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lunes, 6 de junio de 2016

Diálogo con un retrato "troppo vero"

Hace años que no lo veo. Pero las veces que lo he contemplado he sentido que se trataba de un retrato que habla. Se encuentra en el palacio Doria-Pamphili de Roma, a cuatro pasos de la Piazza Venezia. Lo pintó Diego Velázquez durante su segundo viaje a Roma. Se sabe a ciencia cierta que el retratado posó para el pintor en agosto de 1650. Parece que ambos se habían conocido cuando el romano Giovanni Battista Pamphili (1574-1655) viajó a Madrid en 1625 acompañando al nuncio Francesco Barberini. La verdad es que no conozco mucho la vida de este Pamphili que llegó a ser Papa con el nombre de Inocencio X (1644-1655), pero su retrato me parece todo un tratado de psicología. Se cuenta que él mismo, cuando lo vio terminado, exclamó: “Troppo vero!”. Es decir, “demasiado auténtico, se parece demasiado a mí”.  A diferencia de otros retratistas como Raffaello o Rubens, Velázquez no embelleció a su modelo. Se limitó a retratar su alma pintando su cuerpo. Solo los genios se atreven a realizar estos milagros. Y a veces lo consiguen.

En este lunes de primavera hago un viaje imaginario a la galería Doria-Pamphili, me coloco ante este retrato, aclaro la voz y, con la debida reverencia, entablo una conversación a tumba abierta.

Buenos días, Santidad. Espero que hayáis descansado bien.

Un Papa nunca descansa, pero te agradezco el cumplido.

Acabo de ver el retrato que os ha hecho el español Diego Velázquez. No sé qué admirar más: si el parecido con vuestra Santidad o la técnica empleada.

Puedes obrar como te plazca, que en cuestión de gustos y admiraciones la santa Madre Iglesia deja un ancho campo a las conciencias. Pero quisiera decirte que casi me arrepiento de haberlo contratado. Le pedí que pintara un retrato para la posteridad y lo que ha hecho es desnudarme el alma sin mi venia.

Si me permitís, Santidad, yo diría que os ha puesto delante de un espejo. Pocos se atreven a decirle a un Papa lo que parece de veras.

Lo sé y por eso, aunque al principio me ha disgustado, he acabado regalándole una medalla y una cadena de oro en pago por su… digamos maestría y atrevimiento. Me sobran aduladores, pero me faltan hombres que me digan la verdad, así que Diego ha sido valiente. ¿Te has fijado en la barba escasa y rala que me ha pintado? ¡Pues es la mía, como la ves! Raffaello me hubiera puesto la barba del mismísimo Leonardo da Vinci. ¿Y los ojos? ¿Te has fijado bien en los ojos? Solo les falta vomitar fuego. Sí, reconozco que los ojos me han sorprendido, pero quizá reflejan de mí mucho más de lo que me gustaría aceptar.

Yo diría que revelan un alma un poco atormentada.

Ni yo mismo sabía que almacenaba tanta violencia en mi bodega. La vida me ha hecho duro, me ha obligado a no andarme con muchos miramientos. Agradezco a don Diego que haya tenido la valentía de mostrármelo sin echármelo demasiado en cara.

Nos suelen gustar más las personas aduladoras que las sinceras.

Así es, amigo mío. En esto te doy la razón. Como te decía, me he pasado la vida rodeado de personas que solo me han dicho lindezas para obtener favores. Santidad por aquí, Santidad por allá. ¡Pamplinas! La verdad es que nunca me las he creído del todo, pero a menudo han hinchado mi vanidad lo suficiente como para sentirme temido y admirado. Hasta que ha venido este sevillano, me ha obligado a posar ante él y, en vez de devolverme un retrato amable de mi augusta persona, me humilla con este exceso de realidad. Velázquez me ha devuelto con un golpe de pincel a la tierra de la que vengo y a la que voy. No puedo condenarlo por eso, aunque me enoje por dentro. Ha hecho él más por mi santidad con su retrato despiadado que todos los predicadores pontificios con sus engolados sermones sobre la conversión y la penitencia.

