martes, 17 de septiembre de 2019

Repirar "otro" aire

Aunque la respiración es un proceso automático, los expertos nos dicen que debemos “aprender a respirar”. De hecho, no es tan fácil como parece respirar en profundidad. Hay muchas personas que se ahogan al hablar o al cantar porque no saben manejar bien los tiempos de la inspiración y la expiración. Aprender a respirar, aparte de contribuir a la salud y bienestar de todo el organismo, es un verdadero aprendizaje espiritual porque la inspiración (recibir) y la expiración (dar) expresan bien la dinámica de la vida espiritual. Lo que somos es fruto de una gracia recibida. Lo que estamos llamados a ser es el resultado de una donación. En definitiva, la respiración es un símbolo del amor: recibimos y damos, damos y recibimos. Aprender a respirar bien es un entrenamiento en el arte de amar. Tendríamos que dar mucha más importancia a la respiración en nuestra vida cotidiana.  Es verdad que en algunos cursos de meditación se dedica tiempo a este aprendizaje, pero, en general, se considera innecesario. Pareciera que por el hecho de inhalar espontáneamente el oxígeno y exhalar dióxido de carbono, todos sabemos respirar bien. Y no es así.

Todo se complica debido al estilo de vida urbano de la mayoría de la población. Vivimos en ciudades contaminadas. Junto al oxígeno, respiramos también monóxido de carbono y otros gases contaminantes. Es verdad que muchas ciudades están haciendo un esfuerzo por reducir las emisiones de estos gases y por aumentar sus zonas verdes, pero todavía no es suficiente. Las consecuencias nocivas para la salud han sido muy estudiadas. Quizá no tanto las consecuencias negativas que la contaminación tiene en la vida espiritual. Si respiramos aire contaminado, todo nuestro cuerpo se contamina. Es imposible que esta contaminación física no acabe teniendo repercusiones en nuestro espíritu. Si en vez de recibir un aire puro, recibo un aire contaminado, probablemente tendré más dificultades para vivir con normalidad la dinámica de toda auténtica vida espiritual: recibir amor y darlo. Para los cristianos, el “aire”, el “aliento” (pneuma) por excelencia es el Espíritu de Jesús. Él nos lo ha entregado como el impulso que necesitamos para respirar la auténtica vida de Dios y así contribuir a “divinizar” todo.

Aprender a respirar aire puro, además de equilibrar y sanear nuestro organismo, nos ayuda a inhalar el Espíritu de Dios que se nos concede en el Bautismo. Cada vez que respiramos aire puro con hondura y ritmo, nos estamos entrenando para vivir una vida verdaderamente espiritual; es decir, una vida basada en la apertura a la gracia de Dios (inspiración) y en la entrega desinteresada a los demás (expiración). Huir de la contaminación ambiental y de la toxicidad humana parecen condiciones imprescindibles para crecer en la vida del Espíritu. Por desgracia, no siempre es fácil. A veces, parece que estamos condenados a vivir siempre en ambientes contaminados. En ese caso, necesitamos rodearnos de plantas que absorban el anhídrido carbónico del aire y, mediante la acción de la luz, lo descompongan y liberen oxígeno en el ambiente en el que se encuentran. Hay plantas físicas (siempre beneficiosas), pero hay plantas “espirituales”; es decir, prácticas (como la respiración, la meditación, el ayuno o el paseo) que nos ayudan a descontaminarnos y a ponernos en onda con el Espíritu.

lunes, 16 de septiembre de 2019

Vuelta a Europa

Comienzo a escribir esta entrada en el aeropuerto de Bangalore. Son las 5,30 de la tarde. Faltan tres horas para que despegue mi vuelo a Dubái. Apenas hay gente. Contrasta la tranquilidad de este lugar, en el que casi 20 millones de personas se mueven al año, con el  barullo urbano. Termina mi estancia de dos semanas en la India. Esta vez no me he movido de Bangalore. No he podido visitar otras misiones periféricas, pero sí casi todas las comunidades claretianas de esta gran ciudad.  Regreso a Europa cuando el verano está a punto de terminar y  comienzan las actividades del curso académico y pastoral. Mucha gente desea recuperar cuanto antes un ritmo de vida “normal”. Yo no sé ya en qué consiste la “normalidad”. Llevo muchos años de cambios continuos. 

