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martes, 1 de noviembre de 2016

Era un hombre bueno

Ha muerto a los 96 años. Una vida cumplida, entregada a Dios. Ha muerto en Victoriaville, en el Quebec canadiense, a 5.740 kilómetros de Vic, Barcelona, su ciudad natal. Murió el pasado 30 de octubre en la residencia de mayores donde estaba alojado. Se llamaba Josep Maria Viñas Colomer. Fue un misionero claretiano cabal, enamorado de san Antonio María Claret. Su casa natal, en la plaza mayor de Vic, estaba a pocos metros del templo-sepulcro del santo. Hoy recuerdo su nombre en este rincón no solo porque fue una persona influyente en mi vida –luego diré por qué– sino, sobre todo, porque siempre me pareció un hombre bueno, uno de esos millones de seres humanos que bendicen con su vida a Dios, uno más en la muchedumbre inmensa de Todos los Santos, cuya solemnidad litúrgica celebramos hoy. La casi coincidencia de su muerte y de esta fiesta es una clave para entender su vida. El P. Viñas vivía la santidad de la vida cotidiana, sin aspavientos. Era un apóstol de la sonrisa y de la ternura cuando estas armas se consideraban demasiado blandas porque eran tiempos de compromisos militantes.

No sé cuándo vi por primera vez al P. Viñas, pero debió de ser a finales de los años 70. Me sorprendieron su barba canosa (infrecuente entre los claretianos) y su sonrisa tímida. Parecía que iba por la vida como pidiendo permiso para no molestar a nadie. Antes de tratar personalmente con él, entré en contacto con sus publicaciones. Él, junto con otros, preparó la edición de la Autobiografía de Claret del año 1959. Pasado el concilio, asumió la tarea de explicar las Constituciones renovadas de los claretianos (que él consideraba –aunque suene un poco extraño– más claretianas que las originales porque no estaban ya sujetas al estricto esquematismo impuesto en el siglo XIX) y de profundizar en el conocimiento de nuestro Fundador dando a conocer su espiritualidad. A esto se han dedicado otros muchos, pero pocos como él han tenido las dotes espirituales y pedagógicas para hacerlo cercano. 

De hecho, debo confesar que hasta el encuentro con él yo no acabé de reconciliarme con la figura de san Antonio María Claret. Me parecía un santo demasiado decimonónico, muy alejado de los intereses que yo tenía hacía años, poco conciliar (por decirlo de una manera objetiva). Él dominaba el arte de la tiza sobre las viejas pizarras negras o verdes. A base de ingenuos pero sugestivos dibujos era capaz de explicar la espiritualidad misionera del santo arzobispo. Sus obras no cuelgan en el Museo del Prado ni siquiera en alguno de los varios museos de Vic, su ciudad natal, pero algunas corren de mano en mano en forma de estampas o láminas. Una de las más conocidas es su famosa Nuestra Señora del Buen Humor que ahora mismo no tengo a mano. Podía explicarse en catalán (su lengua materna), castellano, italiano, francés y un poco en inglés. Él me dijo más de una vez que para un misionero era preferible hablar cuatro lenguas mal antes que una sola, aunque fuese muy bien. Durante la década de los años 80 del siglo pasado colaboramos en la animación de algunos cursos de renovación claretiana. En el de 1989 se produjo un pequeño milagro que condicionó mi vida a partir de entonces. Estábamos en Roma. Nos preguntábamos si habría algún método típicamente claretiano de formación que tuviera sus raíces en la espiritualidad de san Antonio María Claret. Él nos dijo que le parecía que los contenidos y el proceso que él había vivido quedaban expresados en su famosa alegoría de la Fragua, que os transcribo como la cuenta Claret en el número 342 de su Autobiografía:
“En un principio, que estaba en Vich, pasaba en mí lo que en un taller de cerrajero, que el director mete la barra de hierro en la fragua y, cuando está bien caldeado, lo saca y le pone sobre el yunque y empieza a descargar golpes con el martillo; el ayudante hace lo mismo, y los dos van alternando y, como a compás, van descargando martillazos y van machacando hasta que toma la forma que se ha propuesto el director. Vos, Señor mío y Maestro mío, pusisteis mi corazón en la fragua de los santos ejercicios espirituales y frecuencia de sacramentos, y así, caldeado mi corazón en el fuego del amor a Vos y a María Santísima, empezasteis a dar golpes de, y yo también daba los míos con el examen particular que hacía de esta virtud para mí tan necesaria”.
A partir de aquella intuición –que yo llamaría iluminación– comenzamos a diseñar un itinerario espiritual que ha ido madurando a lo largo de un cuarto de siglo. Quizá algún día pueda compartir más detalles sobre él porque puede ser útil para los amigos de este blog.

El P. Viñas vivió muchos años en Roma. Los últimos 12 los pasó en Canadá. Allí reposan sus restos, pero hay miles de personas en todo el mundo –soy testigo de ello– que dan gracias a Dios por su vida y que ahora lo encomiendan a su misericordia. Estamos rodeados de hombres y mujeres buenos. Son los santos que el Señor pone en nuestro camino. Basta abrir los ojos del corazón para reconocerlos. Me parece que ellos son el mejor comentario al significado de la solemnidad de Todos los Santos. Ellos son bienaventuranzas hechas vida.  

