sábado, 14 de mayo de 2022

Hasta la vista


Esta es la entrada número 2.000. Hace tiempo que decidí cerrar el blog -o, por lo menos, ponerlo en pausa- cuando llegara a esta cifra. Han pasado casi seis años y tres meses desde que lo abrí una tarde de invierno, el ya lejano 20 de febrero de 2016. Durante este tiempo he procurado escribir con regularidad, aunque no siempre me ha sido posible hacerlo todos los días. Muchas veces he escrito la entrada diaria desde la tranquilidad de mi habitación romana o madrileña, pero en numerosas ocasiones he tenido que hacerlo desde otros lugares del mundo, incluyendo un buen número de aeropuertos. 

Mi deseo era compartir con los lectores diversas experiencias de vida al hilo de mis andanzas misioneras. El objetivo inicial de dialogar con mis amigos de infancia se ha ido extendiendo de manera natural. A medida que pasaba el tiempo, se iban añadiendo otros lectores desde muchos rincones del mundo. Google me proporciona estadísticas precisas sobre su procedencia, número de visitas y plataformas usadas. En ningún momento se me ocurrió hacer la más mínima publicidad o alojar el blog en alguna página web famosa. Desde el principio hasta el final, se ha mantenido como un “rincón” discreto, abierto a quienes libremente quisieran acercarse.


He disfrutado mucho escribiendo dos mil entradas sobre temas variados. Estoy convencido de que la espiritualidad tiene que ver con la capacidad de interpretar las señales del Espíritu de Dios en las personas y los acontecimientos. La historia es el terreno fundamental de la revelación de Dios. No es necesario ser un experto en exégesis bíblica o en teología para rastrear estos signos. En general, las lecciones más significativas me han venido de personas alejadas de estos campos. Me alegra que la mayor parte de los lectores de este blog sean laicos (creyentes y buscadores), aunque también hay obispos, sacerdotes y personas consagradas. Si bien no tengo datos fehacientes, sospecho que no abundan los jóvenes, por la sencilla razón de que el blog no está pensado para ellos, aunque me imagino que también algunos se dan un paseo por aquí de vez en cuando. 

Los temas han ido surgiendo al hilo de lo que iba viviendo, sin ningún tipo de programación. De vez en cuando, me han venido sugeridos por los lectores. Algunos me han enviado libros, artículos o vídeos que consideraban sugestivos. He procurado hacerme eco de ellos. Detrás de todo lo escrito, hay una convicción que es, al mismo tiempo, una pasión: no hay ninguna experiencia humana comparable al encuentro con Jesucristo. Quienes la viven pueden afrontar la vida con sentido y alegría en medio de todas las pruebas y contradicciones.


Me parece que ha llegado el tiempo de poner punto final (o seguido) a una aventura. El silencio y el diálogo con personas amigas me ayudará a ver qué rumbo seguir. Sé que hoy las formas de comunicación pasan por breves formatos audiovisuales. Quizá explore ese camino, aunque yo me siento mucho más cómodo en la comunicación escrita. No quiero ser esclavo de ninguna moda, sino fiel a lo que siento por dentro. Más de una vez he pensado que hemos llegado a tal saturación digital que lo más útil es un prolongado ayuno. Lo expresé el otro día cuando hablaba de que hay un tiempo de hablar y un tiempo de callar. 

Aprovecho esta entrada bimilenaria para agradecer de corazón el apoyo de quienes a lo largo de estos seis años os habéis asomado a este Rincón. A muchos de vosotros os conozco personalmente, incluso hemos tenido la oportunidad de organizar algunos encuentros presenciales y virtuales. Cuando cada día me sentaba ante el ordenador os tenía presentes. En el fondo, cada entrada era como el comienzo de un diálogo. ¿Qué sentido tiene escribir algo si nadie lo va a leer? En ese diálogo imaginario han ido madurando convicciones y puntos de vista. Muchas gracias por vuestra presencia escondida. Sin darnos cuenta, hemos ido creando una comunidad de buscadores.

Creo que durante un tiempo (quizás hasta el mes de septiembre) dejaré abierto el blog por si alguien quiere seguir explorando algunas entradas antiguas. Después, Dios dirá.

