Semana Santa

Semana Santa

miércoles, 18 de octubre de 2017

Viento, aire y fuego

Me gusta mucho el personaje de san Lucas, cuya fiesta celebramos hoy. Mi abuelo paterno llevaba también este nombre griego. En Italia es bastante frecuente el nombre de Luca, casi tanto como el de Jordi en Cataluña. Por cierto, se ha vuelto a montar un buen lío a propósito del encarcelamiento de los Jordis. No ganamos para sustos. Los periódicos españoles de hoy siguen dedicando mucha atención al asunto de Cataluña, pero hay vida más allá. No sirve de mucho darle infinitas vueltas. La historia juzgará nuestra miopía. Lo que me ha preocupado en los últimos días es las terribles consecuencias del huracán María en Puerto Rico y los devastadores incendios en Portugal y, en menor medida, en Galicia y Asturias. Es como si el cambio climático se hubiera aliado con los cambios políticos para hacer de octubre -una vez más- el mes de las revoluciones.  Vivimos la eclosión del todo cambia.

Da la casualidad de que, en mi numerosa comunidad romana (somos 28), hay un compañero portugués y otro puertorriqueño. Esto significa que los problemas de ambos países nos tocan más de cerca. La situación en la que ha quedado Puerto Rico es desastrosa. El 85% de la población sigue sin electricidad, con lo que esto supone para el normal funcionamiento de las familias, empresas, servicios públicos, etc. Ayer tratamos de dar un impulso a las ayudas económicas. En el caso de Portugal, el mayor drama lo constituye la muerte de más de 40 personas como consecuencia de los incendios. Aunque en ambos casos parece que la naturaleza se ha desatado contra el hombre, en el segundo la responsabilidad humana es muy grande. Se habla de que varios de los incendios han podido ser provocados, lo que constituye un verdadero crimen que los códigos penales castigan poco. Como se suele decir, sale barato quemar los bosques y, a veces, provocar no solo daños ecológicos sino también muertes de personas y animales.

Cada vez que se producen desastres naturales de esta envergadura (terremotos, volcanes, maremotos, inundaciones, incendios, etc.) se disparan las preguntas: ¿Por qué? ¿Cómo se podría haber evitado? ¿Qué podemos hacer para prevenirlos y minimizar sus consecuencias devastadoras? Muy pocas personas se preguntan por qué Dios permite esto. Creo que hace tiempo que no le “echamos la culpa” a Dios del funcionamiento de la naturaleza. En todo caso, algunos de estos fenómenos incontrolados son la consecuencia de los desequilibrios que los seres humanos hemos producido en la naturaleza con nuestros hábitos dañinos o con nuestras negligencias y de los muchos intereses en juego. Aquí es donde habría que concentrar la atención. ¿Cuáles de nuestros hábitos de consumo están provocando, directa o indirectamente, algunos de estos fenómenos? ¿En qué dirección tendríamos que caminar? Ayer mismo un alto ejecutivo italiano me confesaba que los lobbies de la industria automovilística europea están presionando para que la Unión Europa doble el límite vigente de sustancias contaminantes en la atmósfera porque, de otro modo, se va a resentir mucho la venta de coches y carburante. Si esto es cierto, uno se hace idea de los muchos intereses que están en juego. Parece que el equilibrio ecológico y la salud de los ciudadanos ocupan un escalafón inferior. Lo que importa es producir y vender. 

Quizás el único aspecto positivo de estas experiencias traumáticas sea la rápida actuación de los profesionales de emergencias (aunque, por lo que leo, no ha sido siempre así, sobre todo en Portugal) y la solidaridad de numerosos voluntarios que han colaborado en las tareas de extinción de incendios, suministro de ropa y alimentos, traslado de personas a los refugios, etc. La paradoja es que hay una relación proporcional entre la inmensidad del desastre y la práctica solidaria. Uno tiende a pensar que el individualismo que a menudo caracteriza la convivencia diaria es algo indeseado, que, en el fondo, a todos nos gustaría ponernos siempre al servicio de los demás. Los desastres naturales son como los despertadores de esta enorme capacidad de ayuda y colaboración que todos llevamos dentro. Me emocioné escuchando el testimonio de algunos muchachos gallegos que parecían sacar fuerzas de debilidad ante la voracidad del fuego. Frente al viento, el agua y el fuego destructores, hay otro viento, otra agua y otro fuego que simbolizan los valores humanos de sacrificio y entrega. Al fin y al cabo, las tres realidades son símbolos del Espíritu de Dios, que es “brisa en las horas de fuego”, “riega lo que es árido” y “calienta lo que es frío”. Ubi Spiritus ibi solidaritas.

martes, 17 de octubre de 2017

Te echo de menos

Tengo un amigo catalán que domina varias lenguas. Habla castellano a la perfección. En las muchas horas de diálogo con él solo le he encontrado un catalanismo. En vez de decir “echo de menos” o “echo en falta”, suele decir “encuentro a faltar”, que es una traducción literal de la expresión catalana “trobar a faltar”. Si traigo a cuento esta anécdota es porque hoy – no sé por qué – me he detenido en esta expresión, me ha venido varias veces a la cabeza. Se ve que el otoño agudiza la nostalgia. ¿Qué queremos decir cuando decimos Te echo de menos (español), o I miss you (inglés), o Mi manchi (italiano), o Tu me manques (francés)?  ¿A quién le decimos una frase como ésta? Cada vez que la pronunciamos, es como si reconociéramos que no somos nosotros mismos sin la presencia de alguien a quien amamos, que nuestra vida es solo una edición disminuida de lo que aspiramos a ser.  Decirle a alguien “Te amo” puede poner el corazón en danza o la piel de gallina, pero decirle “Te echo de menos” pone en juego una dinámica desconcertante. Solo un milímetro emocional separa el verdadero amor de la posesión. Si se enciende la luz roja de los celos, no hace falta que nos preguntemos de qué lado estamos.