P.D.: Pocas horas después de publicar el post de hoy, dos visitantes del blog y amigos (uno desde San Petersburgo y otra desde Madrid) me han enviado la estampa a la que aludía antes. Una es en español y la otra en italiano. Aquí tenéis la versión en español, llena de ingenuidad. El Jesús arlequín no tiene desperdicio. Que Ella, Santa María del buen humor, nos ayude a no perder nunca la alegría. Además de ser síntoma de salud mental, es expresión de misericordia.






domingo, 8 de octubre de 2023

De viñas, cercas y obreros


Ya se sabe que el otoño es el tiempo de la vendimia. Este XXVII Domingo del Tiempo Ordinario está impregnado del olor a viñas y a vino, pero también a la pólvora que de nuevo ha estallado en la tierra de Jesús. Tras el ataque de Hamás, Israel ha respondido con la operación “Espadas de hierro”. Se multiplican los muertos y heridos. La “viña de mi amigo” -por utilizar la expresión del profeta Isaías (primera lectura)- vuelve a ser una viña ensangrentada. 

El olor de la guerra nos sume siempre en un clima de muerte y desesperanza. Sabemos cuándo y cómo empiezan los conflictos, pero nunca sabemos cuándo y cómo van a acabar. El caso de Ucrania es clamoroso. No aprendemos.


Jesús, como buen judío, es un experto en viñas. Conoce la historia que cuenta Isaías (5,1-7) y conoce cómo son y actúan los viticultores de su entorno. Con esos elementos ha compuesto una parábola que tiene poco de relato bucólico y mucho de denuncia profética. Es, en realidad, una alegoría. Todos los detalles del relato tienen un significado simbólico, que nos interesa analizar. 

El amo es el Señor. Él cuida de su pueblo como el viñador de su viña. La cerca es la Torá, la ley que Dios ha revelado a su pueblo Israel para protegerlo de un estilo de vida dañino. Los labradores son los jefes, líderes religiosos y políticos, cuya tarea es colocar al pueblo en condiciones ideales para que produzca los frutos que el dueño espera: es decir, obras de amor al prójimo y justicia social. 

Los enviados son los profetas que amonestan a Israel para que sea fiel a la alianza: “Desde que saqué a sus antepasados de Egipto hasta hoy les he enviado continuamente a mis siervos, los profetas, pero este pueblo de dura cerviz no me escuchó. No hicieron caso y fueron peores que sus antepasados” (Jer 7,25-26). Los labradores que querían tomar posesión del campo y administrar la viña por sí mismos representan a quienes hacen las cosas sin Dios y consideran sus dones como bienes de los que apropiarse indebidamente.

El hijo, obviamente, es Jesús. El tiempo de la vendimia (el otoño de la historia) es el tiempo del juicio de Dios, el día de la intervención para la salvación. Como buen pedagogo, al final de la parábola, Jesús involucra a su auditorio y le pide su opinión sobre qué comportamiento sugerir al dueño. La gente responde sin contemplaciones: “El amo acabará con esos hombres malvados”. 

Pero Jesús sigue una lógica diferente. Dios no actúa como actuamos los seres humanos. Interviene para que el mal sirva al bien, haciendo que produzca una obra maestra de salvación. Podemos recordar lo que dijo José a sus hermanos que lo habían vendido a los egipcios: “Vosotros pretendíais hacerme daño, pero Dios quiso convertirlo en bien para que ocurriera lo que está ocurriendo hoy: la supervivencia de mucha gente” (Gn 50,20).


La historia tiene un final trágico y esperanzador a un tiempo. Los jefes del pueblo atrapan al hijo y lo echan de la viña. Esto es exactamente lo que sucedió con Jesús. Lo consideraron blasfemo e impuro. Por eso lo sacaron de los muros de la ciudad y lo ejecutaron. Pero Dios, resucitándolo al tercer día, lo hizo piedra angular de un nuevo edificio más universal que el antiguo del pueblo de Israel. Hay nuevos viñadores que producirán nuevos frutos.

Me parece que la parábola nunca pierde su actualidad. Hoy se podría aplicar sin ninguna violencia al Occidente cristiano. Como no hemos sido capaces de cultivar con cariño la viña (es decir, la fe recibida), otros viñadores (muchos cristianos de América, África y Asia) la están cultivando con esmero y produciendo frutos de fe, esperanza y amor. El designio amoroso de Dios nunca se frustra, pero nosotros podemos malograr sus efectos en nosotros. Aviso a navegantes.

