Semana Santa

Semana Santa

miércoles, 31 de agosto de 2016

Hablar con los santos

La historia es rigurosamente cierta. Sucedió hace año y medio. Una señora colombiana acudió con su hija a visitar el templo-sepulcro de san Antonio María Claret en Vic, desde donde escribo estas líneas. Entró en la cripta que contiene los restos del santo. Durante varios minutos habló con él. Cuando el claretiano que la acompañaba le preguntó si ya había terminado, la señora dijo que todavía no. Ni corta ni perezosa extrajo su teléfono móvil del bolso, llamó a su hijo residente en Colombia y le dijo sin más preámbulos: “Te paso con el padre Claret”. La señora mantuvo su teléfono móvil orientado hacia la tumba mientras su hijo se dirigía al padre Claret como si estuviera a dos pasos de él. Ignoro el contenido de esta extraña conversación, pero intuyo que se trataba de un desahogo. Cuando el claretiano consideró que ya era tiempo de salir del recinto, la señora insistió con delicadeza: “Espere un poco, por favor, mi hijo aún no ha terminado”.

Vistas las cosas desde Europa, cuesta creer en esta familiaridad con los santos. Sin embargo, en Latinoamérica es muy común ver a muchas personas acercarse a sus estatuas, tocarlas y transmitirles sus peticiones. Yo, que soy más bien parco en expresiones de religiosidad, quiero hacer hoy una excepción. Sentado frente a la urna de madera que contiene los restos de san Antonio María Claret en Vic, sin necesidad de ningún teléfono móvil, quiero también compartir algunas confidencias.



Estoy aquí de paso. Me gusta venir a este lugar, pero no necesito hacerlo. Me siento en sintonía contigo en cualquier sitio. No es un problema de espacio o de tiempo sino de espíritu común. A veces, releyendo tu autobiografía, se me hace difícil traspasar la corteza de la historia. Tengo la impresión de que perteneces a un mundo que hace mucho que dejó de existir. Se me atragantan un poco tus formas ascéticas, tus oraciones románticas y tu pragmatismo apostólico desprovisto de la altura intelectual o del aliento poético que encuentro en otros santos, incluso contemporáneos tuyos. Pero reconozco que todo esto es la corteza. 

Cuando me adentro en tu experiencia mística, me parece ser un aprendiz de todo, un perfecto diletante. Siento que el fuego del amor está cubierto por muchas cenizas, que no me preocupa con pasión la suerte de mis prójimos, que no estoy dispuesto a entregarme de lleno, que enciendo una vela a Dios y otra al diablo; en definitiva, que no busco con todas mis fuerzas que “Dios sea conocido, amado, servido y alabado por todos”. Por eso he venido aquí. Hoy no te veo como modelo. Me recuerdas demasiado mi imperfección. Prefiero verte como intercesor. 

Ayúdame a tomarme la vida en serio sin la rigidez de quien cree que todo depende de la propia respuesta, con la cordialidad que impregnó tu espiritualidad cordimariana. Ayúdame a transformar las crisis en oportunidades. Ayúdame a mantener el fuego encendido, aunque a veces prefiera sustituirlo por una bombilla de bajo consumo.

martes, 30 de agosto de 2016

Descansar de las vacaciones

Mis vacaciones de este año han sido cortas, intensas y llenas de encuentros con personas amigas, que es siempre lo más satisfactorio. Pero hablando con unos y con otros, percibo que para muchos las vacaciones han dejado de ser un tiempo de descanso para convertirse en una carrera contrarreloj. Hay como una especie de horror vacui, un miedo visceral a no hacer nada. He comprobado muchas veces que el no hacer nada es una fuente extraordinaria de creatividad. La mente y el cuerpo no pueden estar siempre revolucionados, imaginando proyectos, haciendo viajes, visitando lugares, saludando personas. Se necesita desconectar y no sentir remordimiento por no hacer nada. 

Soy ferviente defensor de la ética del dolce far niente, quizá porque la tendencia a la actividad me viene de serie. Por eso me cuesta mucho entender las vacaciones como la sustitución del programa laboral ordinario por otro todavía más frenético y agobiante. Lo ideal es no hacer nada o hacer pocas cosas. Comprendo que, dicho así, suena casi hiriente. Conozco muchas madres de familia para quienes las vacaciones, lejos de significar un período de descanso, implican un aumento del trabajo. Tienen que atender a familiares que llegan, preparar comidas extraordinarias, cuidar de sus hijos o nietos, etc. Quizá por eso muchas personas adelantan algún día el regreso de las vacaciones. Necesitan descansar de un ocio que se ha convertido, en realidad, en un negocio. Es tal el bombardeo de ofertas, la presión para ver cosas nuevas, la necesidad de tomar innumerables fotografías digitales… que el deseado descanso acaba siendo agotador. Y eso que no hemos hablado del famoso síndrome postvacacional. ¡Bienvenidos a la vida ordinaria!

lunes, 29 de agosto de 2016

Todavía hay ciudades con alma

Pasé toda la tarde de ayer en Segovia. Podría no haberme sorprendido. Al fin y al cabo, viví en esta hermosa ciudad castellana cinco años y la he visitado infinidad de veces. Pero ayer me dejó fascinado, casi como si hubiera sido la primera vez. La encontré limpia, serena, habitada. Aunque había turistas, no percibí el agobio que se padece en otros lugares. La gente paseaba con calma. Varias calles del centro histórico han sido peatonalizadas, con lo cual se puede caminar sin desazón. Contemplar el monasterio de Santa María del Parral desde la explanada del Alcázar a eso de las ocho de la tarde me produjo una extraña combinación de belleza y melancolía. Es el último reducto de la otrora poderosa Orden de San Jerónimo. Iluminado por el sol vespertino, el monasterio parecía un oasis en medio de las tierras achicharradas al final del verano.

Mi paseo comenzó por la iglesia del Convento de los Carmelitas Descalzos donde se conserva el sepulcro de san Juan de la Cruz. Esta vez me impresionó el silencio. Casi se respiraba. Algunas personas oraban en la capilla del sepulcro. No había turistas, lo que no deja de ser algo extraño. El paso fugaz por el santuario de Nuestra Señora de la Fuencisla me permitió recordar las novenas de hace muchos años. Así podría ir desgranando otros muchos rincones cargados de recuerdos, pero eso no importa mucho a los lectores del blog. Son emociones demasiado personales. De vuelta a la comunidad claretiana a pie, tenía la impresión de que hoy sabemos construir ciudades nuevas con racionalidad, pero sin alma. Segovia no es el resultado de un plan urbanístico más o menos ingenioso o sistemático sino de una historia multisecular. Y la historia no se inventa en el estudio de un arquitecto o de un paisajista. He visitado ciudades espectaculares como Shanghái y Dubái, y no he experimentado ni una cuarta parte de la emoción que me produce esta pequeña joya castellana. 

