Claret

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miércoles, 13 de diciembre de 2017

Nosotros somos todos

Según el refranero popular, “Por Santa Lucía -cuya memoria celebramos hoy- se iguala la noche con el día”, aunque hay también otras versiones del tipo: “Por Santa Lucía mengua la noche y crece el día”. En la memoria de esta mártir cristiana, a caballo entre el siglo III y el IV, este Rincón alcanza las 600 entradas. Poco a poco, nos encaminamos hacia el millar. Quizás entonces sea el momento oportuno de empezar un nuevo proyecto. De momento, este Rincón de Gundisalvus permanecerá abierto siete días a la semana para hablar “del più e del meno”, como se dice en italiano; es decir, de todo un poco. Le pido a santa Lucía que nos siga manteniendo la vista para ver lo que está pasando en nuestro mundo, no cerrar los ojos a la realidad (por dura que sea) y, sobre todo, encontrar caminos de futuro. Si algo nos recuerda el Adviento es que la esperanza es la actitud con la que los creyentes miramos la realidad.

Ayer, en el aula magna de la Universidad Urbaniana de Roma, tuve la oportunidad de escuchar la conferencia del profesor Enrico Giovannini, economista y estadístico italiano, que fue ministro de Trabajo y de Políticas Sociales en el efímero gobierno de Enrico Letta (2013-2014). Habló sobre los objetivos de la Agenda 2030 de Desarrollo Sostenible. Confieso que es un tema que me apasiona. El profesor Giovannini, con precisión de estadístico, nos fue presentando la grave situación en la que se encuentra el planeta. Después, de manera muy sintética, abordó los 17 objetivos para transformar nuestro mundo. Si tenéis tiempo y ganas, os invito a entrar en los enlaces anteriores porque brindan información de primera mano sobre lo que se pretende y sobre el modo de lograrlo, teniendo como horizonte el año 2030. No disponemos de mucho tiempo. Según el presidente francés Macron, “estamos perdiendo la batalla”. Muchos gobiernos no han tomado en serio los compromisos y los ciudadanos seguimos muy centrados en nuestras pequeñas batallas individuales. Nos falta conciencia colectiva. No podemos luchar contra el calentamiento global sin prestar atención a los índices de pobreza y al tipo de desarrollo tecnológico porque, en realidad, “todo está conectado”. El papa Francisco lo ha subrayado con claridad en la encíclica Laudato si’ al hablar de una “ecología integral” (nn. 137-162).

Sé que para muchas personas estos temas parecen incidir muy poco en sus preocupaciones y estilos de vida. Los jóvenes, como por instinto de conservación, son mucho más sensibles. Lo confirman todas las encuestas sobre valores juveniles. Es como si ellos tuvieran un radar especial para detectar que los profundos cambios que se están produciendo en el planeta les van a afectar muy negativamente, a menos que actuemos con inteligencia, determinación y celeridad. El profesor Giovannini insistió en que, más allá de los gestos que los ecologistas presentan como saludables y sostenibles (ahorrar agua y luz, cultivar plantas en casa, reciclar materiales, utilizar transporte público, etc.), lo verdaderamente urgente, ya desde la educación primaria, es un cambio de paradigma. Se trata de comprender que “el mundo es nuestra casa”. No tiene sentido preocuparse solo por mi pueblo, mi ciudad o mi país. Todos estamos conectados y nos estamos influyendo mutuamente para bien y para mal. La contaminación no se detiene ante las fronteras políticas. 

En este sentido, hay que modificar el significado del pronombre “nosotros”. Muchos lo restringen a su familia, a su comunidad, a su pueblo y, a lo sumo, a su país. Naturalmente, cuando el “nosotros” lo entendemos en sentido restrictivo (étnico, cultural, sexual, religioso, político), en seguida nos oponemos a “los otros”. De ahí a los enfrentamientos y tensiones no hay más que un milímetro. La pasión por el poder nos domina. La historia humana es una sucesión de luchas entre “nosotros” (los cristianos, los musulmanes, los comunistas, los fascistas, los independentistas, los constitucionalistas, los conservadores, los liberales, los europeos, los africanos…) y “ellos” (todos los que no pertenecen a nuestra familia, tribu, religión, etnia, cultura, etc.). Hasta que no lleguemos a comprender y a vivir que el “nosotros” está constituido por todos los seres vivos que habitamos el planeta Tierra (seres humanos, animales y plantas) y que no podemos concebir la vida por exclusión sino por relación, no habrá una vía clara de desarrollo sostenible. El planeta seguirá amenazado y nosotros con él.

