Claret

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domingo, 24 de junio de 2018

El arte de retirarse

Tengo un buen número de amigos que se llaman Juan. Hoy es su fiesta. A través de estas líneas, quisiera darles las gracias por lo que significan para mí. Y, junto con ellos, reflexionar sobre la extraña y atractiva figura de san Juan Bautista, cuyo nacimiento celebramos hoy. Jesús llegó a decir de él que “no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan”. Y fue grande por un motivo que resulta paradójico: porque supo retirarse en el momento oportuno. Él intuyó que las cosas tenían que cambiar, que no era posible seguir viviendo en un mundo en el que muchos no cumplían la ley de Dios. Reaccionó con ardor. No se contentó con aceptar las cosas como estaban. Se fue al desierto. Condujo una vida ascética. Reunió a algunos discípulos y comenzó un camino de penitencia y conversión. Poseía madera de líder. No tenía miedo a cantar las cuarenta a quien fuera necesario, incluso al rey Herodes. Sentía pasión por la verdad. Odiaba las medias tintas. Se sentía heredero de una vigorosa tradición profética. Su voz era clara y enérgica. Provocaba adhesiones y rechazos a partes iguales. Aunque era hijo de un sacerdote del templo de Jerusalén, es probable que muchos sacerdotes no lo vieran con buenos ojos. 

Pues este Juan no duda en retirarse cuando siente que tiene ante Él a la Verdad, a la Luz, a la Vida. Juan, ten celoso, sabe reconocer en Jesús al enviado de Dios y dejarle todo el espacio. No quiere ocupar el centro. Se convierte en un eco de la Voz, en un susurro de la Palabra, en un indicador del Camino. Se retira tanto que hasta desaparece físicamente, víctima de las malas artes de Herodes y su entorno. La grandeza de un ser humano se mide por lo que es capaz de hacer, pero –de una manera más profunda– por su capacidad para dejar hacer. En un día como hoy no me pierdo en muchas reflexiones teológicas. Pienso en Juan como modelo para nuestra vida cotidiana. Hay personas que, por su temperamento o cualidades, tienden a ocupar siempre todo el espacio. Necesitan estar en el centro y que los demás reconozcan esa centralidad. Se hacen notar. Hay otras, por el contrario, que se vuelven casi invisibles para que los demás puedan ocupar su propio espacio. Solo aparecen cuando son llamadas o cuando su presencia es necesaria. 

No es fácil retirarse en el momento oportuno. Es un arte. A los padres les cuesta retirarse para que sus hijos puedan crecer con autonomía. A los jefes de cualquier tipo les cuesta retirarse en el momento justo para que otros ocupen sus puestos. Solemos aducir todo tipo de argumentos para mantenernos siempre en nuestro puesto. El más socorrido es el de que “a mí trabajar me da vida”. Nos cuesta entender que, a veces, damos más vida a los demás cuando dejamos de ocupar un espacio que les corresponde. Admiro a algunas personas con un liderazgo empático y positivo, pero admiro más, si cabe, a las que saben echarse atrás para que otras puedan dar un paso delante, a aquellas que no están siempre hablando de sus cualidades y de lo maravillosas que son, sino que tienen la capacidad de descubrir y promocionar las cualidades de los demás. Estamos necesitados de muchos Juanes que sepan retirarse a tiempo. Ellos no son la Luz, sino solo testigos de la Luz, amigos del Novio.

Muchas felicidades a todos mis amigos que llevan este precioso nombre.

