jueves, 7 de noviembre de 2019

Sembrar futuro

¿Qué va a pasar cuando desaparezca en Europa y en América la generación de los que ahora tienen más de 70 años? ¿Seguirá habiendo una comunidad cristiana viva? De no acontecer un milagro, es evidente que la Iglesia católica será una Iglesia minoritaria. La mayoría de los jóvenes actuales no se sienten parte de ella. Es verdad que algunos reaccionan después de los 30 años y hacen un viaje de “regreso a casa”, pero son pocos en el conjunto del planeta juvenil. Conviene prepararnos con serenidad para ese momento y sembrar ahora las semillas que irán creciendo y dando fruto en las próximas décadas, conscientes de que –como decía san Ignacio de Loyola– debemos actuar “como si todo dependiese de nosotros, sabiendo que en realidad todo depende de Dios”. Esto significa que en cualquier momento la situación puede dar un vuelco impensable. No todo está sujeto a programación y realización. 

Por primera vez en la historia vamos a vivir en una sociedad masivamente indiferente ante el hecho religioso. El ateísmo y el agnosticismo clásicos implicaban una clara toma de postura ante Dios, ya fuera para negarlo (ateísmo) o para suspender el juicio por falta de pruebas contundentes en una dirección o en otra (agnosticismo). La indiferencia es algo distinto. Ni siquiera se plantea el “asunto Dios”. Simplemente lo ignora, no forma parte del “orden del día”. El reto está servido. 

En este contexto, me parece que la primera semilla que hay que sembrar es –como sugeríamos ayer– la de pequeñas comunidades de vida que puedan ser testimonio de “algo diferente”, que cuestionen a los demás con su manera de enfocar la vida (no tanto con sus palabras), con sus relaciones interpersonales, con su alegría contagiosa, con su compromiso con los “sobrantes” de una sociedad hipertecnificada y discriminadora. Y que –llegado el caso– acojan a quienes buscan  y los acompañen en un itinerario de encuentro con Dios. 

La segunda semilla tiene que ver con lo esencial de la fe: el encuentro con Jesús como revelador del Misterio de Dios. Dedicar ahora tiempo a cuestiones de segundo o tercer nivel (que si los curas pueden casarse o no, que si es lícito usar medios artificiales para controlar la natalidad, etc.) supone un derroche de energías innecesario. ¿Cómo se pueden abordar los diversos aspectos de la vida moral de las personas y los grupos sin un anclaje fuerte en la experiencia personal de encuentro con Cristo? El cristianismo no es, en primer lugar, una ética, sino una experiencia de gracia, de transformación personal. 

La tercera semilla se refiere a la necesidad de una formación bíblica sistemática que permita a los creyentes del futuro encontrar en la Palabra de Dios la luz que necesitan para iluminar las sendas intrincadas de la vida moderna. Sin esta formación, la Biblia se cae de las manos y se convierte más en un obstáculo para la fe que en un estímulo permanente.

Hay ya muchas realidades en marcha, invisibles para la sociedad e incluso para los mismos cristianos. Creo que el perfil institucional de la Iglesia en Europa va a cambiar de manera muy significativa, pero eso no significa que se evapore la fe. La Iglesia más hermosa no es la que desaparece sino la que vendrá. Están siendo años de una profunda purificación. Los muy conservadores no lo ven. Ellos se fijan solo en lo que se desmorona, sin caer en la cuenta de que no se trata tanto de un problema de fidelidad/infidelidad, cuanto de un profundo cambio en la comprensión del mundo, de la vida y de Dios. Por tanto, no es cuestión de buscar culpables y de apuntalar un edificio ruinoso, sino de ir construyendo uno nuevo sobre los cimientos sólidos de siempre. Es necesario saber de dónde venimos, apreciar nuestras raíces (sin ellas no hay fruto posible), pero lo importante es mirar al futuro, discernir las señales del Espíritu, ver por dónde nos va guiando, confiar en que Jesús nunca abandona a su comunidad por más que la barca zozobre. 