Cuando uno es adolescente, el “te echo de menos” tiene la forma de un vacío irrellenable. Uno piensa que las personas queridas (padres, familiares, amigos…) tienen la obligación de hacernos felices. No podemos tolerar que no estén a mano cuando más las necesitamos. Se nos viene el mundo encima cada vez que experimentamos su ausencia. Quizás de adultos prodigamos menos la frase. La vida nos enreda en tantas ocupaciones, que a veces las personas – incluso las más queridas – pueden pasar a un segundo plano, aunque nos duela reconocerlo. De repente, cuando nos parece que todo discurre sobre ruedas, una separación brusca o una muerte inesperada, nos devuelven el verdadero perfil de las personas a las que amamos. Entonces, su ausencia se va agradando como el cráter de un volcán. Es como si, de repente, la vida fuera perdiendo los colores de antaño, como si el vacío se convirtiera en un recordatorio permanente de la muerte que nos aguarda a cada uno de nosotros. Mientras tecleo estas notas, escucho el Aleluya de Leonard Cohen que acompaña, como banda sonora, la presentación que una amiga me ha enviado por WhatsApp. Se trata de varias fotos animadas que recorren la vida de su hijo muerto (tal vez asesinado) hace unas semanas. Hoy hubiera cumplido 39 años. No puedo contener las lágrimas. Algunas personas no se recuperan nunca de estos zarpazos de la vida. No es que echen de menos a alguien: es que no se reconocen ya a sí mismas.  En el fondo, su amor había adquirido la forma de una dependencia excesiva, casi enfermiza. Viven un infierno en la tierra. Cuando visitan la tumba de la persona querida para depositar unas flores, se están poniendo flores a sí mismas, a su propia indefensión.

Entrados en las etapas postreras de la vida, descubrimos que el “te echo de menos” no es incompatible con un nuevo modo de presencia. Hay personas queridas que están lejos físicamente, a las que no vemos a menudo, y, sin embargo, no nos sentimos lejos de ellas, no las echamos de menos como si hubieran desaparecido de nuestro radar afectivo. Las queremos sin necesitarlas.  Algunas personas queridas han muerto ya. Incluso en este caso extremo, no las echamos de menos como quien las hubiera perdido para siempre. Al contrario, el “echar de menos” adquiere una tonalidad serena y esperanzada; es, en el fondo, una forma nueva de sentir su presencia. Ni siquiera la muerte puede interrumpir los lazos que nos unen a ellas. Se diría que la muerte rompe para siempre las fronteras del espacio y del tiempo y nos permite una comunión más profunda que cuando estábamos presentes físicamente el uno al otro. Uno empieza a sospechar entonces que ese “echar de menos” es un anhelo que apunta más lejos, que va más allá de las personas queridas y nos proyecta hacia un infinito que tiene el nombre de Dios. 

Cada vez que “echamos de menos” a alguien, estamos reconociendo que tenemos necesidad de una voz que nos hable, de unos ojos que nos miren, de una mano que nos acaricie. Ninguna de las personas que forman parte de nuestro círculo afectivo está en condiciones de satisfacer este anhelo. Si se lo pidiéramos, estaríamos cometiendo un atentado de lesa humanidad, estaríamos obligándolas a ser lo que no son y a dar lo que no tienen. Cuando comprendemos esto, nos colocamos humildemente ante el umbral del Misterio y no exigimos nada de las personas a las que queremos, no las chantajeamos con nuestras exigencias afectivas más o menos sutiles. Aceptamos su amor como un mendigo acepta el pan que le ofrecen, como un peregrino acepta un vaso de agua fresca en una tarde de verano, porque sabemos que nuestro corazón está ya habitado. Solo “echamos de menos” que se rompa definitivamente la tela de este dulce encuentro.


lunes, 16 de octubre de 2017

Tres virtudes fundamentales

Desde que llevo asomado a la ventana de Facebook – febrero de 2009 – creo que solo he hecho dos “experimentos comunicativos” en esta red social. El primero se produjo el pasado 28 de diciembre cuando, en un post titulado Veremos si puedo, anunciaba mi envío a las islas Fiyi como representante diplomático del Vaticano. Algunos lectores no cayeron en la cuenta de que era el día de los Santos Inocentes y picaron. El otro fue ayer. Cambié la foto del perfil. Puse una de hace varios años. Enseguida empecé a recibir varios Me gusta, un número muy superior al que reciben los enlaces a las entradas diarias de este Rincón de Gundisalvus. Saqué dos conclusiones apresuradas. Primera: mis amigos Facebook prefieren las fotos a los textos, las imágenes a las palabras. Segunda: mis amigos Facebook prefieren las informaciones personales a las reflexiones temáticas. Puedo estar equivocado, pero creo que por ahí van los tiros. Si así fuera, me parece que un blog que se nutre de entradas diarias de unas 500 palabras, tiene los días contados. En este mundo acelerado, muy pocas personas se detienen a leer. Nos hemos acostumbrado a golpes de imagen. Todo lo que pase de 20 palabras se nos hace cuesta arriba. Con todo, seguiré por un tiempo tecleando palabras porque, por mucho que me mueva en el mundo de Internet, mentalmente pertenezco a la “galaxia Gutenberg”. Sigo creyendo en la fuerza de la palabra, aunque sin desdeñar la imagen. Comprendo la importancia de las emociones, pero creo mucho en el poder liberador de la reflexión.

Dicho esto, vayamos al tema de hoy. Me lo brinda un reciente artículo del siempre polémico Fernando Savater en el que habla de tres virtudes fundamentales. No son, obviamente, la fe, la esperanza y la caridad, sino tres virtudes que cualquier persona puede aceptar: coraje para vivir, generosidad para convivir y prudencia para sobrevivir. Formuladas así, constituyen un sugestivo programa vital. Se trata, en efecto de vivir, de convivir y, en muchos casos, de sobrevivir. Todo esto no se puede hacer sin una fuerte dosis de coraje, generosidad y prudencia. No estoy seguro de que mi comentario coincida con lo que Savater entiende por cada una de ellas, pero me voy a asumir la responsabilidad de hacerlas mías. No se puede vivir sin coraje; es decir, sin valentía para hacer frente a los muchos estímulos que no nos dejan vivir en paz. Hoy más que nunca vivimos en una sociedad que, por una parte, nos estimula hasta límites insoportables y, por otra, nos anestesia para que nos conformemos con la situación. Si alguien aspira a vivir – no solo a durar, como si fuera una pila Duracell – necesita coraje para ser él mismo, para reaccionar frente a las manipulaciones, para hacer valer su dignidad y su palabra. La mayoría preferimos ir tirando para evitarnos problemas.