sábado, 23 de junio de 2018

Centros de terapia popular

Hasta que no leí el otro día el artículo El bar de la esquina de Rosa Montero no sabía que en España hay 260.000 bares, uno por cada 175 habitantes, la cifra más alta del planeta. Parece que los españoles somos la primera potencia mundial “del codo en barra”, como dice la escritora. Ya sé que este dato admite muchas lecturas –y no todas positivas–, pero yo prefiero resaltar la importancia de los bares como “centros de terapia popular”. Tengo varios amigos y amigas que regentan bares. Ellos saben mejor que yo hasta qué punto un bar –sobre todo en las zonas rurales– es una mezcla de consultorio médico, centro de información local, distribuidor de cotilleos, lugar de amena tertulia, farmacia de guardia, oficina de ventas, estacionamiento de ociosos, refugio de solitarios, centro de celebraciones, mesa de juego, tienda familiar, consulta psicológica y hasta confesionario ocasional. Si no existieran los bares, el nivel de aislamiento individual y de tristeza colectiva subiría varios grados en la escala social. Habría que multiplicar los consultorios médicos y hasta la economía acabaría resintiéndose. Algunos dicen que los bares representan el fracaso de la convivencia familiar, un lugar compensatorio de la soledad doméstica. No lo sé. Salvo en algunos casos, no creo que sea así. Hay bares que incluso congregan a toda la familia. No son lugares de huida, sino de un encuentro abierto a los demás. 

El bar tradicional español es muy distinto del que se encuentra en otros países. En Italia, por ejemplo, uno tiene que pagar antes de recibir la consumición. En España se paga antes de salir. Por lo general, en Italia y otros países los clientes no se detienen mucho. Se entra para tomar algo y enseguida se sale. En España no se va al bar solo para beber sino, sobre todo, para estar. Un bar es, si se me permite la hipérbole, una “sala de estar” colectiva en la que todo el mundo se siente como en su casa: los clientes habituales, los ocasionales y los primerizos. Se va a estar por si, estando, se puede ser un poco más. El clima de bien-estar depende, en buena medida, de las habilidades técnicas y sociales de los dueños y camareros (o meseros, como se dice en buena parte de Latinoamérica). Es verdad que algunos son negados para el oficio, pero la mayoría da la talla. Saben atender a cada cliente de manera personalizada. Conocen gustos, horarios y manías. Aguantan bromas, encajan exigencias absurdas y torean con humor algunas impertinencias extemporáneas.

Confieso que, aunque no dispongo de tiempo para frecuentarlos, los bares siempre me han parecido un lugar de encuentro. Hay gente que “queda” siempre en un bar. El tomar algo juntos es solo la excusa –o la oportunidad– para verse y conversar. Algunas de las mejores conversaciones que recuerdo han tenido lugar en los bares. No excluyo que el alcohol haya provocado en más de una ocasión una apertura de la intimidad que no se hubiera producido en condiciones perfectamente sobrias. Esto entra en la dinámica, siempre que sea en proporciones moderadas. Si algo me gusta de las vacaciones del verano es que brindan la oportunidad de multiplicar estos encuentros en torno a un café, un té, una cerveza o cualquier otro ingrediente. Frente a los establecimientos de comida rápida –tan publicitados en los últimos años– los bares tradicionales lentifican el tiempo, detienen el reloj, introducen a las personas en un ritmo relajado. Personalmente, agradezco que ya no se fume en ellos- Sé que para algunas personas constituye una mortificación añadida, pero me parece una conquista en pro de la salud de todos. 

Aunque hay muchas categorías (desde el bareto popular hasta los establecimientos de lujo), un bar es, en principio, un lugar interclasista, intergeneracional e intercultural. Nadie está excluido. Todo el mundo puede encontrar su espacio y su tiempo. No me extraña que Gabinete Caligari cantara hace ya unos años aquello de Bares, qué lugares, gratos para conversar. Un bar sin conversación se convierte en una gasolinera. Si el bar humaniza –aunque también puede volverse adictivo– es porque saca a las personas de su ensimismamiento y las pone a conversar alrededor de una bebida. La barra o la mesa se convierten en improvisada plaza pública. Se puede comenzar hablando del Mundial de fútbol y terminar abriendo las puertas del propio corazón. Por cierto, tras la derrota de Argentina contra Croacia (0-3), me dicen que muchos argentinos están pidiendo al papa Francisco que bautice a Messi para que se convierta en Cristiano. No comment. (Supongo que no ha sido un culé el que ha empezado esta cadena de peticiones). En fin, una reflexión ligera al comienzo de mi visita a la ciudad de Bangalore, capital del estado de Karnataka. Mañana será otro día.

