martes, 20 de enero de 2026

Nadie es un mero espectador


Desde el domingo por la noche seguimos conmocionados por el accidente ferroviario en Adamuz (Córdoba). En el momento de escribir esta entrada, asciende a 41 el número de víctimas mortales. Es probable que aumente a medida que se inspeccionan los vagones precipitados en un talud. Mientras unos ponen el acento en la atención a las personas afectadas, otros se concentran en investigar las causas del accidente. No son tareas incompatibles. Ambas son necesarias, aunque la primera tiene prioridad. 

Cada vez que suceden tragedias de este tipo se disparan también las preguntas: ¿Por qué ha sucedido? ¿Qué se puede hacer para evitar catástrofes semejantes? ¿Cómo ayudar de manera eficaz a quien sufre? En muchos casos las preguntas se disparan contra Dios: ¿Por qué permite un Padre amoroso que muera gente inocente? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta unidireccional. A menudo, lo único que podemos hacer es aprender a convivir con las preguntas, incluso a soportarlas, a la espera de que la vida misma nos vaya ofreciendo elementos para responderlas en el momento oportuno.


He pasado bastantes veces por el tramo de vía en el que se produjo el accidente. Nunca se me ha ocurrido pensar que el tren pudiera descarrilar. Hemos crecido con la convicción de que tanto el tren como el avión son medios de transporte muy seguros. Estadísticamente, sigue siendo verdad. Hemos avanzado mucho en seguridad, pero eso no significa que podamos evitar todos los accidentes en todas las ocasiones. 

Aceptar que la vida está llena de riesgos es una de los aprendizajes que nos ayuda a madurar. No vivimos -y nunca viviremos- en un mundo perfecto. Por otra parte, los avances tecnológicos no siempre van acompañados por avances humanos. A veces, cuando logramos altas cotas de desarrollo material, nos quebramos psicológicamente por cualquier minucia. De una manera u otra, siempre tenemos que lidiar con la imperfección, la fragilidad y la contingencia. No es fácil aceptar este hecho ineludible e integrarlo en nuestro proyecto de vida.


Durante las horas que han pasado desde el accidente en la noche del domingo he pensado mucho en los familiares y amigos de las víctimas, en su desconcierto casi insuperable. He pensando también en las muchas personas que se han volcado en su ayuda, desde los habitantes de Adamuz hasta los distintos servicios de socorro: sanitarios, bomberos, policía, ferroviarios, Cáritas, protección civil, etc. Los seres humanos tenemos un sexto sentido para intuir que la desgracia de cualquiera de nosotros es, en el fondo, nuestra propia desgracia, que nadie es un mero espectador cuando el mal golpea a nuestros semejantes. 

Por eso, somos capaces de un altruismo que va desde los gestos más sencillos de solidaridad (proporcionar una bebida caliente o una manta) hasta el heroísmo. En cada uno de nosotros conviven, por decirlo simbólicamente, un lobo y un cordero. Podemos devorarnos movidos por el egoísmo, pero podemos salvarnos impulsados por la fuerza del amor. Siempre saldrá vencedor el “animal” al que más alimentemos a lo largo de la vida.

viernes, 16 de enero de 2026

Sin humildad no hay futuro


Se habla mucho de la progresiva decadencia del imperio estadounidense y de la emergencia del imperio chino (y quizás ruso). Hace más tiempo que se viene reflexionando también sobre la decadencia de Europa y, más ampliamente, de Occidente. Abundan los indicadores, pero no es fácil hacer interpretaciones consistentes cuando los acontecimientos están en curso. Solo desde una larga perspectiva histórica se podrán comprender los fenómenos actuales. Así como las expansiones imperiales suelen ser muy rápidas, las decadencias conservan una fuerza inercial que puede durar siglos y se solapan con la emergencia de nuevas fuerzas hegemónicas.

Por otra parte, las interpretaciones están muy ligadas a nuestro concepto del tiempo. Un occidental tiende a ser cortoplacista. Espera los resultados de una acción en el menor tiempo posible. Un oriental (y, más concretamente, un chino) tiende a ver el tiempo de forma más dilatada. Piensa en términos de medio y largo plazo. Sabe que lo esencial es hacer una buena siembra. No tiene prisa por recolectar la cosecha. Llegará abundante en el momento oportuno.


