Del miércoles 8 al sábado 11 estuve participando en la 55 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada que se celebró en Madrid. El tema de este año era “Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto”. En ese marco, el viernes 10 tuve una ponencia –junto a María del Carmen Gómez, Hija de la Caridad– titulada “Cotidianidad herida, cotidianidad sanada”.
Es obvio que, desde hace décadas, la vida consagrada en España y en Europa está experimentando una fuerte reducción numérica. Este desnudo hecho estadístico tiene distintas interpretaciones y produce numerosas consecuencias. No es fácil abordarlo con serenidad. Se puede caer en un espiritualismo vacío o en un realismo ateo.
Entre todas las voces que intervinieron, destaco la del cardenal Cristóbal López, arzobispo de Rabat. Él, pastor de una Iglesia minoritaria en un país de mayoría musulmana, nos ofreció claves para iluminar la situación y afrontarla con realismo y fe. Pero no resulta nada fácil explicar estas cosas. De hecho, algunos de los medios de comunicación que cubrieron la Semana sacaron conclusiones muy peregrinas. Tenemos que explicarnos mejor.

He intentado hacerlo en la “carta del director” del número de abril de nuestra revista Vida Religiosa. Aun así, el asunto es peliagudo. En el mundo secular, si un producto es bueno y se hace una publicidad agresiva, normalmente se logra vender bien y obtener ganancias. Dicho en términos del Antiguo Testamento: si uno es fiel a Dios, el fruto es la fecundidad; si, por el contrario, es infiel, será castigado con la esterilidad.
Cuando se aplican estos criterios a la situación de la vida consagrada actual, las conclusiones no se hacen esperar. Si hoy en Europa la vida consagrada se ha reducido mucho numéricamente y es estéril (apenas hay nuevas vocaciones), es evidente que todo es consecuencia de su infidelidad. El argumento parece tan contundente que casi no admite réplica. Pero las cosas no son tan obvias. Ya en el Antiguo Testamento esta crasa teoría de la retribución hace agua, sobre todo con el relato de Job. Él era un hombre fiel a Dios y, sin embargo, fue probado en sus carnes y su hacienda. Y, desde luego, se rompe completamente en el caso de Jesús. El Hijo amado por el Padre termina crucificado. El éxito no parece ser una palabra cristofánica.

Esto no significa que la vida consagrada sea perfecta. Tiene sus fragilidades y debe asumir su cuota de responsabilidad en el proceso, pero la reducción es algo mucho más profundo que la consecuencia de una posible y sostenida infidelidad. Tiene que ver con una fase histórica de purificación y cambio cuyo significado solo será inteligible a medida que pase el tiempo. Algo tiene que morir para que nazca una nueva forma de vida consagrada.
A nadie le gusta pasar por este desierto. Todos nos sentimos más a gusto en tiempos de grandeza numérica y reconocimiento social. Y, sin embargo, quizá nunca como ahora cobran sentido los votos de pobreza, castidad y obediencia, que son formas existenciales de configurarnos con el Cristo pobre, casto y obediente que entrega su vida por amor.
Comprendo que a un periodista le resulte difícil redactar un titular a partir de esta clave espiritual. Resulta más fácil e impactante decir algo como: “Nos estamos quedando en los huesos”. Entiendo que los medios seculares contemplen las cosas desde una óptica “empresarial”. Me resulta más doloroso que algunos medios eclesiales (y algunos pastores y laicos) hagan lo mismo y, en vez de apoyar a la vida consagrada en este momento de fragilidad, se dediquen a denostarla y a cargar sobre sus hombros todo el peso de lo que está sucediendo. El llamado “fuego amigo” resulta siempre más despiadado.

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