Como no vivimos solos – ni podríamos hacerlo, porque somos esencialmente sociables – necesitamos otra virtud que nos permita convivir. Me gusta la escogida por Savater: la generosidad, la capacidad de compartir lo nuestro con los demás. El coraje sin generosidad se vuelve autosuficiencia y soberbia. En un mundo “en el que cada uno va a lo suyo, excepto yo, que voy a lo mío”, ¡cómo se agradece encontrarse con personas generosas, que saben renunciar a lo propio y se sienten felices compartiéndolo con los demás, que no van por la vida como si fueran competidores sino compañeros de camino! Por último, dado que la vida es muy compleja, necesitamos prudencia para sopesar el valor y el alcance de nuestras decisiones. No basta que una cosa nos parezca buena para hacerla. Se requiere que midamos sus consecuencias, que nos hagamos cargo del impacto que van a tener en los demás, en la sociedad y en el planeta.

Ayer vivimos en Roma la canonización de 35 nuevos santos. No participé en la ceremonia, pero la seguí saltuariamente por televisión. Impresiona conocer las historias de hombres y hombres, de niños, que entregaron sus vidas a Dios. Estos son los verdaderos comentarios al Evangelio. Lo demás corre el riesgo de ser palabrería. No se me oculta que, cuando muchos leáis este post, el presidente Puigdemont ya habrá aclarado si proclamó o no la independencia de Cataluña el pasado día 10. ¿O se le habrá ocurrido alguna otra argucia para mantener el suspense? En este interminable “teatro del mundo” – por utilizar la expresión de Calderón de la Barca –, ¡cómo se echa de menos a personas valientes, generosas y prudentes! No sé si son “las tres virtudes fundamentales”, pero estoy convencido de que son muy necesarias en los tiempos que corren. Nos aguardan momentos muy emocionantes. Feliz semana.

domingo, 15 de octubre de 2017

Invitados a "otra" fiesta

En la sociedad del entretenimiento, todo tiene que ser divertido: un partido de fútbol, una manifestación… y hasta la declaración de independencia de un nuevo país. Parece que si no te diviertes no estás en la onda. El “Pienso, luego existo”, habría que sustituirlo por el “Me divierto, luego existo”. Es verdad que divertirse significa, en primer lugar, “entretenerse, recrearse”. Pero, si tenemos en cuenta su etimología (el verbo latino “divertere”), divertirse significa también “apartarse, desviarse, alejarse”. Me parece que esto es lo que está sucediendo en nuestros días. Nos estamos “divirtiendo” tanto, que nos hemos alejado del objetivo principal de nuestra vida, hemos perdido el rumbo. De repente, escuchamos la voz de Dios que nos invita a la fiesta de su Reino. Jesús lo cuenta con fantasía oriental en la parábola (cf. Mt 22,1-14) que se lee en este XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario. Nosotros, que somos los convidados, “no queremos ir”, “no hacemos caso”. Preferimos divertirnos marchándonos a nuestras tierras y a nuestros negocios, eliminando (física o verbalmente) a los enviados de Dios. Renunciamos a la gran fiesta del Reino para ocuparnos de nuestros minúsculos asuntos. Nos molesta que Dios nos rompa los planes. Preferimos ir a lo nuestro. ¿No es ésta una descripción acertada de lo que estamos viviendo en nuestro mundo europeo y americano?

Varias veces he comentado en este Rincón que da gusto celebrar la eucaristía dominical en África o en algunos lugares de Latinoamérica. La gente disfruta con la fiesta del Señor. Disfruta encontrándose con otros hermanos y hermanas. Disfruta cantando y bailando. Disfruta escuchando la Palabra de Dios. Disfruta participando en las ofrendas. Disfruta comulgando el cuerpo y la sangre de Jesús. Disfruta, en fin, celebrando la fe. La Eucaristía es una fiesta de la comunidad porque creer es celebrar que nuestra vida le pertenece a Dios, que estamos en sus manos, que él es – como canta el salmo responsorial de hoy – “nuestro pastor”. Por eso, aunque caminemos por valles tenebrosos, no tememos, porque Él va siempre con nosotros. Los africanos se toman al pie de la letra lo que proclama hoy el profeta Isaías: “Aquel día, el Señor de los ejércitos preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos”. Quien disfruta con la fiesta que el Señor nos prepara no necesita divertirse (es decir, apartarse, desviarse, alejarse) con otras cosas: sus asuntos personales o las muchas diversiones que la sociedad del entretenimiento nos ofrece. La Eucaristía no es una diversión sino una recreación que nos pone a punto para afrontar el combate de la vida.

Estoy viviendo unos días con muchos frentes abiertos, sin apenas tiempo para ocuparme de este Rincón, que tengo un poco abandonado. Las 24 horas del día y de la noche no dan más de sí. Se me ocurren muchos pensamientos al hilo de lo que estamos viviendo, pero no encuentro la oportunidad de ponerlos por escrito. Soy consciente de que se trata de momentos históricos, en el más genuino sentido de la palabra. A los lectores americanos les extrañará que en repetidas ocasiones haga referencia a la situación de Cataluña, pero, si lo hago, no es solo por lo que significa dentro del contexto de España, sino por ser síntoma de un movimiento más profundo que está sucediendo en Europa y que tiene que ver, entre otras cosas, con el fenómeno de la globalización. Dentro de cuatro días viajaré a Barcelona para participar en los actos de la beatificación de 109 mártires claretianos en la basílica de la Sagrada Familia. Procuraré compartir con los lectores del Rincón lo más sobresaliente de esta experiencia, pero confieso que viajo con preocupación. No se respira un ambiente de fiesta sino de gran tensión social, que puede incrementarse en los próximos días, dependiendo de las decisiones políticas que se tomen. No está en nuestra mano gestionar una crisis de grandes dimensiones, pero sí orar para que los más involucrados actúen con sensatez, buscando siempre el bien común.

