Claret

Claret

viernes, 31 de marzo de 2017

En tierra extraña peregrinos

Termina el mes de marzo. Lo comenzamos el pasado día 1 con la celebración del Miércoles de Ceniza, inicio de la Cuaresma. Queda ya poco para la Semana Santa. El camino continúa. Nunca es tarde para aprovechar la oportunidad que la liturgia nos ofrece: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón” (Sal 94). El mundo prosigue su ritmo. Los periódicos hablan de un golpe de Estado en Venezuela como paso hacia una dictadura, del “síndrome Enrique VIII” tras la activación del Brexit y hasta del hecho esperanzador de que El Salvador sea el primer país del mundo en prohibir la minería metálica. Junto a las grandes noticias de las que todos hablan, están las pequeñas noticias de nuestro mundo personal, las que nos proporcionan alegrías y dolores de cabeza. Cada uno tenemos las nuestras. ¿Cómo caer en la cuenta de que la relación con Dios se produce ahí, en el escenario de la vida cotidiana, en la capacidad de descifrar lo que Él nos está diciendo a través de los acontecimientos, pequeños o grandes, que vivimos? ¿Cómo caminar con esta conciencia y con esta esperanza?

Hay un hermoso himno, repetido por la liturgia en el tiempo de Cuaresma, que puede ayudarnos a encontrar algunas claves. Consta de cuatro estrofas de versos eneasílabos. Merece la pena meditarlas.

En tierra extraña peregrinos
con esperanza caminamos,
que, si arduos son nuestros caminos,
sabemos bien a dónde vamos.

La vida es un camino. Esto lo dicen desde los filósofos más conspicuos hasta los cantantes pop y las road movies americanas. Pero nosotros no caminamos como simples turistas o corredores. Mucho menos como vagabundos que no saben si existe una meta. Nosotros tenemos el estatuto de peregrinos porque sabemos bien adónde vamos. La Cuaresma nos recuerda, una y otra vez, que la meta del cristiano es la misma de Jesús: la Pascua; es decir, el paso del sufrimiento a la gloria, de esta vida terrena a la vida definitiva con Dios. Por eso, aunque tengamos muchas dificultades –arduos son nuestros caminos– no caminamos como zombis o como personas que han tirado la toalla, resignadas a lo que venga. El himno declara nuestra actitud: con esperanza caminamos. La esperanza es la virtud de quienes saben que la realidad los desborda y, con humildad, se entregan a ella.

En el desierto un alto hacemos,
es el Señor quien nos convida,
aquí comemos y bebemos
el pan y el vino de la Vida.

No se puede caminar mucho tiempo sin alimentarse. Quizá una de las razones por las que la vida se convierte en una carga pesada es porque no sabemos cuidar la dieta. Quien se alimenta de rencor y basura, se convierte en una persona por los suelos, con el corazón lleno de odio. El Señor nos invita a alimentarnos con el pan y el vino de la VidaEs imposible mantenerse lozanos y fuertes sin la Eucaristía. Por eso, me cuesta entender que muchos creyentes sigan repitiendo eso de que “la Eucaristía no me dice nada”, “la Eucaristía es inútil”. ¡Qué manjar tan desperdiciado! Es –como señalaba el viejo Ignacio de Antioquíafármaco de inmortalidad. ¡Cuántas debilidades podrían ser superadas con el complejo vitamínico de la Eucaristía!

Para el camino se nos queda
entre las manos, guiadora,
la cruz, bordón, que es la vereda
y es la bandera triunfadora.

Una vez repuestos con la comida que nos sacia y con el vino que alegra el corazón, volvemos al camino. Necesitamos apoyarnos para que el peso de nuestro cuerpo y de la mochila que cargamos no acabe con nosotros. El bordón del peregrino cristiano es la cruz. Unidos a ella, participamos de los dolores de Cristo, nos solidarizamos con los dolores de todos los seres humanos. Y, al mismo tiempo, experimentamos la energía salvadora que la cruz exuda. Asirse a la cruz no significa agarrarse a un clavo ardiendo, sino a la verdadera bandera triunfadora. Durante este tiempo de Cuaresma repetimos con frecuencia el canto: Victoria, tú reinarás, oh cruz, tú nos salvarás

Entre el dolor y la alegría,
con Cristo avanza en su andadura
un hombre, un pobre que confía
y busca la ciudad futura.

En el camino se entrecruzan el dolor y la alegría. Sabemos que las rosas tienen pétalos hermosos y espinas punzantes.  Así es la vida. Por eso no conviene dejarse seducir por quienes nos prometen el cielo en esta tierra: paraísos inalcanzables que solo redoblan la frustración y nos sumergen en un mar de adicciones. La fe no nos libra del dolor, pero nos ofrece el sentido. No caminamos solos. El ser humano con Cristo avanza en su andadura. Somos conscientes de nuestra pequeñez, renunciamos a los sueños vanos de omnipotencia (por más que la tentación reaparezca, una y otra vez, en forma de conquistas científicas, megalomanías filosóficas y totalitarismos políticos). Nos sabemos pobres, pero confiados. El creyente se compromete como el que más en la construcción de un mundo mejor, pero, en realidad, busca la ciudad futura, porque esa es su verdadera patria. La Pascua es una anticipación maravillosa. 

jueves, 30 de marzo de 2017

Un "cappuccino" en la Gregoriana

Hacía años que no visitaba mi antigua alma mater, aunque en varias ocasiones había pasado por delante de su fachada camino de la Fontana di Trevi. Ayer decidí volver unas horas a la Universidad Pontificia Gregoriana, ubicaba en la plaza de la Pilotta, a medio camino entre la plaza Venecia y el palacio del Quirinal, en pleno corazón de Roma. Aunque está emplazada en Italia, goza de extraterritorialidad. Es como si estuviera situada dentro de la Ciudad del Vaticano. El actual edificio data de la segunda década del siglo XX. Sin embargo, su fachada clásica se asemeja mucho a los edificios del Renacimiento italiano. Tras algunos años de vacas flacas, hoy la Gregoriana –como es conocida popularmente– sigue gozando de gran prestigio. A ella llegan alumnos de todo el mundo. Consta de seis facultades (Teología, Derecho Canónico, Filosofía, Historia y Bienes Culturales de la Iglesia, Misionología y Ciencias Sociales), dos institutos (Espiritualidad y Psicología) y seis centros dedicados a asuntos particulares: formación de formadores (Pietro Favre), estudios judíos (Cardenal Bea), fe y cultura (Alberto Hurtado), estudios interreligiosos, protección de menores y espiritualidad ignaciana.

