martes, 20 de octubre de 2020

Cristo es nuestra paz

En mi oración matutina, me he detenido hoy en esta frase de la carta a los Efesios: “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14). Es probable que me haya atraído porque contrasta mucho con la tensión que estamos viviendo en los últimos meses. Pablo explica por qué Cristo es nuestra paz: porque “ha reconciliado a los dos pueblos con Dios uniéndolos en un solo cuerpo por medio de la cruz y destruyendo la enemistad” (2,16). La cruz de Cristo produce un doble efecto: reconcilia a los dos pueblos (judíos y gentiles) entre sí y a todos con Dios. La cruz de Cristo, que en ocasiones se ha usado como instrumento de división, es, en realidad, un fuerte pegamento que une lo que está dividido y compone lo fragmentado. Quizá hoy podríamos ampliar los niveles de reconciliación. En primer lugar, la experiencia de encuentro con Cristo pone paz en nuestro caótico y a menudo conflictivo mundo interior. Si ya era difícil armonizar nuestras ideas, sentimientos y decisiones en un proyecto de vida armónica, la pandemia ha agitado todo haciendo más difícil una vida serena. A menudo, los sentimientos no pasan por el filtro de nuestras convicciones y nos empujan a decisiones precipitadas de las cuales solemos arrepentirnos. Cuando uno mira fijamente a Jesús crucificado y se deja mirar por él, nuestro interior se va pacificando. Es como si de la cruz de Cristo emanara una energía que pone cada cosa en su sitio, impidiendo que el desorden acabe con nosotros.

Mirar juntos esa cruz nos ayuda a superar las muchas barreras que se interponen en las relaciones con nuestros semejantes. No es raro que, tras la capa de la cortesía, se escondan envidias, celos, resentimientos y desconfianzas. La pandemia ha obligado a muchas familias a permanecer más tiempo en casa. Lo que, en principio, podría haber sido una bendición, se ha revelado en muchos casos como un infierno porque la continua proximidad física ha sacado a la luz tensiones ocultas y ha exacerbado los sentimientos negativos. No es fácil la reconciliación cuando nos hemos herido con palabras y gestos. No es extraño, pues, que hayan aumentado los episodios de violencia doméstica, las separaciones y divorcios y aun los suicidios. Cuando se llega a una situación crítica pueden ser útiles, y aun necesarias, las terapias familiares, pero nada penetra hasta la raíz del conflicto como la cruz de Jesús. Solo él puede recoger los fragmentos rotos y restaurar la armonía familiar. No sé si estos meses de pandemia han favorecido la oración en familia. No dispongo de ningún dato para avalar o desmentir esta tesis. Quizás el creciente desánimo y el cansancio acumulado nos han quitado incluso las ganas de rezar. Y, sin embargo, en situaciones como estas, es cuando más necesitamos creer que Cristo es nuestra paz, que él derriba las barreras del odio y nos ayuda a aceptar el don de Dios. La oración en familia es una fuente de paz en tiempos de conflicto. 

Las divisiones en la sociedad son evidentes. Llevamos tiempo hablando de las polarizaciones políticas, del auge de posturas fundamentalistas, de las dificultades para crear una cultura del encuentro, del abismo creciente entre clases sociales, etc. La pandemia no ha hecho sino agravar la situación. A medida que pasan los meses, la rabia se transforma en protesta y en estallidos de violencia, como acabamos de ver en Chile y en algún otro país. ¿Podemos descubrir a Cristo como fuente de paz? En algunos lugares quieren eliminar las cruces y cualquier símbolo que recuerde a Jesús porque algunos consideran que provoca tensiones y discriminaciones. Pero ¿no es la cruz el gran símbolo de la reconciliación entre los seres humanos y de todos con nuestro Padre Dios? ¿Qué daño hace un símbolo que nos recuerda que Jesús luchó contra el mal del mundo no matando a otros sino dejándose matar? Si la cruz es el camino hacia la paz, eso significa que en los conflictos actuales todos debemos aprender a morir un poco, a renunciar a algo de lo nuestro para construir un “nosotros” común que haga posible la convivencia en paz. Sin esta capacidad de renuncia simbolizada por la cruz ¿cómo podemos vivir juntos millones de personas que tenemos distintas visiones de la vida e intereses cruzados? La gran lección de Jesús para la construcción de un mundo nuevo es que solo quien entrega su vida, la recupera. Solo quien está dispuesto a “morir” por los demás (y a no a imponer su criterio o a aprovecharse de los otros) puede ser artesano de paz.