¡Hasta la vista!


viernes, 13 de mayo de 2022

Una mujer sobresaltada


Este año la memoria de la Virgen de Fátima se asocia espontáneamente a la guerra de Ucrania. Cuando hace casi un año visité su santuario, no podía imaginar que, meses después, estallaría una guerra en el este de Europa. Mientras nosotros hacemos planes para casi todo, la vida nos sorprende como un río desbocado. Creo que uno de los rasgos de la existencia de María de Nazaret que puede atestiguarse en los evangelios es precisamente el continuo sobresalto. 

El ángel de Dios “sobresaltó” la quietud de su vida adolescente. El joven Jesús “sobresaltó” su plácida vida nazaretana. Su hijo adulto la “sobresaltó” con palabras que parecían indicar un alejamiento de su madre: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”. En las bodas de Caná, la falta de vino “sobresalta” su previsora sensibilidad femenina. La cruz de su hijo fue el “sobresalto” definitivo. 

¿Cómo podemos hacer frente a los muchos sobresaltos que también alteran hoy nuestra placidez? ¿Cómo caer en la cuenta de que la vida no son esas pequeñas transiciones que hay entre sobresalto y sobresalto, sino la capacidad de hilar un sobresalto con otro y de darles un sentido?


Lucas repite por dos veces en su evangelio que María guardaba todo en su corazón. Siento que este mes de mayo de 2022 es una especie de cursillo mariano para aprender a guardar todo en el corazón. Vivimos tan sobresaltados que, de no aprender el arte mariano del corazón, corremos el riesgo de perdernos y hundirnos. Guardar las cosas en el corazón significa rumiarlas con calma, no improvisar respuestas nerviosas, dejar que el tiempo cribe lo esencial, prepararnos para tomar decisiones oportunas, permitir que Dios marque el ritmo de nuestra existencia sin perder la paz.

María es la mujer de los sobresaltos porque es también la mujer del corazón. Sin corazón, cualquier sobresalto nos desarma. Con corazón, aprendemos a convertir los sobresaltos en oportunidades de crecimiento y de fe. La paz que Jesús resucitado regaló a sus discípulos en el fondo de su corazón es compatible con muchas batallas en la superficie de la vida. Tardamos mucho tiempo en ver que la vida se asienta en esta aparente contradicción.


Hablar de Fátima es hablar también de una fuerte llamada a la conversión. ¿Cómo se puede uno convertir de una vida centrada en el propio yo a otra centrada en Dios y en los demás? ¿Qué nos hace tomar conciencia de nuestro pecado y abrirnos a la transformación de la gracia? Es probable que todos, de una manera u otra, necesitemos un sobresalto, una experiencia que nos despierte de nuestro letargo y nos haga ver que no podemos seguir arrastrando la vida que llevamos. 

Sin algunos sobresaltos de vez en cuando no crecemos. Acabamos haciendo de la fe una rutina que incide poco en nuestra vida. No es ni aguijón que nos pica ni toque delicado que nos consuela. Sin sobresaltos, la fe adopta la forma de la modorra espiritual, de la acedia, de la monotonía.  En un día como hoy, en medio de este mes mariano, podríamos pedirle a María que nos ayude a estar abiertos a los sobresaltos de Dios y, sobre todo, a madurar su significado en la profundidad de nuestro corazón.

Mañana, si Dios quiere, este Rincón llegará a las 2.000 entradas y, con ellas, a su cierre, por lo menos temporal. Le encomiendo a María el fruto del largo camino recorrido a lo largo de los seis últimos años. 


jueves, 12 de mayo de 2022

La liturgia nos salva


Ayer tuvimos la visita de Ángel Moreno, capellán del monasterio cisterciense de Buenafuente del Sistal y vicario para la vida consagrada en la diócesis de Sigüenza-Guadalajara. Mientras almorzábamos junto al “equipo base” (que así es como llaman ellos a su consejo gobierno general) de los Servidores del Evangelio, hablamos de varios temas. Uno de ellos tuvo que ver con la liturgia. En un momento de la conversación, Ángel Moreno pronunció la frase que da titulo a la entrada de hoy: “La liturgia nos salva”. No se refería al carácter soteriológico de la liturgia, sino al hecho de que la liturgia de la Iglesia nos libra de la arbitrariedad, el sentimentalismo, la ideologización, las meras ocurrencias y el subjetivismo que a veces caracterizan nuestra oración comunitaria. 