Al cruzar el umbral y penetrar en el gran atrio, sentí un poco de nostalgia. Hace 36 años acudía cada mañana a este lugar con mi maletín –no se estilaban entonces las mochilas– y muchas ganas de ampliar horizontes. Eran los primeros compases del pontificado de Juan Pablo II, apenas recuperado de su atentado en la plaza de san Pedro. Se comenzaba a percibir una cierta vuelta atrás, pero la mayoría de los profesores respiraba todavía el aire renovador del Vaticano II. Tuve a algunos de los grandes, ya fallecidos: Juan Alfaro, René Latourelle, Zoltan Alszeghy, Jean Galot, etc. Hoy suenan otros nombres con los que no estoy familiarizado. Los aires son también muy diferentes. La Compañía de Jesús responsable de la gestión de la Universidad– camina al ritmo del papa Francisco. La Gregoriana se ha convertido en una especie de think tank de este pontificado. Deambulé por el atrio, amueblado con enormes mesas redondas donde los alumnos pueden conectarse a la red wifi, visité la capilla (que sigue igual que en mis tiempos de estudiante), entré en algunas aulas (remozadas con nuevo mobiliario y medios electrónicos), compré un par de libros en la librería y acabé recalando en la cafetería del fondo. Aquí es donde más cambios noté. Todo me parecía nuevo: la decoración, el personal y, sobre todo, el ambiente. Hay muchos más colletti romani que en mis tiempos. A principios de los años 80 un cappuccino costaba 500 liras. Hoy se puede tomar por 90 céntimos de euro. Los precios siguen siendo populares, adecuados al bolsillo de los estudiantes.

Cuando salí de nuevo a la calle, respiré hondo, caminé despacio hacia la Via del Corso, la recorrí entera y regresé a casa a pie, disfrutando de una hermosa mañana primaveral. Por fuera, todo invitaba a la alegría: gentes que inundaban las tiendas, turistas armados de móviles inquietos, pintores y músicos callejeros… Por dentro, experimentaba un doble sentimiento. Por una parte, de suave nostalgia; por otra, de escepticismo. El recuerdo de los años de estudiante y luego de profesor (más de 20 en total) me retrotraía al ambiente académico, a la lectura, al grupo de estudio, a las clases, a la pasión por repensar los temas centrales de la teología y vincularlos con las grandes cuestiones humanas. La nostalgia tenía un sabor agridulce: remembranza de viejos amigos esparcidos por el mundo y quizá también de oportunidades perdidas. Pero, por otra, experimentaba la sensación de que este mundillo padece una suerte de solipsismo e inflación. Ojeando algunas novedades de la librería, viendo a los alumnos con sus ordenadores y tabletas, leyendo las listas de cursos en los tablones de anuncios, pensaba que el ambiente universitario –y quizá más el eclesiástico– tiene mucho de endogámico y hasta de superfluo. ¿Es necesario dedicar tanta inteligencia, tanta energía, tanto tiempo y dinero a pensar y escribir sobre cosas que muy indirectamente tienen que ver con las preocupaciones de los seres humanos y que poquísimas personas leen? ¿Quién compra un libro sobre el análisis gramatical del Nuevo Testamento en griego o todos los volúmenes de las obras completas de Karl Rahner? ¿Para qué sirven la mayoría de las tesis doctorales que se publican, excepto para obtener el título de doctor? ¿Es necesario decir en 800 páginas, cargadas de aparato crítico, lo que se podría presentar con claridad en 50 o 100? Es como si la inflación solo se justificara por necesidades internas, no por utilidad social. 

Enfilando ya la Piazza del Popolo me dejé conquistar –y quizá redimir– por el adagio Solo lo inútil es necesario. Muchas de las cosas que pensamos y escribimos no tienen una aplicación inmediata. Puede que algunas sean incluso perfectamente prescindibles: producción vacía para mantener en pie el mundillo académico (con sus puestos, cargos, ritos, vanidades, celos, envidias y miserias). Pero hay también un trabajo serio de pensamiento que busca la inteligibilidad del misterioso ser humano. Sin este trabajo de búsqueda personal y de diálogo interdisciplinar, acabaríamos siendo prisioneros de nuestras producciones, meros números de un sistema anónimo. Es necesario que alguien nos mantenga en actitud de vigilancia, nos recuerde que el camino está abierto, que hay vida más allá del último modelo de Smartphone o de coche. La filosofía y la teología no tienen apenas mercado, pero, por eso mismo, vuelan con gran libertad, sin atarse demasiado a las presiones de los grupos de poder y a las modas creadas por los medios de comunicación. Nos invitan a preguntarnos de dónde venimos y adónde vamos. Y hasta se atreven a sugerir el camino entre ambos puntos. 