lunes, 19 de octubre de 2020

Del cansancio a la rabia

Ayer por la tarde el centro de Roma bullía de gente. Nada indicaba que estábamos en tiempo de pandemia, a excepción de las mascarillas, que se han convertido ya en una prenda más del vestuario y siguen los cánones de la moda.  En este punto, ningún país puede competir con la creatividad italiana. Hay detrás muchos siglos de excelencia artística. Viendo las cosas desde fuera, todo parecía normal. Los bares y pizzerías estaban abiertos, había mucha gente paseando y sentada en las terrazas. Todo parecía normal, pero, en realidad, no lo era tanto. A lo largo de los ochos meses de la pandemia, hemos ido pasando por varios estados de ánimo colectivos. Empezamos con la ignorancia y la incredulidad. El famoso coronavirus se presentaba como una simple gripe estacional. Cuando empezó a mostrar sus garras, se apoderó de nosotros un sentimiento de temor, que en algunos casos dio paso a la angustia. Abril fue un mes trágico. La angustia se fue luego transformando en resignación. A medida que avanzaba la primavera se abrían algunos claros de esperanza. El verano supuso una especie de tregua. Con el otoño − como era de temer (los males nunca se esperan, se temen)  se hicieron evidentes los síntomas de incertidumbre y de cansancio. Esto parece que no termina nunca. ¿Hasta cuándo vamos a resistir?

Bien entrados en el mes de otubre, algunos detectan ya muchos síntomas de protesta, enojo y rabia, que pueden ser la antesala de algunos conatos de violencia. Quienes llevan meses sin trabajo y han agotado las prestaciones por desempleo, quienes viven en situaciones muy precarias, quienes acabados sus estudios no ven ninguna perspectiva de futuro, quienes están hartos de los vaivenes y enfrentamientos políticos, quienes ya han perdido la esperanza en que se descubra un tratamiento eficaz o una vacuna a corto plazo, comienzan a hartarse y a dar signos de irritabilidad y agresividad. Es un momento delicado porque la paciencia tiene siempre un límite. Creo que tenemos que evitar tanto las promesas vacuas (una vacuna rápida, miles de puestos de trabajo, subsidios de todo tipo) como las actitudes derrotistas (vanos a peor, de esta no salimos, sálvese quien pueda). La rabia se da en varios niveles. Afecta a las relaciones interpersonales, contamina las relaciones laborales y envenena el clima social. Cuando todos estamos contra todos, es muy fácil que surjan caudillos (científicos, políticos, líderes sociales) con falsas promesas de solución rápida. No nos dejemos embaucar. Creo que lo que necesitamos es trabajar nuestros recursos personales para afrontar etapas de crisis.

El primer recurso es activar la esperanza. Sin ella, todos los demás carecen de horizonte y energía. Cuando el ser humano deja de esperar en un mañana mejor, pierde los motivos para vivir el hoy. Para los creyentes, “nuestra esperanza es Cristo”. Sabemos que él está siempre con nosotros y que, por dura que sea la tormenta, nunca abandona la barca. Aunque esto forma parte de nuestras convicciones más profundas, debemos tomar conciencia de ello en los tiempos difíciles. Armados con la esperanza, podemos examinar nuestros sentimientos y reacciones para evitar que puedan destruirnos o destruyan a otros. No debemos descargar en los demás, que llevan ya el peso de su propio combate, nuestras frustraciones y resentimientos. El cristiano se las entrega a Dios, deja que él tome las riendas de nuestra vida. Por último, en estos tiempos duros, hay que cuidar hasta los más mínimos detalles de respeto, simpatía, ayuda mutua, valoración de lo que los demás hacen, etc. Si prodigamos las críticas, al final se formará una bola de negatividad que nos arrastrará a todos. La rabia puede servirnos de desahogo pasajero, pero no podemos anclarnos en ella, so pena de acabar siendo sus víctimas.