En otras épocas, más que ahora, la calidad y modernidad de la oración en común se medía por la ocurrencia más llamativa de quienes la organizaban o presidían. Podría contar algunas anécdotas divertidas al respecto. Me ha tocado plantar semillas, desnudarme el torso, bailar alrededor del fuego, jugar con papeles de colores, leer textos de diversas tradiciones espirituales y religiosas, etc. No estoy en contra de incorporar a la liturgia algunos símbolos de las diversas culturas, de ajustar los ritos a cada contexto y de sacar partido a los diversos elementos que nos propone la Iglesia, pero hace tiempo que me he cansado de la catarata de ocurrencias extemporáneas que en algunos lugares parece casi una seña de identidad.


Ángel Moreno denominaba “estrés litúrgico” al sentimiento de ansiedad que embarga a los miembros de algunas comunidades cristianas al sentirse obligados a hacer algo más original y llamativo que lo realizado por quienes les precedieron en la animación de la oración comunitaria. Ese “estrés litúrgico” (me gustó la expresión) nos introduce en una especie de espiral que no lleva a ninguna parte, como no sea a desplazar el acento del núcleo de la oración a sus expresiones externas. La liturgia de la Iglesia nos libera de esa obsesión por ser siempre originales, creativos y rompedores. Nos ofrece de manera sobria y dosificada el pan de la Palabra. Nos introduce en un territorio compartido, de manera que en ninguna parte del mundo nos sentimos extraños. 

La liturgia es la patria común de todos los creyentes. No necesitamos ser un iniciado para participar en ella. Superamos ese sentimiento de extrañeza que a veces se produce cuando tenemos que orar con un grupo que ha desarrollado ritos tan particulares que quien no pertenece a él se siente como un advenedizo o un pez fuera del agua. En la liturgia podemos bajar la guardia y centrarnos en la oración, sin temer que en el momento más inoportuno el que guía la oración nos va a sorprender con una nueva ocurrencia que a menudo no es más que la proyección de su ego o ganas de llamar la atención, cuando no una sutil manipulación emocional del grupo.


La liturgia nos “salva” porque nos sirve cada día el pan fresco de la Palabra de Dios en los moldes repetitivos de una forma de orar que ha sido probada a lo largo de los siglos y que resiste con lozanía el paso del tiempo. De hecho, muchos grupos que comienzan haciendo oraciones “creativas”, sentimentales y muy al gusto de sus dirigentes, acaban recalando en la Liturgia de las Horas porque llega un momento en el que son víctimas del ombliguismo grupal, del subjetivismo y del emotivismo. Todo tiene su tiempo y medida. Es relativamente fácil ser ocurrentes, pero muy difícil ser de verdad creativos. La creatividad es fruto de una formación extensa y profunda. Solo produce frutos quien tiene raíces. 

La observación de Ángel Moreno vino a cuento porque hace años, cuando conoció por primera vez a los Servidores del Evangelio y observó su modo un poco caótico y subjetivo de orar, les pronosticó algo que en parte se ha cumplido: “Pronto acabaréis orando con la Liturgia de las Horas”. No era una crítica sobre su modo “carismático” de orar y mucho menos una amenaza. Era simplemente una advertencia de alguien que ha sido testigo del camino seguido por muchos grupos y comunidades cristianas y ha comprobado su desenlace. No está mal reflexionar sobre este asunto, sobre todo en aquellos contextos en los que la “creatividad” parece ser el baremo supremo para juzgar el significado y el valor de la oración en común.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Jesús, ese desconocido


Hablando con algunas Servidoras del Evangelio de origen alemán, me decían que la evangelización en Europa está resultando muy difícil, pero veían signos de esperanza en las generaciones más jóvenes. Para muchos chicos y chicas, Jesús es un perfecto desconocido. No han oído hablar de él en sus casas y apenas han recibido información en el colegio. No tienen los prejuicios de generaciones anteriores. Escuchando el testimonio de estas alemanas, me preguntaba si Jesús no será también para nosotros, cristianos adultos, un desconocido. 

Lo hemos ido recubriendo de tantos ropajes dogmáticos, emotivos, éticos, canónicos y rituales que quizá no sepamos bien de quién estamos hablando. Es como esas tallas de madera que han sido policromadas y barnizadas varias veces a lo largo del tiempo y que, a base de tantas capas de pintura, han perdido la fuerza de la talla original. Es necesario que un especialista las decape con maestría para devolvernos el aspecto primigenio de la madera, tal como salió de las manos del artista.


