domingo, 19 de mayo de 2019

El amor es siempre nuevo

El V Domingo de Pascua me sorprende en Bahía Blanca, después de un alto fugaz en Buenos Aires. He pasado de las alturas de la puna a un puerto de mar. Después de la sequedad de Humahuaca, agradezco la humedad de esta ciudad atlántica fundada en 1828. Se respira mejor. La piel recobra su tersura habitual. Las lecturas de este domingo nos invitan a caer en la cuenta de que donde está Dios, todo es nuevo. Dios nunca es algo obsoleto. Es verdad que muchas personas, sobre todo en Europa, tienen la sensación de que todo lo referido a la fe y a la Iglesia está cubierto por una pátina que impide percibir su novedad. Parece que la Iglesia va siempre a remolque de las “novedades” que se abren paso en el mundo, como si padeciera una especie de pereza crónica para admitir que las cosas cambian porque la vida es cambio continuo. Ayer la Iglesia puso muchos reparos a los avances de la ciencia, de la democracia y de las luchas obreras. Hoy parece reacia a subirse al carro de las reivindicaciones de los movimientos ecologistas, feministas, LGTB, etc. No niego que a lo largo de la historia se han producido retrasos que obedecen a causas muy variadas, pero también es verdad que las “luces rojas” que la Iglesia ha encendido ante ciertos fenómenos –incomprendidas y rechazadas en su momento– se han mostrado proféticas al cabo de los años. No toda novedad es, por el mero hecho de serlo, un avance absoluto en la historia de la humanidad. Casi siempre las novedades son hechos ambivalentes. Junto a notables progresos, esconden riesgos y amenazas. Hay que ser muy ingenuos para pensar que la revolución industrial, la democracia o la energía nuclear, por ejemplo, solo han traído beneficios a la humanidad.

Jesús nos ofrece el mandamiento “nuevo” del amor como señal distintiva de que somos discípulos suyos. El amor –y no otros signos externos– es, pues, el verdadero “logo” que nos identifica como comunidad eclesial en un mundo diverso. A primera vista, no se advierte en qué consiste la novedad. Algo semejante han afirmado otros líderes religiosos a lo largo de la historia de la humanidad y también notables pensadores y psicólogos. Pienso, por ejemplo, en la tesis que Erich Fromm presenta en su famoso libro El arte de amar. Jesús nos pide que nos amemos unos a otros “como yo os he amado”. En este “como yo” reside la novedad. Jesús nos amó dando su vida, no simplemente inundándonos de vibraciones positivas y de sentimientos blandos. Amar significa dar la vida. ¿No es ésta una novedad absoluta en un mundo en el que todos luchamos por preservar nuestra vida a cualquier precio, caiga quien caiga? ¿No es una novedad absoluta en un contexto cultural en el que el amor se reduce a menudo a su versión romántica y sentimental?

Amar “como Jesús nos ha amado” siempre resultará una novedad contracultural. No estamos preparados para tanta novedad en un mundo individualista y hedonista. Sin embargo, el Espíritu de Dios sigue suscitando –dentro y fuera de la Iglesia– personas que están entregando su vida. Los ejemplos pueden multiplicarse hasta el infinito. En mi viaje por el Cono Sur he sido testigo de muchas historias hermosas de solidaridad y entrega. Por eso, nuestro mundo sigue en pie: porque el amor es más fuerte que el egoísmo, la vida más fuerte que la muerte. Frente a todos los contubernios políticos, económicos y científicos que pretenden hacer de nuestro mundo una cárcel controlada, hay una corriente imparable de amor que siempre acaba venciendo. Ni Auschwitz, ni los gulags soviéticos, ni el capitalismo salvaje, han tenido la última palabra en la historia, por poderosos que puedan parecer.