domingo, 18 de octubre de 2020

Es cuestión de imágenes

Pocas frases de Jesús se han prestado a tantas interpretaciones, deformaciones y malos usos como la que se incluye en el Evangelio de este XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. Ese “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21) ha servido para justificar tanto el laicismo como el sometimiento del Estado a las directrices de la Iglesia. Nos suele pasar algo parecido cuando, sin conocer el sentido genuino de las palabras de Jesús, proyectamos sobre ellas nuestros puntos de vista (lo que es inevitable) y también nuestros intereses (lo que tendríamos que evitar siempre). Resulta extraño que los fariseos (que no querían saber nada de los ocupantes romanos) y los herodianos (que se prestaban a colaborar con ellos) se alíen para poner a prueba a Jesús. El Maestro, como casi siempre, cambia el terreno de juego, desborda el planteamiento político y lleva la cuestión a su raíz. En primer lugar, sin decírselo a la cara, les hace caer en la cuenta de que ellos judíos que rechazan las imágenes llevan escondidas en sus túnicas algunas monedas con la efigie de César. Eso significa que, por muy puritanos que quieran ser, “money is money”. Parece que Jesús no lleva ninguna consigo. Pero hay algo más profundo. Si la moneda debe ser “devuelta” al César porque en ella está impresa la imagen de su dueño, el ser humano debe ser “restituido” a Dios porque es la única criatura en quien está impreso el rostro divino. Hemos sido creados “a imagen y semejanza” de Dios. En consecuencia, nadie puede usar al ser humano como moneda de cambio para otros fines. Quien lo usa como si fuera un objeto (ignorándolo, oprimiéndolo o explotándolo) está robándole a Dios algo que es solo suyo.


Si, además, queremos extraer algunas consecuencias prácticas para justificar la obligatoriedad del pago de los impuestos, eso es otro cantar. Pablo también nos exhorta a ser ciudadanos respetuosos y responsables. En la carta a los Romanos escribe: “Que todos se sometan a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios y las que hay han sido constituidas por Dios. De modo que quien se opone a la autoridad resiste a la disposición de Dios; y los que le resisten atraen la condena sobre sí. Pues los gobernantes no dan miedo al que hace el bien, sino al que obra el mal. ¿Quieres no tener miedo a la autoridad? Haz el bien y recibirás sus alabanzas; de hecho, la autoridad es un ministro de Dios para bien tuyo; pero si haces el mal, teme, pues no en vano lleva la espada; ya que es ministro de Dios para aplicar el castigo al que obra el mal. Por tanto, hay que someterse, no solo por el castigo, sino por razón de conciencia. Por ello precisamente pagáis impuestos, ya que son servidores de Dios, ocupados continuamente en ese oficio. Dad a cada cual lo que es debido: si son impuestos, impuestos; si tributos, tributos; si temor, temor; si respeto, respeto” (Rm 13,1-7). 

Los cristianos somos respetuosos con las autoridades establecidas, aunque no nos gusten, siempre y cuando no pisoteen la imagen de Dios en las “monedas vivas” que son los seres humanos. Los mismos que somos obedientes en condiciones normales, debemos ser muy críticos cuando quienes gobiernan nos obligan a “adorar” otras monedas e imágenes hechas a la medida de sus intereses mezquinos y sus caprichos narcisistas.  