Mientras escuchaba las palabras del profesor Giovannini, coetáneo mío, pensaba en las hermosas lecturas del profeta Isaías que se nos ofrecen en este tiempo de Adviento, en las que se habla del banquete que Dios ofrece a todos los pueblos en Sión, de la reconciliación de todos los seres vivientes, de la belleza de una creación redimida. Si algo puede aportar la fe cristiana es una visión de los seres humanos como familia de Dios, un rico concepto de catolicidad que abraza a todos y todo. No hay nada más alejado de la fe católica (es decir, universal) que los particularismos del tipo que sean (políticos, económicos, étnicos y culturales). Hasta que yo no sienta que los emigrantes subsaharianos o centroamericanos, por poner solo dos ejemplos, son de “los nuestros”, pertenecen a la familia humana, no voy a moverme para encontrar una solución al drama que viven. Voy a pensar que hay dos mundos: el nuestro y el de ellos. Es un tremendo error que pagaremos caro. En realidad, solo hay un planeta para todos: nosotros somos todos. Parece que Donald Trump no está por la labor. Y tampoco otros muchos millones de seres “satisfechos”. Cuando nos demos cuenta, quizá será demasiado tarde. Nosotros seremos también víctimas de nuestra visión miope y de nuestra insolidaridad. 

martes, 12 de diciembre de 2017

Más libros, más libres

El año pasado, tal día como hoy, me confesé guadalupano de corazón. Renuevo esta declaración a la vez que felicito a todos los amigos de México, y de América en general, que hoy celebran la fiesta grande de Nuestra Señora de Guadalupe. Pero hoy quiero hablar de libros. Soy un lector anárquico. Solo he seguido al pie de la letra un consejo en materia de libros: el que me dio mi profesor de Literatura en sexto curso de bachillerato. Recuerdo que me dijo -en realidad, nos lo dijo a todos los alumnos de la clase- que hiciéramos un esfuerzo por leer el mayor número posible de los grandes clásicos porque después, una vez iniciados los estudios universitarios, nos centraríamos en nuestras materias y perderíamos el interés por otras cosas.  Leí proporcionalmente más literatura entre los 15-18 años que en las décadas posteriores. Eso me permitió adentrarme en un mundo fascinante que ha influido en mí más de lo que yo mismo me atrevo a confesar. En los últimos años leo poca literatura, aunque siempre aprovecho los largos viajes para devorarme algún libro. Prefiero acercarme a ellos en formato de papel, pero no hago ascos al libro electrónico; de hecho, me es mucho más cómodo cuando estoy fuera de casa, que es más de la mitad del año.

Hoy quiero hablar de libros porque se acaba de clausurar en Roma una exposición titulada Più libri, più liberi. En español también se puede jugar con el sustantivo “libro” y el adjetivo “libre”. El italiano añade una vocal -la “e”- para modificar el significado; el español se limita a cambiar la “o” por la “e”. Creo que la lectura ensancha el horizonte personal, pero dudo de que nos haga automáticamente más libres. De hecho, conozco a algunos ávidos lectores que parecen leer solo para confirmar sus convicciones y opiniones. Siguen siendo esclavos de sus puntos de vista. Por otra parte, no es una cuestión de cantidad (más-menos libros) sino de asimilación. Uno puede leer mucho y no asimilar nada. No hay nada más peligroso que un lector que no sabe lo que lee. Erudición sin sabiduría sirve para poco. Creo que los profesores hablan de “lectura comprensiva”. Muchos se quejan de que los alumnos de hoy leen poco y comprenden menos. Quizás se puede aplicar también a muchos lectores. La lectura nos hace más libres cuando comprendemos lo que leemos, nos dejamos cuestionar, entramos en una relación crítica con los libros y tomamos nuestras propias decisiones.