Solo desde esta clave se entiende el fragmento del Apocalipsis que nos propone la segunda lectura de este domingo. Se nos habla de “un cielo nuevo y de una tierra nueva”, de una “nueva Jerusalén”. Se dice que “todo lo antiguo ha pasado” y que el que está sentado en el trono –es decir, Jesús– “hace nuevas todas las cosas”.  No hay nada más viejo que el pecado en todas sus múltiples manifestaciones. Donde hay pecado, la vida se vuelve vieja, ajada. No podemos imaginar un mundo “nuevo” basado en la dominación de los fuertes sobre los débiles, en el control absoluto de las personas a través de las tecnologías de la información, en la búsqueda desenfrenada de placeres o en la manipulación genética al servicio de estúpidos ideales transhumanos. 

Solo hay verdadera novedad donde los seres humanos aprendemos a amarnos unos a otros “como Jesús nos ha amado”. Por eso, los hombres y mujeres más “nuevos”, más modernos, no son quienes exhiben el último modelo de teléfono móvil o se apuntan a la última campaña ecologista o feminista, sino quienes, en el anonimato de vidas sin aparente relieve, se dedican a amar de verdad, a preocuparse de los más débiles, a entregar lo que tienen y son. Estas personas son la verdadera vanguardia de la historia, las que, con la fuerza del Espíritu de Jesús, construyen un cielo nuevo y una tierra nueva. No importa si no visten a la moda o no saben usar un ordenador. La novedad que Jesús propone no tiene nada que ver con la obsesión por estar “a la última” porque lo más último y definitivo es siempre el amor; es decir, Dios.

sábado, 18 de mayo de 2019

El peso de los días

Esta mañana viajo de Jujuy a Buenos Aires. Termina la etapa andina de mi largo viaje por el Cono Sur. Durante más de 40 días he tenido oportunidad de encontrarme con muchas personas y conocer nuevos lugares. Mi viaje externo ha ido acompañado por un extraño viaje interior. Compartir la vida de las personas es la experiencia más fascinante y agotadora que un ser humano puede vivir. Las preguntas se solapan. Una conversación en una aldea argentina se entrecruza con una noticia del periódico. Una llamada familiar se enlaza con un correo en el que se aborda un asunto de trabajo. ¿Cómo se puede mantener la calma en medio de tantas oscilaciones? ¿Cómo se puede vivir una sola vida cuando uno tiene la impresión de vivir muchas vidas al mismo tiempo? No quiero hablar demasiado de mí. Pienso en otras muchas personas que están librando batallas que parecen interminables. Me he encontrado con algunas familias azotadas por la enfermedad de alguno de sus miembros. Ayer, sin ir más lejos, una anciana me contó la experiencia traumática del accidente de una de sus hijas y el calvario que está pasando desde hace poco más de un año. ¿Quién se hace cargo del sufrimiento de las personas? ¿A quién le importan de verdad las experiencias de separación y divorcio, enfermedades y operaciones, ancianos abandonados, adolescentes que se suicidan? Me impresionó escuchar algunas historias de suicidios recientes en La Quiaca. ¿Qué puede impulsar a una persona a quitarse la vida? ¿Qué fracaso o qué soledad son más fuertes que las ganas de vivir?

Es verdad que he disfrutado con los paisajes imponentes de los Andes y con la belleza de los campos del sur de Chile o de Paraguay, pero nada de esto es comparable a la intensidad de muchas historias de hombres y mujeres que son como aldabonazos en la puerta de mi alma. ¿Cómo animar a quien ha perdido la ilusión de ser religioso, a quien se siente escandalizado por los abusos de algunos clérigos? ¿Cómo ayudar a recuperar la alegría de vivir en comunidad a quien hace tiempo que ha tirado la toalla porque se ha acostumbrado a un estilo de vida individualista y escéptico? Las historias “lejanas” tampoco ayudan mucho a vivir con serenidad y esperanza. En algún momento he sentido la tentación de no asomarme a los periódicos digitales. Se me hace difícil procesar tanta mentira y tantas injusticias. ¡Hasta las películas y las series de televisión se enfangan en los lodazales de la condición humana, como si la verdad, la bondad y la belleza no tuvieran lugar en nuestro mundo! Parece casi imposible encontrar personas de una pieza, que actúen según principios y no de acuerdos a mezquinos intereses. Incluso en las relaciones que parecen más diáfanas, siempre se agazapan demonios de dominación y explotación. Los días se van haciendo cada vez más pesados. Pareciera que solo las personas inconscientes pueden ser medianamente felices. Abrir los ojos y el corazón, pensar y reflexionar se han convertido en actividades de alto riesgo emocional y espiritual.

