Claret

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viernes, 30 de junio de 2017

El sacramento de la pizza

Hace ya bastantes años leí una obrita de Leonardo Boff titulada Los sacramentos de la vida. A partir de algunas realidades de la vida cotidiana que adquieren un especial significado para nosotros (un vaso, una colilla, un trozo de pan, una vela de Navidad, etc.), el autor presentaba los sacramentos cristianos como signos transparentes del Dios trascendente en la inmanencia de la vida humana. Me hago cargo de que la frase suena un poco alambicada, pero he querido reproducir los conceptos utilizados por Boff. En realidad, lo que afirma es muy claro: que el Dios que está siempre más allá de todo se transparenta, se hace visible, en algunas realidades del más acá. He recordado este viejo librito porque la vida está salpicada de realidades que nos hablan si sabemos contemplarlas con calma y escucharlas con atención.

Hoy termina el mes de junio. Se abre un largo período vacacional en el hemisferio norte. Hay más tiempo para encontrarse con amigos, celebrar el final del curso y comentar lo que cada uno piensa hacer en verano. Hay muchas maneras de hacerlo. Aquí, en Roma, es habitual juntarse en una pizzería y degustar alguna de las infinitas variedades de pizza que se ofrecen, regada por lo general con una buena jarra de cerveza y rematada con un buen helado. Yo suelo inclinarme por la pizza capricciosa, pero, según las circunstancias, pido también otras variedades. Lo importante es detener el reloj, disfrutar de la cálida noche romana (si es en alguna pizzería del Trastévere o de las inmediaciones de Piazza Navona se da un valor añadido), degustar los ingredientes y, sobre todo, escuchar. La pizza es casi una excusa para practicar el arte de la conversación, un arte antiguo que corre el riesgo de ser sustituido por los chats insustanciales, los cotilleos homicidas o por la incomunicación que crean los auriculares pegados a las orejas.

Compartiendo una pizza y bebiendo una jarra de cerveza, he tenido algunos de los encuentros más profundos y hermosos con personas amigas de varios lugares del mundo. Podría contar varios ejemplos, pero sería profanar su carácter íntimo y sacramental. Hay cosas que se viven, pero no se narran. ¿Qué sucede cuando se crea un clima de confianza y uno comienza a hablar? Se produce, en primer lugar, un momento liberador. Tensiones que uno lleva acumuladas se van relajando sin que uno se dé cuenta. El hecho de que alguien nos escuche tiene un alto poder terapéutico. Hoy en día, es un fenómeno tan raro que algunas personas pagan para ser escuchadas por un profesional cuando podrían conseguir el mismo efecto compartiendo una pizza con una persona amiga. La liberación acaba provocando sonrisas y, en ocasiones, carcajadas; quizá al principio, un poco nerviosas; después, espontáneas y saltarinas. Escuchar y hablar. He aquí los dos verbos esenciales de esta gramática. Si falta uno de ellos, el milagro no se produce. 

Tras el momento liberador, viene el momento de la revelación. En todo encuentro profundo hay un velo que se descorre para desvelar parte del misterio que cada uno somos. Subrayo lo de parte porque si hay algo hermoso en la amistad -en general, en toda relación- es que nunca profana el santuario de nuestra identidad. Siempre somos mucho más de lo que logramos expresar. No es una cuestión de hipocresía o de cerrazón: ¡es el misterio de cada uno! ¡Es una experiencia de sacralidad! Emmanuel Levinas decía algo que he experimentado muchas veces compartiendo una pizza: “La dimension du divin s'ouvre à partir du visage humain” (La dimensión de lo divino se abre a partir del rostro humano). Cuando yo miro a la persona amiga que me habla, cuando contemplo su rostro y escucho con atención sus palabras, cuando acojo su misterio, entonces se me revela el Dios del que cada ser humano es su sacramento. O, por decirlo con los términos de Leonardo Boff, en cada rostro humano se transparenta el rostro de Dios. Comer juntos una pizza se convierte así en una especie de acto sacramental. ¿Se comprende por qué Jesús daba tanta importancia a las comidas? ¿Hace falta dar muchas vueltas para descubrir el sentido profundo de esa comida especial llamada Eucaristía?

Mi presupuesto no me permite practicar a menudo esta “pastoral de la pizza”, pero creo mucho en su belleza y eficacia. Detesto las comidas de negocios, de asuntos, pero disfruto con estos momentos en los que no hay ningún guion escrito ni se persigue más objetivo que el encuentro. Entonces, en un clima de confianza y gratuidad, se producen esos milagros que hacen la vida más llevadera, que la ponen en contacto con sus raíces, que permiten intuir la presencia misteriosa del Dios que se hace el encontradizo con nosotros en los pliegues de la vida cotidiana. Si al final, mientras uno acaba de degustar el helado de pistacho y chocolate, se adentra en la nave central de la basílica de Santa Maria in Trastevere, se sienta en uno de los bancos, se abandona a la contemplación del mosaico del ábside, barrunta una presencia misteriosa y musita un gracias por lo bajini… entonces es difícil encontrar experiencias humanas más pacificadoras y sugestivas. Mañana será otro día. 

jueves, 29 de junio de 2017

¿Residuo o resto?

El día de hoy está unido a los nombres de Pedro y Pablo. Pero no del Pedro (Sánchez) y del Pablo (Iglesias) que aparecen en los periódicos de estos días, sino de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Aquí en Roma, hoy es un día festivo porque ambos apóstoles están muy unidos a esta antigua ciudad. Ambos vivieron y murieron aquí. Sus restos se veneran en la basílica de San Pedro y en la de San Pablo Extramuros respectivamente. Hoy se celebrará una misa en la plaza de san Pedro con la participación de los cinco nuevos cardenales, a quienes el papa Francisco recordó ayer que no son príncipes de la Iglesia sino servidores de sus hermanos. Mientras todas estas cosas suceden, yo doy vueltas en la cabeza a una reflexión suscitada por mi reciente viaje a Barcelona. Allí tuve la oportunidad de reflexionar sobre lo que significa ser cristianos en situación de “minoría”. Esta es la categoría usada por el documento de trabajo del Plan Pastoral Diocesano que se está preparando en la archidiócesis. Esta situación es algo normal en muchas iglesias de Asia, por ejemplo, pero nos cuesta aceptarla en Europa. De tal manera seguimos conservando la idea de la Europa cristiana que se nos hace cuesta arriba imaginar que, en la práctica, los cristianos somos ya una minoría y que lo seremos de manera más acusada en las próximas décadas.