jueves, 15 de agosto de 2019

Mirar hacia arriba

Anoche, como cuando era niño, me emocioné viendo cómo el pueblo de Vinuesa entregaba una vela a su “excelsa patrona” la Virgen del Pino y cómo cantaba la Salve Regina en una de las versiones de Hilarión Eslava. Hoy celebraremos la solemnidad de la Asunción de la Virgen María. En mi pueblo natal nadie se refiere a este día con su denominación litúrgica oficial. Todos hablan del “día de la Virgen” o a lo más de la fiesta de Nuestra Señora del Pino. El dogma de la asunción queda como subsumido en la fiesta de la Virgen. La leyenda que hay detrás de esta denominación es hermosa y comparte los rasgos esenciales de otras historias y leyendas de hallazgos de imágenes marianas escondidas en parajes muy diversos: a veces, por motivo de la invasión mora; otras, por razones varias. El denominador común es que, una vez hallada la imagen, los pueblos comienzan (o prosiguen) su veneración con entusiasmo. El liturgista Casiano Floristán, que estudió a fondo las numerosas advocaciones marianas de España y Portugal, concluyó que casi se puede reconstruir la rica flora ibérica atendiendo a los nombres que el pueblo ha ido dando a la Virgen. Los títulos son casi incontables: Virgen del Camino, de las Viñas, del Espino, de la Fuencisla, del Prado, de la Montaña, del Valle, del Henar, del Rocío… Y, por supuesto, Virgen del Pino. Vinuesa y Canarias comparten esta advocación.

Para un Misionero Hijo del Inmaculado Corazón de María, hablar de la Madre es siempre una gracia. La celebración de su asunción me invita a pensar en la necesidad de promover en nuestro mundo un poco romo una espiritualidad “hacia arriba”. Se ha insistido tanto en los últimos 50 años en una espiritualidad “hacia abajo”, con los pies en la tierra, encarnada, inculturada, liberadora, que siento que ha llegado la hora de acentuar el otro polo para no romper la armonía de la fe. Hoy el problema no es tanto reducir el cristianismo a un camino “hacia el cielo”, cuanto convertirlo en una mera ética del cambio social. Pareciera que –escépticos como somos respecto del “cielo nuevo y la tierra nueva”– nos interesara solo construir una especie de cielo en la tierra por aquello de que “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Un cuerpo bien alimentado y una mente instruida son más tangibles que una existencia celeste de la que apenas sabemos decir una palabra coherente. El mensaje de Jesús solo resulta atractivo para muchas personas en cuanto motor de cambio social. Todos sus otros armónicos (sobre todo los que nos lanzan a una dimensión trascendente) quedan como en sordina o incorporados al acorde principal. Consciente o inconscientemente, estamos transmitiendo un mensaje parecido a este: “En realidad no creemos que exista un cielo más allá de esta realidad física. El cielo (y el infierno) son situaciones históricas que tienen que ver con el mayor o menor compromiso de lucha por un mundo más justo”. En este contexto, el dogma de la asunción de la Virgen María es casi superfluo. Queda reducido a una especie de símbolo que nos habla de su vida en Dios y de su sueño de un mundo nuevo.

Creo, sin embargo, que la fe de la Iglesia es neta al respecto, por más contracultural que resulte. Confesar la asunción de María significa afirmar que ella está gozando de la vida plena en Dios y que todos los que creemos en Jesús estamos llamados, como ella, a una vida que va “más allá” de todas las posibles realizaciones mundanas. Creer en nuestra “vocación de cielo” no significa minimizar nuestro compromiso histórico en la tierra; ayuda a darle su verdadero horizonte de sentido. La Virgen del Pino nos invita a mirar a lo alto, a saber que nuestra vida está llamada a la plena comunión con Dios, a no hundirnos en los fracasos de la vida, a luchar con fuerza como si todo dependiera de nosotros pero sabiendo que la historia está en manos de Dios, a anhelar el cielo, a no dejarnos seducir por las falsas promesas de “cielos” terrenales (sean políticos, económicos, sexuales, lúdicos, etc.), a relativizar todo sin despreciar nada verdaderamente humano… Quisiera compartir hoy con mis paisanos algunos de estos pensamientos mientras disfruto del encuentro de todos en torno a la Madre. La fiesta rompe muros y estrecha manos. ¿Qué poder de atracción tiene la Madre que congrega incluso a aquellos que apenas creen en ella o a quienes se encuentran distanciados? Con las palabras del canto vespertino de ayer, le digo: “Vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos y, después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”.



viernes, 8 de septiembre de 2023

Nacer de nuevo


Me gusta escribir sobre María. Lo he hecho muchas veces en este blog. Y no porque crea -como parece que decía san Bernardo y repetía a menudo san Luis María Grignion de Monfort- que “de Maria nunquam satis” (nunca hablamos lo suficiente acerca de María), sino porque Jesús sigue naciendo en nosotros (por la fe) “ex Maria virgine” (de María virgen). No podemos creer en Jesús sin dejar que María lo engendre en nosotros. Donde hay una experiencia genuina de Jesús, María aparece como vientre que genera al Verbo, como discípula que escucha la Palabra y la cumple, como madre que aglutina a la comunidad, como arquetipo de la gloria que nos aguarda. 

