jueves, 28 de marzo de 2024

Nos amó hasta el extremo


Vivimos tiempos de amores consecutivos: primero uno, después otro, luego otro, y así sucesivamente. La sola idea de permanecer con las mismas personas toda la vida por una parte nos atrae (porque llevamos dentro deseos de plenitud), pero por otra se nos antoja muy pesada. Los tiempos líquidos en los que estamos son reacios a las ideas, prácticas y afectos demasiado sólidos. “Que fluya la vida”, “déjate llevar”, decimos con ligereza, como si todos hubiéramos sido conquistados por las ideas vaporosas de la new age o hubiéramos hecho un curso acelerado de relativismo.

En un contexto así, ¿cómo dar sentido a lo que leemos en el Evangelio de este Jueves Santo? ¿Qué significa que Jesús, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”? Ese “extremo” no se refiere solo a un límite temporal (la muerte), sino a una cota de plenitud (hasta el máximo), a un modo pleno (sin condiciones). No estamos seguros de entender qué significa un amor así. El amor de Jesús no es ni romántico (como el de muchas novelas y películas), ni voluntarista (como el de quienes lo entienden como un deber), ni etéreo (como el de quienes aman sin comprometerse). Si hubiera que buscar una expresión inteligible, podríamos decir que para Jesús amar significa “dar la vida”.


En el contexto del Jueves Santo, hay tres expresiones que simbolizan esta entrega total: el lavatorio de los pies, la Eucaristía y la muerte en cruz. Las tres se iluminan entre ellas porque las tres se refieren al mismo misterio de entrega por amor.
  • Jesús lava los pies de sus discípulos en la cena de despedida porque quiere mostrar que el amor nos hace esclavos de las personas a las que amamos. Lavar los pies era una tarea reservada a los esclavos en aquel tiempo. Pero la esclavitud del amor que Jesús inaugura no es humillante o aniquiladora de nuestra identidad, sino un camino de verdadera liberación. Desde el abajamiento del servicio ayudamos a las personas a ser ellas mismas mientras nosotros alcanzamos nuestra vocación máxima, que no es otra que la de servidores, agentes de esa diakonía que está en la entraña del Reino que Jesús vive y anuncia.
  • La donación del cuerpo y de la sangre (la Eucaristía) simboliza una forma de entender la existencia humana como donación total. Igual que el pan y el vino, nosotros (unidos a Jesús), somos tomados, bendecidos, partidos y repartidos. Celebrar la “cena del Señor” expresa esta dinámica eucarística y nos capacita para vivir un amor que se convierte en alimento para los demás. Por eso, es difícil entender cómo se puede amar “hasta el fin” sin incorporarnos al cuerpo y sangre del Señor, sin “hacer memoria” de lo que él nos dejó como sacramento del amor.
  • La muerte en la cruz expresa la definitiva victoria del bien sobre el mal por la vía paradójica de aceptar libremente ser sus víctimas. Jesús no muere por inconsciencia, desesperación o despecho, sino porque llega a comprender que el único modo de vencer el pecado y todas sus secuelas es perforarlo “desde dentro”. Siendo cordero inmolado y no mesías triunfador, derrota para siempre el mal que corrompe a los seres humanos y desfigura el sueño de Dios para a humanidad. La muerte parece así una victoria del odio sobre el amor, pero, en realidad, es el amor quien sale vencedor.


No es fácil hacernos cargo de un testamento de estas dimensiones. A primera vista, pareciera que todo lo que hace Jesús contradice nuestras inclinaciones. Y, sin embargo, no hay nada que conecte más con nuestro centro personal que su sacrificio. No hay nada más liberador que ese amor que se entrega “hasta el extremo”.

De vuelta a nuestros asuntos cotidianos (afectivos, laborales, económicos o recreativos), caemos en la cuenta de que nunca acabamos de entender a cabalidad la entrega de Jesús. A medida que pasan los años, en conexión con las distintas etapas de la vida, vamos captando diminutos destellos de luz que nos permiten iluminar nuestro camino, pero siempre estamos aprendiendo. 

¿Qué es lo que hemos visto en este Jueves Santo del año 2024? Agradezcámoslo con sencillez y conservémoslo como oro en paño. Es el maná que necesitamos para seguir caminando.



2 comentarios:

  1. Necesitamos silenciarnos para poder entender, un poco, la entrega de Jesús… Es lo que he visto en este Jueves Santo.
    Hoy, Gonzalo, he dado gracias, al Señor, de tu sacerdocio, a través del cual nos acercas más y más a este Jesús que se entrega para nosotros “hasta el extremo”. Un abrazo.

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