¿Podrá ayudarnos la liturgia del tiempo de Pascua a sobrellevar con dignidad el peso de los días? ¿De qué sirve la fe en Jesús resucitado a la hora de afrontar la complejidad de la vida? ¿Es un refugio o una fuerza de cambio? ¿Sirve como narcótico o como impulso creativo? Este año me ha tocado vivir el tiempo pascual en continuo éxodo. Empezar y acabar, saludar y despedirme han sido para mí verbos de conjugación diaria. Sin exageraciones, este largo viaje ha sido una hermosa y desafiante parábola de la existencia humana. Estamos siempre naciendo y muriendo un poco. Vivir esta sucesión de experiencias unidos a Jesús permite darles un sentido pascual. Nada ni nadie es más fuerte que la fuerza de su resurrección. No es una metáfora, sino una clave. Durante mi largo viaje, ni un solo día he podido seguir la rutina de mi ritmo romano. Siempre he dependido de programas que me habían preparado. En algún momento, he echado de menos más tiempo personal. Al final, uno aprende que el ritmo y la unidad no dependen tanto de lo que sucede por fuera, sino de la actitud que cada uno tenemos por dentro. Cuando uno vive las experiencias de cada día como cosas que suceden fuera de programa, entonces experimenta una división interna y un estrés que amenazan la paz interior. Cuando, por el contrario, afronta cada encuentro, cada conversación, como una experiencia única, entonces todo adquiere una secreta armonía. Se acaba el programa, comienza la vida. ¿No es ésta una hermosa experiencia de Pascua?

viernes, 17 de mayo de 2019

Los poderes fácticos

Hace muchos años, cuando dejó de ser presidente del gobierno de España, Felipe González hizo unas declaraciones que reproduzco de memoria: “De ahora en adelante me gustaría parecerme a la Iglesia. Renuncio al poder para tener influencia”. A fe que el viejo político socialista se ha tomado en serio esta irónica frase. Me viene a la memoria a propósito de un fenómeno que encuentro a menudo en comunidades religiosas, asociaciones de todo tipo y también en la vida familiar y social. Hay personas que ejercen poder porque han sido elegidas o designadas para ello. Lo podrán hacer mejor o peor, pero hay una razón objetiva que avala su liderazgo. Hay otras que no han sido elegidas ni designadas por quien puede hacerlo, pero tratan siempre de imponerse en virtud de su estatura física, sus cualidades intelectuales o morales… o sencillamente sus ganas de mandar. Estos últimos son muy peligrosos. A veces ejercen su influencia de manera abierta, incluso impositiva. Acaban haciéndose odiosos. Otras veces utilizan estrategias más sutiles. La edad, el tiempo vivido en un lugar o la red de amistades se convierten en factores que presionan para conseguir los propios objetivos. Estos son los llamados “poderes fácticos”; es decir, poderes que se imponen por la fuerza de ciertos hechos, no como fruto de un discernimiento o una elección.