Me hago cargo de que cuando entramos en este campo nos movemos en un terreno minado. Se observa con más nitidez cada vez que se aproximan las elecciones. ¿A quién pueden/deben votar los católicos? Los obispos suelen ofrecer algunos criterios para el discernimiento, aunque me temo que influyen muy poco en las opciones de los votantes. ¿Debemos votar, sobre todo, a quienes defienden el “right to birth” (derecho a nacer) o, más bien, a quienes postulan el “right to life” (derecho a la vida)? ¿Quiénes respetan más y mejor la “imagen de Dios” impresa en las vidas de las personas? 

En las modernas sociedades pluralistas cada vez se hace más difícil identificarse con una opción política que refleje los propios ideales cristianos, por más que a veces figuren en los idearios de algunos partidos. Muy a menudo, por triste que resulte, nos limitamos a escoger el llamado “mal menor”, que, por muy menor que sea, es siempre un mal. En este contexto problemático, las palabras de Jesús nos mantienen en guardia para no ser esclavos de ninguna opción política, por más que nos venga por tradición familiar o sintonice con nuestra manera de ser. A los Césares de turno debemos respetarlos, pero nunca darles la entrega que solo debemos a Dios. No estamos hechos “a imagen y semejanza” de ningún político y de ningún partido, sino de nuestro Padre Dios. A él debemos restituirle la gloria que Él nos ha regalado.

sábado, 17 de octubre de 2020

La carta de Tiziano

Creo que, desde que leí hace años El niño que jugaba con la luna – las memorias del cantautor Aimé Duval (1918-1984) – no había vuelto a experimentar un vuelco semejante al que me ha producido la lectura de la carta de Tiziano Ferro publicada ayer en el número 42 del semanario italiano 7. Es probable que muchos lectores de este Rincón no sepan que Aimé Duval fue un jesuita francés, famoso en los años 50 y 60 del siglo pasado. Armado con su guitarra, llegó a dar más de 3.000 conciertos en 44 países. Fue conocido como “el Brassens con sotana”. Tiziano Ferro, nacido en 1980, es sobradamente conocido en su Italia natal, en España y en Latinoamérica. Además de ser los dos cantautores de éxito, tienen otra cosa en común: ambos son (o han sido) alcohólicos. Tanto el libro de Aimé Duval como la breve carta de Tiziano Ferro son dos testimonios impresionantes de lo que le sucede a una persona cuando es adicta al alcohol (o al juego, al sexo, etc.). O de lo que le sucede antes y le empuja a buscar refugio en el alcohol. El caso de Duval queda lejos en el tiempo. El de Tiziano Ferro es muy actual. Los dos tienen el valor de invitarnos a acompañarlos en su bajada a los infiernos. Perdido el falso pudor que durante mucho tiempo los llevó a ocultar su problema, exhiben una enorme humildad y libertad interior que resulta catártica y contagiosa.

Tiziano Ferro ya no bebe. Su sobriedad actual no es tanto el resultado de una decisión voluntarista, cuanto el fruto de una nueva manera de entenderse a sí mismo y de afrontar la vida. Traduzco un párrafo de su carta abierta: “No bebo porque ya no necesito anestesiar nada. He decidido sentir pena, molestia, desencanto, desilusión, pero también placer, alegría, euforia, regocijo, delirio. Porque rendirse a falsos sentimientos y sensaciones ficticias es la muerte, primero del alma y luego del cuerpo. Esto es la muerte por alcoholismo. Es algo que no puede ser contado. Nadie lo dice, nadie lo ve”. Obligado a exhibir siempre una imagen de triunfador, no tuvo oportunidad de ser él mismo, de vivir todas las caras de la vida sin tener que fingir nada. 

