Sao paulo

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domingo, 31 de diciembre de 2017

Más allá de la sangre

Hoy, último día del año 2017, celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. La Iglesia nos propone fijar nuestros ojos en el icono de Jesús, María y José. Entre ellos hay una corriente de amor que no es fácil interpretar. La suya, reconozcámoslo, es una familia muy atípica. En tiempos en los que las parejas tenían muchos hijos, María y José tienen solo uno, como sucede con muchas familias modernas. Viven en un contexto patriarcal y, sin embargo, parecen una familia nuclear. En su época, los niños, como propiedad de los padres, estaban sometidos a su autoridad. Jesús aparece como un “rebelde” antes de tiempo. Hay muchas cosas que no parecen encajar en el modelo familiar de la época y tampoco en los múltiples modelos actuales. ¿Qué podemos aprender entonces? ¿Podemos reproducir el modelo de la Sagrada Familia tal como cándidamente lo representaba el pintor barroco Murillo? Hace años era un cuadro que figuraba en muchas casas. María aparece hilando mientras sigue con la mirada las evoluciones del niño, protegido por los brazos fuertes de un sonriente José. El niño sostiene un pajarito en la mano derecha. Un perrito blanco levanta su patita como queriendo intervenir en el juego. Es una estampa tierna, entrañable, pacífica. ¿Son así las familias que conocemos?

Ayer, viajando en el Metro de Madrid, entró un rapero con una caja de música en sus manos. Antes de ponerse a cantar, hizo su perorata introductoria. Nos dijo que era de Cali, Colombia, que nos deseaba lo mejor para el año 2018, que no quería molestarnos y –esta fue mi sorpresa– que no nos engañáramos, que “la familia es lo más importante en esta vida”. Después se lanzó a encadenar algunos ripios típicos de los raperos. Cualquiera hubiera dicho que se trataba de una persona desarraigada, sin oficio ni beneficio, quizás hijo de una familia “desestructurada”, como dicen los psicólogos para evitar decir una familia problemática. Pues bien, este muchacho alto, desgarbado, mestizo y rapero, hizo una loa de la familia tradicional en medio del vagón atestado de gente. Yo pensaba: ¿De qué familia está hablando? ¿Qué queremos decir hoy cuando pronunciamos la palabra “familia”, sabiendo que existen innumerables modelos? ¿Estaremos pensando en la “familia del pajarito” (es decir, en un papá, una mamá, uno o varios hijos, viviendo juntos en paz y armonía)? ¿Estaremos pensando en una agrupación formada por un marido, una esposa que viven juntos con algunos hijos de relaciones anteriores, más los que ellos mismos han tenido? ¿O quizás estamos hablando de una mujer que vive sola con su hijo tenido como fruto de una inseminación artificial? ¿Qué sucede cuando las figuras de los progenitores son dos varones o dos mujeres? Hoy se habla sin ningún pudor de “nuevos modelos de familia”.

¿Cuál es el “modelo” de la Sagrada Familia de Nazaret? ¿Coincide con el modelo pequeñoburgués que hemos vivido en Occidente en los últimos siglos? ¿Se parece más al modelo patriarcal que aún predomina en algunas culturas? ¿Va en la línea de alguno de los llamados “nuevos modelos”? No es fácil responder esta retahíla de preguntas. Por una parte, la familia de Jesús seguía los patrones culturales de su contexto; por otra, los desborda. Es una familia sin modelo. O más allá de todo modelo. Hay un texto en el evangelio de Marcos que nos ofrece la clave más profunda y revolucionaria: “Llegaron entonces su madre y sus parientes; se quedaron fuera y lo mandaron llamar. En torno a él estaba sentada una multitud, cuando le dijeron: «Ahí fuera están tu madre y tus hermanos, que te buscan». Él les respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Luego, mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque el que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»” (Mc 3,34-35). Es verdad que los lazos de sangre son importantes: constituyen la base de una relación que tiene fundamentos genéticos. Es verdad que el mismo Jesús, haciéndose eco del libro del Génesis, dijo: “Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, [se une a su mujer] y los dos se hacen una sola carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne” (Mc 10,6-8). La relación natural es la base la familia. Pero Jesús va más allá. La auténtica familia no se basa (solo) en la carne y en la sangre sino en el cumplimiento conjunto de la voluntad de Dios. La carne y la sangre no bastan para asegurar el verdadero amor, para no enredarse en rencillas, celos, suspicacias, para no disputarse las herencias o buscar la mejor tajada. La familia es mucho más que un campo de batalla, un banco de emociones o un refugio de intereses. Siempre me ha llamado la atención que la mafia acude mucho al concepto de familia para defender un sistema envenenado.

Esta es una novedad revolucionaria de la que apenas nos damos cuenta. Una familia llega a su madurez cuando es capaz de convertirse en “escuela de escucha de la Palabra de Dios” y, a partir de esa escucha, desencadena un estilo de vida basado en la libertad, el respeto mutuo, la preocupación por el otro, la apertura a Dios; en definitiva, cuando vive el amor como proyecto de vida. Estas familias, que van “más allá de la sangre”, pueden darse incluso sin ningún vínculo biológico entre sus miembros, como sucede en el caso de las comunidades religiosas. Jesús es un hombre de su tiempo, pero trasciende el rígido esquema familiar del pueblo judío como trasciende todos los modelos familiares que se han ido sucediendo a lo largo del tiempo. Pone el acento en lo esencial. Toda familia es un reflejo de la familia de Dios. Por eso, debe vivir una dinámica de amor que no se cierra sobre sí mismo sino que es expansivo: alcanza en oleadas sucesivas a todos y a todo. ¡Esta es la verdadera revolución familiar!