Hoy celebramos la natividad de la Virgen María, fiesta grande en muchos pueblos y ciudades que cantan a la madre de Jesús con distintas advocaciones: Nuestra Señora del Pino (Canarias), Virgen de la Peña (Ciudad Rodrigo), Virgen María de la Fuensanta (Córdoba), Nuestra Señora de la Cinta (Huelva), Nuestra Señora de Covadonga (Oviedo), Nuestra Señora de la Victoria (Málaga), Virgen del Cobre (Santiago de Cuba), Virgen del Coro (San Sebastián), Virgen de Nuria (Queralbs, Gerona), Santa María de la Vega (Salamanca), Nuestra Señora de los Remedios (Mondoñedo-Ferrol), Nuestra Señora de Soterraña (Ávila y Segovia), Virgen de Riánsares (Tarancón, Cuenca), Virgen de las Viñas (Aranda de Duero)… y muchas otras.


No celebramos el “cumpleaños” de María (como a veces se dice popularmente), sino su “natividad”. Solo de Jesús, de María y de Juan el Bautista celebramos en la liturgia el día del nacimiento. De Jesús y de Juan conocemos algunos detalles muy teologizados. El Nuevo Testamento no dice nada del nacimiento de María. Ella entra en escena cuando ya es una jovencita, en el relato de la anunciación, que es, en el fondo, el relato de su llamada. Sin embargo, la tradición de la Iglesia no ha querido pasar por alto el momento en el que María viene a este mundo en el seno de una piadosa familia judía. De este modo, pone de relieve que la madre de Jesús se inserta en el pueblo de Israel y participa de las promesas de Dios.


Hoy es un buen día para recordar nuestro propio nacimiento. El dolor del parto dio lugar a la alegría de un nuevo ser. Todo nacimiento es como un símbolo del misterio pascual. Se sale del “sepulcro” del vientre materno a la “nueva vida” en el mundo exterior. Este tránsito es doloroso, pero es al mismo tiempo portador de alegría, de esperanza, de futuro. Nacer es siempre eso: atravesar una puerta estrecha para entrar en un mundo nuevo. A menudo, preferimos permanecer en el seno materno, protegidos del mundo exterior, encerrados en nuestra placenta de comodidad. Pero la vida de fe implica sucesivos “nacimientos” a lo largo de nuestra vida, rupturas de la seguridad y procesos de salida. 

Algo parecido es lo que está viviendo hoy la Iglesia en medio de muchas tensiones. Quisiéramos nacer a un modo nuevo de ser comunidad de Jesús, pero preferimos permanecer en la rutina de siempre. Nos asustan los dolores del parto y la inseguridad de no saber cómo vivir en la nueva cultura. Sin embargo, sabemos muy bien que “el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios” (Jn 3,3). Le pedimos a la Virgen María, en la fiesta de su nacimiento, que nos ayude a superar los miedos y a fiarnos plenamente del Espíritu de Dios.

Canten hoy, pues nacéis vos,
los ángeles, gran Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

Canten hoy, pues a ver vienen
nacida su Reina bella,
que el fruto que esperan de ella
es por quien la gracia tienen.

Digan, Señora, de vos,
que habéis de ser su Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

Pues de aquí a catorce años,
que en buena hora cumpláis,
verán el bien que nos dais,
remedio de tantos daños.

Canten y digan, por vos,
que desde hoy tienen Señora,
y ensáyense, desde ahora,
para cuando nazca Dios.

Y nosotros, que esperamos
que llegue pronto Belén,
preparemos también,
el corazón y las manos.

Vete sembrando, Señora,
de paz nuestro corazón,
y ensayemos, desde ahora,
para cuando nazca Dios. Amén.

 

 

domingo, 1 de octubre de 2017

El tercer hijo

Amanece con una temperatura suave en la sierra de Madrid. Se anuncia un delicioso día de otoño. Es verdad que, a casi 700 kilómetros de distancia, están sucediendo acontecimientos históricos, pero ya habrá tiempo de volver sobre ellos con más serenidad. Hoy me acerco al mensaje que nos presenta la Palabra de Dios en este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Tiene mucha relación con el del domingo pasado. Jesús sigue hablando de viñas y de jornaleros. Era una imagen muy familiar para su gente. La viña no era solo un lugar de producción, sino de relación; por eso, simboliza también a todo el pueblo de Israel. La historia que nos propone el Evangelio de hoy es muy conocida. Un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar la viña: el primero dice no, pero luego va (no-sí): el segundo dice sí, pero luego no va (sí-no). Parece que, en el contexto de la iglesia primitiva, el primer hijo representa a los paganos que, tras vivir alejados de la fe, se adhieren al Evangelio. El segundo hijo representaría al pueblo de Israel que, aunque inicialmente parece escuchar la voz de Dios, luego da la espalda a su enviado Jesús.

