 8 de la tarde a 10,30 de la noche, vivimos una experiencia “pi-bi-fi”. Por si esta extraña palabra no dice nada, debo aclarar que es una apócope de “pizza-birra-film” (o sea, pizza, cerveza y película). Es una forma de cerrar la semana con un tono festivo. La película del sábado pasado fue La lavandería (título original The Laundromat), protagonizada por Meryl Streep, Gary Oldman y Antonio Banderas. Se estrenó en septiembre de 2019. Se basa en el libro de Jake Bernstein Secrecy World: Inside the Panama Papers Investigation of Illicit Money Networks and the Global Elite, que se centra en el caso de escándalo financiero internacional conocido como Panama Papers. Con esta expresión que en español traducimos por Papeles de Panamá los medios de comunicación se refirieron a una filtración informativa de documentos confidenciales de la desaparecida firma de abogados panameña Mossack Fonseca. Esta firma ofrecía servicios que consistían en fundar y establecer compañías inscritas en un paraíso fiscal con el objetivo primario de “ocultar la identidad de los propietarios”. Es fácil imaginar cuántas empresas y particulares se beneficiaron de esta “lavandería” fiscal y financiera.

La película me hizo evocar la peor cara de nuestro mundo, esa que está asociada al comercio internacional de armas, el mercado de la droga, el tráfico de órganos y personas, el lavado de dinero, las evasiones fiscales, los sobornos y extorsiones y tantos otros fenómenos de perversión y maldad. Aunque no lo sepamos, aunque de vez en cuando admiremos o saludemos a personas de guante blanco, nadamos en un océano de corrupción. Muchos de los magnates que exhiben su insultante riqueza en las páginas del papel couché o la esconden de las miradas indiscretas en sus mansiones de ensueño la han amasado de manera fraudulenta, saltándose todas las reglas del juego. Pueden parecer personas honorables, pero, en realidad, son lobos con piel de oveja, sanguijuelas que devoran a quien sea necesario con tal de medrar. 

A ellos se les podrían aplicar las palabras duras del profeta Amós: “Escuchad esto, los que pisoteáis al pobre |y elimináis a los humildes del país, diciendo: «¿Cuándo pasará la luna nueva, | para vender el grano, | y el sábado, para abrir los sacos de cereal | —reduciendo el peso y aumentando el precio, | y modificando las balanzas con engaño— para comprar al indigente por plata | y al pobre por un par de sandalias, | para vender hasta el salvado del grano?». El Señor lo ha jurado por la Gloria de Jacob: | No olvidaré jamás ninguna de sus acciones” (Am 8,4-7). Al principio y al final de la película se evoca irónicamente la bienaventuranza de Jesús que habla sobre los mansos que poseerán la tierra. ¿Se trata de un mero desahogo poético o es verdad que Dios se pone de parte de los oprimidos? ¿No estamos viendo a diario lo contrario, que los poderosos triunfan y siempre se salen con la suya?

El mismo sábado, con alguna hora de retraso, pude ver un reportaje de Informe Semanal sobre las consecuencias del temporal Filomena en España y, más concretamente, en Madrid. Junto a las primeras imágenes idílicas de la abundante nieve, en seguida aparecieron otras que mostraban sus consecuencias dañinas. Era algo conocido. Los medios de comunicación han estado hablando profusamente de ello a lo largo de la semana pasada. Lo que más me llamó la atención fue el derroche de solidaridad que se desató en todas partes. El reportaje se fijó mucho en la famosa iglesia de san Antón, en el centro de Madrid, donde trabajan los voluntarios de Mensajeros de la Paz con el mediático Padre Ángel a la cabeza. Muchos hombres y mujeres de la calle encuentran allí comida caliente, ropa de abrigo y, sobre todo, personas que los acogen y escuchan. Pero eso es solo un pequeño botón de muestra porque la solidaridad se extendió a personas que se organizaron para limpiar las calles, taxistas y voluntarios que trasladaron a personas (sobre todo, enfermos) cuando no podían funcionar los transportes públicos, sanitarios que doblaron sus turnos, voluntarios de todo tipo que donaron sangre, hicieron la compra a ancianos, asistieron a los enfermos, personal de Caritas, policías y soldados de diversos cuerpos, etc. 