Aprovecho este último día del año para dar gracias a Dios por nuestras familias y para desearos a todos una clausura serena y agradecida del año 2017. Lo mejor es “entregar el año que termina” al Único que puede darle sentido y plenitud. 

sábado, 30 de diciembre de 2017

El paso del tiempo

Cada vez soy más sensible a la fugacidad del tiempo. Serán cosas de la edad. Me estremezco ante el hecho de que “todo pasa”, aunque el bueno de Antonio Machado añadiera también que “todo queda” y que “lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar”. Un camino sobre la mar dura menos que un atardecer en el trópico. Tras la tormenta viene la calma y después del buen tiempo se prepara una nueva borrasca. Estamos habituados a estos ciclos de la vida. Terminar un año agudiza este sentimiento, por más que muchos estén pensando solo en fiestas, trajes, campanadas y uvas. Si todo pasa tan deprisa y como sin dejar huella, si nos olvidamos tan pronto de los que se han ido, no merece la pena esforzarse por nada, sino solo dejarse llevar por la corriente de la vida e ir asumiendo sus riesgos, placeres y dolores. Al final, los buenos y los malos, los listos y los tontos, los ricos y los pobres, los trabajadores y los perezosos, todos acabamos del mismo modo. ¿Qué sentido tiene luchar por algo? ¿Por qué ser virtuoso cuando los malvados parecen florecer? Muchos filósofos, literatos y sabios han explorado a fondo esta experiencia de caducidad, han buceado en la contingencia radical de la vida humana. Algunos han acabado en el escepticismo. Para ellos, la vida no es sino una “condena a muerte en masa”, como creo que decía Sartre o Camus. Otros aconsejan aprovechar el momento y exprimirlo al máximo, como si fuera un limón agridulce: carpe diem.  Muchos jóvenes, por el mero impulso biológico, se inclinan por la segunda opción. No creo que estas actitudes, por lúcidas y realistas que parezcan, nos ayuden a levantarnos cada mañana con una sonrisa en los labios y a vivir la jornada con buen ánimo. ¿Hay algún otro modo de afrontar las cosas? ¿Queda espacio para la esperanza o, en realidad, todo lo que nos parece positivo en esta vida es solo un “cuento de hadas” para hacer más tolerable el destierro “in hac lacrimarum valle” (en este valle de lágrimas) como canta la Salve?

Las palabras que me vienen una y otra vez a la mente son las de santa Teresa de Ávila: Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda; / la paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta: / solo Dios basta”. El poema de la santa abulense es mucho más largo, pero esta es la estrofa más conocida y quizás la más sustancial. He reflexionado muchas veces sobre ella. En su sencillez y brevedad condensa todo lo que de mejor se puede decir sobre este asunto. Solo una mística como ella podría lograr una síntesis tan perfecta. Nace con los pies en la tierra y se abre al cielo. Es verdad que todo se pasa (esto tendrían que meditarlo quienes quieren hacer de esta tierra el paraíso perdido), pero esta realidad no debería nunca conducirnos a la turbación o al miedo: “Nada te turbe, nada te espante”. ¿Por qué? ¿Cuál es el fundamento de una actitud serena y confiada ante la vida y ante el futuro? Para Teresa de Ávila no hay duda: el fundamento es Dios, porque Él “no se muda”. Mientras todo cambia, nace y muere, sube y baja, Dios permanece estable. No me gusta mucho decir que “inmutable” porque la inmutabilidad, aunque se presente como uno de los atributos clásicos de Dios, parece contraria al amor, que es siempre dinámico, creativo y nuevo. Prefiero hablar de firmeza y estabilidad.  Por eso, “quien a Dios tiene / nada le falta”. Ahora comprendo por qué las personas contemplativas afrontan la caducidad de la vida con una sonrisa en los labios. No solo no temen la muerte sino que la anhelan, porque para ellos es la oportunidad del encuentro definitivo con el Amado. ¡Cómo desearía tener una experiencia como esta!

No sé cómo resuena el teresiano “solo Dios basta” en las mentes y corazones de mis amigos. No sé si tiene algún significado para las personas más jóvenes que sueñan con otros proyectos muy humanos: terminar la carrera, encontrar un trabajo interesante y bien remunerado, formar una familia, viajar, disfrutar de la vida… No me imagino que mañana, en la Puerta del Sol de Madrid, apareciera debajo del célebre reloj de la Casa de Correos una pancarta gigantesca con estas tres palabras: “Solo Dios basta”.  Para casi todos sería una provocación, un ejemplo de mal gusto, ganas talibanes de aguar la fiesta. Y, sin embargo, sería la verdad más liberadora de todas, la que no produce ninguna resaca sino que deja el corazón sereno y esperanzado. Personalmente no encuentro otro modo de afrontar el enigma de la existencia. No sabría cerrar 2017 y abrir 2018 sin recordar que todas nuestras horas están en Dios, que nuestra vida no es una frágil barca navegando por el océano de la realidad, a merced de las olas y expuesta a un naufragio definitivo, sino una chispa de luz alimentada por el fuego de Dios: “En ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz” (Sal 35,10). Todas estas cosas me bullen en la cabeza mientras recorro varias estaciones en la línea 6 de Metro de Madrid y contemplo la variopinta fauna humana que lo habita. Es probable que yo sea un tipo raro. Me da la impresión de que la mayoría está pensando en cómo va a pasar la Nochevieja. O quizás me equivoco y, detrás de preocupaciones banales, sigue intacta la pregunta por el sentido de todo. ¡Adiós 2017! Es decir, te dejo en manos de Dios, a Él le confío lo vivido a lo largo de todas las horas de este año que está a punto de terminar.




viernes, 29 de diciembre de 2017

La vida es con frecuencia un fado

A diferencia del aeropuerto de Roma-Ciampino, el de Lisboa registra hoy un gran movimiento de personal a esta primerísima hora de la mañana. Hay muchos pasajeros africanos que van y vienen. Yo aprovecho la espera de mi vuelo para digerir lo vivido en los dos días de asamblea celebrada en Fátima. La última experiencia fue el recital de fado que un grupo nos ofreció anoche en nuestra casa como colofón al encuentro. Necesito poco para que la música me atrape, pero confieso que anoche sentí una emoción que hacía tiempo que no experimentaba. Tanto los trinos y acordes de la guitarra portuguesa y de la viola, como las voces de los dos cantantes, me transportaron a un mundo de emociones y de saudade. Es verdad que hay fados alegres, pero, en general, el fado se asocia a historias cotidianas marcadas por la nostalgia y la melancolía. Aunque su origen documentado se remonta solo a la primera mitad del siglo XIX, es claro que sus raíces vienen de muy atrás. Algunos historiadores lo relacionan con los cantos árabes que se cantaban hace siglos en Lisboa. Es tal el significado de este tipo de música que en noviembre del 2011, la UNESCO lo inscribió en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Un amigo mío portugués se encargó de aclararme la diferencia entre el fado de Coimbra y el de Lisboa. El primero está conectado a las tradiciones académicas de la Universidad de Coimbra. Lo cantan solo hombres. Tanto los cantantes como los músicos visten de negro, con capa y batina. Predominan los temas que cantan amores estudiantiles o ensalzan la ciudad universitaria. Se acentúa mucho la parte instrumental. Anoche pude deleitarme con el fado más conocido, que os recomiendo escuchar: “Coimbra é uma canção” (Coimbra es una canción). El fado de Lisboa se suele cantar en las “casas de fado”. Lo interpretan tanto hombres como mujeres. Si principal característica es que canta historias tristes del pasado y del presente, pero a veces cuenta con ironía historias divertidas. El que escuché anoche fue un concierto de fado de Coimbra. Dominó, pues, el aire triste y melancólico. Creo que no se puede entender el alma portuguesa sin saborear esta música. Es como la banda sonora de un pueblo.