Además de la diferente concepción del tiempo, hay una actitud que acelera la decadencia. Es el orgullo. Europa, que ha dejado hace tiempo de ser un actor de primer nivel en el tablero mundial, sigue conservando un orgullo histórico. Se considera ejemplo de racionalidad, ciencia, democracia, defensa de los derechos humanos, etc. No valora en su justa medida lo que está sucediendo en Asia y África; por lo tanto, no aprende. Se siente a gusto en su papel de maestra, pero no de discípula. El resultado es que se está quedando rezagada en investigación científica, avance tecnológico, innovación empresarial, etc. Pretende vivir de sus rentas históricas, de la comodidad que proporciona la sociedad del bienestar, de la seguridad garantizada por el aliado estadounidense. Quiere progresar sin mucho sacrificio y sin largos procesos de transformación. 

Para salir de su postración Europa necesita una sobredosis de humildad. Necesita aprender de lo que hoy se está gestando en algunos lugares de América, África y, sobre todo, Asia (cuna de grandes civilizaciones y laboratorio de nuevas propuestas). De no hacerlo, acabará siendo víctima de su propia grandeza. El pasado se convertirá en un fardo pesado que le impedirá abrirse al futuro. Comodidad y porvenir suelen ser malos aliados.


No sé si esto se puede aplicar también a la Iglesia en general y a la vida consagrada en particular. Creo que sí. Hay muchas lecciones que podemos aprender. A la iglesia europea, por ejemplo, se le está haciendo cuesta arriba abrirse a la sinodalidad, cuando hay otras iglesias que llevan décadas caminando desde esta clave. Las congregaciones religiosas fundades en Europa siguen defendiendo a capa y espada que ellas son las depositarias auténticas del carisma y que tienen que enseñar a las nuevas comunidades que surgen en otros continentes, sin dejarse cuestionar a fondo por ellas. 

En el origen de estas y parecidas prácticas suele haber una actitud radical de orgullo y autosuficiencia. Nos cuesta aceptar con humildad que podemos (y debemos) aprender de otros, que el Espíritu no solo actúa en la vieja Europa, sino en cualquier rincón del mundo, que necesitamos, en definitiva, dejarnos espolear y acompañar por cristianos de otras latitudes. Sin humildad no hay futuro. Jesús lo decía de otra manera: Si no os hacéis como niños, no podréis entrar en el reino de los cielos.

miércoles, 14 de enero de 2026

Halcones y palomas


El lunes pasado comenzamos el tiempo ordinario. La liturgia nos invita a ir siguiendo el camino de Jesús en la trama de la vida cotidiana. Hay días serenos y luminosos en los que todo parece encajar como una obra de marquetería japonesa. Otros, por el contrario, están repletos de sobresaltos y contratiempos. Cuesta reconocer que Dios siga siendo nuestro aliado. Tenemos la impresión de que nos deja “solos ante el peligro”, pero sin la fortaleza de Gary Cooper. Los altibajos son normales en la superficie de la vida. Lo que importa es que la paz no se vea perturbada en el fondo. 

Mientras en las últimas semanas se multiplican las noticias sobre el auge católico en nuestra España descreída, abundan más las que se refieren a los cambios en el tablero geopolítico del mundo. Como siempre, no es fácil formarse una opinión objetiva cuando dependemos tanto de los medios de comunicación, la mayoría de los cuales sirve a intereses particulares y editorializa las noticias según ellos. En lo que todos parecen coincidir es en que hemos empezado un 2026 muy caliente. Se habla de Venezuela, Irán y Ucrania, pero los focos de fuego están repartidos por otras regiones del mundo. 

Frente a la partitocracia burocrática, están creciendo las propuestas autoritarias. Su atractivo es evidente. Para muchos ciudadanos, estos líderes fuertes afrontan los problemas, al menos en el corto plazo, con más realismo, rapidez y eficacia. Personajes como Trump, Bukele, Meloni, Orban, Putin, Erdogan o Milei representan un giro que ha desconcertado a los partidos tradicionales, convertidos muchos de ellos en sistemas clientelares casi mafiosos que viven para servirse de la política, no para servir a los ciudadanos desde la política. No es extraño, pues, que estos líderes tengan tirón popular y, al mismo tiempo, sean rechazados por parte de la clase política tradicional, que no tolera outsiders incontrolables en sus filas.