Por cierto, el cappuccino y el cornetto estaban más que aceptables. Tendré que volver otro día. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

Servidores públicos

Ayer me pasé varias horas en la embajada de un país que visitaré dentro de unas semanas. No se trataba de una entrevista con el embajador o de una recepción, sino de algo mucho más prosaico: solicitar el visado de entrada en ese país. Como se trata de un país muy poco visitado, no había nadie más que yo en la sala de espera, así que no hubo el menor riesgo de aglomeración, ni tuve que guardar cola. Según la placa que había en la entrada, la atención al público comenzaba a las 10 de la mañana. El encargado de la recepción apareció un poco antes de las 11. Esperé con una impaciencia mal disimulada.  Cualquier leve signo de protesta podría haber complicado las cosas. Después de presentar toda la documentación, el funcionario que fue correcto y hasta amable me dice que el pago de las tasas hay que hacerlo a través del banco. Con los datos de la cuenta bancaria de la embajada, me dirijo a la sucursal del banco más cercana. Tras una larga espera, cuando voy a hacer el ingreso, el encargado de turno me dice que debo presentar dos documentos complementarios porque la nueva ley italiana los exige para evitar cualquier riesgo de reciclaggio (de lavado de dinero negro, vamos). Me dirijo a mi casa, recojo los documentos solicitados, vuelvo a la oficina bancaria y, tras retirar de la máquina expendedora el papelito con mi número, hago la cola correspondiente. Me llega el turno. Ingresar 100 miserables euros me lleva casi media hora más. Se ve que me tocó un trabajador poco experimentado o que el procedimiento –estamos en Italia– es muy prolijo. Regreso a la embajada, presento el justificante del ingreso bancario y vuelvo a esperar. El funcionario de recepción me dice que debo abonar 50 euros más si quiero que me den el visado en el día; de lo contrario, tendré que esperar alguna semana. Sé adónde van a parar esos euros. El chantaje es claro, pero paso por él, dado que no puedo jugar con las fechas. Regreso a casa con el dichoso visado estampado en el pasaporte. Cae de plano el sol del primo pomeriggio.

En realidad, lo que yo viví ayer lo viven a diario –y en peores condiciones– millones de ciudadanos de todo el mundo que se acercan a cualquier oficina pública. La burocracia consume tiempo, dinero y humor. Hay países que sienten verdadera pasión por los papeles, las firmas y los sellos. Es verdad que los trabajadores están a menudo estresados. Es verdad que no es fácil atender a un público variopinto que va desde la viejecita sorda a la que hay que repetirle todo varias veces hasta el tipo arrogante que llega insultando. Es verdad que se trata de un trabajo tedioso y no siempre bien remunerado. Es verdad que los horarios a veces son extenuantes. Es verdad que a menudo los usuarios no seguimos los procedimientos previstos y complicamos los procesos. Pero también es verdad que se necesita un talante especial para trabajar en los servicios públicos y que no todo el mundo está capacitado para ello, aunque tenga los conocimientos técnicos requeridos.

Me llaman la atención las distintas denominaciones que se da a estos trabajadores públicos en algunas lenguas, aunque no suele existir un término único. En Italia, el país en el que vivo, se suelen llamar dipendenti pubblici (dependientes públicos). El término dependiente oculta una concepción un poco clientelista. Y, por desgracia, es así. Se depende del Estado, pero también de las recomendaciones que uno tiene para obtener el puesto, de los contactos internos. Uno  depende también de los demonios asociados al puesto fijo (escaso reciclaje, pereza, baja productividad, etc.). En España y Francia solemos utilizar el término funcionario/fonctionnaire. La idea que se desprende es que estos trabajadores realizan una tarea, una función. Se acentúa su competencia profesional al servicio de las diversas instituciones en las que trabajan. El riesgo de funcionalismo (predominio de la gestión sobre la relación) es claro. En varios países anglosajones se suele emplear la expresión public servants (servidores públicos). Es probable que algunos de los trabajadores de estos países no respondan a lo que su nombre indica, pero, por lo menos, en esta denominación aparece con claridad el carácter de servicio público. Los funcionarios no son pequeños reyezuelos que complican la vida a los ciudadanos sino, ante todo, servidores. Su tarea consiste en prestar un servicio por el que reciben un salario que proviene de los impuestos que todos los ciudadanos pagamos. Esto significa que tienen que estar entrenados no solo para realizar su función con profesionalidad sino también –y, sobre todo– para atender a las personas con educación, amabilidad y siempre buscando facilitarles las cosas, no complicándoselas sin necesidad.

Es probable que algunos de los que leéis a diario este blog trabajéis en algún estamento de la función pública. Tendréis muchas experiencias de compañeros de trabajo que maltratan a los ciudadanos y también de excelentes funcionarios que son verdaderos servidores. Y, como es lógico, os habréis encontrado con ciudadanos correctos y colaboradores y con otros que son maleducados e insolentes. ¿Cómo se puede avanzar hacia sociedades en las que los trabajadores públicos tomen clara conciencia de que son, ante todo, servidores de las personas y no tanto de una institución anónima; y los ciudadanos, por nuestra parte, sin renunciar a nuestros derechos, sepamos también ser conscientes de nuestros deberes? Queda mucho por hacer en el campo de la educación cívica

martes, 28 de marzo de 2017

La "caja vacía"

Llevamos varios días reflexionando sobre asuntos serios. No viene mal de vez en cuando dejarnos conquistar por el humor. Desde hace años corre por internet un vídeo del humorista norteamericano Mark Gungorn en el que parodia las diferencias entre el cerebro del hombre y el de la mujer. No se trata de ningún estudio científico. No excluyo que en el trasfondo haya un cierto resabio machista. Pero si se mira con humor ayuda a entender cosas interesantes de la vida cotidiana. Quizá algunos conflictos entre matrimonios tienen que ver con el desconocimiento del modo de ser de cada uno. O, por decirlo con los ejemplos del vídeo, con el distinto modo de funcionar de sus cerebros. El concepto más divertido es el de “caja vacía” (nothing box), la capacidad que el varón tiene para abstraerse durante mucho y no hacer… nada. A la mujer le cuesta entender esta pasividad porque ella siempre está haciendo… algo. Y, como es lógico, imagina que los demás también tendrían que estar haciendo… algo siempre.



Me pregunto si esa “caja vacía” que se esconde en el cerebro del varón no es una forma de vencer la ansiedad. Si siempre estamos conectados, si siempre estamos pensando algo, haciendo algo, diciendo algo, preguntando algo, sintiendo algo, proyectando algo, soñando algo… llega un momento en que el motor se quema. ¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Basta ya! C'est fini. 

Del cerebro femenino aprendemos la hiperconectividad: todo está relacionado. En décimas de segundo una mujer conecta el biberón del bebé, la pasta hirviendo, la factura del gas, el pantalón sin planchar del marido, la serie de televisión, los ruidos de los vecinos, los deberes escolares de la pequeña de la casa y la fiebre alta de la abuela. Esta capacidad hace de la vida algo eléctrico, envolvente, total. El resultado suele ser una atención detallista a todo y a menudo un cansancio crónico. 

Del cerebro masculino aprendemos el arte de la desconexión. El mundo puede seguir funcionando sin que nosotros tengamos que estar pendientes. Aunque uno se eche la siesta, el sol saldrá por el este, el niño dejará de llorar cuando se harte, las plantas seguirán creciendo y la clase política hará de las suyas. El resultado puede ser una pereza crónica y una falta de compromiso, pero también un poco de sosiego y tranquilidad. ¿No sería provechoso tener un cerebro dividido en dos mitades? ¿O ya lo tenemos? ¿De qué va el rollo de los hemisferios cerebrales? Os dejo con el vídeo y que cada uno saque sus propias conclusiones. 


lunes, 27 de marzo de 2017

De roles y de Rolex

Hoy es el Día Mundial del Teatro. Con ocasión de esta jornada, la actriz francesa Isabelle Huppert ha compartido su experiencia: El teatro representa para mí la ausencia del odio…  El teatro nos protege, nos da cobijo... Creo que el teatro nos ama tanto como lo amamos nosotros”. Reconozco que hace tiempo que no voy al teatro y mucho más tiempo que no actúo sobre un escenario, pero siempre he sentido pasión por él. Tengo una prima que, además de ser guionista de cine y televisión, es autora de obras de teatro y otra que es actriz amateur. Algo me toca de cerca. Por otra parte, yo me muevo en el campo de la liturgia, que tiene también un importante componente teatral. No se puede ser buen presidente de una asamblea eucarística, por ejemplo, sin un cierto dominio del espacio, de la palabra, de los gestos y del ritmo. Todo ello forma parte de la representación.

Me gusta el teatro porque es un laboratorio que permite explorar a fondo muchas experiencias que en la vida corriente se quedan a mitad de camino por falta de tiempo, por pudor o por banalidad. Lo que vivimos a diario (el amor, el odio, los celos, la verdad, la mentira, la belleza, el tedio, la búsqueda, el aburrimiento, la risa, el llanto, la nostalgia, el dolor, la fe, el sinsentido, la desesperación, la esperanza…) puede ser aceptado, profundizado y expresado con todos los resortes y matices que están en manos de los buenos actores. Ellos actúan –nunca mejor dicho– como un espejo en el que vemos reflejadas nuestras experiencias. Al hacerlo, nos entendemos mejor a nosotros mismos, comprendemos al ser humano en general y tomamos conciencia de la complejidad de la vida. El teatro es una medicina contra la superficialidad que nos envuelve porque representa un viaje a  las capas profundas de la existencia. Por eso, es importante valorar el trabajo no solo de los actores sino de todos aquellos que trabajan entre bambalinas. Lo que no se ve es esencial para que todo funcione.

El teatro es también una experiencia catártica y liberadora. Nos libra, en primer lugar, del miedo a nosotros mismos. Cuando vemos nuestros temores y silencios encarnados sobre un escenario, caemos en la cuenta de que no somos los monstruos que pensábamos ser. Muchos son igual de monstruosos que nosotros. En el fondo, todo personaje teatral saca a la luz algo que todos llevamos dentro. El teatro nos libra también del moralismo con el que contaminamos la verdad de la vida. El buen teatro no va distribuyendo etiquetas de bueno o malo a los distintos personajes o situaciones. Se limita a permitirles expresarse, a mostrar su verdad desnuda, para que el ejercicio de la autenticidad (o la falta de ella) dé a cada uno su consistencia (o su inconsistencia). El buen teatro es asimismo un espejo del mundo, aunque –en palabras de Calderón de la Barca (1660-1681)– el mundo es, más bien, como un inmenso teatro en el que cada uno desempeñamos nuestro papel. En su clásica obra El gran teatro del mundo, publicada por primera vez en Madrid en 1665, lleva a las tablas esta concepción de la vida. El gran auto sacramental se cierra con estas palabras puestas en boca del personaje del Mundo:
Y pues representaciones
es aquesta vida toda,
merezca alcanzar perdón
de las unas y las otras.
El teatro nos ayuda comprender mejor nuestro rol en la sociedad. Viendo cómo actúan los actores sobre el escenario, aprendemos a actuar en la vida corriente, a separar la persona que somos del personaje que a menudo representamos. Nuestro rol puede estar ligado al Rolex que llevamos en la muñeca, pero es bueno saber que esa no es nuestra verdad más profunda, nuestra verdadera identidad. Una de las mentiras que emponzoñan la vida social es que con frecuencia no sabemos si estamos representando un rol o estamos siendo nosotros mismos. Cuando nuestra autoestima es baja, tendemos a cubrir nuestra desnudez con el ropaje del rol: “Soy el director de este banco. Soy el jefe de estudios. Soy el dueño de esta empresa. Soy el párroco”. Y nos quedamos tan tranquilos. No hay nada más triste que comprobar que una persona no sabe ser ella misma si no se cubre con la máscara del personaje que representa, con un rol socialmente aceptable. Una de las cosas que me gustan de la lengua italiana es que, por lo general, usa verbos distintos para las personas y para los roles. No se suele decir: “Sono il parrocco” (soy el párroco) sino “Faccio il parrocco” (es decir, hago el párroco, este es mi trabajo). El verbo ser se aplica a las personas; el verbo hacer a los personajes. No siempre coincide lo que somos con lo que hacemos y viceversa. Aquí se abre un inmenso terreno para el debate. ¡Se alza el telón. Bienvenidos al teatro!


domingo, 26 de marzo de 2017

De la ceguera a la luz de la fe

Hemos llegado al IV Domingo de Cuaresma. Es el domingo Laetare, una invitación a la alegría en medio del arduo camino cuaresmal porque la Pascua está ya cerca. Yo comienzo este domingo muy contento, a pesar de la hora que le he quitado al sueño por culpa del famoso cambio horario.  Ayer –Solemnidad de la Anunciación del Señor– presidí la Eucaristía en la que una amiga mía, que cumplía 25 años de sus primeros votos, renovó su profesión religiosa. Fue en Ciampino, a cuatro pasos del famoso aeropuerto que usa Ryanair para sus vuelos low cost, y a 15 kilómetros de Roma. Fue una celebración familiar, alegre y emotiva. Confieso que a mí se me escapó alguna lagrimilla. Mientras nosotros celebrábamos la Eucaristía, los líderes de la Unión Europea almorzaban con el presidente Sergio Mattarella en el impresionante palacio del Quirinal. Esperemos que la diplomacia del mantel logre más avances que las interminables discusiones parlamentarias.

El Evangelio de este domingo es muy largo. Cuenta la historia del ciego de nacimiento curado por Jesús. De entrada, a una pregunta de los discípulos, Jesús aclara que el muchacho no está ciego como consecuencia de sus pecados o los de sus padres. La enfermedad no es un castigo, aunque pueda ser el efecto de un desequilibrio personal. En realidad, al evangelista Juan lo que realmente le importa es describir un itinerario de fe, mostrar cómo se pasa de la ceguera a ese “Creo, Señor” que el muchacho curado profiere con entusiasmo. Sobre la base de un hecho histórico –que debió de resultar muy sorprendente– Juan articula una catequesis sobre la fe y sobre Jesús como luz del mundo.  Fernando Armellini nos ofrece una larga y minuciosa explicación de este pasaje. Conviene entrar en los pormenores para no quedarnos con una explicación superficial. Uno se da cuenta de que los relatos bíblicos –y de, manera especial, los del cuarto evangelio– son piezas de orfebrería. Cada detalle tiene un significado. Nada está de relleno. Nada se escribe por azar.

¿Estamos ciegos hoy? El refrán dice que No hay peor ciego que el que no quiere ver. Tengo la impresión de que, a menudo, preferimos no ver. Estamos contentos en nuestra zona umbrosa, que es, por paradójico que resulte, nuestra zona de confort. Creemos que si nos abrimos a la luz vamos a tener que cambiar muchas cosas de nuestro estilo de vida. Somos deudores de una concepción muy moralizante. La luz de la fe no es una tabla de mandamientos que hay que cumplir, o un fardo que se coloca sobre nuestras débiles espaldas. ¡Es una explosión de sentido y alegría! Creer significa, en primer lugar, adherirse a la persona de Jesús y, unidos a él, descubrir que esta vida tiene sentido, que somos importantes para Alguien. Creer es abrir los ojos, ver, pasar de la inconsciencia y el sopor a un estado de vigilia. Solo después de haber tomado conciencia de que somos hijos de la luz empezaremos a realizar las obras de la luz. Y, como pequeños fósforos, iluminaremos la oscuridad de este mundo. Hace años, en los conciertos nocturnos al aire libre, era frecuente ver a mucha gente encendiendo sus mecheros. Hoy conectan sus teléfonos móviles. El efecto es similar. Muchos pequeños puntitos de luz acaban creando una atmósfera sugestiva. Aunque son muchos, no deslumbran. Solo iluminan, orientan.

La fe no nos convierte en personas deslumbrantes que van por la vida con una solución para cada problema, mirando por encima del hombro a los pobres desgraciados que no ven. La fe es una linterna diminuta que no nos ahorra el esfuerzo de caminar, pero nos ayuda a ver el camino. Es una participación en la gran luz que es Jesús: Tu luz nos hace ver la luz. El pasado viernes pude hablar durante un par de horas con un joven croata, hijo de madre musulmana, que compartió conmigo la experiencia de conversión de toda su familia a la fe cristiana. La mediación no fue un libro de teología, la charla de un sacerdote o el testimonio de un grupo de cristianos que sirven a los necesitados. Todo sucedió en una visita casual a un santuario mariano. De repente, sin saber por qué, sin nada que lo justificara, la luz irrumpió en sus vidas. Se sintieron irresistiblemente atraídos por Jesús. Descubrieron el don de la fe. Y sintieron que la Madre les daba el único mandamiento mariano que registra la Biblia: Haced lo que Él os diga. Lo que vino luego es maravilloso, pero pertenece al ámbito de la intimidad. Historias como estas suceden todos los días. Dios no se olvida de este mundo. Hay más ciegos curados de lo que a simple vista parece. Cada uno de ellos es una linterna más que se enciende para alumbrar la vida del mundo.


sábado, 25 de marzo de 2017

María y la Unión Europea

Hoy el centro de Roma está blindado. A las 10 de la mañana comenzará en el Capitolio la ceremonia que reúne a todos los líderes de la Unión Europea para celebrar el 60 aniversario de los Tratados de Roma que dieron origen a la actual Unión. Ayer, los 27 se reunieron con el Papa en el Vaticano. Aunque es un poco largo, merece la pena leer con calma el Discurso del papa Francisco. En él se afirma que la Unión está en un momento crítico, pero no terminal. Para hacer de la crisis una oportunidad, es necesario reconocer que “Europa no es un conjunto de normas que cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos que seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable y no sólo como un conjunto de derechos que hay que defender o de pretensiones que reclamar”. ¿Cómo superar la actual crisis? El Papa sintetiza su pensamiento en estas palabras: “La respuesta la encontramos precisamente en los pilares sobre los que ellos han querido edificar la Comunidad económica europea y que ya he mencionado: la centralidad del hombre, una solidaridad eficaz, la apertura al mundo, la búsqueda de la paz y el desarrollo, la apertura al futuro”.

Hoy este blog alcanza las 400 entradas y se va acercando a las 100.000 visitas. A lo largo de los meses pasados me he referido en bastantes ocasiones al presente y al futuro de la Unión Europea en diversas entradas. Es un tema que me interesa y me preocupa porque la historia de Europa contiene muchos virus de violencia y bastantes semillas de paz y prosperidad. Si predominan los primeros, estamos expuestos a nuevos conflictos. Si cultivamos las segundas, podemos crear sociedades pacíficas, prósperas, democráticas, abiertas y solidarias. Me cuesta mucho entender el atractivo que ejercen en muchas personas los nacionalismos cerrados, el reclamo de la tribu, la tendencia a la cerrazón, porque eso significa caminar a contrapié del dinamismo de la vida, que es siempre expansivo e inclusivo. Cada vez que una persona, un grupo o un país se cierran, comienzan a cavar su propia tumba. No es cuestión de ideologías sino de vida.

Hoy, por último, celebramos la fiesta litúrgica de la Anunciación del Señor. También se podría denominar la fiesta de la vocación de María. La Iglesia celebra que el Hijo de Dios se encarnó en el seno de una joven galilea. Sobre este hecho, Lucas construye un bellísimo relato en forma de diálogo. Aunque se refiere a la experiencia de María, puede ser aplicado a todas las experiencias vocacionales. 
Ella vivía en un pequeño pueblo de Galilea llamado Nazaret. Hacía lo que todas las jóvenes de su edad: trabajar por el día y soñar por las noches. vives en una ciudad grande, poblada de casas y de semáforos. O tal vez en un pueblo pequeño donde hay montañas o trigales, muchos ancianos y pocos niños. Haces lo que tus amigos: estudiar o trabajar de lunes a viernes y, cuando se tercia, disfrutar del fin de semana. Ella, a los trece años, ya tenía sus planes, como cualquier muchacha judía: era la prometida de un artesano llamado José. Soñaba con casarse con él y tener una familia numerosa. también tienes tus planes, aunque quizá no muy precisos. Sueñas con terminar la carrera y no estar demasiado tiempo en las listas del paro. Te sientes a gusto con tu pareja y juegas a imaginar el futuro. 

Ella, sin saber cómo, sintió que Dios se colaba en su vida de una manera muy especial, que le hablaba como no lo había hecho nunca. hace tiempo que sientes un ronroneo que no acabas de explicarte. Es como si Dios, al que llevas rezando desde tu infancia, cobrase un rostro nuevo. Lo sientes más cercano y seductor que nunca. Ella se asustó un poco porque no entendía lo que le estaba sucediendo: ¿Qué quiere Yahvé de mí, pobre muchacha de pueblo? , en medio de la alegría, empiezas a sentir preocupación: ¿Y si Dios me estuviera llamando a orientar mi vida de otra manera? Hay días en que te parece verlo con claridad. Otros, todo es un laberinto: ¡Tonterías, Dios no puede ser un aguafiestas! Lo pasas mal: ¡Con lo bien que estaba antes, cuando todo se reducía a ir a la parroquia el domingo y a leer el evangelio por las noches! Ella experimentó el favor de Dios, la invitación a vivir esta novedad sin temor. Empezó a intuir lo que Dios estaba queriendo de ella. , en medio de la niebla, empiezas a comprender en qué consiste eso de la llamada. Te das cuenta de que no se trata de ninguna voz misteriosa. A veces, la percibes cuando celebras la eucaristía o lees la Biblia. Otras, cuando hablas con algunas personas o paseas en solitario por las calles de tu pueblo o ciudad. Tal vez Él te esté llamando a vivir un matrimonio diferente, o a ser sacerdote para la comunidad en estos tiempos de escasez, o a seguirlo como consagrado, como religioso o religiosa. 

Ella no se sentía digna del proyecto de Dios, le parecía que no estaba a la altura de las circunstancias: ¿Cómo puede pensar en mí para ser madre del Mesías si ni siquiera tengo relaciones con un hombre? ¡Esto es absurdo! te deshaces en preguntas: ¿Por qué precisamente yo y no cualquier otro? ¡Pero si yo no he movido un dedo, si soy una persona normal! Además, tengo muchas limitaciones: mi carácter, mi edad, mi preparación, mis heridas ... Ella sentía que no era cuestión suya, sino del Espíritu, que Dios hace posible lo que resulta humanamente imposible. empiezas a entender que la vocación no es algo que tú manejas a tu antojo, un asunto de “me gusta/no me gusta”. Te vienen a la memoria las palabras de Jesús: “No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros”. Ella, al final, consciente de su pequeñez, pero feliz por el favor de Dios, dijo: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí como tú dices”. ¿Y ? ¿Qué dices tú?

Por cierto, la bandera de la Unión Europea está formada por un círculo de doce estrellas sobre fondo azul. Las estrellas no se corresponden –como algunos imaginan– con el número de países. De hecho, hay solo 12 estrellas mientras que los países miembros son 28 (todavía está dentro el Reino Unido).  Este símbolo se tomó del libro del Apocalipsis: “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza” (12,1). La Iglesia ha entendido que esta mujer es María. Hay, pues, una secreta –y desconocida– conexión entre la Virgen y este continente que recibió el don de la fe cristiana hace más de veinte siglos. ¿Pasará el futuro por un redescubrimiento del papel de la Madre en la construcción de la casa común? Europa está sembrada de santuarios marianos que unen a las personas de todo el continente y del mundo entero: Zaragoza (España), Lourdes (Francia), Fátima (Portugal), Loreto (Italia), Częstochowa (Polonia), Mariazell (Austria), Walsingham (Inglaterra), Kevelaer (Alemania), Medjugorje (Bosnia-Herzegovina) y muchos otros más. Hay, pues, una red mariana que crea lazos de fraternidad más allá de los mercados y los parlamentos.


viernes, 24 de marzo de 2017

Viacrucis con María

El Viacrucis es una devoción típica de este tiempo litúrgico. En mi comunidad lo practicamos todos los viernes de Cuaresma. Hace algunos años me parecía un ejercicio pasado de moda en el que la historia se mezclaba de manera antojadiza con las leyendas piadosas. Hoy lo valoro como un camino en solidaridad con todos los cristos que cargan pesadas cruces en su vida cotidiana. Yendo de estación en estación, repitiendo catorce veces el estribillo Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos, que por tu santa cruz redimiste el mundo, pienso en Jesús –¡faltaría más!–, pero pienso, sobre todo, en los muchos inocentes masacrados que hoy completan en su cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo (cf. Col 1,24). Es un itinerario en el que me sobran las palabras. No me gustan las meditaciones largas. Prefiero la lectura escueta del texto bíblico, un tiempo de silencio contemplativo y, de vez en cuando, una plegaria breve. Cuando el misterio se sobrecarga de explicaciones deja de hablarnos. Se convierte en una mera excusa para hacer una exhortación moral de las nuestras. No, no es eso. El Viacrucis es, ante todo, un ejercicio de ósmosis contemplativa. Mirándolo a Él, caminando con Él, acabamos pareciéndonos a Él. Se produce un misterioso trasvase de sentimientos, una progresiva configuración. 

En este proceso no estamos solos: nos acompaña María, la Madre dolorosa, la que no se retiró del pie de la cruz: Stabat mater iuxta crucem. Un antiguo libro titulado Dormición de la Virgen presenta a María recorriendo los lugares por los que anduvo Jesús camino del Calvario. Parece ser que ésta era también –como atestigua la monja española Egeria en el siglo IV– una tradición de los cristianos que vivían en Jerusalén. Todos querían recorrer la senda que el Maestro había recorrido con la cruz a cuestas. Cuando el peregrino actual quiere hacer lo mismo –tuve la oportunidad de hacerlo el pasado mes de noviembre con un grupo de claretianos de varios países del mundo experimenta, de entrada, una enorme frustración, más acentuada, si cabe, que la que siente en otros lugares de Tierra Santa. Hoy no sabemos con exactitud cuál fue el verdadero camino seguido por el Nazareno porque tampoco conocemos el lugar del que Jesús salió con la cruz. La actual Vía Dolorosa discurre por un laberinto de calles cuyo trazado es muy posterior. Pero para el peregrino este hecho carece de importancia. Lo que importa es recordar lo que Jesús padeció en la Jerusalén del primer tercio del siglo I. 

¿Qué sentiría hoy María viendo la Vía Dolorosa convertida en la calle más comercial de la Jerusalén intramuros? Los antiguos grupos de mujeres plañideras han sido sustituidos por vendedores que ofrecen especias, ropas y toda clase de artesanía y de recuerdos. Los peregrinos se convierten con frecuencia en meros turistas. Nada es como aquel viernes del año 30. O quizá sí. Hoy como entonces seguimos ignorando al Cristo que pasa, aunque, también hoy como entonces, sigue habiendo pequeños cireneos. La mirada de María no es de condena. Los mismos ojos compasivos que contemplaron entonces al Hijo sufriente contemplan hoy a los hijos sufrientes que se esconden tras los escaparates de un comercio o bajo la gorra de un turista. La presencia de María sigue viva en esa calle que parte de la torre Antonia (hoy convertida en escuela musulmana) y muere en la basílica del Santo Sepulcro, que serpea por entre bazares y puestos de policía, que ensambla las voces de los comerciantes, las plegarias de las mezquitas y las campanas de las iglesias, que mezcla las monedas y el incienso. Aparece de manera expresa en el pequeño bajorrelieve que conmemora la cuarta estación en una capilla regida por los armenios católicos. Pero sigue viva, por encima de todo, consolando a los muchos cristos rotos que deambulan por las vías dolorosas de este mundo nuestro, de la que ésta de Jerusalén es todo un símbolo.

En este viernes de Cuaresma, os invito a hacer un Viacrucis visual de la mano de un joven artista italiano, Roberto Ferri, nacido en Taranto en 1978. Su arte se inspira en los grandes maestros del Barroco italiano; sobre todo, en Caravaggio. Las telas de Roberto Ferri se encuentran en la catedral siciliana de Noto. Como hablan por sí solas, huelga todo comentario. 