¿Qué es el fado? ¿Por qué resulta tan atractivo? Amália Rodrigues, fallecida en 1999, fue la gran cantante portuguesa de fado y embajadora de este canto por todo el mundo. Para ella, “el fado es una cosa muy misteriosa, hay que sentirlo y hay que nacer con el lado angustioso de las gentes, sentirse como alguien que no tiene ni ambiciones, ni deseos, una persona... como si no existiera. Esa persona soy yo y por eso he nacido para cantar el fado”. El enigmático Fernando Pessoa, cumbre de la literatura en lengua portuguesa, escribió algo todavía más desgarrador: “El fado es la fatiga del alma fuerte, el mirar de desprecio de Portugal al Dios en que creyó y que también lo abandonó”. No sé si se pueden añadir muchas palabras a estas opiniones. Me limito a invitar a mis amigos del Rincón a acercarse a este estilo de música si es que todavía no lo conocen. Lo demás vendrá por añadidura. Me fui a la cama sereno y enternecido. Quizás también un poco nostálgico.




jueves, 28 de diciembre de 2017

Hay Brunos peores

Este año no tengo humor para autodestinarme a las islas Fiyi en un día como hoy. Se ve que el temporal Bruno me ha dejado el ánimo un poco tocado, sin ganas para muchas bromas. Aquí en Fátima se ha hecho notar. La lluvia y el viento nos han acompañado en las últimas horas. Anoche regresé a casa empapado después del rosario nocturno en la capelinha. ¡Y eso que iba provisto de paraguas! El mal tiempo atmosférico, por otra parte tan deseado, me hace todavía más sensible al mal tiempo social. Hoy, en la fiesta de los Santos Inocentes, pienso en los millones de niños maltratados, abusados e ignorados. Gracias a Dios, ha ido creciendo la sensibilidad hacia la infancia. En algunas culturas antiguas, los niños (y todavía menos las niñas) no tenían ningún derecho. Eran propiedad de las familias. Hoy hemos elaborado los derechos del niño, aunque la realidad dista mucho de las normas. En mis correrías misioneras me conmueve ver cómo, en algunos lugares del mundo, los niños viven en la calle y tienen que ganarse la vida con trabajillos ocasionales o robando.

Pero si algo me resulta indignante es el abuso sexual de los menores, una lacra de la que se ha empezado a hablar hace unos cuantos años, pero que, por desgracia, siempre ha existido. Que algunos de los criminales sean clérigos o religiosos me resulta incomprensible y repugnante. La Iglesia está reaccionando con energía, pero hay que trabajar mucho más en el campo de la prevención y, sobre todo, de la ayuda a las víctimas. Ha habido ocultamientos y retrasos inhumanos. Ha faltado información, sensibilidad y valentía. Por desgracia, el “síndrome de Herodes” tiene muchas manifestaciones. No soy ningún experto en el tema, pero me pregunto qué es lo que mueve a un adulto a hacer daño a un niño, qué frustraciones o represiones provocan los abusos de todo tipo infligidos a los pequeños, comenzando por la promoción del aborto y siguiendo por todas las amenazas afectivas, sexuales, laborales y educativas que se ejercen sobre ellos. Aunque ninguna es excusable, las producidas en el seno de las familias son quizás las más execrables, porque la familia tendría que ser para cualquier niño el santuario en el que se sintiera aceptado, protegido, querido, alimentado y promovido. Un niño que, desde sus primeros años, experimenta el rechazo en su propia familia y los abusos de todo tipo puede convertirse con facilidad en una persona malograda y en un potencial abusador.

Esta fiesta se produce en el contexto de la Navidad. Celebramos que Dios se ha hecho visible en un niño. En otras palabras, la omnipotencia divina se manifiesta en la fragilidad de un ser indefenso, que necesita de todos y de todo para sobrevivir. Si esto es así, significa que todo niño –y, de manera especial, los más vulnerables– son como un sacramento de Dios, un signo visible de su gracia en nuestro mundo. Acoger a un niño, cuidarlo, quererlo, es como acoger al mismo Dios. Por eso Jesús nos invita a tener un corazón de niño. Tardamos toda una vida en llegar a ser el niño que fuimos. Siempre me ha llamado la atención que los niños y los ancianos suelen ser, por lo general, las personas más sensibles al misterio de Dios. Los “maestros de la sospecha” encuentran enseguida una fácil explicación: su debilidad necesita ser compensada con la creencia en Alguien superior que los protege. No está mal para deshacerse del asunto en un plisplás argumental, pero creo que la realidad es más compleja. Es cierto que los niños y los ancianos son débiles en su condición física y a veces psíquica, pero no es menos cierto que poseen dotes que los adultos solemos tener atrofiadas: en particular, la capacidad de percibir y expresar ternura y de desenmascarar las mentiras existenciales. Una de estas “mentiras” que los adultos acabamos creyéndonos es que nos bastamos a nosotros mismos para salir adelante. Pocos se atreven a colocarse ante el tribunal de un niño porque, cuando menos se lo piensan, el niño los pone firmes en la verdad/mentira de sí mismos. Por eso, los niños y los ancianos son los mejores evangelizadores sin proponérselo.