Hay unas palabras de Jesús que inspiran esta nueva situación en la que vivimos: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre se complace en daros el Reino” (Lc 12, 32). Acostumbrados a ser masa, a reivindicar los derechos de las mayorías, necesitamos un profundo cambio de conciencia para comprender qué significa ser “pequeño rebaño”. En otras palabras, necesitamos adentrarnos en la espiritualidad del decrecimiento. La Iglesia más auténtica siempre ha sido un “pequeño rebaño”. Incluso en tiempos en los que, desde un punto de vista sociológico, los porcentajes de los que se declaraban cristianos subían al 90%, estas cifras no indicaban el número de personas convertidas sino solo bautizadas. Ya en 1970, el entonces teólogo Joseph Ratzinger, escribía: “De la Iglesia de hoy, también surgirá esta vez una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que comenzar completamente de nuevo. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en otras coyunturas más propicias. Al disminuir el número de sus adeptos, perderá muchos de sus privilegios en la sociedad. Ella misma tendrá que presentarse -de forma más acentuada que hasta ahora- como una comunidad de voluntarios, a la que se llega por una decisión libre”. Me parece evidente que estas palabras anticipaban lo que llevamos viviendo en las últimas décadas.

Muchas personas, sobre todo las más ancianas, se sienten desconcertadas. Temen que, a este ritmo, la Iglesia y la fe puedan desaparecer. Observan que son pocos los jóvenes que vibran con la religión. Viven el tiempo presente como una desgracia. Sus sentimientos son de tristeza y derrota. Es algo muy comprensible. Acostumbrados a vivir en un ambiente donde todo estaba coloreado por la fe y las tradiciones cristianas, cuesta imaginar un mundo distinto. Pero hay otras personas, entre las que se cuentan algunos jóvenes lúcidos y comprometidos, que ven esta etapa histórica como una nueva oportunidad que el Espíritu concede a su Iglesia para purificarse, descubrir las verdaderas razones por las que uno se hace cristiano y crear comunidades más fraternas y comprometidas. Ser minoría en una sociedad plural tiene enormes ventajas: nos libera del peso de las grandes instituciones y nos empuja a clarificar más quiénes somos y por qué somos lo que somos. Tendremos que ir aprendiendo poco a poco a vivir como “pequeño rebaño”. Lo que importa es vivir esta situación desde la palabra de Jesús: “No tengáis miedo”.

Ser “pequeño rebaño” o ser un resto no es lo mismo que ser un residuo. Un residuo es algo sobrante, material de desecho, algo que ya no sirve para nada. No creo que la Iglesia de Europa se encuentre en esta situación, aunque algunos la interpreten así. Ponen el acento en los indicadores de ruina: pocos matrimonios canónicos, escasez de vocaciones sacerdotales y consagradas, cierres de casas religiosas, pérdida de privilegios, etc. Se trata de ser un resto; es decir, una minoría que es consciente de su identidad y misión, que vive con alegría su ser sal y levadura en medio de la masa, que no se siente discriminada, que no aspira a conquistar la mayoría absoluta en la sociedad sino a ser un signo e instrumento del Reino de Dios que ya está en medio de nosotros. Lo que se pierde en impacto social se gana en autenticidad, libertad y alegría. No es algo nuevo. Menos es más. Es la experiencia de la Iglesia en otras latitudes y en otros momentos de la historia. Pero no se pasa de una situación a otra de la noche a la mañana. Se requiere un verdadero proceso de transformación que lleva tiempo. Para no perdernos en el camino necesitamos siempre la brújula de la Palabra de Dios. El evangelio está lleno de indicaciones acerca de cómo se puede vivir siendo sal, levadura, luz, grano de mostaza, etc. Basta tomarlas en serio y extraer de ellas toda su fuerza renovadora. 

Os dejo con una canción de Álvaro Fraile y Siro López en la que se nos invita a Permanecer en medio de los cambios y avatares de la vida. 


lunes, 26 de junio de 2017

La librería de Michelle

He aprovechado el fin de semana para leerme a intervalos esta novela de 300 páginas. Se puso a la venta el pasado 30 de mayo, así que está todavía en fase de rodaje. A mí me la regalaron en edición digital durante mi reciente estancia en Barcelona. Se lee rápido porque la prosa es ágil, escrita con ritmo televisivo, sin los largos períodos a que nos tienen acostumbrados otros novelistas más clásicos. Perdidos en el bosque de vocablos, aparecen dos verbos (guzquear y pingar) que son típicos de la comarca de Pinares. El primero significa curiosear, espiar, meter las narices donde nadie te llama; el segundo tiene un significado más técnico: levantar un tronco de pino mediante una técnica manual. La autora tiene 45 años. Es, sobre todo, guionista de cine y televisión. Se llama Verónica Fernández. No es tan conocida como Rosa Montero, Almudena Grandes o Espido Freire, pero ya ha ganado varios premios y tiene un prometedor futuro por delante. Yo podría perfectamente no haber leído esta novela. Al fin y al cabo, es una más de las muchas que salen al mercado. El pasado año se publicaron en España más de 80.000 libros y este año la cifra quizá se supere. No hay nadie que esté al tanto de todo. Lo que pasa es que en el caso de La librería de Michelle concurren dos circunstancias que me han hecho casi obligada su lectura. La primera es que la autora es mi prima más joven por parte paterna. La segunda es que la novela está ambientada en Vinuesa, su pueblo natal y el mío. ¿Hacen falta más justificaciones?

Como este Rincón de Gundisalvus no es un blog de crítica literaria, dejaré fuera los aspectos técnicos y me concentraré en los sentimentales. La novela narra la experiencia vacacional de Jaime Olalla, un joven visontino de 17 años. Está ambientada en el verano de 1977, el más frío de los que se tiene noticia. No me resulta difícil conectar con ese tiempo y ese ambiente porque entonces yo tenía 19 años, dos años más que el protagonista de la novela, vivía con intensidad los cambios, y también pasé unos días en el pueblo, concretamente la segunda quincena de agosto. El 15 de junio se celebraron las primeras elecciones democráticas tras la dictadura franquista. Jaime -hijo del médico del pueblo- y su amigo Moi -hijo del farmacéutico- regresan pocos días después a Vinuesa tras haber terminado COU en Burgos, en un internado jesuita. El comienzo de sus vacaciones coincide con la llegada al pueblo de una joven francesa, de edad incierta, llamada Michelle, a bordo de una vieja Volkswagen Samba cargada de libros usados. ¿De dónde los ha sacado? Quiere montar una librería en la vieja taberna de su abuelo, oriundo del lugar, pero emigrado a Francia. ¿Alguien del pueblo va a comprar Les fleurs du mal de Charles Baudelaire en francés u On the Road de Jack Kerouac en inglés? Quizá alguno se atreva con Campos de Castilla de Antonio Machado o con el Quijote. (Por cierto, el capítulo dedicado al Inventario de la librería es una original y hermosa expresión de amor a la literatura). Cuesta creer que los visontinos de 1977 estuvieran dispuestos a comprar el tipo de libros que había traído la francesita en su furgoneta verde, pero nunca se sabe. Todo puede suceder en esta tierra de Pinares. Al fin y al cabo, la librería de Michelle es una metáfora de los rápidos cambios que se están produciendo en esos años en la España postfranquista. 