Hay un dicho clásico que nos previene contra las lecturas exclusivas: Temo al hombre de un solo libro. Si siempre leemos las mismas cosas (esto puede aplicarse también a los periódicos y revistas), si no nos adentramos en territorios comanche para explorar nuevos paisajes, confrontarnos con otras ideas, nunca vamos a crecer. Nuestra libertad se quedará en pantalones cortos. 
Creo que hoy es un día adecuado para hacer un pequeño experimento en este Rincón. Os invito a señalar en el recuadro de los comentarios algún libro que haya sido significativo para vosotros, alguno del que guardéis un buen recuerdo. No importa si no pertenece a los “grandes” de la literatura universal. A veces, los libros que más nos llegan son los más desconocidos. Esperemos que todos podamos enriquecernos un poco con vuestras aportaciones. Hoy tengo más ganas de leer que de escribir, jajajaja. ¡Ánimo!




Dinos un libro que haya sido significativo para ti, please.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Un té (es un decir) con Juan el Bautista

Desde lejos me parece un puntito parduzco que se confunde con la tierra. A medida que me acerco, percibo mejor su cabellera larga y rizada, su rostro hirsuto, la barba sin recortar. No parece muy agradable. El atuendo hace juego con su cuerpo curtido al sol. Lleva un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura. En la mano derecha blande una vara retorcida y dura, quizás de olivo.  Por estos parajes de Judea no hay mucho que cultivar. Se alimenta de saltamontes y miel silvestre. Su cuerpo es pura fibra, sin rastro de grasa. Cuando me ve venir, abre los brazos de para en par como para darme la bienvenida. No me esperaba un gesto así de un tipo que tiene fama de duro y un poco deslenguado. Me acomoda sobre una piedra junto al fuego. En una olla de barro calienta un poco de agua, a la que le añade un producto que desconozco. Lo llamo por decir algo. Creo que lo ha fabricado moliendo las bayas de algún arbusto. Tiene un sabor amargo, casi repugnante, pero yo disimulo mi desagrado. Al fin y al cabo, la hospitalidad en Oriente es un valor sagrado. Sorbo la escudilla de barro, carraspeó un poco y me lanzó en picado.

Tenía ganas de conocerte.
No te hubieras perdido mucho de no haber venido. Ya ves que no vivo en un palacio ni visto como los ricos del barrio alto de Jerusalén.

Es verdad, pero la gente acude a ti desde la ciudad santa y de toda Judea.
No vienen por mí, buscan algo. Tienen necesidad de evacuar todo el dolor que llevan dentro. Yo los escucho. Luego los bautizo como señal de limpieza. No baja mucha agua en este extremo del Jordán, pero sí la suficiente para el rito.

¿Eso es todo?
No, no lo es. Algunos se sienten liberados y quieren darme las gracias. No faltan quienes quisieran que acaudillara alguna revuelta contra los romanos, pero yo me limito a decirles que detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Les digo que yo los bautizo con agua, pero el que ha de venir los bautizará con Espíritu Santo.

No sé si entiendo lo que me quieres decir.
A la gente le gusta lo que se ve. Estoy seguro de que si les diera un saquito con arena del desierto regresarían a sus casas tan contentos. Buscan algo que les haga más llevadero el peso de cada día. Pero les cuesta entender que los regalos de Dios son de otro tipo. No entienden qué significa el Espíritu de Dios. 

Yo vengo del siglo XXI para hablar contigo. Nosotros no estamos muy interesados en que nadie nos bautice con agua, pero seguimos buscando algo.
Ya sé que habéis descubierto muchas cosas y que incluso habéis viajado a la Luna, pero seguís siendo seres humanos, ¿no? Al menos por ahora, aunque ya sé que algunos andan buscando ya caminos transhumanos. Si sois hombres y mujeres lleváis una nostalgia de fábrica. Habéis sido creados a imagen y semejanza de Dios, así que hasta que no os encontréis con Él nunca sabréis quiénes sois. Dais vueltas y vueltas perdidos en vuestro propio laberinto. Siento tristeza cuando os veo tan desorientados.

Pareces un telepredicador. Solo te falta darnos la fórmula mágica para ser felices a cambio de un billete de cien dólares. 
No me hagas reír. Soy solo la voz que clama en el desierto: “Preparad el camino del Señor”. Si yo tuviera un programa en vuestras televisiones se llamaría The Voice porque la Palabra es Él, el que ha de venir. ¿Te gusta el título? Yo soy solo -nunca me canso de repetirlo- la voz, el eco. 