Sigo escribiendo en el aeropuerto de Dubai. Es medianoche. Acabo de enterarme de que la selección española de baloncesto ha ganado el Mundial en China y de que Marc Márquez ha hecho de las suyas en San Marino. Noticias así me levantan el ánimo, un poco alicaído después de un vuelo incómodo, en medio de un musulmán enorme (que ocupaba parte de mi sitio) y de un hindú que no paraba de hablar por teléfono. Era simpática la estampa de este trío formado por un musulmán, un cristiano y un hindú de una edad semejante. Podía haber sido una ocasión de diálogo interreligioso, pero la verdad es que no nos hemos dirigido la palabra. Ya casi nadie habla en los aviones. Cada uno se coloca sus auriculares y se sume en un mar de películas, documentales o juegos. La proximidad física no se traduce en oportunidad de relación. Todo un símbolo del mundo en el que vivimos. Abundan los medios de comunicación, escasean las ganas de practicarla.

Aprovecho la larga pausa en Dubái para revisar el correo. Un amigo me envía un artículo de la periodista Inés Capdevila, en el periódico La Nación de Argentina. Se titula “La gran amenaza que ronda al papa Francisco”. Me pide mi parecer. A estas horas no estoy para muchas reflexiones. Se me abre la boca de sueño. Estoy en la puerta B-23 rodeado por muchos filipinos que van de peregrinación a Roma y a Lourdes, tal como leo en las tarjetas de identificación que llevan colgadas al cuello. Hay también un buen grupo de italianos. Supongo que han viajado a diversos países de Oriente y ahora se juntan en Dubái para el regreso a Roma. El tema que aborda la periodista en su artículo no es nuevo. Casi desde el comienzo del pontificado de Francisco se habla de él, pero es cierto que ha arreciado en los dos o tres últimos años. Era inimaginable que no se levantara una fuerte oposición, sobre todo en los Estados Unidos. 

Lo que Francisco propone cuestiona en su raíz el sistema económico neoliberal. La mejor forma de combatirlo es desde fuera del mismo sistema. No hay nada más eficaz que ser más papistas que el papa. Grupos conservadores de Estados Unidos, Italia, Argentina, España y otros países la han tomado con el papa Francisco tildándolo de peronista, comunista, infiel a la tradición, contradictorio, charlatán, demasiado “porteño” y otras lindezas por el estilo. En España hay páginas web –autoproclamadas “católicas”– que no le perdonan ni una. Si habla del trato humano que hay que dispensar a los inmigrantes le dicen que, si tanto los quiere, los albergue en el Vaticano. Si sugiere que se puede estudiar el asunto del celibato eclesiástico en algunos casos o la pastoral con los divorciados vueltos a casar, enseguida lo tildan de herético. Ya hablan si reparos de un posible cisma.

No soy ningún experto en asuntos vaticanos. Más aún, no siento mucha curiosidad por ellos. A veces tengo acceso a fuentes de primera mano, pero, en general, dependo de lo que dicen los medios generalistas de comunicación y algunas publicaciones especializadas. Es probable que el papa Francisco a veces pueda ser un poco confuso e imprudente en su manera de comunicar las cosas, pero tengo la impresión de que no da puntada sin hilo, de que sabe por dónde se anda. Sabe muy bien que hay grupos de oposición, en algunos casos liderados por personas inteligentes y de buena voluntad que no comparten su modo de guiar la Iglesia. En la mayoría de los casos, la agresividad exhibida es proporcional a la ignorancia histórica y teológica que los oponentes muestran. Y me parece que no faltan los casos en los que la oposición es una forma de defenderse de los cuestionamientos que el papa hace de un modo muy rigorista de entender el cristianismo. En realidad, los asuntos que está abordando Francisco estaban ahí. Muchos cristianos los percibían, pero pocos obispos tenían la valentía de afrontarlos de cara, como si el silencio fuera el mejor modo de resolveros. 

¿Cómo va a terminar todo? No lo sé, pero mucho me temo que los últimos años de Francisco (como, por otra parte, fueron los de Pablo VI, Juan Pablo II, y Benedicto XVI, van a ser “martiriales”. Va a haber –ya lo está habiendo– fuego amigo y también desilusión por parte de quienes lo apoyaban al principio de su pontificado como si fuera el adalid de las causas progresistas al margen de la Tradición de la Iglesia.  Más allá de sus errores o aciertos –que son susceptibles de ser enjuiciados con objetividad– ya se sabe que cuando se propone un Evangelio claro la oposición no tarda en llegar. Jesús nos lo advirtió: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor” (Mt 10,24).