No sé qué rumbo tomarán los acontecimientos a lo largo de este año, pero las luces rojas están encendidas. La historia nos enseña que, por lo general, las propuestas autoritarias prosperan cuando las democracias se corrompen y debilitan, cuando dejan de servir a los ciudadanos y se enrocan en enfrentamientos estériles. El problema, pues, hay que afrontarlo en su raíz. Lo urgente no es combatir a la “ultraderecha” -como sostienen algunos líderes agotados y corruptos- sino fundamentar con solidez y regenerar la vida democrática. 

No hay democracia sin demócratas. No hay democracia sin honradez. No hay democracia sin participación real. Desplazar el acento a quienes critican el sistema es taparse los ojos. Lo que ocurre es que muy pocas personas competentes y honradas quieren asumir el riesgo de entrar en política. No quieren acabar consumidos por el sistema sin haber logrado algunos cambios imprescindibles. Eso hace que se abran camino los cachorros de los partidos, la mayoría de los cuales no han hecho otra cosa que vivir a costa de la política, sin experiencia de gestión o de actividad profesional en el ámbito de la sociedad civil.


Mi esperanza es que la crisis actual signifique un revulsivo para repensar a fondo la democracia y no dar por descontado que consiste en lo que se ha venido haciendo hasta ahora. Modelos que fueron eficaces después de la segunda guerra mundial se están revelando inútiles para este primer tercio del siglo XXI. No es lo mismo la sociedad industrial que la digital. No se maneja igual la lógica de la guerra fría que el multilateralismo. 

Hay ya pensadores que están sugiriendo vías nuevas, pero estas no acaban de llegar a la política. Una vez más, los intereses son más poderosos que los principios. Abundan en internet vídeos en los que se afirma sin pestañear que siempre ha sido así, que el mundo se mueve a base de equilibrio de fuerzas y que la guerra ha sido el verdadero motor de cambio en la historia. De ahí a una tercera guerra mundial hay solo un paso. En este contexto, las lúcidas y valientes palabras del papa León XIV al cuerpo diplomático parecen papel mojado. Los halcones (casi) siempre vencen a las palomas.

domingo, 11 de enero de 2026

Aviso para navegantes


Termina hoy el tiempo litúrgico de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor. Se completa así el belén que hemos ido montando a lo largo de casi tres semanas. A los personajes principales (Jesús, María y José), a los secundarios de lujo (ángeles, pastores y magos) y a los malvados (Herodes y compañía), se unen hoy las dos figuras esenciales, sin las cuales nunca entenderíamos de qué va esta película, quién es de verdad este Niño que ha nacido en Belén. Son personajes misteriosos que aparecen en escena de manera simbólica: uno en forma de paloma y otro como voz

El primero es el Espíritu Santo (paloma) y el segundo el Padre (voz). Junto con Jesús forman la Trinidad Santa. Mientras los dos personajes permanecen invisibles, Jesús aparece como el signo visible de Dios, su verdadero “sacramento”. Esta manifestación de su identidad más profunda está ligada al rito del bautismo en el Jordán. La adoración de los magos, las bodas de Caná y el bautismo en el Jordán son tres momentos esenciales de la “epifanía” (manifestación) del Verbo de Dios hecho carne humana.


En nuestra sociedad racionalista no estamos preparados para captar el significado profundo de estos símbolos. Nos parece que no pasan el control empírico al que sometemos las realidades que consideramos “verdaderas”. Pero la fe no se deja domesticar por el método de las ciencias naturales. Lo desborda por la derecha y por la izquierda. La fe va derecha al corazón de la realidad, no a sus indicadores medibles. Iluminados por la Palabra de Dios, hoy aprendemos que Jesús no es solo un hombre extraordinario, dotado de altas cualidades morales y con grandes dotes de persuasión. No es solo un taumaturgo o un líder revolucionario que moviliza a las masas. 

Jesús es el Hijo amado en el que el Padre se complace. Jesús es también el ungido por el Espíritu Santo “que manifestará la justicia a las naciones” (Isaías) y “que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hechos de los Apóstoles). No se puede entender a Jesús sino en referencia al Padre y al Espíritu con los que constituye la Trinidad Santa. Esta identidad profunda, revelada al comienzo de su misión, será sometida a prueba a lo largo de su vida. Las “tentaciones” formarán parte de su itinerario existencial, pero nunca podrán destruir la realidad. (También nosotros estamos sometidos a la tentación de reducir a Jesús a un hombre interesante).


