Claret

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viernes, 4 de agosto de 2017

Desconectar, ¿de qué?

Sí, he comenzado mis vacaciones. Antes de salir de Roma, varios me han dicho: “Espero que desconectes”. Es un deseo muy en línea con la sociedad de la comunicación en la que vivimos. Nos pasamos la vida conectándonos y desconectándonos. Son los verbos de moda. Algunos catalanes (no tantos como se suele creer) quieren “desconectarse” del resto de España. Lo dicen así, con fina modernidad, porque eso de la “secesión” suena a lenguaje prehistórico. Muchas agencias turísticas venden “paquetes vacacionales” que aseguran la desconexión total en una isla del Caribe o mismamente en La Gomera. En una de las librerías del aeropuerto de Barajas acabo de ver el último número de la revista Muy interesante que trata sobre el tema con un título muy veraniego: “Cerrado por vacaciones. Claves para conseguir la desconexión total”. Incluso hay algunos retiros espirituales que se anuncian con estos códigos: “Desconecta de todo lo que te preocupa. Conéctate con Dios”. Estoy seguro de que cuando llegue a mi lugar de destino, más de uno, con el móvil en la mano, me dirá: “Ya ves, aquí estoy, desconectando un poco”. Por supuesto que durante estos días veré en alguna iglesia el típico cartelito que dice: “Para hablar von Dios no necesitas el móvil. Desconéctalo”.

Es tanta la insistencia, que no tengo más remedio que preguntarme si de veras quiero desconectarme y de qué. De Dios ni puedo ni quiero. Más aún: espero dedicar más tiempo durante estos días a una conexión afectiva sin prisas. De la gente, tampoco quiero. Somos personas de conexión. Más aún: espero reforzar algunas conexiones que han estado un poco intermitentes durante el año. ¿De mí mismo? ¡Faltaría más! Lo que quiero es mantener una conexión permanente que me ayude a ganar conciencia y lucidez. Entonces, ¿de qué habría de desconectarme? Tal vez las personas que me quieren bien y me aconsejan esta desconexión se refieren, sobre todo, a ciertos compromisos laborales que resultan un poco cargantes. O tal vez aluden a ciertas rutinas romanas que pueden hacer algo monótona la vida. O puede que se refieran redondamente a que me desconecte de internet y me dedique a navegar por otros mares que no sean digitales. Estas últimas desconexiones me convencen más. Dejar las tareas habituales por un tiempo es saludable. Un cierto nivel de saturación bloquea la creatividad. Desconectarme de internet no me cuesta lo más mínimo, pero me temo que no podrá ser una desconexión completa, aunque solo sea porque tengo que colgar mi post diario en este rincón.

En fin, que esto de la conexión-desconexión tiene su intríngulis. De lo que sí quiero desconectarme, hasta donde sea posible, es del ambiente tóxico que se respira en los medios de comunicación. Estoy harto de Donald Trump, del interminable y sangriento conflicto venezolano, del famoso procés català, de los innumerables casos de corrupción, de las maniobras del ISIS, del fichaje de Neymar por el PSG, de las vacaciones de Cristiano Ronaldo, del cansino Brexit, de la alcaldesa romana Raggi y de otras muchas cosas. Me prometo no prestarles atención durante todo el tiempo posible. Sí, ya sé que puede resultar una frivolidad no conectar con asuntos de tamaña envergadura, en los que se juegan muchos valores e intereses, pero uno tiene también su umbral de resistencia. Y yo, francamente, lo he sobrepasado hace tiempo. Espero volver sobre estos asuntos dentro de unas semanas con un poco más de serenidad y lucidez. Mientras tanto, vamos a desconectar un poco, jajajaja.

1 comentario:

  1. Ya he vuelto de vacas... con nostalgia pero feliz de leeros a todos. Un abrazo

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