Sus fans – y, en el fondo, él mismo – lo obligaron a ser quien no era. Tenía suficientes cualidades como para gustar a los demás, pero no se gustaba a sí mismo. Lo cuenta así en su carta: “No me buscaban a mí, no lo sabían, buscaban a otro, buscaban al borracho. Y ese no borracho no era tan amable, ni estaba siempre dispuesto a responder y lanzarse. Era un perdedor de pueblo que hacía un buen trabajo a sus ojos, que tenía también una buena cantidad de dinero, aunque no supiera cómo usarlo, que tenía más de treinta y menos de cuarenta años, físicamente bien (pongamos un 5,5, según los estándares estéticos llenos de preconceptos; un 2,5 en mi opinión), que había tenido menos sexo que el promedio de sus compañeros heterosexuales y mucho, mucho menos sexo que sus compañeros homosexuales. Un perdedor de provincias que también tenía altas las transaminasas. Tal vez las transaminasas fueron mis únicos aliados reales en ese momento; desde luego, los más sinceros”.

¿Dónde estaba Dios mientras Aimé Duval (sacerdote) y Tiziano Ferro (laico) se encerraban en su habitación junto a una botella de licor? Estaba siempre con ellos, sufría con ellos, luchaba con ellos, pero ellos no lo percibían. Tiziano Ferro lo cuenta así: “Con la sobriedad, he recuperado mi memoria, mi vista también, ciertamente mi relación con la espiritualidad, y no hablo de la religión. He recuperado al Dios que me explicaron cuando era niño. El Dios que siempre estaba ahí. Lo había aparcado en algún lugar de mi memoria junto con las palabras de los más devotos sacerdotes, los que me hablaron de Jesús, el profeta de la igualdad y la misericordia, los que me hablaron de las lágrimas de María en su desesperación ante su hijo crucificado. Eso era Dios para mí. Así que ahora rezo, rezo para que la vida vaya a donde quiera. No negocio con Dios, sólo pido encontrar la fuerza para enfrentar cada situación, como venga”. 

Me pregunto si esta confesión no refleja lo que nos puede suceder a todos cuando nos liberamos de las adicciones que atenazan nuestra vida, incluida la adicción a la mediocridad y la rutina, cuando decidimos ser nosotros mismos sin depender del juicio ajeno, cuando nos atrevemos a vivir la vida sin guion, dejándonos llevar por su flujo inexplicable. Si Dios es el Padre de la vida, difícilmente vamos a descubrirlo cuando nos negamos a vivir y nos conformamos con ser fotocopias de modelos que tienen poco que ver con el misterio único que cada uno somos. Quienes como Aimé Duval y Tiziano Ferro – han probado en sus carnes el vacío que produce la dependencia del alcohol y se han atrevido a compartir su experiencia, nos están ayudando a saborear la vida en su complejidad sin necesidad de recurrir a estimulantes o anestésicos.

viernes, 16 de octubre de 2020

Transparentes

La corrupción es una lacra social que mina a las personas y las instituciones. Por eso, quienes aspiran a mantener la credibilidad o a recuperarla, si la han perdido, abogan por la transparencia. En muchos países existen leyes de transparencia que obligan a las instituciones, comenzando por la jefatura del Estado, a una rendición de cuentas completa, clara y regular. Algo parecido está intentando el papa Francisco con las finanzas del Vaticano. Los recientes escándalos muestran que todavía queda un largo trecho por recorrer. Ser transparentes significa que no ponemos obstáculos para que pase la luz y podamos ver la realidad como es. Es verdad que se habla mucho de la transparencia de las instituciones políticas, sociales, educativas, eclesiásticas, etc., pero todo comienza por la transparencia de las personas. No es nada fácil dejar que entre la luz en nuestra celda interior. Todos albergamos almacenes oscuros donde se amontonan envidias, celos, resentimientos, negligencias, etc. Quisiéramos vivir en la luz porque somos hijos de la luz, pero no nos libramos del “peso de la carne”; es decir, de la tendencia al mal. Y, como nos enseñan los maestros espirituales, al mal espíritu le gusta el doble lenguaje, el secretismo, la hipocresía y, en definitiva, la oscuridad.

