Claret

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jueves, 31 de agosto de 2017

La segunda (y, a veces, primera) conversión

Termina el mes de agosto, el mes de las vacaciones en Europa, también el mes de los grandes conversos, desde  Agustín de Hipona hasta Edith Stein. Se ha escrito mucho sobre los grandes conversos del siglo XX, personas que, desde el ateísmo, el agnosticismo u otras religiones y confesiones cristianas, abrazaron la fe católica. En el ámbito francés destacan Charles Péguy, Paul Claudel, Jacques Maritain, Gabriel Marcel, Max Jacob, Leon Bloy, Julien Green, Jean Cocteau, Alexis Carrel, Louis Bouyer, Jean-Marie Lustiger, etc. El clima de origen de casi todos los conversos franceses es el republicanismo radical típicamente francés, más o menos teñido de socialismo, según los casos. Son hijos tardíos de la ilustración laicista y anticlerical, que domina la mentalidad y las estructuras del Estado, y, de manera especial, la educación oficial, en los liceos y en las universidades. En Inglaterra, la figura más relevante del siglo XIX es el cardenal John Henry Newman, quien cuenta su conversión en su conocida obra Apologia pro vita sua. Él influyo en otros muchos conversos del siglo XX: G. K. Chesterton, C. S. Lewis (que escribió un bellísimo testimonio en su obra Cautivado por la alegría), Hugh Benson, Ronald Knox, novelistas como Graham Greene y actores como Sir Alec Guinness.

Entre los conversos norteamericanos destacan el trapense Thomas Merton, la activista Dorothy Day,  el jesuita y luego cardenal Avery Dulles (a quien pude conocer en Roma en mi época de estudiante de teología), Marshall McLuham, etc. En Alemania sobresalen los nombres de Erik Peterson y Heinrich Schlier, Peter Wust, Theodor Haecker, Edith Stein, Von Hildebrand, Ernst Jünger (premio Nobel de Literatura) y muchos otros. En el ámbito de habla española, por razones culturales y de otro tipo, no tenemos muchos grandes relatos de conversión. En nuestro ámbito escasean las grandes conversiones intelectuales, aunque sean frecuentes las conversiones de intelectuales. Uno de los más interesantes, desde el punto de vista intelectual, es el de Manuel García Morente, amigo y colaborador de Ortega y Gasset. Nos dejó un estupendo relato de su conversión (El hecho extraordinario), que podría ponerse dentro del grupo de los grandes relatos, junto a los de Chesterton o Lewis. Se pueden añadir los casos de la novelista Carmen Laforet, de la poetisa Ernestina de Champourcin, etc.

Estoy convencido de que nos hace mucho bien acercarnos al itinerario vital de estas personas. En ellas podemos ver reflejadas nuestras preguntas, dudas, incertidumbres, perplejidades… pero también nuestros deseos de sentido y plenitud. En torno a los 40-50 años, coincidiendo con la “crisis de realismo”, se suele producir en algunos creyentes una “segunda” conversión; es decir, una asunción personal de la fe que han profesado – a veces de manera muy superficial y rutinaria – desde niños y adolescentes. Jesús deja de ser un personaje del pasado para convertirse en Alguien con quien se establece una profunda relación personal. La Biblia, que parecía un libro hermético y anacrónico, comienza a “hablar”, como si Dios mismo se estuviera dirigiendo a la persona que la lee. El hombre o la mujer que experimentan esta “segunda” conversión se saben más limitados y pecadores que nunca, pero no buscan ya excusas ni justificaciones porque se saben aceptados como son en la gran misericordia de Dios. La vida es más dura que nunca, pero bañada por una alegría profunda que relativiza todo y se abre a la esperanza final. Se podría decir que la experiencia de la “segunda” conversión es, en el fondo, la experiencia de la gracia. Todo lo que somos nos es dado. Educados en una cultura del esfuerzo y del mérito, la gracia nos deja desarmados porque desplaza el centro del propio yo a Dios mismo. No se trata de que yo sea bueno o recto sino de que me abra con humildad al infinito amor de Dios hacia mí.

Junto a los conversos famosos, hay una pléyade de hombres y mujeres que, sin ser conocidos, en el anonimato de sus vidas calladas, han vivido experiencias de este tipo. Es probable que también se hayan producido entre los lectores de este Rincón. Os dejo con un testimonio reciente que puede ayudarnos. Es la historia del guitarrista y cantautor gallego Rubén de Lis.


miércoles, 30 de agosto de 2017

Procrastinación

Tengo un amigo colombiano al que le encanta esta palabra. Y no solo le encanta sino que la practica en su sentido más preciso: “acción y efecto de procrastinar”. El susodicho verbo no es de fácil pronunciación, pero su significado es claro: diferir, aplazar. Bueno, pues yo he vivido casi tres días dedicado al noble deporte de la procrastinación, que todavía no goza de reconocimiento olímpico, pero todo se andará. Por diversos y confesables motivos, he diferido o aplazado mi cita con los lectores de este Rincón. Lo achaco a los viajes y a ese “síndrome postvacacional” que nos hace un poco remolones a la hora de retomar ciertos compromisos. No es fácil pasar de la vida placentera a un ritmo intenso de trabajo sin carril de aceleración. Pero, en fin, como las tentaciones están para ser vencidas, me he propuesto no abandonarme ni un día más a la procrastinación. ¡Qué palabro, madre mía! He cambiado los pinares sorianos por el asfalto madrileño y las conversaciones informales en torno a un café o una cerveza por las reuniones formales con bolígrafo en mano. No me gusta nada escribir notas con ordenador durante las reuniones. No hay nada como unos apuntes escritos a mano en los que uno vierte su interés, rabia o desdén para las generaciones futuras.

Estos días finales de agosto los periódicos revientan con el asunto catalán, las devastadoras consecuencias del huracán Harvey, los atrabiliarios lanzamientos de misiles norcoreanos y otras noticias pintorescas entre las que se encuentra una que me ha llamado la atención: solo una persona en el mundo ha llegado a 2.197 metros de profundidad bajando por una cueva. O sea, que somos poco profundos en general. Ya decía yo que la superficialidad es el deporte de moda. Tal como están las cosas, no es extraño, pues, que a uno le entren ganas de procrastinar; es decir, de no hacer nada, de retrasar indefinidamente los compromisos por aquello de que “mañana le abriremos, para lo mismo responder mañana”. Hay que reconocer que el maestro de este extraño arte es el presidente Mariano Rajoy, experto en dar tiempo al tiempo hasta que escampe la tormenta sin molestarse en abrir el paraguas. No sé cómo terminará el asunto catalán, pero no se puede permanecer sentado con un ejemplar de la Constitución en la mano derecha, un puro habano en la izquierda y el Marca sobre la mesa. Así que, para no ser acusado de procrastinizador – que suena francamente muy mal – me he propuesto componer un trabalenguas que me mantenga entretenido. Os invito a practicarlo en vuestros ratos libres: “El Rincón de Gundisalvus está procrastinizado. ¿Quién lo desprocrastinizará? El desprocrastinizador que lo desprocrastinice, buen desprocrastinizador será”.

