miércoles, 4 de noviembre de 2020

Resisitir en la desgracia

En el momento de escribir la entrada de hoy todavía no se sabe quién será el próximo presidente de los Estados Unidos de América. Todo está en el aire. Se suele decir que esta es la grandeza de la democracia. Espero que encontremos otras fórmulas de real participación en la cosa pública que vayan más allá de un disputado voto cada cierto tiempo. Mientras tanto, la vida no se detiene. Nicaragua y Honduras están sufriendo las consecuencias devastadoras del huracán Eta. Filipinas sufre los destrozos causados por el tifón Goni. Precisamente de Filipinas me llegan unas imágenes que, aunque son de baja calidad, muestran cómo reaccionan algunos filipinos ante las desgracias naturales que regularmente asolan el país. [Uno de mis amigos filipinos me dice con ironía que la peor desgracia “natural” que está destrozando el país en los últimos años es el presidente Duterte, pero comprendo que no todos piensan lo mismo; si no, no lo habrían elegido hace unos años]. Los pobres suelen encajar las desgracias mejor que los ricos porque si tuvieran que esperar a que todo funcione bien para ser felices, no lo serían nunca. No se trata de ser felices cuando alcancemos algunas metas imaginadas, sino de serlo siempre, aquí y ahora, tratando de sacar partido de cualquier situación, por adversa que sea. Por eso, incluso en situaciones calamitosas como las provocadas por el tifón Goni, saben divertirse y seguir viviendo.

A los ojos de un acomodado occidental, estas conductas pueden parecer irresponsables y hasta hirientes. ¿Cómo es posible que, mientras muchos pierden sus hogares e incluso a algunos de sus seres queridos, otros se dediquen a jugar al baloncesto con el agua hasta las rodillas o a organizar una fiesta en medio de una calle inundada? ¿No indican conductas como estas un alto grado de inconsciencia? Vistas las cosas con la superficialidad y los lentes moralistas que tanto se han puesto de moda en Occidente, pareciera que sí. Sin embargo, cuando se escucha el testimonio de quienes están viviendo en carne propia estas desgracias (no de quienes las vemos por televisión arrellenados en nuestra butaca), uno comprende que la vida tiene sus mecanismos de equilibrio, que no se responde a una desgracia dejándose dominar por ella, sino reaccionando con entereza y hasta con descaro. Si siempre andamos por la vida con el disfraz de víctimas, renunciamos a vivir con la dignidad que nos corresponde. Si algo significa ser hombres y mujeres “espirituales” es – a mi modo de ver – la capacidad de vivir con intensidad la existencia humana. Dios nos ha creado para que vivamos, no simplemente para que “sobrevivamos” o vayamos arrastrando la existencia como almas en pena. Si cada vez que experimentamos una contrariedad o una desgracia, todo lo que sabemos hacer es quejarnos y empezar a repartir culpas y responsabilidades, estamos condenados a no vivir nunca en plenitud  porque la vida humana es un rosario de experiencias adversas.

Quizás las “irresponsables” imágenes que acompañan la entrada de hoy nos ayuden a preguntarnos cómo solemos afrontar las pruebas y frustraciones de la vida. ¿Nos limitamos a quejarnos de nuestra mala suerte? ¿Buscamos enseguida culpables (el gobierno, la sociedad, Dios)? ¿Sacamos fuerza de debilidad y nos ponemos manos a la obra? ¿Nos preguntamos cómo podemos ayudar a otros que se encuentran en situaciones peores? ¿Ponemos la vida entre paréntesis o seguimos agradeciendo cada destello de vida que se nos concede? ¿Nos fijamos en lo que hemos perdido o en todo lo que se nos ha dado? También en esto los pobres nos dan muchas lecciones. Quienes más derecho tendrían a quejarse y a desesperarse son, con frecuencia, quienes mejor encajan las contrariedades y quienes más se ayudan entre ellos para superarlas. Un viejo compañero mío, cada vez que alguien se quejaba de algún pequeño problema doméstico (por ejemplo, que un día la calefacción no funcionara bien o que la comida estuviera un poco salada), siempre repetía un estribillo que se me ha quedado grabado: “Problemas de ricos”. Efectivamente, a menudo magnificamos nuestros pequeños problemas porque no sabemos lo que es una desgracia de verdad. Si quienes las padecen saben reaccionar con entereza y determinación, ¿cómo tendríamos que hacerlo quienes disponemos de más recursos materiales y emocionales? En tiempos de pandemia extendida, conviene dejarse guiar por los verdaderos “expertos en desgracias” que nunca tiran la toalla