Me parece que el desierto no te ha hecho perder el sentido del humor.
Ya sé que me pintan como un cascarrabias, pero solo soy un hombre que no se contenta con una vida plana, que me irrito contra lo que es injusto, que sueño con que Dios pueda darle la vuelta a este mundo corrupto que hemos fabricado.

¿Cómo va a ser eso?
Si de mí dependiera, prendería fuego a la ciudad de Jerusalén y comenzaría todo de nuevo. No es fácil reformar lo que se ha corrompido tanto. No soporto la hipocresía de algunos fariseos y saduceos. Cuando han venido por aquí les he dicho de todo. Les he llamado “raza de víboras”, pero podría haberles llamado “ratas de alcantarilla”.  Les he pedido que den frutos válidos de arrepentimiento y que no se imaginen que les basta con decir que su padre es Abrahán, pues de estas piedras -coge algunos guijarros con las manos- puede sacar Dios hijos para Abrahán.

Veo que no te has cortado un pelo.
He sido incluso más duro. Les he dicho que el hacha está ya aplicada a la cepa del árbol. El que no produzca frutos buenos será cortado y arrojado al fuego. Fuerte, ¿no? Algunos casi temblaban al verse desenmascarados. Pero te confieso que esto es más un desahogo que una propuesta. Sé que Él va a plantear las cosas de un modo que yo ni siquiera imagino. Te aseguro una cosa: sea lo que sea, lo seguiré; vaya donde vaya, yo iré tras él.

Él, como tú lo llamas, te aprecia mucho. Dice que no ha nacido de mujer nadie más grande que tú.
Se ve que no me conoce bien. Soy un tipo excesivo, lleno de defectos. Si he hecho algo bueno, es apuntar con mi dedo a Aquel que ha de venir a hacer nuevas todas las cosas. Te aseguro que yo no busco ningún protagonismo. Solo quiero despertar a la gente para que se den cuenta de que por el camino que llevan, no llegarán a ninguna parte. Quiero ponerlos en la senda por la que Él transita. Todo lo demás ya no me corresponde.

Empezó a caer el sol. De no ser por el fuego, que seguía crepitando, hubiera sentido frío. Apuré esa especie de té que Juan me había ofrecido. Creo que no le dije ni gracias. Lo miré a los ojos, retuve su mano entre las mías y me fui. Uno no encuentra tipos así todos los días. Cuando llegué a casa, transcribí nervioso nuestra conversación para no olvidar ninguna de sus palabras. 

domingo, 10 de diciembre de 2017

La vía del desierto

Como preparación para este Segundo Domingo de Adviento, ayer me di una vuelta vespertina a pie por el centro de Roma, atestado de turistas. Las fotos de la entrada de hoy dan testimonio de este paseo. Cuando enfilé la rectilínea Via del Corso sentí que se estaba cumpliendo la profecía de Isaías que leemos en la primera lectura de hoy: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos –ha hablado la boca del Señor–.» (Is 40,3). Imaginaba que Babilonia era la Piazza Venezia y Jerusalén la Piazza del Popolo, separadas ambas por un kilómetro y medio de gente variopinta. En ese tramo, todo es llano y recto. No hay ni colinas ni curvas ni terreno escabroso. ¡Profecía cumplida! Pronto me di cuenta de que todo era un espejismo. La gente no volvía gozosa de Babilonia a Jerusalén, sino que unos iban en una dirección y otros en la contraria. Nadie parecía tener claro el destino. La mayoría se entretenía mirando los escaparates, comprando algún regalo navideño, haciendo fotos con sus móviles, o simplemente dejándose llevar. ¿Quién sabe hoy adónde quiere ir? La cultura posmoderna nos ha dicho que hay que disfrutar del camino porque no sabemos de dónde venimos ni adónde vamos. El camino es el destino. Ya no se trata de la “vía del desierto” que conduce a la ciudad santa, sino de la “vía del entretenimiento” para hacer más llevadero el tiempo presente.