Hay poderes fácticos que lo son casi inadvertidamente. Pero otros maquinan en la sombra para salirse siempre con la suya. Mientras consiguen lo que quieren, adulan a los poderes establecidos para lograr su aprobación. Cuando éstos no se amoldan a sus exigencias, reaccionan con violencia. No es fácil lidiar con los “poderes fácticos”. Uno corre el riesgo de quedar atrapado en sus redes. Lo ideal sería hablar con transparencia, discernir juntos las situaciones y repartir responsabilidades. Pero este método abierto no siempre funciona. Los “poderes fácticos” casi nunca quieren renunciar voluntariamente a sus privilegios y “derechos” adquiridos. Se han acostumbrado de tal manera a mandar, disponer, influir en los otros, que casi no saben vivir de otra manera. El poder se ha convertido para ellos en una especie de droga. Se requiere mucha humildad y paciencia para canalizar su influencia hacia áreas inofensivas. Y, sobre todo, es preciso que los “poderes establecidos” no renuncien a ejercer sus responsabilidades por temor a ser ridiculizados o ignorados. La tensión está servida.

Me he preguntado con frecuencia por qué hay personas a las que les gusta tanto mandar. Cualquier oficio que ejercen (profesor, párroco, superior de una comunidad, ecónomo, director de una institución, etc.) se convierte en excusa para practicar una especie de dictadura sobre los demás. Dan órdenes, imponen proyectos, secuestran la opinión ajena, se arrogan privilegios y se enojan si alguien se atreve a cuestionar sus métodos o a ofrecer una opinión distinta. Creo que, en la mayoría de los casos, la razón última es una pobre personalidad. Sin el ejercicio del poder, estas personas se sentirían mediocres, pocos las tendrían en cuenta. Lo peor no es que existan personas de este tipo, sino que los demás caigamos en la trampa de sus caprichos y arbitrariedades y les sigamos el juego. Se requiere una respuesta valiente, pero sin provocar humillaciones. No hay nada que los “poderes fácticos” teman más que ser humillados en público, que alguien desnude su inconsistencia infantil. En fin, no sé si la entrada de hoy es fruto de la altura en la que vivo los últimos días, pero me parece que nace de una experiencia vivida a lo largo de muchos años.

jueves, 16 de mayo de 2019

San Isidro es andino

Desde ayer por la tarde estoy en La Quiaca, una pequeña ciudad del noroeste argentino, a 3.442 metros sobre el nivel del mar. Por su carácter fronterizo, es lugar de paso entre Argentina y Bolivia. Para llegar hasta aquí tuve que atravesar la famosa Siberia argentina, un altiplano inmenso en el que la temperatura puede descender a 20 grados bajo cero en el invierno. De vez en cuando se veían rebaños de llamas. El paisaje tenía algo de lunar. Como la carretera está en buen estado, pudimos cubrir la distancia entre Humahuaca y La Quiaca en un par de horas. Nada más llegar a la comunidad claretiana, presidí la misa de las siete de la tarde en una iglesia de piedra declarada monumento histórico. Al final se me acercó una pareja de jóvenes de unos 20 años. Él llevaba rastas. Ella escuchaba mientras su compañero hablaba. Ambos se dedicaban a los juegos malabares y a evangelizar a través de la música. Vivian de la solidaridad de los demás. Llevaban más de un año recorriendo “a dedo” toda América. Pedían nuestra ayuda para seguir su camino. Querían regresar cuanto antes a Corrientes, su ciudad natal, para reanudar los estudios universitarios. Se consideraban “mochileros de Cristo”. Él provenía del mundo de la droga. Había realizado un hermoso camino de conversión. Ahora se consideraba un “salvado”.

El encuentro con la pareja de mochileros y con un grupo de laicos de La Quiaca puso punto final a una jornada que tuvo su punto culminante en las celebraciones de la mañana. Acompañado por un claretiano y dos hermanas claretianas, participé en una fiesta popular que se celebraba en Chucalezna,  una aldea a pocos kilómetros de Humahuaca. La celebración debía comenzar a las 10 de la mañana. A las 10,45 se realizó el izado de la bandera y el canto de himno argentino. Después se celebró la misa en la pequeña capilla de la comunidad cristiana. Varias personas tuvieron que quedarse fuera. Acabado el rito litúrgico, comenzó la solemne procesión con las imágenes de san Isidro (el patrono), san Francisco de Paula, la Virgen de la Candelaria, etc. Eran muy livianas, así que cualquiera podía cargar con las andas. Bajo un sol de justicia, acompañados por grupos de músicos populares, fuimos haciendo un recorrido por los campos. Por dos veces, las imágenes y todos los que procesionábamos pasamos bajo arcos de flores y frutas. No había prisa. Hubo todavía tiempo para un desfile de los músicos ante las imágenes y de tres falsos gauchos a caballo. La fiesta matutina terminó con un sorteo y una comida de hermandad. Por la tarde estaban previstos bailes y más concursos. Los efectos del vino se notaban claramente en muchos de los participantes. Nosotros tuvimos que regresar a Humahuaca para continuar camino hasta La Quiaca.