Aprovechando que se pronostican lluvias para mañana, procrastino algunos temas de relieve en espera de mojarme lo suficiente como para recibir algunas bofetadas por la derecha y la izquierda. Uno de ellos será, sin duda, el asunto catalán, que sigo muy de cerca, porque quiero a Cataluña y la visito con frecuencia, porque tengo algunos amigos catalanes y porque – last but not least – es la tierra donde nació san Antonio María Claret y se fundó la congregación misionera a la que pertenezco. Para empezar, ya me he leído los 89 artículos y las tres disposiciones finales de la Llei de Transitorietat Jurídica i Fundacional de la República, cosa que dudo que haga la mayoría de los partidarios de la independencia, aunque nunca se sabe. Advierto que la lectura no es nada divertida y puede producir somnolencia. En el artículo 1 de esta Ley, que apenas va a ser debatida, se lee: “Catalunya es constitueix en una República de Dret, democràtica i social” (Cataluña se constituye en una República de Derecho, democrática y social”. Si no fuera porque estamos jugando con fuego, resultaría cómico que se pretenda construir una República de Derecho (así, con mayúscula inicial) saltándose las normas jurídicas fundamentales que regulan la situación presente y que, con todas sus imperfecciones, están garantizando los derechos y deberes de los ciudadanos. Las bases están puestas para que en la futura República catalana cualquiera pueda hacer lo mismo con respecto a las leyes tributarias, las normas de tráfico, los planes de educación o el sursum corda. En fin, todo debe de provenir del sacrosanto “derecho a decidir” (que está por encima de cualquier ordenamiento jurídico positivo) o de la todavía más sacrosanta “libertad de expresión”, que se invoca para abuchear al Rey de España, al presidente del gobierno o al himno nacional, y no tanto para criticar – siquiera levemente – unos planteamientos políticos que a mí me parecen respetables, pero inconsistentes y, sobre todo, que no reflejan la pluralidad de la sociedad catalana. Más que integradores (que es a lo que deben aspirar los proyectos políticos en las sociedades plurales), creo que son disgregadores. Fragmentarán todavía más a la ya dividida sociedad catalana y producirán heridas difíciles de cicatrizar.

La verdad es que para encontrarme en estado de procrastinación, he empezado con fuerza. Mejor es que lo dejemos aquí y esbocemos una sonrisa amable. Ninguna causa es tan solemne que se merezca una mala digestión.

domingo, 27 de agosto de 2017

Las dos identidades

Recuerdo que la primera vez que visité la basílica de san Pedro en Roma me impresionaron las enormes letras que circundan la base de la cúpula. Lo que se lee es lo siguiente: “Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam” (Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia). Es un versículo del Evangelio de Mateo que nos propone la liturgia de este XXI Domingo del Tiempo Ordinario. Dado que tradicionalmente el “ministerio petrino” se ha fundamentado en estas palabras, es comprensible que hayan corrido ríos de tinta sobre el verdadero significado y alcance del dicho de Jesús. Yo prefiero abrir el espacio y fijarme hoy en el juego de identidades que se establece entre Jesús y Pedro porque, en el fondo, es el mismo juego que se produce en nuestra experiencia de fe. Pedro revela quién es Jesús y Jesús revela quién es Pedro. A la pregunta: ¿”Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, Mateo pone en labios de Pedro la confesión de fe de la Iglesia: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Es una confesión que contrasta con lo que dice “la gente”. En tiempos de Jesús, la gente decía que era Elías o uno de los profetas. En los años 70 del siglo pasado, se decía que era un “superestrella” (Jesus Christ Superstar), un payaso (Godspell) o un guerrillero (grupos liberacionistas). Hoy se lo presenta como “un judío marginal”, un sanador, un sabio en la línea de Buda y otros grandes hombres de la historia. No faltan en cada época algunos que lo consideran un mito creado por la Iglesia para justificar su poder.

Confesar que Jesús es el Mesías (el esperado por Israel) o el Hijo de Dios (Dios hecho historia) significa que, a diferencia de otras personas a las que admiramos, él puede determinar nuestra vida porque nuestra actitud ante él define nuestra actitud ante Dios mismo. El creyente no admira a Jesús (como puede admirar a Nelson Mandela, Teresa de Calcuta o Charles de Foucauld) sino que cree en él. En este horizonte de fe, en el que Pedro confiesa la verdadera identidad de Jesús, el Maestro le revela a Pedro su nueva identidad: “Tú eres Pedro, tú eres la piedra”. Sobre la roca de esta confesión de fe se construye la comunidad de la Iglesia. Ningún poder mundano podrá nunca destruir esta roca. Jesús no promete a su comunidad que todo le irá bien, que sus miembros (incluidos los dirigentes) serán perfectos, que no sufrirá persecuciones, escándalos o desfallecimientos. No, lo que Jesús promete es que, a pesar de todos los problemas y debilidades, la comunidad de la Iglesia será siempre asistida por el Espíritu Santo para no dejar de confesar a Jesús como el Hijo de Dios. No se trata de una cuestión abstractamente doctrinal, sino de una fe que termina el verdadero significado de Jesús para cada ser humano y para el mundo. Si él es solo un líder religioso, inspirador de actitudes compasivas y solidarias, es homologable a Buda y a otras muchas personas relevantes de la historia. Si él es “la revelación definitiva de Dios”, significa que divide la historia en dos, que todo se mide por la actitud que tomemos ante él.

Mientras escribo estas líneas, llueve suavemente después de días intensos de calor. Es una leve anticipación del otoño. Los medios hablan sobre la manifestación que tuvo lugar ayer en Barcelona. Como se podía prever, ya ha estallado la guerra de interpretaciones. No tenemos remedio. Hasta el dolor puede ser manipulado. Yo me quedo dando vueltas al “juego de identidades” que presenta el Evangelio de hoy. Solo sabré quién soy yo cuando Jesús mismo me lo diga, cuando él pronuncie sobre mí unas palabras parecidas a las que dirigió a Pedro: “Tú eres…”. Mi nuevo nombre es, al mismo tiempo, mi misión en la vida. El relato de Mateo me ayuda también a entender que me costará mucho escuchar la voz de Jesús si no soy capaz de reconocerlo como el Hijo de Dios, si lo contemplo solo como un personaje admirable, pero, en el fondo, lejano. ¿Cómo abrirme humildemente a la acción del Espíritu Santo, que es el único que me permite confesar que “Jesús es el Señor”? Las demás cosas me parecen muy secundarias. 

sábado, 26 de agosto de 2017

La difícil pero no imposible convivencia

Faltan pocos minutos para que comience la gran manifestación de Barcelona. Las imágenes darán la vuelta al mundo. Estará encabezada por el personal de emergencias y seguridad seguido por las autoridades nacionales, autonómicas y locales y miles de personas que quieren oponerse al terrorismo bajo el lema No tinc por (No tengo miedo). Si yo hubiera estado en Barcelona, habría participado. Creo que estos actos tienen una gran carga simbólica. Congregan a un todo un pueblo contra un enemigo común que, por desgracia, logra unir a una sociedad plural más que los supuestos ideales compartidos. Quizás esto es inevitable, pero no es suficiente. Los mismos que hoy marchan unidos, mañana o pasado mañana desenvainarán de nuevos sus espadas dialécticas y buscarán sus propios intereses. No basta unirse para luchar contra alguien. Es preciso luchar por los valores que sostienen la convivencia. Por eso, aunque comprendo su origen popular, no acaba de gustarme el lema. Suena negativo (no tengo) y apela al miedo. La verdad es que yo sí tengo miedo de que algo semejante a los atentados de Barcelona y Cambrils pueda repetirse en Roma, la ciudad donde vivo, objetivo declarado de los yihadistas por ser el centro espiritual de los cruzados. Yo sí tengo miedo de que entremos en una espiral de violencia incesante. Yo sí tengo miedo de que la tercera guerra mundial “a trozos” marque el primer tercio del siglo XXI, mate a miles de personas y eche por tierra los objetivos del milenio. Por eso, hubiera preferido un lema más propositivo, algo así como “Por una convivencia pacífica” o “Todos somos hermanos”. Suena menos combativo, casi idílico, pero señala con claridad el rumbo.