No seré yo quien litigue con vuestra Santidad, pero creo que no hay nada más hermoso que la verdad. La mayoría de los cuadros majestuosos de los pontífices que os han precedido y de los que os sucederán caerán en el olvido. Os aseguro que el vuestro será recordado para siempre.

Es probable, hijo. La historia, a cuyo juicio me someto volentieri, lo dirá. ¡Qué compleja es esta vida, amigo mío! Nos pasamos el tiempo disfrazando nuestra miseria con las mentiras que nos protegen, incapaces de ser nosotros mismos, huyendo de nuestros fantasmas. Y cuando hubiéramos esperado que alguien las inmortalizara en un lienzo cubiertas de ricos ropajes, he aquí que viene un pintor atrevido y nos retrata desnudos, in puribus. Porque has de saber, hijo mío, que este Diego Velázquez, aunque me haya puesto encima armiños, púrpuras y encajes, en realidad me ha retratado desnudo, porque por la ventana de mis ojos ha penetrado hasta el fondo de mi alma.

Admiro vuestra franqueza, Santidad.

Lo único que siento es que no me queda mucho tiempo para parecerme al cuadro, pero lo intentaré. Nunca es demasiado tarde para andar en verdad.

***
Un dependiente del museo tocó discretamente la campanilla. Comprendí que mi tiempo se había agotado. Dirigí una última mirada al cuadro, me detuve de nuevo en los ojos, reparé en el anillo de la mano derecha y salí a la calle. “Nunca es demasiado tarde para andar en verdad”. La frase del hombre del cuadro se convirtió en un estribillo obsesivo mientras me perdía por la Via del Corso camino de casa.

viernes, 25 de marzo de 2016

Eran como las tres de la tarde

Cuando era niño, todo se detenía el Viernes Santo. Era como si el reloj de la historia marcara solo las tres de la tarde. Como si el mundo entero solo tuviera un deber que cumplir: mirar con “vergüenza digna” –como dijo ayer el papa Francisco en la Misa Crismal– el cuerpo inerte del Crucificado

Hoy todo es diferente. El reloj no se detiene. Los hombres y mujeres van al cine, a la montaña o a la playa. Desean disfrutar de las vacaciones de primavera para desperezarse del invierno y recargar baterías. Las agencias de viaje se forran las manos: en pocos días hacen su agosto… ¡en marzo! El "asunto de Cristo" (su muerte, sepultura y resurrección) es solo la excusa perfecta para un fin de semana largo. 

Pero yo no puedo librarme de mis recuerdos infantiles. Me oprime una secreta tristeza. Me cubre un velo de abatimiento. Si Cristo ha muerto… que se pare el mundo. Todo me suena a hueco. Todo me parece una grotesca farsa. Mis propias palabras son solo el eco de un murmullo. Si Cristo ha muerto… quizá todo ha sido un inmenso error que ha conducido a un fracaso obsceno. Entonces todo lo que hago no es más que una huida hacia adelante para no tener que mirar el cuerpo inerte del Crucificado

Si me declaro ateo, levanto acta de la defunción de una esperanza. Si me lavo las manos en el agua del agnosticismo, practico la religión de Pilatos: ni contigo ni contra ti, a favor de mi duda. Si me confieso creyente, tal vez no sé lo que digo. Pura rutina para sobrellevar la angustia y el miedo. Mejor, me voy a la playa. El ruido de las olas y el murmullo del viento amortiguan el peso de mi desconcierto.

Es Viernes Santo. Hasta la India, país con alma hindú, lo celebra como fiesta nacional. Aquí, en Europa, este Good Friday pierde peso. Los periódicos ya no hablan de que Cristo ha muerto. Reportan el fallecimiento de Cruyff, uno de los grandes del fútbol mundial. Hablan de que los hoteles están llenos y han subido los precios. Es Viernes Santo. El ayuno ha sido sustituido por un concurso de paellas. 