domingo, 15 de septiembre de 2019

Aquí huele a fiesta

En el Evangelio de este XXIV Domingo del Tiempo Ordinario se percibe un aroma de terneros asados y de vino generoso. Todo huele a fiesta, por más que haya también entes “perdidos”: ovejas, monedas e hijos. Sí, hijos, porque resulta que el pequeño de la famosa parábola de Jesús desafía a su padre y se convierte en un “perdido”. El mayor, en su aparente fidelidad, tampoco ha entendido que su padre lo quiere mucho. Vive igualmente “perdido” en su mundo de rigidez, envidia y resentimiento. Total, que la única manera de superar tanta “perdición” es salir a buscar y organizar una fiesta. El pastor sale a buscar a su oveja, la mujer barre la casa en busca de la moneda y el padre sale a buscar a sus dos hijos. Al final, la búsqueda termina en una fiesta por todo lo alto en la que todos disfrutan. ¿Todos? No, no todos. El hijo mayor se niega a entrar. Le parece que su padre ha sido injusto con él. Y, cuando el padre sale a buscarlo (igual que salió a buscar al hijo pequeño), se lo echa en cara: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. ¿Qué significa una obediencia sin compasión y sin alegría? Nada, pura necesidad de sentirse justificado.

La verdad es que si hubiéramos tomado en serio estas parábolas de Jesús no tendríamos que estar ahora quejándonos de que muchas personas tienen una idea errónea, antipática y castradora de Dios. No andaríamos tirándonos los trastos a la cabeza para ver quién es más ortodoxo y ha obedecido mejor. Jesús no cuenta estas parábolas a sus discípulos. En realidad, los primeros destinatarios son los hombres de la ley, los que se consideraban religiosos y cumplidores. Así introduce Lucas los relatos: “Los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos»”. A los hombres de la ley y la piedad les escandaliza que Jesús ande y coma con malas compañías; es decir, con publicanos y pecadores. Jesús podía haberse defendido de una manera irónica, como hace en otras ocasiones. Sin embargo, prefiere plantear las cosas desde la raíz. Lo que viene a decirles a los hombres de la ley es esto: “Mirad, yo como con estos hermanos que vosotros consideráis pecadores porque son los preferidos de Dios. Él ha organizado una fiesta para ellos de modo que se sientan en casa. Al comer con ellos estoy manifestándoles esta preferencia que el Padre tiene por ellos. Él no los quiere porque sean buenos o porque se hayan arrepentido de sus maldades, sino sencillamente porque son sus hijos perdidos. Todo buen padre –como el pastor que pierde una oveja o la mujer que pierde una moneda– no se queda de brazos cruzados sino que sale a buscarlos y organiza una fiesta por la alegría de haberlos encontrado. Os estoy hablando de cómo es Dios para ver si os enteráis de una vez”

En realidad, Jesús podría haber añadido algo más en referencia a sus interlocutores: “Ah, ¿qué no os sentís representados en estas historias? ¿Cómo que no? La figura del hermano mayor os queda que ni pintada. Vosotros presumís de obedecer a Dios y de cumplir a rajatabla sus mandamientos, pero, en realidad, no lo amáis ni sentís la alegría de que él os ama mucho? Vivís con el corazón resentido, os limitáis a cumplir las leyes para sentiros justificados. Así, amigos, no se va a ninguna parte. Dios no quiere hijos cumplidores, sino hijos que sean felices disfrutando de su amor”.  Si yo hubiera sido un fariseo de la época y hubiera escuchado estas parábolas de Jesús, hubiera reaccionado con indignación o me hubiera escapado muerto de vergüenza.

El mensaje de Jesús es tan claro, tan válido para todos los tiempos y lugares, que no sé si merece la pena hacer muchas aplicaciones. Nos pasamos la vida queriendo agradar a Dios, de vez en cuando nos cansamos de tanto esfuerzo y regresamos a algunos de nuestros idolillos modernos (como el pueblo de Israel en el desierto cuando se olvidó del Señor invisible y construyó un becerro de oro al alcance de la mano), decimos que la religión es castradora, que nos impide ser libres y felices… Mientras perdemos el tiempo en estas críticas y lamentaciones, Dios sale a nuestro encuentro por los caminos de la vida. Nos busca a todos, porque todos andamos un poco perdidos: algunos porque hemos dilapidado la herencia paterna; otros, porque nos creemos buenos y miramos a los demás por encima del hombro. A Dios no le interesa demasiado qué hemos hecho, en qué circunstancias, cuántas veces, etc. Él está deseando abrazarnos y celebrar la fiesta del encuentro. Algunos aceptan una túnica nueva, un par de sandalias y hasta un anillo. Disfrutan saboreando el ternero cebado y el vino. Otros prefieren quedarse fuera, lanzando improperios, carcomidos por la envidia y el resentimiento. Ellos se lo pierden. ¿De quién es la culpa si cuando “todo huele a fiesta” los cumplidores prefieren vivir su fe con cara y corazón de funeral? 