Con el trasfondo del Bautismo de Jesús, meditamos sobre nuestro propio bautismo como experiencia de identidad. ¿Quiénes somos cada uno de nosotros? La identidad más profunda no viene determinada por nuestro sexo, etnia, lengua, extracción social o lugar de nacimiento. Por el bautismo hemos sido incorporados a Dios como hijos en el Hijo. Nuestra identidad más profunda consiste en ser hijos o hijas de Dios, ungidos por el Espíritu Santo que clama en nuestro interior: “Abbá, Padre”. Esta identidad radical nos cura de las falsas identidades que se han ido inoculando en nosotros y que constituyen barreras con los demás. Solo cuando tomamos conciencia de nuestra identidad radical como hijos o hijas de Dios, podemos ver a los demás como hermanos en Cristo. 

Esta fraternidad universal es el fundamento y la salvaguardia de la paz y la justicia. Por eso, en un momento en el que parece que el mundo arde y que se está subvirtiendo el “(des)orden mundial”, necesitamos saber quiénes somos en verdad, por qué los otros son dignos de respeto, por qué los hijos de Dios (todos sin excepción) son dignos e inviolables, aunque no siempre podamos justificar sus obras. La paz mundial nunca será el resultado de un mero acuerdo horizontal, sino el fruto de una verdadera fraternidad que nace como reflejo de la filiación: “Somos hijos, luego somos hermanos”. La fiesta del Bautismo de Jesús con la que cerramos el ciclo de Navidad es más que una mera conmemoración. Es un aviso para navegantes.



sábado, 10 de enero de 2026

¿Para qué sirve la fe?


Ha pasado una semana desde la muerte del padre Luis Alberto Gonzalo Díez (1964-2026), miembro de mi comunidad, en Oviedo. Durante estos días hemos recibido infinidad de mensajes de condolencia. Gonzalo era muy conocido en el ámbito de la vida consagrada hispanoamericana. Muchas personas lo recuerdan como alguien que les ayudó a abrir caminos. Sus reflexiones eran -en palabras de la colombiana Liliana Franco- “oxígeno para la vida consagrada”. A medida que pase el tiempo se comprenderá mejor el alcance de sus intuiciones. Él era muy consciente de la crisis que vivimos. Sabía que muchas cosas tienen que cambiar. Mantenía una inquebrantable esperanza en la fuerza de esta forma de vida cristiana, a la vez que alentaba cambios que no fueran epidérmicos, sino que brotaran de las raíces. 

Mientras muchos de sus amigos y conocidos damos vueltas a estas ideas, en todos nosotros se abren preguntas de más calado. Ante la irreversibilidad de un hecho serio como la muerte, es perentorio preguntarse: ¿Para qué sirve la fe en estos momentos? Cuando los miembros de mi comunidad compartimos el pasado jueves nuestras experiencias en una reunión fraterna, cada uno abordaba la realidad de manera muy personal. Coincidiendo en la sustancia, divergíamos en los acentos y matices.


Solo sabemos si creemos de verdad cuando tenemos que vivir de la fe, cuando las experiencias nos confrontan con la realidad, no con los mapas mentales que tenemos sobre ella, cuando pasamos de cartógrafos a exploradores. Ante la tentación de abandonarnos a nuestras ideas y sentimientos por considerarlos criterios de verdad -en línea con el principio cartesiano “Pienso, luego existo”- la liturgia cristiana de la muerte nos ofrece la luz y el consuelo de la Palabra de Dios. No se trata tanto de sentir (elemento subjetivo), sino de creer (elemento objetivo). Lo que cuenta de verdad no es la manera como nosotros concebimos la vida y la muerte, sino el punto de vista de Dios. 

No hemos sido creados para la nada. Cada ser humano es un proyecto divino. La palabra definitiva no es la debilidad, sino el amor. La vida traspasa la muerte. A ninguno se nos ocurren estas cosas por mera intuición. Y mucho menos por deducción lógica. La Palabra de Dios nos regala la verdad divina. Abiertos a ella, confiados en ella, dejamos que nos trabaje por dentro, evangelice nuestros miedos, cure nuestras heridas, habite nuestros silencios y responda a nuestras preguntas. La fuerza de la Palabra no está sujeta a programaciones o calendarios. En cada uno de nosotros actúa de una manera misteriosa, encarnándose en nuestro perfil psicológico, conectando con nuestro itinerario vital, respetando nuestros ritmos. 