Es emocionante ver esta otra cara del mundo. Los seres humanos podemos ser ratas y sanguijuelas (como se ve en la película La lavandería) o ángeles custodios que nos preocupamos por los demás (como se ha comprobado a propósito de la borrasca Filomena). Quisiera creer que, por mucha miseria y maldad que hay en nuestro mundo, nuestro corazón está hecho para ser solidarios, que todos nos sentimos más nosotros mismos y felices cuando salimos de nuestro egoísmo y nos podemos a servir. Solo cuando esta cara sea dominante, podremos empezar a ver que María tenía razón cuando, en su Magnificat, proclamaba que Dios “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”.



domingo, 17 de enero de 2021

Juego de miradas

Si este año el 17 de enero no hubiera caído en domingo, hoy estaríamos celebrando la fiesta de san Antonio Abad, uno de los santos más populares del calendario cristiano. Pero, en realidad, celebramos el II Domingo del Tiempo Ordinario. He escrito ya varias veces sobre el fragmento del Evangelio de Juan (Jn 1,35-42) que se lee en la misa de hoy. En él se narra el encuentro de algunos discípulos con Jesús hacia las cuatro de la tarde. Es un relato de vocación muy distinto a los que cuentan los otros evangelistas. No se produce junto al lago de Galilea, sino a orillas del Jordán, donde predicaba y bautizaba Juan el Bautista. A mí siempre me ha fascinado. De principio a fin está lleno de alusiones simbólicas. Como siempre, es muy difícil separar la base histórica de la interpretación teológica. Yo diría que no hay historia sin teología y no hay teología sin historia. 

En otras ocasiones, he puesto el acento en la pregunta de Jesús: ¿Qué buscáis? Y también en la pregunta de los discípulos: ¿Dónde vives? Me parecía que ambas preguntas formaban parte de ese diálogo misterioso que los seres humanos establecemos en la vida con el Misterio que nos seduce y nos sobrecoge. Siempre nos vemos entre una búsqueda y un hallazgo, una pregunta y una respuesta. Al final, la tensión no se resuelve con una contestación redonda, sino con la invitación a experimentar un nuevo tipo de vida: Venid y lo veréis. Por eso, no me extraña que este pasaje se utilice tanto en programas de pastoral juvenil y vocacional. Muchos de ellos se llaman precisamente así: “Venid y lo veréis” (come and see). La fe en Jesús es, sobre todo, una experiencia de amistad con él, no el resultado de un hallazgo científico o de un razonamiento lógico. 

Esta vez, sin embargo, me he fijado en un atractivo e interpelante juego de miradas, que no tiene que envidiar nada al famoso “juego de tronos”. En el Evangelio de hoy, por dos veces se utiliza la expresión “fijando la mirada en él”, aunque en la versión litúrgica, la primera vez se traduce por “fijándose en” y la segunda por “se le quedó mirando”. En el primer caso, el que mira es Juan el Bautista. El objeto de la mirada es Jesús. La mirada va acompañada por una declaración de nueva identidad: “Éste es el Cordero de Dios”. No se trata solo de presentar a su pariente Jesús de Nazaret llamándolo por su nombre ordinario, sino de revelar su verdadera y nueva misión: ser el Cordero que, sacrificándose, borrará el pecado del mundo. 

En el segundo caso, quien mira es Jesús mismo. Se fija en Simón de Betsaida. También ahora la mirada va seguida por una declaración que indica la nueva misión: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce Pedro)”. Cuando a alguien se le encomienda una nueva misión, se le cambia el nombre. El binomio Jesús-Simón se convierte en el binomio Cordero-Piedra. Somos lo que estamos llamados a ser. El primero dará su vida como Cordero inmolado. El segundo será piedra sobre la que se construirá la comunidad de Jesús. Todo ha comenzado con un intercambio de miradas.

Hace años, muchas personas tenían miedo de la mirada de Dios. Desde niños se habían acostumbrado a verlo representado como un ojo inmenso enmarcado por un triángulo. Todavía se ve en muchos retablos antiguos de nuestras iglesias. En algunos ambientes catequéticos y devocionales, el dibujo se acompañaba de una coplilla que tenía el sano propósito de invitar a la conversión, pero que contribuyó a difundir una imagen temible de Dios asociada a la muerte: “Mira que te mira Dios, / mira que te está mirando. / Mira que vas a morir, / mira que no sabes cuándo”. En el Evangelio de hoy no nos encontramos con esta mirada inquisidora, sino con una mirada que abre un nuevo futuro. En realidad, cuando repasamos las miradas de Jesús, descubrimos siempre un hontanar de misericordia. 