martes, 3 de noviembre de 2020

A vueltas con el horario

Existe vida más allá de las elecciones presidenciales norteamericanas. No entiendo por qué los medios de comunicación se vuelcan tanto en ellas. Nos quejamos del colonialismo estadounidense y no hacemos más que alimentarlo de múltiples maneras.  No creo que nuestra vida cambie sustancialmente si repite Donald Trump o si Joe Biden se alza con la victoria. Quieren hacernos creer que sí, que lo que pase en América (arrogante forma de apropiarse del nombre del entero continente) repercutirá en todo el mundo, condicionará la vida del planeta. En buena medida, depende de lo que cada uno de nosotros nos dejemos influir. Ya sé que hay muchos influjos subconscientes que escapan a nuestro control, pero, al menos, podemos cultivar una actitud de resistencia y libertad.

En Roma ha amanecido un día soleado de otoño. Da gusto salir a pasear a las 7 de la mañana. Hoy lo he hecho porque me encuentro en un lugar que me lo permite. Con el cambio de horario que se produjo el último domingo de octubre, a esa hora es ya de día. ¡Cómo cambia nuestro equlibrio personal cuando  sabemos y podemos llevar un horario armónico!

Me ha llamado la atención una entrevista al cardenal Omella - con el que, por cierto, compartí vuelo de Roma a Barcelona hace unos días – que publica hoy un periódico español. El cardenal subraya que necesitamos unos horarios más razonables que permitan conciliar mejor la vida laboral y la familiar. Considera que los horarios que se llevan en España no son saludables. Por eso, cree que “adaptarlos a estándares europeos nos podría servir para ganar tiempo de calidad y para mejorar nuestra salud y nuestro bienestar. Estamos acostumbrados a un ritmo de vida ajetreado y estresado. Difícilmente hay espacios de sosiego durante la semana y todo ello incide en nuestras relaciones familiares, de amistad, etc. Además, esta falta de tiempo para el recogimiento interior y la serenidad afecta a nuestra relación con nosotros mismos y, evidentemente, dificulta nuestra relación con Dios”. Estoy de acuerdo con esta apreciación, aunque se podrían introducir algunos matices. Desde hace muchos años, me cuesta entender por qué en España se termina la jornada laboral tan tarde, se cena tan tarde (normalmente después de las 9 de la noche) y se va a la cama tan tarde (muchos en torno a la medianoche, después de ver programas de televisión que terminan también muy tarde). Sé por experiencia que es muy difícil cambiar costumbres inveteradas… hasta que uno experimenta en carne propia sus ventajas y deja de invocar el peso de las tradiciones.

Si no aseguramos que las familias tengan tiempo para relacionarse, que los niños tengan tiempo para jugar y descansar y que todos dispongamos de tiempo para actividades deportivas y sociales (incluyendo las parroquiales), acabaremos estresados y nos preguntaremos cuál es el sentido de trabajar tanto tiempo. Algo no funciona bien en este sistema. No es normal que muchos padres lleguen a casa cuando es la hora de acostar a sus hijos, a los que solo ven con calma el fin de semana. No es normal que muchas personas duerman solo seis horas diarias y se levanten agotadas. No es normal que un creyente no tenga tiempo para orar porque llega a casa derrotado por una jornada extenuante (incluyendo los desplazamientos) y - lo que es peor - no necesariamente productiva y provechosa. En vez de buscar alternativas más eficientes, nos empeñamos en apuntalar un ritmo que es potencialmente neurotizante. El asunto del horario no es algo superficial. Condiciona más de lo que solemos imaginar nuestro equilibrio personal, la relación con los demás e incluso la productividad laboral. Por eso, en los antiguos monasterios se buscaba tanto el equilibrio. Hoy, que conocemos con más detalle profundidad los mecanismos que regulan nuestros procesos, es cuando más los quebrantamos. Estamos pagando un precio muy alto en forma de estrés, soledad, agresividad y falta de rendimiento.