En clave puramente utilitarista, la fe no sirve para nada. Es el producto más inútil que uno puede adquirir en el supermercado de actitudes y opciones humanas. Pero la visión utilitarista no es la única en la vida. Cuando contemplas el ataúd en el que yace el cadáver de un hermano u observas a los sepultureros descolgarlo con sogas en una tumba en la que yacen otros misioneros que se han desgastado por el Evangelio, comprendes que hay una sutil pero esencial frontera entre la nada y la plenitud, entre el absurdo y la fe. 

En esos momentos de vacilación, cuando todo parece que se sepulta para siempre bajo una losa de mármol blanco con algunos nombres grabados en letras negras, se activan, como por arte de supervivencia, las palabras eternas de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11,25-26). La pregunta posterior que Jesús dirige a Marta me la dirige hoy a mí: “¿Crees esto?”. Como no hay respuesta humana que esté a la altura de la pregunta divina, le pido prestadas a Marta sus palabras de fe: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11,27). ¿Para qué sirve la fe? La respuesta que hoy me brota del corazón es directa: para vivir con esperanza. ¿Hay algo más necesario en la vida?

jueves, 8 de enero de 2026

La última foto


La primera semana de este año 2026 ha estado marcada en rojo. Nunca imaginé que iba a empezar el nuevo año de una manera tan extraña. Le di la bienvenida rodeado de mi familia en un ambiente hermoso de serena alegría. No habían pasado ni 48 horas cuando, en la fría noche del 2 de enero, recibo una llamada. Sin muchos preámbulos, la voz al otro lado del teléfono me dice: “Ha muerto Luis Alberto Gonzalo”. La noticia ya corría a toda velocidad por las redes sociales. 

Para los lectores del Rincón que no saben quién era este hombre, les diré que era un miembro de mi comunidad claretiana de Madrid. Tenía 61 años. Era muy conocido en el ámbito de la vida consagrada de España y Latinoamérica. Durante quince años (2008-2023) había dirigido la revista Vida Religiosa. Hacía pocos días que había vuelto muy cansado de una misión en México. Tras celebrar la Navidad con todos nosotros, estaba pasando las fiestas de fin de año con su familia en Oviedo. La noticia de su muerte repentina me dejó sin palabras. Apenas pude responder. Enseguida me puse en contacto con la comunidad claretiana de Oviedo para coordinar el acompañamiento a la familia y las primeras gestiones con los servicios funerarios.


El sábado 3 viajé con el provincial de Santiago rumbo a Oviedo. Entrados en Asturias, nos acompañó una densa niebla que hacía lenta y arriesgada la conducción. Las más de cuatro horas del viaje se me fueron en responder mensajes y atender llamadas telefónicas. Infinidad de personas querían expresar sus condolencias e interesarse por los detalles de la muerte de Luis Alberto Gonzalo, que era muy conocido entre las personas consagradas.

Pasamos el fin de semana acompañando el cadáver de nuestro hermano, junto a su familia, en el tanatorio El Salvador. Fueron horas de silencio, oración, saludos a conocidos y desconocidos y breves conversaciones. No sabría decir cuántos recuerdos y preguntas pasaron por mi mente mientras contemplaba tras los cristales el ataúd que contenía los restos de mi hermano claretiano. 

Vivimos en la misma comunidad los cuatro últimos años. Enseguida me di cuenta de que, aunque compartíamos el nombre, nuestros caracteres y formas de ser (y quizás de pensar) eran muy diferentes. También nuestras trayectorias misioneras diferían bastante, aunque tuvieran algunos puntos en común. Estábamos aprendiendo a vivir juntos y a valorar los dones de cada uno. Tengo la impresión de que esa carrera se quedó a la mitad. Hubiéramos necesitado más tiempo de encuentro y diálogo para deshacer prejuicios y explorar caminos nuevos. Los dos creíamos en el poder de la conversación.


Todos los miembros de mi comunidad estamos “tocados”. En nuestra programación navideña no figuraba participar en el funeral y entierro de un hermano nuestro. Se hizo realidad la lógica de este tiempo litúrgico: la vida y la muerte se entrelazan como eslabones de una cadena misteriosa y salvífica. Mors et vita duello. 