sábado, 14 de septiembre de 2019

Jubilado viene de júbilo

Tengo varios amigos jubilados. Otros están a punto de serlo. Los primeros llevan bastante bien la situación. En realidad, si se miran bien las cosas, no han dejado de trabajar. Han sustituido su profesión anterior por la de cuidadores de sus nietos. Esta es la ocupación fundamental de muchos neojubilados. Algunos me confiesan que están ahora más cansados que antes, por más que también disfruten cambiando pañales, dando biberones, llevando a los niños al colegio o jugando con ellos en el parque. Varios de mis amigos se prejubilaron hace algunos años. Quienes han cultivado algunas aficiones (por ejemplo, leer, caminar, pintar o tocar un instrumento) disfrutan de esta etapa. Quienes vivían volcados en el trabajo tardan tiempo en acostumbrarse a la nueva situación. Se les cae la casa encima. El tiempo se les hace interminable. No es fácil asumir el aburrimiento. Necesitan la “droga” del trabajo. A veces, hasta rozan la depresión. Leo que el problema se agudiza en los deportistas de élite. Entre los 30 y 40 años tienen que cortar su carrera. El cuerpo no da más de sí a esos niveles de rendimiento. Pasan de ser personajes famosos a un estilo de vida anodino. La mayoría tienen serios problemas de adaptación. No saben qué hacer. Muchos no se han preparado ni psicológica ni profesionalmente para el día después. Se han dado incluso varios casos de suicidio. La sociedad tampoco sabe muy bien cómo tratar a los “juguetes rotos”. Primero los idolatra y luego los olvida o los deja tirados en la cuneta.

En el caso de los curas, el problema apenas existe. Casi todos siguen activos hasta que el cuerpo aguanta. Conozco párrocos rurales que superan los 90 años y todavía conducen su coche para ir a celebrar la misa en algunos pueblos pequeños. Recuerdo el caso de don Antonio, un viejo cura italiano a quien conocí hace bastantes años en un pueblecito de la provincia de Avellino. Era casi ciego. Conducía un Fiat 500 de un amarillo rabioso. De esa manera, los feligreses reconocían enseguida su coche y se apartaban discretamente para no correr el riesgo de ser atropellados por su anciano párroco. (Por cierto, su hermana, la signorina Anna, preparaba una pasta que se comía con los ojos). El mismo papa Francisco ha cumplido ya 82 años y sigue al pie del cañón. En este caso, no hay diferencia entre  vida personal y vida laboral. El sacerdocio no es una profesión que se ejerce a tiempo parcial. Es una vocación que implica toda la vida. Por otra parte, la escasez de sacerdotes que se está viviendo en Europa obliga a muchos a estirar su vida activa hasta extremos casi inaceptables. A veces, los fieles que le dicen al anciano sacerdote que lo admiran mucho por su dedicación son los mismos que se dirigen después al obispo para pedirle que lo retire cuanto antes porque ya no se le entienden las homilías, repite algunas partes de la misa, se ha vuelto un poco gruñón y huele mal. En fin, gajes del oficio.

Más allá de la casuística, la jubilación coincide con un tiempo de madurez personal y, en la mayoría de los casos, con un aceptable estado de salud. Muchas personas se sienten todavía con fuerzas suficientes para seguir dando lo mejor de sí mismas y prestar algunos servicios. No quieren ser arrinconadas o dedicar todo el día a pasear, escuchar la radio, ver la televisión o navegar por internet. Es el momento de cultivar aficiones que quedaron descuidadas durante la etapa laboral y también de ofrecerse como voluntarios. De hecho, más de un amigo mío me ha expresado su deseo de tener una experiencia “en misiones” (como se decía antes) cuando se jubile. Otros están colaborando más en sus parroquias respectivas. Conozco a alguna persona que quiere incrementar el tiempo dedicado a visitar residencias de ancianos o personas mayores que viven solas en sus casas. Para decirlo todo, también conozco casos de personas a las que esta actividad les resulta poco apetecible porque las pone en contacto con la situación que tal vez ellas tengan que afrontar dentro de unos años. No pueden convivir con los límites. Constituyen un recordatorio permanente de su propia fragilidad. Hay de todo. En cualquier caso, jubilación viene de júbilo. Es el tiempo para gozar de las cosas de la vida sin el frenesí de la juventud y sin las prisas de la etapa de madurez. Los jubilados puede aportar la dosis de serenidad que necesitamos en tiempos convulsos, aunque muchos están muy preocupados por el futuro y la cuantía de sus pensiones. De ellas depende su subsistencia. Este problema se agravará con el paso de los años, pero ese es otro cantar.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Un poquito de por favor