La técnica se estudia, pero el alma no se fabrica en un estudio o en un laboratorio. Es probable que yo sea un enamorado de la historia y que otorgue demasiada importancia al fruto de las experiencias vividas, pero no puedo ir contra mis sentimientos. Si París bien vale una misa –frase atribuida al rey francés Enrique IV– Segovia vale un paseo sin prisas para saber de dónde venimos y tal vez adónde vamos. El Acueducto es un recordatorio permanente de la cultura romana que tanto ha impregnado a Europa. La catedral y las mútiples iglesias románicas son testimonio elocuente del influjo de la fe cristiana en la configuración de los pueblos hispánicos. El Alcázar simboliza entre otras muchas cosas el largo y tortuoso proceso hasta la constitución de un estado moderno. Demasiados referentes para una agradable tarde de verano.

domingo, 28 de agosto de 2016

Jesús es un aguafiestas

Si hoy no fuera domingo, hubiéramos celebrado la memoria litúrgica de san Agustín (354-430), un santo que siempre me ha atraído. Sus Confesiones siguen siendo un testimonio estremecedor de búsqueda apasionada de la verdad. Es un libro que conviene releer cada cierto tiempo, cuando uno se acostumbra demasiado al estilo de vida que lleva. Este año el 28 de agosto coincide con el XXII domingo del tiempo ordinario, así que el recuerdo de san Agustín pasa a segundo plano. Parece que el tema central de la liturgia de hoy es la humildad. Me llama la atención el versículo del libro del Eclesiástico con el que comienza la primera lectura: “En tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso”. Admiramos a las personas inteligentes, capaces, generosas. Pero queremos de verdad a las que son humildes. Es como si la humildad nos desarmara porque nos cura de la rivalidad entre nosotros al situarnos a todos al nivel de la tierra (humus). Las personas humildes eligen como podio el nivel más bajo: es decir, la tierra sobre la que todos colocamos nuestros pies. A ese nivel todos somos iguales.

Esta es la experiencia que Jesús quiere compartir con los invitados a una comida “en casa de uno de los principales fariseos”. No estoy seguro de que yo me sintiera a gusto con invitados como Jesús. Cuando uno espera que las cosas procedan según el protocolo, Jesús se arranca con uno de sus mensajes que rompen con lo que siempre se ha hecho, que nos desestabilizan y que –digámoslo con claridad– arruinan la fiesta. Él, que es el hombre del vino nuevo en las bodas de Caná, en esta ocasión se comporta como un perfecto aguafiestas. ¿Por qué Jesús parece comportarse como un invitado descortés al contar una parábola incómoda? Lucas hace un apunte curioso: “Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola”. El punto de partida es, pues, una observación: la tendencia humana a sobresalir. Parece una derivación de la lucha por la supervivencia.

Hoy, este “escoger los primeros puestos” tiene muchas variedades. En ambiente eclesiástico se habla de carrerismo, de mundanidad. El papa Francisco ha denunciado con fuerza esta tentación denominándola lepra. En contexto empresarial, académico y deportivo se habla de competitividad, etc. Se suele decir que es la única forma de perseguir la excelencia y de obtener mejores resultados. Acabamos de verlo en los recientes Juegos Olímpicos de Río. Todos los atletas aspiran a obtener una medalla, a quedar por encima de sus colegas. 

¿Es que Jesús se opone a esta sana emulación? ¿Por qué siempre se empeña en dar la vuelta a cosas que parecen naturales? ¿Por qué “todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”? ¿No hay una diferencia psicológica clara entre éxito (la realización plena de mis posibilidades) y triunfo (el colocarme por encima de los demás)? ¿A qué se refiere Jesús cuando habla de enaltecerse: a tener éxito o a triunfar? La parábola termina con una de esas paradojas que tanto gustan a Jesús y que siempre nos descolocan. Quizá nos sorprenden, pero no sabemos cómo llevarlas a la práctica: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos”. Aquí el porqué parece claro: “porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado”. 




Me estoy acordando de la manera como las familias se conducen cuando organizan banquetes con motivo de bodas, comuniones, bautizos, etc. Suelen seguir criterios de proporcionalidad y reciprocidad: “Ellos nos invitaron, tenemos que invitarlos ahora”. Jesús pone de relieve que, por desgracia, en la vida real no hay verdadera reciprocidad.  A los pobres y excluidos no los invita nadie “porque no pueden pagarte”. El único que los invita es Dios porque Él es pura generosidad. No necesita que le correspondamos de ninguna manera. Si nosotros queremos ser como Él tenemos que practicar una asimetría que rompe con los esquemas sociales.

Como cada domingo, Fernando Armellini nos ofrece otras claves para penetrar en el contexto y sentido de las parábolas que Jesús nos propone en el evangelio:


sábado, 27 de agosto de 2016

Si tienes 40 minutos

Hoy es sábado. Imagino que la mayoría de los que visitáis el blog disponéis hoy de más tiempo libre que en los días anteriores. A lo mejor supongo demasiado. No lo sé. En cualquier caso, os sugiero que el post de hoy no lo leáis a través de vuestros teléfonos móviles o celulares sino en la pantalla del ordenador, con el sonido conectado. Quiero compartir con vosotros una charla del sacerdote escritor Pablo d’Ors sobre el arte de la meditación. Espero que no os asuste esta palabra. Os sorprenderá su contenido. Lo único que necesitáis es disponer de 40 minutos sin interrupciones, a poder ser en un lugar tranquilo, silencioso. Es probable que mi propuesta se vea influida por la experiencia que estoy viviendo estos días, pero cada vez me convenzo más de la necesidad que tenemos del silencio para saber quiénes somos, curar nuestra ansiedad, escuchar a los demás y percibir a Dios en el corazón. Muchas de nuestras enfermedades tienen su origen en el permanente estrés en el que vivimos. Ni el cuerpo ni el espíritu logran sosiego. San agustí, cuya memoria celebramos mañana, lo dijo de manera precisa: "Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón siempre estará inquieto hasta que no dscanse en ti". Aprender el “arte de la meditación” es, en el fondo, aprender “el arte de vivir”. Espero que encontréis inspiración y estímulo en el siguiente vídeo, al que he añadido algunos subtítulos para captar mejor su contenido.