Estoy convencido de que los primeros que necesitamos una evangelización fresca somos nosotros, las personas que recibimos de niños una educación cristiana, pero que, en realidad, nunca hemos tenido una experiencia personal de encuentro con Jesucristo y un acercamiento cordial y crítico a los evangelios. Hemos vivido de rentas familiares y culturales. Sin darnos cuenta, podemos ser deudores de una imagen demasiado dulzona, ingenua, rígida o moralista de Jesús, bastante alejada de la que nos transmitieron las primeras generaciones cristianas a través de sus obras escritas y, sobre todo, de su experiencia vital cristalizada en tradiciones vivas. 

Por eso, creo que el renacimiento de la fe irá de la mano de un nuevo itinerario de descubrimiento de Jesús. Tendremos que dejarnos seducir por él. Nos veremos obligados a responder a la pregunta que dirigió a sus primeros seguidores: “¿Qué buscáis?”. No conozco a nadie que no haya experimentado algún tipo de estremecimiento cuando ha tenido la oportunidad de conocer de cerca a Jesús. En los primeros compases de este blog, dediqué una larga entrada (quizá la más larga de estos seis años) a reflexionar sobre los caminos que pueden ayudarnos hoy a un encuentro personal con él. La evangelización no puede perderse en cuestiones menores. Lo esencial es encontrarnos con Jesús y dejarnos transformar por él.


El corazón humano no puede saciarse con el mundo de los afectos y del sexo, como hoy se proclama a los cuatro vientos, a veces con intenciones narcotizantes. Y mucho menos con los logros de la ciencia, la técnica y el progreso material. El ser humano está hecho para una búsqueda infinita. Es un universo diminutivo. Solo una propuesta de vida infinita como la que hace Jesús puede aquietarlo. Quienes hemos atisbado, si quiera de lejos, esta experiencia, no deberíamos albergar dudas sobre su eficacia. No hay nada mejor que podamos ofrecer a una persona que acompañarla en su búsqueda de Jesús. 

Nunca deberíamos dar por supuesto que él es conocido por el hecho de que nuestra geografía esté sembrada de iglesias dedicadas a él o porque todavía pervivan tradiciones (fiestas, romerías, etc.) que se relacionan con su figura. El verdadero Jesús puede ser un perfecto desconocido incluso para quienes nos confesamos seguidores suyos. Si no hay nada de él que nos sorprenda o escandalice, lo más seguro es que lo hayamos domesticado hasta el punto de volverlo irrelevante. Si todas las páginas del evangelio nos suenan a algo conocido, trillado, necesitamos resetear nuestra experiencia de fe. Creo que, a medida que pasan los años, comprendemos mejor que es mucho más lo que ignoramos que lo que sabemos. Por eso, seguimos buscando y no nos cansamos de la aventura de la fe.

martes, 10 de mayo de 2022

Relicarios de Dios


Disfruto abriendo las ventanas de mi cuarto que dan al jardín del viejo convento. Me vienen enseguida las palabras de un himno litúrgico -Alfarero del hombre- que parece hecho para describir el génesis que se produce cada mañana. Antes de venir a este remoto lugar, no había imaginado que iba a sentirme tan bien después de la semana recluido en Weissenhorn. La asamblea de los Servidores del Evangelio discurre con bien ritmo y en un excelente clima de fraternidad y participación. No recuerdo haber acompañado a ningún grupo en los últimos años con un grado tan alto de intervenciones.

Donde hay vida, hay ebullición, ganas de caminar. Es llamativo el contraste entre el viejo caserón que perteneció a las monjas clarisas y la novedad que se respira en esta comunidad que apenas tiene 20 años de trayectoria. El esfuerzo por adecentar este edificio para convertirlo en lugar de encuentro de la comunidad es quizás una expresión simbólica de ese esfuerzo más profundo por rejuvenecer a la Iglesia desde un carisma caracterizado por el servicio misionero y la misericordia. De hecho, el nombre completo de la comunidad es Servidores del Evangelio de la Misericordia de Dios. 

Fachada del viejo convento donde nos encontramos
En este contexto sereno y hermoso, celebramos hoy la fiesta de san Juan de Ávila, doctor de la Iglesia, patrono de los sacerdotes seculares de España y modelo de san Antonio María Claret, que admiraba mucho su celo misionero. Mientras rezaba esta mañana el Oficio de lecturas en la vieja iglesia de convento, he leído unas palabras del maestro Ávila que estremecen: “¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en otros lugares? Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración, y no lo trajeron los otros lugares, sacando a la Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a los cuales nombres conviene gran santidad”. 