lunes, 2 de noviembre de 2020

Recordar y orar

Este año la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos es especial. En España se ha registrado la mayor tasa de mortalidad desde que se tienen registros. Creo que algo similar habrá sucedido en otros países de Europa y América. Este incremento tiene que ver, directa o indirectamente, con la pandemia de Covid-19. Muchas familias recordarán hoy a los seres queridos que han muerto en los últimos meses, aunque no sea fácil ni aconsejable visitar los cementerios. Y harán un nuevo esfuerzo por despedirse de sus difuntos si no pudieron hacerlo en su momento, como les hubiera gustado, debido a las restricciones impuestas por la emergencia sanitaria. He escrito en varias ocasiones en este blog sobre los difuntos. No puedo entender la vida olvidando a los que viven de otra manera. La amnesia no es el mejor camino para vivir con esperanza. 

Los discípulos de Jesús no nos limitamos a recordar a nuestros difuntos, sino que oramos por ellos. Recordar significa “pasar por el corazón”, lo que ya supone un paso valiente contra el poder corrosivo del olvido. Pero orar implica confiárselos a Dios, el único que puede hacerse cargo de cada ser humano. Esta mañana, al filo de las 5,30, mientras me preparaba para la oración matutina, he vuelto a hacerme la pregunta que me hago con frecuencia: ¿por qué el ser y no la nada? Como cuando era niño, intento imaginarme un vacío absoluto. No puedo. Enseguida me estremezco. ¿Por qué surgió todo? ¿Dónde y cómo fue? ¿Cuánto va a durar? No sé si vale la pena romperse la cabeza con estas preguntas. Estamos aquí. En un momento dado, sin que nadie nos consultara, nacimos. En otro momento dado, moriremos. ¿Es todo absurdo o responde a algún plan que ignoramos?

Creo que hay un número creciente de personas que consideran que todo (el principio y el final) es producto del azar. Los cristianos afirmamos que todo responde a la providencia de Dios. San Pablo, en la carta a los Efesios, lo resume así: “Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el Amado” (Ef 1,4-6). Somos fruto del amor de Dios y estamos llamados a la comunión con él. Morir es la puerta de acceso a una vida plena que no conocemos: “Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 2,9). No sé si la pandemia nos ha vuelto más escépticos o más esperanzados. De lo que estoy seguro es de que nos ha acercado al misterio de la muerte. Incluso nos lo ha servido con impudicia en algunas ocasiones. Quizá estamos más preparados que otros años para abrirnos a Dios y confiarle el “exceso” de muertos causados por el virus. Al hacerlo, podemos intuir el valor de la oración por los difuntos, una práctica que algunos consideraban fuera de lugar: o bien porque no creen en la vida eterna, o bien porque piensan que no es necesario cansar a Dios con requerimientos inútiles.