Yo me metí en los festejos como uno más. Me parecía raro que un santo madrileño como Isidro, perdido en la historia y la leyenda del siglo XII, hubiera llegado hasta esta aldea argentina. Es obvio que su presencia era fruto del trabajo de evangelización de algunos misioneros españoles, pero no dejaba de sorprenderme. Quizá el bueno de Isidro, con su 1,95 de estatura, sintonizaba muy bien con el estilo de vida campesina de las gentes de este lugar. Quizá su modo de vivir la fe (trabajo y oración) coincidía con el modo de estas gentes religiosas. Quizá Isidro ocupó el lugar de alguna deidad tradicional. Sea como fuere, resultaba interesante ver al “intendente” (alcalde) de Humahuaca cargar con las andas, a una periodista local tomando fotos con su móvil… y a un misionero venido de Roma caminando bajo el sol al ritmo de una música rítmica y repetitiva. 

No sé si las jóvenes generaciones continuarán por mucho tiempo estas tradiciones, pero sospecho que sí. Están tan arraigadas en la manera de ser de estas gentes que no se concebiría su identidad colectiva sin el patronazgo de estos santos populares. Importa poco si existieron o no, si vivieron de esta o de aquella manera. Lo que cuenta es que se convierten en poderosos intercesores ante Dios para obtener aquellos frutos (“milagros”) que son imprescindibles para llevar una vida mejor. Su ejemplaridad moral pasa a un segundo plano. No estoy seguro de haber captado el fondo de la experiencia, pero, por lo menos, me zambullí en ella sin ningún prejuicio purista. La fe de los sencillos va siempre más allá de nuestras reflexiones. Me encanta pasar de un aula universitaria a una fiesta aldeana, de una inmensa iglesia neogótica a una capillita de campo, de una conversación con un científico a una charla con un campesino. Son estos contrastes los que hacen hermosa la vocación misionera.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Descenso al abismo

Ayer pasé casi todo el día en Iruya. Me resulta difícil describir este pueblo perdido en las montañas de la provincia de Salta. Pero lo que realmente me cuesta es describir las sensaciones que tuve a lo largo de las dos horas que tardamos en recorrer los 80 kilómetros que separan Humahuaca de Iruya. Tras 26 kilómetros por carretera asfaltada, enfilamos la pista de tierra que nos llevó al poblado de Iturbe. De allí ascendimos hasta un lugar situado a 4.000 metros de altitud. Se llama “Abra del Cóndor”. Señala el límite entre la provincia de Jujuy y la de Salta. Nos detuvimos para contemplar un rebaño de vicuñas y hacer algunas fotos. El espectáculo era sobrecogedor. A pesar de la altura, no sentí ninguna sensación de mareo. Empezamos el descenso hasta Iruya. Tuvimos que bajar de la cota 4.000 a la cota 2.780, que es al altitud media del pueblo. Nuestro coche respondía. Al volante iba un joven conductor… ¡de 75 años! En más de una ocasión tuve que cerrar los ojos para no ver los abismos que se precipitaban ante nosotros. El descenso fue una sucesión interminable de curvas. Lo malo de ser conductor, en funciones de copiloto, es que uno sufre más de la cuenta. Se imagina en el puesto del otro. Me bullían los pensamientos: “Yo hubiera tomado esta curva con más suavidad… Pero, ¿por qué se acerca tanto al borde de la pista? Esta pendiente exige frenar con el motor. Nos vamos a despeñar”. Desde que viví algo semejante en el norte de Potosí hace unos quince años, nunca más había vuelto a tener una sensación tan grande de peligro.