Aunque el título del libro menciona a Michelle, en realidad la novela cuenta, más bien, la trayectoria vital de Jaime, un joven con rizos en el pelo, pero todavía sin pelos en el pecho. Suceden muchas cosas en poco tiempo. Son tantos los frentes abiertos que no resulta fácil hilvanarlos. A medida que los capítulos corren, nos enteramos de que Armando, el hermano de Jaime que estudia Derecho en Madrid, está afiliado a un partido político de extrema izquierda; de que Mauro, un amigo de su padre, se había suicidado después de haber quemado su propio aserradero para poder cubrir sus muchas deudas con la indemnización que esperaba obtener de la compañía aseguradora; de que su madre (aficionada a leerle poemas de Antonio Machado cuando era niño) había muerto hacía años por causas que solo al final de la novela se aclaran; de que su amigo Raúl es un experto en podar arbustos y pescar barbos y Alejo en enamorar hembras; de que un tal Javi Moreno había muerto a consecuencia de una paliza en el cuartel de la Guardia Civil, si bien las autoridades locales presentaron la muerte como suicidio en el embalse de la Cuerda del Pozo… y de que su amigo Moi, el hijo del alcalde fascista (sic), es homosexual, aunque había tenido un affaire con Águeda, una compañera de clase. ¿Alguien da más?


En fin, que no falta ningún ingrediente en esta suculenta ensalada de verano: crímenes, suicidios, política, pinos, enamoramientos, sexo, droga, alcohol, literatura, fiesta, música... En un momento dado, Jaime escucha en el tocadiscos de su casa el tema Michelle de Los Beatles. Es una forma íntima de celebrar su enamoramiento de la misteriosa francesa, en cuya improvisada librería trabaja tres horas al día como dependiente a cambio de mil pesetas y un libro por semana. Pero también viaja a Valladolid para participar en una manifestación a favor de la amnistía y planea largarse a Barcelona para asistir a un concierto de Supertramp con las entradas que su hermano Armando, más bien aficionado a la canción protesta, le ha regalado. Y, dado que la lengua francesa sale muy bien parada en todo el relato, Jaime también echa mano del viejo Larousse de su madre para ir traduciendo del francés algunos textos que Verónica introduce a modo de capítulos complementarios. La novela es, pues, un río en el que vierten sus aguas numerosos, demasiados afluentes. Uno hubiera deseado un hilo conductor más sostenido y trabajado, sin tantas interferencias argumentales, pero cada autor es libre de escribir como considere oportuno.

Durante la lectura de la novela me acordé de la serie Cuéntame de RTVE, de la que Verónica fue guionista durante varias temporadas. Del mismo modo que los autores de esta serie han concentrado en la familia Alcántara-Fernández todo lo que le podía pasar a una familia española de aquellas décadas, también Verónica hace que Jaime Olalla viva muchas cosas en las pocas semanas de las vacaciones de verano, como si no quisiera dejar en el tintero ningún hecho significativo de los que ella ha oído hablar alguna vez. El período más intenso es, sin duda, el que va del 14 al 18 de agosto, coincidiendo con las fiestas patronales de Nuestra Señora del Pino y san Roque, que la autora describe con precisión de orfebre porque las ha vivido muchas veces. ¡Hasta nos transcribe unas frases de la Salve Regina en latín que se canta al terminar la ceremonia nocturna de La Vela el día 14! Solo le ha faltado decir que el compositor es el sacerdote navarro Miguel Hilarión Eslava y que el tono original es sol menor. Pero sí nos dice que Jaime pertenece a la peña de Los Pelendones, que visten como uniforme una camiseta rosa y que todos tienen una copia de la llave del candado que cierra la puerta del garito.

Leyendo la novela, repasando los muchos nombres de personas y lugares conocidos, es inevitable establecer paralelismos (¡Ah, esto lo dice por fulano de tal!) y extraer algunas conclusiones. La curiosidad me ha empujado a preguntarme qué hacía yo en el verano de 1977, así que no he tenido más remedio que desempolvar el diario de aquel verano. Como ya he dicho antes, solo pasé en Vinuesa algunos días de agosto, menos que otros años. Antes había estado organizando campamentos con adolescentes en Collado Mediano (Madrid) y en Marbella (Málaga) y había trabajado reparando un tejado en Colmenar Viejo. Como el lector puede imaginar, aquel verano no sucedió nada de lo que Verónica cuenta en su novela. O quizá sucedió todo y mucho más, pero de otra manera. Ella misma se encarga de precisar al final, para que nadie se sienta aludido, que se trata de un relato ficticio: "Los acontecimientos que se narran en esta novela son ficticios. El caso de Javi Moreno afortunadamente nunca ocurrió".

Pero también es verdad que casi todos los elementos de la novela están tomados del ambiente visontino, que son piezas sueltas de un puzle -sentimental más que histórico- que ella ensambla a su manera. Los nombres se corresponden con muchos personajes del pueblo: don Julián, las Licerias, el Manolín, el Utrilla, Clemente, Lorenza, los Moreno, los Foxá... Todos los lugares mencionados los conozco desde niño: desde La Plazuela, La Peña y el Hornillo hasta el camino que, bordeando el río Duero, conecta Vinuesa con Molinos. Es como si la autora hubiera estado durante años absorbiendo experiencias con la esponja de su memoria y, a la altura de sus más de 40 años, hubiera necesitado estrujarla para liberar, en una pequeña cascada, las gotas de sus recuerdos. No se trata de un ajuste de cuentas, sino de una memoria agradecida. Verónica es una escritora que contempla Vinuesa desde cerca (porque la quiere), pero también desde lejos (porque apenas ha vivido en el pueblo, salvo algunos períodos vacacionales). En este ejercicio estético de cercanía-distancia pone con suavidad el dedo en algunas llagas de no fácil cicatrización. Dice sin decir, critica sin criticar, abre sin abrir: "Las calles, los nombres de algunas personas, los paisajes, las fiestas y, sobre todo, las emociones sí que son reales".