Basta recordar la mirada al joven rico: “Jesús lo miró fijamente con cariño” (Mc 10,21). O la mirada a Zaqueo: “Cuando Jesús llegó a aquel lugar, levantó los ojos y le dijo” (Lc 19,5). Misteriosa, pero llena de comprensión, debió de ser la mirada a Pedro en el patio de la casa del sumo sacerdote: “Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro” (Lc 22,61). Y también la que tuvo que dirigirle a Judas en el huerto de Getsemaní, acompañada por una expresión que no es de reproche ni de condena: “Amigo, haz lo que has venido a hacer” (Mt 26,50). Me pregunto cómo experimentamos cada uno de nosotros la mirada de Jesús. ¿La acogemos con amor? ¿La esquivamos porque desnuda nuestra mezquindad? Quizá no hay señal más profunda de amistad que dejarse mirar/amar por las personas que nos quieren de verdad. Necesitamos dejarnos mirar por Jesús para experimentar que nadie nos ama como él.



sábado, 16 de enero de 2021

Elogio de la rutina

Ya sé que “vivir es cambiar” (John H. Newman) y que es mucho más interesante la compleja Italia renacentista que la plácida Suiza del siglo XVI, rodeada de cumbres nevadas y llena de prados verdes y vacas lustrosas, en la que nunca pasaba nada o casi nada. Pero, como dice el chiste, mientras Suiza se limitó a vivir tranquila y popularizar el reloj de cuco y, siglos más tarde, el chocolate y el secreto bancario, en esa Italia convulsa, llena de intrigas, pasiones y crímenes, solo surgieron algunos genios como Leonardo da Vinci, Miguel Angel, Rafael, Galileo, Monteverdi y otros muchos que han cambiado la historia de la humanidad. ¡Qué le vamos a hacer! Ya sé que la vida suele ser más excitante y creativa cuando cada día sucede algo nuevo que nos saca un poco de muestras casillas, incluso cuando hay algo che ci rompe le palle (me ahorro la traducción). Ya sé que a los escritores y cineastas les gustan las historias de malos que parecen buenos, de pasiones extremas y de continuos quiebros en la trama. Sí, todo eso ya lo sé y, en condiciones normales, me gusta. 

Pero es que llevamos unos meses que no ganamos para sustos. Hemos malgastado  ya nuestra capacidad de sorpresa. La pandemia nos lleva de sobresalto en sobresalto. No sabemos si nos van a contagiar o seremos nosotros los transmisores asintomáticos del virus, si nos van a confinar o si entraremos en zona gialla, arancione o rossa (que son las categorías que se usan en Italia), si el toque de queda será a medianoche, a las 11, a las 10 o a las 8.  Cuando parecía que empezábamos a levantar cabeza, viene la “tercera ola” con toda su fuerza y vuelve a tirarnos contra la lona. Por si no fuera suficiente, hordas republicanas asaltan el Capitolio de Washington, una gran nevada paraliza Madrid más allá de lo razonable, se produce un fuerte terremoto en Indonesia y, para más inri,  Matteo Renzi, tan florentino él, vuelve a poner patas arriba el parlamento italiano, en un ejercicio de malabarismo (¿he dicho maquiavelismo?) político que es muy común en Italia. Total, que todos los días nos levantamos con el alma en vilo. Parece que ya no está permitido respirar a fondo, dormir a pierna suelta y confiar en que mañana volverá a salir el sol por Antequera.

Cuando se multiplican las alarmas, echo de menos siquiera por un tiempo breve la vieja normalidad, la dulce rutina de otros tiempos, si es que han existido de verdad “otros tiempos”. Extraño los días en los que aparentemente no pasaba nada, excepto una sucesión pacífica de prácticas cotidianas: levantarse, asearse, rezar, desayunar, trabajar, comer, hablar con algunos conocidos, pasear, leer, volver a rezar y dormir. Lo que en algún momento me pudo parecer monótono y aburrido (hablar, saludar, tocar, abrazar, etc.) ahora lo añoro como se añora la infancia idealizada, a sabiendas de que no todo fue bello y perfecto. No sé si esta añoranza es un sentimiento colectivo o, más bien, una enfermedad mía. ¿Cuánto tiempo podremos vivir en continuo sobresalto sin padecer algún desequilibrio mental? 