Sigue lloviendo, sopla el viento y la niebla no acaba de levantar. Paciencia.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Materia de Eucaristía

Ayer por la tarde el aeropuerto de Roma-Ciampino estaba en calma. Se ve que a la gente no le gusta viajar el día de san Esteban. Yo volé de Roma a Lisboa sin grandes sobresaltos. Tuve tiempo para pensar en quienes están viviendo experiencias de dolor y sufrimiento. A veces, la enfermedad o la muerte parecen cebarse en estos días familiares. Es también un tiempo propicio para recordar a quienes ya no están. Hay personas que lo hacen con serenidad, pero otras no pueden sobreponerse a la tristeza y la melancolía. Hay personas solas; peor aún, personas de las que nadie se acuerda. El problema no es la soledad, sino el hecho de no interesar a nadie. Cuando los problemas económicos se ciernen sobre una familia (desempleo, deudas, sueldos bajos), estos días parece que las estrecheces se multiplican porque por todas partes ponen el listón de las expectativas demasiado alto. Yendo de mi casa al aeropuerto, vi grandes carteles que anunciaban un espectáculo musical titulado La fiava di Natale (La fábula de Navidad). La industria del entretenimiento sigue aprovechando el tirón Disney: ternura, belleza, dulzura y sueños. Quizás es un modo de buscar una huida en el mundo onírico para compensar su escasez en el mundo real.

El planeta sigue su rumbo, como si nada hubiera sucedido. Es un barco que no se detiene. ¿Quién puede hacerse cargo de siete mil quinientos millones de historias? ¿A quién le interesamos de verdad? Me hago estas preguntas en el día en que la Iglesia celebra la fiesta de san Juan, el apóstol de Jesús, el autor del Evangelio que lleva su nombre. Dentro de unas horas presidiré la Eucaristía internacional en la capelinha de Fátima. Será el momento para poner todas las preocupaciones, sueños y preguntas sobre el altar. Junto al pan y al vino, constituirán la materia eucarística. Solo el Espíritu de Dios tiene la capacidad para transformar todo en el cuerpo de Cristo. Esta palabra –transformación– tiene un profundo sentido natalicio. Todo nacimiento es parábola de la gran transformación que Dios realiza a partir de la nada. Le pediré al Señor que nos ayude a transformar todo lo que cada uno vivimos en Eucaristía.

martes, 26 de diciembre de 2017

¿Ideología o encuentro?

La fe cristiana no defiende una felicidad de pacotilla, hecha de velas encendidas, bolas de colores, brindis interminables y abrazos y besos. No defiende de ninguna manera el obsceno exhibicionismo de la felicidad, tan cacareado y vituperado en este tiempo navideño. El calendario litúrgico lo demuestra. Tras la celebración gozosa del nacimiento de Jesús, hoy, día 26, coloca la fiesta del martirio de san Esteban, el primero en derramar su sangre por confesar a Jesús. A algunos les puede parece una vecindad de mal gusto, un modo de aguar la alegría candorosa de estos días de Navidad. A mí me parece un acierto porque la felicidad cristiana no se identifica con la contemplación un poco bobalicona de formas, luces y colores, sino con el triunfo de la vida sobre la muerte. El niño de Belén es el mismo que cuelga en la cruz y que resucita la mañana de Pascua. La fe no trocea el Misterio en cuotas estancas. Todo pertenece al mismo designio de amor. La nuestra es una felicidad comprada a precio de sangre. No es una gracia barata, adquirible en un supermercado. Es una gracia cara. Siempre me viene a la mente, en un día como hoy, el sermón que Thomas S. Eliot pone en labios del arzobispo de Canterbury en su famosa obra Asesinato en la catedral. En él habla de la verdadera razón por la que nos alegramos y lloramos al mismo tiempo. Su explicación es clara y luminosa.

En el Reino Unido y otras naciones de cultura británica hoy se celebra el famoso Boxing Day. En Cataluña tiene mucho arraigo la fiesta de Sant Esteve, día de reunión familiar en torno a la mesa. La Iglesia católica celebra la fiesta de san Esteban, el protomártir. Es una figura muy atractiva. Los Hechos de los Apóstoles nos cuentan su muerte por la lapidación. Lucas se ha empeñado en narrarla siguiendo la falsilla de la muerte de Jesús para poner de relieve el paralelismo entre el Maestro y el discípulo. Pero donde Jesús dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46), Esteban (cuyo nombre griego significa “corona”) cambia el vocativo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hch 7,59). Hay un detalle del relato que me llama la atención: “Los testigos, dejando sus capas a los pies de un joven llamado Saulo, se pusieron también a apedrear a Esteban” (Hch 7,58). Este joven, llamado Saulo, no es otro que el futuro Pablo de Tarso, el apóstol de Jesús. En este momento, los separa la ideología, si se me permite usar un término ajeno al Nuevo Testamento. Más adelante, los unirá la experiencia de encuentro con el mismo Jesús. Saulo colaboraba en la lapidación de Esteban y cree hacerlo “en nombre de Dios”. Le parecía que acabar con los “blasfemos” era una forma excelsa de darle gloria. Esteban respondió como lo hizo Jesús en la cruz: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60). No dejó espacio al odio o al resentimiento. Perdonó de corazón. La ideología separa; la fe une.

El caso de Esteban y de Saulo me ayuda a comprender mejor lo que nos pasa hoy. En nombre de la ideología (religiosa, política, económica, deportiva, cultural) somos capaces de cometer las más atroces calamidades. Soy consciente del carácter polisémico del término ideología. Aquí lo uso como equivalente a conjunto de ideas que tratan de imponer una determinada visión de la realidad. Para las ideologías de cualquier tipo, los seres humanos no tienen ni rostro ni nombre ni historia: son números, obstáculos, enemigos conquistables. Todo se justifica con tal de lograr los objetivos. Para las ideologías, el fin sagrado (sociedad sin clases, independencia, unidad, victoria del equipo, raza, excelencia cultural) justifica cualquier medio, incluso los más aviesos e inhumanos. Nunca se puede combatir una ideología con otra. No hacen sino retroalimentarse y reforzar sus extremos. Las ideologías solo se superan -como sucedió en el caso de Esteban y Saulo- cuando se trascienden, cuando van más allá de sí mismas y se abren a un bien superior. Esteban y Saulo se encontraron entre ellos cuando ambos se encontraron en Cristo. Esta me parece la clave más profunda. Solo la experiencia de un encuentro interpersonal neutraliza el potencial diabólico de las ideologías. El “enemigo” anónimo y sin rostro adquiere un nombre. Nos atrevemos a mirarlo a los ojos. Descubrimos que ambos pertenecemos a la misma especie humana, que ambos tenemos sueños y necesidades, que ambos estamos sostenidos por el mismo Amor. ¿No es esto lo que celebramos en Navidad? ¡Gracias, Esteban!