Durante las semanas que estoy pasando en España, he tomado más conciencia de lo difícil que resulta convivir a todos los niveles, desde el familiar hasta el político. Es como si, de unos años a esta parte, los viejos ideales de fraternidad hubieran sido sustituidos por los de rivalidad. El homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre) se ha impuesto al homo homini frater (el hombre es un hermano para el hombre). Me lo cuentan algunos amigos que trabajan en empresas multinacionales, que los explotan laboralmente y que, con su famosa política de objetivos, promueven una lucha cainita entre los empleados. He conocido más casos de parejas que se han separado o divorciado a los pocos años de comenzar su relación porque no pueden resistir la convivencia. He asistido a una curiosa reunión de vecinos en la que no había manera de ponerse de acuerdo sobre asuntos nimios que afectaban al inmueble común porque cada uno defendía lo suyo. Lo percibo en esa pseudoreligión moderna llamada fútbol. He oído a seguidores del Real Madrid decir pestes del Barça y a hinchas del Barça atacar al Real Madrid como si representara el imperio del mal. ¿Es posible llegar a estos ridículos extremos, incluso en personas que, en otras áreas de la vida, parecen razonables y sensatas?

El campo de la política merece un trato aparte. Recuerdo que una vieja enciclopedia de los primeros años del franquismo llegaba hasta contaminar la geografía con su ideología imperial. Como pie de un mapamundi ponía una frase que hace sonrojar a cualquiera. Sonaba más o menos así: “La Providencia ha colocado a España en el lugar ideal. Ni muy al norte, para no estar sometida a los fríos polares, ni muy al sur para no verse expuesta a los calores del trópico”. Vamos, que era el centro del mundo mundial, el paraíso en la tierra. Cuando uno había imaginado que, después de 70 años, nadie cometería sandeces de este tipo, leo algunos folletos editados por la Generalidad de Cataluña en la que se dicen cosas sobre la identidad catalana (con todo tipo de tergiversaciones históricas y hasta climatológicas) que, si no fuera porque alimentan el odio hacia el resto de España, podrían ser materia de un vodevil. Es como si todos los que no son “la nostra gent”, que no pertenecen a “los nuestros” (¡curiosa expresión!) fueran enemigos. Donald Trump sigue empeñado en completar el muro que recorre la frontera con México. Detrás de fenómenos tan diversos, hay siempre un denominador común: los “otros” (los inmigrantes latinos, Madrid, los catalanes, los refugiados…) son mis “enemigos”, lobos que van a quitarme “lo mío” (riqueza, lengua, cultura, religión, historia…) y de los cuales me tengo que defender con uñas y dientes. Salta a la vista en la llamada cuestión catalana, pero la dinámica se repite en todo el mundo con respecto a los inmigrantes, los musulmanes, los homosexuales, los ateos, los de derecha, los de izquierda, los comunistas, los conservadores… Los años en los que se buscaba crear una cultura de la aceptación y de la fraternidad universal parecen haber entrado en hibernación.

Tal vez exagero un poco, pero reconozco que todo esto me produce una inmensa tristeza. ¿Por qué un castellano católico como yo tiene que ser enemigo de un catalán o de un musulmán? Anteayer caminé hasta un camping cercano a Vinuesa para probar el estado de mi rodilla, tomarme un café y respirar el aire del pinar. En la cafetería vi a una joven familia catalana hablando – como es natural – en catalán. Estoy seguro de que algún energúmeno se lo hubiera reprochado, como si ese hecho constituyera una afrenta. Yo me dirigí a ellos y les pregunté si eran de Barcelona. Ante su respuesta afirmativa, les expresé mi cercanía con motivo de los recientes atentados. Ellos me dieron las gracias muy cortésmente. Me despedí deseándoles que disfrutaran de sus vacaciones en medio del bosque. Mientras lo hacía, pensé: “He saludado a cuatro seres humanos (el matrimonio y dos niños). Me importa un pimiento si son catalanes, gallegos, rumanos, ingleses, rusos, argentinos, vascos, andaluces o castellanos”. Por el mero hecho de ser seres humanos y vivir en una ciudad que ha sido golpeada por el terrorismo son “de los nuestros”. Todo ser humano es “de los míos”. El color, la raza, la religión, el pasaporte… no tienen ninguna importancia. ¿No habíamos quedado en que todos formamos la gran familia humana, guiada por ideales de libertad, igualdad y fraternidad? ¿No nos habíamos comprometido a luchar juntos por superar las discriminaciones y crear un mundo más humano? Sí, la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) iba en esa dirección tras la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, pero el tiempo borra los malos recuerdos. Ya se sabe que “todo el mundo busca sus intereses, excepto yo que busco los míos”. ¡Paciencia!

viernes, 25 de agosto de 2017

Un paseo por el pinar

Anteanoche se produjo una tormenta veraniega en los cielos de Vinuesa. Fue un espectáculo formidable de relámpagos, truenos, viento y agua. Todo el mundo decía que ya era hora. Estamos viviendo un verano muy seco y caluroso. Los aficionados a las setas se alegraron por un motivo añadido: las lluvias de finales de agosto son augurio de una buena recolección de níscalos y otras especies durante el otoño ya cercano. Casi recuperado de mi lesión de rodilla, aproveché el descenso de la temperatura para dar mi primer gran paseo por el pinar. Me cuesta encontrar las palabras justas para describir lo que siento cada vez que sigo una ruta forestal o me interno en la espesura boscosa a través de alguna senda. Es como entrar en contacto directo con la naturaleza primordial: la tierra, el aire, el sol, el agua, el cielo, las nubes, las masas de pinos, robles y hayas… He tenido la fortuna de visitar paisajes impresionantes en muchos lugares del mundo: desde el parque Serengueti en Tanzania hasta las montañas nevadas de Bariloche en Argentina pasando por los Alpes suizos, los Highlands escoceses, la costa californiana o las planicies de la estepa rusa. Guardo un recuerdo entrañable de las islas panameñas de Guna Yala (de las que me enamoré en 1994) y de las impresionantes y desérticas alturas del Norte de Potosí en Bolivia. Me impresionaron la Gran Muralla China, el Lago Victoria y el abigarrado ambiente de Calcuta. El mundo está lleno de más maravillas de las reconocidas por la UNESCO. Pero debo confesar que en ningún lugar del mundo he sentido lo que cada verano experimento cuando camino por los pinares de mi tierra. No es ridículo chovinismo sino un sentimiento de gratitud que hunde sus raíces en mi experiencia infantil, cuando el mundo adquirió los perfiles del primer paisaje al que se abrieron mis ojos de niño, a lomos de un caballo guiado por mi abuelo.

Hace años organicé algunos campamentos con niños y jóvenes en estos parajes. Varias noches dormimos al raso, sin la protección de la tienda de campaña, expuestos a las estrellas y al relente nocturno, tumbados sobre la tierra. Organizamos marchas a pie hasta la Laguna Negra y los Picos de Urbión, donde nace el río Duero. Navegamos por el embalse de la Cuerda del Pozo. Contamos historias en torno al fuego, cuando las normas antiincendios no eran tan estrictas como en la actualidad. Eran proezas de juventud, vividas con amigos de entonces. Ahora disfruto caminando solo. Durante muchos minutos me sorprendo pensando… en nada. Dejo la mente en blanco, en una especie de stand by que me relaja. Sigo el ritmo de mis pisadas, acompaso la respiración y me dejo acariciar por suaves ráfagas de brisa fresca que atemperan el calor de media mañana. Cuando desde la altura diviso el pueblo agazapado en el valle del Revinuesa, recuerdo siempre las palabras de Jesús al contemplar Jerusalén desde el monte de los Olivos: “Si supieras lo que conduce a la paz!”. Recuerdo algunos de los misterios gozosos y dolorosos de mi gente. Los gloriosos llegarán en el momento oportuno. A tres kilómetros de distancia, sobre la falda del monte, el pueblo parece diminuto, rodeado de árboles y cielo. Los tejados rojizos contrastan con la masa verdosa de los pinos. Me acomodo en una roca y me quedo un largo rato contemplando la estampa. Desde cerca, un pueblo es un muestrario de diversidad no siempre bien integrada. Desde lejos, todo parece un conjunto unitario y armónico. Caigo en la cuenta de que para comprender cualquier realidad, incluyendo mi propio yo, es preciso combinar siempre la dinámica cerca-lejos. De cerca se perciben los detalles; de lejos se aprecia el conjunto. Ambas miradas son esenciales y complementarias.

Comenzando el último mes de verano, las moscas se vuelven tercas. Es el único elemento perturbador a lo largo de un paseo apacible y entrañable. Ni siquiera la rodilla se rebela. Me pregunto cuántas veces he recorrido estos lugares que parecen siempre los mismos mientras yo he cambiado tanto. La estabilidad de los montes me recuerda que, aunque ya no soy lo mismo que hace treinta o cuarenta años, sigo siendo el mismo. Xabier Zubiri me ayudó a profundizar en la permanencia de la identidad personal en el continuo cambio (incluido el de las células corporales) de las experiencias. Es el misterio de la vida: somos cambiando; cambiamos siendo. No necesito leer ningún libro para comprenderlo. Los riachuelos de la sierra y las crestas de estos montes me lo susurran por si yo quiero quedarme con la copla. Aquí nada se impone, todo se ofrece. El sudor me recuerda que, incluso las experiencias más placenteras, tienen siempre algo de arduas. No hay satisfacción sin combate. A medida que el camino asciende se vuelve un repecho trabajoso. Disminuyo un tanto la velocidad para ganar resuello. Así disfrutaré más de los descansos. A más altura, más perspectiva. Me encanta el valle y su ambiente protector, pero necesito también horizontes amplios. Las gentes serranas necesitamos abrirnos de vez en cuando a las inmensas llanuras de Castilla; si no, nos volvemos un poco abertzales, narcisos que se miran en el espejo de una tierra hermosa que no agota el mundo. Ningún repliegue ayuda a madurar. Somos éxtasis continuo, apertura, encuentro, diálogo. Nunca entiendo mejor lo que sucede en el valle que cuando lo contemplo desde la altura. Es hora de bajar. Me aguardan otras historias. Mañana será otro día.

jueves, 24 de agosto de 2017

La familia y el trabajo

Tengo un buen grupo de matrimonios jóvenes amigos con los que dialogo de vez en cuando. Algunos se sienten atrapados por sus responsabilidades familiares (sobre todo, cuando tienen dos o más hijos) y laborales (sobre todo, cuando trabajan los dos cónyuges fuera del hogar, lo que hoy suele ser normal). No encuentran tiempo para hacer “algo más”. Quisieran insertarse más en la vida parroquial, pertenecer a algún grupo de voluntarios o ayudar a personas necesitadas, pero no lo consiguen. Sienten que no están viviendo su fe de manera radical. Me parece una preocupación legítima. En el campo espiritual nunca acabamos de llegar a la meta. Hay una inquietud sana que nos mantiene despiertos, que nos empuja a buscar siempre una respuesta más generosa. Pero puede haber también una inquietud insana que nos distrae de nuestras responsabilidades inmediatas. ¿Hay algo más valioso que dedicarse en cuerpo y alma al cuidado y educación de los hijos pequeños y al desarrollo competente y honrado del propio trabajo profesional? Cuando un matrimonio joven descubre que estos son los campos principales de su misión supera la esquizofrenia que a menudo paraliza su vida y encuentra nuevos motivos para una vida cristiana serena y alegre.

He conocido padres que, movidos por intenciones evangelizadoras, han dedicado tanto tiempo a actividades pastorales (en la parroquia, en asociaciones de diverso tipo, en ONGs y voluntariados) que han descuidado mucho la atención a sus propios hijos. Y, claro, luego el tiempo les pasa una factura amarga. ¿No es una excelente tarea evangelizadora cuidar la “iglesia doméstica” que es la propia familia? ¿No es ésta la misión principal de los esposos? ¿O será necesario añadir otros compromisos que son más vistosos y están rodeados de un aura de originalidad? Ser un buen padre o una buena madre es la misión (no solo la tarea) más hermosa que existe. Además de contribuir al crecimiento armónico de los hijos, los padres y madres están contribuyendo – mucho más de lo que a simple vista parece – a crear un mundo mejor y una Iglesia más viva. La presencia de los padres – al menos hasta que sus hijos cumplen la mayoría de edad – es vital. Cuando los hijos vayan independizándose, tiempo habrá de canalizar el compromiso cristiano en otras direcciones. Esto no significa que la vida tenga que limitarse al pequeño círculo familiar, sino que éste tiene que ser prioritario.

Algo parecido podría decirse con respecto al trabajo. Ser un profesional competente, honrado y colaborador no tiene precio. Frente a la cultura de la improvisación y de la chapuza, es preciso destacar la cualificación profesional. Un cristiano tendría que ser consciente de que con su trabajo prolonga la obra creadora de Dios en los múltiples campos de la actividad humana. Y Dios no es un chapucero. La “obra bien hecha” es un canto a la creatividad divina, una muestra de espiritualidad madura. Admiro a las personas que ponen pasión y competencia en lo que hacen: desde un proyecto arquitectónico hasta un muro de mampostería, una clase, un artículo periodístico o una tarta de manzana. Pero eso no basta. En un contexto en el que la corrupción campa a sus anchas (sobre todo en el campo político y económico), el cristiano debe brillar también por su honradez. Estamos hartos de absentismo laboral, de comisiones, mordidas, tráfico de influencias, etc. Los antiguos decían que “es antes la obligación que la devoción”. Era una manera concisa y enérgica de decir que el buen cristiano no debe distinguirse tanto por las prácticas religiosas que acumula sino, ante todo, por el cumplimiento cabal de sus obligaciones, incluyendo las laborales. Yo lo diría de una forma más descarnada: “Más honrado y menos meapilas”. ¿De qué sirve ser un asiduo en las celebraciones litúrgicas si luego en el trabajo uno se deja llevar por la lógica del máximo beneficio a cualquier precio, por la explotación o por la desidia?

Cuando hablamos de compromiso laical tendemos a pensar que lo importante es pertenecer a grupos apostólicos, participar en campañas, estar siempre metidos en mil actividades… De hecho, a las personas que siempre andan liadas solemos llamarlas “comprometidas”, aunque este término no está tan de moda como hace treinta o cuarenta años. Es un gran error, sobre todo si esto supone descuidar los dos campos que son más propios de los cristianos laicos y en los cuales pueden vivir una hermosa espiritualidad: la familia y el trabajo. Me gustaría seguir dialogando con mis amigos jóvenes sobre las muchas posibilidades que se abren en ambos campos. ¡Otro gallo nos cantaría si los millones de laicos cristianos vivieran con gratitud, alegría y constancia estos compromisos! Creo que por parte de los sacerdotes tendríamos que apoyar más este enfoque para evitar que muchos matrimonios jóvenes se sientan a disgusto… por el simple hecho de que tienen que cuidar a sus hijos pequeños y ser responsables en su trabajo. 

miércoles, 23 de agosto de 2017

La visita

Cuando afuera aprieta el calor del estío, adentro se está fresquito. Los gruesos muros de piedra actúan como aislantes térmicos. Se puede acceder al recinto por la puerta principal, que da a poniente; o por la lateral, que da a mediodía. Ambas son de difícil acceso, como si uno tuviera que esforzarse por llegar. No está preparada para las personas con discapacidades motoras, aunque son muchos los ancianos que, sacando fuerzas de debilidad, traspasan sus gruesos muros de piedra. La puerta principal está coronada por una estatua de santa Ana. Desde ella se ven la imponente nave central y las dos naves laterales. Al fondo, se adivina el retablo dorado con el camarín de la Virgen del Pino en la parte superior de la calle central. La entrada por la puerta de mediodía es más discreta. Una vez superados los dieciséis escalones, uno traspasa el pequeño atrio de entrada, deja a la izquierda el altar de las almas del purgatorio, el baptisterio y la escalera que conduce al coro. Yo suelo usar este acceso todos los días de este mes de agosto por la tarde. Permanezco sentado en un banco frente al retablo de la Inmaculada. A mi derecha queda el de la Virgen del Carmen. A esa hora no hay nadie en la iglesia; de vez en cuando, aparece algún turista. Algunos iluminan el retablo con una moneda de un euro; otros se limitan a recorrer las naves laterales y a hacer comentarios más o menos afortunados.

Estar solo en una iglesia enorme de comienzos del siglo XVII es una experiencia única. Es como si el tiempo se detuviera. No es necesario ser creyente para sentir que necesitamos espacios como éste en medio del tráfago urbano. Estoy convencido de que si todos tuviéramos la oportunidad de tener cada día un tiempo de silencio en un lugar como éste viviríamos más afinados. Si uno es creyente, experimenta que en el silencio se percibe de otra manera la voz de la conciencia y, a través de ella, la voz de Dios. Sentado en el viejo banco de madera, caigo en la cuenta de que en este lugar – la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Pino – se han producido a lo largo de más de cuatrocientos años multitud de acontecimientos. No sé cuántos miles de niños habrán sido bautizados, cuántas personas habrán participado en la Eucaristía, cuántos matrimonios y funerales se habrán celebrado. La vida del pueblo pasa por esta “casa de todos” que permanece abierta casi de sol a sol, para que todo el que quiera pueda entrar sin llamar. Si algún día las iglesias se convierten en recintos que siguen los protocolos de los museos, habrán perdido su carácter popular.

En la espiritualidad tradicional se hablaba, a menudo, de “la visita”. Hoy no se utiliza apenas esta expresión. Con ella se aludía a la costumbre de entrar en una iglesia y permanecer unos minutos en oración ante el Santísimo Sacramento. Creo que deberíamos recuperar esta práctica. Cuando uno va o regresa del trabajo, cuando hace la compra o sencillamente cuando pasa delante de una iglesia, puede detenerse un momento, entrar y escuchar estas palabras invitatorias: “El Señor está aquí y te llama”. Bastan unos instantes de silencio contemplativo. A veces, pueden brotar palabras de arrepentimiento o de acción de gracias. Otras, quizás una música de fondo o la fuerza expresiva de una imagen pueden evocar sensaciones que permanecen latentes en nuestro interior. Tenemos que concedernos la oportunidad de escuchar otros silencios, otras músicas… antes de que los oídos del corazón se atrofien por completo. No son raros los casos de personas que han encontrado un nuevo rumbo a sus vidas por la eficacia secreta de estas visitas breves y enjundiosas. A veces, imaginamos itinerarios complicados cuando las cosas mejores suelen ser las más sencillas, las que están al alcance de la mano. No olvidemos que Dios es el alimento de los pobres. Estos no pueden permitirse lujos innecesarios.

martes, 22 de agosto de 2017

¿Comisaría u hogar?

Ayer, un amigo de Facebook escribió en mi muro un comentario que me ha hecho pensar. Yo hablaba del “cristianismo subjetivo” como una tendencia de nuestro tiempo, sobre todo entre los jóvenes. Él añadía un nuevo punto de reflexión: “Pienso también que lo que está en entredicho es, sobre todo, si la Iglesia es o no es la representación de Dios en la Tierra; de ahí que se pueda ser creyente aun saltándose la doctrina oficial de la Iglesia”. Le agradezco que pusiera el dedo en la llaga. Su reflexión va en la línea de los muchos que resumen su postura crítica en el célebre dilema “Jesús (o Dios) sí – Iglesia no”. Para ellos, Jesús es un hombre libre que llega al corazón, que da un sentido a la vida. La Iglesia, por el contrario, es una institución obsoleta que ha manipulado la doctrina de Jesús y que solo persigue su propia supervivencia. Esta es una postura típica, aunque no exclusiva, de muchos cristianos europeos y americanos. Apenas la he encontrado en las comunidades cristianas de Asia y de África. Es propia de los países en los que la Iglesia ha ejercido un papel preponderante a lo largo de los siglos; es decir, prácticamente en todos los países europeos, sea como Iglesia católica u ortodoxa o como iglesias protestantes. Aunque legal y culturalmente las cosas han cambiado mucho, perduran todavía los efectos del régimen de cristiandad. Salvo casos aislados, no se ingresaba en la Iglesia por conversión personal a Jesús y su Evangelio (se suponía que ésta llegaría después) sino simplemente por pertenencia cultural. No se seguía un itinerario catecumenal de preparación sino que se practicaban los ritos (¿sacramentos?) que socialmente estaban asociados a los momentos cruciales de la vida: comienzo (bautismo), fin de la infancia (primera comunión), adolescencia (confirmación), elección de estado (matrimonio u orden sacerdotal), fin de la vida (unción de los enfermos). Cuando todo es cristiano, uno puede sospechar que se trata más de un fenómeno cultural que de una genuina experiencia religiosa.

Hoy vivimos todavía las consecuencias de este modelo, hasta el punto de que muchos jóvenes europeos, que no han vivido ya oficialmente un régimen de cristiandad, no experimentan a la Iglesia como su hogar espiritual (lo que sí sucede entre los cristianos de otros lugares del mundo) sino en muchos casos como una especie de comisaría que dicta normas y vigila sus comportamientos, o como un muro que se interpone entre ellos y Dios y que no hace sino poner cortapisas a lo que ellos consideran normal y apetecible. El campo de la sexualidad es quizás el más llamativo, pero la distancia o la brecha se extiende otras dimensiones de la vida. Es lógico, por tanto, que prescindan de la doctrina de la Iglesia cuando no la sienten como una expresión positiva que les ayuda en su relación personal con Dios. Pertenecer a la Iglesia les parece algo respetable, pero más bien como residuo cultural que como algo atrayente para la gente de hoy. Como contraste, en los países donde la Iglesia es minoría (y, por tanto, apenas tiene influencia en la vida social) o está sometida a persecución, los cristianos la viven como su casa. Se sienten orgullosos de pertenecer a ella, participan en sus actividades, colaboran económicamente a su sostenimiento, pastores y fieles caminan de la mano y se apoyan. Las cosas, pues, no se viven de la misma manera en todos los lugares del mundo. Mientras que para muchos jóvenes de Europa y América, la Iglesia puede ser percibida como una comisaría, para otros millones de jóvenes es el hogar en el que maduran su fe, viven la fraternidad y expresan su compromiso social. Al papa Francisco le gusta usar otra metáfora más en consonancia con las heridas que todos sufrimos en la batalla de la vida cotidiana. El habla a menudo de la Iglesia como un hospital de campaña, como el lugar que nos acoge y nos cura, sin pedirnos ninguna tarjeta sanitaria al ingresar y sin pasarnos factura al salir.

Mi amigo de Facebook se preguntaba “si la Iglesia es o no es la representación de Dios en la Tierra”. La pregunta tiene un hondo calado teológico. La Iglesia nunca se presenta a sí misma como “representación de Dios en la Tierra”. Esta categoría se aplica, más bien, a Jesús: él es el rostro visible del Dios invisible. La Iglesia se entiende como la comunidad que, animada y guiada por el Espíritu Santo, prolonga en la historia el Evangelio de Jesús. O, si se prefiere, siguiendo la doctrina del Concilio Vaticano II, la Iglesia es un signo y un instrumento del Jesús que es “luz de los pueblos” (Lumen Gentium). En cuanto signo, hace visible el proyecto de Dios en la historia. En cuanto instrumento, nos proporciona los medios que nos ayudan a vivirlo (la Palabra de Dios, los sacramentos, la comunidad, etc.). No es fácil llegar a este grado de madurez, sobre todo cuando se multiplican los indicadores negativos en el seno de la propia Iglesia. Algunos hombres de nuestro tiempo, como Carlo Carretto, experimentaron en carne propia las dificultades que supone vivir la fe en esta Iglesia concreta, pero supieron hacerlo con gran lucidez y honradez. Es probable que los demás necesitemos un largo proceso de purificación histórica hasta llegar a descubrir que no hay cuerpo (la Iglesia) sin cabeza (Jesús), ni cabeza (Jesús) separada del cuerpo (la Iglesia). Mientras, los jóvenes críticos nos obligan a no dejarnos llevar por la rutina, a plantear las cosas con profundidad. 

lunes, 21 de agosto de 2017

El cristianismo subjetivo

Este tiempo de verano me está permitiendo conversar con muchas personas, incluyendo algunos jóvenes millennials. Descubro a personas inteligentes, sensibles, responsables y solidarias. El trato cercano desmiente algunas de las caricaturas sobre ellos que a veces circulan por las redes. La mayoría de las personas con quienes he hablado se consideran católicas. Aquí es donde surgen las primeras sorpresas. Si uno espera que entre la actitud personal y las conductas haya una línea lógica, enseguida se sentirá un poco confundido. Lo que existe es, más bien, una brecha entre la fe personal y las obras que – según la doctrina de la Iglesia – tendrían que expresarla. Voy a decirlo de manera más clara. Para muchos de mis amigos más jóvenes, del hecho de creer en Jesús y considerarse miembro de su comunidad no se deriva necesariamente que uno tenga que participar todos los domingos en la misa, confesarse al menos una vez al año, abstenerse de relaciones sexuales fuera del matrimonio, creer en la resurrección de los muertos, pagar los impuestos o procurar seguir las orientaciones pastorales del Papa. A este fenómeno lo denomino “cristianismo subjetivo”. Para ellos, lo que importa es la sinceridad con la que el sujeto se adhiere a Dios, no tanto los elementos objetivos que conforman y expresan esa adhesión. Dicho de manera técnica, hay una gran brecha entre la fides qua (los motivos que nos impulsan a creer) y la fides quae (los contenidos que esa fe implica).

El problema no es nuevo, pero hoy ha adquirido los rasgos de tendencia. Algunos abuelos y padres de mi generación me lo han confesado con desconcierto: “Nosotros hemos procurado educar a nuestros hijos en la fe católica, pero hoy no sabemos qué decirles cuando nos dicen que están conviviendo con sus novias o novios, que no quieren contraer matrimonio religioso o que no les parece bien bautizar a sus hijos”. Comprendo que no es fácil mantener una postura serena, pero es necesario hacerlo. En alguna ocasión he citado en este blog la distinción que la socióloga francesa Danièle Hervieu-Léger hizo entre cristianos practicantes, militantes y peregrinos. Creo que es útil volver sobre ella.
  • Las personas que fueron educadas cristianamente antes del Concilio Vaticano II (y que hoy tienen más de 65 o 70 años) tienen muy claro que el cristiano tiene que practicar lo que dice creer, que debe haber coherencia entre lo que cree (doctrina), lo que practica (moral) y lo que celebra (liturgia). Creer en Jesús implica confesarlo como Hijo de Dios, atenerse a los preceptos morales que la Iglesia propone y participar activamente en la liturgia. Naturalmente, uno puede ser débil, pero tiene claro lo que debe hacer. Es el modelo del cristiano practicante, un modelo premoderno, si este término todavía significa algo.
  • Muchos creyentes, a partir del Concilio Vaticano II, empezaron a considerar que el Evangelio no es una doctrina sino un modo de vida. Consideraban que lo importante no era la ortodoxia sino la ortopraxis. No faltaron numerosos eclesiásticos, armados de buena voluntad, que defendían aquello de que “creer es comprometerse”. Nunca olvido la frase que un antiguo profesor mío de teología pronunciaba con su pizca de ironía: “Si la resurrección de Jesús no conduce a la insurrección es falsa”. Lo que quería decir es que la verdadera fe se traduce en compromiso de cambio social. Los años 70 y 80 del siglo pasado estuvieron muy marcados por este enfoque militante. Uno podía acostarse con su novia o no confesarse nunca… con tal de que perteneciera a un grupo “comprometido”. Eso era lo que realmente contaba. Las demás cosas eran pamplinas eclesiásticas. Se trataba de un modelo rabiosamente moderno, que pretendía traducir el cristianismo según los ideales de racionalidad y compromiso social propios de la modernidad.
  • El cambio de milenio alumbró un nuevo modelo claramente posmoderno. Es el modelo del cristiano peregrino. Ya no se trata de practicar todo lo que la Iglesia manda (practicante) o de ser muy activo socialmente (militante) sino de caminar tomando lo que en cada momento uno considere bueno para su crecimiento espiritual. Si me apetece, puedo ir un domingo a misa, o hacer el Camino de Santiago, o participar en una Jornada Mundial de la Juventud. Puedo también tener una experiencia de voluntariado en un barrio suburbial o en un país del Tercer Mundo. O puedo apuntarme a un cursillo de meditación trascendental o de yoga. Todo es fluido. No hay por qué ser rígidos. Ni ortodoxia ni ortopraxis, sino espiritualidad líquida. ¡Déjate llevar por el flujo de la vida, toma en cada momento lo que consideres hermoso y útil, no te ates a doctrinas, normas o instituciones!
Este resumen tiene algo de caricatura, pero explica bastante de por qué estamos donde estamos. La mayor parte de los millennials se reconoce sin dificultad, casi por ósmosis cultural, en el tercer modelo. Es como una necesidad casi biológica de no vincularse a nada que pueda suponer un recorte de la libertad individual. Es un modelo esencialmente subjetivo. ¿Cómo establecer un diálogo cordial e inteligente con las personas que han crecido en este ambiente y que no experimentan ninguna necesidad de cambiar porque les parece que lo que viven es lo más natural y espontáneo? ¿Cómo ayudarles a descubrir que la verdadera libertad es fruto de la verdad, no de la mera apetencia subjetiva o de los influjos ambientales? Jesús lo ha expresado nítidamente: “La verdad os hará libres”. ¿Cómo descubrir que la adhesión a la persona de Jesús (la fe subjetiva) es indisociable de la adhesión a su Evangelio (fe objetiva), que comporta una serie de propuestas y exigencias? ¿Cómo caer en la cuenta de que no debemos disociar lo que enriquece la experiencia de fe; o sea, que uno puede ser – debe ser – un cristiano peregrino (es decir, siempre en búsqueda, abierto), militante (es decir, comprometido con la transformación de este mundo según los valores del Evangelio) y practicante (es decir, coherente con las exigencias doctrinales, morales y litúrgicas que la fe implica)? Estoy convencido de que, cuando se plantean las cosas con apertura y honradez, cuando nos escuchamos y respetamos, todos nos acercamos a la verdad porque estamos hechos para ella, porque, a medida que vivimos en la verdad, somos más libres y felices.

Sueño con una nueva generación cristiana que no sea hereje sino integral; es decir, que no absolutice una parte de la verdad sino que sea sensible al todo de la experiencia cristiana, que no oponga el participar en la eucaristía dominical con el hecho de ser honrado en la vida social, trabajar por los pobres o vivir una sexualidad madura. No renuncio a proseguir un diálogo que a unos y a otros puede cuestionarnos, enriquecernos, hacernos madurar, si procede desde el respeto mutuo y desde la pasión por la verdad. El Espíritu de Jesús no puede inspirar una cosa y su contraria. Donde hay Espíritu hay siempre verdad y libertad.

domingo, 20 de agosto de 2017

Una extranjera reta a Jesús

Los atentados de Barcelona y Cambrils forman parte de una cadena que se extiende por varios lugares del mundo. Tienen más relieve mediático que otros, pero las víctimas son siempre seres humanos, personas infieles a los ojos de algunos extremistas musulmanes. Los terroristas, aunque hayan nacido en el propio país donde producen la muerte, son vistos casi siempre como extranjeros. En el caso de los atentados de Barcelona y Cambrils, los medios subrayan que se trata de jóvenes de ascendencia marroquí. Entonces se disparan los prejuicios que todos albergamos frente al extranjero… pobre. Cuando se trata de extranjeros ricos, suelen desaparecer las trabas. Resulta providencial que hoy, en este XX Domingo del Tiempo Ordinario, la liturgia nos proponga un mensaje que tiene que ver con la actitud de Dios ante el extranjero. El pueblo de Israel, con intensidades diversas, ha sido un pueblo muy nacionalista. El hecho de ser pequeño y verse rodeado por imperios grandes y la experiencia de sentirse elegido por Dios contribuyen a replegarse sobre sí mismo. El profeta Isaías anuncia que Dios atraerá a los extranjeros a su monte santo. Su casa es “casa de oración y así la llamarán todos los pueblos”. El salmo 66 refuerza esta idea universalista: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”.

El evangelio de Mateo presenta a Jesús saliendo de los confines de Israel. Se dirige a las ciudades cananeas de Tiro y Sidón, en la costa mediterránea. La construcción del relato es una pieza maestra. Jesús aparece como un judío cabal que debe dirigirse solo a las ovejas descarriadas de Israel. Una mujer sirofenicia le insiste en que cure a su hija endemoniada. La respuesta de Jesús no puede ser más displicente: “No está bien echar a los perros [es decir, a los infieles] el pan de los hijos”. Ni siquiera este refrán xenófobo intimida a la mujer, que lleva al extremo la comparación canina: “Tienes razón, Señor, pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”. Jesús ya no resiste más. Se siente derrotado por la confianza y la insistencia de la mujer. Yendo más allá de los límites étnicos y geográficos, prorrumpe en una alabanza: “Mujer, ¡qué grande es tu fe!”. El evangelista Mateo escribe, sobre todo, para creyentes provenientes del judaísmo que, a veces, tienen problemas para aceptar en la comunidad a hermanos de otras proveniencias. Para ayudarles a superar sus prejuicios, cuenta con maestría la historia de Jesús. También él tuvo que hacer un camino para comprender que la salvación de Dios está dirigida a todos, que lo que cuenta no es la raza, la lengua, el sexo o la profesión sino la fe. Donde un hombre o una mujer se abren a Dios, allí se produce el milagro de la fe y de la comunión con todos los demás creyentes.

Quien nunca ha salido de su pueblo, ciudad o país puede tener problemas para saber lo que significa sentirse extranjero en tierra extraña. Hay culturas que suelen ser exquisitas en el trato a los que vienen de fuera, pero otras son muy celosas de su identidad y tienden a ver al extranjero como enemigo. ¿Qué significa ser local o extranjero? En realidad, todos somos mestizos, fruto de innumerables intercambios, habitantes de un planeta común, miembros de la única familia humana. No existen los pueblos pata negra que puedan presumir – ¿cabe presumir de esto? – de intachable pureza étnica, lingüística o cultural. La iglesia de Jesús es católica porque acoge en su seno a cualquier ser humano que confiese a Jesús como el Hijo de Dios. No se identifica con un país o una tradición sino que acoge y desafía a todas. Es un signo y un instrumento del mundo nuevo que Dios quiere. Solo cuando nos situamos en esta perspectiva, podemos afrontar con una mirada nueva los muchos problemas que hoy tenemos en relación con los inmigrantes, la construcción de sociedades multiculturales y multirreligiosas, etc.

sábado, 19 de agosto de 2017

Eran las cinco de la tarde

He paseado muchas veces por La Rambla de Barcelona; la última vez, el pasado mes de junio. Es uno de esos lugares en los que uno puede contemplar el mundo en miniatura. Abundan más los turistas que los habitantes de la ciudad. Es un perfecto símbolo de Occidente: diversidad, multiculturalidad, libertad de movimientos y de expresión, creatividad artística, abundancia de comercios y bares, espectáculos callejeros, placer de vivir… No es extraño que el jueves pasado, en torno a las cinco de la tarde, una furgoneta alquilada, conducida por un descerebrado de tan solo diecisiete años, iniciara una carrera homicida desde la plaza de Cataluña hasta cerca del Liceu. ¡Poco más de medio kilómetro de terror zigzagueante! Para él y sus cómplices, ellos, – ¿quiénes son ellos? – golpear en La Rambla es herir un poco más a una civilización que, por diversas razones, admiran (no me extrañaría que alguno de ellos vistiera una camiseta del Barça o llevara auriculares Bose) y, sobre todo, odian.


Los medios de comunicación han contado hasta la saciedad todo lo sucedido. He seguido por RTVE algunas transmisiones. Me emocionaron las lágrimas de la periodista María Casado poco después de que saltara la noticia. Imagino que otras cadenas han seguido una actuación semejante, incluyendo TV3 de Cataluña. Me parece admirable el esfuerzo de los profesionales a pie de calle y en los estudios, pero ¿de verdad es necesario dedicar tanto tiempo a cubrir la información, por impactante que sea, obligando a los reporteros a repetir una y mil veces las mismas cosas? ¿No se está convirtiendo en espectáculo algo que hay que tratar con rigor, discreción y pudor? ¿No buscan precisamente los terroristas ocupar espacios televisivos para captar la atención de todo el mundo, incluyendo la de otros posibles imitadores?

Las redes sociales se han inundado también de mensajes de solidaridad con las víctimas y con la ciudad de Barcelona. De nuevo se han repetido fórmulas del estilo “Yo soy Barcelona” o “Todos somos Barcelona”. Admiro la capacidad que muchas personas tienen para reaccionar con rapidez y creatividad. Enseguida se forman olas de simpatía que se retroalimentan. A mí no me va mucho este estilo, pero lo respeto. Hay personas que no tienen ninguna dificultad en ser sucesivamente Charlie Hebdo, Paris, Nice, London, Berlin, Barcelona… Tal vez estas campañas producen una red emocional y hasta crean un estado de opinión, pero a mí no me sale de dentro participar en ellas. Es una expresión más de la sociedad de la información en la que estamos inmersos.


Tras la masacre del pasado jueves 17 yo no pienso primordialmente en Barcelona, Cataluña, España, Europa u Occidente. Todas estas entidades se recuperarán del golpe con gran rapidez. Pienso, sobre todo, en las personas y familias afectadas, en las víctimas del terror, que quedarán marcadas para siempre. Si no consiguen superar el trauma, engrosarán la lista de las personas heridas que supuran más violencia. Por eso, es necesario multiplicar las ayudas personales e institucionales a corto, medio y largo plazo. En este sentido, el ejemplo dado por los habitantes de Barcelona es admirable: médicos y personal de emergencias, policías y agentes de seguridad, psicólogos, intérpretes, taxistas, hoteleros, parroquias, vecinos que han abierto sus casas.


He escuchado durante estos días la opinión de algunos expertos en el terrorismo yihadista y también los pareceres de la gente de la calle. Hay un poco de todo: desde quienes desean fuertes medidas represivas (incluyendo la expulsión fulminante de todos los sospechosos de pertenecer a grupos violentos) hasta quienes abogan por trabajar más los procesos de inclusión social y la colaboración internacional. No faltan también interpretaciones de política doméstica que es mejor orillar para no enturbiar más una situación de por sí muy compleja. Unos y otros permanecen – permanecemos – perplejos ante las verdaderas causas de este terrorismo indiscriminado que se está cebando sobre Europa en los últimos años. Ya no se trata de eliminar a determinadas personas que se consideran enemigas (como hace la mafia o solía hacer el terrorismo etarra, por ejemplo) sino de matar a cualquiera (incluyendo niños) que pertenezca a este mundo occidental perverso. Llama la atención que, mientras muchos africanos pugnan por llegar al continente de la esperanza arriesgando la propia vida, otros inmigrantes pretenden liquidarlo creando un clima de terror. El mal tiene mucho de inexplicable. No sigue una lógica estricta; por eso, no se lo puede combatir con total eficacia. Parece que en el caso del terrorismo de matriz islámica (aunque muchos de sus autores manipulan burdamente el Islam), hay un odio feroz a “los cruzados” (civilización cristiana), a Occidente y, de manera especial, a Europa. El fenómeno, por ejemplo, no ha saltado a Latinoamérica, por más que pertenezca también al mundo cristiano. He escrito varias veces en este blog sobre lo que algunos expertos consideran la tercera (y quizá definitiva) invasión musulmana de Europa. Sé que es una opinión muy discutible y que probablemente no exista una estrategia coordinada, pero varios fenómenos – incluyendo el terrorismo – concurren en la misma dirección. No convendría menospreciar de forma buenista este modo de ver las cosas.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos de a pie ante fenómenos como estos? Creo que hay algunas reacciones a corto plazo y otras de más calado. A corto plazo, podemos:

  • Ayudar a las víctimas y a sus familiares y amigos en todo lo que puedan necesitar (asistencia médica, psicológica, legal, compañía, mensajes de solidaridad, etc.).
  • Orar por las personas afectadas. Un creyente sabe que no está en su mano la solución de todos los problemas. Presenta a Dios las situaciones de dolor e implora su gracia. Si esta oración se hace en común con creyentes de otras religiones (incluyendo musulmanes), tiene un poder simbólico extraordinario.
  • Trabajar mucho más a fondo los procesos de inclusión social (en la escuela, en los barrios, en las asociaciones infantiles y juveniles, de vecinos, etc.) de los inmigrantes que han llegado a Europa, impidiendo la formación de ghettos que, a su vez, pueden ser nidos de violencia.
  • Favorecer el diálogo interreligioso haciendo ver que toda auténtica religión es una escuela de respeto, convivencia y paz.
  • Establecer lazos de amistad con los musulmanes que están contribuyendo a construir una sociedad abierta, plural, respetuosa de los derechos humanos. Semillas de ese tipo irán dando sus frutos, aunque no impidan que se produzcan de vez en cuando fenómenos como la masacre de Barcelona.
  • Contribuir a crear una cultura de convivencia y respeto, a través de los medios de comunicación social, las asociaciones de todo tipo, la colaboración en proyectos sociales compartidos, etc.
  • Colaborar con las autoridades en la información sobre posibles amenazas para la convivencia (grupos organizados, campañas de captación de simpatizantes, páginas de internet, etc.), evitando que éstas lleguen a materializarse.
Pero hay, además, una reacción a largo plazo, que implica una verdadera “conversión cultural”. Los terroristas ven a Europa como un continente débil, que no se siente a gusto con su identidad histórica, que quiere vivir bien, sin sacrificarse por sus ideales. Esta situación de debilidad cultural es aprovechada para engatusar a muchas personas con el señuelo de ideales fuertes. Se presenta el Islam como la verdadera solución a una Europa decadente, descreída, hedonista y errática. En este sentido, todo lo que Europa haga por reforzar y mejorar su unidad continental (la Unión Europea debe seguir perfeccionándose) y por revitalizar sus señas de identidad cultural (sin olvidar la tradición cristiana) contribuirá mucho a dejar de ser una tierra conquistable e islamizable (el sueño de muchos musulmanes ricos y pobres) y convertirse en un continente acogedor, en el que sea posible practicar con libertad la propia religión dentro de un marco social de respeto y colaboración.