Es verdad que siempre han pasado muchas cosas, pero ahora somos casi 8.000 millones de seres humanos en el planeta Tierra, estamos todo el santo día conectados a Internet y recibimos un bombardeo continuo de información. O sea, que nos enteramos de más cosas en un día que las que conocía un aldeano de hace cien años en toda su vida. No sé si nuestro cerebro está preparado para procesar tanta información y, sobre todo, dudo de que los seres humanos dispongamos de claves suficientes para interpretar lo que está pasando y “ajustar las coordenadas”.

Es bueno que haya períodos disruptivos y excitantes en nuestra vida, como en música hay tiempos acelerados. Pero ¿qué pasaría si una pieza musical (una sonata o una sinfonía, por ejemplo) se ejecutase de principio a fin en un tempo prestissimo (rapidísimo)? ¡Acabaríamos exhaustos! Las buenas obras musicales dosifican artísticamente los largo, adagio, andante, moderato, allegro, presto y sus diversas modulaciones. De esta manera, provocan en nosotros sentimientos variados de tranquilidad, tristeza, alegría, velocidad, admiración… es decir, una gama amplia de emociones que reflejan la riqueza cromática de la paleta humana. Me da la impresión de que la “sinfonía inacabada” que estamos viviendo en los últimos meses solo registra una indicación de tempo. Todo se ejecuta prestissimo, a uña de caballo. No es que añore las semanas de confinamiento de la pasada primavera, pero, al menos, en esa etapa teníamos nuestros movimientos adagio, andante y moderato. 

En fin, que nunca llueve a gusto de todos. Pero, por una vez, sin que sirva de precedente, desearía más vivir en la plácida Suiza, rodeado de nieve y de vacas, con una taza de chocolate caliente en la mano, que en la emocionante Italia, rodeado de belleza por todas partes, pero sometido a un sinvivir permanente. Aunque, en honor a la verdad, no es que la situación actual de Suiza en relación con el coronavirus sea tan idílica. No están los tiempos para muchos idealismos. 

[Por cierto, ayer y anteayer estuve tan ocupado que no tuve tiempo de escribir las entradas correspondientes. Mi dispiace].




miércoles, 13 de enero de 2021

La tercera ola

Con este mismo título, Alvin Toffler publicó en 1979 un libro en el que trata sobre el tipo de mundo que seguirá cuando superemos la era industrial (segunda ola), que, a su vez, superó la era agrícola (primera ola).  La “tercera ola” implicará según Toffler la superación de las ideologías, modelos de gobierno, economía, comunicaciones y sociedades estructuradas alrededor de la producción centralizada como en el industrialismo capitalista y comunista. Han pasado ya más de 40 años desde la publicación del libro. La globalización en la que estamos inmersos y el predominio de la sociedad de la información parecen confirmar las “profecías” de Toffler. Estamos entrando (hemos entrado ya) en una era digital y global, sin que esto signifique que hayan desaparecido por completo las anteriores. Hay algunos que atribuyen este cambio a una conspiración mundial (las teorías conspirativas están en boga hoy en día, sobre todo entre los partidarios de Trump), urdida por quienes quieren controlar el mundo, pero todo apunta a que se trata de una evolución de la humanidad que sigue la dinámica de anteriores eras. 

También se conoce como “tercera ola” el experimento que el profesor Ron Jones realizó en el Cubberley High School, un instituto de Palo Alto, California, durante la primera semana de abril de 1967. Se trató de un experimento pedagógico para demostrar que, aunque creamos vivir en sociedades libres y abiertas, no somos inmunes al atractivo de ideologías autoritarias y dictatoriales. Hubo luego una película que trató sobre este mismo asunto.