lunes, 25 de diciembre de 2017

El poder de ser hijos

Desde anoche se percibe un silencio especial en las calles de Roma. Es como si todo se detuviera un poco, aunque muchos no saben por qué. No hay nieve, ni trineos tirados por renos, ni gordos coca-coleros encaramados en los balcones. Hay personas reunidas en familia, comunidades que se congregan para celebrar en las iglesias. También yo he disfrutado de la cena con mi comunidad y hemos cantado villancicos en italiano, español, inglés, portugués, francés, tamil y yoruba. Sí, también hay solitarios, desamparados y vagabundos que -como pastores urbanos- duermen al raso en las inmediaciones de la estación Termini. La temperatura ronda los 3 grados. Quizás a ellos los visiten algunos ángeles en medio de la noche llevándoles un termo de leche caliente y un buen bocadillo.
Se escucha el silencio que hace audible la Palabra. Una noche, un día al año, el silencio es más fuerte que el ruido. A mí se me hace más fácil escribir así. Solo tengo que escuchar lo que me dice el corazón y teclearlo con calma. Al hacerlo, pienso en vosotros, amigos de este Rincón, dispersos por varios lugares del mundo. Hay muchos amigos en España, pero también, por número de visitas, en Estados Unidos, Italia, Colombia, Rusia, Argentina, Guatemala, Canadá, México, Alemania… A todos vosotros, con quienes no puedo comunicarme personalmente, os dirijo esta


CARTA DE NAVIDAD

Roma, 25 de diciembre de 2017
Queridos amigos:

Hoy es Navidad. Esta palabra no resuena de igual modo en todas las personas. Para muchos, es sinónimo de alegría, encuentro y paz. Para otros, es un agudo recordatorio de la injusticia, el dolor y la soledad que acompañan la vida humana y que parecen campar a sus anchas en nuestro mundo convulso. Si es verdad que nunca llueve a gusto de todos, también es verdad que el nacimiento de Jesús no es celebrado por todos. Y, sin embargo, tiene un alcance universal. No es un hecho reservado a una inmensa minoría, sino la clave para entender la historia del ser humano y del universo entero. Dios se hace cercano, se convierte en el Enmanuel. ¡Hasta el anuncio navideño de Coca-Cola de este año codifica a su manera la Navidad como experiencia de cercanía en tiempos de individualismo rampante! 

A través de estas líneas, tal como hice el año pasado, quisiera compartir con los amigos de El Rincón de Gundisalvus algunas reflexiones sobre este hermoso e inquietante tiempo de Navidad.

Como muchos de vosotros, también yo he vivido varias etapas a lo largo de mi vida en relación con esta fiesta. De niño y adolescente, disfruté del tiempo navideño con mucha alegría e ingenuidad. No es que viviera en carne propia el Cuento de Navidad de Dickens, pero soñaba con estos días de invierno íntimo, nieve por las calles, interminables comidas familiares y celebraciones religiosas en la fría iglesia de piedra de mi pueblo. Fui de los que todavía vivieron la costumbre de pedir el aguinaldo por las casas cantando villancicos y tocando panderetas y zampoñas. La noche de Reyes alimentó expectativas que solo un niño es capaz de sentir sin avergonzarse. La mezcla afortunada del sentimiento religioso y de las viejas tradiciones me resultaba cálida y apetecible. Estoy seguro de que había problemas, pero yo no era consciente de ellos. Eso era cosa de los mayores. Reconozco que todavía hoy regreso a ese tiempo idealizado, quizás porque en él se escondían más verdades y sueños de los que estoy dispuesto a aceptar en el presente. Dios sabe hablar al corazón de los niños.

De joven me rebelé un tanto contra esta Navidad tradicional. Recuerdo que, en mi etapa de estudiante de teología, algunos de mis compañeros y yo queríamos sustituir los belenes clásicos por belenes “alternativos”, como se decía entonces, en los que María y José ya no estaban hospedados en un establo de corcho sino refugiados en una casucha de la periferia madrileña, rodeados de ladrillos, pancartas reivindicativas y símbolos poco bucólicos como carretillas, palas y sierras. Eran los tiempos del Cristo ya nació en Palacagüina y del Godspell de Stephen Schwartz y John Michael Tebelak. El Noche de paz, lejos de ser un villancico melosoera, en realidad, un canto de protesta salpicado de diapositivas de guerra, hambre e injusticia. No obstante, aquella Navidad “alternativa”, que se traducía en una sensibilidad especial hacia las personas marginadas y hacia la teología de la liberación, convivía con la Navidad clásica hecha de ensayos polifónicos de villancicos populares y de adaptaciones de temas como “I Heard the Voice of Jesus”. Quizás se volvió un poco menos familiar y algo más social. Dios también habla a través de la indignación y los excesos juveniles.

Durante varios años, entrado ya en la madurez, volví al esquema más-menos: la Navidad tuvo una connotación más litúrgica y menos sentimental. Se trataba, sobre todo, de celebrar el Misterio de la encarnación (¡difícil, extraña palabra!) de Dios. El Cur Deus homo (¿Por qué Dios se ha hecho hombre?) de san Anselmo se convirtió en mi frase favorita. Los ropajes externos me interesaban poco. ¡Hasta dejé de enviar postales y decorar los espacios domésticos! Me parecían concesiones a la comercialización invasiva, un ejemplo más de superficialidad. Aspiraba a algo más íntimo y profundo. O, al menos, eso me parecía a mí. Antes de la cena de Nochebuena, buscaba un tiempo de silencio, leía con calma el evangelio de la infancia de Jesús tal como lo cuenta Lucas y oraba por todas las personas queridas, esforzándome por no dejar a nadie en el tintero. A veces, hacía alguna llamada telefónica a personas que imaginaba solas y tristes. Me acordaba, sobre todo, de mis familiares y amigos, de los que me separaban muchos kilómetros. Dios habla en las muchas mediaciones que ha puesto a nuestro alcance.

