viernes, 13 de septiembre de 2019

Un poquito de por favor

En España la frase que aparece en el título de la entrada de hoy se hizo famosa en los primeros años de este siglo. Es desconocida en Latinoamérica. La popularizó un simpático cómico de la serie televisiva de Antena3 Aquí no hay quien viva, concretamente Emilio, el portero de la famosa y estrambótica comunidad de vecinos. El personaje estaba interpretado por un entonces desconocido Fernando Tejero. La frase me viene como anillo al dedo para pedir un poco de cordura en el uso del género de las palabras en español. Para evitar el sexismo, machismo, patriarcalismo y no sé cuántos ismos más (objetivo loable y aun necesario), estamos incurriendo, a mi modo de ver, en usos que rayan lo ridículo, con lo cual se produce una reacción de rechazo. Ya hace años, los estudiantes del centro en el que yo daba clases de Antropología Teológica se mofaban suavemente de su profesora de Pentateuco –una reconocida y competente profesora de Sagrada Escritura, feminista militante– diciendo que con ella tenían clases de Pentateuco/Pentateuca. Puestos cuesta abajo, el lector puede imaginar los juegos de palabras a los que se prestaba la situación.

Es obvio que en nuestro lenguaje hay muchas formas sexistas y discriminatorias que deben ser superadas. Un buen número de países, comunidades autónomas e instituciones han publicado guías sugiriendo nuevas expresiones más respetuosas con las diferencias. Algunas son muy recomendables; otras, artificiosas; y bastantes, simplemente ridículas. ¡Claro que el lenguaje tiene sus desequilibrios! Por ejemplo, la expresión “hombre público” en español alude a un varón reconocido que ejerce algún cargo de importancia, mientras que si decimos “mujer pública” nos estamos refiriendo redondamente a una prostituta. 

¿Qué hacer? ¿Cómo democratizar el lenguaje y, al mismo tiempo, no perder el genio de la lengua? Llevamos años con este debate abierto. Las intervenciones de los lingüistas se solapan con las de aquellos que han convertido este asunto en una batalla por la igualdad y en algunos casos –digámoslo sin pelos en la lengua– en una descarada colonización ideológica contra la que me rebelo. Como siempre, el paso del tiempo irá decantado algunos logros y dejará fuera la ganga y la palabrería.

Como es sabido, el castellano utiliza el género masculino de manera inclusiva en ocasiones en las que hay que referirse a los dos sexos. Por ejemplo, cuando un profesor habla de sus “alumnos” se refiere a ellos y a ellas. O cuando un sacerdote saluda a la comunidad parroquial con el típico “queridos hermanos”, es obvio que no se está refiriendo solo a los varones de la comunidad, sino a todos sus miembros, hombres y mujeres. (No entro ahora en la cuestión transgénero). Quizá por la moda, o por el influjo del inglés –que en todas las expresiones litúrgicas utiliza el “brothers and sisters”, aunque existe también el inclusivo “brethren”es frecuente oír a muchos predicadores que se dirigen siempre a los “hermanos” y “hermanas”. Yo no suelo hacerlo (a veces sí), pero no tengo ningún reparo en que se haga. Hasta me parece que en algunas circunstancias es muy conveniente para combatir el machismo imperante. En Latinoamérica suele ser una práctica normal. Indica una sensibilidad igualitaria que busca superar discriminaciones ancestrales. Dejémoslo estar.

A veces, sin embargo, el desdoblamiento constante se hace pesadísimo, como cuando el inefable lendakari Ibarretxe se pasaba todo el día dirigiéndose  a los “vascos” y las “vascas”. O como cuando el actual presidente del gobierno español Pedro Sánchez –enemigo declarado de Albert Rivera y de su partido político– trata de convencer a los “ciudadanos” y “ciudadanas” de que él es el mejor. Lo que ya me parece de juzgado de guardia –y por eso reclamo en esta entrada “un poquito de por favor”– es llegar a los extremos denunciados con humor por una profesora jubilada. Transcribo literalmente lo que me ha llegado por WhatsApp (cosas de este tipo suelen llegar en abundancia). Creo que es muy aleccionador. Conviene conocer el genio de nuestra lengua. Después, que cada uno hable como le parezca oportuno.

En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”.

¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “el que tiene identidad”, en definitiva “el que es”. Por ello, cuando queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a este la terminación “ente”. Así, al que preside, se le llama “presidente” y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o femenino) del que realiza la acción.

De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice “estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”; “dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”.

Y ahora, la pregunta: nuestros políticos y muchos periodistas (hombres y mujeres, que los hombres que ejercen el periodismo no son “periodistos”), ¿hacen mal uso de la lengua por motivos ideológicos o por ignorancia de la Gramática de la Lengua Española? Creo que por las dos razones. Es más, creo que la ignorancia les lleva a aplicar patrones ideológicos y la misma aplicación automática de esos patrones ideológicos los hace más ignorantes (a ellos y a sus seguidores).

Os propongo que paséis el mensaje a vuestros amigos y conocidos, en la esperanza de que llegue finalmente a esos ignorantes semovientes (no “ignorantas semovientas”, aunque ocupen carteras ministeriales).

Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto, el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el pro…

Yo estoy pasando el mensaje a los lectores del Rincón, más por pasatiempo que con intenciones didácticas. No conviene que este blog se vuelva demasiado solemne. Detesto los formalismos impostados. Pero si alguien se lo ha tomado demasiado en serio, le aconsejo que respire hondo, esboce una sonrisa y luego haga un esfuerzo por conocer bien la lengua y por superar toda discriminación injusta. Al final, que proceda con libertad. Si le gusta decir por activa y por pasiva eso de “todos” y  “todas”, o la astracanada del “todes”, adelante, que no se corte.  Todos (y todas) tenemos derecho a que se rían de nosotros (y de nosotras) alguna vez. Os dejo con José Mota. Perdón, con el diputado Antonio Hernando, igualitarista donde los haya.  Pocos como Mota tienen la capacidad de percibir nuestras manías y de sacarles punta sin demasiada acidez, la justa para que caigamos en la cuenta de ellas y no nos dejemos entontecer demasiado (¿o era demasiada?).


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