viernes, 22 de junio de 2018

Las dos miradas

Pasar unas cuantas semanas en Oriente –en Sri Lanka y la India, para ser más precisos– ayuda a comprender algo de lo que nos está pasando en Occidente, aunque no conviene sacar conclusiones apresuradas. Se suele decir, con una pizca de ironía, que quien viaja una semana a la India acaba escribiendo un libro; quien pasa un año entero, publica un artículo; quien se queda a vivir aquí, apenas se atreve a pronunciar algunas frases. Las miradas rápidas perciben la superficie. Solo el paso del tiempo nos ayuda a hacernos cargo de la hondura y complejidad. Hay algo, sin embargo, que cada vez me parece más evidente: los distintos modos de mirar la realidad. En Occidente tendemos a ser racionales y analíticos. En Oriente se valora más el saber espiritual y la armonía de los contrarios. A nosotros, los occidentales, nos gusta separar y dividir para comprender mejor. Tendemos al dilema. En Oriente buscan unir lo que parece alejado. Tienden a la síntesis. Occidente es acción. Oriente es contemplación. Los resultados de cada mirada son también distintos. Occidente produce ciencia y técnica. Oriente produce sabiduría. Es posible que esta apretada síntesis resulte demasiado tópica, pero encuentro en ella algunas claves que me ayudan a interpretar muchas de las situaciones que veo a mi alrededor. 

Algunos de mis amigos de Occidente son personas con una gran capacidad crítica. Desde adolescentes se han acostumbrado a “sospechar” de todo, siguiendo el dicho kantiano: “Atrévete a pensar por ti mismo”. Si ven a una persona muy devota, lo primero que les viene a la cabeza es que seguramente está disfrazando con el ropaje religioso una frustración sexual o afectiva. Toda forma de obediencia les parece, de entrada, sumisión infantil. Tanta sospecha los vuelve desconfiados y un poco huidizos. ¡Hasta el amor les resulta sospechoso! En realidad, mis amigos no son más que un pálido reflejo de lo que Occidente vive como drama cultural desde hace siglos. Es como si la cultura, cansada de los dogmatismos filosóficos y religiosos, se hubiera empeñado en dejarse guiar por este solo principio: “Sospecha, que algo queda”. El arte figurativo se considera demasiado pegado a la realidad; por eso, los más creativos se adentran en las mil formas de lo abstracto. La música tonal es demasiado perfecta. Hay que explorar el mundo de la dodecafonía. ¡Hasta la comida tiene que ser de-construida para que parezca moderna y original! El psicoanálisis nos ha enseñado a buscar siempre tres pies al gato en cualquier acción o pasión. La sociología desmonta muchas de las supuestas convicciones sociales. En definitiva, nada es lo que parece. 

Algunas de las personas más inteligentes han explorado los límites de la ciencia, el arte, la literatura, la psicología, la política y hasta la religión. Se han asomado al abismo de la genética y de la astronomía. Todo les parece poco con tal de “desmontar” el constructo (sic) humano. Incluso la Biblia no se libra de esa tarea de desmonte, versículo a versículo, palabra por palabra. Ciertos exégetas parecen entomólogos tratando la Palabra de Dios. Al final –he aquí la tremenda paradoja– muchas de estas personas, expertas en “desmontar” la realidad, en ponerla patas arriba, ingenieros del análisis, expertos en autopsias, no experimentan la paz y la alegría que tendrían que acompañar una empresa de este tipo. Sucumben a un sentimiento de profunda tristeza y frustración, como si hubieran matado el encanto de la realidad por querer dominarla. Un mundo desencantado acaba produciendo desencanto. Algunos personajes famosos que se han acercado a estos abismos han acabado como juguetes rotos. Pienso, sobre todo, en literatos, artistas y científicos conocidos. Es la triste estampa del niño que, por querer desentrañar el regalo que ha recibido, acaba reduciéndolo a piezas esparcidas por el suelo. El suicidio se convierte entonces en la única salida. El hombre occidental no ha entendido que “comer del árbol de la vida”, querer ser como Dios, tiene un precio: la propia destrucción. Por no querer ser hijo de Dios acaba siendo esclavo de sí mismo. 