Es comprensible que muchos piensen así. Llevamos veinte siglos preparándonos para la “venida del Señor”. El mundo parece seguir su rumbo, con o sin él. Muchos contemporáneos, creyentes o no, podrían hacer suyas las palabras del autor de la segunda carta de Pedro: “¿Qué ha sido de su regreso prometido? Desde que murieron nuestros padres todo sigue igual que desde el principio del mundo” (2 Pe 3,4). Da la impresión de que el tiempo de Dios y el nuestro no están sincronizados. La misma carta de Pedro adelanta una respuesta: “No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan” (2 Pe 3,8).  A primera vista parece una tomadura de pelo, un juego de palabras para no afrontar el problema en su raíz. Pero, en el fondo, lanza un mensaje claro: cada uno tenemos nuestro “tiempo oportuno”. Dios llega a nosotros cuando hemos preparado una mínima “vía” de acceso, cuando renunciamos a nuestra autosuficiencia y nos abrimos al misterio de la gracia. No importa el tiempo que se tarde. El encuentro con Dios da sentido a todo el tiempo del mundo: al pasado, al presente y al futuro.

Este es precisamente el contenido central del “evangelio” (hermosa palabra) que, en los años 60 del siglo primero, cuando todavía vivían muchos testigos oculares, se comienza a escribir en Roma para presentar la “buena noticia” de Jesús. Según la tradición, el autor de este escrito es Marcos, el “hijo de María”, la dueña de la casa donde solía reunirse la primera comunidad cristiana de Jerusalén (cf. Hch 12,12-17). Quizás se trata también del joven que, en el momento del prendimiento de Jesús, se encontraba en el huerto Getsemaní y huyó desnudo cuando los guardias agarraron la sábana con la que estaba envuelto (cf. Mc 14,51). La “buena noticia” que él nos quiere transmitir no comienza con el nacimiento de Jesús sino con la “preparación” realizada por Juan el Bautista. Él sí es un verdadero hombre del desierto. Frente a los israelitas que, seducidos por el estilo de vida de Babilonia, no quisieron regresar a Jerusalén por la vía corta y dura del desierto, Marcos presenta a Juan como el que prepara el camino del Mesías que viene: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» (Mc 1,8).

Estamos tan entretenidos en nuestras cosas, tan atrapados por otros intereses, que también nosotros necesitamos un Juan que nos despierte, nos anuncie que el Señor puede llegar a nuestra vida de un momento a otro, y nos invite a preparar el camino. Cada año, cuando llega el tiempo de Adviento, sentimos que nunca es demasiado tarde para orientar nuestra vida de un modo nuevo. No se trata de sucumbir al mensaje repetitivo y, a veces, un poco chantajista de quienes nos piden cambiar (deja el tabaco, no bebas, atiende más a tu familia, sé honrado, supera la adicción a la pornografía, vuelve a rezar). Se trata de abrirnos a la “buena noticia” (evangelio) de un Jesús que viene a consolarnos en medio de nuestras tribulaciones y que nos pide que seamos embajadores de consuelo para las personas de nuestro entorno que lo están pasando mal: «Consolad, consolad a mi pueblo, –dice vuestro Dios–; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio, y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.» (Is 40,1). Quizás solo experimentamos a fondo la consolación de Dios cuando nosotros mismos nos decidimos a ser “buena noticia” para los demás. 




sábado, 9 de diciembre de 2017

Se necesitan camareros

Ayer fue un día especial en mi comunidad. El más joven de la casa, natural de Puerto Rico, fue ordenado diácono. Contamos con la presencia de un numeroso grupo de puertorriqueños que, desafiando las duras condiciones por las que atraviesa el país tras los huracanes de hace casi tres meses, llegaron a Roma. En pocas horas pasaron del calor tropical al frío europeo. La eucaristía fue presidida por el cardenal José Saraiva Martins, claretiano portugués que lleva casi toda su vida en Roma. La ceremonia duró unas dos horas. Se celebró en nuestra enorme basílica del Inmaculado Corazón de María. No es frecuente que hoy se prodiguen estas celebraciones. Y menos en Europa. Mientras el coro cantaba las letanías, el ordenando estaba postrado en tierra, como si el ministerio que iba a recibir tuviera que ser visto de abajo arriba para no incurrir en protagonismos absurdos. Mientras cantaba Ora pro nobis en respuesta a las invocaciones del cantor, pensaba lo que está sucediendo en nuestra Iglesia en relación con estos ministerios. No hay suficientes presbíteros y diáconos para atender a las comunidades. ¿Qué va a pasar en un futuro próximo? ¿Cómo va a afectar esta situación a la vitalidad de la Iglesia?