Hoy, cuando los periódicos hablan de “tercera ola”, no se refieren ni al libro de Toffler, ni al experimento de Jones ni a la película de Dennis Gansel. Se refieren redondamente a la “tercera ola” de la pandemia de Covid-19 que ya se está empezando a notar en varios países europeos. Es muy probable que el aumento de contagios y de fallecidos sea una consecuencia indeseada de los excesos navideños. Ya se habla de nuevos tipos de confinamiento, a pesar de que en la Unión Europea se comenzó a distribuir la vacuna el pasado 27 de diciembre. No sé el alcance que tendrá esta “tercera ola” simbólicamente la tercera siempre es la más fuerte y de qué modo retrasará la vuelta a la normalidad. [Por cierto, la expresión “nueva normalidad” que estuvo tan en boga a principios del verano ha caído ya en desuso. Hoy todo tiene una rápida fecha de caducidad.]

Todos estos vaivenes aumentan la ansiedad y, casi sin darnos cuenta, van minando una capacidad esencial del ser humano: la de hacer proyectos a medio y largo plazo. Hoy casi nadie se atreve a pensar en el horizonte del 2030, por más que la ONU siga manteniendo para esa fecha sus objetivos de desarrollo sostenible. Hemos pasado de un optimismo prometeico (todo es posible con ingenio y medios) a un pesimismo casi enfermizo (no se puede jugar con la naturaleza). Por si fuera poco, las copiosas nevadas y la ola de frío que han congelado mi país en los últimos días no han hecho sino reforzar este sentimiento de pequeñez e impotencia ante una naturaleza sorprendente e incontrolable.

¿Cómo mantener la sensatez en un contexto tan cambiante? ¿Cómo no hacer juicios apresurados? ¿Cómo mantenernos en pie en medio de la crisis? 

Creo que es necesario, en primer lugar, tener una visión de onda larga. Conociendo la historia y sus grandes ciclos, podemos ver que toda crisis se resuelve creando una nueva situación. Lo que hoy nos parece insuperable, dentro de un tiempo nos parecerá una pesadilla que ha dado lugar a una nueva jornada. Añado al final de la entrada de hoy una fotografía satelital en la que se ve la ciudad de Madrid y su entorno a una altura de 400 kilómetros. La nieve, vista así, no tiene el mismo impacto que cuando se la ve a pie de calle. La mirada larga es siempre necesaria para no ahogarse en el momento que nos toca vivir. 

En segundo lugar, necesitamos una gran flexibilidad mental, emocional y práctica para ir adaptándonos a las nuevas condiciones sin abdicar de nuestros valores. En los meses pasados nos hemos vuelto más diestros en la comunicación digital, hemos puesto en marcha nuevas formas de solidaridad, hemos sabido vivir con menos desplazamientos, etc. Es probable que acusemos sus consecuencias, pero, en todo caso, no se ha hundido el mundo. Hemos perdido algunas cosas y tal vez hemos ganado otras. 

Por último, necesitamos recordar que la palabra de Dios permanece inmutable en medio de los cambios del mundo: “Se agosta la hierba, se marchita la flor, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Is 40,8). Dios sigue amando a la humanidad y a cada uno de nosotros. A diferencia de los seres humanos, que somos tan veleidosos, él no dice unas veces “sí” y otras “no”. Es un eterno “sí” en el que encuentran apoyo nuestras convicciones y emociones oscilantes. Solo una oración paciente nos permite descubrir esta clave inamovible en el complejo pentagrama que nos toca interpretar hoy.



martes, 12 de enero de 2021

Acólitas y lectoras

Muchos medios de comunicación se han hecho eco de la Carta Apostólica Spiritus Domini en forma de motu proprio que ayer publicó el papa Francisco. En ella se modifica el canon 230 § 1 del Código de Derecho Canónico acerca del acceso de las personas de sexo femenino al ministerio instituido del lectorado y del acolitado. El texto del canon modificado queda así: “Los laicos que tengan la edad y los dones determinados por decreto de la Conferencia Episcopal podrán ser asumidos establemente, mediante el rito litúrgico establecido, en los ministerios de lectores y acólitos; sin embargo, tal atribución no les da derecho al sustento ni a la remuneración por parte de la Iglesia”. 