Creo que en cada uno de nosotros conviven estos dos personajes. Hay veces que, en relación con Dios y el amor, nos mostramos inicialmente perezosos y renuentes, pero luego damos un paso adelante. Hay personas que con la cabeza y los labios dicen no creer en Dios pero, a la hora de la verdad, puedes contar con ellas para cualquier cosa. Con el lenguaje del amor están diciendo un sí que parecen negar con sus palabras. En otras ocasiones, parecemos muy dispuestos, nos comemos los santos –como se dice vulgarmente– pero luego eso no se traduce en una entrega generosa. Es una fe “de boquilla”. Está claro que Jesús prefiere el primer tipo al segundo. Al fin y al cabo, la medida última del juicio es el amor. Si amamos, hemos conocido a Dios, porque “Dios es amor” (1 Jn 1,4). Si no amamos, aunque seamos más papistas que el Papa, estamos lejos del corazón del Evangelio. Por eso, cuando miramos a nuestro alrededor, tenemos que reconocer con humildad que “ni son todos los que están, ni están todos los que son”.

Pero, aunque estos dos personajes describen muy bien la dinámica de nuestra vida, en realidad estamos llamados a representar un tercer personaje que no aparece explícitamente en la parábola de Jesús: el del viñador que dice sí y luego va a la viña (sí-sí). Es el personaje de María, la mujer que, tras algunas vacilaciones, dijo sí y cumplió de verdad la Palabra de Dios. Estamos rodeados de personas que han hecho de su vida un sí permanente al amor. Ayer por la tarde presidí el matrimonio de unos jóvenes amigos. Fue una ceremonia hermosa. Luego, durante la cena, tuve oportunidad de hablar con muchos viejos conocidos. Me emocioné al comprobar cómo un anciano de 91 años está dedicado en cuerpo y alma a cuidar a su esposa de 87, que padece Alzheimer. Él dice que Dios le está dando salud para poder practicar lo que prometió el día de su matrimonio, hace más de 60 años: “en la salud y en la enfermedad, en la prosperidad y en la adversidad”. Me quedé sin palabras. No lloré porque no era el momento, pero, en la persona de este anciano, al que conocí por primera vez hace muchos años, vi el rostro de los millones de personas que, en las circunstancias más adversas, están entregando sus vidas para que otros puedan vivir mejor. Ellos y ellas representan de verdad al “tercer hijo”, a ese personaje al que todos estamos llamados. 

martes, 1 de mayo de 2018

Otro mayo es posible

El pasado domingo estuve en Extremadura. Me detuve brevemente en Zafra y bastante más en Almendralejo. Quizás no haya una época mejor para visitar esta región, situada en el suroeste de la península ibérica, que la primavera. Las dehesas lucían verdes, salpicadas de robustas encinas y alcornoques y con multitud de flores adornando el tapiz del suelo. Las viñas comenzaban ya a despuntar. Las tierras de cultivo estaban húmedas por las lluvias recientes. Rodando por la Autovía Ruta de la Plata, me parecía estar viviendo en otro tiempo. Extremadura transporta al viajero, sin que él se dé cuenta, al siglo XVI. Luego, cuesta mucho regresar al siglo XXI. Tiene que sonar el móvil para que uno se dé cuenta en qué siglo vive.

Cuando vi el cartel que indicaba el desvío a Fregenal de la Sierra se encendió una lucecita en mi mente. ¿No era éste el pueblo donde los hermanos Antonio y Gonzalo (de 14 y 9 años respectivamente) tenían que encontrarse con su tío? Me sorprendí de lo arraigados que están los recuerdos de la infancia. Ese pueblo extremeño, que nunca he visitado, está indisolublemente ligado a la lectura del libro “A través de España” que devoré en los primeros años del bachillerato. Es probable que aquel viejo libro estuviera barnizado de nacionalcatolicismo y que persiguiera un objetivo demasiado patriótico, pero esas sutilezas yo no las percibía con once o doce años. Me limité a disfrutar de las muchas peripecias de los dos hermanos huérfanos por tierras de España y a aprender un poco de geografía e historia. 

Con este recuerdo empiezo el mes de mayo. La verdad es que no sé en qué fijarme. Los periódicos me suministran noticias de todos los colores. Y la fecha me recuerda que es el Día Internacional de los Trabajadores, la memoria de san José Obrero (una fiesta más de andar por casa que la del 19 de marzo), el comienzo del mes de María en el hemisferio norte (o “mes de las flores”, como decíamos de niños), el mes de las primeras comuniones y confirmaciones… Por si no hubiera suficientes motivos, este año se añade uno más en este primer día de mayo: la Jornada del Religioso Hermano. Y muchos nostálgicos no olvidan que en este mes que comienza hoy se cumplen 50 años del famoso mayo francés de 1968. 

¿Será el mayo de este año otro mes “caliente” como hace medio siglo? Por una parte, hay tensiones que parecen relajarse (por ejemplo, la que existía entre las dos Coreas), pero, por otra, hay otros fuegos que se han encendido o re-encendido: Siria, Nicaragua, Venezuela, República Democrática del Congo, Iraq… A medida que pasan los años, uno se acostumbra a lidiar con un mundo que mejora y empeora al mismo tiempo. Nadie es un buen juez del tiempo histórico que le toca vivir porque carece de un elemento imprescindible: perspectiva. Estamos tan involucrados en “lo que pasa” (la crónica) que no sabemos bien el significado de “lo que está sucediendo” (la historia). 