Os dejo con un texto del gran Fyodor Dostoyevski. En su célebre y última novela Los hermanos Karamazov (1880), escribe lo siguiente: “Joven, no olvides la oración. Toda oración, si es sincera, expresa un nuevo sentimiento; es la fuente de una idea nueva que ignorabas y que te reconfortará. Entonces comprenderás que el rezo es un medio de educación. Acuérdate, además, de repetir todos los días y tantas veces como puedas estas palabras: «Señor, ten piedad de todos los que comparecen ante Ti.» Pues, hora tras hora, termina la existencia terrestre de algunos de los seres humanos de más alta valía espiritual y sus almas llegan ante Dios. ¡Cuántos de ellos han dejado este mundo en la soledad más completa, ignorados por todos, tristes y amargados de la indiferencia general! Y tal vez, aunque no conozcas al que muere, porque vive en el otro extremo del mundo, el Señor oiga tu plegaria. El alma temerosa que llega a la presencia de Dios se conmoverá al saber que hay sobre la tierra alguien que le ama a interceder por ella. Y Dios os mirará a los dos con más misericordia, pues si tú te compadeces del alma de otro, Él se compadecerá mucho más, pues su caudal de piedad y amor es inagotable. Así, Él perdonará por ti”. Conviene meditar estas palabras en un día como hoy.


domingo, 1 de noviembre de 2020

Felices de otra manera

Comenzamos noviembre con la solemnidad de Todos los Santos. El comentario que hace Fernando Armellini a las lecturas de la liturgia de hoy es mucho más largo que el que suele hacer los domingos, pero merece la pena leerlo si uno quiere comprender bien el sentido de esta fiesta. Yo me limito a dar unas cuantas pinceladas. A los discípulos de Jesús los han llamado de muchas maneras a lo largo de la historia. En los primeros decenios se los denominaba “galileos” (que es como decir insurgentes), “nazarenos” (o sea, pueblerinos insignificantes). En Antioquía comenzaron a llamarlos “cristianos” (es decir, seguidores de un autodenominado “ungido” que murió crucificado). Pero no eran estos los nombres que utilizaban para llamarse entre ellos. Según los escritos del Nuevo Testamento, ellos se llamaban a sí mismos “hermanos”, “creyentes”, “discípulos del Señor”, “perfectos”, “personas del camino” y… “santos”. Pablo, por ejemplo, escribió sus cartas “a todos los santos que viven en la ciudad de Filipos …” (Fil 1,1); “a los santos que están en Éfeso …” (Ef 1,1); “a los santos y fieles hermanos y hermanas en Cristo que viven en Colosas …” (Col 1,2); “a todos los santos en toda Acaya” (2 Cor 1,1); “a todos los favoritos de Dios en Roma y que están llamados a ser santos …” (Rom 1,7). 

Cuando utilizaba el término “santo” no se estaba refiriendo a las personas que estaban en el cielo o que habían sido canonizadas siguiendo un procedimiento semejante al que seguimos hoy. Se refería a los cristianos de carne y hueso que vivían en Filipos, Éfeso, Corinto, Colosas y Roma. Esos eran los “santos”, los discípulos de Jesús. El papa Francisco habla en un sentido parecido en su exhortación apostólica Gaudete et Exsultate: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»” (n. 7). Santos somos y podemos ser todos. 

¿Cómo los “santos” así entendidos (es decir, nosotros) podemos ser felices? En el famoso discurso de las “bienaventuranzas” (cf. Mt 5,1-12), Jesús ofrece algunas pistas. Aunque cada bienaventuranza tiene sus características propias, me parece descubrir un denominador común. Somos (o seremos) felices cuando aprendamos a vivir cualquier experiencia humana (especialmente las que parecen situarse en las antípodas de la felicidad entendida como satisfacción de nuestros deseos) abiertos a Dios como el verdadero tesoro de nuestra vida. Con él, todo puede transformarse en fuente de sentido y alegría. Sin él, incluso los caminos que consideramos placenteros pueden convertirse en cárceles de lujo. Así que otra forma de ver a los santos es verlos como aquellos hombres y mujeres que han descubierto el verdadero camino de la felicidad porque han puesto su confianza absoluta en Dios. Aquí no se trata tanto de alcanzar la perfección moral cuanto de ser lo suficientemente humildes como para dejarse inundar por Dios. Santidad equivale a participación gratuita en el Misterio de Dios, a transparencia de su gloria en las condiciones finitas de nuestro mundo.

