sábado, 29 de marzo de 2025

Todos necesitamos misericordia

 

Después de tres semanas de lluvias casi constantes, se agradece un paseo matutino bañado por el sol. No importa que el termómetro marque cuatro grados a las siete de la mañana. Lo que cuenta es la luz que inunda todo y nos recuerda que ya es primavera, no solo en El Corte Inglés, sino también en nuestro estado de ánimo. Hay algunos atrevidos que ya van por la calle Princesa en manga corta, como si su termostato personal estuviera desajustado. 

Mientras me dirijo al colegio de las Concepcionistas para la celebración de la misa matutina, doy vueltas al evangelio de hoy. La interpretación más obvia es que podemos vivir la fe “en modo fariseo” (poniendo el acento en el cumplimiento de las normas y experimentando una comprensible satisfacción por estar en regla con Dios) o “en modo publicano” (reconociendo que no damos una a derechas y que solo nos queda acogernos a la compasión/misericordia de Dios). 

Para ir un poco más lejos, podemos recordar lo que dice Lucas antes de narrar la parábola. ¿A quién le cuenta Jesús esta historieta con moraleja incluida? Solo conociendo los destinatarios podemos entender bien su verdadera intención. Jesús se dirige “a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás”. ¡Esta es la madre del cordero!


Hoy por todas partes se nos dice que debemos confiar en nosotros mismos. Cualquier manual de autoayuda repite este mantra como si fuera un dogma psicológico incuestionable. No creo que Jesús esté en contra de una autoimagen positiva. Lo que desenmascara es esa vana arrogancia de quien cree que lo que es y lo que tiene se lo ha ganado a pulso. Jesús no suscribe la teoría estadounidense del self-made man (or woman) (hombre o mujer hechos a sí mismos) porque todo lo que tenemos lo hemos recibido como gracia (comenzando por nuestro propio ser) y porque “no hay nadie justo, ni uno solo” (Rm 3,10). Por eso, no tiene ningún sentido mirar a los demás por encima del hombro.

Todos estamos necesitados de misericordia y perdón. Quizá el peor pecado de muchos cristianos -y a veces de la Iglesia como institución- es la arrogancia, el hecho de creer que nosotros somos los dueños de la verdad, no sus humildes buscadores y testigos. La arrogancia nos impide entrar de puntillas en la vida de quienes batallan por salir adelante, prisioneros de sus pecados y contradicciones.


Si algo ha subrayado el papa Francisco desde el comienzo de su pontificado es que la Iglesia no es un club de perfectos, sino un hospital de campaña, que no ha sido fundada para premiar a los justos, sino para salvar a los pecadores. Nunca acabamos de aprender esta lección, a menos que de verdad nos situemos del lado de quienes -como el publicano de la parábola- no nos atrevemos ni a levantar los ojos al cielo, sino que nos golpeamos el pecho diciendo: “Oh, Dios, ten compasión de este pecador”. Dios no quiere que seamos gusanos arrastrados por el suelo, sin conciencia de nuestra dignidad inviolable, sino hijos que son conscientes de su fragilidad y se dejan amar y perdonar. 

Estoy convencido de que una Iglesia frágil y buscadora sería más creíble que una Iglesia fuerte y dispensadora de verdades. Se abre aquí un anchísimo horizonte para otro tipo de evangelización más en línea con lo que Jesús nos dice en el Evangelio, con su estilo de ser y hacer. Pero nos sentimos mucho más seguros y a gusto funcionando “en modo fariseo”, marcando bien la línea divisoria entre los buenos y los malos, los cumplidores y los inobservantes. La conversión consiste en eliminar esa raya para ver que Dios Padre “hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45) y que todos sin excepción estamos necesitados de misericordia.

1 comentario:

  1. He descubierto tres frases que, analizándolas en profundidad, nos pueden llevar a saber ver y vivir una Iglesia diferente de la que, muchos, nos hemos prefabricado, una Iglesia que va en la línea de la misericordia.
    La Iglesia no es un club de perfectos, sino un hospital de campaña…
    Dios quiere que seamos hijos que son conscientes de su fragilidad y se dejan amar y perdonar…
    Espera que entendamos que “todos sin excepción estamos necesitados de misericordia.”
    Gracias Gonzalo, buen fin de semana.

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