En Oriente proceden de otro modo. La realidad no está solo para ser comprendida sino, sobre todo, para ser aceptada e integrada. No es solo un enigma que se puede desentrañar a base de ciencia y algoritmos. La realidad es un misterio que necesita ser contemplado. La persona más sabia no es la que reduce a piezas el juguete de la realidad para dominarlo, sino la que sabe jugar con él, aunque no sepa bien cómo funciona. Aceptar que no podemos saberlo todo, integrar las heridas del pasado sin buscar obsesivamente una explicación para cada cosa, comprender que la realidad –empezando por nosotros mismos– es un misterio... supone una gran madurez personal. Se trata de un camino espiritual que no todos están dispuestos a recorrer. 

En Oriente observo una mayor predisposición a ponerse en camino. Y lo mismo me sucede con algunas personas que se mueven fuera del ámbito de los listos. Siempre me ha llamado la atención que, a menudo, un simple campesino afronte las pruebas de la vida (fracasos, enfermedades, crisis, muertes) con más serenidad que un artista famoso o un científico de renombre. Se suele decir que “solo los tontos son felices”. Jesús lo decía de otra manera mucho más profunda: “Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25). Dios revela el secreto de la vida –y, por tanto, la clave de la felicidad– a quienes saben abandonarse en sus manos sin exigir continuas explicaciones. La fe no es un ejercicio irracional, sino un exceso de confianza. En una cultura que genera desconfianza es imposible creer. Algo de esto me da vueltas en la cabeza mientras converso con algunas personas en el norte de Kerala, observo su manera de rezar y escruto sus reacciones ante asuntos controvertidos. Es evidente que tienen “otra mirada”. No conviene despreciarla, a menos que queramos convertirnos en una especie de gran Polifemo que ve todo con un solo ojo. Las dos miradas –la oriental y la occidental– son necesarias para conducirnos por la vida. ¡Lástima que la cultura globalizada esté arruinando las diferencias!

jueves, 21 de junio de 2018

De arena y de roca

Ya he dicho en varias ocasiones que, desde primeros de junio, no para de llover. Son las lluvias monzónicas que van subiendo de sur a norte. Ayer llegué a Kunnoth, una población cercana a Iritti. Aquí tenemos nuestra casa de formación para los quince estudiantes de teología. La casa está rodeada de verde por todas partes. Uno tiene la sensación de encontrarse en un invernadero. El clima es suave y –para más deleite– no hay mosquitos. El único inconveniente serio es que se requiere Dios y ayuda para que la ropa se seque. En realidad, este es un problema menor. El verdadero problema son los derrumbes de algunas laderas a causa de las intensas lluvias. Afectan a las carreteras y, a menudo, ponen en riesgo algunas casas. Viendo las consecuencias de estas lluvias monzónicas, se entienden mejor algunas palabras de Jesús cuando usa dos símbolos: la roca y la arena. Quien construye sobre arena gasta menos y avanza más, pero se expone a que su casa se venga abajo cuando soplen los vientos y vengan las riadas. Quien construye sobre roca tiene que invertir más tiempo y dinero en la construcción de unos buenos cimientos. A cambio, su casa resistirá bien los embates de los elementos. 

La parábola está dirigida a la gente. Todos podemos entenderla. No se necesita un doctorado para aplicarla a la propia vida. Construir sobre arena se ha convertido en el deporte de moda. Abundan las historias de personas que han querido hacerse ricas a toda velocidad a base de corrupción y malas prácticas. Durante un tiempo parecen gozar del aplauso generalizado.Da la impresión de que la vida les sonríe. Pueden mirar por encima del hombro a los pobres desgraciados que tienen que vivir de su salario y no pueden permitirse muchas alegrías. Ellos presumen de una buena casa, un buen coche, vacaciones paradisíacas y muchos contactos sociales. No son conscientes de que la vida da muchas vueltas. Y, tarde o temprano, la verdad sale a la luz. Una vida construida sobre la arena de la mentira y la apariencia no se sostiene durante mucho tiempo. No hace falta recordar que en las últimas semanas varios de los imputados por corrupción en España han dado con sus huesos en la cárcel. Algunos parecían intocables, pero la justicia es igual para todos. No se trata de alegrarse en el mal ajeno, sino de extraer algunas lecciones que nos permitan afrontar la vida de otro modo. 