Llegamos a Iruya hacia las 11 de la mañana. Fue un amor a primera vista. El pueblo me encantó. No entendí cómo los seres humanos se habían ido a vivir a un lugar tan recóndito y peligroso, pero sucumbí a la magia de un lugar único. Entré en la iglesita de finales del siglo XVII. Admiré su limpieza y su decoración exuberante, en un estilo parecido al barroco limeño. Enseguida me di cuenta de que, aunque no estamos en temporada turística alta, algunos turistas deambulaban por las calles empinadas cubiertas de guijarros. Yo me di una vuelta por el pueblo en compañía del único claretiano que atiende pastoralmente la zona. Mientras saludábamos a algunos lugareños y veíamos los diversos centros sociales construidos por los claretianos, íbamos hablando del pasado y del futuro de este enclave andino. La comida en un pequeño restaurante me sirvió para relajar la tensión y reponer fuerzas. Un poco antes de las tres de la tarde emprendimos el camino de regreso. Me consolaba la idea de que el ascenso sería menos peligroso que el descenso. Así fue. O, por lo menos, así lo experimenté. Nuestro vehículo subía con fuerza, dejando a un lado los terraplenes abiertos al abismo. Evité los pensamientos negativos. Un error de cálculo, un volantazo mal dado, pueden ser fatales. No ocurrió nada de eso. A las cinco de la tarde estábamos ya de regreso en Humahuaca.

Ahora, mientras escribo, tengo la sensación de haber vivido una aventura demasiado peligrosa, pero también increíblemente hermosa. Contemplar las montañas y los valles desde los 4.000 metros es un espectáculo que no se nos regala todos los días. A pesar del miedo disimulado, felicité de corazón al claretiano de 75 años que, con total serenidad y maestría, me llevó hasta Iruya y me devolvió sano y salvo a mi residencia de Humahuaca. De haber sabido de antemano cómo era el camino, no estoy seguro si hubiera aceptado la invitación a visitar esa misión escondida. Los misioneros han aprendido la astucia de los lugareños. Nunca dicen más de lo imprescindible para evitar que los prejuicios y temores nos impidan disfrutar de la realidad. Para los amantes del turismo de aventura, Iruya es un destino envidiable. Para los misioneros no es un plato de buen gusto. Están aquí para acompañar a las casi 2.000 personas que, por diversos motivos –casi siempre relacionados con vínculos ancestrales– han decidido vivir en ese remoto lugar habiendo tantísimo espacio vacío y fértil en la inmensa Argentina. Está claro que la vida casi nunca se rige por la lógica. Basta asomarse a la portada de cualquier periódico. No es necesario encaramarse hasta los 4.000 metros. Anoche dormí más tranquilo.

martes, 14 de mayo de 2019

Por encima de los 3.000 metros

Se le atribuye al obispo claretiano de la prelatura de Humahuaca una frase irónica que ayuda a entender la singularidad de estas gentes andinas y el tipo de pastoral que hay que practicar aquí. La frase en cuestión reza así: “Por encima de los 3.000 metros ya no vige el Código de Derecho Canónico”. No sé si se trata de una autoría espuria. En cualquier caso –como se dice en italiano– “se non è vero, è ben trovato”. La frase pone de relieve la distancia enorme que hay entre las tradiciones culturales y religiosas de los kollas y algunas disposiciones canónicas de la Iglesia católica. Esta distancia tiene que ver con los ritos de iniciación, la concepción del matrimonio, las prácticas devocionales, etc. Es un constante desafío pastoral para nuestros misioneros.