El hecho de que mañana celebremos la conmemoración de Todos los Difuntos ha hecho que este día pierda su significado originario y se asocie espontáneamente a los “santos” muertos que ya gozan de la gloria de Dios. Tendríamos que hacer un esfuerzo por recuperar un artículo del Credo que me parece un poco aletargado, el referido a la “comunión de los santos”; es decir, a esa unión misteriosa que se establece entre todos los que hemos sido redimidos por Jesucristo (los vivos y los muertos), todos aquellos que formamos parte de su Cuerpo porque hemos sido incorporados a él por el Bautismo. Es hermoso saberse parte de esa “multitud inmensa que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7,9). En estos tiempos de pandemia y de crisis necesitamos reforzar nuestro sentido de pertenencia a la comunidad de los “santos”, de los salvados. Somos un pueblo de vencedores porque “la victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero” (Ap 7,10). Solo cuando tomamos conciencia de nuestra dignidad, podemos asumir responsabilidades sabiendo que llegarán a buen término.

sábado, 31 de octubre de 2020

El perro verde

Un amigo que ahora es misionero en Timor Oriental solía utilizar una frase cada vez que quería señalar el comportamiento extravagante de alguien: “Es más raro que un perro verde”. Sé que existen conejos azules en los Estados Unidos, pero hasta hace poco nunca había visto un perro verde. Por fin vi uno el pasado lunes en la zona Covid-19 del aeropuerto de Fiumicino. Ahí estaba apostado, como queriendo controlar el espacio. Las orejas erguidas acentuaban su actitud vigilante. El verde eléctrico de su pelo contrastaba con el blanco clínico de las paredes. Ahora puedo decir que los perros verdes existen, aunque estén hechos de resina o plástico. La vida está llena de cosas raras. Si todo respondiera siempre a nuestras expectativas, acabaríamos por morir de aburrimiento. La vida es programación, pero también desorden. Es cálculo, pero también fantasía. Es ingeniería, pero también música. Es comida, pero también literatura. Es soledad, pero también compañía. Abrazar todos sus extremos incluso sus contradicciones nos hace sufrir más, pero también nos dilata.

Ayer, durante algo más de hora y media, tuvimos el primer Encuentro Zoom de los amigos de este Rincón. Había personas de España, Italia, Estados Unidos, Argentina, Guatemala, Costa Rica, Panamá, Colombia, República Dominicana… En algunos momentos nos juntamos 35. Después de una brevísima presentación, oramos unidos. Luego, sirviéndome de diapositivas, fui poniendo nombre a algunas de las preocupaciones causadas por la pandemia. Traté de iluminarlas a partir de ese “rosario existencial” que es la vida humana en la que se combinan los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. En efecto, nuestra vida está traspasada de gozo, luz, dolor y gloria. Cuando perdemos la perspectiva del conjunto, nos cuesta dar sentido a cada uno de los momentos aislados. Ni el gozo ni el dolor son absolutos. Después tal como había anunciado hace tres días escogí algunas pistas de la exhortación Gaudete et Exsultate del papa Francisco que nos pueden ayudar a vivir el momento presente con esperanza: aguante, paciencia y mansedumbre [112-121]; alegría y sentido del humor [122-128]; audacia y fervor [129-139]; en comunidad [140-146]; en oración constante [147-157]. Les pedí a algunos de los participantes que leyeran uno o dos párrafos. A esta presentación siguió un diálogo en el que varios de ellos compartieron cómo están viviendo este tiempo. Alguno estaba diagnosticado de Covid-19. La vida siempre tiene más fuerza que cualquier reflexión. Terminamos con el vídeo de la hermosa Oración apostólica de Claret.