Hay personas que nunca escalan puestos en la vida social. Parecen estar satisfechas con lo que tienen. A algunas les oído decir esto: “No tengo muchas cosas, pero me acuesto todas las noches con la conciencia tranquila”. Son personas responsables en su trabajo, incapaces de venderse por dinero, leales a sus compañeros, dispuestas a hacer un favor, humildes en su porte y en sus actitudes. No tienen una gran apariencia porque no viven de cara a la galería. Han decidido construir su vida sobre la roca de la verdad y la justicia. No están exentas de los reveses de la vida, pero no se vienen abajo por ello. No necesitan aparentar nada ante nadie porque su mayor aspiración es ser fieles a su propia conciencia que es, en el fondo, lo mismo que ser fieles a Dios. De hecho, muchas de estas personas han construido su vida sobre la roca firme de la fe en Dios, no sobre las arenas movedizas del dinero, la fama o el poder. No maldicen el pasado. Disfrutan del presente. Aguardan con serenidad el futuro. Hacen suyas las palabras de Pablo: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”  (Rm 8,31).

Viendo algunas majestuosas casas de Kerala inundadas por el lodo que se desprende de las laderas, comprendo mucho mejor hasta qué punto la belleza es efímera cuando no está construida sobre los cimientos de la verdad y la bondad. Lejos de ser una vía de acceso a Dios, se convierte en simple postureo, como se dice hoy. No necesitamos hombres y mujeres arena, sino personas asentadas sobre la roca fuerte que es Cristo. Este es el mensaje de la palabra de Dios, pero es, ante todo, una experiencia de vida que cada vez se me hace más evidente.

miércoles, 20 de junio de 2018

Mirar y dejarse mirar

La jornada comienza a las cinco de la mañana. Bañarse al estilo indio lleva su tiempo. En todas las misiones visitadas, a las seis se suele tener media hora de adoración con el pueblo. Después, sigue la misa en rito siro-malabar. Los días feriales dura 45 minutos; los domingos, en torno a hora y media. Durante el tiempo de la adoración se hace de día, aunque en esta estación de las lluvias no se divisa el sol, sino espesos nubarrones cargados de agua. A mí me gusta comenzar el día en silencio. Esperaba que el tiempo de adoración fuera también un tiempo de silencio, pero no suele ser así. Durante la media hora se suceden los cantos, letanías y oraciones de diverso tipo. Como no entiendo una palabra de la lengua malabar, yo me abstraigo y me centro en la adoración de Jesús Eucaristía. Los cantos y oraciones de la asamblea se convierten en un suave murmullo de fondo que no me molesta demasiado. Hoy, mientras trascurrían los minutos, he pensado en la fuerza que está adquiriendo la adoración en muchas iglesias y comunidades el mundo. Es una de las sorpresas que el Espíritu Santo nos regala en estos tiempos de cambios acelerados, como si quisiera proporcionarnos un punto de anclaje fijo paa no extraviarnos.

La adoración eucarística fue una práctica religiosa muy cultivada durante siglos, aunque no formaba parte de las prácticas de la iglesia primitiva. En los años 40 y 50 del siglo pasado adquirió mucha fuerza. Decayó tras el Concilio Vaticano II. La reforma litúrgica no la eliminó, pero daba la impresión de que no la veía con muy buenos ojos. Este “culto a la Eucaristía” fuera de la celebración parecía un residuo devocional que no casaba con los criterios litúrgicos imperantes. Lo importante era celebrar. La reserva eucarística tenía sentido en vistas a la atención a los enfermos. Yo mismo viví este ambiente. Comprendo que tiene su fundamento teológico, pero –por alguna razón que ignoro– el pueblo cristiano ha ido recuperando y actualizando una práctica tradicional. En cierto sentido, se ha producido un divorcio –otro más– entre la teología y la práctica. 