viernes, 26 de agosto de 2016

La "gracia grande" de ser misionero

Iglesia del Rosario de La Granja (Segovia)
Ayer se cumplieron 161 años de la fundación de las Religiosas de María Inmaculada Misioneras Claretianas en Santiago de Cuba. Fueron fundadas por san Antonio María Claret y la Madre Antonia París. Constituyen –junto con los Misioneros Claretianos, el instituto secular femenino Filiación Cordimariana y el movimiento Seglares Claretianos– la Familia Claretiana en sentido estricto; es decir, el grupo de cuatro instituciones fundadas por el santo misionero. Y hoy, 26 de agosto, todos recordamos una de las experiencias más significativas de Antonio María Claret en su camino espiritual. Él la denominó la “gracia grande”. Esta es la breve descripción que el mismo santo hace en su Autobiografía:
“El día 26 de agosto de 1861, hallándome en oración en la Iglesia del Rosario en la Granja, a las 7 de la tarde, el Señor me concedió la gracia grande de la conservación de las especies sacramentales y tener siempre, día y noche, el Santísimo Sacramento en el pecho; por lo mismo, yo siempre debo estar muy recogido y devoto interiormente, y además debo orar y hacer frente a todos los males de España, como así me lo ha dicho el Señor”.
Cristo del Perdón de La Granja
No es fácil entender el alcance místico de esta gracia. Hace cinco años los Misioneros Claretianos celebramos un simposio en Segovia para celebrar el 150 aniversario de este acontecimiento y actualizar su significado. Fruto de él, es el libro Danos hoy nuestro pan de cada día. Lo que más nos interesa es caer en la cuenta de lo que supuso para Claret. Él extrajo dos consecuencias muy concretas: estar siempre en presencia de Jesús y luchar contra el mal anunciando el Evangelio. Con otras palabras, estas son las dos finalidades que el evangelio de Marcos asigna a los apóstoles de Jesús: “Y designó a doce para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con el poder de expulsar demonios” (Mc 3,14). La presencia de Jesús eucaristía en su cuerpo fue transformando a Claret en pan eucarístico. No se trata de un privilegio para premiar su fidelidad sino más bien de una misión. Unido íntimamente a Jesús, se siente llamado a orar y luchar contra el mal.

Pienso que esta dimensión misionera está muy desdibujada en la experiencia eucarística de muchas personas. Es importante “estar muy recogido y devoto interiormente”, pero también hacer de esta experiencia de interioridad un impulso evangelizador, saberse pan entregado para que otras personas puedan alimentarse.

jueves, 25 de agosto de 2016

Hay días en los que (casi) todo se tuerce

Ayer me levanté muy temprano con la noticia –todavía confusa– de que se había producido un fuerte terremoto en el centro de Italia. Inmediatamente me vino a la memoria lo vivido el 6 de abril de 2009, cuando se produjo el terremoto de L’Aquila, que dejó 308 muertos, 1.500 heridos y unos 50.000 damnificados. Entonces me encontraba en Roma. Recuerdo muy bien la impresión de desconcierto que me produjo el temblor en medio de la noche. Esta vez me encuentro lejos, pero siento muy de cerca el dolor del pueblo italiano. Primero se hablaba de 6 muertos. Cuando escribo estas notas se cuentan ya unos 257 y decenas de desaparecidos en el pequeño y bello pueblo –prácticamente destruido– de Amatrice y alrededores.

A mediodía recibo la llamada de una persona conocida que me habla de que está pensando suicidarse. Su tono es desolador. ¡Hasta insinúa cómo debe ser la misa de su funeral! La disuado como puedo, tratando de ganar tiempo, pero noto que me voy cargando de tensión. Horas después soy yo el que llamo para asegurarme de que la persona está ahí. Esta vez la conversación es un poco más larga y distendida. Procuro escuchar con mucha atención sin multiplicar los mensajes de calma y ánimo.

Por si fuera poco, se suceden algunas llamadas y correos electrónicos con asuntos no muy graves pero que requieren una intervención rápida. Vivo la impresión de tener demasiados frentes abiertos en un momento en el que necesito un ambiente de sosiego para concentrarme en lo que llevo entre manos. Para más inri -expresión que le gusta mucho a un amigo mexicano-, reculando con un vehículo, golpeo uno de los faros traseros contra un pino del jardín. ¿Qué ha pasado este año en el día de san Bartolomé? ¿Se ha olvidado el santo “sin doblez” de echarnos una mano? Todo esto sucede mientras prosigo con toda la serenidad posible el itinerario de ejercicios espirituales con el grupo de jóvenes claretianos.

Hay días en los que parece que casi todo se tuerce, que nada sucede como uno había previsto, que las malas noticias se amontonan. En esos momentos casi siempre recuerdo la canción Todo acaba bien del musical Godspell. Merece la pena copiar un fragmento de la versión española de 1974. Se trata obviamente de un texto cargado de ironía:
Si un día ves que todo va mal,
que todo va tan requetemal:
tu mujer grita, llora, la casa se te desploma;
chillan los niños, duelen las muelas, llueven las letras hasta aquí.
El jefe te dice “Adiós, mon ami”.
Ni el pobre Job tan mal lo pasó.
Por eso tú jamás olvides que hay un cielo y que todo acaba bien.
¿Ves? Todo acaba bien.

Ese “todo acaba bien” suena a consuelo barato. No sé lo que el viejo barbudo de Karl Marx pensaría al respecto. Una letra como ésta le daría más argumentos todavía para pensar que la religión es el “opio del pueblo”. Dejémosle tranquilo con sus teorías. Pero, tras los ejemplos caricaturescos, se esconde una convicción fuerte: “Para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan al bien” (Rm 8,28). Es decir, que de todo se puede aprender, incluso de aquello que a primera vista juzgamos como solo negativo, demoledor. Todo nos ayuda a madurar si sabemos integrarlo en una visión de fe. 