A diferencia de febrero o de noviembre, que parecen meses anodinos, mayo suele ser un mes destinado a grandes acontecimientos. Se ve que la fuerza de la primavera en el hemisferio norte anima las transformaciones. Creo que fue en el Foro Social Mundial de Porto Alegre (2001) donde se acuñó la expresión “otro mundo es posible”. La fórmula ha hecho fortuna. Se habla de “otra economía es posible” y hasta de “otro Dios es posible”, “otra Iglesia es posible” y muchas más realidades “son posibles”. ¡Hasta un compañero mío acaba de escribir un libro titulado “Otra comunidad es posible”! 

El éxito de esta fórmula de moda me hace pensar que en muchas personas hay, por una parte, una gran insatisfacción con el estilo de vida que llevan y con las instituciones que lo sostienen; y, por otra, un anhelo intenso de un estilo de vida diferente y posible, no solo utópico. En este sentido me atrevo a hablar de “otro mayo es posible”, no un mayo solo reivindicativo y demasiado utópico (como el representado por las famosas pintadas del mayo francés), sino, sobre todo, un mayo lúcido y comprometido. No se trata de escribir sobre las paredes aquello de “Bajo los adoquines, la playa”, “Prohibido prohibir”, “La imaginación al poder”, “Sed realistas, pedid lo imposible”, “Soy marxista tendencia Groucho” o “Un hombre de cada dos es una mujer”, sino de transformar los anhelos en compromisos. 

Cada pequeño paso que un ser humano da en dirección hacia la verdad, la bondad o la belleza es un logro de toda la humanidad. Algo grande sucede cuando en la soledad de la conciencia un ser humano se atreve a ser un poco mejor que el día anterior, a amar un poco más, a ser más libre y respetuoso. Estos “mayos” acaban produciendo grandes cambios. Los “otros” son solo la antesala de grandes frustraciones, aunque, en honor a la verdad, muchas de las cosas que se exigían hace 50 años y que entonces parecían sueños irrealizables, hoy forman parte de nuestros hábitos cotidianos: desde el uso de la bicicleta en las ciudades hasta la recogida diferenciada de las basuras, pasando por la participación de los estudiantes en la vida universitaria, la proliferación de asociaciones de vecinos y de otro tipo, etc. Sí, de vez en cuando necesitamos alguna sacudida para que las costumbres no se fosilicen y acaben con nosotros. Me parece que fue Chesterton quien dijo aquello de que “los hombres felices crean instituciones y luego éstas se encargan de hacerlos infelices”. ¡Que no cunda el pánico!

martes, 14 de agosto de 2018

Las fiestas de agosto

No se cuántos pueblos y ciudades de España celebran sus fiestas patronales en torno a la fiesta de la Asunción de la Virgen María, la Virgen de agosto, a la que se venera con innumerables advocaciones. La de mi pueblo natal es Nuestra Señora del Pino. Cuando en ocasiones he compartido este dato, algunos conocidos me han preguntado si yo era de Canarias porque, en efecto, la patrona de la diócesis de Canarias (islas de Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y La Graciosa) es también la Virgen del Pino. (Conviene añadir que uno de los compatronos es san Antonio María Claret, que, tras quince meses en las Islas Canarias -1848-1849-, llegó a confesar que “estos canarios me han robado el corazón”). En el caso de Vinuesa, la razón es obvia. El pueblo está enclavado dentro de uno de los bosques de pinos más extensos de Europa. Pero este no es un caso aislado. Casi se podría reconstruir la flora de la península ibérica a partir de las numerosas advocaciones marianas que surgen del nombre de plantas, flores y elementos de la naturaleza: Nuestra Señora del Camino, del Espino, de las Viñas, de la Fuencisla, del Monte, de los Llanos, del Mar, de las Nieves, de la Peña de Francia… El quinto misterio glorioso del Rosario presenta a María como “Reina de todo lo creado”. Antes de que se hablase del desafío ecológico, la Iglesia ya contemplaba a María en sintonía con toda la creación. 

¿Por qué tanta gente se traslada a sus pueblos de origen para celebrar las fiestas patronales? ¿Qué magnetismo tiene María para convocar a tantos hombres y mujeres en torno a su fiesta? En muchos casos, hay poderosas razones religiosas que mueven a las personas a ponerse en camino. Es la llamada de la Madre, la “nostalgia del hogar”. Pero hay, además, un deseo de identidad colectiva. Es como si la Virgen fuera la Madre del pueblo, la que crea lazos, mantiene relaciones, hace que se superen las diferencias políticas y económicas. Cuando un pueblo entero, por ejemplo, canta el himno de su Patrona, experimenta un sentido de comunión que probablemente no se consigue de ningún otro modo. Es verdad que los hinchas de un equipo de fútbol pueden llegar casi al paroxismo cantando su himno cuando su equipo gana un trofeo importante, pero se trata, por lo general, de algo efímero. La devoción mariana, aprendida de niños, suele mantenerse toda la vida, incluso en aquellas personas que han abandonado la práctica religiosa y hasta la fe. Por eso, las fiestas marianas tienen un significado antropológico que resiste el paso de las generaciones, de las modas y de las corrientes ideológicas. Muchas cosas cambian. La Madre siempre está ahí. Cuando contemplo la pequeña talla románica que se yergue sobre un pino en el camarín de la iglesia parroquial de Vinuesa, imagino los miles de personas que, a lo largo de los siglos, se han emocionado ante ella, han orado, han recordado a sus seres queridos, han deseado ser mejores personas. 