Desde hace algún tiempo, creo que mi Navidad es una síntesis de las tres etapas anteriores con algún rasgo novedoso. He recuperado un cierto candor infantil (frente al exceso de racionalidad de los adultos), reivindico su carácter rompedor (frente a la dulcificación de un Misterio tremendo que se abre espacio entre los pobres) y me dejo guiar por la fuerza de la liturgia (frente al esteticismo de la publicidad y una cierta instrumentalización ideológica). Para que el folclore no se coma a la historia, procuro atarme lo más posible a la Palabra de Dios que se proclama en estos días. Sí, ya sé que los relatos de la infancia de Jesús cuentan una historia hiper-teologizada, pero eso no significa que degeneren en meras leyendas. La historia más verdadera no es la narración forense de hechos y dichos sino su interpretación profunda. A mí no me interesa demasiado la imposible crónica de un nacimiento anónimo (en la soledad de Belén o quizás de Nazaret), sino su significado salvífico universal.

El prólogo de Juan (cf. Jn 1,1-18) que se lee en la misa de este día de Navidad no tiene desperdicio. Es más histórico, si se me permite la hipérbole, que las narraciones (solo aparentemente candorosas) que nos ofrecen Mateo y Lucas. La afirmación del versículo 14 es rotunda: “La Palabra se hizo carne” (“ho lógos sarx egéneto”). La Vulgata traduce “Verbum caro factum est”. A Erasmo de Rotterdam no le gustaba esta traducción. Prefería traducir el logos griego por el sermo latino. El resultado es un poco desconcertante, pero hermoso: “La conversación (de Dios) se hizo carne (debilidad humana)”. En esta conversación “había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Vida (donde hay muerte) y luz (donde hay oscuridad) son dos símbolos poderosos que orientan nuestra búsqueda de Dios. Podemos imaginar lo que queramos, pero “Dios no es un Dios de muertos sino de vivos” (Lc 20,38). No solo eso: “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna” (1 Jn 1,5). ¿Cabe imaginar algo más bello y liberador en un día como hoy? Es el secreto escondido en el niñito de Belén. Sigue siendo la oferta de Dios para todos los seres humanos, sin distinción de color, sexo o edad.

Pero la Navidad tiene también -como todas las realidades humanas- su cara B. El prólogo de Juan no se hace ilusiones, porque no es un anuncio publicitario para vender productos sino el evangelio de la verdad. Lo dice de manera desnuda: “Vino a su casa, y los suyos no la recibieron” (Jn 1,11).  El ser humano es la casa de la Palabra hecha carne, pero nosotros andamos ocupados en nuestros negocios: “Mañana le abriremos para lo mismo responder mañana”. La narración del rechazo de Dios atraviesa la gran historia humana y la pequeña historia de cada uno de nosotros. No es cuestión de creer o de no creer, sino de acoger o rechazar. La fe no es una conquista sino un don. Contemplando el pesebre, uno percibe en la sonrisa del Niño una pregunta que nos desarma: “¿Me acoges o no?”. El catálogo de respuestas es tan variado como diversos somos los seres humanos. Lo que importa es la promesa: “A cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre” (Jn 1,12). ¡El poder de ser hijos! La sociedad nos trata como súbditos, ciudadanos, estudiantes, trabajadores, contribuyentes, pensionistas, consumidores, clientes, usuarios… Dios quiere hacernos hijos; es decir, personas amadas, dignas, libres, fraternas y alegres. ¿Cabe imaginar un regalo mejor? No deberíamos conformarnos con menos. Es lo que le pido a Él para mí y para todos nosotros.

Con mis mejores deseos,
Gundisalvus


Os dejo con este hermoso canto navideño interpretado por el grupo norteamericano Pentatonix.


A los que preferís algo más clásico, os gustará escuchar esta interpretación del Adeste fideles.


Y a los que queréis desmelenaros un poco, os sugiero esta versión diferente del mismo canto natalicio. No es obligatorio tener los mismos gustos.  



Feliz Navidad
Buon Natale
Merry Christmas
Joyeux Nöel
Froehliche Weihnachten

domingo, 24 de diciembre de 2017

La casa de Dios es María

Cuando el IV Domingo de Adviento cae el 24 de diciembre ya se sabe que nos quedamos sin cuarta semana. Todo se precipita. Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad, como canta el villancico. Lo que sigue no es políticamente correcto en días de campañas antialcohólicas. Bueno, tiempo tendremos de volver sobre el folclore navideño. Ahora, una vez más, tenemos que poner los ojos en María. De ella, y de su hijo Jesús, habla el Evangelio que se lee hoy. ¿Cómo se puede describir la experiencia que tuvo la muchacha de Nazaret? Nadie estaba allí con una videocámara o una grabadora para registrar lo ocurrido. Cuando Lucas quiere incluir el relato de esta singular experiencia en su Evangelio no tiene más remedio que echar mano de esquemas de “anunciaciones” que les resultaban familiares a los lectores de las Escrituras. Su relato está confeccionado a base de continuas referencias al Antiguo Testamento. Por eso, resulta difícil distinguir los datos históricos reales de los elementos literarios. En el fondo, más allá de los esquematismos, Lucas quiere subrayar que Jesús no es un mero fruto natural de la fecundidad humana, sino un don de Dios. Su futura misión es, en el fondo, el sueño de Dios sobre el mundo.

Hay un contraste entre la historia de David que se lee en la primera lectura y la historia de María. El rey israelita, en la cumbre de su poderío, quiere construir una casa para Dios, pero Dios rehúsa su ofrecimiento. María es una virgen-pobre; es decir, doblemente marginada. No puede ofrecer nada a Dios excepto su voluntad. Por eso, Dios mismo decide que el vientre de María, su persona entera, sea la “casa” en la que va a habitar Jesús. El deseo de David se cumple plenamente en María. El que va a nacer de sus entrañas es el sueño de Dios, al que el evangelista Lucas le otorga distintos títulos cargados de significado: “Se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre”. Aunque siempre solemos hablar de este relato como si presentara la vocación de María, en realidad el protagonista es su Hijo Jesús. María es la casa. Jesús es el habitante. Para llevar a cabo la misión de ser casa, María -como sucede en todos los relatos de anunciaciones- recibe un nuevo nombre. El ángel la llama la “llena de gracia”.