Es un tiempo para vivir de la fe, no de la plausibilidad social. No se hunde el mundo porque desaparezcan usos y costumbres obsoletos. Lo que interesa es que la fe sea capaz de generar nuevas formas de encarnar el Evangelio: un pensamiento nuevo, creaciones artísticas sugestivas, liturgias renovadas, compromisos con las nuevas pobrezas… El cristianismo en sus momentos mejores ha sido siempre generador de cultura. ¿Por qué no puede serlo en tiempos de transhumanismo, imperio digital, globalización y fake news? Con la carta a los Hebreos, deberíamos creer que “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hb 13,8). La historia nunca se le escapa a Dios de las manos. Nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, creemos que somos los verdaderos creadores de la historia, los dueños absolutos del futuro, pero éste no es más que uno de los muchos espejismos –quizá más sofisticado que el de siglos anteriores– que recorren la compleja historia humana. Por tanto: “No tengáis miedo”.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

La apuesta católica

El título de la entrada de hoy es una traducción literal del libro La scommessa cattolica, escrito por un matrimonio formado por dos profesores de la Universidad Católica de Milán: Chiara Giaccardi y Mauro Magatti. Se trata de un libro muy reciente, publicado hace tres meses. Explica el “sentido de precariedad” con el que muchos católicos –sobre todo europeos y americanos– viven hoy su fe. Se trata de un sentimiento difuso que no siempre se puede expresar con palabras. Surge como reacción emocional ante la profunda erosión de los tres pilares que –a juicio de los autores– han sostenido durante siglos el edificio de la cristiandad. El primer pilar era la omnipotencia divina, que garantizaba un orden religioso y político. Todo el mundo sabía lo que había que creer y hacer, por más que hubiera infidelidades personales y colectivas. El “orden divino” era el fundamento del “orden humano”. El segundo pilar era la preocupación por la salvación personal, siempre amenazada por el pecado. El tercer pilar era la necesidad de predicar el Evangelio al mundo entero para que todos pudieran salvarse.

Hoy vivimos en una época en la que estos tres pilares se han desmoronado, total o parcialmente. Vivimos un profundo cambio de paradigma cultural que ha afectado a la comprensión y vivencia de la fe. La omnipotencia de Dios ha sido sustituida por la omnipotencia de la ciencia y de la técnica. Sobre ellas se basa el nuevo orden social. La salvación personal no se entiende ya como liberación del pecado y esperanza en la vida eterna, sino como preocupación por el bienestar personal (salud física y psíquica, trabajo bien remunerado, relaciones satisfactorias, jubilación digna, etc.). La universalidad del cristianismo se declina ahora como globalización económica y cultural y ecologismo difuso. El individuo se siente cada vez más solo frente  a un proceso mastodóntico de institucionalización de la vida humana y de deterioro del planeta. Faltan estructuras intermedias. Algo parecido sucede en la Iglesia. Muchos católicos sienten que pertenecen a una gran institución llamada Iglesia católica (más o menos admirada o criticada, según los contextos), pero luego tienen que vivir la fe en solitario, por su cuenta, porque faltan comunidades “a medida humana” en las cuales puedan crecer como creyentes.

En este nuevo contexto, ¿en qué consiste la “apuesta católica”? La respuesta parece obvia, pero tiene una enorme carga revolucionario: en ser fieles a Evangelio. No podemos abandonarnos a la nostalgia de una Iglesia que fue pero ya no es ni tampoco someternos acríticamente al imperio de la tecnociencia actual. La novedad católica, que nace de la fe en un Dios hecho hombre, es abrazar la tierra (todas las realidades humanas) desde el cielo (con una mirada trascendente). O, dicho de otra manera, hacer ver que todas las realidades humanas están transidas de la presencia de Dios, aprender a descifrar el misterio humano desde la clave que Jesús nos ofrece con su vida y su palabra. Pero para esto es preciso superar el cristianismo individualista que hoy vivimos en Europa. Entre los individuos y la gran institución es preciso crear una red de pequeñas comunidades donde sea posible vivir de manera concreta las dimensiones de la iglesia: relaciones fraternas (koinonía), formación permanente (didaskalía), oración y y celebración (leitourgía) y compromiso misionero (diakonía y martyría). En el ambiente rural del pasado las parroquias cubrían esta necesidad. Hoy, en un contexto mayoritariamente urbano, es necesario imaginar otras formas de agrupación que, sin desdeñar las demarcaciones parroquiales, respondan a las necesidades y posibilidades de los católicos que viven dispersos en las ciudades, como “minorías cognitivas”, por decirlo de una manera técnica. Por eso tienen futuro todos los grupos y movimientos que ofrezcan una propuesta comunitaria atractiva y muy vinculada a la escucha y práctica del Evangelio.

