
Termina el mes de marzo. Seguimos con un sol primaveral. Hemos entrado en la cuarta semana de Cuaresma. Todo apunta ya a la Pascua. La tentación consiste en vivir este camino como si fuera una aventura solitaria cuando, en realidad, todos estamos conectados. Suceden muchas cosas en el mundo. Algunas parecen encajar con nuestras búsquedas y preocupaciones; otras nos sacan de nuestras casillas. Aunque hayamos renunciado a ver la televisión o a leer los periódicos para preservar nuestra salud psíquica, eso no significa que el mundo se haya detenido.
En el laberinto de noticias de todo tipo, me alegra que Luis de la Fuente, el seleccionador nacional de fútbol, hable con normalidad de su fe cristiana. Y me preocupa que siga habiendo “presbíteros y obispos rotos”. Creo que de este tema he escrito muy poco en el Rincón. Y, sin embargo, me afecta muy de cerca. Lo siento como un asunto propio porque todos los sacerdotes estamos expuestos y podemos rompernos. A lo largo de mi vida, he acompañado con mejor o peor fortuna a algunos que, tras un periodo de discernimiento o de manera brusca, decidieron dejar el ministerio y vivir de otra manera. Unos pocos se desentendieron de la Iglesia, pero la mayoría han continuado muy vinculados a ella y colaborando de distintas formas en la vida y misión de las comunidades.

¿Por qué se “rompe” un sacerdote? Las razones son tantas como las personas implicadas, pero quizás hay algunas que son comunes. Muchos laicos suelen pensar que cuando un sacerdote “cuelga la sotana” (expresión que hoy no tiene sentido dado que son pocos los sacerdotes que la usan) es porque se ha enamorado de una mujer (o de un hombre). Puesto que en la Iglesia latina el ejercicio del ministerio está ligado al celibato, la persona considera que lo más honrado es solicitar la “pérdida del estado clerical” –así se denomina en la jerga canónica– para poder seguir su nuevo camino con autenticidad, sin enmarañarse en una doble vida. Antes se hablaba tristemente de “reducción al estado laical”.
Es verdad que en muchos casos se producen procesos afectivos que desembocan en decisiones de este tipo, pero, por lo general, la rotura interior comienza antes. Tiene mucho que ver con el sentido de la vocación presbiteral en la actualidad y, en el fondo, con la experiencia de fe. No es nada fácil ser sacerdote en un contexto social en el que el presbítero es visto como un “experto en nada” y en ocasiones como un residuo de tiempos superados. A primera vista, su competencia espiritual y sacramental no entra en la lista de necesidades demandadas por la gente de hoy. Incluso, dentro de la propia comunidad cristiana, se corre el riesgo de verlo como una figura aislada, incompetente, irrelevante y hasta prescindible.

Por otra parte, la escasez de clero y el envejecimiento hacen que los más jóvenes y los de mediana edad estén siempre tapando agujeros, yendo de un sitio para otro, tratando de cumplir sus múltiples obligaciones del mejor modo posible, pero a menudo sin un proyecto realista y sin una vigorosa comunidad de referencia. El aislamiento, la rutina pastoral, los problemas económicos, la escasa coordinación con los compañeros, la adicción digital y la falta de un acompañamiento cercano y cordial hacen el resto. Con el paso del tiempo, se produce un vacío interior que comienza manifestándose en forma de aridez espiritual, desencanto pastoral, avidez por el dinero y soledad afectiva. Si no es afrontado a tiempo, acaba “rompiendo” a la persona. En ocasiones, este rompimiento puede llevar al desgaste y a la depresión.
Por lo general, los laicos cercanos perciben algunos síntomas, los comentan (o chismorrean) entre ellos, pero pocos se atreven a implicarse. Consideran que “alguien” (otros compañeros sacerdotes, el arcipreste, el obispo, etc.) deben asumir esa grave responsabilidad. Apenas disponemos en nuestras diócesis de instancias eficaces de acompañamiento y ayuda. Se supone ingenuamente que quien ha dedicado su vida a ayudar a los demás no necesita ninguna ayuda especial, a no ser la de la gracia de Dios. Pero esto es un espejismo. Por eso, me parece que es sano hablar de estas realidades abiertamente. A veces, encontrar a alguien que las escuche con paciencia y se haga cargo de ellas es el primer paso para un proceso de sanación integral.
Qué verdad Gonzalo!.
ResponderEliminarA ver si con el Sinodo de la Sinodalidad nos movilizados todos en la misión que tenemos también los laicos de acompañar, escuchar , querer y comprender a nuestros sacerdotes que dan sus vidas por Dios y por nosotros....y a todas las personas que tienen soledad.....
Gracias por hablar abiertamente de este tema, una realidad conocida superficialmente… Hay sacerdotes, religiosos y religiosas “rotas” y, en todas las vocaciones, encontramos personas “rotas” por múltiples condiciones… La soledad, es lo peor que puede experimentar una persona. Cuando se elige una vocación, un estado de vida, nadie es experto hasta que va pasando el tiempo y se van descubriendo situaciones no esperadas, desconocidas, materiales y espirituales y no siempre se tiene la fuerza, ni se encuentra el suficiente apoyo para salir adelante.
ResponderEliminarGracias Gonzalo por ayudarnos a conocer esta realidad y por ayudarnos a ir haciendo camino.
Que razón Gonzalo ,los laicos pensamos Dios se ocupa de todo y eso no nos incube ...,cuando en realidad somos nosotros los q tenemos q llenar esa soledad y hacerlos participar de nuestras familias ,amigos alegrías q lindo q me.hagas abrir los ojos para ser más generosa . Gracias Gonzalo
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