Ante este hecho, se han sugerido varios caminos. Hasta el mismo papa Francisco ha hablado de la posibilidad de ordenar a viri probati; es decir, a hombres casados que lleven una vida cristiana ejemplar. Esta figura existía en la iglesia primitiva. No hay ninguna razón apodíctica que impida restablecerla. Algunos se atreven a sugerir la ordenación de mujeres, asunto sobre el que san Juan Pablo II se pronunció taxativamente en 1994. Más allá de estas soluciones de emergencia -todas ellas discutibles y ya ensayadas por algunas iglesias cristianas sin mucho éxito- el problema es más de fondo. Se refiere al verdadero sentido de un ministerio de este tipo en la Iglesia. ¿No llevamos hace años insistiendo en la mayoría de edad de todo cristiano en virtud de su bautismo? ¿No vivimos en sociedades democráticas e igualitarias que no aceptan las divisiones de roles que puedan implicar connotaciones clasistas? Hace años abordé esta cuestión en un articulito titulado ¿Para qué sirve un cura? Estoy convencido de que si no planteamos a fondo “cómo se hace la Iglesia”, no podemos entender qué sentido tienen los ministerios ordenados (diácono, presbítero y obispo) dentro de ella. Pueden parecer antiguallas llamadas a desaparecer a medio plazo. Para algunos, la escasez de vocaciones sería el modo suave de eliminarlos de una vez por todas y así conseguir una Iglesia igualitaria y fraterna. Corregiríamos de un plumazo los problemas ligados a la existencia de clero: clericalismo, minoría de edad de los laicos, “carrerismo”, escándalos en relación con el poder, el sexo y el dinero, etc.

En contra de lo que se suele decir, mi experiencia pastoral y mi convicción teológica me llevan a afirmar que cuanto más valoramos la vocación de los laicos, más necesitamos -no menos- nuevos ministros que acompañen la vida de una Iglesia enriquecida con diversos carismas y ministerios. La comunión necesita servidores full-time. La cuestión es: ¿Por qué muchos jóvenes generosos no se atreven a dar el paso? ¿Es solo por la obligación del celibato (en el caso de la Iglesia latina), en tiempos en los que el sexo ha adquirido valor casi absoluto? ¿Tiene que ver con un cierto desprestigio social de la figura del sacerdote en un contexto en el que se valoran otras profesiones de mayor lustre y provecho? ¿Está asociada la crisis al hecho de que la Iglesia no permite que las mujeres sean ordenadas, precisamente ahora que estamos luchando por la igualdad de derechos y oportunidades para ambos sexos? ¿Han influido mucho los escándalos protagonizados por algunos sacerdotes y no siempre bien afrontados por la jerarquía de la Iglesia? ¿Es un problema de generosidad y de calidad de vida cristiana? ¿O se trata, sin más, de un problema demográfico, de un cambio de ciclo, de una situación transitoria? ¿Se resuelven las cosas importando presbíteros de otras latitudes?

No tengo una respuesta precisa a estas preguntas. Imagino que todos estos factores influyen de diversa manera. Pero hay uno que quisiera subrayar porque ayer se me hizo más luminoso contemplando a mi hermano claretiano postrado en el suelo: no es fácil apuntarse a ser “camarero” del Reino. Utilizo el término “camarero” como una versión un poco provocativa del original griego “diácono”, que significa “servidor”. ¿Quién siente hoy la llamada a servir las mesas de la gente -sobre todo, de los pobres- cuando la mayoría aspiramos a ser servidos? ¿Quién escucha con corazón disponible la invitación de Jesús: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13)? Ser “camarero del Reino” tendría que apasionar a los jóvenes que han sentido que Jesús pone sus ojos en ellos. ¿Acaso no hay testimonios luminosos que contrarrestan los escándalos? Quizás no pase mucho tiempo antes de que en algunas puertas de las iglesias aparezca colgado este cartel “Se necesitan camareros”. Las condiciones laborales no son muy atractivas (poco sueldo, servicio permanente), pero la alegría interior es indescriptible. Ayudar a Jesús a distribuir el Pan y la Palabra es, en sí mismo, la mejor recompensa