Puede parecer una salida por la tangente, pero estoy convencido de que cuando aprendemos a disfrutar de la fe, cuando aceptamos la invitación de Dios a participar en su banquete, esta experiencia genera en nosotros tal vivencia de sentido, unifica de tal manera todas las dimensiones de nuestra vida, que no necesitamos divertirnos con otras realidades. Solo la adoración del verdadero Dios nos cura de las múltiples idolatrías que nos circundan. Hay personas que han desistido de hacerlo porque lo consideran una pérdida de tiempo. Hay otras que perseveran en el empeño aunque no vean resultados. Algunas se convierten en guías. Una de ellas es santa Teresa de Jesús, cuya fiesta celebramos también en un día como hoy. A ella le tocó vivir en un siglo muy convulso. Tuvo muchas ocasiones para divertirse, para extraviar el rumbo, pero su fuerte experiencia de Dios, no exenta de pruebas y tentaciones, la mantuvo centrada en lo único necesario. Al final, pudo morir como hija de la Iglesia. El Nada te turbe parece un himno escrito para nuestros tiempos agitados. Quizás necesitamos volver una y otra vez sobre él: “Quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta”. No hay nada que añadir.


jueves, 12 de octubre de 2017

Ha llegado la hora de sentarse

Hace unos meses publiqué un librito titulado La crisis como oportunidad. A lo largo de casi 80 páginas me esforcé por esbozar un sencillo itinerario “hacia una vida religiosa pequeña y parabólica”. El librito era fruto de mi propia experiencia. Recupero el título -por otra parte, bastante tópico- para hablar sobre las oportunidades que la “crisis catalana” nos presenta. Percibo algunos síntomas de que estamos entrando en una nueva etapa en la que, tras la “tormenta perfecta”, se puede intuir un cielo algo más despejado. ¡Hasta puede salir el arcoíris! Espero no sucumbir a la poesía ingenua. Creo que la larga y desgastante crisis puede ser interpretada como la oportunidad que se nos ofrece para replantear juntos y en serio, sin cartas escondidas en la manga, sin deslealtades mutuas, el proyecto que España necesita en el siglo XXI dentro de la Unión Europea. Algunos dirán que España ya está pensada y proyectada, que basta ser fieles a la Constitución de 1978. Otros pensarán que ya no hay nada que hacer, que todos los puentes se han roto, que lo mejor es que cada uno vaya por su lado. Yo soy de los que creen que toda crisis, si se discierne bien y se aprovecha con sabiduría, es una oportunidad para crecer como personas y como sociedad. Esta no es una excepción, por traumática que parezca en estos momentos. Xabier Pikaza habla de sentarse y ponerse a pensar”. Eso es lo que recomienda Jesús en sus conocidas parábolas sobre el propietario que, antes de construir una torre, “se sienta” a calcular los gastos; o sobre el rey que, antes de emprender la guerra, “se sienta” para saber si puede vencerla con las tropas de que dispone (cf. Lc 14,28-33). Este “sentarse” significa mucho más que una postura física: implica la actitud de discernir y proyectar juntos. Después de tantas manifestaciones de diverso signo en la calle, me parece que ha llegado la hora de sentarse y hablar.

Pero para que estas “sentadas” sean eficaces, para que la crisis se convierta en oportunidad, hay que superar la mentalidad controladora y sustituirla por la estratégica. En otras palabras, hay que aceptar que la vida no es solo complicada (y, por tanto, susceptible de programación y control) sino, sobre todo, compleja (y, por tanto, imprevisible, sorprendente).  He explicado la diferencia de conceptos cuando escribí que un smarthphone no es una rosa. La complicación es el terreno de los mecanismos (un ordenador, un avión, un teléfono). La complejidad es el terreno de los organismos; es decir, de la vida. En la complejidad, y solo en la complejidad, acontecen eventos; o sea, hechos inesperados que no son, sin más, el fruto de la programación, sino el resultado de la combinación aleatoria de muchos agentes y factores. La naturaleza no juega con un solo elemento, ni siquiera solo con elementos que se relacionan de manera armónica. La naturaleza es una red de relaciones en las que el caos y la armonía se entrelazan, pero solo en ese juego permanente se produce el milagro de la vida, aparece lo nuevo. También la Palabra de Dios es compleja; es decir, incontrolable. Por eso mismo, es portadora de eventos, de hechos que acontecen imprevisiblemente y que contienen en sí una enorme carga de esperanza. Jesucristo es el gran evento del Padre. El Espíritu es el gran evento del Resucitado. La Iglesia es el evento del Espíritu.

Creo que nuestra educación (incluida la educación política) nos prepara, sobre todo, para afrontar las realidades complicadas, de modo que podamos dominarlas, pero no nos adiestra mucho para la complejidad, para el evento. Por eso es tan frecuente que en el terreno de la política queramos comportamos como meros controladores y nos sintamos perdidos cuando suceden cosas que no estaban previstas. Ponemos el acento en los sentimientos (independentistas) o en las normas (constitucionalistas), olvidando que la vida es mucho más compleja e irreductible. El hombre complicado suele ser el hombre de una sola idea fija: independencia, orden constitucional, etc.  A partir de ella, pretende controlar la realidad compleja sometiendo todo a su punto de vista, introduciendo una violencia conceptual y verbal que mata la vida. El resultado suele ser una gran tensión a corto plazo (lo estamos viendo en las últimas semanas) y un fracaso rotundo a largo plazo (lo veremos dentro de unos meses si no se cambia el chip). El hombre complejo, por el contrario, es un estratega que ha aprendido a sacar partido de todo lo que sucede: lo programado y lo imprevisible, lo que refuerza los propios puntos de vista y lo que los cuestiona. Por eso, porque está abierto a la novedad, se mueve con más flexibilidad en el campo movedizo de la vida y puede progresar. Jesús fue un experto en interpretar los “signos de los tiempos” (cf. Lc 12,54-59) y en ofrecer respuestas nuevas que, partiendo de la tradición, no quedaran atrapadas en ella.

¿Qué significaría, en la práctica, afrontar una crisis como la que estamos viviendo ahora desde la complejidad y no desde la mera complicación? ¿Cómo se puede aplicar un planteamiento estratégico y no meramente controlador a la mal llamada “crisis catalana”? Creo que hay cuatro principios que pueden ayudarnos a transformar la crisis en oportunidad:

1. Aceptar serenamente la realidad tal como es, tanto los aspectos armónicos como los caóticos. No se puede transformar lo que no se acepta. Es evidente que hay millones de catalanes que, por convicción o adoctrinamiento sistemático, quieren la independencia de España. Hay otros millones que, por sentimiento español o por miedo al cambio, no la quieren. Este es el hecho objetivo. De nada sirve negarlo, manipularlo o reaccionar con agresividad. El estratega abre los ojos y se deja impresionar por la realidad, evitando sucumbir a los prejuicios o los resentimientos.

2. Preguntarse principalmente por el significado de lo que sucede, y no tanto por su legalidad o su conveniencia, aunque la segunda pregunta tenga también sentido. Durante las últimas semanas se han multiplicado los juicios apodícticos que partían de premisas legales (la Constitución no permite un referéndum de autodeterminación) o de premisas sociológicas (la gente lo pide en la calle). Ha habido un enfrentamiento entre la legitimidad legal y la legitimidad popular, lo cual no lleva a ninguna parte. ¿Por qué no preguntarse qué significa que la gente reclame algo, qué significa garantizar la democracia con el cumplimiento de la ley? Detrás de cada postura hay uno o varios valores que no se pueden perder. ¿Por qué no explorar con calma los valores que están en juego antes de oponerlos irresponsablemente? Todos acabaríamos ganando.