En varios momentos de la jornada de ayer hice un ejercicio muy simple. Me detuve, respiré hondo varias veces, traté de mirar las cosas con serenidad y puse todo en manos de Dios con estas o parecidas palabras: "Señor, tú eres el Dios de la historia. Ayúdanos a reconocerte en medio de tantas adversidades. Danos fuerza para afrontarlas. No nos abandones". Fue como un minisalmo. Creo que no se trata de una huida por la puerta falsa, sino de una manera de enfocar el objetivo. Vistas las cosas con la luz de la fe, uno recupera la energía que necesita para hacer lo que está en su mano y dejar que Dios sea Dios.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Venid a un sitio apartado

Desde anteayer estoy en Los Negrales, a unos 40 kilómetros de Madrid, en las estribaciones de la sierra de Guadarrama. Ayer comencé unos días de ejercicios espirituales con 19 jóvenes claretianos y sus dos formadores. La proveniencia de los jóvenes refleja el rostro internacional de nuestra congregación claretiana. Hay jóvenes de Vietnam, Paraguay, Camerún, India, Filipinas, Indonesia, Corea del Sur, Rusia, China y España. He dividido el grupo en cinco subgrupos de cuatro (o tres) personas. Cada uno de ellos ha elegido un nombre bíblico: Samaria, Galilea, Ain Karim, Talita kumi, María Magdalena. La jornada comienza con media hora de camino antes de la oración de laudes y del desayuno. Después, hasta la hora del almuerzo, combinamos las meditaciones audiovisuales con continuos trabajos de comunicación en los pequeños grupos. No lo hacemos solo por razones didácticas sino, sobre todo, para redescubrir la importancia de caminar espiritualmente juntos, como comunidad de llamados. Cada vez me parece más sospechosa una espiritualidad centrada en el binomio Dios y yo, olvidando que vivimos entrelazados los unos con los otros, que formamos un cuerpo, que constituimos un pueblo en marcha. Por las tardes dedicamos todo el tiempo al silencio y a la adoración siguiendo algunas orientaciones. El día se cierra, tras la cena, con la recitación del rosario en los pequeños grupos.

¿Por qué un grupo de jóvenes realiza cada año esta experiencia? Porque acoge la invitación de Jesús a “ir a un lugar solitario para descansar un poco” (Mc 6,30). Es una forma de procesar las experiencias del verano y prepararse para el inicio de un nuevo curso académico y pastoral a la luz de la Palabra de Dios. La combinación del ritmo comunitario y personal, del diálogo y del silencio, del camino y de la quietud ayuda mucho a “ajustar las coordenadas” de la propia vida a la voluntad de Dios: quién soy, dónde estoy, adónde voy, qué busco, etc. Pero para un misionero, el silencio y el viaje a la interioridad no son el objetivo último sino el punto de partida. En el texto de Marcos, apenas Jesús se ha retirado con sus discípulos, acuden las muchedumbres en su busca. Y él no se desentiende alegando que “está de retiro” sino que “sintió compasión de ellas porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles” (Mc 6,34). Todo retiro tiene siempre una finalidad compasiva y misionera.

Mientras escribo estas líneas pienso que me gustaría mucho hacer una experiencia parecida con otro tipo de personas: por ejemplo, con algunos de mis amigos o con los jóvenes que he encontrado en las últimas semanas. Estoy seguro de que para la mayoría sería una experiencia refrescante y renovadora. 

Pero, por desgracia, no es fácil disponer de cuatro o cinco días para dejar las ocupaciones familiares y laborales, retirarse a una casa de espiritualidad y zambullirse en un itinerario de búsqueda, diálogo y contemplación. 

Tendremos que ser imaginativos para encontrar fórmulas que sean compatibles con los horarios, posibilidades económicas y, sobre todo, con las necesidades de muchas personas que anhelan “algo diferente” que les ayude a afrontar la vida con sentido, paz y alegría. Lo que estoy viviendo estos días es, en el fondo, un laboratorio que ayuda a explorar caminos nuevos.

martes, 23 de agosto de 2016

¡Qué buenos vasallos si tuviesen buen señor!

Tomo prestado el título del verso 20 del Cantar de Mio Cid, pero me permito cambiar el singular (vasallo) por el plural (vasallos) y actualizar la forma verbal. Sobre este verso –quizá el más conocido del poema– se multiplican las interpretaciones. Yo no entro en el juego de los filólogos y expertos en literatura española. Me limito a aplicarlo a una situación que he refrescado en las semanas pasadas en las que he tenido oportunidad de encontrarme con bastantes jóvenes. En contra de lo que a menudo se dice, mi opinión sobre ellos ha sido favorable. Los he encontrado educados, dialogantes, bien preparados, dispuestos a escuchar, solidarios, creativos… Es verdad que, a renglón seguido, podría añadir otros rasgos más problemáticos. Algunos parecen indecisos, hedonistas, reacios a compromisos de por vida, superficiales… Pero, en general, constituyen una generación sana, provienen de familias que se han esmerado en proporcionarles lo necesario –y más– para su crecimiento personal.

Si traigo a colación la frase de Mio Cid es porque he tenido también la impresión de que se trata de buenos vasallos –por emplear la expresión del poema– que andan un poco perdidos porque no tienen un buen señor a quien servir; es decir, carecen de ideales fuertes que justifiquen su entrega y compromiso. La idea de progreso social está en crisis. Es difícil encontrar jóvenes atraídos por la política o por la transformación de la sociedad. Su escepticismo proviene de los repetidos fracasos en este campo. ¿Para qué sirve esforzarse si todo va a continuar más o menos igual, regido por mecanismos anónimos sobre los cuales no es posible ejercer ninguna influencia? A veces, el único ideal parece ser encontrar un trabajo estable y bien remunerado, lo que tampoco resulta fácil en la actual coyuntura económica. A muchos, el ideal de una vida matrimonial y familiar se les antoja también irrealizable. Han sido testigos de muchos fracasos en el ámbito de sus propias familias o en el círculo de los conocidos como para arriesgarse a caminar en esa dirección. Prefieren relaciones abiertas, pasajeras, que no exijan demasiada vinculación, que dejen un margen de libertad para seguir viviendo la propia vida.

Los señores a los que muchos de estos jóvenes rinden vasallaje son las tecnologías de la información y el entretenimiento, el alcohol y la droga, el sexo rápido y, a menudo, una vida un poco aburrida y sin alicientes. Por eso, las industrias del entretenimiento publicitan experiencias fuertes, vertiginosas, que pretenden despertarlos de esta especie de modorra vital "a un módico precio". Pero ya se sabe que la exaltación nos saca de nosotros, nos proporciona una euforia intensa pero corta. La exultación, por el contrario, nos reconcilia con nosotros mismos y nos regala una alegría profunda y duradera. No es lo mismo estar eufóricos que estar alegres. Hay señores de la exaltación (que no hacen sino atizar los más bajos instintos de los jóvenes) y señores de la exultación (que alimentan los ideales que hacen de la vida una existencia más auténtica y entregada). 