martes, 5 de noviembre de 2019

En todo caridad


Comencé anoche a ver el debate de los cinco principales candidatos que concurren a las elecciones generales de España el próximo domingo, pero la hora tardía y la impresión de que era más un espectáculo televisivo (con adoquín incluido) que un auténtico debate me llevaron a la cama antes de lo previsto. Esta mañana he ojeado a toda prisa los periódicos digitales. Como es natural, todos hablan de lo sucedido anoche y lo enjuician de manera diversa. Hasta aquí se sigue el guion previsible. Lo que me sorprende es que en las encuestas populares, el ganador haya sido claramente el candidato de Vox. Sus seguidores han sabido moverse con velocidad en las redes. Más allá del debate y de las elecciones, la cuestión que me da vueltas es cómo nos preparamos para vivir en sociedades abiertas y plurales. 

No es solo una cuestión política. No se resuelve solo votando, como algunos piensan. Se trata de un asunto cultural. Hay culturas monolíticas que no toleran la diversidad. La ven siempre como una amenaza. Hay otras, por el contrario, que saben sacarle partido. Mi impresión es que España, a pesar de que goza de una extraordinaria diversidad paisajística, cultural, lingüística, etc., todavía no ha aprendido a aprovechar esta riqueza para un gran proyecto de convivencia en el marco de la Unión Europea. Por eso, creo que esta educación para la diversidad debería formar parte de los diversos itinerarios educativos. Esto implica un conocimiento más objetivo de la historia común, el manejo de varias lenguas, la posibilidad de estudiar con facilidad en distintos lugares del país (una especie de Erasmus interno) y, sobre todo, la adquisición de actitudes y destrezas para la convivencia intercultural.

Temo a las personas que quieren resolver problemas complejos a base de golpes autoritarios. Cada vez que, ante asuntos serios, oigo a alguien decir eso de “Esto lo solucionaría yo en dos días”, me echo a temblar. Por lo general, se trata de personas con poca experiencia de gestión. Confunden sus emociones con las soluciones. Se niegan a aceptar que la vida es compleja, no saben convivir con la diversidad, pierden fácilmente los papeles. Por eso, necesitamos un tipo de educación que nos ayude a abrazar la complejidad y que nos prepare para sentarnos juntos, hacer un buen diagnóstico de lo que está pasando (sin trincheras innecesarias), discernir los caminos de futuro y asumir los compromisos que se deriven. 

Desde hace muchos años vivo en comunidades multiculturales. Creo saber de qué estoy hablando. La actual está formada por 28 claretianos provenientes de 15 países diversos: India (6), España (6), Argentina (2), Sri Lanka (2), Camerún (2); y uno de cada uno de los siguientes países: Haití, Portugal, Kenia, Colombia, Nigeria, Japón, Polonia, Filipinas, Congo y Honduras. Aunque el italiano es la lengua oficial de la comunidad, se habla mucho en inglés, español y francés. No se hunde el mundo por eso. Hay diversas culturas gastronómicas, estilos litúrgicos, tipos de humor, etc. No es lo mismo provenir de una cultura más bien corporativista (como la del Japón) que de otra muy individualista (como la de los países anglosajones). ¿Cómo se hace para vivir la siempre invocada “unidad en la diversidad”? Creo que aplicando el principio atribuido erróneamente a san Agustín: “In necessariis unitas, in dubiis libertas, in omnibus caritas”. O sea: “En las cosas necesarias, unidad; libertad en las cosas dudosas; en todo, caridad”.