3. Procurar descubrir las causas que han producido la situación actual, y no detenerse en la condena de los síntomas. Si hemos llegado a una situación como ésta no es por azar o por un fatum irremediable, sino por una concatenación de causas que, bien analizadas, pueden ayudarnos a encontrar la solución. De no hacerlo, cualquier respuesta apresurada será “pan para hoy, hambre para mañana”.  Analizar las causas no significa repartir etiquetas de culpables e inocentes, sino caer en la cuenta de lo que ha pasado, reconstruir el itinerario que nos ha traído al momento actual, percibir con la máxima lucidez posible todos los matices de la situación, sin dejarse dominar por esquemas simplistas que solo consiguen redoblar el propio punto de vista.

4. Cambiar, siguiendo los procedimientos democráticos normales, todo lo que se pueda cambiar para mejorar la convivencia (incluyendo, naturalmente, la propia Constitución) e integrar en una visión más amplia aquello que no se pueda cambiar, sabiendo que, desde un punto de vista estratégico, el todo es superior a la parte.

Creo que cualquier pequeño ejercicio estratégico que siente en torno a una mesa a personas con diversos planteamientos ayudará mucho a encontrar nuevos caminos que son mucho más ricos y más duraderos que los que ahora defiende a capa y espada cada bloque enfrentado. En esto consiste precisamente la oportunidad: en descubrir que la vida pone a nuestro alcance vías mejores de las que nosotros defendemos si somos capaces de explorarlas juntos y de ser consecuentes con los hallazgos que se produzcan. Quizá tengamos que acostumbrarnos a los corazones remendados.




martes, 10 de octubre de 2017

¡Ay, el relato!

No sé lo que pasará esta tarde en el parlamento de Cataluña. Es probable que, como piden las asociaciones independentistas, se proclame la anunciada DUI, pero también puede producirse una de esas piruetas jurídico-populistas o de esos ardides a los que nos tienen acostumbrados los políticos del gobierno catalán. En cualquier caso, hoy es un día decisivo. Mientras tanto, el relato continúa. ¡Cómo se ha puesto de moda esta palabra en los últimos meses! Hace años, cuando uno perdía los papeles, se decía que había perdido el oremus. Ahora, en una sociedad secularizada, lo que se pierde es el relato. Es curiosa la correlación que a menudo se da entre sociedades muy secularizadas e independentistas, como si el sueño de la independencia fuera la nueva religión que sustituyera a la antigua. ¡Por lo menos la independencia brinda la posibilidad de creer en algo tangible (un estado) cuando se han desmoronado otras creencias obsoletas! Ambas, la antigua religión y la nueva,  tienen sus dogmas, líderes, procesiones, liturgias... y relatos.

El relato construido por los independentistas en los últimos años ha estado muy bien codificado y contado. Se ponderan las virtudes propias, se desdibuja la historia, se identifica un enemigo opresor (España), se tabulan las humillaciones y agravios históricos sufridos durante el destierro multisecular, se calienta el sueño de una tierra prometida que mana leche y miel (es decir, prosperidad económica, excelencia científica, justicia social, acogida de inmigrantes, etc.) y se vota (o se designa) a algunos Moisés (léase, Artur Mas, Carles Puigdemont, Oriol Junqueras...) que puedan conducir al pueblo de la esclavitud a la libertad, en una especie de paseo low cost en el que la gente se abraza, comparte bocadillos, enarbola banderas y globos y demuestra lo simpática y civilizada que es frente al  carácter hosco y rancio del opresor. Solo falta añadir los elementos simbólicos que todo pueblo necesita para autoafirmarse: himno, bandera, fiestas, manifestaciones, etc. ¿Quién no quiere formar parte de un momento histórico?

Hay que reconocer que esta nueva religión ha logrado calar en buena parte de los catalanes con la ayuda inestimable del sistema educativo, de algunos medios de comunicación públicos y privados, de una tupida red de asociaciones y organizaciones, de una publicidad creativa y, last but not least, de la indolente política del gobierno central, que a menudo no ha sabido reconocer un hecho evidente, ofrecerle cauces democráticos e involucrarlo en el proyecto de una España moderna. Los fieles se cuentan por millones. Y, como sucede con los conversos, demuestran una gran pasión y una buena capacidad organizativa y propagandística. Es claro que los no independentistas (también llamados unionistas o constitucionalistas) no han sabido construir otro relato más real e igualmente atractivo, quizás porque no lo han considerado necesario u oportuno, o porque no resulta fácil seducir (¿convencer?) con un relato alternativo de la España moderna, democrática y plural, integrada en Europa, a quienes ya hace tiempo que se han desconectado sentimentalmente. Lo decía con claridad Josep Borrell, expresidente del Parlamento europeo, en una entrevista publicada por El País: “El independentismo ha ganado la batalla de la comunicación a base de difundir hechos que no eran ciertos y que han servido para crear un sentimiento de agravio”. Esto es, pues, lo que entendemos por relato: una narración simbólica que sirve para justificar un proyecto, aunque esto implique manipular la realidad. El fin justifica los medios. En tiempos modernos, se hablaba de ideología. En tiempos posmodernos, en los que la razón ha reculado, hablamos de relato. Suena más cool y exige menos esfuerzo intelectual.

