Semana Santa

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jueves, 10 de agosto de 2017

Injerencia humanitaria

Pasé el mes de junio de 2014 en Venezuela. Pude visitar Caracas, Maracaibo, Mérida, Los Teques y algunas zonas misionales en la zona del Delta Amacuro. Hablé con los misioneros claretianos que viven en el país y con otras muchas personas, incluidos los arzobispos de Caracas y de Mérida. La situación del país era ya muy tensa. La escasez de productos básicos era palpable. El precio de la gasolina resultaba irrisorio, mientras que el de productos básicos como el agua o la leche era altísimo. Desde entonces, la situación no ha hecho más que empeorar. Se trata de una guerra civil “a trozos”, expresión que el papa Francisco suele utilizar cuando habla de la tercera guerra mundial en curso. Millones de personas están sufriendo penurias económicas, acoso, vulneración de sus derechos, etc. Cada vez que alguien de fuera del país hace alguna advertencia crítica sobre la deriva autoritaria del régimen chavista, el presidente (in)Maduro enarbola el micrófono y habla de nefastas injerencias extranjeras. Ha aprendido a usar –aunque con menos estilo que su mentor Hugo Chávez– ese tipo de retórica ampulosa e insustancial al que nos tienen acostumbrados los dictadores de todas las latitudes. Creo que nadie como Charles Chaplin supo satirizarlos tan bien como él lo hizo en su conocida película El gran dictador. Lo que, desde fuera, suena ridículo e inhumano, desde las filas chavistas es aplaudido como si se tratara de una nueva genialidad del “líder máximo”. Nadie sabe cómo va a terminar la situación que ahora se está viviendo en el país, pero la tensión es evidente. La Unión Europea, Mercosur y otros países no han reconocido los resultados de las recientes elecciones. Otra luz roja se enciende.

No me gusta pontificar sobre problemas complejos. Quizás algunos de mis amigos venezolanos puedan sentirse un poco molestos de que alguien, desde fuera del país, se atreva a emitir algún juicio sobre la situación, pero las cosas han llegado a tal extremo que es peor el silencio que una voz un poco desafinada. Quienes conocen bien la historia de Venezuela suelen reconocer que, en tiempos de prosperidad económica, la corrupción y la desigualdad social eran rampantes. Por eso, muchos saludaron el golpe de Hugo Chávez con simpatía y esperanza. Se insertaba en la ola de movimientos revolucionarios que ha recorrido buena parte de América y que muchas personas (entre ellas, numerosos religiosos) saludaron con ingenua confianza. 

Aunque pronto advirtieron su estilo caudillista, les parecía preferible a la injusta situación anterior. Como todo dictador que se precie, supo granjearse el apoyo popular con medidas asistencialistas (en muchos casos, paternalistas) para los más pobres y continuas arengas contra el imperialismo yanqui y el demonio del neoliberalismo. Hugo Chávez se consideraba una especie de Simón Bolívar redivivo, hasta el punto de que todo lo que él representaba llevaba el marchamo de bolivariano, comenzando por el nombre oficial del país. Dominaba el arte de la oratoria populista. ¡Hasta tenía el famoso programa televisivo Aló, Presidente, que en su momento me pareció el colmo de la desfachatez y el populismo! Los años dorados del petróleo le permitían ser una especie de rey Midas mientras el tejido productivo del país se iba deteriorando sin remedio. Es difícil comprender cómo en pleno siglo XXI un pueblo puede dejarse engatusar por estos mesianismos, pero la realidad es tozuda y desmiente casi siempre las previsiones razonables. La culta Alemania también cayó en las garras del nazismo en los años 30 del siglo pasado, la España católica se enzarzó en una guerra civil y muchos norteamericanos acaban de apoyar a Donald Trump con la esperanza de que los va a conducir a “hacer grande otra vez a América”. Los ejemplos podrían multiplicarse. Los seres humanos tenemos una propensión innata a dejarnos llevar por las emociones primarias sin sopesar sus consecuencias a medio y largo plazo.

Es evidente que sin petróleo las cosas no hubieran llegado hasta el extremo al que han llegado. Es frecuente que en los países productores de petróleo (Rusia, Arabia Saudita, Estados Unidos, China, Canadá, Irán, Irak, Venezuela, Nigeria, Angola, Guinea Ecuatorial, etc.) se hable a menudo de si el oro negro es una bendición o una maldición, teniendo en cuenta lo que ha sucedido en muchos de ellos. Los intereses internacionales en la zona son evidentes. Desde hace décadas ya hay en Venezuela una “injerencia económica” sin pudor. Me pregunto si en la situación actual cabe imaginar una “injerencia humanitaria” que ayude al país a salir del atolladero en el que se encuentra y promueva la reconciliación nacional. 
El Vaticano lo ha intentado, pero, por el momento, no se perciben sus frutos. Fue Juan Pablo II quien aplicó a numerosas situaciones este controvertido concepto de “injerencia humanitaria”. Comprendo que es muy peligroso, pero nace de una comprensión del mundo como familia global y no solo como un mosaico de estados completamente soberanos. ¿Puede permanecer el resto del mundo con los brazos cruzados cuando en un país se vulneran gravemente los derechos humanos en virtud del sacrosanto principio del respeto a la soberanía nacional? El debate sigue abierto. Es verdad que las grandes potencias no tienen reparo en intervenir cuando hay intereses de por medio, casi siempre el petróleo o posiciones geoestratégicas. Por el contrario, cuando no hay nada que ganar, toleran las masacres mirando hacia otro lado. En el caso de Venezuela, los intereses son evidentes. A veces, tras un lenguaje políticamente correcto, se oculta un afán depredador. Sin cerrar los ojos a esta realidad de la que no se habla abiertamente, la OEA y la ONU tendrían que intervenir con más contundencia para asegurar que el país no entre en una espiral de violencia que lo suma en la guerra abierta y la pobreza. Personalmente, sí creo en la conveniencia –y aun en la necesidad– de este tipo de “injerencias” democráticas, con tal de que no haya intereses espurios ocultos (como a menudo sucede) o no se cobren peajes por ellas.



3 comentarios:

  1. Muy buena entrada la de hoy, Gonzalo. No suelo manifestarme sobre ciertos temas, pero como tu dices, ahora es peor el silencio y el otro día me manifesté. Buen jueves

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  2. Buenos dias padre. Parte de mi familia politica es venezolana y conozco de su historia, soy colombiana residente en Guatemala. Ciertamente se vivio una corripcion tremenda hacia los principios de los 80.
    Pero se me enerva el alma oir el cinismo de la sra Delcy presidenta de la fraudulenta ANC hablar de que no existe una CRISIS DE HAMBRUNA SINO CRISIS DE AMOR. Este circulo dirigente tiene duro el corazon y adormecida la mentalidad de sus seguidores, comprados por asistencia paternal de Maduro y secuaces.
    Desafortunadamente la OEA con su escaza o ninguna voz ha permitido estos abusos desde hace años. Se lo dije personalmentea un expresidente colombiano Cesar Gaviria en una conferencia en Gustemala. Ud como presidente de la OEA por que no exigio que se recontaran los votos en la 2da vez de la presidencia de Chavez. Ya se veia venir las consecuencias de la situación venezolana. Disculpe padre lo larga de mi nota.

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  3. Saludos Gonzalo: Desde este rincón de Venezuela (Mérida) viviendo también la situación de todo un pueblo y las contradicciones de quienes lo lideran... Un abrazo

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