Desde el domingo por la noche me encuentro en este lugar fascinante. La verdad es que no me lo imaginaba así. Durante el día la temperatura sube a los 30 grados. El sol quema. El cielo es de un azul inmaculado. Al amanecer, el termómetro marca 2 grados bajo cero. El pueblo de Humahuaca fue fundado por Juan Ochoa de Zárate en 1594. La actual iglesia-catedral data de 1640. Ayer por la tarde celebré la misa con la comunidad local. Me parecía estar en una de las iglesias coloniales que he conocido en el Perú. Todo tenía el aire de otro tiempo. El color blanco de los muros contrastaba con el retablo dorado y los grandes cuadros de la escuela limeña que penden de las paredes. La gente es cariñosa, pero seria. Los andinos no suelen exteriorizar mucho sus sentimientos. A ojos de un occidental, viven más hacia dentro que hacia afuera.

A mí no me da tiempo a grandes reflexiones. Me sumerjo en esta nueva atmósfera y me dejo llevar. Observo el paisaje, hablo con las personas, evoco la historia del lugar y admiro a quienes han dedicado su vida a acompañar a estas gentes. En una capilla situada a la derecha de la nave central se encuentra la tumba del P. Tobías Martín (1919-1998), un claretiano muerto en olor de santidad. Me gustaría mucho que avanzara su causa de beatificación. Necesitamos modelos de misioneros que hayan entregado su vida al anuncio del Evangelio en lugares recónditos donde pocos quieren ir. El pueblo tiene un sexto sentido para olfatear cuándo un misionero “huele a Evangelio”. El P. Tobías simboliza a otros muchos claretianos que a lo largo de los últimos 50 años se han dedicado a la evangelización en estas altas tierras “en las que no vige el Código de Derecho Canónico”. Hoy es fácil encontrar voluntarios que aceptan dedicar un mes o un año de sus vidas a echar una mano en la misión. No está nada mal. La solidaridad sigue de moda, aunque no tanto como hace veinte o treinta años. Pero no es fácil encontrar jóvenes dispuestos a dedicar su vida entera a la misión. Los pliegos de condiciones son cada vez más extensos. Se ve que la cultura del bienestar se va apoderando de nosotros. Con un poco de esfuerzo, somos capaces de algunos sacrificios, pero siempre por un tiempo limitado, con fecha de caducidad. Los compromisos de por vida nos inspiran un miedo pavoroso.

Mientras aconsejado por los lugareños mastico unas hojas de coca para combatir el mal de altura, pienso en los cambios vertiginosos que me ha tocado experimentar a lo largo de mis casi 37 años de ministerio sacerdotal. De vez en cuando me pregunto qué decisión tomaría si hoy tuviera 18 o 20 años, consciente de que el prestigio del sacerdote está por los suelos en muchos lugares, no solo en mi Europa natal, sino en muchos países de América. Dejo que los sentimientos se entrecrucen, pongo nombre a las objeciones, mastico las contradicciones vividas… Al final, sin violencia, me brota una convicción: “Volvería a decir sí a la llamada de Jesús”. Ninguna de las muchas dificultades experimentadas y de las fragilidades vividas es comparable a la alegría de ser colaborador de Jesús “para que tengan vida” (Jn 10,10). 

No sé cómo evolucionará el ministerio en los próximos años, pero intuyo que, más allá de sus formas históricas, siempre será una vocación de alto riesgo. No me refiero a riesgos físicos –aunque en algunos países esté creciendo el número de sacerdotes asesinados–, sino al riesgo de seguir siendo feliz cuando para muchas personas, ser sacerdote significa ser un “experto en nada”. Para ellas, el acompañamiento espiritual, el anuncio de la Palabra y la celebración de los sacramentos constituyen actividades perfectamente prescindibles en una sociedad secularizada. Algunas pueden ser asumidas por los psicólogos y otras por los chamanes de moda, pero, en puridad, casi todas son inútiles y hasta nocivas. Hace falta mucha humildad y fe para aceptar ser un “experto en nada” sin morir en el intento.