En esta confusa situación que estamos viviendo, a veces pienso que los cristianos somos como “perros verdes”, personas un poco extrañas que, sin apartarse del mundo, viven de otra manera. Jesús nos ha enseñado a vivir el dolor con esperanza, las ofensas desde el perdón, la muerte abiertos a la vida plena. No estamos exentos de las vicisitudes de cualquier ser humano, pero se nos ha concedido la fuerza del Espíritu santo para traspasarlas y darles un sentido. Si siempre es necesario esto, en momentos como los actuales es imprescindible. No vamos a inventar una vacuna de la noche a la mañana, pero sí podemos poner escucha y compasión en las relaciones interpersonales. Cuando muchos se sienten tentados de tirar la toalla, nuestra serenidad debe transmitir la certeza de que el Señor sufre y camina con nosotros, no se desentiende de nuestras preocupaciones. Cuando la rabia degenera en violencia (como vimos ayer en Barcelona y Burgos, por ejemplo), mantenemos la calma y buscamos alternativas. Como el “perro verde” de Fiumicino, estamos vigilantes para que, a los efectos deletéreos del virus, no se añada la devastación producida por la angustia, la violencia y la desesperanza.

viernes, 30 de octubre de 2020

Cosas del Padre Abad

Tengo un “joven” amigo que el pasado mes de febrero cumplió 90 años. Aunque siempre disfrutó de una “frágil salud de hierro”, me parece que tiene cuerda para rato, incluso en tiempo de coronavirus. Debe de pesar poco más de 50 kilos. Creo que todavía sube las escaleras de dos en dos. Durante diez años (1993-2003) fuimos compañeros en el equipo que dirigía la Experiencia Fragua de formación permanente de los Misioneros Claretianos. Sus dos pasiones principales son la literatura y la música. Sigue tocando el órgano y lo que más me interesa ahora sigue escribiendo. Como agudo pedagogo y observador que es, sabe muy bien que hoy muy pocas personas leen libros gruesos y sesudos. Su diagnóstico coincide con el que hiciera san Antonio María Claret hace casi 200 años. En efecto, en su Autobiografía escribe algo que casi se podría ratificar hoy con las mismas palabras: “En el día de hoy, pues, hay una doble necesidad de hacer circular libros buenos; pero estos libros han de ser pequeños, porque la gente anda aprisa y la llaman por todas partes y de mil maneras, y, como la concupiscentia oculorum et aurium ha crecido hasta lo súmmum, todo lo quiere ver y oír, y además ha de viajar; así es que, si es un libro voluminoso, no será leído; únicamente servirá para cargar los estantes delas librerías y bibliotecas. De aquí es que, convencido de esta importantísima verdad, he dado a luz, ayudado de la gracia de Dios, tantos libritos y hojas sueltas” (Aut 312).

Mi amigo de 90 años le ha hecho caso a Claret. Por eso, acaba de publicar un librito de solo 180 páginas que se titula “Cosas del Padre Abad”. Por si el título pudiera inducir a error, se apresta a añadirle un subtítulo explicativo: “Para una espiritualidad narrativa”. Se trata de una original colección de microrrelatos que va abordando diversos temas de espiritualidad contemporánea sirviéndose de un ejercicio de imaginación y usando un estilo claro, pulcro y sugestivo. El libro se articula en cinco capítulos que llevan estos títulos: 1) Contemplación; 2) La vocación suprema; 3) Mediocridad; 4) Mandamiento del amor; 5) El gozo del discípulo. Ya había hecho algo parecido en otro librito que no tiene desperdicio: El alzar de las manos. Este imaginario Padre Abad es un pozo de sabiduría del que se van sacando escudillas de agua transparente. Espigo algunas en las páginas del libro:

  • “El desierto es a la vez símbolo de la nada y del todo. Porque allí donde no encuentras nada, solo está Dios”.
  • “Si Dios te conduce al desierto es porque él ya está allí esperándote”.
  • “El tiempo que te queda no es tuyo, es de Dios. Por eso vale tanto”.
  • “Hay quienes tienen hambre y carecen de pan y quienes tienen pan y carecen de hambre. ¿Cuál es la peor carencia?”.
  • “Si el fuego se reduce para nosotros a cinco letras, terminaremos muriéndonos de frío”.
  • “En medio de la noche fíate de él y camina. ¿Qué importa que no o veas si él te ve y va siempre contigo? Pero no olvides que un día… verás a Dios tal cual es”.