Los estudiosos (no sin fuertes razones) van por un lado y el pueblo (no sin fuertes sentimientos) va por otro. Solo los pastores inteligentes saben aprovechar lo mejor de ambos lados sin sucumbir a los dilemas que nos empobrecen. Es necesario dar protagonismo a la celebración eucarística (en esto tienen razón los teólogos), pero sin descuidar esa prolongación adorante que tantos santos han practicado (en esto tiene razón el pueblo). Me sorprende encontrar en Kerala a muchos jóvenes que se sienten atraídos por la práctica de la adoración eucarística. Es como si el Jesús “expuesto” bajo forma de pan fuera un poderoso imán que los arrastra. El Cuerpo de Cristo se expone, no se esconde. Los jóvenes del movimiento Jesus Youth me hablaron de esto mismo hace unos días. Y no son sospechosos de espiritualismo. Se trata de excelentes profesionales con un fuerte compromiso social.

Quizás en tiempos tan productivistas como los nuestros necesitamos practicar un tipo de oración que sea pura gratuidad. Quien adora no pide, no alaba, ni siquiera da gracias. Simplemente está con los ojos fijos en el Señor Jesús. Mira y se deja mirar. Se expone ante el Expuesto. La adoración es un puro ejercicio de amor gratuito, una especie de ósmosis espiritual mediante la cual nosotros le traspasamos a Jesús nuestras inquietudes y temores y él nos traspasa su amor. Y en ese trasvase se produce un verdadero proceso de transformación. No es necesario explicar nada ni rellenar el tiempo a base de cantos y plegarias, como si tuviéramos pánico al vacío del amor. Es suficiente con estar, como estaba María al piez de la cruz (stabat Mater iuxta crucem). Las Misioneras de la Caridad de Madre Teresa practican la adoración mañana y tarde.  Han aprendido a estar con Jesús Eucaristía para estar con Jesús necesitado. No hay contradicción entre las dos presencias. Quizás esto explica su enorme capacidad de servicio a los últimos de los últimos y su fecundidad.

Quien se deja enamorar por el Jesús Eucaristía acaba siendo una Eucaristía viviente. No se trata de un proceso ascético mediante el cual nos entrenamos en aquellas virtudes que son necesarias para una vida de entrega, sino que nos dejamos transformar por el magnetismo del amor. Este “dejarse hacer” supone una decisión más profunda que la de practicar algunas virtudes porque deja voluntariamente que Jesús se convierta en el centro de nuestra vida hasta que llegue un momento en el que podamos decir: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). ¿Se puede hablar de una mera devoción? Altroché!, que dirían mis amigos italianos.

martes, 19 de junio de 2018

Creer por los pies

¡Por fin pude ver una familia de elefantes como Dios manda! Ayer por la tarde nos internamos en uno de los bosques protegidos y ¡zas!, cuando menos lo pensábamos, aparecieron a nuestra derecha siete hermosos elefantes: cinco adultos y dos crías. Estaban tomando tranquilamente su “té de las cuatro” en una zona pantanosa. Bajamos de nuestro jeep Mahindra y, sin ningún temor, tomamos unas cuantas fotos. Luego proseguimos nuestro camino. De vez en cuando aparecían algunos antílopes, pero ni rastros del tigre, terror de los poblados. A eso de las seis de la tarde llegamos a la misión de Vythiri, en la zona norte de Kerala. Caía una lluvia suave que, a ratos, se volvía un poco más intensa. La misión está a unos 700 metros sobre el nivel del mar. Esto nos permite gozar de una temperatura agradable: Very pleasant, father, very pleasant, repiten las personas que encuentro merodeando por la misión. Aquí tenemos un colegio –St. Claret Public School– en el que más del 80% son alumnos musulmanes, y dos parroquias: St. George y St. Thomas. Acabo de celebrar la Eucaristía –Holy Qurbana– en rito siro-malabar. Y, como es costumbre, he permanecido todo el tiempo descalzo.