A punto de reunirnos en nuestras casas y comunidades para la tradicional cena de Nochebuena (en aquellos lugares en los que se mantiene esta tradición) y deseosos de celebrar la Misa de medianoche (la “Misa del Gallo”, como se la conoce en la tradición hispana), caemos en la cuenta de que el verdadero “portal” (o nacimiento, belén, pesebre…) no es otro que el vientre de María. Dios se adelantó a preparar esta casa y ella, pequeña muchacha de Nazaret, aceptó con absoluta confianza: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”. Sobre el trasfondo de la historia de María, entendemos mejor nuestra historia personal. También nosotros somos visitados por Dios a través de sus innumerables ángeles, personas que nos transmiten su cercanía. Sobre cada uno de nosotros se pronuncian las palabras que cambian nuestra percepción de las cosas: “¡Alégrate, lleno (a) de gracia, el Señor esta contigo”. Es normal que un anuncio de este tipo nos desconcierte, sobre todo cuando, a lo largo de la vida, hemos podido recibir otro tipo de mensajes: “No vales nada, eres un desastre, nunca llegarás lejos, todos te superan, …”. No se trata ahora de que hagamos un esfuerzo desesperado por sobresalir. Las cosas mejores de la vida (el amor, la libertad, la alegría, la amistad, la paz, la justicia) no dependen de nuestro empeño, las recibimos como un don inmerecido porque “para Dios nada ha imposible”. Pero no se trata de un regalo impuesto, sino de una oferta que acogemos en libertad. Podemos rechazarla (algunos lo hacen en nombre de inimaginables causas) o podemos aceptarla con humildad. En ese caso, no hay fórmula mejor que la usada por María: “Aquí está la esclava (el esclavo) del Señor; hágase en mí según tu palabra”.


Feliz domingo de Adviento. Para quienes deseéis una explicación pormenorizada de las lecturas de hoy, os recomiendo el vídeo de nuestro amigo Fernando Armellini:


sábado, 23 de diciembre de 2017

Felicita, que algo queda

Hace años el rito consistía en escoger unas buenas postales de Navidad, escribir en ellas un texto a mano y enviarlas por correo. Si se mandaban con tiempo suficiente, llegaban a los destinatarios antes de la Navidad. Si uno apuraba los plazos o las oficinas de Correos se saturaban, las postales podían llegar cuando ya todo el mundo se estaba recuperando de los excesos natalicios. Si uno tenía dificultades para escribir un mensaje “personalizado”, como se dice ahora, siempre podía recurrir a una fórmula de éxito seguro que todavía siguen utilizando muchas personas e instituciones: “Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo”. No era fácil saber el significado del adjetivo feliz aplicado a la Navidad, pero todos entendían que próspero, dicho del año nuevo, tenía un claro significado económico. Con la irrupción de la informática en nuestras vidas, las viejas postales escritas a mano pasaron a mejor vida. Fueron sustituidas por felicitaciones electrónicas. Aumentó la creatividad y se añadieron muchos efectos especiales (música, destellos, animaciones de diverso tipo), pero se perdió el toque personal que siempre otorga un texto escrito a mano. Como este procedimiento no cuesta nada y permite un efecto multiplicador, de la noche a la mañana nos vimos inundados por infinidad de correos electrónicos, más o menos originales, en los que nuestros amigos y conocidos nos deseaban cosas buenas para estos días. Internet permite casi todo: desde un texto rompedor hasta una imagen llamativa, un archivo de sonido, una presentación power point o un enlace a un vídeo de You Tube. En los últimos años el correo electrónico está experimentando un bajón, sobre todo entre los jóvenes. Ahora, lo más normal es recibir una felicitación a través de las redes sociales o de un guasap (sic). Se trata de mensajes breves que se replican continuamente hasta convertirse en virales y, por tanto, muy poco personales. Podríamos decir que acabamos "infectados de Navidad". 

¿Por qué seguimos practicando estos ritos? ¿Qué queremos manifestar cuando elaboramos una lista de las personas a las que nos gustaría decirles algo en estos días previos a la Navidad? Para algunos es una oportunidad de desempolvar viejas relaciones que a lo lago del año parecen como escondidas. ¿A quién le desagrada que lo recuerden y le deseen felices fiestas (de invierno), que es el mensaje neutro que se está imponiendo para no herir susceptibilidades? La amistad tiene sus ritmos y sus ritos. Con algunas personas estamos viéndonos todos los días. No necesitamos inventar nada. Pero a otras no las vemos casi nunca. Si de vez en cuando no reencendiéramos el fuego, la llama de la amistad acabaría apagándose. Parece que el invierno es un tiempo de intimidad que nos hace más proclives a cultivar los afectos y a recordar a las personas a las que amamos. El verano nos dispersa, nos invita a salir más que a entrar. Pero para otras muchas personas, las que valoran el Misterio que celebramos estos días, hay una razón más profunda que escapa a las modas comerciales. La Navidad nos regala la oportunidad de expresar la cercanía de Dios a través de los pequeños gestos de cercanía humana. Una palabra oportuna, un detalle, una llamada telefónica pueden transmitir un mensaje nítido: “Dios no se olvida de ti. Yo quiero recordártelo porque tampoco yo me olvido de ti”.

En este sentido, las felicitaciones navideñas pueden convertirse en visitaciones diminutivas. Es como si un ángel llamase a la puerta de nuestra casa y nos trajese un saludo de parte de Dios a través de los saludos de nuestros amigos. Ese ángel nos dice a cada uno de nosotros lo mismo que el arcángel Gabriel le dijo a María: “Hola, fulano de tal, Dios te inunda con su gracia. Alégrate, Él esta contigo”. Es probable que no experimentemos ninguna turbación especial, pero sí una alegría íntima, una gratitud sincera. La gran fraternidad humana se va tejiendo a partir de estas micro-redes de relaciones. Esto es hermoso y merece celebrarse. Confieso que a mí me da mucha pereza ponerme manos a la obra. Todos los años me pilla el toro. Soy incapaz de enviar felicitaciones al comienzo del Adviento. Lo hago siempre in extremis, pero lo hago. Siempre me he sentido estimulado por la adrenalina de los últimos momentos. Me gusta preparar las cosas, pero disfruto con la improvisación. Lejos de ponerme nervioso, excita mi creatividad. Así que, un año más, dedicaré la tarde de este 23 de diciembre, a comunicarme con mis amigos, aunque anoche envié ya algunos guasaps para ir preparando el terreno. Para los amigos del Rincón estoy preparando con más calma mi Carta de Navidad, que publicaré el día 25. Mientras tanto, feliz expectación. Las grandes fiestas se conocen por sus vísperas.