Relato, en definitiva, es lo que tú cuentas a los medios de comunicación para presentar un acontecimiento, un sueño, una idea. El hecho es casi lo de menos. Lo que importa es cómo lo cuentas. Hace años, la revista satírica Hermano Lobo acuñó una frase que ilustra bien esta estrategia de imagen: “Hazte una foto y, si sales, es que existes”. Lo que importa es aparecer en los medios desde el ángulo que mejor sirva a mis intereses. Una dulce viejecita con sangre en el rostro va a copar más portadas de periódicos que cualquier explicación racional de lo que ha pasado en un referendum ilegal. Así funcionamos… por desgracia. No hay duda de que si yo uso términos como libertad, democracia, participación, etc. tengo más posibilidades de ganarme a la gente que si utilizo vocablos como ley, orden, constitución, etc. Son las llamadas palabras talismán, aquellas que prestigian cuanto tocan, independientemente de su significado. No es lo mismo decir “aborto” que “interrupción voluntaria del embarazo”. Esto lo estudió muy bien el profesor  Alfonso López Quintás en su libro Estrategia del lenguaje y manipulación del hombre. Vivimos en sociedades donde la manipulación es el pan nuestro de cada día. Lo que antes se llamaba mentira, ahora se denomina eufemísticamente posverdad

Si yo no conociera nada de la historia de Cataluña y España y viera el vídeo de 49 segundos con el que la famosa ANC (Assemblea Nacional Catalana) presenta el futuro de la nueva república, creería que, con la independencia saldríamos -¡por fin!- de un estado de desprecios, miedos, injusticias, incertidumbres, amenazas y nos introduciríamos en la tierra prometida de la libertad,  el futuro, el país nuevo… y la república. El esquema (adiós-hola) es tan ingenuo que no sabe uno si reír o llorar. Cuesta creer que, en pleno siglo XXI, curados de tantos viejos relatos interesados, pueda haber personas que todavía crean (utilizo deliberadamente este verbo religioso) en estas cosas, pero los hechos son tozudos. Franco construyó el relato de la España imperial y, con él, fue capaz de justificar una dictadura de casi 40 años sobre una nación que se presentaba como “una, grande y libre”. El independentismo catalán ha construido un relato con otros mimbres y -digámoslo con claridad- ha conseguido seducir a muchos, por más que los hechos no se correspondan siempre con la realidad. Entre el story-telling (contar historias) y el fact-checking (comprobar hechos), ha dominado el primero. Detrás, hay buenos expertos en publicidad, mercadotecnia e ingeniería social. Se podría decir que han aplicado a rajatabla el principio del mal periodista: “No permitas que la realidad te estropee una bonita historia”. Las grandes empresas están huyendo del país, pero el relato sigue inconmovible: con la independencia seremos más ricos, más guapos y más inteligentes. En definitiva, seremos más que los otros. This is the question!

También la Biblia está llena de relatos. Muchos de ellos están construidos sobre una mínima base histórica. Su verdadero propósito no es tanto narrar la historia cuanto ofrecer claves de vida, exhortar, instruir, animar, denunciar, etc. Toda la historia de Jesús es, en el fondo, un gran relato, especialmente lo que se refiere a su pasión, muerte y resurrección. Pero, mientras el relato de Jesús está fuertemente anclado en la historia, es redentor e inclusivo, muchos de los relatos que nosotros nos montamos apuntan en dirección contraria: parten de suposiciones, pretenden acotar un espacio, manipular una historia, esconder desaguisados, interponer barreras… Aunque los relatos son importantes para mantener el sueño de las personas y los pueblos, el gran paso de la modernidad fue introducir criterios racionales que, hasta donde fuera posible, estuvieran libres de las tentaciones románticas y de los populismos desbocados. Cuando parecía que caminábamos en la dirección correcta, siempre perfectible, he aquí que los relatos -como las antiguas sagas o epopeyas- cobran una actualidad inusitada. Los poderosos medios de comunicación actuales (sobre todo, las redes sociales) permiten una ensoñación poderosa y sugestiva que atrapa a muchos. Las personas y grupos que “pierdan el relato” y fíen todo a los fríos cánones legales o a las ajustadas cifras económicas están condenados al ostracismo. Por favor, ¡denme cuanto antes un relato! No puedo vivir ni un día más sin mi relato, pero, por favor, que sea un relato de aceptación mutua, de integración y de fraternidad. Los otros no me interesan. 

domingo, 8 de octubre de 2017

Dios no se cansa

En Roma, este XXVII Domingo del Tiempo Ordinario ya va de capa caída. Hace poco que he llegado a casa después de un fin de semana largo en el santuario de la Madonna di Pietraquaria. Tampoco hoy he dispuesto de un tiempo tranquilo para escribir mi entrada cotidiana a la hora habitual. Con todo, no renuncio a hacerme eco del mensaje que nos propone la liturgia de hoy. Tanto la primera lectura del profeta Isaías como el Evangelio de Mateo hablan de viñas. A los israelitas -también a Jesús- les gusta mucho recurrir a esta bella metáfora. Con el estilo exagerado de los orientales, Jesús se inventa una parábola que, a primera vista, resulta condenatoria de todos los que no han querido aceptar a los siervos y al hijo del dueño de la viña. No es difícil adivinar que, teniendo en cuenta los destinatarios primigenios del Evangelio de Mateo, se refiere a las autoridades religiosas y civiles del pueblo de Israel que no han aceptado ni a los profetas del pasado ni a Jesús, el Hijo. Cuando los oyentes de Jesús (y los lectores de Mateo) consideran que lo lógico es que el dueño acabe con esos malvados, el Evangelio deja una puerta abierta a la esperanza: “Por eso os digo que a vosotros os quitarán el reino de Dios y se lo darán a un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21,43).

La viña del mundo no va quedar infecunda porque algunos de los que han recibido el encargo de cuidarla no lo hagan. Dios sabrá suscitar otras personas que asuman su responsabilidad. Cuando hoy abrimos los ojos y contemplamos las muchas cosas que van mal dentro de cada uno de nosotros y a nuestro alrededor, la tentación es la de sumirnos en la tristeza y la desesperanza: “Esto no tiene remedio. Que paren el mundo, que me quiero bajar”. La política nos está deparando en los últimos días muchas ocasiones para reaccionar con pesimismo. Pero el mundo es algo demasiado hermoso, demasiado divino, como para pensar que cuatro desaprensivos pueden acabar con él. Repasando la historia, caemos en la cuenta de que ha habido otras muchas ocasiones en las que daba la impresión de que se colgaría el cartel “The end” para certificar que habíamos llegado al final. Pero siempre surgen nuevos viñadores (enviados por el Dueño) que son capaces de asumir la responsabilidad de cuidar la viña saqueada o abandonada. Jesús no habla de que el dueño de la viña, tras las experiencias negativas, decida acabar con ella o intervenir milagrosamente. No, lo que hace es entregarla a otras personas que sean capaces de producir frutos.