Llevo ya más de un mes descalzándome cada vez que entro en una iglesia o una capilla. Lo que al principio puede resultar un poco molesto acaba convirtiéndose en algo apetecible. Y no solo por cuestiones climáticas, sino, sobre todo, por su profundo significado religioso. Es inevitable acordarse de las palabras que Dios dirige a Moisés cuando éste pretende acercarse a la zarza ardiente: “Quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado” (Ex 3,5). En Oriente, descalzarse en los espacios sagrados es una práctica común a hindúes, budistas, musulmanes y cristianos. Despojarse del calzado es todo un símbolo de un despojo interior mucho más profundo. Durante estas semanas en Sri Lanka y en la India procuro hacer un ejercicio reflejo cada vez que me desprendo de las sandalias. Es como si dejara a la puerta de la iglesia mis prejuicios, planes, temores, ansiedades y sueños. Dios me quiere en contacto directo con la tierra y abierto a sus inspiraciones. Pisar con los pies desnudos la fría baldosa, la rugosa alfombra de mimbre o la suave moqueta proporciona una sensación de contacto directo con la realidad. Nos convertimos en personas “con los pies en la tierra”; es decir, personas que no huyen de esta vida, sino que la perciben, la tocan, desde el extremo más inferior de nuestro cuerpo. Frente a los idealismos que nacen de la cabeza, nosotros percibimos el mundo por los pies. Nunca hubiera imaginado que este cambio de órgano sensorial tuviera tantas consecuencias prácticas.

Como es natural, pienso en nuestras celebraciones en Europa. No me imagino a la gente dejando sus elegantes zapatos o sus pesadas botas en el atrio de la iglesia. Nuestros pies delicados, protegidos con medias y calcetines, no están preparados para muchos experimentos, y menos cuando llega el crudo invierno. Nos hemos vuelto demasiado sensibles y pudorosos. Tampoco los suelos fríos de nuestras viejas iglesias permiten muchas alegrías. “Quítate eso enseguida. Los catarros comienzan por los pies”, me decía mi madre cuando era niño y llegaba a casa con el calzado mojado. ¿Y si tuviéramos que aprender a descalzarnos para recuperar una experiencia de fe genuina y vigorosa? Descalzarnos materialmente sí, pero, sobre todo, descalzarnos de los muchos prejuicios, apegos y rutinas que hemos ido acumulando a lo largo d nuestra vida. No podemos pretender acercarnos a Dios cargados con “nuestras cosas”, como si no nos atreviéramos a colocarnos desnudos ante su Misterio.

Descalzarse es una señal de respeto y adoración, pero es antes una actitud de vaciamiento. Significa dejar fuera nuestras innumerables especulaciones mentales y percibir la realidad como la perciben los niños, a quienes les encanta caminar descalzos. Por los pies percibimos de otra manera la belleza y la dureza de la vida. Por los pies sentimos que somos todo y no somos nada, que el Misterio nos sobrecoge y nos abraza, que somos hijos pero no dominadores, que estamos hechos del mismo material de la tierra y que la superamos infinitamente. Descalzos ante Dios y ante los demás, nos mostramos como somos, sin los muchos aditamentos que opacan nuestro ser y nos impiden gozar de nuestra condición de personas libres. Creer por los pies puede ser un nuevo modo de evangelización en nuestra protegida Europa. Por algo se empieza.  De abajo arriba. De la tierra al cielo. Lanzo la idea. No se pierde nada por probar. Descálzate. Verás que tu fe comienza a encenderse un poco.

