Claret

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sábado, 19 de agosto de 2017

Eran las cinco de la tarde

He paseado muchas veces por La Rambla de Barcelona; la última vez, el pasado mes de junio. Es uno de esos lugares en los que uno puede contemplar el mundo en miniatura. Abundan más los turistas que los habitantes de la ciudad. Es un perfecto símbolo de Occidente: diversidad, multiculturalidad, libertad de movimientos y de expresión, creatividad artística, abundancia de comercios y bares, espectáculos callejeros, placer de vivir… No es extraño que el jueves pasado, en torno a las cinco de la tarde, una furgoneta alquilada, conducida por un descerebrado de tan solo diecisiete años, iniciara una carrera homicida desde la plaza de Cataluña hasta cerca del Liceu. ¡Poco más de medio kilómetro de terror zigzagueante! Para él y sus cómplices, ellos, – ¿quiénes son ellos? – golpear en La Rambla es herir un poco más a una civilización que, por diversas razones, admiran (no me extrañaría que alguno de ellos vistiera una camiseta del Barça o llevara auriculares Bose) y, sobre todo, odian.


Los medios de comunicación han contado hasta la saciedad todo lo sucedido. He seguido por RTVE algunas transmisiones. Me emocionaron las lágrimas de la periodista María Casado poco después de que saltara la noticia. Imagino que otras cadenas han seguido una actuación semejante, incluyendo TV3 de Cataluña. Me parece admirable el esfuerzo de los profesionales a pie de calle y en los estudios, pero ¿de verdad es necesario dedicar tanto tiempo a cubrir la información, por impactante que sea, obligando a los reporteros a repetir una y mil veces las mismas cosas? ¿No se está convirtiendo en espectáculo algo que hay que tratar con rigor, discreción y pudor? ¿No buscan precisamente los terroristas ocupar espacios televisivos para captar la atención de todo el mundo, incluyendo la de otros posibles imitadores?

Las redes sociales se han inundado también de mensajes de solidaridad con las víctimas y con la ciudad de Barcelona. De nuevo se han repetido fórmulas del estilo “Yo soy Barcelona” o “Todos somos Barcelona”. Admiro la capacidad que muchas personas tienen para reaccionar con rapidez y creatividad. Enseguida se forman olas de simpatía que se retroalimentan. A mí no me va mucho este estilo, pero lo respeto. Hay personas que no tienen ninguna dificultad en ser sucesivamente Charlie Hebdo, Paris, Nice, London, Berlin, Barcelona… Tal vez estas campañas producen una red emocional y hasta crean un estado de opinión, pero a mí no me sale de dentro participar en ellas. Es una expresión más de la sociedad de la información en la que estamos inmersos.


Tras la masacre del pasado jueves 17 yo no pienso primordialmente en Barcelona, Cataluña, España, Europa u Occidente. Todas estas entidades se recuperarán del golpe con gran rapidez. Pienso, sobre todo, en las personas y familias afectadas, en las víctimas del terror, que quedarán marcadas para siempre. Si no consiguen superar el trauma, engrosarán la lista de las personas heridas que supuran más violencia. Por eso, es necesario multiplicar las ayudas personales e institucionales a corto, medio y largo plazo. En este sentido, el ejemplo dado por los habitantes de Barcelona es admirable: médicos y personal de emergencias, policías y agentes de seguridad, psicólogos, intérpretes, taxistas, hoteleros, parroquias, vecinos que han abierto sus casas.