Cuando nos preguntamos qué podríamos hacer por mejorar este mundo, por contribuir a descontaminarlo un poco, hay una respuesta que los maestros en el Espíritu siempre nos dan: sé transparente, deja que la luz de Dios traspase tus contornos. Las personas transparentes, sin doblez, por el mero hecho de ser como son, están ya siendo un reflejo de la gloria de Dios. No es necesario que hagan grandes cosas. No mejoran el mundo a base de acciones y proyectos, sino simplemente siendo. Dejan que la llama de Dios que todos llevamos en nuestro santuario interior ilumine el espacio en el que viven, no la cubren con el lienzo de un yo demasiado hinchado. 

A la literatura y al cine les gusta explorar las zonas oscuras de los seres humanos. La mayoría de escritores y cineastas repiten con frecuencia que el mal es más literario y cinematográfico que el bien. Por desgracia, las historias de mal que nos brinda la actualidad superan siempre la ficción más imaginativa. La fuente de inspiración nunca se seca. Abundan historias de venganzas, intrigas, robos, abusos, chantajes, violaciones, torturas y asesinatos. Siguiendo el lenguaje de Pablo, podríamos decir que la materia prima de muchos creadores son las obras de la carne: “fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, enemistades, discordia, envidia, cólera, ambiciones, divisiones, disensiones, rivalidades, borracheras, orgías y cosas por el estilo” (Gal 5,1921). Estamos saturados de producciones que bucean en este fondo oscuro. A los creadores les gusta decir que de esta manera tocan la carne humana desnuda, sin el papel celofán de las buenas intenciones o los convencionalismos sociales. No dudo de que en muchos casos sea necesario descender a estos infiernos para explorar nuestra condición humana.

Pero nunca tendríamos que olvidar que somos hijos de la luz, llamados a la transparencia. Por fuertes e insidiosas que sean las “obras de la carne”, el Espíritu de Jesús inunda el mundo con sus frutos. Pablo también les pone nombre: “amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí” (Gal 5,22-23). Después de enumerar estos nueve frutos, Pablo añade una conclusión: “Contra estas cosas no hay ley. Y los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con las pasiones y los deseos. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu” (Gal 5,23-25). Marchar tras el Espíritu significa quitar todo aquello que tapa la luz, hacer todo lo posible por que nuestra casa interior sea transparente. Los hombres y mujeres de luz iluminan cualquier relación que emprenden, aportan calor, entusiasmo, confianza, alegría. En estos tiempos de pandemia, en los que sentimos la tentación de encerrarnos en nosotros mismos por miedo al contagio, necesitamos la presencia de personas transparentes que dejen ver los frutos de Espíritu que albergan en su interior. Por eso, los buenos contemplativos (hombres y mujeres) son tan necesarios en nuestro mundo, porque, aunque no hagan muchas cosas, transparentan la gloria de Dios, se convierten en faros en medio de la oscuridad, en reflejo del Espíritu que sigue empujando nuestro mundo hacia el encuentro definitivo con Dios.

jueves, 15 de octubre de 2020

Mirar al frente

Recuerdo haber leído en algún libro del hermano Roger Schutz de Taizé una aplicación del funambulismo a la vida espiritual. El funambulista camina sobre una cuerda o un alambre tensada procurando mantener el equilibrio para no caerse. Si, preocupado por su estabilidad, dirigiera su mirada a los pies, es muy probable que pronto perdiera el equilibrio. Normalmente, el buen funambulista mira de frente al punto al que se dirige. Esta mirada, que parece alejarse del lugar en el que se encuentra, es precisamente la que le ayuda a dar pasos firmes.  Creo que hoy muchos de nosotros andamos por la vida como funambulistas que hacen lo indecible por no caerse del fino alambre de la vida cotidiana. Hacemos equilibrios para mantener un buen tono anímico, una economía saneada y una confianza básica en que las cosas irán mejor. Estos equilibrios ordinarios se han visto alterados por la pandemia, hasta el punto de que algunos se han precipitado en el abismo de la desesperación o temen que pueda suceder en las próximas semanas. 

¿Qué hacer para no caernos? El funambulista nos ofrece una lección que es útil para la vida. No debemos perder tiempo en mirarnos a nosotros mismos y en abandonarnos a sentimientos victimistas. Si perdemos la perspectiva de adónde queremos llegar, es fácil que no podamos mantener el equilibrio y nos caigamos. Lo esencial es siempre mirar al frente, que el cuerpo siga a los ojos. Solo cuando sabemos nuestra meta encontramos el punto de equilibrio y las fuerzas para seguir dando pasos certeros.

Hoy celebramos la fiesta de santa Teresa de Jesús. Este año se cumplen 50 años desde su proclamación como doctora de la Iglesia por el papa Pablo VI. Si ha habido una mujer que se ha visto obligada a caminar por un fino alambre, ha sido ella. Su vida estuvo llena de problemas en un siglo extremadamente complejo. Pudo haberse caído. Lo que la salvó fue mirar siempre al frente, a la humanidad de Jesús como camino hacia Dios. Nos lo cuenta en el Libro de su vida: “Con tan buen amigo presente -nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita”. Si estas palabras provinieran de una persona superficial, que ha llevado una vida muelle, no tendrían ningún crédito. Pero vienen de una santa que ha sido forjada en la fragua del sufrimiento, que sabe por experiencia lo que significa mantener el equilibrio cuando los vientos empujan y cuando parecen menguar las fuerzas. Solo la confianza en “tan buen amigo” (Jesús) le permitió seguir adelante y llegar a la meta.

A medida que la pandemia se alarga y se recrudece, se hace más pesada la pandemia anímica. Muchas personas pierden las ganas de vivir y se abandonan a sentimientos de derrota. O se dedican a autoexplorarse demasiado en un intento vano por mantenerse a flote. Lo esencial es alzar la mirada y contemplar el horizonte, hacer nuestras las palabras de Pablo: “Todo sucede para el bien de los que aman a Dios” (Rm 8,28). Incluso esta pandemia puede ser vivida como gracia si confiamos en Jesús. Como dice santa Teresa, “Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero”. Ese “nunca falta” hay que entenderlo al pie de la letra. Nunca es nunca. También ahora, en esta coyuntura, está junto a nosotros, se hace cargo de nuestra situación, nos consuela y nos da fuerza y equilibrio para no caernos del alambre y seguir caminando. Os invito a reflexionar sobre estas palabras de Teresa escuchando una hermosa versión de su famoso “Nada te turbe” realizada por el sacerdote y músico italiano Marco Frisina.



miércoles, 14 de octubre de 2020

¿Estamos en decadencia?

Margaret Wheatley, nacida en 1944, es una escritora y formadora norteamericana. En uno de sus libros Who Do We Choose to Be? Facing Reality, Claiming Leadership, Restoring Sanity (¿Quiénes elegimos ser? Afrontar la realidad, reclamar el liderazgo, restaurar la cordura) (2017)  cita a John B. Glubb (1897-1986), un militar inglés, que, en su obra The fate of empires and search for survival, analiza cómo han evolucionado los diversos imperios que han existido a lo largo de la historia. Según sus conclusiones, un imperio viene a durar unas diez generaciones (en torno a 250 años) y pasa por seis grandes etapas: ascenso/conquista, comercio, abundancia, intelectualidad, decadencia y caída. Uno de los indicadores de que un imperio está en la etapa decadente, de que ha hecho de la frivolidad el patrón de vida, es la importancia excesiva que da a los atletas, actores y cantantes. 

No es necesario suscribir al cien por cien esta teoría, pero leer esto en el año 2020 me hace temblar porque, si algo está hoy supervalorado, es precisamente el mundo de las celebrities, el famoseo. Si nos asomamos a Instagram, por ejemplo, para ver quiénes son las nueve personas en el mundo que tienen más admiradores/seguidores no encontraremos entre ellas ningún científico, ningún político, ningún teólogo, ningún inventor, ningún sabio humanista. El ranquin lo ocupan: 1) Cristiano Ronaldo, futbolista (239 millones de seguidores); 2) Ariana Grande, cantante y actriz (203); 3) Dwayne Johnson, actor y luchador profesional (200); 4) Kylie Jenner, personalidad televisiva y empresaria (197); 5) Selena Gomez, cantante y actriz (194); 6) Kim Kardashian, personalidad televisiva y empresaria (189); 7) Lionel Messi, futbolista (167); 8) Beyoncé, cantante (155); 9) Justin Bieber, cantante (149). De ellos, 7 son estadounidenses, 1 portugués y 1 canadiense. Hay 5 mujeres y 4 hombres.

Que vivimos en una etapa de la historia muy superficial y frívola me parece evidente, pero sé que este juicio no es compartido por muchas personas que se sienten a gusto en este ambiente y que viven de él. De otro modo, no se explicaría – como ya he denunciado en varias ocasiones – el éxito de algunos programas de televisión que se alimentan de los amoríos de los famosos y de todo tipo de cotilleos. Cuando el tiempo se nos va en estas frivolidades, quiere decir que no hay ideales fuertes que nos sostengan. Una cosa es divertirse (necesidad básica de todo ser humano) y otra muy distinta hacer de la superficialidad un estilo de vida. Muchos filósofos de la historia creen que la civilización occidental (euroamericana) ha entrado desde hace tiempo en una clara etapa de decadencia que anticipa su caída más o menos cercana. 

Para muchos occidentales, los ideales fuertes del Evangelio no representan una alternativa, porque consideran que ya hemos leído esa página, que no cabe esperar nada nuevo de una propuesta que lleva dos milenios en el candelero y ha agotado todo su poder de recreación. El cristianismo es para muchos intelectuales europeos un dejà vu. Y, sin embargo, mi impresión es que apenas lo hemos saludado. El hecho de haber vivido durante siglos en un régimen social de cristiandad no significa que hayamos entrado en el meollo de la propuesta de Jesús. Algunos hablan de la necesidad de entrar en una etapa de cristianía. Más allá de los términos, es evidente que la Iglesia, como comunidad que mantiene viva la memoria de Jesús, debe apuntar más al mundo que emerge que a la civilización que muere.

Si algo me ha llamado la atención de la espiritualidad del joven beato Carlo Acutis es que, por una parte, representa el prototipo de joven europeo de hoy. Nace en el seno de una familia acomodada y solo nominalmente cristiana, se siente atraído por Internet, vive en una ciudad (Milán) muy secularizada, etc. Por otra parte, su experiencia religiosa tiene rasgos muy tradicionales: la participación diaria en la Eucaristía, el tiempo dedicado a orar ante el Santísimo, la recitación del rosario, la ayuda a los pobres, la curiosidad intelectual y el esfuerzo de formación, etc. Es como si “lo de siempre”, cuando se vive en profundidad, tuviera un poder extraordinario de regenerar nuestra superficialidad contemporánea. A menudo, teólogos y pastoralistas se rompen la cabeza tratando de descubrir “nuevos caminos” para una nueva experiencia de encuentro con Jesucristo en las sociedades secularizadas. El ejemplo de Carlo Acutis nos muestra que esos “nuevos caminos” son los que el mismo Jesús nos ha dejado y que tal vez nosotros hemos menospreciado o rutinizado. ¿Hay alguna alternativa mejor que la Eucaristía? ¿Se puede sustituir con algo la amistad con los pobres? ¿Necesitamos otra madre distinta de María, la madre de Jesús y madre nuestra? La decadencia se apodera de nosotros cuando dejamos de creer en la fuerza renovadora que tienen los sacramentos que Jesús nos ha dejado y nos embalamos en propuestas esotéricas que, tras un destello inicial, nos dejan más ciegos e insatisfechos que antes. Muchas cosas tendrían que cambiar en nuestra pastoral. Los santos nos abren los ojos.