Necesitamos escuchar mucho más a las personas que nos ayudan a cultivar la ciencia, la investigación, el arte, el deporte, el diálogo, el compromiso sociopolítico, la búsqueda espiritual. Con señores así, muchos de nuestros jóvenes vasallos darían lo mejor de sí mismos –que es muchísimo–, se sentirían felices y contribuirían de manera significativa a la regeneración social. ¿Es demasiado tarde o estamos aún a tiempo? 

lunes, 22 de agosto de 2016

Mis adorables sobrinos

Así se titulaba en español una serie norteamericana (Family Affair) que yo veía cuando era adolescente, allá por los años 60 y 70 del siglo pasado. Me gustaban las aventuras del tío con sus sobrinos. Entre otras muchas cosas, me llamaba la atención el acento latinoamericano de los dobladores al español. Entonces yo no distinguía bien el acento mexicano del puertorriqueño o del venezolano. Todos me sonaban raros, un poco relamidos, pero simpáticos e imitables.

En las dos últimas semanas he tenido la suerte de pasar muchas horas con mis dos sobrinos pequeños, hijos de mi hermano menor. Ha sido una experiencia maravillosa. La niña, Lucía, tiene seis años y el niño, Iker, aún no ha cumplido dos. Cada uno tiene su carácter peculiar. La niña es observadora, intuitiva, un poco voluble, rápida, encantadora. El niño es risueño, conquistador, testarudo e incansable. Dotados ambos de pilas Duracell de larga duración, han puesto a prueba mi resistencia física, mi imaginación y hasta mi salud mental. Con ellos, he hecho un curso acelerado de nanología en el que, tras duras pruebas, he conseguido sobrevivir y hasta graduarme con buena nota. En síntesis, estas son las diez lecciones que he aprendido en esta universidad infantil:

1. Una mesa de vidrio es un excelente escenario para todo tipo de actuaciones. Apostada en un ángulo del salón, es inútil como plataforma para acumular tapetes y adornos, pero muy atractiva para subirse en ella, tumbarse y procurar rayar el vidrio con cuanto objeto cortopunzante caiga en sus manos, hasta que naturalmente el tío se enoja y les advierte del grave riesgo que corren si vuelven a trepar a ella.

2. El diccionario de la RAE es totalmente prescindible. Si oigo que el pequeño Iker me llama Ozalo y yo corro raudo hacia él, quiere decir que no es necesario que pronuncie bien Gonzalo o que diga melocotón en vez de ocotón para que yo entienda lo que quiere decir. Si la función del lenguaje es comunicarnos de manera significativa, esto lo hemos logrado con creces sin necesidad de pronunciar las palabras como la RAE manda.

3. Los objetos tienen una función utilitaria y otra imaginaria. La primera no tiene mucha importancia. La segunda abre puertas insospechadas. Una caja de cartón se convierte en un vehículo pesado que puede transportar todo tipo de enseres. Y, desde luego, es más versátil que un juguete electrónico que, a los pocos minutos, deja de ser interesante. La caja de cartón puede pasar de vehículo pesado a casita de Blancanieves en menos que canta un gallo.

4. Lo que no se puede conseguir a base de besitos y actitudes zalameras se logra con un buen berrido. Ya sé que se trata de un chantaje fisiológico y afectivo, pero reconozco que es de una eficacia indudable. ¡Anda, dale eso para que no llore! La sabiduría popular lo había descubierto hace siglos: Quien no llora, no mama.

5. Intentar engañar a una niña de seis años como Lucía es una empresa llamada al fracaso. Posee antenas secretas que le permiten captar e interpretar todas las señales que uno emite. Si uno no es consciente, puede hacer el ridículo de manera estrepitosa.

6. El mundo de los adultos –salvo en algunos detalles insignificantes– es esencialmente aburrido. Los adultos no comen con las manos, ni juegan con el agua de la bañera, ni se lanzan en picado sobre el sofá del salón, ni trepan a las camas como si fueran una atracción de feria, ni saben producir música con un palito y cualquier objeto sonoro que esté al alcance de la mano.

7. Los botones del televisor, de la cocina vitrocerámica, de la lavadora y de cualquier otro aparato eléctrico ejercen un poder de atracción irresistible. En este capítulo se incluyen los interruptores, los enchufes y las lámparas. Si el riesgo de que se produzca un accidente es alto, el placer aumenta exponencialmente.

8. La atracción por el mundo digital merece un capítulo aparte. Tanto el niño de 22 meses como la niña de 6 años parecen haber nacido con un teléfono móvil en las manos. Deslizan sus deditos sobre la pantalla como si el adminículo no tuviera ningún secreto para ellos. Pueden enviar mensajes sonoros a través de Whatsapp, fotografías o simples emoticones. Lucía se atreve con textos breves.

9. Dormir no es un actividad apetecible, aunque sí reparadora. Cuando, tras horas de batalla ininterrumpida, uno intuye que ha llegado el momento de la siesta, hacen lo posible por demostrar que están en plena forma, pero basta una parada técnica, una nana de Brahms cantada con tono monótono y, en caso de necesidad, un ligero balanceo en la mecedora de la abuela para que –al menos, el pequeño Iker– caiga en brazos de Morfeo. Se puede pasar de la actividad al sueño y de éste a la actividad en cuestión de segundos, como los vehículos de gran cilindrada.

10. Los niños tienen una sensibilidad religiosa innata, lo digan o lo desmientan Piaget y todos los psicólogos evolutivos. Es como si percibieran la presencia de Dios sin necesidad de peroratas al respecto. Pueden lanzar besitos al icono de la Virgen que pende sobre la cama o besar con devoción una cruz sin que sea preciso explicarles nada. Y, por supuesto, a Lucía le encanta bendecir la mesa antes de cada comida.


