domingo, 6 de mayo de 2018

Te hice a ti

Llueve mansamente sobre Vic. La temperatura es suave. El verde joven de las hojas de los árboles indica con claridad que estamos en primavera. A esta hora matutina las calles están casi desiertas. Dentro de unas horas celebraré en el templo de san Antonio María Claret la llamada “misa internacional”. Es una Eucaristía que se celebra el primer domingo de cada mes en catalán, castellano e inglés. En ella participan cristianos nacidos en Vic y un buen número de inmigrantes latinoamericanos y africanos (sobre todo, ghaneses y nigerianos). Es un modo de expresar que, en medio de nuestras diferencias étnicas, culturales y lingüísticas, compartimos “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”; en otras palabras, que todos hablamos la lengua más internacional de todas: el amor. Precisamente la segunda lectura (1 Jn 4,7-10) y el Evangelio de este VI Domingo de Pascua nos hablan del mandamiento de Jesús: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. En realidad, Jesús no nos “manda” nada, no nos impone una ley extraña a nosotros. Más bien, nos regala una “revelación”; es decir, corre el velo que nos impide ver que la vida humana solo alcanza su plenitud cuando se rige por la lógica del amor. Los seres humanos no somos tratados como esclavos sino como amigos: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. Somos amigos porque podemos entrar en una relación de intimidad con él y, a través de él, con Dios. 

La primera carta de Juan no hace sino remachar las palabras del Maestro: “Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios”. Por si hubiera alguna duda acerca del significado del amor, el autor de la carta la disipa con rotundidad: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”. Amar, por tanto, no es un simple sentimiento de benevolencia, de camaradería o de atracción sexual. Amar significa dejarse alcanzar por Dios y transparentar en la propia vida ese flujo de intimidad que Él comparte con nosotros, vivir como “hijos” del Padre y “amigos” de Jesús. Esta experiencia no es efímera, no es una flor que florece por la mañana y se seca por la tarde. El verdadero amor no tiene fecha de caducidad porque, al ser expresión de lo que Dios es, participa de su fidelidad. Por eso Jesús repite: “Permaneced en mi amor”. Siempre me ha llamado la atención las varias veces que se repite el verbo “permanecer” (ménein, en griego) en el capítulo 15 de Juan. Creo que este verbo no significa simplemente “durar” o “mantener la posición”, sino estar injertados en la vid que es Jesús; es decir, participar de su intimidad, de modo que su savia pueda hacer fecunda nuestra vida. 

Me hago cargo de la diversa resonancia que estas palabras del Evangelio pueden tener en nosotros según nuestra trayectoria personal. Escuchando las mismas cosas, cada uno de nosotros las entendemos según lo que hemos vivido. Las personas que han crecido en un ambiente de aceptación y de afecto están más predispuestas a “dejarse alcanzar” por el amor de Dios, pero –esta es una de las grandes novedades del Evangelio de Jesús– las privilegiadas de Dios son aquellas que, por diversas razones, viven como en los márgenes de la vida. Hay personas que nunca se han sentido queridas, que se consideran “sobrantes”, que no acaban de encontrar su lugar en este mundo. ¿Qué hace Dios para hacerlas partícipes de su amor? Quizás una historia conocida pueda arrojar un poco de luz: 
Era un día lluvioso y gris. El mundo pasaba a mi alrededor a gran velocidad. Cuando de pronto, todo se detuvo. Allí estaba, frente a mí: una niña apenas cubierta con un vestidito todo roto que era más agujeros que tela. Allí estaba, con sus cabellitos mojados, y el agua chorreándole por la cara. Allí estaba, tiritando de frío y de hambre. Allí estaba, en medio de un mundo gris y frío, sola y hambrienta. 
Me encolericé y le reclamé a Dios. “¿Cómo es posible Señor, que habiendo tanta gente que vive en la opulencia, permitas que esta niña sufra hambre y frío? ¿Cómo es posible que te quedes ahí tan tranquilo, impávido ante tanta injusticia, sin hacer nada?”. 
Luego de un silencio que me pareció interminable, sentí la voz de Dios que me contestaba: “¡Claro que he hecho algo! ¡Te hice a ti!”. 
Quienes experimentamos en carne propia la grandeza del amor de Dios nos convertimos en sus embajadores. En el fondo, no hay en la vida una misión más hermosa que la de prestar ojos, manos y pies a Dios para que su amor llegue a quienes más lo necesitan. Me sorprendo de cómo la gente más sencilla ha entendido esto sin especiales reflexiones, mientras que muchos “intelectuales” permanecen prisioneros de sus preguntas y disquisiciones. 

No me olvido de que hoy, primer domingo de mayo, se celebra en algunos países el Día de la Madre. Ellas sí que son la expresión más acabada y hermosa del amor de Dios en la tierra. A todas ellas –y, de manera muy especial, a mi anciana madre– va hoy mi gratitud, mi felicitación y mi oración. ¡Feliz día!


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