Solo los que van a morir lo entienden. Es Viernes Santo: el día de todos los condenados. Ni siquiera sabría componer una lista presentable. Los sufrientes son la mayoría silenciosa del planeta Tierra. Hay una democracia del dolor que gana siempre por goleada. No es necesario regresar a Auswitchz, Srebrenica, Siria o Sudán del Sur. El dolor y la muerte golpean con los nudillos en nuestra propia puerta. Tienen nombre de niños abusados y explotados, mujeres maltratadas, parados de infinita duración, refugiados sin cobijo, enfermos desahuciados, ancianos abandonados en un asilo, jóvenes sin porvenir, cristianos perseguidos y martirizados, musulmanes masacrados por sus propios correligionarios, campesinos desplazados, toxicómanos sin rehabilitación, víctimas de atentados terroristas y accidentes de carretera, niños abortados, ...

Los que vivimos bien pasamos página. No estamos hechos para viernes negros, sino para placenteros fines de semana. ¡Gracias a Dios, es viernes… pero no santo! ¿Es que, tras largos siglos de monserga eclesiástica, no pueden dejarnos respirar un poco? Después de lunes negros, martes estresados, miércoles perdidos y jueves resecos... ¿para qué queremos un Viernes Santo? Lo que necesitamos son unas buenas vacaciones. ¡Y que corra el dinero!

Me brotan las palabras con rabia contenida. Conviven en mí el creyente, el agnóstico y el ateo. Soy Judas y Juan al mismo tiempo. Me quedo detenido en el Oh Dios, ¿por qué me has abandonado? No tengo la humildad suficiente para pasar al Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Pero esta es la más profunda verdad: no sabemos lo que hacemos. Nos permitimos matar a Dios porque nos gusta demostrar lo maduros que somos. No acabamos de superar una interminable adolescencia. Llegados a la sacrosanta adultez del hombre científico y liberado, no necesitamos ni dioses ni cristos. Nos bastamos solos para organizar el gran teatro del mundo. Ahora la informática nos echa una mano. Mañana… el azar dirá. Y los que sufren… que se apañen como puedan. No tenemos hombros para cargar con todo el dolor del mundo. Que cada palo aguante su vela.

Sumergido en este mar de contradicciones, poco me importa calcular con precisión el año de la muerte de Jesús o hacer una interpretación simbólico-teológica y no mítica de los fenómenos extraordinarios que acompañaron su muerte o descifrar algunos enigmas a partir del examen forense de su cuerpo. Aunque los evangelios le dedican una atención superlativa, se sigue diciendo que de la muerte de Jesús no sabemos (casi) nada. Hoy no es un día para investigaciones. Caso cerrado. 

Las dudas solo se resuelven mirando al que traspasaron, atreviéndose a contemplar el cuerpo inerte del Crucificado durante más de un segundo fugaz. Estar ahí, al pie del dolor, sin esconderlo ni disimularlo. Como María. Solo ella, el discípulo amado y algunas mujeres –no los discípulos oficiales– permanecieron junto a la cruz: Stabat mater iuxta crucem

Unos rockeros cristianos se han atrevido a poner ritmo a la experiencia del Getsemaní. Yo os dejo con el poder evocador de la pintura y la poesía. Solo el arte acierta a no profanar demasiado el Misterio.


(Miguel de Unamuno)


¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.Que eres, Cristo, el único
hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dio toda su sangre
por que las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.
Los rayos, Maestro, de tu suave lumbre
nos guían en la noche de este mundo
ungiéndonos con la esperanza recia
de un día eterno. Noche cariñosa,
¡oh noche, madre de los blandos sueños,
madre de la esperanza, dulce Noche,
noche oscura del alma, eres nodriza
de la esperanza en Cristo salvador!
  
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