En la misma Carta se da la razón de fondo: “Se ha llegado en los últimos años a una elaboración doctrinal que ha puesto de relieve cómo determinados ministerios instituidos por la Iglesia tengan como fundamento la condición común de ser bautizados y el sacerdocio real recibido en el sacramento del Bautismo; éstos son esencialmente distintos del ministerio ordenado recibido en el sacramento del Orden”. La Carta ha causado cierta sorpresa, aunque, en realidad, no ha hecho sino convertir en derecho algo que ya se estaba dando en la práctica. O, dicho de manera más técnica, convertir un “de facto” en un “de iure”. Como sabemos, está también en marcha una comisión que estudia la posibilidad de instituir el diaconado femenino.  Este será un asunto mucho más delicado.

No sé cuál es la reacción de los lectores de este Rincón. Por lo poco que he podido escuchar y leer en las últimas horas, percibo tres grandes líneas de opinión. Para algunas personas sobre todo, para las que desde hace años abogan por el sacerdocio femenino este es un tímido paso, más testimonial que efectivo. Para quienes consideran que los ministerios (tanto instituidos como ordenados) deben estar reservados a los varones, este pequeño paso significa abrir la puerta para algo que consideran intolerable. Esta misma mañana una persona me ha dicho: “Si la Iglesia aceptara algún día el acceso de las mujeres al sacerdocio, yo abandonaría la Iglesia”. Son los dos extremos del arco. En ambos percibo un tono un poco beligerante que no ayuda mucho a un discernimiento sereno. 

Intuyo que la mayoría se sitúa en una posición intermedia. Aceptan de buen grado la decisión del Papa porque comprenden que los ministerios instituidos del lectorado y acolitado se fundamentan en el sacerdocio real que todos los cristianos recibimos en el Bautismo, no en el sacramento del Orden. Por otra parte, desde hace muchos años era práctica común que las mujeres leyeran la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas y que algunas colaboraran en el servicio del altar y la distribución de la comunión, si bien ambas tareas no tenían el rango de “ministerios instituidos”, sino, más bien, de prácticas litúrgicas informales o encomendadas. 

Personalmente, pienso que la decisión del Papa da carta de naturaleza a unos servicios que dimanan de nuestra vocación bautismal y que visibilizan el hecho de que en la comunidad cristiana “ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). Es obvio que, por diversas razones, la mujer no tiene en la Iglesia el reconocimiento oficial que haga justicia a su participación real. Por otra parte, desearía que la forma de ejercer estos ministerios por parte de las mujeres no fuera una fotocopia del modo masculino (y a menudo un poco clerical), sino que pudieran enriquecerlos con su genio femenino. Todos saldríamos ganando.

Durante varios años fui profesor de Teología del Ministerio Ordenado. Conozco bien las opiniones de quienes objetan este paso y no digamos el acceso de la mujer al diaconado o al presbiterado. Si algo he aprendido con el paso de los años es que necesitamos escuchar con atención todas las voces y argumentos porque casi siempre contienen un fragmento de verdad que no es despreciable. Dicho esto, no veo ningún inconveniente más aún, me parece un paso justo y necesario que se permita el acceso de las mujeres en iguales condiciones que los varones a los ministerios instituidos del lectorado y acolitado.  Creo que debemos ir mucho más lejos. Sería necesario explorar la posibilidad de instituir otros ministerios laicales que no fueran solo litúrgicos y que tuvieran que ver con las otras tres dimensiones de la Iglesia:  la enseñanza, la comunión y el servicio. 

Para ello, habría que distinguir qué entendemos por la gran Tradición (estable, pero en desarrollo) y por las pequeñas tradiciones (contingentes y revisables) y, sobre todo, tendríamos que hacer un esfuerzo por ver qué ministerios necesita la Iglesia de hoy en los diversos contextos para madurar como comunidad de seguidores de Jesús y evangelizar un mundo en constante cambio. Obviamente, esto no significa que todos los ministerios que ya existen (desde la enseñanza de la Teología a la catequesis, la música, la atención a los enfermos o la ayuda social) deban ser “instituidos”, pero quizás algunos, por su especial densidad y significado, podrían entrar en esta categoría. No se me escapa la última parte del canon modificado: “Tal atribución no les da derecho al sustento ni a la remuneración por parte de la Iglesia”. La cuestión económica sigue pesando mucho en la articulación de los ministerios. También aquí debemos encontrar nuevas formas. Sin desdeñar la importancia y necesidad del voluntariado, es verdad que “el obrero es digno de su salario” (1 Tim 5,18).