Es verdad que la lista de las personas que están -o estamos- haciendo este mundo más inhumano es muy larga. No conviene mirar a los demás. Cada uno de nosotros contaminamos la atmósfera colectiva con nuestras miserias y omisiones. Pero es igualmente verdad -más verdad incluso- que hay millones de personas que están purificando esta atmósfera contaminada con el oxígeno de su autenticidad y entrega. El mal hace ruido, pero tiene las horas contadas. El bien suele ser silencioso y discreto, pero es quien siempre triunfa. Pierde algunas metas volantes, pero llega siempre a la meta final. Solo cuando estamos convencidos de esto (no por vano optimismo, sino por la fuerza de la palabra de Dios), podemos afrontar los problemas de cada día con serenidad. Las personas fieles y felices no son ingenuas. Perciben el mal con más crudeza que las inconscientes, pero saben que el “dueño de la viña” no la va a abandonar, por más estragos que hayan producido los malos viñadores. Dios no se cansa de cuidar la obra de sus manos.

sábado, 7 de octubre de 2017

Siempre con Ella

La entrada de este sábado, memoria de Nuestra Señora del Rosario, llega con retraso porque hoy ha sido un día de camino. Esta mañana no tuve tiempo para entrar en este Rincón. Desde el santuario de la Madonna di Pietraquaria, donde nos alojamos, hemos descendido de buena mañana hasta el pintoresco pueblo de Tagliacozzo. Es increíble la belleza que se puede esconder en tantos pueblos de este bel paese que es Italia. Ascender por sus empinadas calles empedradas ha sido un buen ejercicio para desentumecer los músculos y admirar la belleza del paisaje. Contemplar la primera nieve caída durante la fría noche sobre las cresta de las montañas cercanas ha sido también un espectáculo soberbio. No es normal que nieve a comienzos del otoño, cuando los árboles exhiben todavía su follaje verde, amarillo y rojizo, pero este año ha sucedido. 

Desde Tagliacozzo nos hemos dirigido a la ciudad de L’Aquila, semidestruida por el terremoto del 6 de abril de 2009. La había visitado un par de veces antes de esa fecha, pero nunca después del sismo. Tenía interés en comprobar cómo van las tareas de reconstrucción –¡han pasado ya ocho largos años! – y, sobre todo, cuál es la actitud de la gente. Hemos paseado por el centro, nos hemos acercado a la “zona rossa”, prohibida al público por el peligro de derrumbes. Me cuesta explicar lo que he sentido paseando por las calles de una ciudad fantasma, silenciosa, cubierta de grúas y de andamios. Es como si la historia fuera más fuerte que la geografía, el tesón del hombre más transformador que las fuerzas de la naturaleza. Parafraseando a san Pablo, se podría decir que “donde abundó el desastre, ha sobreabundado la solidaridad”, aunque queda mucho por hacer y todavía se respira como una tristeza contenida. 

Lo que más me ha impresionado ha sido entrar en la capillita de la Memoria que se alza en la Piazza del Duomo. Allí, en dos placas de mármol, están escritos los nombres de las 309 víctimas de aquel terremoto. Hay desde bebés a ancianos, un muestrario de la condición humana, todos unidos por el lazo de la muerte traidora, pero también por la esperanza. Después nos hemos internado por el Parque Regional Sirente Velino. La naturaleza en otoño tiene un encanto particular. Es como si, antes de morir por los rigores del invierno, exhalara su más íntima belleza. Es verdad que en primavera muestra también una cara esplendorosa, rebosante de vida, pero la del otoño es más delicada, más madura. Los pueblos encaramados en la roca, las anchas praderas con rebaños de ovejas, las personas buscando setas, los jubilados paseando a su perro… son estampas que le curan a uno de la urbanitis excesiva.

A lo largo de todo el día he vivido un recuerdo especial de la Virgen del Rosario. Y he evocado –una vez más– la secuencia de la vida, con sus misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Se podría decir que estos misterios se corresponden con las cuatro estaciones del año y hasta con las edades de la existencia humana. Por eso, María es madre de la vida, porque nos acompaña desde el gozo del nacimiento hasta la gloria de la muerte, pasando por la luz de la juventud y la madurez y el dolor de la ancianidad. El Rosario es mucho más que una devoción de viejas. Es un paseo por la existencia, vivida intensamente por Jesús, acompañados por la Madre. Cuando atravesamos momentos de gozo o de luz, es bueno recordar que en algún momento nos visitará el dolor. Cuando el sufrimiento parezca atenazarnos, nunca debemos olvidar que hemos sido hechos para la gloria definitiva. El recuerdo de todos los misterios nos ayuda a mantenernos siempre con una actitud de sano realismo y, a la vez, de esperanza. Por eso, es consolador hacer el viaje de la vida “siempre con Ella”, con la Madre que nunca nos deja solos. He pensado estas cosas mientras me visitaban, una y otra vez, los recuerdos de L’Aquila, la ciudad que, tras días de gozo y luz, experimentó también el dolor y la cruz. Falta mucho para recuperar su gloria pasada. Es todo un símbolo.


viernes, 6 de octubre de 2017

Desde la cima

Por la ventana de mi cuarto se ve el valle de Avezzano, a pocos kilómetros del Gran Sasso. Me encuentro en el santuario de la Madonna de Pietraquaria, a unos 120 kilómetros al este de Roma, en la zona montañosa de los Abruzos. El silencio es completo. No se oye ni una mosca, entre otras razones porque no las hay. Pasaré aquí todo el fin de semana. Han sucedido tantos acontecimientos en el valle en los últimos días, que necesitaba subir a cima para verlos con perspectiva. Pocas cosas hay más curativas que el silencio. Nos permite distinguir el eco de las voces, lo esencial de lo superfluo, lo importante de lo urgente. No he venido solo a esta cima. He venido con mis compañeros del gobierno general de los claretianos. Aquí podemos combinar el silencio y el diálogo, la quietud del santuario y un paseo por la montaña, la oración y el estudio. Si no fuera por momentos como estos, correríamos el riesgo de hacer muchas cosas sin saber bien adónde vamos y por qué las hacemos.

En esta ocasión hemos escogido como tema de estudio el Ideario de una de las ramas de la Familia Claretiana. Se trata del movimiento Seglares Claretianos. Estamos hablando de unas mil personas provenientes de diversas regiones del mundo. El origen de este movimiento se remonta a los grupos de laicos que San Antonio María Claret formaba al final de las misiones populares con objeto de que se ayudasen entre ellos a vivir mejor la vida cristiana y también se dedicasen a evangelizar en sus ambientes familiares, laborales y sociales. Entronca también, pero a otro nivel, con la Academia de San Miguel, una iniciativa de San Antonio María Claret que reunía a políticos, artistas, intelectuales, etc. con objeto de propagar el Evangelio a través de la cultura. El estudio de este movimiento, que tiene poco más de 30 años en su configuración actual, nos ha permitido reflexionar sobre el sentido de la vocación del laico en la Iglesia. Gracias a Dios, a partir del Vaticano II, hemos hecho un interesante camino de maduración. El laico no es un mero colaborador de la jerarquía eclesiástica sino que, en virtud del Bautismo y Confirmación, ha recibido la vocación de ser testigo del Evangelio en el mundo. El tema podría llevarnos muy lejos, pero basta dejarlo aquí insinuado.