No olvidéis que hoy viernes 30 de octubre, a las 6 de la tarde (hora de España), tendremos un Encuentro Zoom para todos los amigos de El Rincón de Gundisalvus que lo deseen. Os recuerdo los datos principales:

Cuando en Roma (Italia), Madrid (España) y Europa Central son las 6 de la tarde

  • En Ciudad de MéxicoGuatemala y Costa Rica son las 11 de la mañana.
  • En Chicago (USA), Panamá y Colombia son las 12 del mediodía.
  • En Puerto Rico y República Dominicana son la 1 de la tarde.
  • En Chile, Argentina y São Paulo (Brasil) son las 2 de la tarde.
  • En Portugal, Reino Unido y las Islas Canarias son las 5 de la tarde.
  • En San Petersburgo y Murmansk (Rusia) son las 8 de la tarde. 


REUNIÓN ZOOM CON LOS AMIGOS DE

EL RINCÓN DE GUNDISALVUS


Tema: LA LLAMADA A LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL.

Fecha y hora: viernes 30 de octubre de 2020 a las 18:00 (6 de la tarde, hora de Roma-Madrid). A partir de las 17,45 estará abierta la sala de espera.

1) Para los que no tienen la aplicación Zoom en su ordenador, basta pinchar aquí:

Enlace para la reunión Zoom.

Al pinchar, aparecerá este mensaje: 

Haga clic en Abrir Zoom Meetings en el cuadro de diálogo mostrado en su navegador
Si no ve un cuadro de diálogo, haga clic en Iniciar reunión a continuación.

Iniciar reunión

Hay que pinchar en la casilla: Iniciar reunión. Esto es todo.

2) Los que ya tienen instalada la aplicación Zoom en su ordenador o computadora, pueden acceder con estas credenciales:

ID de reunión: 840 1650 6705

Código de acceso: 909163

 


jueves, 29 de octubre de 2020

Confinados, pero no hundidos

Ante la avalancha de la segunda ola de contagios, varios países europeos están adoptando diversas fórmulas de confinamiento. El mes de noviembre se va a parecer mucho al mes de abril, con la diferencia de que los días cortos del otoño añaden un plus de melancolía. Tras la experiencia de la primavera, es posible afrontar el nuevo confinamiento de una manera más positiva. Quizá es bueno reducir el excesivo consumo digital, aumentar el ejercicio físico y la lectura y, sobre todo, cultivar el arte de la conversación sosegada para colmar los vacíos que se han ido creando en muchas relaciones conyugales, familiares, de amistad, etc. Cuando vivimos un poco acelerados, damos por supuestas muchas cosas, pero, sin apenas advertirlo, vamos dejando asuntos a medias. Quizás es hora de tomarnos un tiempo para inventariarlos y darles una solución. Tras ocho meses de pandemia, ya nos hemos dado cuenta de que la solución (en forma de vacuna o de tratamiento eficaz) no está a la vuelta de la esquina y de que, por tanto, tenemos que aprender a convivir con el virus y sus secuelas. Cuanto antes adoptemos una actitud realista, serena y propositiva, mejor afrontaremos las etapas que nos aguardan. Sirve de poco comportarnos como si nada pasara o abandonarnos a un pánico paralizante. Que volvamos a estar confinados no significa que debamos hundirnos en la miseria.