viernes, 8 de diciembre de 2017

Aurora de un mundo nuevo

El año pasado, tal día como hoy, contemplé a María como la mujer inmaculada en un mundo contaminado.  Este año me siento atraído por la imagen de la aurora. Recuerdo que, cuando solía hacer campamentos de verano, siempre me gustaba madrugar para ver amanecer. En medio de la oscuridad de la noche, empieza a aparecer un pequeño resplandor por el Este. Poco a poco, se incrementa y se acelera. Segundos antes de que se insinúe la esfera oronda del sol, el resplandor alcanza su máxima expresión (la aurora), la “hora áurea”, como si quisiera preparar nuestras pupilas para acoger la luz del Sol naciente. La tradición cristiana ha aplicado ambos símbolos a Jesús y a María. El canto del Benedictus presenta a Jesús como “sol que nace de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte”. María es la luz de la aurora que prepara el nacimiento de ese Sol invicto. Es también reflejo hermoso de ese mismo sol. Su luz inmaculada le viene de su hijo Jesús. Ella es la “llena de gracia” porque ha sido inundada plenamente por Dios.

Hoy es un día muy especial. En muchos lugares del mundo se celebra la fiesta de la Inmaculada Concepción con entusiasmo. Hay países (Portugal, Estados Unidos, Filipinas y otros) que la tienen como patrona. En Nicaragua se celebra la famosa fiesta de “la gritería”: “¿Quién causa tanta alegría? ¡La Concepción de María!”. En muchos lugares de Andalucía he visto azulejos con esta inscripción: “Nadie cruce este portal sin que jure, por su vida, que María es concebida sin pecado original”. Son expresiones populares de una fe que tiene su fundamento en el saludo del ángel Gabriel a la muchacha de Nazaret: “Salve, María, llena de gracia”. La Iglesia ha interpretado ese “llena de gracia” como la preparación que Dios mismo ha hecho para que María pudiera ser la madre de Jesús, la expresión acabada de la gracia de Dios. Mientras escribo estas notas, caigo en la cuenta de que este lenguaje, tan familiar para cristianos mayores, quizás resulte completamente ininteligible para las generaciones más jóvenes. No forma parte de su vocabulario y nadie les ha explicado lo que significa. ¡Hasta podría parecerles un residuo sin mayor importancia!

Y, sin embargo, contemplar a María como la mujer “llena de gracia”, como la aurora que prepara el amanecer del Sol, tiene un profundo significado en nuestro tiempo. Muchas personas bautizadas tienen la impresión de vivir su fe como una permanente noche en la que apenas se ve nada. También está metáfora -la noche- se aplica a las culturas que viven “como si Dios no existiera”. En ese contexto, la historia de quienes han redescubierto el significado profundo de la fe está con frecuencia asociada a María. En algunos casos, ha coincidido con la peregrinación a un santuario mariano; en otros, con el recuerdo de experiencias infantiles ligadas a la madre de Jesús.  En el descubrimiento de la fe, en la preparación del encuentro con la luz de Jesús, María es la aurora que prepara el amanecer, el mundo nuevo del encuentro con Dios.  Ella es como la pedagoga que nos introduce en el misterio de su Hijo y nos susurra al oído: “Haced lo que Él os diga”. Es la presencia femenina que sabe acompañar nuestras búsquedas y tropiezas, nuestras crisis y ansiedades. No se impone como el sol del mediodía, sino que se insinúa como la aurora matutina. No se convierte en protagonista, sino que prepara el advenimiento del verdadero Sol.

Os dejo con este precioso soneto de Luis Rosales. Yo no sabría expresarlo mejor que él.

Venid, alba, venid; ved el lucero
de miel, casi morena, que trasmana
un rubor silencioso de milgrana
en copa de granado placentero;

la frente como sal en el estero,
y la mano amiga corno luz cercana,
y el labio en que despunta la mañana
con sonrisa de almendro tempranero.