Es imposible vivir en sociedades plurales sin concordar en algunas cosas “necesarias” respetadas por todos con lealtad, sin permanentes cuestionamientos y sin poner palos en la rueda. Por lo general, en los países democráticos, esta regla necesaria es la Constitución que regula la vida política. Para las cosas dudosas u opinables hay que crear un marco amplio de libertad. No se puede estar regulando todo, como hacen los estados totalitarios. La libertad de expresión, asociación, mercado, etc. es esencial. Y siempre es necesaria una actitud de respeto, amor mutuo y tolerancia. Por encima de las discrepancias ideológicas, los seres humanos somos todos iguales, dignos de respeto y cuidado. No se puede excluir a nadie por motivos ideológicos, étnicos, religiosos, sexuales, etc. El lenguaje que abusa de “los nuestros”  y “los otros” prepara el terreno para todo tipo de enfrentamientos y conflictos, incluyendo los violentos. 

Cuando pienso en la situación de mi país desde este principio clásico, caigo en la cuenta de que hay muchas cosas que mejorar, de que hay mucho campo de juego. No acabo de encontrar a políticos con las ideas claras, con honradez suficiente para llevarlas a cabo y con ánimo generoso para involucrar al mayor número de personas en esta empresa colectiva. Me producen tristeza y vergüenza las manifestaciones de algunos jóvenes violentos en Barcelona y la actitud hostil e irrespetuosa hacia las autoridades del estado de un sector de la población. Aborrezco los planteamientos sectarios de algunos periódicos y televisiones de signo diverso. Me parece muy peligroso un uso torticero de la “memoria histórica”. Desconfío de quienes dedican más tiempo a hablar mal de los otros que a hacer propuestas que generen confianza y ganas de crecer. Echo de menos personas e instituciones con altura de miras, no condicionadas por intereses espurios y con ganas de servir a las personas. La Iglesia podría ser una de ellas, pero no acaba de encontrar su sitio en esta compleja partitura. En algunos casos, se ha inclinado demasiado hacia una parte olvidando la otra, renunciando a ser espacio inclusivo de comunión. Tiene todavía demasiado plomo en las alas. Es la hora de los hombres y mujeres libres, arriesgados y solidarios.


lunes, 4 de noviembre de 2019

Hakuna Matata

Tranquilos, no voy a escribir ni sobre El Rey León ni sobre la lengua suajili. Para mí, la expresión Hakuna Matata –que en suajili significa “No hay problema”– es muy familiar porque he vivido con personas de Tanzania y Kenia que hablan esa lengua y repetían con cierta frecuencia su particular No problem. Pero no, nada de disquisiciones lingüísticas.  Voy a escribir sobre la experiencia que viví el sábado por la tarde. Luego entenderéis la relación con el título. Tendría que haberlo hecho ayer mismo, pero el domingo “mandaba”, como se dice en el argot periodístico. A las dos y media de la tarde me acerqué a la plaza de san Pedro. Cielo encapotado y temperatura suave. La plaza registra una animación inusual. La cola para entrar en la basílica llega casi hasta el brazo de Carlomagno. Me esperan unos amigos de Madrid que han venido a Roma para participar en el Hakuna All Meeting aprovechando el puente de Todos los Santos. Uno de los eventos programados es una hora santa en la basílica de san Pedro. El momento no era muy apetecible, pero tenía interés por saber quiénes eran estos chicos de la asociación Hakuna. Los conocía solo de oídas. 

Estuve en la cola casi una hora. La pulsera amarilla que llevaba en la muñeca me identificaba como un participante en la hora santa. En la cola nos mezclamos con el resto de turistas y peregrinos. Ya dentro, tuvimos que esperar casi una hora más. El lugar reservado estaba ocupado por un nutrido grupo de orondos tiroleses que, vestidos a la usanza tradicional, habían participado en una misa. Además de los trajes típicos y los estandartes, llevaban también una banda que solemnizó la celebración. Una vez que despejaron el inmenso presbiterio que está detrás del altar papal, nos acomodamos como pudimos. Los más jóvenes se sentaron en el suelo; los mayores buscamos algún sitio en los bancos. Todo se hizo a la manera juvenil: es decir, con un gran desorden. No sé cuántos éramos, pero no estaríamos lejos de las mil personas, entre jóvenes (la mayoría) y adultos (o seniors, como suelen decir ellos).

La “hora santa” transcurrió entre cantos –interpretados con mucho entusiasmo por un numeroso coro y seguidos por la asamblea, oraciones meditativas (una a cargo de un chico y otra recitada por el sacerdote José Pedro Manglano, fundador de esta asociación), silencio y bendición “itinerante” con el Santísimo Sacramento.  En un momento dado, el sacerdote Toño Casado, autor del musical 33, interpretó maravillosamente una canción cuyo título no recuerdo. La “hora santa” duró efectivamente alrededor de una hora. Algunos esperaban la visita sorpresa del papa Francisco, pero no se produjo. Yo me mezclé con la gente, oré, guardé silencio, canté los estribillos repetitivos y me uní a la danza final. Acabada la adoración, pasadas ya las seis de la tarde, el grupo se trasladó a la iglesia de san Ignacio para celebrar la Eucaristía, a la que siguió una fiesta en el camping en el que se alojaba la mayoría. 

Yo regresé a casa tratando de recapitular la experiencia. Voy a empezar por lo que sospecho que dirían algunos “desde fuera”. Su discurso podría sonar más o menos así: “Estos chicos tienen pinta de pijos [fresas, gomelos o sifrinos en algunos países latinoamericanos]. Visten y hablan como ellos. Se ve que vienen de familias bien, son votantes de partidos de derecha y pueden permitirse el lujo de viajar. El estilo del grupo tiene un claro tufillo Opus”. Yo podría haber caído también en esa tentación. Para evitarla, hice un esfuerzo por liberarme de prejuicios y ver a cientos de jóvenes universitarios que celebraban con mucha alegría su fe. Más allá de su extracción social, de su vestimenta de marca o de su lenguaje ligeramente gutural, cada uno es una persona querida por Dios y seducida por Jesús. Esto es lo que importa.

Visitando la página web de la asociación y charlando con mis amigos, fui descubriendo otros detalles. La cosa surgió a raíz de la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro, hace apenas seis años. Un grupo de jóvenes se tomaron en serio la invitación del papa Francisco a “hacer lío”. Hoy están presentes en varias ciudades españolas. Intentan vivir con alegría su fe en Cristo en medio de una sociedad secularizada. Se sirven de medios como “horas santas”, “revolcaderos”, “God’s stops”, “compartiriados”, “escapadas”, etc. Como todo grupo innovador que se precie, han acuñado su propio vocabulario, más o menos cursi o sugestivo, según gustos. La música ocupa un lugar muy especial. En Spotify se pueden encontrar muchas de sus composiciones. El grupo se llama Hakuna Group Music. Me gusta su estilo fresco y la alegría que contagian. Si queréis saber algo más sobre ellos, podéis leer sus Estatutos. Los que vivís en España podéis también participar en sus actividades en las diversas ciudades donde están presentes. 

¿Quién no se emociona al ver cómo tantos jóvenes están entusiasmados por Cristo y se esfuerzan por vivir la fe en la universidad? ¡Cuántas parroquias e institutos religiosos hacen lo imposible por acercarse a los jóvenes y no consiguen casi nada! Hay que alegrarse de que Cristo siga llegando al corazón de estos jóvenes del siglo XXI. Para ellos, la Eucaristía (celebración y adoración) es la fuente principal de su vida cristiana. Por otra parte, no percibí en ellos la tentación de “capillismo” o “elitismo”, tan frecuente en otros grupos, movimientos y asociaciones de Iglesia. Subrayan mucho la unidad, la apertura a todos, la superación de clichés y etiquetas. Me parece que combinan bien la vida en grupo, la formación, la celebración festiva, la adoración y el compromiso profesional y social. ¡Ojalá hubiera muchas iniciativas como esta! 

Ayer os puse el testimonio de uno de los jóvenes que ha descubierto la fe a través de este grupo. Os dejo hoy con una de las canciones, cantada por una chica a pie de calle, sin Auto-tune, sin trampa ni cartón. ¡Que no decaiga!



domingo, 3 de noviembre de 2019

Tú lo buscas, él te ve

Este XXXI Domingo del Tiempo ordinario ha amanecido con lluvia en Roma. El puente ha llenado la ciudad de turistas y peregrinos. La temperatura es suave. Todo invita a disfrutar del otoño. ¿Todo? No todo. Cada día nos levantamos con algún sobresalto. Siguen los escándalos en relación con las finanzas del Vaticano, arrecian las protestas violentas en Hong Kong y en Cataluña continúan las reivindicaciones. Hay otros muchos focos de interés. A veces, cuando la realidad nos desborda, cuando pensamos que ya no podemos tolerar un exceso más, nos hace bien ver las cosas desde la perspectiva de la primera lectura de hoy. 

El autor del libro de la Sabiduría confiesa: “Señor, el mundo entero es ante ti como un grano en la balanza, como gota de rocío mañanero sobre la tierra”. Lo que a nosotros nos parece exorbitante no es más que un pequeño grano para Dios. Cuando nos invade el pesimismo sobre la marcha del mundo, es útil caer en la cuenta de que “amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado”. Cuando sentimos la tentación de juzgar todo y a todos con rabia, el libro de la Sabiduría nos recuerda que “tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida”. Estamos ante uno de los nombres más hermosos que el Antiguo Testamento otorga a Dios. Lo llama “amigo/amante de la vida”. Dios no quiere la violencia o la muerte, pero es indulgente con nuestra fragilidad e inconstancia. Hay tiempo para que podamos caer en la cuenta y reaccionemos. Por eso, como un padre que quiere lo mejor para sus hijos, nos corrige con suavidad: “Por eso corriges poco a poco a los que caen, los reprendes y les recuerdas su pecado, para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor”. Dios cree en el futuro, en la posibilidad de cambiar y empezar una vida nueva.

Esto es lo que percibimos en la historia del encuentro entre Jesús y Zaqueo que nos presenta hoy el Evangelio de Lucas. El relato está lleno de detalles curiosos, comenzando por la ubicación en Jericó, la ciudad por la que empieza la conquista de la tierra prometida, el vergel en medio del desierto de Judea. También en el desierto de la indiferencia se pueden dar hermosas historias de encuentro con Jesús. [En el segundo vídeo os propongo una de ellas]. Me gusta mucho cómo Lucas ha construido la de Jesús y Zaqueo. Parece que ambos se buscan. El texto dice que Zaqueo “trataba de ver quién era Jesús”. Su baja estatura y el gentío se lo impedían. Jesús, por su parte, “al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa»”. Las dos iniciativas se encuentran en la casa de un hombre público, rico por extorsiones, aislado por pecador. También a él –como a los pobres hambrientos o desnudos– le llega la salvación de Dios “a domicilio”. El Dios “amante de la vida” a nadie le niega la posibilidad de cambiar y comenzar una existencia nueva: “Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. La generosidad hacia los demás es la mejor expresión de que uno comienza a entender la vida de otra manera.

Estoy convencido de que hoy muchos hombres y mujeres buscan a Jesús porque anhelan otro tipo de vida, pero se sienten “indignos” bajo el peso de experiencias negativas y dolorosas: abortos provocados, infidelidades matrimoniales, incursiones en la droga, adicciones sexuales, fraudes económicos, odios y resentimientos, engaños, trampas, corrupción… Sienten que, por mucho que se suban al árbol de los buenos deseos, Jesús va a pasar de largo, no va a querer entrar en su “indigna” casa. No conocen cómo se las gasta Jesús. Él no ha venido a dar una palmadita en el hombro a quienes se consideran buenos e intachables, sino “a buscar y salvar lo que estaba perdido”. El mensaje es muy claro: hay vida más allá de nuestros errores y pecados. Siempre es posible recomenzar. Dios no es un juez castigador que está esperándonos para cobrarnos la factura de nuestros muchos deslices, sino un padre que nos tiene la mesa preparada para cenar con nosotros. Puede que circulen por ahí otras imágenes indeseables de Dios, pero la que Jesús nos presenta es nítida. ¡Ojalá los creyentes en él supiéramos presentarla sin deformaciones! Estoy seguro de que muchos hombres y mujeres cambiarían de vida –como Zaqueo– y experimentarían una alegría profunda que no acaban de encontrar en medio de sus trampas y enredos, o de sus vidas confortables pero planas. Nunca es tarde si actuamos como Zaqueo: “Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento”.





sábado, 2 de noviembre de 2019

La muerte no es el final

He escrito varias veces sobre la muerte, los difuntos y el sentido de un día como hoy. En 2016 titulé la entrada La vida no termina, se transforma. Al año siguiente puse el acento en la esperanza: Tú no morirás. En 2018 reflexioné sobre La muerte es una pascua. Me cuesta encontrar una perspectiva nueva este año. Me viene a la memoria un canto de un viejo conocido –Cesáreo Gabarain– que se ha hecho muy popular entre los militares españoles. Me refiero al canto La muerte no es el final. También se sigue cantando en parroquias y comunidades. No tiene la complejidad y solemnidad del Réquiem de Mozart, por ejemplo, pero llega a las personas. Tanto la letra como la melodía son sencillas, transmiten la fe cristiana en la vida eterna y tienen ese punto de emoción que puede provocar un nudo en la garganta o alguna lágrima suelta. 

Nunca he participado en un funeral no cristiano. Sé que se ha puesto de moda leer algún texto sobre el difunto (a modo de elogio fúnebre), recitar poemas, interpretar piezas musicales o incluso recordar hechos jocosos de la vida del finado. Respeto las diversas expresiones. Cada uno de nosotros nos enfrentamos al misterio de la muerte de maneras diversas. En realidad, afrontamos la muerte como afrontamos la vida. Cuando me ha tocado presidir algún funeral de una persona joven, veo que sus amigos no saben qué hacer. Quisieran expresar su rabia y su amor, pero no siempre encuentran los cauces adecuados. A menudo, permanecen en silencio, absortos en pensamientos que no sé interpretar, con ganas de que todo termine para regresar cuanto antes a la vida normal. A un joven la muerte le parece siempre una “putada” (sic), no entra en sus planes de vida.

Si hoy me fijo en la vieja canción de Gabaráin es porque, en su sencillez, pone palabras a una fe que en momentos trascendentales no siempre acertamos a expresar. Recordemos la letra:


Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos,
carne de un ciego destino.

Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir,
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.

Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la fe su esperanza.
               

En tu palabra confiamos
con la certeza que Tú
ya le has devuelto a la vida,
ya le has llevado a la luz.

Cuando, Señor, resucitaste,
todos vencimos contigo
nos regalaste la vida,
como en Betania al amigo.

Si caminamos a tu lado,
no va a faltarnos tu amor,
porque muriendo vivimos
vida más clara y mejor.

Lo que más me gusta es que se trata de una oración dirigida a Jesús. Por tres veces utiliza el pronombre referido a él: nos dijiste que la muerte, nos hiciste, tuyos somos, (Tú) ya le has devuelto a la vida. Pero hay también tres hermosos adjetivos posesivos: En tu palabra confiamos, Si caminamos a tu lado, No va a faltarnos tu amor. Me gusta que en un trance como la muerte hablemos de “tu Palabra”, “tu lado”, “tu amor”. La canción confiesa con claridad nuestro origen (“Tú nos hiciste, tuyos somos”) y nuestro fin (“Nuestro destino es vivir”). No se trata de un destino ciego, sino de plenitud y felicidad: “siendo felices contigo”. Esto no es fruto de un anhelo vacío, sino de la fe en Jesús (“En tu Palabra confiamos”). En el trance definitivo, sabemos que “no va a faltarnos tu amor”. No me extraña que esta canción se haya hecho popular porque, sin demasiados alardes poéticos o teológicos, consigue transmitir lo esencial de la fe cristiana con respecto a la vida, la muerte y la resurrección.





viernes, 1 de noviembre de 2019

Los santos de la puerta de al lado

Noviembre siempre empieza con la solemnidad de Todos los Santos. Este año, al caer en viernes, es el comienzo de un buen puente otoñal. Imagino que muchas personas están disfrutando de la serenidad de una estación que nos invita a ella. Yo me preparo para ir al gran cementerio Campo Verano de Roma para celebrar la Eucaristía junto a las tumbas de todos los claretianos que han muerto en la Ciudad Eterna. Esta es una costumbre piadosa que las nuevas generaciones ya no entienden. La práctica de la incineración va dejando atrás viejas tradiciones que hunden sus raíces en una visión cristiana de la vida y de la muerte. Cuando pienso en mis hermanos fallecidos los veo como “los santos de la puerta de al lado”, por usar la expresión del papa Francisco en la exhortación apostólica Gaudete et Exultate sobre la llamada a la santidad.  Me parece una expresión feliz en un día como hoy. El papa escribe: “No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente»” (GE, n. 6) Es verdad que hay corrupción por todas partes. Hablamos de ella a menudo. Pero es más cierto que el Espíritu Santo derrama santidad por todo el mundo. Necesitamos caer en la cuenta de este hecho para no naufragar en el abismo de la desesperación.

La expresión “los santos de la puerta de al lado” no es solo una frase bonita. El papa Francisco aclara a quién se refiere con ella: “Me gusta ver la santidad en el pueblo de Dios paciente: a los padres que crían con tanto amor a sus hijos, en esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a su casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo. En esta constancia para seguir adelante día a día, veo la santidad de la Iglesia militante. Esa es muchas veces la santidad «de la puerta de al lado», de aquellos que viven cerca de nosotros y son un reflejo de la presencia de Dios, o, para usar otra expresión, «la clase media de la santidad»”. Los ejemplos que pone tendrían que ser completados con nuestra experiencia personal. A mí me parecen “santos de la puerta de al lado” los jóvenes que, sin convertirse en bichos raros, no se someten a los dictados de la moda y viven su fe con alegría a pesar de que algunos compañeros los ridiculizan; los novios que se preparan para el matrimonio a sabiendas de que muchos de sus amigos practican la mera convivencia porque no creen en la fuerza del sacramento; los cónyuges que afrontan con verdad sus crisis sin recurrir fácilmente a la separación o al divorcio; los jubilados que renuncian a pasatiempos legítimos y dedican tiempo a cuidar a sus nietos o a otros trabajos sociales; los políticos que siguen creyendo en la importancia de luchar por el bien común y no se doblegan a las directrices oportunistas de sus partidos o a la tentación de la corrupción; los sacerdotes que no tiran la toalla aunque su figura social haya perdido reconocimiento y relevancia; los trabajadores que son honrados, competentes y solidarios; los niños que no exigen a todas horas sus caprichos sino que han aprendido a darse a los demás; los misioneros que, a pesar de las dificultades, siguen creyendo en la fuerza del Evangelio; los ancianos que, en vez de estar pidiendo comodidades para sí mismos, siguen preocupándose por sus hijos y nietos; los científicos que no buscan lucrarse con sus descubrimientos sino encontrar soluciones eficaces a los problemas de la humanidad...

Los santos (canonizados o no) nos salvan de la mediocridad. El papa Francisco lo dice con otras palabras: “Dejémonos estimular por los signos de santidad que el Señor nos presenta a través de los más humildes miembros de ese pueblo que «participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad». Pensemos, como nos sugiere santa Teresa Benedicta de la Cruz, que a través de muchos de ellos se construye la verdadera historia: «En la noche más oscura surgen los más grandes profetas y los santos. Sin embargo, la corriente vivificante de la vida mística permanece invisible. Seguramente, los acontecimientos decisivos de la historia del mundo fueron esencialmente influenciados por almas sobre las cuales nada dicen los libros de historia. Y cuáles sean las almas a las que hemos de agradecer los acontecimientos decisivos de nuestra vida personal, es algo que solo sabremos el día en que todo lo oculto será revelado»”. Los periódicos hablan de personas famosas. Nosotros tendemos a pensar que son ellas quienes escriben la historia. En realidad, lo mejor de nuestra humanidad está representado de manera invisible pero eficaz por los millones de “santos de la puerta de al lado”  que son como luminarias en medio de la noche. La mayoría de ellos nunca serán famosos. No podrán competir con Cristiano Ronaldo, Donald Trump o Lady Gaga, pero su influjo positivo es el que nos ayuda a mantenernos vivos.