viernes, 22 de diciembre de 2017

Me apunto al Dios de María

Aunque en el mundo siguen sucediendo muchas cosas, en estos días previos a la Navidad me ciño al mensaje de la liturgia. No hay comparación entre las noticias que los medios nos proporcionan y las “buenas noticias” que, año tras año, nos regala el Evangelio. El fragmento que se lee en la misa de este 22 de diciembre es el canto del Magnificat, inspirado en el canto de Ana, la madre del profeta Samuel. Lucas pone estas hermosas palabras en labios de María porque expresan con hondura y belleza su experiencia de Dios. María habla de lo que Dios ha hecho en ella, en el mundo y en su pueblo Israel. Cada una de estas tres partes parece un movimiento de una sinfonía que podría titularse “El Dios en el que yo creo”. La imagen de este Dios de María no se parece nada a las caricaturas que la historia ha ido fabricando, ni tampoco a nuestras propias imágenes, a menudo distorsionadas por experiencias negativas o por una educación errada.

Lo que más me llama la atención es que cuando María comienza a hablar de Dios experimenta una profunda y saltarina alegría: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador”. María confiesa a Dios como grande y salvador, pero eso no le inspira ningún temor porque la grandeza de este Dios no consiste en aplastar al ser humano sino en amar con delicadeza a los pequeños y sencillos: “porque ha mirado la humildad de su esclava”. Ella, que le había respondido al ángel “He aquí la esclava del Señor”, experimenta que es mirada con amor a causa de su pequeñez. Hay una extraña conexión entre humildad, fe y alegría. Cuando nos declaramos demasiado maduros y autosuficientes bloqueamos el camino de la fe y, en consecuencia, no experimentamos la alegría Dios nos regala. María reconoce las obras grandes que Dios ha hecho en ella: “el Poderoso ha hecho obras grandes en mí”.  Si antes lo había confesado como grande y salvador, ahora completa la imagen de Dios con dos nuevos rasgos, santo y misericordioso: “Su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.

María también descubre la acción de Dios en el mundo. Es una acción que vuelve del revés todas las injusticias que nosotros, los seres humanos, hemos creado. Ni los mayores revolucionarios se atreven a tanto: “Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. Meditando estas palabras del Magnificat, me han venido a la mente las recientes declaraciones de un militar español que considera que “la guerra es un fraude”. Por si todavía nos quedaba alguna duda, nos aclara que “los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU son los que poseen y venden más armas del mundo”. Añade luego una advertencia: “Si no entendemos cómo estos poderosos nos están sugestionando para que seamos pasivos ante el poder que ejercen sobre nosotros, estamos perdidos”. ¿Cómo puede aceptar Dios un mundo así, en el que los poderosos subyugan a los débiles y “fabrican” guerras para dar salida a su armamento y, en definitiva, para mantener su poder? Por muy dulce y candoroso que se presente el tiempo de Navidad, no estamos ante un cuento de Dickens, sino ante la historia de un Dios que, hecho hombre, quiere subvertir este mundo injusto para transformarlo en algo diferente.

Por último, María no se olvida de su pueblo. Reconoce que Dios ha tenido una paciencia especial con los hombres y mujeres de Israel: “Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia —como lo había prometido a nuestros padres— en favor de Abrahán y su descendencia por siempre”. Israel lleva en el candelero muchos siglos. Ayer mismo, en la sede de la ONU, 128 países votaron en contra de la decisión de Donald Trump de reconocer a Jerusalén como capital del estado de Israel. Desde hace años vengo oyendo el mensaje de que la tercera guerra mundial estallará en torno a Jerusalén. María, en su canto, parece una sionista cualquiera. Sin embargo, no está cantando al Dios de un solo pueblo. Agradece lo que Él ha hecho por una Israel abierto a todo el mundo.  ¡Parece mentira lo que da de sí un cantico de pocos versículos! Es como el guion de lo que nos está pasando hoy.

Os dejo con un precioso canto -Mary, did you know?- que nos ayuda a entrar en el misterio de María. Os pongo la letra en el original inglés con su traducción castellana y dos versiones corales.

ENGLISH
ESPAÑOL

Mary, did you know
your baby boy would one day walk on water?
Mary, did you know
your baby boy would save our sons and daughters?
Did you know
that your baby boy has come to make you new?
This child that you've delivered, will soon deliver you.

Mary, did you know
your baby boy would give sight to a blind man?
Mary, did you know
your baby boy would calm a storm with his hand?
Did you know
that your baby boy has walked where angels trod?
And when you kiss your little baby,
you have kissed the face of God.

Oh Mary, did you know?

The blind will see,
the deaf will hear,
the dead will live again.
The lame will leap,
the dumb will speak
the praises of the Lamb.

Mary, did you know
your baby boy is Lord of all creation?
Mary, did you know
your baby boy would one day rule the nations?
Did you know
that your baby boy is heaven's perfect Lamb?
This sleeping child you're holding
is the great “I am”.

María, ¿sabías
que tu bebé varón caminaría un día sobre el agua?
María, ¿sabías
que tu bebé varón salvaría a nuestros hijos e hijas?
¿Sabías
que tu bebe varón ha venido hacerte nueva?
Este niño que has dado a luz, pronto te dará a luz a ti.

María, ¿sabías
que tu bebé varón daría la vista a un ciego?
María, ¿sabías
que tu bebé varón calmaría la tormenta con la mano?
¿Sabías que tu bebé 
ha caminado por donde los ángeles pisaron?
Cuando besas a tu niñito,
has besado la cara de Dios.

Oh, María, ¿sabías?

Los ciegos verán,
los sordos oirán,
los muertos vivirán otra vez.
Los cojos saltarán,
los mudos hablarán
las alabanzas del Cordero.

María, ¿sabías
que tu bebé varón, es el Señor de toda la creación?
María, ¿sabías
que tu bebé varón un día gobernaría todas las naciones?
¿Sabías
que tu bebé varón es el perfecto Cordero del cielo?
 Este niño dormido que sostienes
es el gran “Yo soy”.