En España la frase que aparece en el título de la entrada de hoy se hizo famosa en los primeros años de este siglo. Es desconocida en Latinoamérica. La popularizó un simpático cómico de la serie televisiva de Antena3 Aquí no hay quien viva, concretamente Emilio, el portero de la famosa y estrambótica comunidad de vecinos. El personaje estaba interpretado por un entonces desconocido Fernando Tejero. La frase me viene como anillo al dedo para pedir un poco de cordura en el uso del género de las palabras en español. Para evitar el sexismo, machismo, patriarcalismo y no sé cuántos ismos más (objetivo loable y aun necesario), estamos incurriendo, a mi modo de ver, en usos que rayan lo ridículo, con lo cual se produce una reacción de rechazo. Ya hace años, los estudiantes del centro en el que yo daba clases de Antropología Teológica se mofaban suavemente de su profesora de Pentateuco –una reconocida y competente profesora de Sagrada Escritura, feminista militante– diciendo que con ella tenían clases de Pentateuco/Pentateuca. Puestos cuesta abajo, el lector puede imaginar los juegos de palabras a los que se prestaba la situación.

Es obvio que en nuestro lenguaje hay muchas formas sexistas y discriminatorias que deben ser superadas. Un buen número de países, comunidades autónomas e instituciones han publicado guías sugiriendo nuevas expresiones más respetuosas con las diferencias. Algunas son muy recomendables; otras, artificiosas; y bastantes, simplemente ridículas. ¡Claro que el lenguaje tiene sus desequilibrios! Por ejemplo, la expresión “hombre público” en español alude a un varón reconocido que ejerce algún cargo de importancia, mientras que si decimos “mujer pública” nos estamos refiriendo redondamente a una prostituta. 

¿Qué hacer? ¿Cómo democratizar el lenguaje y, al mismo tiempo, no perder el genio de la lengua? Llevamos años con este debate abierto. Las intervenciones de los lingüistas se solapan con las de aquellos que han convertido este asunto en una batalla por la igualdad y en algunos casos –digámoslo sin pelos en la lengua– en una descarada colonización ideológica contra la que me rebelo. Como siempre, el paso del tiempo irá decantado algunos logros y dejará fuera la ganga y la palabrería.

Como es sabido, el castellano utiliza el género masculino de manera inclusiva en ocasiones en las que hay que referirse a los dos sexos. Por ejemplo, cuando un profesor habla de sus “alumnos” se refiere a ellos y a ellas. O cuando un sacerdote saluda a la comunidad parroquial con el típico “queridos hermanos”, es obvio que no se está refiriendo solo a los varones de la comunidad, sino a todos sus miembros, hombres y mujeres. (No entro ahora en la cuestión transgénero). Quizá por la moda, o por el influjo del inglés –que en todas las expresiones litúrgicas utiliza el “brothers and sisters”, aunque existe también el inclusivo “brethren”es frecuente oír a muchos predicadores que se dirigen siempre a los “hermanos” y “hermanas”. Yo no suelo hacerlo (a veces sí), pero no tengo ningún reparo en que se haga. Hasta me parece que en algunas circunstancias es muy conveniente para combatir el machismo imperante. En Latinoamérica suele ser una práctica normal. Indica una sensibilidad igualitaria que busca superar discriminaciones ancestrales. Dejémoslo estar.

A veces, sin embargo, el desdoblamiento constante se hace pesadísimo, como cuando el inefable lendakari Ibarretxe se pasaba todo el día dirigiéndose  a los “vascos” y las “vascas”. O como cuando el actual presidente del gobierno español Pedro Sánchez –enemigo declarado de Albert Rivera y de su partido político– trata de convencer a los “ciudadanos” y “ciudadanas” de que él es el mejor. Lo que ya me parece de juzgado de guardia –y por eso reclamo en esta entrada “un poquito de por favor”– es llegar a los extremos denunciados con humor por una profesora jubilada. Transcribo literalmente lo que me ha llegado por WhatsApp (cosas de este tipo suelen llegar en abundancia). Creo que es muy aleccionador. Conviene conocer el genio de nuestra lengua. Después, que cada uno hable como le parezca oportuno.

En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”.

¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene identidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación “ente”. Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; “dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”.

Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son “periodistos”), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

Os propongo que paséis el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no “ignorantas semovientas”, aunque ocupen carteras ministeriales).

Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el pro…

Yo estoy pasando el mensaje a los lectores del Rincón, más por pasatiempo que con intenciones didácticas. No conviene que este blog se vuelva demasiado solemne. Detesto los formalismos impostados. Pero si alguien se lo ha tomado demasiado en serio, le aconsejo que respire hondo, esboce una sonrisa y luego haga un esfuerzo por conocer bien la lengua y por superar toda discriminación injusta. Al final, que proceda con libertad. Si le gusta decir por activa y por pasiva eso de “todos” y  “todas”, o la astracanada del “todes”, adelante, que no se corte.  Todos (y todas) tenemos derecho a que se rían de nosotros (y de nosotras) alguna vez. Os dejo con José Mota. Perdón, con el diputado Antonio Hernando, igualitarista donde los haya.  Pocos como Mota tienen la capacidad de percibir nuestras manías y de sacarles punta sin demasiada acidez, la justa para que caigamos en la cuenta de ellas y no nos dejemos entontecer demasiado (¿o era demasiada?).


jueves, 12 de septiembre de 2019

Quiero saber, Señor

Había pensado escribirle una carta a Camilo Sesto, pero al final me he echado para atrás. No acababa de encontrar el registro adecuado. En su lugar, quiero evocar un tema de la ópera rock Jesucristo Superstar que Camilo estrenó en español el año en que yo estaba haciendo mi noviciado. Yo había visto la película un año antes en un cine de Bilbao. Me dejó boquiabierto. Es verdad que algunos grupos tradicionalistas se apostaban en las puertas de los cines para boicotearla, pero eso no significaba nada para mí a mis 17 años. Me encantaba la fuerza de la música y, sobre todo, la figura de un Jesús que rompía moldes. Dos o tres años después tuve la suerte de interpretar al Jesús payaso en otra obra musical que causó impacto: Godspell. En esta ocasión sí pude ver antes la obra en el Teatro Marquina de Madrid en diciembre de 1974, pocos días después del atentado de ETA contra el almirante Carrero Blanco. Son recuerdos que me marcaron. Impulsado por ellos, me puse a escribir con ardor juvenil una obra musical sobre Jesús que nunca llegó a buen puerto, aunque recuerdo alguna de sus canciones. Los dos musicales presentaban a un Jesús muy humano, “demasiado humano” al decir de algunos. En varios puntos quizá no pasaban el filtro de la dogmática católica, pero en lo sustancial eran fieles a los textos de los evangelios. Sobre Godspell llegué a hacer un trabajo de pastoral que todavía conservo en alguna de mis carpetas.

Ahora, al cabo de más de 40 años, la muerte de Camilo Sesto me ha hecho rememorar el tema de Getsemaní. Aunque la interpretación de Ted Neeley en la película americana era muy potente, la de Camilo en el teatro no se quedaba atrás. Hasta me parece que en algunos aspectos la supera. Es quizá menos desgarradora, pero más melódica, más creíble. Todavía hoy se puede escuchar con un punto de emoción. La letra en español refleja bastante bien el sentido del original en inglés. Algunos criticaron la amargura que desprende, pero, aunque no se atenga literalmente a los relatos evangélicos, capta muy bien su sentido. De hecho, el evangelista Marcos fue más atrevido que los libretistas de la ópera. Llegó a poner en labios de Jesús un versículo del salmo 21/22 que destila amargura: “¿Oh Dios, ¿por qué me has abandonado?”. Para Benedicto XVI, estas palabras del salmo expresan “toda la desolación del Mesías, Hijo de Dios, que está afrontando el drama de la muerte, una realidad totalmente contrapuesta al Señor de la vida”. El musical presenta a un Jesús triste y cansado: “Mi camino de tres años me parece que son treinta”. Es como si hubiera vivido muchas vidas en un corto lapso de tiempo, muchas humanidades en una. Lo que más le duele a este Jesús un poco hippy y rockero es no entender el porqué de su muerte. Por eso repite varias veces de manera machacona: “Quiero saber, quiero saber, Señor”. Esta necesidad de descubrir un sentido no le impide rendirse a la voluntad de su Padre: “Si he de morir, que se cumpla todo lo que tú quieres de mí. Deja que me odien, que me claven en su cruz”.

Evocar este tema tan fuerte me parecía una forma de homenajear a Camilo Sesto con ocasión de su prematura muerte. Si he de ser sincero, nunca fui un seguidor suyo. Conocía algunas de sus canciones porque se habían convertido en himnos de una época (años 70 y 80), pero por entonces yo vagaba por otros territorios musicales muy alejados de su estilo melódico. Lo que sí me llegó fue su soberbia interpretación de Jesús. ¡Ojalá pueda estar contemplándolo cara a cara!