En Roma las mañanas de este final de mes son frías. Casi parecen más invernales que otoñales. Es como si el tiempo nos invitara a permanecer en casa, pero sin hacer de ella un refugio y mucho menos un escondite. La casa siempre debe ser hogar y, en algunos casos, laboratorio en el que gestamos nuevas actitudes y destrezas ante la situación que vivimos. Me confesaba un enfermo de Covid-19 que estuvo al borde de la muerte que lo peor de todo no fueron los dolores físicos y la incertidumbre sobre el futuro, sino la tremenda soledad que sintió en su cama de la UCI, aislado de todos y de todo. Con mucha humildad y un toque de humor, confesaba: “He rezado más que en toda mi vida”. Quizás a veces tenemos que descender al fondo de nuestro interior para descubrir que, cuando parece que estamos abandonados, que nadie se hace cargo de nuestra desgracia, Dios está ahí. Me vienen a la memoria unos versos del salmo 87 que parecen escritos para situaciones como estas: “Me has colocado en lo hondo de la fosa, / en las tinieblas y en las sombras de muerte; tu cólera pesa sobre mí, / me echas encima todas tus olas. / Has alejado de mí a mis conocidos, / me has hecho repugnante para ellos: / encerrado, no puedo salir, / y los ojos se me nublan de pesar. | Todo el día te estoy invocando, Señor, / tendiendo las manos hacia ti” (Sal 87,7-10). Ese “tender las manos hacia Dios” es un ejercicio que los hombres y mujeres de hoy no sabemos practicar bien porque nos falta humildad. Creíamos que podíamos con todo, que no necesitábamos de Dios, que nos bastábamos a nosotros mismos con nuestra ciencia y nuestro progreso técnico. Ahora nos debatimos entre la rabia y la humillación, pero ninguna de estas reacciones es muy sana. ¿No habrá llegado el momento de aprender a ser humildes? El salmo 34 nos recuerda que “el afligido invocó al Señor, / él lo escuchó y lo salvó de sus angustias” (Sal 34,7).

Ayer propuse a los lectores de este Rincón una conversación Zoom mañana viernes 30 de octubre a las 6 de la tarde. Algunos de vosotros ya habéis respondido afirmativamente. Comprendo que el viernes no es el mejor día para quienes empiezan el fin de semana, pero es difícil encontrar una fecha que sea buena para todos. ¡Quién sabe si el confinamiento favorece este tipo de encuentros digitales! Como varios de vosotros (de ustedes) provenís (provienen) de diversos países de Latinoamérica, creo que es conveniente recordar las diferencias horarias con respecto a Europa para que nadie se despiste. No hay que olvidar que aquí cambiamos la hora el pasado domingo. La siguiente tabla nos puede ayudar a situarnos. 

Cuando en Roma (Italia), Madrid (España) y Europa Central son las 6 de la tarde

  • En Ciudad de México, Guatemala y Costa Rica son las 11 de la mañana.
  • En Chicago (USA), Panamá y Colombia son las 12 del mediodía.
  • En Puerto Rico y República Dominicana son la 1 de la tarde.
  • En Chile, Argentina y São Paulo (Brasil) son las 2 de la tarde.
  • En Portugal, Reino Unido y las Islas Canarias son las 5 de la tarde.
  • En San Petersburgo y Murmansk (Rusia) son las 8 de la tarde. 


REUNIÓN ZOOM CON LOS AMIGOS DE

EL RINCÓN DE GUNDISALVUS


Tema: LA LLAMADA A LA SANTIDAD EN EL MUNDO ACTUAL.

Fecha y hora: viernes 30 de octubre de 2020 a las 18:00 (6 de la tarde, hora de Roma-Madrid)

1) Para los que no tienen la aplicación Zoom en su ordenador, basta pinchar aquí:

Enlace para la reunión Zoom.

Al pinchar, aparecerá este mensaje: 

Haga clic en Abrir Zoom Meetings en el cuadro de diálogo mostrado en su navegador
Si no ve un cuadro de diálogo, haga clic en Iniciar reunión a continuación.

Iniciar reunión

Hay que pinchar en la casilla: Iniciar reunión. Esto es todo.

2) Los que ya tienen instalada la aplicación Zoom en su ordenador o computadora, pueden acceder con estas credenciales:

ID de reunión: 840 1650 6705

Código de acceso: 909163