Su novela es casi un ejercicio catártico, hoy que se habla tanto de memoria histórica. Lo de menos es si la historia resulta creíble o parece, más bien, una percha para colgar todos los vestidos que le gustan a la autora. Lo importante es el recorrido sentimental a través de lugares y personas que han marcado su infancia y adolescencia. Se nota con claridad que Verónica está enamorada de Vinuesa, no solo de sus hermosos paisajes sino también de sus gentes generosas, trabajadoras, contradictorias y a veces un poco cainitas, como las describiera Machado. Todos nosotros necesitamos un ejercicio parecido para saber de dónde venimos y por qué somos como somos. La librería de Michelle es una guía amable y sugestiva, una invitación a desempolvar el álbum de nuestros recuerdos, contemplar las fotos añejas y establecer el grado de relación que mantenemos hoy con lugares y personas, por si todavía hay tiempo para firmar acuerdos de paz, rubricar amistades, celebrar encuentros, responder preguntas, aclarar malentendidos, explorar caminos, aprender lecciones y disfrutar del regalo de la vida en común. Muchas gracias, Verónica, por estimular nuestra búsqueda. 

(Por cierto, el joven Gonzalito que acude vestido de seminarista (?) a la inauguración de la librería de Michelle cumple hoy 35 años de su ordenación sacerdotal. Laus Deo Virginique Matri). 

domingo, 25 de junio de 2017

Perseguidos pero no eliminados

El XII Domingo del Tiempo ordinario nos trae un mensaje de ánimo en tiempos de prueba. Es duro tener que hablar de la persecución de los cristianos, de la cristianofobia que se está difundiendo en el mundo, pero los hechos son elocuentes. Es verdad que a veces somos merecedores de condena por nuestras incoherencias: el discurso va por un lado y la vida por otro. Pero en la mayoría de los casos somos perseguidos por no plegarnos a los dioses del momento, como fueron perseguidos los primeros cristianos en tiempos de Domiciano (81-96 d.C.) -cuando se escribieron la mayoría de los escritos del Nuevo Testamento- por no adorar al emperador. Ir contracorriente es siempre arriesgado. Pero si hoy no hubiera profetas, como el tímido y audaz Jeremías, nuestro mundo no cambiaría, enfilaría siempre el camino de lo más cómodo. La fe siempre tiene una fuerte carga contracultural. Los aplausos excesivos son una señal clara de que no vamos por el buen camino. La persecución, por el contrario, nos asemeja al Cristo que sigue siendo perseguido. El mensaje del amor es salvador para los más pobres y perturbador para quienes basan su vida en el lucro, el engaño o la violencia.

Cuando Mateo escribe su evangelio muchos cristianos son perseguidos por no dar culto al emperador romano, incluso algunos oficiales convertidos al cristianismo. En este contexto histórico quiere animar a su comunidad recordándole algunos dichos de Jesús que pueden ayudar a los cristianos a afrontar las dificultades con esperanza. Ser perseguidos no es un mero accidente, sino un hecho ineludible. El autor de la segunda carta a Timoteo, escrita en ese mismo tiempo, nos recuerda: “Es cierto que todos los que quieran vivir religiosamente, como cristianos, sufrirán persecuciones” (2 Tim 3,12). En el evangelio de este domingo Jesús repite tres veces: “¡No tengáis miedo!” (vv. 26.28.31.). Cada vez añade una nueva razón para justificar sus palabras.
  • Tenemos miedo de que, a causa de la violencia desatada por los enemigos de Cristo, nuestra misión pueda fallar porque el Evangelio ya no pueda difundirse (vv. 26-27). Hoy, en algunos lugares los cristianos están viviendo esta experiencia. Parece que hay que esconder la luz por miedo a que sea apagada. Jesús nos asegura que, a pesar de las pruebas y dificultades, el Evangelio seguirá extendiéndose y transformará el mundo porque nada ni nadie puede detener su fuerza.
  • Tenemos miedo de ser maltratados o incluso asesinados (v. 28), como les está pasando a muchos hermanos en Oriente Medio y en otros lugares del mundo. Jesús nos invita a reflexionar. Los enemigos del evangelio pueden insultarnos, acusarnos injustamente, confiscar nuestros bienes e incluso quitarnos la vida. Hasta ahí llegan, pero no pueden ir más lejos. Ninguna violencia es capaz de privar al discípulo de Jesús del único bien duradero: la vida que ha recibido de Dios y que nadie le puede arrebatar.
  • Tenemos miedo de que la persecución afecte también a las personas queridas que nos rodean, hasta el punto de verse privadas de la necesaria subsistencia (vv. 29-31). Jesús nos recuerda la confianza en la providencia del Padre celestial, que cuida de cada uno de nosotros con más amor que el que muestra por los pajarillos. No nos promete que no va a pasarnos nada, que siempre vamos a encontrar una solución mágica a nuestros problemas, sino que Dios realizará su verdadero bien de todos modos, si tenemos el coraje de seguir siendo fieles.
Escribo esto al amanecer de un luminoso día de verano. El buen tiempo es ocasión para innumerables fiestas que coinciden con el solsticio de verano, pero también para que muchos africanos intenten atravesar el Mediterráneo y llegar a Europa. La mayoría huye del miedo al hambre, la guerra o la persecución. La paradoja consiste en que ellos mismos infunden miedo a quienes los ven como invasores. Hay una fácil asociación entre inmigrante y terrorista. Debido a los repetidos atentados en París y Londres, el miedo se ha instalado en muchos lugares de Europa. Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy parecen dirigidas a cada uno de nosotros. El único miedo posible es el sinsentido. Jesús nos ha prometido que Dios no va a dejar a ningún ser humano suspendido en el vacío de la nada. Estamos vivos. Esto es lo que canta el sacerdote australiano Rob Galea.


sábado, 24 de junio de 2017

Un cofre lleno de tesoros

Hoy es la solemnidad de la Natividad de san Juan Bautista, una celebración muy arraigada en los pueblos de tradición cristiana. Como es sabido, solo de tres personajes celebra la liturgia cristiana el día del nacimiento: de Jesús (25 de diciembre), de María (8 de septiembre) y de Juan el Bautista (24 de junio). Aquí en Roma hemos dividido la jornada en dos mitades. Por la mañana celebraremos, en comunión con toda la Iglesia, la fiesta del precursor de Jesús y, por la tarde, la fiesta del Corazón de María. En realidad, este año la fiesta del Corazón de María se ha trasladado al lunes 26, para que no coincida ni con la solemnidad de san Juan Bautista ni con el domingo. Pero nosotros -por razones pastorales- la mantendremos el sábado por la tarde. [No conviene que informéis a ningún liturgista para no recibir el conveniente -y quizá merecido- rapapolvo]. El año pasado (4 de junio) escribí sobre lo que significa vivir en un mundo con Corazón. Meses después, coincidiendo con la fiesta del evangelista mariano, San Lucas, compartí mi corazonada. A María se la puede contemplar desde distintas perspectivas. En este blog nos hemos acercado a ella como la mujer en camino, como la madre que espera, como la inmaculada en un mundo contaminado, como la madre de la segunda búsqueda, como la madre que acompaña a Jesús en el camino de la cruz, como la asunta al cielo… ¡Y hasta como mamá! María es una de casa en este Rincón de Gundisalvus.

