viernes, 9 de diciembre de 2022

8.000 millones de historias


Hace casi un mes que la población mundial alcanzó los 8.000 millones. El 80% del incremento se produce en los países en vías de desarrollo. La familia humana tardó 125 años en pasar de mil a dos mil millones. Los últimos mil millones se han sumado en solo doce años. India ha sido el país que más ha contribuido a este incremento. Es probable que en 2023 supere incluso a China como país más poblado. Los científicos y políticos analizan las consecuencias de todo tipo que tendrá este acelerado crecimiento que hasta 2050 se concentrará en ocho países: la República Democrática del Congo, Egipto, Etiopía, India, Nigeria, Pakistán, Filipinas y Tanzania. 

En esta reducida lista no hay ningún país europeo o americano. En los países desarrollados se considera que el control de la natalidad asegura un futuro mejor para todos, ¿pero es verdaderamente así? ¿Es lo mismo control de natalidad que paternidad responsable? ¿Qué futuro le aguarda a Europa, por ejemplo, si sigue envejeciendo como en las últimas décadas?


Yo me fijo en las historias que hay detrás de una cifra que asusta. Cuando uno intenta imaginar qué está sucediendo ahora mismo en la vida de los 8.000 millones de hombres y mujeres que pueblan el planeta siente un fuerte estremecimiento. Muchas de estas personas -la mayoría- estarán atravesando situaciones críticas debido al hambre, la guerra, las enfermedades, la precariedad laboral, la pobreza, etc. Unos pocos disfrutarán de grandes privilegios. Habitarán en casas grandes y confortables, se alimentarán con abundancia y dispondrán de todos los medios imaginables para formarse y divertirse. El otro tercio (grande en los países desarrollados, pequeño en los más pobres) vivirá con cierta holgura, pero siempre dependiendo de su trabajo y con la fatiga de tener que afrontar los problemas diarios sin demasiados apoyos. 

Los seres humanos tendemos a juzgar la dignidad de las personas por su estatus social. No es lo mismo, por ejemplo, ser un inmigrante pobre que cruza el estrecho de Gibraltar en una patera, que ser un inmigrante rico que riega con petrodólares las tiendas y hoteles de la Costa del Sol. Juzgamos por apariencias, no vemos el corazón. 


Para Dios no hay seres de primera y de segunda categoría. No hay personas sobrantes. Dios no ve a los seres humanos con ojos de estadístico o de político. Dios es un Padre que cuida de todos sus hijos e hijas. Si siente alguna predilección -como nos ha enseñado Jesús con sus obras y sus parábolas- es por los más indefensos. ¿Cómo cuida Dios de esta inmensa y desigual familia? Él nos ha hecho a los seres humanos capaces de cuidarnos unos a otros. Disponemos de los recursos humanos y materiales necesarios para que la familia humana viva bien. El gran problema de la humanidad no es tanto el número de hombres y mujeres que pueblan el planeta cuanto las injustificables desigualdades entre unos y otros. Es evidente que, hoy por hoy, no todos pueden vivir como un europeo o americano de clase media alta, pero todos podríamos vivir con dignidad si los bienes estuvieran distribuidos de una manera más equitativa. 

En alguna otra entrada de este blog conté la historia de aquel monje que salió un día de su monasterio y vio por la calle a una niña mendigando. Cuando regresó a su retiro monástico increpó a Dios: “¿Qué haces tú para remediar esto?”. Silencio absoluto. Dios no sabe/no contesta. Al día siguiente se repite la misma escena. Y así varios días seguidos. Al final de la semana, el monje, en la cumbre de su irritación, se dirige a Dios: “Tú, que te presentas como el Todopoderoso, ¿qué haces tú para responder a las necesidades de esta pobre niña?”. Unos instantes de silencio y luego una voz serena pero contundente: “Te he hecho a ti”. 

En nuestras manos está hacer un mundo de 8.000 millones de personas que vivan con la dignidad de hijo, no con la pesadumbre de esclavos. Entre nosotros hay científicos, técnicos, empresarios, enseñantes, artistas, políticos, trabajadores sociales, profesionales de todo tipo… que pueden contribuir a construir un mundo habitable. Cada uno de nosotros formamos parte de este inmenso grupo porque cada uno, por el mero hecho de existir, tenemos una misión en el mundo. Ninguno es prescindible o sobrante. Lo que importa es que desarrollemos esa misión del mejor modo posible. Si nos cuidamos unos a otros con amor, hacemos que la providencia de Dios tome cuerpo en nuestro mundo. Nuestro Padre se sentirá contento de sus hijos. 


1 comentario:

  1. Nos falta tomar conciencia de que somos cuidados por Dios y nuestra misión es cuidarnos unos a otros... Si tomáramos conciencia de ello, el amor fructificaría y en cambio va en decadencia…
    Vivimos muy distraídos y no tomamos conciencia de qué representa la humanidad. Nos lo planteamos de una manera global y no entramos en detalles. Estamos como adormecidos y no escuchamos este mensaje de Dios: “te he hecho a ti”, cuando nos enfrentamos a todas las desigualdades que hay.
    Los que hemos tenido la suerte de conocer diferentes culturas y conocer, de primera mano, las diferencias sociales, deberíamos sentirnos llamados a un cambio de vida que nos lleve a vivir con solidaridad, por lo menos en nuestro entorno.

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