Por cierto, no me he olvidado de la familia de elefantes. Mirad qué elegantes y disciplinados desfilan.



lunes, 18 de junio de 2018

La solidaridad escondida

¡Por fin conseguí ver un elefante en los bosques de Kerala! Quise bajarme del vehículo para fotografiarlo con mi teléfono móvil, pero el conductor me lo desaconsejó. Los elefantes en manada no suelen ser peligrosos; uno solo, si se siente agredido, puede atacar. No era cuestión de ponerlo a prueba, así que me quedé con las ganas. De todas formas, disfruté del verde intenso de las plantaciones de té y del aire fresco de la montaña. Las cuatro horas que duró el viaje desde la misión de Mannarkad a la de Cheeral me permitieron reflexionar sobre un fin de semana muy intenso. El sábado escribí sobre “un joven obispo de 80 años”. Ha sido la entrada más leída de todo el mes de junio. Se aproxima ya a las 1.000 visitas. Eso significa que el P. Aquilino Bocos Merino es muy querido en varias partes del mundo. Su ordenación episcopal fue motivo de alegría y gratitud. Pero, casi a esa misma hora, me llegaban noticias muy preocupantes que me obligaron a solicitar a algunas personas cercanas una oración intensa. Cada vez creo más en el poder misterioso de la oración. Son las dos caras de la vida.

Hoy lunes arranca otra semana de viajes continuos. Cada día o cada dos días tendré que preparar mi pequeña maleta y mi mochila para trasladarme a una nueva misión. El próximo fin de semana dejaré el estado de Kerala. Viajaré a Bangalore (la capital del estado de Karnataka), una ciudad que he visitado en varias ocasiones. En cada lugar se repiten los mismos ritos: carteles de bienvenida (“Hearty welcome dear Fr Gonzalo”), ramo de flores, pequeño discurso de agradecimiento y el inevitable té con leche antes de empezar la faena. Cuando estoy en Roma, echo de menos este estilo de vida itinerante, pero cuando llevo más de un mes fuera, comienza a hacérseme un poco cuesta arriba. Sin embargo, basta una conversación de una hora con un misionero para que todo adquiera sentido y proporción. ¿Qué les impulsa a dos jóvenes misioneros menores de 40 años a vivir en medio del bosque, en un centro –Claret Care Home– que se ocupa de afectados por el VHS? Me sorprende muy positivamente la ola de solidaridad que se ha despertado en España con los inmigrantes del barco Aquarius, pero algo por dentro me dice que una solidaridad tan organizada y mediática corre el riesgo de convertirse en una herramienta política de consecuencias imprevisibles. No me gusta que la mano izquierda se entere de lo que hace la derecha, aunque tal vez es inevitable un cierto grado de difusión en el tipo de sociedad en la que vivimos. Comprendo que ayuda a tomar conciencia de un grave problema y a suscitar una respuesta coral por parte de la sociedad. No obstante, soy más partidario de la solidaridad escondida de quienes, sin ningún despliegue publicitario, consagran su vida (no un día, o una semana, o un mes) a ocuparse de los últimos. A este lugar del bosque malabar no llegan los servicios públicos de salud ni tampoco los medios de comunicación. Los portadores del VHS son los nuevos leprosos, personas marginadas incluso por sus familias. Alguien tiene que ocuparse de ellos.

La sociedad europea, en general, responde con gran generosidad cuando se produce una catástrofe natural o hay que apoyar una causa humanitaria. Se pueden aducir muchos ejemplos en los últimos años. La solidaridad se ha hecho cultura. Es un signo de altura moral, pero revela también una mala conciencia, como si la solidaridad actual fuera el modo inconsciente de compensar la explotación pasada. Tenemos que combatir los síntomas, y, al mismo tiempo, erradicar las causas que conducen a millones de personas a la pobreza y a la vulneración de sus derechos. Mientras tanto, toda la ayuda será poca. Aquí en la India llama mucho la atención que los musulmanes pobres de África se dirijan a Europa y no a los riquísimos países del Golfo Pérsico. Pareciera que la fraternidad islámica cuenta menos que las ansias de libertad y respeto de los derechos humanos. Otra paradoja de esas que nos dejan desconcertados. ¿Para qué sirve el dinero del petróleo? ¿Sólo para crear lujosísimos paraísos en el desierto y financiar mezquitas que ayuden a la difusión del Islam en el mundo?

Os dejo con un vídeo de José Mujica, el expresidente de Uruguay, que, más allá de las simpatías o antipatías que despierte el personaje, hace pensar.