Hoy quiero contemplar a María como la mujer que hace de su corazón un cofre. Lucas se refiere en dos ocasiones a este hecho: “María, por su parte, guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón” (2,19); “Bajó con ellos a Nazaret, y vivió bajo su tutela. Su madre guardaba todos estos recuerdos en el corazón” (2,51). No sé por qué me atrae tanto esta imagen de María como guardiana. Tal vez porque hoy vivimos tan acelerados que queremos ofrecer respuestas antes de hacernos cargo de las preguntas. No es fácil encontrar a personas que sepan escuchar y guardar. Es como si cada uno fuéramos con nuestro discurso preparado y no tuviéramos ganas de escuchar lo que las otras personas tienen que decir. Algo parecido se observa en los parlamentos, en las tertulias televisivas, en las conversaciones informales… Se amontonan los monólogos, se oponen, se combaten. ¿Cómo vamos a encontrar respuestas nuevas, creativas, si no nos tomamos tiempo para escuchar y ponderar todo en el corazón? Solo quien sabe guardar, meditar, rumiar, degustar… puede decir una palabra sabia y, llegado el momento oportuno, puede ponerse en camino para servir. Esta es la experiencia de María.

No cabe esperar mucho de una persona acelerada, esclava de los últimos estímulos que le llegan, incapaz de atesorar lo bueno que va descubriendo. Las tecnologías de la comunicación nos están acostumbrando a hacer todo deprisa, a mensajes breves e insustanciales. Ayer oí a una madre que contaba cómo había castigado a su hijo adolescente a no usar el teléfono móvil durante tres días. Cuando volvió a abrirlo, encontró acumulados… ¡más de 12.000 guasaps (veo que se va extendiendo esta grafía española)! ¿Alguien puede decirme cómo se puede madurar con tal avalancha de mensajitos robatiempos? Algunas de las cosas que han pasado en el último año (la apuesta por el Brexit, la elección de Donald Trump, el auge de movimientos xenófobos y populistas, etc.) me parecen respuestas viscerales, poco ponderadas, a problemas serios, que exigirían una mayor capacidad reflexiva y de discernimiento. La mentira se ha convertido en una herramienta normal para obtener réditos. Cuando ya es tarde, muchos se arrepienten de haber tomado decisiones equivocadas. No se puede embarcar a todo un pueblo en una travesía incierta solo porque algunos líderes se empecinan en sus obsesiones. Antes de decidir, hay que escuchar.

María tuvo que tomar la decisión más seria que nunca haya tomado un ser humano: decir sí o no a la propuesta de Dios. No lo hizo de manera precipitada. Se tomó tiempo. Hizo preguntas. Al final, tomó una decisión de la que no tuvo que arrepentirse, ni siquiera en los momentos de prueba. Esa actitud inicial la acompañó durante toda la vida. Se fue haciendo experta en “guardar en el corazón”. Y, por eso mismo, también fue mujer de decisiones fuertes y sostenidas. El cofre de su corazón guardaba tesoros que enriquecieron a la iglesia primitiva. Estoy seguro de que muchas de las cosas que sabemos de Jesús provienen de ese cofre a través del filtro de los evangelistas. En realidad, el tesoro que guardaba era Jesús mismo. El misterio eran tan grande que no podía hacerse cargo de él con una mirada superficial. Toda su vida fue un ejercicio de contemplación sosegada, de sabiduría tranquila. Los frutos son evidentes: percibe las necesidades de la gente y está al pie de la cruz. Que ella nos ayude a no desorientarnos en este mundo complejo. Que nos estimule a saborear la Palabra de Dios sin las prisas de quien siempre tiene otra cosa más urgente que hacer. Que nos empuje a ser creativos sacando de nuestro cofre -como el padre de familia de la parábola de Jesús- “lo viejo y lo nuevo” (cf. Mt 15,32).   


viernes, 23 de junio de 2017

La fuerza del corazón

El verano ha llegado con un furor implacable. Los termómetros se disparan. Apenas comenzado, la liturgia nos propone hoy la celebración de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. En realidad, todo el mes de junio está dedicado a esta devoción de origen medieval que adquirió fuerza con Santa Margarita María Alacoque y que tuvo una amplia difusión en todo el mundo. Cuando yo era niño, resultaba frecuente encontrar en las puertas de muchos hogares una efigie del Corazón de Jesús con esta inscripción: “Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío”. Él era como el anfitrión que nos recibía en casa. Familias, instituciones, ciudades y países enteros fueron consagrados al Corazón de Jesús a lo largo de los siglos XIX y XX. Con el paso del tiempo, la devoción fue perdiendo fuerza, tal vez porque la renovación bíblica y litúrgica de la espiritualidad nos empujó a nutrirnos más de la Palabra de Dios, en la que el amor de Cristo es la clave. No era, pues, necesario compensar con una devoción añadida lo que la misma Palabra de Dios nos anuncia con claridad. Cada persona, cada cultura, cada pueblo expresa de manera diferente la misma experiencia: que Dios nos ha amado “hasta el extremo” en la persona de su hijo Jesús. Y que sobre este amor se puede fundar la vida humana. 

A mí me resulta muy familiar el símbolo del corazón, quizá porque está contenido en el nombre oficial de mi congregación religiosa: Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María. Pero veo que se trata de un símbolo universal que la publicidad ha explotado mucho. Es frecuente ver logos referidos a ciudades que usan el símbolo del corazón para expresar amor: desde el famoso “I [love] New York” hasta las referencias a cualquier otro rincón del planeta. El símbolo ha llegado también a la persona de Jesús. Es la versión moderna de la vieja estampa del Corazón de Jesús con llamas y espinas. En cualquier caso, se quiere expresar lo mismo: un amor que nos alcanza y que enciende a su vez en nosotros una respuesta de amor. Si no fuera porque la publicidad ha banalizado este símbolo hasta el aburrimiento, provocaría en nosotros un sentimiento de alegría y confianza. Hemos deformado tanto la imagen de Dios con nuestros miedos y ansiedades que celebrar el Corazón de Jesús es lo más sorprendente y liberador: que Dios nos ha amado tanto que nos ha enviado a su propio Hijo como expresión de ese amor.