En realidad, me doy cuenta de que no es posible resumir en diez lecciones mi intenso cursillo de nanología. Y mucho menos las sensaciones hermosas que he vivido tirado encima de la alfombra del salón con Iker saltándome encima. Quedan fuera muchas experiencias interesantes y divertidas. No he dicho nada, por ejemplo, sobre un capítulo que me fascina: las preguntas de los niños. No he encontrado a ningún adulto con la frescura, penetración y sinceridad con que los niños pueden preguntar sobre cualquier cosa y dejar a los adultos en… (ponga el lector la expresión que mejor cuadre con su modo habitual de hablar). Espero tener pronto la oportunidad de hacer un nuevo curso de nanología. Jesús era un experto en la materia. Si no, no habría dicho aquello de “Dejad que los niños se acerquen a mí” (Mc 10,14). Y algo más profundo: “Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3).  Me queda mucho por aprender. Al tiempo.

domingo, 21 de agosto de 2016

Hay últimos que serán primeros

Es evidente que el dicho de Jesús que figura en el título de esta entrada no se compagina con el espíritu olímpico. En los Juegos Olímpicos de Río que hoy se clausuran, el primero se lleva la medalla de oro y el último se hunde en el olvido. Pero para entender lo que Jesús nos dice en el evangelio de este XXI Domingo del Tiempo Ordinario hay que remontarse aguas arribas en el río de sus palabras. Me temo que este domingo voy a ser más largo de lo habitual. Mi reflexión tiene el tono de una homilía. Paciencia. Espero que la longitud no desanime a algunos de los lectores habituales del blog.

Es muy probable que todos nosotros, en diversos momentos de nuestra vida, hayamos sentido el deseo –incluso la necesidad– de preguntar a Jesús lo mismo que la persona anónima que aparece en el evangelio de hoy: “Señor, ¿serán pocos los que se salven?”.

Si esta pregunta la hubiéramos formulado hace 50 o 60 años, hubiera estado acompañada, con bastante probabilidad, por sentimientos de culpa y hasta de angustia. Muchas personas se formaron en una espiritualidad en la que “casi todo era pecado”. Se veía a Dios como el controlador que tomaba nota de nuestros deslices (sobre todo, en el campo sexual) para amargarnos la vida presente y castigarnos en la futura. En aquella época los escrúpulos eran un fenómeno frecuente en personas preocupadas por su salvación.

Hoy, víctimas de los vaivenes históricos, hemos pasado al extremo contrario. Para muchas personas bautizadas –especialmente jóvenes– “nada es pecado”. La pregunta por la salvación eterna –en el caso de que todavía se crea en una vida más allá de la muerte– carece de importancia. Se trata de disfrutar al máximo de la vida presente; al final, habrá un aprobado general. No merece la pena, pues, romperse la cabeza con este tipo de cuestiones o esforzarse por responder con rectitud.

Ambas posturas –presentadas aquí de forma un poco caricaturesca– son fruto de nuestra manera demasiado humana de ver las cosas. Ambas están muy condicionadas por el clima religioso, social y cultural de cada época. Pero lo que a nosotros verdaderamente nos interesa es escuchar la respuesta de Jesús, tal como se nos ofrece en el Evangelio de este domingo.

Lo primero que llama la atención es que Jesús no responde directamente a la pregunta que le formulan. No afirma si los salvados serán pocos o muchos. No entra en cálculos numéricos. La salvación es siempre una cuestión abierta en la que interviene la gracia de Dios, inequívocamente salvadora (“Dios quiere que todos los hombres sean salvados y lleguen al conocimiento de la verdad” -1 Tim 1,4-) y nuestra libre respuesta, que puede ser de aceptación o de rechazo. La primera lectura, con un lenguaje poético, nos presentaba el sueño de Dios: “Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua”. Todo ser humano está llamado a la plena comunión con Dios. Nadie queda excluido. Depende de nosotros aceptar esta invitación o rechazarla.

Jesús no se comporta, pues, como esos Testigos de Jehová que van de casa en casa “amenazando” con una interpretación literalista –y ridícula– del Apocalipsis donde se habla de que los salvados serán solo 144.000. Para Jesús, lo importante se resume en estas palabras: “Esforzaos en entrar por la puerta estrecha”. Esta frase, leída fuera de su contexto, parece sugerirnos de nuevo un cristianismo basado en la negación y el sufrimiento. Sin embargo, la “puerta estrecha” no es otra que la del amor. Cuando vivimos centrados en nosotros mismos, llenos de soberbia o vanidad, no cabemos por la puerta que conduce a la vida. Lo que Jesús pide es, pues, una actitud de profunda humildad para acoger la salvación que Dios nos ofrece con gratitud y la salida de nosotros mismos hacia aquellos que están en necesidad. Hay un paralelismo entre el texto de Lucas que leemos hoy (Lc 13,22-30) y el pasaje de Mt 25,31-46, en el que Jesús habla del “juicio final”. En ambos, Jesús subraya que lo esencial no es haberlo invocado (“Señor, ábrenos”) o haber compartido con él la mesa (“Hemos comido y bebido contigo”) sino, sobre todo, haberlo reconocido en las personas que viven ya ahora “condenadas” a la exclusión: “En verdad os digo, siempre que lo hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). La actitud que tenemos ante los necesitados es, en definitiva, la actitud ante Jesús mismo y, por tanto, la que decide nuestra suerte final: “Estos [los que no han reconocido a Jesús en los necesitados] irán al eterno suplicio y los justos a la vida eterna” (Mt 25,46). Para nosotros, hombres y mujeres piadosos, las palabras de Jesús nos despiertan de una religiosidad demasiado devocional y nos devuelven al territorio en el que se libra la batalla de la salvación: la vida misma, con sus adhesiones y exclusiones.

Dado que no siempre vemos las cosas de esta manera, Dios mismo –como buen padre– nos va educando en el camino de la vida con algunas pruebas y “castigos”. Este es el mensaje de la segunda lectura de hoy (cf. Hb 12,5-7.11-13). En ella hemos leído: “Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su represión; porque el Señor reprende a los que ama y castiga a sus hijos preferidos. Aceptad la corrección, porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?”. Este lenguaje no suena muy actual y, sin embargo, está lleno de sabiduría. Donde hay verdadero amor, hay corrección. Hoy se dice que muchos padres, en su tarea educativa, no saben poner límites a sus hijos. De este modo, los están condenando, paradójicamente, a una vida sin referencias, a una profunda inseguridad personal y quizá también a respuestas arbitrarias e incluso violentas. Dios no se comporta así. Cuando Dios nos pone límites, cuando permite algunas pruebas (una enfermedad, un fracaso afectivo o económico, una crisis de fe) nunca es para amargarnos la vida sino todo lo contrario: para ayudarnos a “reducir” todo aquello que nos impide entrar por la puerta estrecha que conduce a la vida plena. ¡Lástima que a veces nos comportamos como los niños que tienen de todo y ya no saben apreciar los verdaderos regalos!