Los seres humanos necesitamos la fiesta como el comer. Sin ella, la vida entra en una rutina homicida. Ya sé que hay personas que “odian” las fiestas por diversos motivos respetables (recuerdo de seres queridos muertos, experiencias traumáticas del pasado, agorafobia, estado depresivo…), pero un pueblo que no sabe festejar, es, en el fondo, un pueblo que no sabe vivir unido. La fiesta acentúa los lazos que nos mantienen ligados en el día a día, introduce otro tiempo y otro ritmo, altera nuestras rutinas, nos invita al exceso, nos permite ser agradecidos y generosos. La fiesta es, en definitiva, un canto a la vida. Un canto… al Dios de la vida, a Aquel que, tras “trabajar” seis días (según el relato bíblico de la creación del mundo), al séptimo “descansó”, aunque mucho me temo que nosotros no descansamos durante las fiestas, sino que nos cansamos de una manera que nos resulta placentera. Quienes vibran con estas celebraciones entienden bien a qué me refiero. Por eso, tras los excesos festivos, viene un corto período de refracción antes de proseguir el ritmo cotidiano. 

A todos los amigos del Rincón de Gundisalvus que celebraréis durante los próximos días las fiestas patronales de vuestros respectivos pueblos y ciudades, os deseo un tiempo de convivencia y de alegría. Prometo no cansaros con la descripción de las fiestas que yo mismo voy a vivir, aunque tal vez algún día se me escape algún comentario.


domingo, 8 de octubre de 2017

Dios no se cansa

En Roma, este XXVII Domingo del Tiempo Ordinario ya va de capa caída. Hace poco que he llegado a casa después de un fin de semana largo en el santuario de la Madonna di Pietraquaria. Tampoco hoy he dispuesto de un tiempo tranquilo para escribir mi entrada cotidiana a la hora habitual. Con todo, no renuncio a hacerme eco del mensaje que nos propone la liturgia de hoy. Tanto la primera lectura del profeta Isaías como el Evangelio de Mateo hablan de viñas. A los israelitas -también a Jesús- les gusta mucho recurrir a esta bella metáfora. Con el estilo exagerado de los orientales, Jesús se inventa una parábola que, a primera vista, resulta condenatoria de todos los que no han querido aceptar a los siervos y al hijo del dueño de la viña. No es difícil adivinar que, teniendo en cuenta los destinatarios primigenios del Evangelio de Mateo, se refiere a las autoridades religiosas y civiles del pueblo de Israel que no han aceptado ni a los profetas del pasado ni a Jesús, el Hijo. Cuando los oyentes de Jesús (y los lectores de Mateo) consideran que lo lógico es que el dueño acabe con esos malvados, el Evangelio deja una puerta abierta a la esperanza: “Por eso os digo que a vosotros os quitarán el reino de Dios y se lo darán a un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21,43).

La viña del mundo no va quedar infecunda porque algunos de los que han recibido el encargo de cuidarla no lo hagan. Dios sabrá suscitar otras personas que asuman su responsabilidad. Cuando hoy abrimos los ojos y contemplamos las muchas cosas que van mal dentro de cada uno de nosotros y a nuestro alrededor, la tentación es la de sumirnos en la tristeza y la desesperanza: “Esto no tiene remedio. Que paren el mundo, que me quiero bajar”. La política nos está deparando en los últimos días muchas ocasiones para reaccionar con pesimismo. Pero el mundo es algo demasiado hermoso, demasiado divino, como para pensar que cuatro desaprensivos pueden acabar con él. Repasando la historia, caemos en la cuenta de que ha habido otras muchas ocasiones en las que daba la impresión de que se colgaría el cartel “The end” para certificar que habíamos llegado al final. Pero siempre surgen nuevos viñadores (enviados por el Dueño) que son capaces de asumir la responsabilidad de cuidar la viña saqueada o abandonada. Jesús no habla de que el dueño de la viña, tras las experiencias negativas, decida acabar con ella o intervenir milagrosamente. No, lo que hace es entregarla a otras personas que sean capaces de producir frutos.