Hay varias palabras de Jesús que resuenan con fuerza en un día como hoy: “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 6,21). O también: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28). Nosotros somos el tesoro de Dios; por eso, su corazón siempre está con nosotros. Sin embargo, no siempre nuestro tesoro es Dios; por eso, no siempre nuestro corazón vibra con Él. Hay otros dioses que atraen nuestro interés y que consumen nuestras energías hasta dejarnos exhaustos. Quizá por eso Jesús nos invita a acercarnos a él, con la seguridad de que él aliviará nuestro cansancio, el peso de una existencia que acumula preocupaciones y no sabe qué hacer con ellas. A primera vista, puede sonar como si fuera un consejo piadoso más de los muchos que hemos escuchado a lo largo de nuestra vida. En realidad, expresa la dinámica del corazón. Nosotros somos como venas que transportan sangre desoxigenada (frustraciones, miedos, debilidades, pecados) al corazón de Jesús para que éste nos purifique y nos transforme en arterias que difunden el oxígeno de su Evangelio por todo el cuerpo de la Iglesia. Nuestros desgastes y cansancios son procesados en la experiencia de amor de Cristo. Renovados por él, por la fuerza de su corazón, nos transformamos en discípulos evangelizadores. 



jueves, 22 de junio de 2017

Anciano, pero no viejo

Me he despedido de Barcelona con una celebración que pocas personas en el mundo pueden hacer. Me refiero a los 75 años de ordenación sacerdotal del P. Joan Sidera Plana, acaecida en 1942. Sí, habéis leído bien la cifra y la fecha. Esto significa que el anciano misionero está ya muy cerca de cumplir los 100 años. Si a eso añadimos que conserva una gran lucidez mental y que todavía escribe sus artículos y ensayos a ordenador, entonces hay que reconocer que se trata de un caso insólito. Durante la homilía de la misa presidida por él nos contó tres hechos extraordinarios que le han marcado de por vida. En los tres –relacionados, directa o indirectamente, con la guerra civil española– experimentó la providencia de Dios. Los tres podrían formar parte de una película de aventuras con final feliz.   Entre los participantes en la celebración se encontraba la nieta de un señor que había acogido en su casa al joven seminarista Joan cuando, huyendo de los milicianos que querían asesinarlo, tuvo que refugiarse en ella. Al evocar los recuerdos que, sin duda, su abuelo le había transmitido, se le humedecían los ojos.

¿Qué importancia tiene que un anciano sacerdote celebre el 75 aniversario de su ordenación sacerdotal? ¿Significa algo más allá del pequeño círculo de compañeros, familiares y amigos? Creo que sí. Historias como éstas necesitan ser conocidas. Por eso la recojo en mi blog. En tiempos en los que los compromisos personales duran poco y los objetos están programados según el principio de obsolescencia (es decir, que duren poco para que el consumidor tenga que comprar otros nuevos), los 75 años de sacerdocio del anciano P. Joan son un canto a la misericordia y fidelidad de Dios y también un ejemplo de entrega generosa y de resistencia en medio de las dificultades y pruebas del camino. El mismo nombre, Joan, que significa “el fiel a Dios”, resume el programa de vida que este hombre ha llevado a cabo sin descanso. El P. Claret, a quien tanto admira, solo pudo celebrar 35 años de ministerio. Fue ordenado el 13 de junio de 1835 en Solsona y murió el 24 de octubre de 1970 en Fontfroide. El P. Joan no solo lo ha doblado, sino que ha añadido cinco años más. En esto, el discípulo ha superado al maestro. Es muy probable que esta fe tan recia sea la verdadera fuente de su salud robusta, a pesar de algunas limitaciones propias de la edad. Entre "la misa y la mesa", le hicimos entrega de un libro-homenaje (Enamoraos de Cristo y de Claret) que recoge algunos de sus escritos inéditos. Él no sabía nada, así que acogió el regalo como una sorpresa que reconoce el valor de su trabajo.

Escribo estas notas a punto de tomar el vuelo de regreso a Roma. Los días pasados en Cataluña y, sobre todo, las conversaciones mantenidas con varias personas, me han devuelto la serenidad. Es verdad que el ambiente político está muy caldeado, pero veo a la gente serena, como si hubiera una enorme franja entre la clase política y la gente de a pie, como si se hubieran creado fantasmas que solo ayudan a quienes los utilizan con otros propósitos. En Barcelona se respira ya un ambiente de verano. La ciudad sigue conservando esa amabilidad y elegancia que siempre la han caracterizado. Y sigue siendo amable con el visitante, a pesar de que las hordas de turistas invaden sus calles y no siempre respetan el ambiente. La Sagrada Familia sigue su curso ascendente, como si, ajena a las disputas, quisiera convertirse en un punto de encuentro, en un símbolo de altura. En esta ciudad milenaria, protegida por la montaña y abierta al mar, sigue viviendo el anciano P. Joan. ¡Ojalá llegue a traspasar con salud y lucidez la frontera de los 100 años y siga conservando una visión serena y esperanzada! Ayer nos dijo que lo esencial en la vida es el amor y la alegría, que esa es la gran novedad de Jesús. Recojo el testigo. A los 99 años uno no anda por ahí diciendo tonterías.

miércoles, 21 de junio de 2017

Un templo para ateos

Ayer tuve la oportunidad de visitar una vez más la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Tras una breve entrevista con el presidente del Patronato, hice un recorrido en compañía de Jerónimo, el joven arquitecto encargado de la construcción de la gran cruz de Jesucristo. Es uno de los doce arquitectos que forman equipo con Jordi Faulí i Oller. Sus explicaciones, claras y precisas, me ayudaron a entender mejor las claves que explican la genial obra de Antoni Gaudí. Con un plano en la mano, me fue mostrando detalles que, para un arquitecto frustrado como yo, fueron una delicia. Mientras recorríamos las naves de la inmensa basílica, contemplé el vaivén de algunos de los entre 15.000 y 16.000 visitantes que cada día llegan a este lugar. Es, de hecho, el monumento religioso más visitado de toda Europa. Con la gracia de Dios, las aportaciones de tantas personas (el billete de adulto cuesta 18 euros) y los continuos avances tecnológicos, será posible rematar el proyecto en 2026, coincidiendo con el centenario de la muerte de Gaudí.