Mientras tanto, me entero de que la Campaña Internacional para la abolición de las Armas Nucleares ha recibido el Premio Nobel de la Paz y de que el asunto de Cataluña sigue en ebullición. Yo estoy convencido de que, tras la tormenta de las últimas semanas, llegará la calma en forma de una nueva y compartida propuesta. Pero, naturalmente, puedo equivocarme. Todo es susceptible de empeorar. Los seres humanos estudiamos algo de historia. Se supone que este estudio nos tendría que ayudar a corregir los errores del pasado, pero muy a menudo los repetimos en dosis mayores, como si todo empezara con nosotros, como si de nada sirviera lo vivido. ¡Menos mal que siempre hay gente sabia y buena (¿es posible ser una cosa sin la otra?) que sabe aportar la dosis de serenidad y clarividencia que necesitamos en cada encrucijada! Desde la cima compruebo que se están multiplicando las iniciativas sociales que buscan tender puentes, cicatrizar heridas, abrir caminos, lograr consensos, etc. Esperemos que se abran paso en un momento en el que la política parece haber rubricado su fracaso. Desde la cima, no se aprecian muy bien las diferencias. No se puede leer bien el lugar de nacimiento de cada uno en su carné de identidad. Da la impresión de que -¡oh sorpresa!- todos somos seres humanos.

jueves, 5 de octubre de 2017

La cultura "sin"

Llevamos ya años en los que se multiplican los productos “sin”. Se trata de alimentos a los que se les ha quitado algún ingrediente que se considera nocivo para la salud. Se habla de pan sin gluten; de leche sin lactosa; de cerveza sin alcohol; de zumos sin azúcar; de aceitunas sin sal; de carnes sin grasa; de conservas sin conservantes; de refrescos sin cafeína, etc. Parece que lo “sin” está de moda. Es como un signo de modernidad. El problema es que se ha extendido tanto la cultura “sin” que ha invadido otros campos. Comemos tomates y melocotones sin sabor. Suenan músicas ruidosas sin inspiración, vemos programas televisivos sin originalidad y sin pudor… y hasta votamos a políticos sin vergüenza. Creo que también en el campo de la Iglesia hay muchos cristianos sin convicción, sin alegría y sin compromiso. Da la impresión de que cuanto más light sea una realidad, mejor es. Puede que sea cierto en el campo alimenticio, pero en otros campos de la vida tanta ligereza nos está volviendo débiles, asustadizos ante las pruebas de la existencia. ¡Ya está bien de descafeinar todo y de hablar a base de eufemismos!

A pesar de que reivindico una cultura “con”, en el contexto en el que estamos viviendo, me parece conveniente cultivar tres SIN que pueden ayudarnos a vivir mejor.

SIN MIEDO. Comprendo que hay muchas realidades que nos producen miedo en la sociedad actual. A las tradicionales (la falta de trabajo, el futuro que aguarda a los hijos, la enfermedad, la muerte de seres queridos…) se unen otras más ligadas al contexto actual. Hay personas muy preocupadas por la situación sociopolítica (sobre todo, en algunas regiones del mundo), por la violencia, por el terrorismo, por la sostenibilidad del planeta, por el futuro de la fe… Jesús repite muchas veces en el Evangelio un aviso que recorre la historia: “No tengáis miedo” (Mt 10, 26.28.31). Podemos ser perseguidos, pero no eliminados porque nuestra vida no se basa en los triunfos humanos sino en el amor de Dios, y éste es indestructible. Jesús no nos invita a ser temerarios o irresponsables, sino a confiar en Dios. Hay una expresión en italiano que resume muy bien esta actitud: Ci penso io. Es decir, no te preocupes, yo me ocupo de eso. Si alguien tiene interés en que no se desbarate la obra de sus manos, ése es Dios. ¿Quién podrá separarnos de su amor?

SIN ODIO. Cuando nos toca vivir situaciones conflictivas, cuando creemos que hemos sido agredidos por los demás en nuestra dignidad, convicciones, sentimientos, etc. se dispara la respuesta automática del resentimiento y, en ocasiones, del odio. Se trata de una reacción automática que, bajo apariencia de justicia, va tejiendo en torno a nosotros una coraza que acaba convirtiéndose en nuestra tumba. La primera víctima del odio es la persona que lo padece. Y luego todos aquellos que se convierten en objetivo de nuestra amargura: los amigos, los familiares, los políticos, los empresarios, la gente de Iglesia, etc. Jesús es muy claro al respecto: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian… Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,27-28. 36). Si hay alguna señal que nos distingue a los cristianos de otros seres humanos es precisamente el perdón, el amor a aquellos que parecen estar en las antípodas de nuestras convicciones y actitudes. Amar a los amigos nos sale de dentro. Amar a los enemigos es una gracia que debemos implorar. Pero esa gracia se convierte en un testimonio de la acción de Dios en nuestras vidas. 

SIN TRISTEZA. Hay demasiada gente triste. Las razones son muchas. Algunas tienen que ver con un deficiente funcionamiento del organismo. Otras apuntan a nuestros fracasos en la vida o a la falta de horizonte. No suele darse una correlación directa entre pobreza y tristeza. A veces, las personas que más tienen son las que van por la vida sin encontrar satisfacción en nada de lo que tienen o hacen. No se las ve felices. Es como si todo lo que tienen se quedara en la superficie y no llegara a tocar el corazón. Jesús, que conocía muy bien al ser humano, nos hizo una promesa: “Yo os aseguro que vosotros lloraréis y gemiréis. Mientras que el mundo se sentirá satisfecho; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Jesús quiere que sus discípulos vivan sin tristeza, que disfruten de la experiencia de sentirse queridos por Dios, aun en medio de las pruebas de la vida, que nunca van a faltar. El fundamento de esa alegría no es que las cosas vayan bien, sino que Dios es nuestro tesoro, la perla preciosa. El papa Francisco, en la exhortación Evangelii gaudium, afirma que “nuestra tristeza infinita sólo se cura con un infinito amor” (265). ¡Pues eso!