¡Venid, alma, venid!: y el mundo sea
heno que cobra resplandor y brío
en su mirar de alondra transparente,

aurora donde el cielo se recrea,
¡aurora tú que fuiste como un río,
y Dios puso la mano en la corriente!


jueves, 7 de diciembre de 2017

Las dos agendas

Si leo los periódicos digitales o me asomo a los noticieros de la radio o la televisión, me encuentro con un rosario de acontecimientos que requerirían mi atención y mi compromiso. En los últimos días se ha hablado mucho del conflicto político que se vive en Honduras –el primer país americano que visité en el lejano 1994–, del viaje del papa Francisco a Myanmar y Blangladesh y del problema de los rohingyas. Me ha escandalizado la tragedia del mercado de esclavos en Libia, sobre la que me gustaría detenerme, pero carezco de información de primera mano. Los periódicos han hablado también de la pérdida de un submarino argentino con más de 40 personas a bordo, de las tensiones entre Corea del Norte y Estados Unidos, del flujo constante de inmigrantes hacia las costas del sur de Europa, etc. Esta es la “agenda internacional”, como suelen decir los periodistas. Pero, junto a ella, solapándose, imponiéndose, está la “agenda personal”. Mientras uno se conmueve con las noticias sobre los esclavos libios, tiene que prestar atención a los enfermos que hay en la propia familia, a algunos problemas relacionales y económicos, a compromisos inaplazables, a una cita con el dentista, a la renovación del permiso de conducir… Es como si viviéramos a la vez en dos mundos: el mundo grande (hecho de acontecimientos que pasarán a la historia y cuyo desarrollo se nos escapa casi siempre de las manos) y el mundo pequeño (constituido por los sucesos de nuestra vida personal, los que de verdad nos afectan en primer plano y sobre los que podemos intervenir oportunamente).

Los ecologistas acuñaron hace décadas un eslógan que puede ayudarnos a combinar las dos agendas: “Piensa globalmente, actúa localmente” (Think Global, Act Local). Necesitamos prestar atención al marco amplio para saber dónde estamos, qué pasa en el mundo, hacia dónde se dirige la historia. Sin este contexto global, corremos el riesgo de encerrarnos en nuestras preocupaciones domésticas, de convertir los pequeños problemas en grandes dramas, de no sentirnos ciudadanos de la patria grande que es el mundo. Pero, para no sucumbir al idealismo, para no perdernos en la retórica de los grandes principios (“Salvemos el planeta”, “No a la guerra”, “Paremos el hambre”, “Construyamos la patria”) tenemos que encarnarlos en las acciones que están a nuestro alcance y que, en la mayoría de los casos, tienen que ver con la manera como tratamos a las personas de nuestro entorno. No hay nada más contradictorio que ser un activista de las grandes causas en la calle y ser un perfecto insolidario en casa. Por desgracia, esta contradicción suele ser bastante común. Muchos de los personajes famosos que han pasado a la historia por sus luchas sociales y políticas han sido unos déspotas insufribles en el ámbito familiar.

En el evangelio de este jueves 7 de diciembre, memoria de san Ambrosio de Milán, Jesús habla de nuestra actitud ante la vida sirviéndose de dos metáforas: la arena y la roca. A veces queremos construir nuestra casa personal sobre la arena de la comodidad, el lucro y el bienestar. Es más fácil y placentero a primera vista, pero basta que vengan las pruebas de la vida (desengaños, enfermedades, crisis) para que comprobemos, con dolor, que nuestra casa se hunde. La razón es sencilla: no tiene buenos cimientos. Por el contrario, quienes construyen la casa de su vida sobre la roca (es decir, sobre fundamentos sólidos) también están expuestos a las tormentas de la vida, pero pueden resistirlas mejor. Con el salmista, podemos dirigirnos a Dios y decirle: “Tú eres mi roca y fortaleza, por amor de tu nombre me conducirás y guiarás” (Sal 31,3). Apoyados en la roca fuerte que es Dios y su Palabra, estaremos siempre atentos a la “agenda mundial” (porque el mundo es nuestra casa, la familia de Dios) y, al mismo tiempo, concentraremos nuestras energías en la “agenda personal” (porque es en el ámbito de nuestro pequeño mundo donde podemos contribuir a las grandes transformaciones).