Es difícil explicar lo que uno siente cuando contempla una obra como la Sagrada Familia. Ya sé que tiene sus detractores. Sin ir más lejos, el concejal de Arquitectura del Ayuntamiento de Barcelona llegó a calificarla de “mona de Pascua gigante”. Comprendo que a algunos no les guste, tanto por motivos estéticos como de otra índole. Pero yo me cuento entre sus admiradores. De vez en cuando, los seres humanos necesitamos hacer cosas que rompan la barrera de lo ordinario, que estén a caballo entre la genialidad y la locura, que nos abran a otro mundo. La Sagrada Familia lo consigue. Jerónimo, el joven arquitecto que me acompañó, me recordó las tres fuentes de inspiración de Gaudí: la Biblia, la naturaleza y la liturgia. Sin ellas, no se entiende este complejo conjunto sobrecargado de símbolos. Gaudí quiso meter la naturaleza dentro (de ahí el bosque de 52 columnas que recorren las naves) y sacar los retablos fuera. Las tres grandes fachadas (del Nacimiento, de la Pasión y de la Gloria) son provocaciones para quien pase frente a ellas. Es como si Gaudí quisiera decir a los transeúntes: “¿No quieres entrar en un recinto religioso? No te preocupes, yo te muestro el Misterio a través de estos libros de piedra. Dios sale a la calle”.

La fachada del Nacimiento da al Este. Recibe el primer sol de la mañana. Transmite belleza, alegría, ganas de vivir, humanidad, sentido. Es un canto a la vida que nace encarnada en el niño Jesús. Por la noche es iluminada con una luz cálida, anaranjada. La fachada de la Pasión da al Oeste. El escultor Josep Maria Subirachs, agnósticosupo aportar al diseño de Gaudí toda la amargura que produce la pasión y muerte de Cristo. La piedra gris y la luz blanca nocturna crean una atmósfera de vacío y dolor. La fachada de la Gloria está todavía en construcción. Se orienta al Sur. Recibe el sol de mediodía. Como en algunas catedrales francesas y alemanas, será una representación en piedra del Juicio Final. El triunfo de Cristo arrojará luz sobre el drama de la existencia humana. En la parte Norte no hay fachada ni puerta. Es la zona del ábside, pero sobre él se yergue la torre de la Virgen María, sin cuyo , Cristo no se hubiera encarnado. El viandante (peregrino, turista o curioso) que recorre el perímetro de la basílica se encuentra con la partitura de la existencia humana. Se habla de nacimiento, de dolor, de muerte y de gloria. Pero todas estas notas solo adquieren sentido cuando se interpretan desde la clave de Jesús, cuya torre central (la más alta de las 18 que componen la cresta de la basílica) se alzará 172,5 metros sobre el nivel del mar, un poco menos que la montaña de Montjuic (173 metros), para mostrar así que la obra humana no puede competir con la obra de la naturaleza. Cuestión de símbolos una vez más.

“La belleza salvará al mundo”. Contemplando la Sagrada Familia de Barcelona, tuve la impresión de que Dostoievski tenía razón. Los 4,5 millones de personas que visitan cada año la basílica hacen un curso acelerado de arte y de fe. Se dejan embriagar por la belleza de la luz y de la piedra, por la sinfonía de formas y colores. Estoy seguro de que muchos sienten un estremecimiento litúrgico que los transporta más allá de las preocupaciones ordinarias para descubrir que Dios ha decidido hacerse el encontradizo en el más acá de nuestra existencia. Todo es armonía en este templo: dentro-fuera, luz-oscuridad, naturaleza-historia, Dios-hombre. Quien se sienta siempre tentado de romperla, hará bien en pasearse por sus naves y dejarse curar. Yo lo hice ayer y salí reanimado. ¡Y eso que era la sexta o séptima vez que visitaba el recinto!



martes, 20 de junio de 2017

Fuego devorador

El final de la primavera está siendo muy duro en la península Ibérica. Las temperaturas rondan los 40 grados. La humedad desciende por debajo del 30%. Basta cualquier chispa producida por fenómenos naturales o por los seres humanos para que se declare un incendio. Esto es lo que ha sucedido en Portugal en los últimos días. El balance es catastrófico: 64 muertos, decenas de heridos y una gran superficie quemada. Encomiendo a Dios a todas las víctimas para que ninguna lágrima quede sin enjugar. El debate está abierto. Siempre que sucede una tragedia llega la hora de pedir responsabilidades. Forma parte del proceso. Pero ahora lo urgente es hacerse cargo de la situación y apoyar de cerca a todas las personas afectadas que, en realidad, es el país entero. Cuando la naturaleza se vuelve en contra, se disparan las preguntas. Es como si una madre se revolviera contra sus hijos. Nos cuesta aceptar un incendio, un terremoto o un tsunami. En el pasado, se culpaba a Dios de estos fenómenos. Si él era el relojero que ponía en hora el reloj del universo –y, más delicadamente– el del pequeño planeta Tierra, una catástrofe era una clara señal de su mala fe, de su deseo de castigar a los humanos o, por lo menos, de un descuido imperdonable. Hoy no culpamos a Dios de estos fenómenos. Los investigamos y tratamos de prevenirlos. Y, en cualquier caso, nos centramos en paliar al máximo sus consecuencias nefastas.

Tengo algunos amigos portugueses que suelen leer este blog. Desde aquí, quiero expresarles mi cercanía en estos momentos de dolor y rabia. Portugal es un país que visito con frecuencia y al que me siento muy ligado afectivamente. Me gusta su paisaje y, sobre todo, aprecio a su gente. No puedo leer las noticias de estos días sin experimentar una profunda solidaridad con quienes se han visto más directamente afectados por esta tragedia. Ha sido la peor manera de comenzar la temporada estiva. Las previsiones para los próximos meses son desalentadoras. El riesgo de incendios, debido a las altas temperaturas, sigue siendo muy alto. Habrá que reforzar la guardia y aprender la lección para tomar medidas eficaces de prevención a medio y largo plazo. Mientras tanto, es necesario hacer llegar a nuestros vecinos y amigos portugueses un mensaje de cercanía y apoyo. No se puede añadir a la tragedia natural otra tragedia aún más cruel: la del abandono u olvido. ¡Estamos con vosotros, amigos!