Primera Estación: 
Jesús es condenado a muerte


Segunda Estación: 
Jesús carga la cruz


Tercera Estación: 
Jesús cae por primera vez


Cuarta Estación: 
Jesús encuentra a su madre María


Quinta Estación: 
Simón el Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz


Sexta Estación: 
Verónica limpia el rostro de Jesús


Séptima Estación: 
Jesús cae por segunda vez


Octava Estación: 
Jesús consuela a las mujeres que lloran por él


Novena Estación: 
Jesús cae por tercera vez


Décima Estación: 
Jesús es despojado de sus vestiduras


Undécima Estación: 
Jesús es clavado en la cruz


Duodécima Estación: 
Jesús muere en la cruz


Decimotercera Estación: 
Jesús es descendido de la cruz y puesto en brazos de María, su madre


Decimocuarta Estación: 
Jesús es sepultado


jueves, 23 de marzo de 2017

Ojos que no ven

Debería completar el título con la segunda parte del refrán: Ojos que no ven … corazón que no siente. Pero no siempre es verdad. A veces sí sentimos. Y más cuando tocamos de cerca el sufrimiento y nos vemos impotentes para remediarlo. Me pregunto hoy por las muchas cosas que están pasando y no vemos. Lo hago horas después de que los periódicos ocupen sus portadas con el atentado de Londres, que ha dejado un saldo de 5 muertos y 40 heridos. De esto todo el mundo habla hoy. Es muy, muy visible. ¡Hasta se ha retransmitido por televisión! Pero, ¿cuántas personas, por ejemplo, están siendo torturadas ahora mismo en cárceles, comisarías de policía o centros de internamiento sin que lo sepamos? ¿Cómo están viviendo su prueba frente a poderes anónimos? ¿Quién escucha sus quejas? ¿A quién se pueden dirigir si nadie las ve, si su caso no existe? Ya se sabe que, en esta sociedad de la imagen, lo que no se ve… no existe. ¿Cuántas mujeres están siendo maltratadas en sus casas sin que nadie se entere de su sufrimiento, obligadas a poner buena cara cuando abandonan el hogar para que nadie note la esclavitud a que están sometidas? ¿Quién ve a muchos ancianos que viven solos, que no reciben nunca visitas ni llamadas telefónicas, que matan el tiempo viendo la televisión y que suplican que pronto les llegue la muerte para poner fin a una soledad insufrible? ¿Quién ve lo que pasa por el corazón de las prostitutas sometidas a la esclavitud sexual, de los niños que son obligados a empuñar armas y que se acuestan llorando con el recuerdo de sus padres tal vez asesinados? ¡Hay tanto sufrimiento invisible!

Todos solemos estar ocupados en nuestras cosas. Todos tenemos trabajos que hacer, personas a las que atender, viajes que realizar. Nuestros pequeños problemas cotidianos se convierten en montañas cuando no vemos –o no queremos ver– los dramas que están viviendo otras personas. Solemos aducir en nuestro descargo que también nosotros tenemos nuestras dificultades, que no podemos llegar a todo, que alguien se ocupará de los demás, que… Recuerdo una vieja canción religiosa que decía así: “Su nombre es el Señor y pasa hambre / y clama por la boca del hambriento / y muchos que lo ven pasan de largo, / acaso por llegar temprano al templo”. Me cuesta encajar esas palabras: Y muchos que lo ven pasan de largo. Aquí se habla de un ver que no mueve el corazón. Es, en realidad, un no-ver: Te miro, pero no quiero verte, para que tu mirada no desnude mi alma, para no verme desafiado por un sufrimiento que no quiero/no puedo encajar. ¿No hemos experimentado muchas veces algo semejante?

Es verdad que hoy, con tantos medios de comunicación, nos enteramos enseguida de los inmigrantes que han llegado a las costas europeas en una barca de goma. Estamos ya familiarizados con las imágenes del personal sanitario que los atiende, los cubre con mantas isotérmicas y les proporciona comida. Es verdad que sabemos datos sobre la cuestión de los refugiados que están entrando por el este de Europa. Es verdad que hemos oído hablar de los conflictos en Sudán del Sur o de la interminable guerra de Siria. Pero a veces el exceso de información consigue anestesiarnos. No hay ser humano que pueda digerir tanto sufrimiento. Hay personas que me han confesado que ya no aguantan los telediarios, que prefieren no enterarse de tantas malas noticias. Es comprensible. Ojos que no ven

Pero, ¿qué pasa con los sufrimientos cercanos que tampoco vemos? Podemos estar todos los días cruzándonos con personas, conversando con ellas, viviendo bajo el mismo techo… sin darnos cuenta del sufrimiento que almacenan. Podemos repetir muchas veces de manera protocolaria: ¿Cómo estás?, pero sin dar tiempo ni crear las condiciones para que la otra persona pueda responder con algo más que otro protocolario: Bien, gracias. No es extraño que cuando se produce un desenlace triste en la vida de una persona, sus más allegados digan: No, si ya se veía venir. Ya se veía, pero nadie hizo nada. En este contexto de invisibilidad aceptada –o, por lo menos, tolerada– Dios nunca pasa de largo ante el sufrimiento humano. Él sí lo ve y no deja sin respuesta las preguntas de sus hijos e hijas. Es verdad que no siempre se perciben en los plazos y modos que uno quisiera, pero el corazón de Dios sí siente porque sus ojos sí ven. Solo cuando estamos animados por esta fe, caemos en la cuenta de que ningún sufrimiento es invisible, de que no hay ser humano que quede excluido de la compasión de Dios, porque Jesús ha asumido todos los sufrimientos humanos en el suyo: los ha visto y los ha sentido. La Cuaresma y la Pascua nos confrontan con este misterio de salvación y nos abren a una esperanza indestructible. Ninguna lágrima quedará sin enjugar, aunque en este mundo parezcan invisibles y olvidadas.