La mayoría de los lectores de este blog hemos sido bautizados de niños, hemos crecido en un ambiente cristiano, hemos tenido una buena preparación para la confirmación y la primera comunión, disponemos de muchas facilidades para participar en la Eucaristía ... Y, sin embargo, nos permitimos jugar con estas cosas, incluso despreciarlas. En este contexto de desafección, las palabras de Jesús suenan duras: “Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán a la mesa del Reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros y primeros que seran últimos”.

Cuando, como misionero, veo la “deserción” de tantos bautizados europeos y, por contra, el entusiasmo de tantos “nuevos cristianos” de África y Asia, pienso que se están cumpliendo al pie de la letra las palabras de Jesús. Necesitamos períodos de crisis para comprender el gran regalo de la fe y de la pertenencia a la comunidad de la Iglesia. Necesitamos que “los últimos” nos enseñen de nuevo cómo ser cristianos a aquellos que nos hemos considerado “primeros”, pero que hemos perdido la vitalidad de la fe.

Es verdad que la palabra de Dios de este domingo parece dura, pero no olvidemos que toda palabra de Jesús es siempre salvífica. Pone el dedo en la llaga para sanarla. En medio de nuestras contradicciones, nuestras crisis, nuestras pérdidas de rumbo, él vuelve a indicarnos con claridad dónde está la puerta que conduce a la plenitud. No es la puerta ancha del hedonismo, sino la puerta estrecha del amor. La primera conduce a un placer inmediato, pero efímero. La segunda exige morir a nuestro egoísmo, pero nos introduce en la misma vida eterna de Dios, porque “Dios es amor” (1 Jn 4,8). ¿Existe otro tipo de salvación por el que merezca la pena arriesgar todo?


sábado, 20 de agosto de 2016

Roma ciudad cerrada

Los fanáticos del Estado Islámico la han tomado con Roma. Para ellos representa el centro neurálgico de los cruzados, que es como ellos denominan a los cristianos y, por extensión, a los occidentales. Su sueño es colocar la bandera del ISIS en lo alto de la cúpula de san Pedro. Es muy probable que se trate solo de una fanfarronada, pero ya han conseguido parte de su objetivo: hacer que Roma, ciudad abierta –como la denominó Roberto Rossellini en su famosa película Roma, città aperta– se esté convirtiendo en una ciudad blindada. Recuerdo la primera vez que entré en la basílica de san Pedro. Fue en septiembre de 1981. Se accedía sin ningún control de seguridad. Uno entraba en la basílica con la misma facilidad con que entro hoy en la iglesia de mi pueblo. Con el paso del tiempo, se introdujeron los detectores de metales y otras medidas de seguridad. Ahora, con motivo del Jubileo de la Misericordia y ante las amenazas del terrorismo de matriz islámica, la bella Roma se está convirtiendo en un fortín. ¡Hasta el ejército está apostado en muchos sitios estratégicos!

Lo que estamos viviendo es incómodo, produce temor y ansiedad, altera el ritmo cotidiano, pero no es sino el síntoma de un desorden más profundo: la dificultad –casi incapacidad– que los seres humanos tenemos para afrontar los conflictos de manera razonable. Donald Trump, haciendo gala de su estilo desafiante y provocador, ha llegado a afirmar que el Estado Islámico es una creación de Barack Obama y Hillary Clinton. Se trata de una calumnia, pero –quizá en contra de sus pretensiones– pone de relieve que la dinámica acción–reacción no resuelve sino que agrava los conflictos. El sedicente Estado islámico culpa a Occidente de todos los males de Oriente Medio y se arroga el derecho a utilizar el Islam como justificación para luchar contra él. Es obvio que se trata de una manipulación descarada, pero –como en el caso de Trump– pone el dedo en una llaga que nunca fue curada del todo y que, por tanto, nunca cicatrizó bien: la producida por algunas potencias occidentales en la creación y repartición de los artificiales países de Oriente Medio puestos al servicio de sus intereses. La historia no se puede cancelar de un plumazo.

Nunca habrá paz sin justicia por muchos medios coercitivos que se utilicen. El viejo adagio Si vis pacem para bellum (Si quieres la paz prepara la guerra) “resuelve” algunas situaciones conflictivas a corto plazo, pero sienta las bases de futuras explosiones. Crear una cultura del diálogo y la paz lleva tiempo, exige paciencia, capacidad de aceptar los fracasos… pero es la única manera de asegurar la convivencia en las sociedades multiculturales y multirreligiosas cada vez más normales en este mundo globalizado. Si Roma sigue blindada mucho tiempo, dejará de ser Roma, porque la apertura es consustancial al espíritu de esta ciudad eterna.

viernes, 19 de agosto de 2016

La caldereta ecológica

Sucede todos los años el 18 de agosto a partir de las seis y media de la tarde. Casi siempre hace un tiempo agradable, pero a veces llueve o se levanta el viento norte. Todas las familias se ponen en marcha desde sus casas hasta un paraje en medio del pinar de Vinuesa llamado El Regajo. Parece un éxodo bíblico desfilando por la carretera que separa el núcleo urbano del bosque. Hace años las familias portaban sus cestos de mimbre llenos de viandas, acompañados por la banda de música, en un ambiente de regocijo, como colofón de las fiestas patronales. Ahora los coches hacen la función de modernos porteadores, pero el espíritu es el mismo. Llegados al pinar, cada familia suele ocupar siempre el mismo sitio. Es como si se hubiera distribuido la tierra prometida en lotes: uno para cada tribu. Hay familias muy numerosas que son verdaderas tribus de abuelos, hijos, nietos e invitados. Pueden agrupar en torno a 40  personas. Otras son unidades pequeñas de tres o cuatro miembros. No importa el tamaño porque todos se saben parte del mismo pueblo, de la misma comunidad humana.

Todas extienden sobre la hierba, reseca por los calores del estío, su inmenso mantel. No hay mejor mesa que la madre tierra, aunque el progreso y la edad de algunos miembros han empujado a muchas familias a dotarse de mesas plegables. Sobre el mantel, salpicado con acículas de los pinos, se van depositando las viandas tradicionales. Casi nunca falta el pan, la tortilla de patatas, el chorizo, el jamón y el queso. Y, por supuesto, abundante vino y otras bebidas refrescantes. Recostados en el suelo –como si se tratara de triclinios ecológicos– los comensales se reúnen en torno al mantel terrestre o a las mesas. Algunos se ayudan de sillas o piedras, pero la tierra sigue siendo el mejor respaldo. En algún lugar del inmenso comedor al aire libre, el párroco pronuncia la bendición en torno a las siete de la tarde y todos comienzan el banquete –merienda, lo llaman los lugareños– que se prolongará hasta que la noche caiga sobre el pinar y la música convoque al baile.

Cuando la merienda está avanzada, unos mocetones se acercan a cada grupo familiar ofreciendo la carne de toro que ha sido cocinada en las grandes calderas que desde el comienzo de la mañana han estado ardiendo en el lugar dispuesto para ello. La carne procede de los toros lidiados el día anterior en la becerrada popular que este año parece que fue un éxito: por la bravura de los becerros y, sobre todo, por la destreza de los toreros. Comerse comunitariamente las reses ejecutadas conecta a este pueblo con las costumbres más ancestrales. A más de un animalista le puede repugnar esta taurofagia casi sacral. Pero no es tan fácil ir contra las tradiciones. 


El que degusta la caldereta como si fuera un miembro de la tribu de los pelendones es el mismo que, segundos después, consulta su móvil de última generación. Comen carne de toro el leñador con estudios primarios y el doctor en químicas, el visontino de toda la vida y el veraneante que se une a algún grupo familiar. Hay una extraña simbiosis de pasado y presente en este rito comunitario, intergeneracional e interclasista. Cada familia prepara su propia merienda, pero todos comparten un plato común: el toro guisado según receta de la tierra, la famosa caldereta. Las familias pueden ser más o menos numerosas, pudientes, equipadas. Todas comulgan un manjar que ha sido cocinado por un equipo de voluntarios. Y de nuevo se pone de relieve un rasgo de este pueblo que es, al mismo tiempo, muy individualista (muy suyo, dicen algunos), pero también capaz de empresas colectivas que van desde el aprovechamiento comunal de los pinares hasta el consumo de la carne de toro en una merienda ecológica en la que tierra, animal y ser humano entran en comunión.

A medida que la comida y el vino llenan los estómagos y encienden los corazones, las conversaciones se aceleran, suben de volumen, se disparan las risas y comienzan los bailes. Llegados a este punto, cualquiera que se acerque encontrará un lugar en este inmenso banquete que, mirado con ojos de fe, es un hermoso símbolo anticipatorio de ese banquete definitivo en el que todos los seres humanos, sin distinción de razas, credos o ideologías, participaremos de la fiesta del reino de Dios. Un pueblo que sabe comer unido exorciza el demonio del individualismo moderno y urbano, que nos va cerrando en nuestra sacrosanta privacidad y solo nos ofrece entretenimiento para rellenar el vacío. Comer juntos en medio del pinar más de dos mil personas, sin la sofisticación de un restaurante, nos recuerda las vinculaciones más profundas del ser humano: la madre tierra, los vecinos hermanos y Dios, Padre de todos. ¡Que no pare la fiesta!

jueves, 18 de agosto de 2016

Correr, caminar, pasear

Parece el título de una película de Julia Roberts, pero es solo el fruto de una observación cotidiana. Cuando salgo a caminar cada mañana, veo que un pequeño grupo de personas, por lo general ataviadas con ropa deportiva, corretean de una parte para otra con aire circunspecto y como entrenándose para alguna competición de alto nivel. Si yo les digo que están corriendo es posible que se enojen un poco porque lo que hoy se lleva es hacer jogging (o footing, como se decía impropiamente hace algunos años). Los que practican esta disciplina tan vieja como la humanidad no son corredores (que es como se les ha llamado toda la vida) sino runners. Se sentirían humillados si alguien los califica de simples corredores o trotadores. ¡Qué duda cabe que uno se siente mucho más importante practicando el moderno jogging que corriendo como siempre se ha hecho! En fin, la anglomanía llega hasta estos extremos ridículos. Lo que importa es que corriendo parece que uno se siente triunfador. Y ya se sabe que no hay cosa peor en esta sociedad competitiva que te llamen perdedor (perdón, loser).

Junto al pequeño grupo de corredores (perdón, de runners), hay algunos que se dedican –nos dedicamos– a caminar. Quisiera hacerlo con más frecuencia, pero no siempre me es posible. En este tiempo de vacaciones comienzo la jornada caminando. Me adentro por los pinares de mi tierra, tomo un café en el bar del camping “Cobijo” y prosigo por sendas que me son familiares desde hace muchos años. Me dejo acariciar por el sol matutino y a veces por una brisa fresca que deja la temperatura en torno a 15 grados. Camino a paso veloz. Procuro no pensar en nada. Dejo que me invadan las sensaciones más elementales: el placer de pisar la hierba mullida, el olor a pino, el silencio apenas interrumpido por el ruido lejano de los vehículos que circulan por el camino forestal… Ni siquiera considero las ventajas fisiológicas del caminar. Pienso, más bien, que empezar el día caminando es un recordatorio de mi condición de homo viator. Somos como el agua. Si permanece retenida, acaba corrompiéndose. Si fluye, se mantiene pura. Caminar, fluir, es una forma de mantenernos vivos.

Pero queda un tercer verbo más interesante que los anteriores, más contracultural y saludable. Cuando salgo de casa, apenas encuentro a unas pocas personas, turistas por más señas. Cuando regreso, hora y media después, noto que la comunidad se ha puesto en marcha, pero sin los sobresaltos que se perciben en las ciudades. Aquí el tempo es siempre adagio o andante; en pocas ocasiones llega a un allegro, siempre matizado por el ma non troppo. En contraste con los lugareños, yo me veo un poco acelerado. Camino deprisa, como si tuviera que apagar un incendio. Soy andariego, acaso porque ya no sé ser paseante. Yo fuerzo el cuerpo. Lo someto a un ritmo rápido. Quien pasea es un contemplativo. Se detiene a observar el detalle de un edificio o de un paraje. No se limita a saludar como a hurtadillas, sino que detiene la marcha y se entretiene a conversar con otros viandantes. En los pueblos pequeños todavía quedan personas –casi siempre mayores– que practican el noble arte de pasear como si no tuvieran otra cosa más importante que hacer en la vida. Se comportan como verdaderos señores. No se dejan dominar por la esclavitud de la prisa o por los horarios ajustados. Pasean con parsimonia, viendo el mundo con una mezcla de sorna y compasión. Yo quiero aprender a pasear.