Estoy seguro de que, para a los sacerdotes de hace seis décadas, estas palabras, con sabor al castellano del siglo XVI, constituían un acicate para su crecimiento espiritual. No estoy tan seguro de que tengan la misma resonancia en los sacerdotes de mi generación y en otros más jóvenes. Podemos pensar que reflejan una imagen demasiado sacral del sacerdote y que, sin pretenderlo, pueden justificar una de las enfermedades que más desdibuja este servicio en la Iglesia, el clericalismo. Nosotros hemos crecido en una comprensión del ministerio en clave de servicio. Frente a la figura del sacerdote como “hombre de lo sagrado”, hemos sido formados en la “teología del delantal” (teologia del grembiule), por usar una expresión de don Tonino Bello (1935-1993), un admirado obispo italiano.


Personalmente creo que ni tanto ni tan poco. No creo que desde el Nuevo Testamento se pueda presentar la figura del presbítero utilizando la falsilla de los sacerdotes veterotestamentarios y mucho menos de los sacerdotes de otras religiones. El sacerdocio inaugurado por Jesús no es de tipo cultual o ritual, sino existencial. El presbítero es, ante todo, un servidor de la comunidad “en el nombre de Jesús”. O, utilizando una expresión que acuñó un compañero mío, un “camarero del Reino”. Si ha de ser “relicario de Dios” o “casa de Dios” -como dice san Juan de Ávila- no es porque posea poderes extraordinarios, sino porque representa una memoria viviente de Jesús que, dando su vida por los demás, refleja el amor de Dios por su pueblo. 

Quizás entre una concepción demasiado sacral de la figura del sacerdote (como la que se podía tener antes del Vaticano II) y otra demasiado banal (como la que tal vez se ha tenido en épocas posteriores), cabe un acercamiento más equilibrado. Los sacerdotes somos seres humanos como cualquiera. Estamos expuestos a las mismas tentaciones y debilidades. Hemos sido llamados por Jesús, a través de la mediación de la Iglesia, a representarlo en su condición de servidor. Llevamos este tesoro de la vocación ministerial en las vasijas de barro de nuestra condición humana. Aquí es donde reside nuestra fuerza; por eso podemos ser “relicario de Dios” y “casa de Dios”. Si no reconocemos esta gracia, corremos el riesgo de desplazar el acento hacia nuestras cualidades personales o nuestras realizaciones pastorales. Este neoclericalismo moderno, basado en la eficacia de nuestras obras, es todavía peor que el viejo clericalismo de cuño sacral.

Los santos de ayer nos ayudan a comprender mejor la misión de hoy. Donde hay semilla de Evangelio se desbordan todos los marcos culturales. La verdad de Jesús supera las barreras del espacio y del tiempo. Por eso, Juan de Ávila es un maestro para hoy.


lunes, 9 de mayo de 2022

Hay gracia bajo la superficie


Llegué a este lugar ayer a eso de las 11 de la mañana. Hasta el próximo domingo voy a acompañar a 52 personas que participan en la asamblea mundial de una nueva comunidad de vida consagrada llamada Servidores del Evangelio. Son alrededor de cien miembros presentes en 15 países: España, Alemania, Francia, Italia, Polonia, Bélgica, Portugal, Togo, Israel, Japón, Corea, Filipinas, Argentina, Perú, etc. Nos encontramos en un antiguo convento que perteneció a las monjas clarisas en un pequeño pueblo de la provincia de Guadalajara llamado Espinosa de Henares

Mientras viajaba ayer desde Madrid hasta aquí me parecía ir al fin del mundo. La huerta de las monjas se ha convertido ahora en un hermoso jardín que nos sirve de espacio polivalente. En él hacemos reuniones de grupos, celebramos la eucaristía vespertina y tenemos tiempos de reflexión personal. Todo respira sencillez, tranquilidad y belleza. La banda sonora la ponen los pájaros que revolotean por el entorno. Hasta aquí han llegado “servidores de Evangelio” desde todos los rincones del mundo. Me sorprende la fluidez con la que todos hablan español, que es la lengua oficial de esta comunidad de consagrados.


Los Servidores del Evangelio, comunidad desconocida para mí hasta hace un par de meses, es un ejemplo más de los muchos grupos y comunidades que están surgiendo en la Iglesia en tiempos de secularización. Tienen todas las características de los fenómenos nacientes: entusiasmo, generosidad, fe sincera, sencillez y belleza. Y también cierta ingenuidad, un poco de desorden y algunas dificultades para articular con sensatez una propuesta de vida que solo con el paso del tiempo puede madurar. 