lunes, 13 de mayo de 2019

Un poco de ternura, please

El tiempo vuela. Después de un fin de semana muy intenso en Mendoza, me encuentro en el aeropuerto de Buenos Aires esperando mi vuelo para San Salvador de Jujuy, una ciudad al noroeste de la Argentina. Empiezo mi visita a las misiones de Humahuaca. Durante todo el día no he podido quitarme de la mente el recuerdo de un claretiano que falleció ayer domingo en Madrid a consecuencia del atropello de moto que sufrió el viernes por la noche mientras paseaba por una calle cercana a su comunidad. Tenía 60 años. En la Eucaristía que presidí ayer por la mañana en el Santuario de El Challao de Mendoza pedí expresamente por su eterno descanso. Está claro que nuestra vida está en las manos de Dios. Nunca sabemos cuándo llegará la hora de nuestro encuentro definitivo con Él. Cada vez que alguien cercano muere, no solo recordarnos que todos nosotros somos mortales, sino que anticipamos un poco nuestra propia muerte. Esta experiencia no debería ser motivo de tristeza, sino de una renovada consciencia. Debemos vivir con la lucidez y serenidad de quien sabe que no tiene otro asunto más importante en las manos.

Hoy celebramos la memoria de la Virgen de Fátima. He tenido la oportunidad de visitar su santuario en numerosas ocasiones. ¿Qué tiene la Madre de Jesús que convoca a tantas personas? Su mensaje siempre se puede resumir en las palabras que nos reporta el evangelio de Juan: “Haced lo que él os diga”. María siempre nos remite a Jesús. Es verdad que sus mensajes hablan de conversión, de penitencia y de oración por los pecadores, pero, en definitiva, son maneras de ayudarnos a despertar de nuestro letargo y de no cambiar el vino nuevo de Jesús por otros vinos adulterados. Me sorprende la facilidad con la que muchas personas –y no solo los jóvenes– se dejan embaucar por los señuelos de la droga y del sexo cuando no tienen ideales fuertes que animen su vida. Durante el fin de semana en Mendoza he tenido la oportunidad de hablar con los misioneros que atienden el santuario mariano de El Challao. Muchísimas personas desfilan por él buscando consuelo porque se sienten confundidas y derrotadas: chicas jóvenes que han abortado varias veces, adolescentes esclavizados por la pornografía, adultos que se han deslizado por la pendiente del alcohol y de la droga, mujeres violentadas en el propio hogar, traficantes de droga, ancianos que viven solos sin recursos… Todos acuden a la “casa de la Madre” en busca de un poco de cariño y comprensión. La pastoral de la escucha y la reconciliación es una necesidad vital.

Los que hemos recibido el don de la fe no sabemos bien el tesoro que tenemos. La fe es un faro en medio de la oscuridad, un puerto en el que podemos atracar seguros, un consuelo, un impulso, un horizonte. No hay dinero en el mundo capaz de comprar el sentido de la vida que nos proporciona la fe en Jesús. Por eso me produce rabia e indignación comprobar cómo muchos adultos sin escrúpulos pretenden robar la fe de los niños y jóvenes para dejarlos a merced de sus manipulaciones. No soporto que la tecnología moderna ponga en manos de niños de 10 años el acceso a la pornografía, conscientes de que eso va a destruir su alma, quizá para siempre. Alguien que, desde temprana edad, banaliza el sexo, lo reduce a objeto de consumo, ¿cómo va a afrontar el misterio de la vida con ideas limpias y con energías nuevas? No me resigno a pensar que estos son los tiempos que nos ha tocado vivir. No puedo cruzarme de brazos dando por normal lo que es una aberración que responde solo a oscuros intereses económicos. Frente a tanta manipulación, que deja a las personas vacías y heridas, se requiere una verdadera “revolución de la ternura”, la que nos regala nuestra Madre. No necesitamos que nos roben el alma con la pornografía o la droga. Necesitamos que alguien nos quiera y nos enseñe a querer como hijos de Dios que somos. No escondamos el tesoro de la fe por más que se multipliquen los intentos de enterrarlo.