He escuchado durante estos días la opinión de algunos expertos en el terrorismo yihadista y también los pareceres de la gente de la calle. Hay un poco de todo: desde quienes desean fuertes medidas represivas (incluyendo la expulsión fulminante de todos los sospechosos de pertenecer a grupos violentos) hasta quienes abogan por trabajar más los procesos de inclusión social y la colaboración internacional. No faltan también interpretaciones de política doméstica que es mejor orillar para no enturbiar más una situación de por sí muy compleja. Unos y otros permanecen – permanecemos – perplejos ante las verdaderas causas de este terrorismo indiscriminado que se está cebando sobre Europa en los últimos años. Ya no se trata de eliminar a determinadas personas que se consideran enemigas (como hace la mafia o solía hacer el terrorismo etarra, por ejemplo) sino de matar a cualquiera (incluyendo niños) que pertenezca a este mundo occidental perverso. Llama la atención que, mientras muchos africanos pugnan por llegar al continente de la esperanza arriesgando la propia vida, otros inmigrantes pretenden liquidarlo creando un clima de terror. El mal tiene mucho de inexplicable. No sigue una lógica estricta; por eso, no se lo puede combatir con total eficacia. Parece que en el caso del terrorismo de matriz islámica (aunque muchos de sus autores manipulan burdamente el Islam), hay un odio feroz a “los cruzados” (civilización cristiana), a Occidente y, de manera especial, a Europa. El fenómeno, por ejemplo, no ha saltado a Latinoamérica, por más que pertenezca también al mundo cristiano. He escrito varias veces en este blog sobre lo que algunos expertos consideran la tercera (y quizá definitiva) invasión musulmana de Europa. Sé que es una opinión muy discutible y que probablemente no exista una estrategia coordinada, pero varios fenómenos – incluyendo el terrorismo – concurren en la misma dirección. No convendría menospreciar de forma buenista este modo de ver las cosas.

¿Qué podemos hacer los ciudadanos de a pie ante fenómenos como estos? Creo que hay algunas reacciones a corto plazo y otras de más calado. A corto plazo, podemos:

  • Ayudar a las víctimas y a sus familiares y amigos en todo lo que puedan necesitar (asistencia médica, psicológica, legal, compañía, mensajes de solidaridad, etc.).
  • Orar por las personas afectadas. Un creyente sabe que no está en su mano la solución de todos los problemas. Presenta a Dios las situaciones de dolor e implora su gracia. Si esta oración se hace en común con creyentes de otras religiones (incluyendo musulmanes), tiene un poder simbólico extraordinario.
  • Trabajar mucho más a fondo los procesos de inclusión social (en la escuela, en los barrios, en las asociaciones infantiles y juveniles, de vecinos, etc.) de los inmigrantes que han llegado a Europa, impidiendo la formación de ghettos que, a su vez, pueden ser nidos de violencia.
  • Favorecer el diálogo interreligioso haciendo ver que toda auténtica religión es una escuela de respeto, convivencia y paz.
  • Establecer lazos de amistad con los musulmanes que están contribuyendo a construir una sociedad abierta, plural, respetuosa de los derechos humanos. Semillas de ese tipo irán dando sus frutos, aunque no impidan que se produzcan de vez en cuando fenómenos como la masacre de Barcelona.
  • Contribuir a crear una cultura de convivencia y respeto, a través de los medios de comunicación social, las asociaciones de todo tipo, la colaboración en proyectos sociales compartidos, etc.
  • Colaborar con las autoridades en la información sobre posibles amenazas para la convivencia (grupos organizados, campañas de captación de simpatizantes, páginas de internet, etc.), evitando que éstas lleguen a materializarse.
Pero hay, además, una reacción a largo plazo, que implica una verdadera “conversión cultural”. Los terroristas ven a Europa como un continente débil, que no se siente a gusto con su identidad histórica, que quiere vivir bien, sin sacrificarse por sus ideales. Esta situación de debilidad cultural es aprovechada para engatusar a muchas personas con el señuelo de ideales fuertes. Se presenta el Islam como la verdadera solución a una Europa decadente, descreída, hedonista y errática. En este sentido, todo lo que Europa haga por reforzar y mejorar su unidad continental (la Unión Europea debe seguir perfeccionándose) y por revitalizar sus señas de identidad cultural (sin olvidar la tradición cristiana) contribuirá mucho a dejar de ser una tierra conquistable e islamizable (el sueño de muchos musulmanes ricos y pobres) y convertirse en un continente acogedor, en el que sea posible practicar con libertad la propia religión dentro de un marco social de respeto y colaboración.

2 comentarios:

  1. Gracias Gonzalo por tu reflexión... Siempre, pero más en momentos difíciles va bien que alguien ponga un poco de luz.
    Un abrazo

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