Ayer por la tarde presidí la Eucaristía dominical, animada por las representantes de Filipinas. Oramos por el éxito de las elecciones que hoy se celebran en ese país asiático. Me sorprendió la factura de los cantos en inglés y su perfecta ejecución. La pasión por la belleza es uno de los rasgos de los grupos de vida consagrada que están naciendo en las últimas décadas. Antes de la Eucaristía tuvimos un encuentro online con laicos asociados (llamados “servidores”) que compartieron con la asamblea su entusiasmo por la fraternidad y el anuncio misionero. Escuchamos testimonios desde Argentina, Bélgica, España y Portugal.


Es verdad que un tipo de cristianismo está siendo arrasado por la secularización y la indiferencia, pero, al mismo tiempo, están surgiendo muchas comunidades que, en su pequeñez, recrean en nuestro mundo el cristianismo de los orígenes. Es como si siempre estuviéramos muriendo y resucitando, que es cabalmente el núcleo del misterio pascual. Si prestáramos más atención a lo que nace que a lo que muere, tal vez no seríamos tan prisioneros del desaliento. 

El tiempo de Pascua nos invita cada año a descubrir y cultivar las semillas de vida que el Espíritu ha plantado por doquier. Es verdad que todos los días nos levantamos con noticias que nos hacen desconfiar del ser humano, pero también es verdad que la vida se abre paso, incluso en situaciones de derrota. 

Mientras escribo a toda prisa estas líneas, sigo escuchando el trino de los pájaros en el inmenso jardín. Me entra el sol por la ventana. Hoy puede ser un gran día.

domingo, 8 de mayo de 2022

Es domingo y hace sol


Escribo esta entrada en el aeropuerto de Frankfurt. Estoy asombrado de que tengamos una temperatura de 25 grados. Parece que hubiera llegado ya el verano. Veo a mucha gente danzando de un sitio para otro. No en vano este es, según datos de 2019 (el año anterior a la pandemia), el cuarto aeropuerto más transitado de Europa, después de Londres-Heathrow, París-Charles de Gaulle y Amsterdam-Schiphol. Le sigue Madrid-Barajas. 

La compañía Lufthansa me ofrece 250 euros si renuncio a mi vuelo y acepto embarcar en otro esta misma noche o mañana por la mañana. Declino el ofrecimiento porque voy con el tiempo justo. Veo que hay algunos pasajeros que se aprovechan de la oferta. Está claro que estamos entrado en temporada alta. Los controles no son tan estrictos como el año pasado.


El Evangelio de este IV Domingo de Pascua es escueto. Me quedo con la última afirmación de Jesús: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10.30). Hoy no suelen abundar los comentarios sobre una frase tan provocativa. Lo primero que dicen los exégetas es que no es atribuible a Jesús. Le cargan el muerto al autor del cuarto Evangelio o algún redactor posterior. Y se quedan tan frescos. 

Admiro la crítica textual, pero casi nunca nos lleva demasiado lejos. Se parece a esos niños que desarman con avidez un juguete y luego no saben qué hacer con las piezas. Lo que necesitamos es saber qué tiene que ver esa frase con nosotros, en qué nos afecta, qué cambiaría si corriera en otra dirección. ¿Qué relación se establece entre Dios Padre y Jesús?


La frase no está lejos de aquella otra dirigida al apóstol Felipe: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,19). Más allá de lo que nos diga la crítica textual, lo que está en juego es la verdadera identidad de Jesús. Este asunto no puede depender de un manojo de palabras en griego de procedencia incierta. La fe de la Iglesia es clara. Jesús no es solo un hombre singular que ha tenido una experiencia intensa de Dios. En él se manifiesta el Dios escondido. Él es el Hijo de Dios. A nuestros contemporáneos les resulta increíble que pueda suceder algo así, pero precisamente en esa dificultad para creer algo que desborda nuestra razón reside el carácter insólito de Jesús y su fuerza salvadora. Si el cristianismo renunciara a esta confesión perdería su razón de ser.

Varios amigos me han enviado felicitaciones con motivo del Domingo del Buen Pastor que tradicionalmente se celebra en este IV Domingo de Pascua. Desde aquí les doy las gracias de corazón. No es fácil ser hoy pastor “según el corazón de Dios”. Pidamos que el Señor nos los conceda con abundancia.