Roma

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domingo, 17 de diciembre de 2017

En todo, "gaudete"

Parece que no es de buen gusto hablar de la alegría cuando estamos circundados de desgracias. Pero, imperturbable al desánimo, cada año el Tercer Domingo de Adviento nos lanza el mismo mensaje: “Alegraos en el Señor” (Gaudete in Domino). De ahí el nombre de este domingo. Por si no fuera suficientemente claro, el apóstol Pablo añade: “Os lo repito, alegraos en el Señor”. Suena a imperativo categórico cuando, en realidad, se trata de un indicativo cristiano: “Tenéis muchos motivos para alegraros en el Señor”. Las palabras del apóstol son una invitación a tomar conciencia de las muchas cosas que funcionan bien en nuestra vida, de los infinitos dones que hemos recibido, de la gracia que nos envuelve. Hace muchos años, un amigo mío inglés me envío una felicitación de cumpleaños con este escueto mensaje que recuerdo de memoria: “See grace beneath the surface of life”. Mi amigo me invitaba a prestar atención a la gracia que está siempre actuando “bajo la superficie de la vida”. Quienes tienen esta capacidad de ver en profundidad siempre están alegres. Quienes nos movemos en ámbitos más superficiales batallamos cada día para no dejarnos dominar por la tristeza. Motivos no faltan.

Las personas alegres miran al pasado (para agradecer todo lo recibido), contemplan el presente (para no pasar por alto “el pan nuestro de cada día”), pero, sobre todo, lanzan la mirada al futuro. Visualizan, imaginan lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman. La promesa de un futuro de plenitud arroja tanta luz sobre la niebla del presente que permite disipar las tristezas que a menudo empañan una vida serena y feliz. Jesús es esa luz que disipa la niebla. Y Juan, el precursor, es “el testigo de la luz”, como lo presenta el evangelio de este domingo. Imagino que entre los amigos del Rincón hay muchos conductores. ¿Cómo os sentís cuando tenéis que guiar vuestro vehículo por una carretera cubierta de niebla espesa? Uno va con cien ojos. Es difícil calcular las distancias. El cuerpo se tensa. En cualquier momento puede presentarse un peligro. No es fácil reaccionar. Cuando, por fin, la niebla se disipa y aparece el sol es como si volviéramos a nacer. Respiramos. La conducción se torna placentera. Comenzamos a cantar.

Hoy vivimos un tiempo un poco neblinoso. No vemos con claridad muchas cosas. Llevamos décadas diciendo que estamos viviendo el ocaso de las ideologías. A veces perdemos de vista el horizonte. No sabemos si nos dirigimos a algún sitio o simplemente vamos conduciendo hasta que el vehículo se quede sin combustible. Nos da la impresión de que estamos rodeados de peligros. Nos ponemos tensos. Hasta nos parece que tal vez no ha merecido la pena ponernos en camino. ¡Qué hermoso es contemplar entonces a Jesús como luz! Esta es la experiencia maravillosa que nos propone el tiempo de Adviento y, con mucha más fuerza, el tiempo próximo de Navidad. Quien se encuentra con Jesús experimenta una alegría que nada ni nadie le puede arrebatar. Es una alegría que no depende de las vicisitudes del camino. Aunque vuelva otra vez la niebla, llevamos incorporado un GPS que nos va mostrando el camino. La conducción se torna más segura. Sí, tenemos muchos motivos para vivir la alegría. No es una obligación sino un fruto de la experiencia de un encuentro. La alegría del Señor es nuestra fuerza. ¡Ojalá podamos experimentarla en este domingo!

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