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ESPAÑOL

I only want to say
If there is a way
Take this cup away from me
For I don't want to taste its poison
Feel it burn me
I have changed
I'm not as sure, as when we started
Then, I was inspired
Now, I'm sad and tired
Listen, surely I've exceeded expectations
Tried for three years, seems like thirty
Could you ask as much from any other man?
But if I die
See the saga through and do the things you ask of me,
Let them hate me, hit me, hurt me, nail me to their tree
I'd want to know, I'd want to know, my God
I'd want to know, I'd want to know, my God
Want to see, I'd want to see, my God
Want to see, I'd want to see, my God
Why I should die
Would I be more noticed than I ever was before?
Would the things I've said and done matter any more?
I'd have…



Yo quiero decir
si puedo pedir
que apartes de mí éste cáliz,
ya no deseo su amargura,
ahora quema y yo he cambiado
y no sé por qué he empezado.
Yo tenía fe
cuando comencé.
Ahora estoy triste y cansado,
mi camino de tres años
me parece que son treinta,
¿y qué más puede un hombre hacer?
Si he de morir,
que se cumpla todo lo que tú quieres de mí,
deja que me odien, 
que me claven en su cruz.
Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios.
Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios.
Quiero saber, quiero saber, Señor.
Quiero saber, quiero saber, Señor.
Si he de morir,
dime si es por qué he de ser 
mejor de lo que fui,
dime si mi vida 
con la muerte he de cumplir.
Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios.
Yo quiero ver, yo quiero ver, mi Dios.
Quiero saber, quiero saber, Señor
Quiero saber,…




miércoles, 11 de septiembre de 2019

Vencer el mal con el bien

Aunque para los catalanes el 11 de septiembre está marcado por la Diada y para los chilenos es la fecha del golpe de estado de Pinochet en 1973, en los anales de la historia mundial el 11-S estará siempre asociado a los atentados del 2001 en los Estados Unidos. Es difícil imaginar una masacre tan meticulosamente pensada y ejecutada. El siglo XXI empezó con la destrucción de algunos de los grandes símbolos del siglo anterior (las famosas Torres Gemelas de Nueva York) y, sobre todo, con la matanza de 3.016 personas (incluyendo a los 19 terroristas y a los 24 desaparecidos). Muchas cosas ya no volvieron a ser como antes del 11-S. La sed de justicia e incluso de venganza envenenó las relaciones internacionales. El miedo puso en marcha muchos mecanismos de control que todavía hoy perduran. Todos sentimos que nuestro mundo se volvía más inseguro y que el mal era casi respirable. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué hemos llegado hasta aquí?

Recuerdo haber leído hace tiempo las declaraciones de un psiquiatra ateo en las que afirmaba que la única doctrina de la dogmática católica que le parecía “empíricamente verificable” era la del pecado original. Ningún teólogo moderno se hubiera atrevido a tanto. Y, sin embargo, nos topamos a diario con esta inexplicable y dura experiencia. No es que seamos solo débiles (como sostienen quienes se dejan llevar por el optimismo histórico) sino que somos malos. Hacemos lo que no queremos y –como ningún otro animal en el planeta Tierra– somos capaces de infligir daño deliberadamente a otros seres humanos y a la naturaleza misma. San Pablo lo expresó con palabras insuperables: “Lo que realizo no lo entiendo, porque no ejecuto lo que quiero, sino que hago lo que detesto. Pero si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es excelente. Ahora bien, no soy yo quien lo ejecuta, sino el pecado que habita en mí. Sé que en mí, es decir, en mi vida instintiva, no habita el bien. Querer lo tengo al alcance, ejecutar el bien no. No hago el bien que quiero, sino que practico el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo ejecuta, sino el pecado que habita en mí. Y me encuentro con esta fatalidad: que deseando hacer el bien, se me pone al alcance el mal” (Rm 7,15-21).

Hay realidades que me dejan sin palabras. No entiendo cómo el ser humano puede caer tan bajo. La única explicación es que su “disco duro” está infectado por un extraño “virus” que provoca un mal funcionamiento. Es como si naciéramos con un defecto de fábrica, una propensión al mal que es superior a nuestras fuerzas. La fe cristiana sostiene que Dios hizo todo bien, incluyendo a los seres humanos. El pecado ha introducido una distorsión que desdibuja la imagen de Dios en nosotros. Para superarla, necesitamos la fuerza de la gracia. Conceptos como creación, pecado, redención, concupiscencia y gracia parecen remitirnos a otra época, pero, en realidad, ponen palabras a lo que experimentamos en nuestra vida cotidiana. Es probable que necesitemos actualizarlos, pero lo que no podemos es suprimir las realidades a las que hacen referencia. 

Hablando del mal que nos inunda, me da rabia que:
  • Algunas multinacionales farmacéuticas estén obstaculizando la producción de vacunas contra la malaria o el SIDA para seguir vendiendo masivamente medicamentos antipalúdicos y retrovirales, preocupándose más de sus desorbitadas ganancias que del bien de los seres humanos. 
  • El comercio de la droga (que lleva a los consumidores al hospital, a la cárcel o al cementerio) haya adquirido tal señorío impúdico y siga habiendo tantas personas (cada vez más jóvenes) enganchadas a ese veneno. 
  • El teléfono móvil que uso esté  fabricado con coltán que algunos niños-esclavos extraen en el Congo y que la ropa barata que visto se haya fabricado en países donde los trabajadores cobran un sueldo miserable para producir las marcas de la vergüenza.
  • Supermillonarios que han hecho su fortuna a base de explotar a la gente y de operaciones fraudulentas y criminales sean aplaudidos como si fueran héroes y se codeen con los políticos y artistas. 
  • La industria armamentística “provoque” continuos conflictos en varios rincones del planeta (siempre lejos de los países productores) para vender sus productos, cada vez más caros y sofisticados, aunque esto suponga segar miles de vidas humanas. 
  • Las mafias sigan esclavizando y controlando el tráfico de seres humanos desde África a Europa o desde América latina a Estados Unidos, haciendo negocio con la indigencia de los más pobres o perseguidos. 
  • La economía especulativa haya sustituido a la economía productiva (o real) dejando en la cuneta a millones de trabajadores. 
  • La robotización proceda a toda velocidad sin prever las consecuencias que tendrá en el mercado laboral y sin acompañar este desarrollo con planes laborales alternativos. 
  • Haya dinero para costosísimos proyectos que algunos expertos consideran faraónicos e innecesarios (como, por ejemplo, el acelerador de partículas del CERN de Ginebra o algunas empresas espaciales) y no haya para resolver problemas urgentes como la vivienda de los sintecho o la malnutrición infantil. 
  • Sigan existiendo formas modernas de esclavitud a través, por ejemplo, de la prostitución, la explotación de menores, etc. y que haya “consumidores” que alimenten este infame y lucrativo negocio.
  • Haya grupos y organizaciones que fomenten el nacionalismo excluyente y la xenofobia sabiendo que estos fenómenos son siempre la antesala de grandes enfrentamientos y hasta de conflictos bélicos.
  • Se busque la identidad por la vía de la exclusión de quienes son diferentes cuando la identidad auténtica siempre se encuentra por la vía de la relación.
  • La afirmación de la propia raza, lengua, cultura, religión, nación, orientación sexual, etc. se coloque por encima de nuestra universal condición de seres humanos, libres, iguales y solidarios.
  • Algunos cultivos masivos exijan la deforestación de amplias zonas de selva que son esenciales para el equilibrio ecológico.
  • Las multinacionales del petróleo sigan poniendo obstáculos al desarrollo de las energías renovables a sabiendas de los efectos contaminantes de las energías fósiles.

La lista es interminable. Lo que no entiendo, en definitiva, es por qué los seres humanos nos empeñamos en hacer el mal, en hacernos la vida imposible unos a otros, en destruir nuestro hogar. Es probable que seamos los “reyes de la creación”, pero, en cualquier caso, somos unos reyes despóticos y malvados. Conservar la fe en la humanidad y seguir abiertos a la esperanza parecen metas imposibles. Ya sé que, junto a personajes siniestros, abundan más los científicos preocupados por encontrar soluciones a los problemas que padecemos, artistas que buscan despejar el camino de la belleza, hombres y mujeres que hacen cada día su trabajo y son personas responsables y de fiar. Si no fuera así, no duraríamos ni un segundo. 

Por eso mismo, porque el bien es más fuerte que el mal, hace un año sentí la necesidad de escribir una breve apología de las personas buenas. También ellas están afectadas por el “pecado original”, pero la gracia es soberana. Han tomado en serio las palabras de Jesús: “Tratad a los demás como queréis que os traten a vosotros” (Mt 7,12). Pablo, en su carta a los Romanos, lo expresa así: “Bendecid a los que os persiguen, bendecid y no maldigáis” (Rm 12,21). Y más adelante: “No te dejes vencer por el mal, antes vence con el bien el mal” (Mt 12,21). No se trata de echar más leña al fuego de la violencia y de la maldad, sino de apagarlo con el agua sanadora del bien.

No me he levantado con el pie izquierdo. Para compensar un poco la impresión de que las cosas van muy mal, os dejo un enlace a 70 vídeos con las principales canciones de Joaquín Sabina. Para los aficionados a este compositor y cantante canalla, es un buen regalo.