Hace ya mucho tiempo que defiendo la posibilidad de crear una especie de Unión Ibérica, con un respeto exquisito a la diversidad que la caracteriza, como forma de contribuir a la Unión Europea con una voz más fuerte y afinada proveniente del Sur. Pero, como es lógico, la historia evoluciona a su modo, sin que influyan mucho los gustos o disgustos de las personas singulares. Escribo esto desde Cataluña, el extremo noreste de la Península Ibérica. Los desencuentros históricos tienen que abrirnos los ojos para no cometer los errores del pasado. Solo la solidaridad y la unión tienen futuro. Cada vez creo más en fórmulas que combinen una mayor sensibilidad a la diversidad histórica, cultural y lingüística con formas de unidad que potencien la consecución de los verdaderos objetivos de la sociedad: la libertad, la justicia y la paz. El tiempo dirá qué dirección se impone: si la de la fragmentación en unidades cada vez menores o la de las agrupaciones que fortalecen a todos. Mientras tanto, más allá de las fronteras geográficas y políticas, el dolor no tiene pasaporte. Cuando un hermano sufre, no preguntes quién es: eres tú.

lunes, 19 de junio de 2017

Un Ignacio fallido

Ayer me invitaron a ver la película Ignacio de Loyola en una sala de Barcelona. Tenía curiosidad por saber cómo presentaba el cine la figura de este soldado convertido, de este santo que tanto ha marcado la vida de la Iglesia en los cinco últimos siglos. La película está dirigida por los filipinos Paolo Dy y Cathy Azanza y producida por una fundación jesuita de Filipinas. Los actores principales son españoles; la mayoría de los técnicos, filipinos. Está rodada en los dos países: España y Filipinas. Dura casi dos horas. Comprendo que no es fácil llevar a la gran pantalla la vida del santo vasco. Y menos si se quiere contar el proceso de transformación interior del soldado que cae herido en la batalla de Pamplona y que, tras una etapa de crisis y de una dura e intensa experiencia en la cueva de Manresa, se convierte en un gran maestro espiritual. Me abstuve de leer recensiones previas para dejarme impresionar por la película, para verla sin prejuicios. Por la noche comprobé que mis impresiones coincidían con las de algunos críticos. Presentaban el film como la trayectoria de Loyola antes de Ignacio, o –de manera más irónica– como la historia de un soldado jesuita de serie B. La sala donde se proyectó la película era espléndida. Tanto la imagen como el sonido me parecieron excepcionales. Y no digamos el aire acondicionado. Era como estar en un oasis en medio del desierto. Los espectadores, en la sesión de las 16.20, no llegábamos a una veintena.

Voy a ser directo. La película me decepcionó. Más aún: me dejó plano, que es lo peor que puede suceder cuando uno va al cine. Comprendo que está pensada para el público filipino, muy influenciado por el cine norteamericano. Ignacio aparece, pues, como un héroe de Hollywood. Uno no sabe si detrás de las cámaras están Dy y Azanza o el peor Mel Gibson de La pasión. Todo resulta impostado, artificialmente sofisticado, puerilmente catequético. No voy a entrar en los defectos técnicos porque no soy especialista. Basta leer algunas opiniones de los expertos. Pero, por ejemplo, la reconstrucción de la batalla de Pamplona, a base de efectos digitales, es penosa. Prefiero, sin embargo, concentrarme en la narración del proceso de conversión. Para empezar, Ignacio, incluso físicamente, aparece como una especie de Jesucristo redivivo. No se asemeja nada a los retratos que nos han llegado de él. El Ignacio calvo ha sido sustituido por un soldado con media melena al estilo de las producciones históricas de Hollywood. Las constantes reconstrucciones simbólicas de los procesos interiores resultan tan huecas que, al menos yo, más que sentirme atraído por ellas, experimenté un secreto rechazo. No, no, las cosas no pueden ser así. La película no me hizo ni llorar ni reír. No provocó en mí ninguna emoción significativa. Ni siquiera me hizo pensar. Es como si alguien estuviera queriendo venderme un producto de mala calidad envuelto en un brillante papel de regalo, una especie de sesión teatral de fin de curso en un colegio. Al salir, sentía envidia de un chaval de unos doce años que venía de otra sala contigua y repetía sin parar: “No he podido aguantar la risa”. Evidentemente, había visto otra película distinta de la mía.

¡Qué diferencia entre el enfoque escogido por los directores filipinos, ambos noveles, y el adoptado por el francés Xavier Beauvois en De dioses y hombres (2010)! También la película de Beauvois dura dos horas, pero yo me sentí sumergido en ella, experimenté la verdad de unas vidas auténticas, no de cartón piedra. ¡Consiguió emocionarme hasta las lágrimas! Beauvois contó la historia de los monjes trapenses asesinados en Argelia con una gran sobriedad de recursos. No tuvo que inventar nada. La historia en sí misma tenía una fuerza extraordinaria. No la distorsionó con efectos especiales. No la convirtió en espectáculo. No quiso engatusar ni convertir a nadie. Por eso, precisamente por eso, resultó tan espiritual. No hay nada mejor que narrar la vida como es. Y la vida de Ignacio es sencillamente extraordinaria. La película sobre ella ha querido jugar con las claves hollywoodianas que más llegan a muchos espectadores, como queriendo huir de un tono demasiado religioso. El resultado, a mi juicio, es un producto decepcionante. Me agradaría mucho que la película gustara a quienes entran en el cine por interés o curiosidad, pero me temo que –salvo a los filipinos, que tienen gustos muy norteamericanos, y a quienes les gusta el cine espectacular– el producto va a defraudar a muchos europeos. Queriendo ser una película profunda, resulta hueca. Pretendiendo presentar a Ignacio como un santo enérgico y atractivo, lo reduce a un héroe de película bélica o incurre en los errores de la hagiografía clásica con toques digitales. La conversión espiritual parece más una excusa para una exhibición de efectos que una verdadera experiencia religiosa. En fin, que me parece un intento fallido. 

Como es natural, esto es solo una opinión muy discutible. Es muy probable que otros espectadores vean las cosas de manera distinta y descubran elementos positivos que a mí se me han escapado. Al fin y al cabo, estas notas están redactadas a toda prisa y son fruto de una primera impresión. Con todo, no me arrepentí de haberla visto porque uno aprende de todo: de lo bueno y de lo mediocre, de lo sublime y de lo ridículo. Y, en cualquier caso, esta película sobre el gran Ignacio de Loyola es un acicate para conocer mejor su persona y su profunda espiritualidad, aunque para ello haya que recurrir a fuentes más genuinas. Os dejo con el trailer: