martes, 22 de marzo de 2022

Cansados de creer

Siempre me ha sorprendido comprobar que muchas personas sencillas parece que no tienen nunca crisis de fe. Para ellas, creer es como respirar. Dios no es un objeto de exploración, como si fuera una galaxia lejana, sino una presencia amorosa que envuelve sus vidas. Siempre tienen una palabra de acción de gracias en los labios. Alaban a Dios por todo (el amanecer, el agua, una flor, una sonrisa, un paseo, una conversación) porque han asumido que viven de pura gracia, que la vida es un regalo inmerecido. Parece que su corazón exuda siempre gratitud y compasión. A Dios no lo culpan de las desgracias que de vez en cuando les acaecen o de las que ocurren en el mundo, sino que lo invocan para que les ayude a afrontarlas con entereza. No temen a la muerte porque consideran que es la puerta de entrada en la vida definitiva junto al Padre que las ha acompañado desde el primer momento de la existencia. 

Cuando nos encontramos personas así, ¿cómo no evocar un texto evangélico que ilumina esta situación? Lo recuerdo de memoria: “Lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclamó Jesús: Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla” (Lc 10,21-22). A Jesús esta fe de la gente sencilla le producía una inmensa alegría. Hoy sigue habiendo millones de personas que son afortunadas porque el Padre ha tenido a bien revelarles los secretos del Reino, descorrer el velo con el que a menudo nos topamos quienes hemos hecho de la fe una aventura intelectual demasiado alambicada.

Por desgracia, lo que observo en muchos creyentes de hoy no es una explosión de gozo y un corazón agradecido. Más que disfrutar de la fe como manantial de alegría, la viven bajo la sospecha de que tal vez es un montaje, un salto en el vacío. Dios forma parte de sus convicciones (quizá de sus rutinas), pero no constituye una “presencia” amorosa que acompañe de cerca su día a día. El ejercicio de “vivir en la presencia de Dios” les suena a una práctica rancia que casi no saben lo que significa. Se siguen considerando creyentes, pero en determinados momentos no tendrían inconveniente en reconocerse como ateos prácticos, si no fuera porque la palabra “ateo” suena pasada de moda. Su vida cambiaría muy poco si Dios no existiera. 

Creer, en definitiva, se les ha vuelto un fardo pesado. Se podría decir que están cansados de creer, no solo por la complejidad intelectual que implica, sino porque tienen la impresión de que la fe no sirve para nada, excepto para mantener abierto un vago horizonte de sentido. Creer en Dios nos les resuelve las tensiones matrimoniales, no estira el sueldo a fin de mes, no cura milagrosamente un cáncer, no ofrece una explicación convincente del mal que nos rodea… y ni siquiera sirve para detener la guerra en Ucrania. ¿Cómo se puede creer durante mucho tiempo en un Dios que parece no interesarse por nosotros? ¿Qué diferencia hay entre un Dios sordo y un Dios inexistente?

Es probable que estas líneas sean fruto de algunas conversaciones mantenidas en los últimos días con algunas personas que están atravesando periodos oscuros en su vida de fe, pero me parece que reflejan lo que muchos creyentes ilustrados (incluyendo obispos, sacerdotes y religiosos) experimentan, aunque su misión los obligue a expresar una fe que no acaban de sentir por dentro. Soy consciente de que el uso del verbo “sentir” para hablar de la fe es peligroso y ambiguo, pero lo mantengo deliberadamente. Un amor (no digo una idea) que no se “siente” de alguna manera acaba por evaporarse. Por otra parte, un amor solo se “siente” cuando se lo cultiva como cultivamos las relaciones que para nosotros son significativas. ¿Podemos seguir llamando “amigas” a las personas que nunca vemos, a las que nunca llamamos ni nos llaman, cuya vida no nos preocupa lo más mínimo? Aunque recuerdo que una vez un (supuesto) amigo mío me dijo que sí, yo no lo creo. 

Las relaciones, como las plantas, tienen que ser cuidadas con delicadeza y constancia para que crezcan y maduren. Si la fe es, ante todo, una experiencia de relación amorosa, solo se mantendrá lozana -y será fuente de alegría- si la cuidamos con esmero. Este cuidado pasa por una oración humilde, constante y confiada. La anciana que todos los días reza el Rosario no es, por lo general, una enferma de rutina, sino una persona que cuida su relación diaria con Dios a través de un sencillo instrumento que mantiene encendida la llama del amor. ¿Cómo la mantenemos encendida nosotros, los creyentes “ilustrados”? ¿O pensamos que todo es cuestión de claridad mental y buenas intenciones? 

Es probable que la Cuaresma nos ayude a abrir los ojos para caer en la cuenta de por qué estamos “cansados de creer” cuando las personas sencillas están siempre ansiosas por creer más y mejor. 



1 comentario:

  1. En mi trabajo me he encontrado, muchas veces con lo que comentas de comprobar que “muchas personas sencillas parece que no tienen nunca crisis de fe”… y también se da el hecho de que, si tienen cerca algún santuario o ermita, dedicados a María, confían mucho en Ella y le hablan como si hablaran a su madre.
    Diría que no se cansan de creer porque lo viven sencillamente, no les lleva un desgaste, porque aman sin esfuerzo y sobretodo, como tú dices, “viven con la seguridad de que la muerte es la puerta de entrada en la vida definitiva junto al Padre que las ha acompañado desde el primer momento de la existencia”.
    Necesitamos vivir con la conciencia de que la vida es un regalo inmerecido, vivimos de pura gracia.
    Comentas que hay personas que parecen “cansadas de creer” y yo te añado y “cansadas de buscar”… Un problema que creo existe es que un exceso de búsqueda agota y uno no se encuentra “en la onda correcta” y eso le impide conectar. Y, otra causa muy posible, es la que mencionas: “Un amor que no se “siente” de alguna manera acaba por evaporarse.”
    Gracias por recordarnos los elementos necesarios para cuidar nuestra fe: “una oración humilde, constante y confiada.” Y expresarnos el valor de una oración, como el Rosario, que está expuesta a la rutina pero que, al final, es una manera de mostrar nuestra convicción y afecto a nivel espiritual.
    Gracias Gonzalo a todos los que, como tú, ayudáis a abrir y allanar caminos.

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