Es verdad que la lista de las personas que están -o estamos- haciendo este mundo más inhumano es muy larga. No conviene mirar a los demás. Cada uno de nosotros contaminamos la atmósfera colectiva con nuestras miserias y omisiones. Pero es igualmente verdad -más verdad incluso- que hay millones de personas que están purificando esta atmósfera contaminada con el oxígeno de su autenticidad y entrega. El mal hace ruido, pero tiene las horas contadas. El bien suele ser silencioso y discreto, pero es quien siempre triunfa. Pierde algunas metas volantes, pero llega siempre a la meta final. Solo cuando estamos convencidos de esto (no por vano optimismo, sino por la fuerza de la palabra de Dios), podemos afrontar los problemas de cada día con serenidad. Las personas fieles y felices no son ingenuas. Perciben el mal con más crudeza que las inconscientes, pero saben que el “dueño de la viña” no la va a abandonar, por más estragos que hayan producido los malos viñadores. Dios no se cansa de cuidar la obra de sus manos.

lunes, 20 de enero de 2020

Neruda, el vino y el cartero

La combinación de un horario intenso y una mala conexión a Internet hace que me sea muy difícil ser fiel a mi cita diaria. Ayer fue un día diferente. Pasé la mañana en Isla Negra visitando una de las tres casas –junto con La Sebastiana en Valparaíso y La Chacona en Santiago– que Pablo Neruda (1904-1973) tenía en Chile. Era la segunda vez que la visitaba. La mañana estaba fresca, el cielo encapotado y el Pacífico bastante revuelto. Acompañado por mi audioguía, recorrí los diversos ambientes de una casa extravagante que a veces parecía un barco varado en tierra y otras un vagón de ferrocarril que adopta la forma de Chile: largo y estrecho. 

La casa es, en realidad, un museo que alberga numerosas colecciones de conchas, mapas, mascarones de proa de viejos barcos, piezas cerámicas, etc. Lo que más me gustó fue la apertura de la casa al inmenso océano a través de grandes ventanales que parecen conectar las estancias con el agua gris del Pacífico. Dos de las cuatro paredes del dormitorio son de vidrio. La cama está colocada en la diagonal, de manera que desde ella se contempla el poniente marítimo como si uno estuviera tumbado en la playa. El único lugar que no se puede visitar es la cocina. Cuando tenía invitados, Neruda solía colocar un cartel en la puerta en el que advertía que estaba prohibida la entrada porque lo que el huésped debía admirar era el producto final, no el proceso de elaboración. Cada rincón de la original casa tenía algún enlace con su obra poética y, desde luego, con sus viajes por diversas partes del mundo en calidad de cónsul o embajador de Chile. En el vestidor del dormitorio se conserva el frac con el que recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971.


De vuelta a Talagante, dediqué la tarde a visitar las Bodegas Undurraga, fundadas en 1886 por un vasco afincado en Chile. Acompañados por un guía que se expresaba bien en castellano e inglés, hice el recorrido con mis compañeros. Admiramos las viñas, probamos algunas uvas ácidas (les faltan casi dos meses para la vendimia), seguimos todo el proceso de elaboración visitando las diversas instalaciones del complejo y acabamos en el enorme porche degustando cuatro categorías de vinos: dos blancos y dos tintos. Antes habíamos pasado por la Galería de Aromas. El guía tuvo la honradez de decirnos que todas las advertencias que suelen hacer las etiquetas de las botellas sobre los aromas del vino suelen ser más creaciones literarias que descripciones reales. 

Regresamos a casa más contentos de lo normal, con una bolsita de papel que contenía la copa de vidrio en la que habíamos catado los vinos. Todos la dejamos en la cocina del Centro Claret. Una colección de casi 40 copas puede ser útil; a nosotros nos supone una complicación menos en el equipaje. Incluso los que no provienen de culturas vinícolas (asiáticos y africanos, sobre todo) apreciaron el valor simbólico de un producto que, bebido con moderación, abre las puertas de la verdad (“In vino veritas”), eleva un punto el contento de quien lo bebe (“El vino alegra el corazón del hombre”) y crea lazos de solidaridad con la tierra y con los seres humanos (“fruto de la tierra y del trabajo del hombre” decimos en la presentación de los dones eucarísticos).

Terminé la jornada viendo una vieja película italiana que en su momento (1994) me encantó: Il postino (“El cartero”). Temí que el paso del tiempo le hubiera borrado el encanto original, pero no fue así. Disfruté igual o más que la primera vez. Quizá el hecho de haber visitado por la mañana la casa de Neruda en Isla Negra me colocó en sintonía con la historia que narra. Cuando Pablo Neruda tuvo que exiliarse durante una temporada en la isla de Capri (Italia), habitó en una casa encaramada en la montaña. Dado que recibía cada día una cantidad ingente de cartas y paquetes, la oficina de correos del pueblo contrató a un joven cartero que, a lomos de su vieja bicicleta, subía todos los días a la casa del escritor para entregarle la correspondencia. A cambio, recibía una exigua propina que ensanchaba un poco su mísero sueldo de 300 liras. 

Entre el maestro Neruda y el cartero Mario Ruppolo se fue estableciendo una sólida amistad. A pesar de la diferencia de edad, proveniencia y formación, les unían varias cosas; sobre todo, el amor por la poesía y los ideales comunistas. Antes de que el poeta regresara a su Chile natal, Mario –el joven  cartero– se casó con su amada Beatriz. El ateísmo del poeta no impidió que el párroco accediera a regañadientes a que fuera testigo del matrimonio. Me fui a la cama derrotado por la ternura y la credibilidad de una interpretación cinematográfica que no tiene nada que ver con los códigos que dominan en el cine de hoy. No todo lo pasado fue peor.