A Luis Alberto Gonzalo le gustaba colgar fotos suyas en su cuenta de Facebook. A menudo las acompañaba de pequeños y sugerentes comentarios. Normalmente recibía decenas de “me gusta” porque su red de contactos se extendía por todo el mundo. 

En la última foto se lo ve sentado con su único hermano y su cuñada frente a la mesa de un bar. Sobre ella hay copas de vino blanco, un botellín de cerveza y sus gafas plegadas. Luis Alberto Gonzalo, con el rostro un poco hinchado, esboza una leve sonrisa. No se sentía con muchas fuerzas. La foto la colgó solo un día antes de morir. Iba acompañada por estas palabras: “Somos capaces de empezar un año nuevo gracias a quienes son nuestros, para nosotros, a quienes son familia. ¡Feliz día!”. Valoraba mucho las relaciones. Tenía un peculiar sentido de la amistad y la pertenencia. 

Mirando con respeto y gratitud su última foto, doy gracias a Dios por su vida y le pido que lo incorpore definitivamente a esa familia que no tiene rincones ni fronteras porque todo el espacio lo ocupa Dios.

martes, 6 de enero de 2026

Se completa el belén


A lo largo de un par de semanas hemos ido completando todas las figuras del belén. Las centrales son, por supuesto, Jesús, María y José. El 25 de diciembre la liturgia se centra en el pequeño Niño que nace en Belén. Celebramos la Natividad del Señor. El 1 de enero el foco se proyecta sobre María, la Madre de Dios

Pero en el ciclo navideño hay también muchos otros personajes secundarios que completan el belén. Algunos vienen de los cielos (como los ángeles que anuncian el nacimiento del Salvador). Otros viven a ras de suelo (como los pastores periféricos que se acercan a Belén para adorar al Niño). Unos pocos son siniestros (como Herodes y sus huestes asesinas). Y hay otros (los magos) que vienen de muy lejos. No pertenecen al pueblo de Israel. Son buscadores del Mesías y peregrinos que dejan su tierra y se ponen en camino. Esto es lo que celebramos hoy en la solemnidad de la Epifanía.


Escribo la entrada de hoy después de haber visto por internet la ceremonia de clausura de la Puerta Santa en la basílica de san Pedro. Se termina el Jubileo de la Esperanza, pero no se termina la misericordia de Dios. Dios sigue manifestándose en las encrucijadas de la vida. Estamos llamados a salir de nuestra comodidad y ponernos en camino. 

A Jesús no lo podemos comprar en ningún supermercado. No es un “producto” consumible. Es la “epifanía” (manifestación) gratuita de Dios. Por eso, no hay ningún poder humano que pueda manipularlo o controlarlo. Está a disposición de quienes son capaces de seguir la estrella y mirar dónde se detiene. Hay muchos “magos” modernos que han emprendido búsquedas espirituales semejantes a los magos de Oriente. Es probable que a veces la estrella desaparezca por un tiempo, pero, si perseveramos en la búsqueda, acabará apareciendo de nuevo. 


Los días transcurridos entre la solemnidad de María, madre de Dios y la solemnidad de la Epifanía han estado llenos de sobresaltos. Algunos son de impacto mundial, como el incendio que costó la vida a decenas de personas en Suiza. O como todo lo sucedido en Venezuela. Otros han tenido un alcance más íntimo, como la muerte repentina de un miembro de mi comunidad mientras pasaba unos días con su familia en Oviedo. 

No siempre es fácil reconocer la “epifanía” de Dios en acontecimientos que no estaban previstos en nuestra agenda natalicia. Cada uno hacemos nuestros planes para estos días, pero la vida se encarga de conducirnos a menudo por otros derroteros. No depende de nosotros el curso de los acontecimientos, pero sí la actitud de buscar en todos ellos la estrella que nos lleva a Jesús. Solo postrándonos ante él, entregándole los regalos humildes de nuestra turbación, duda y búsqueda, podemos llegar a vislumbrar la luz.

jueves, 1 de enero de 2026

Novedad, paz, maternidad


2026 ha empezado con niebla, temperatura gélida y calor familiar. El primer día del año tiene tres puntos de referencia: el paso del tiempo, la promoción de la paz y, sobre todo, la celebración de la maternidad divina de María

El primer punto es universal. Todos celebran a su modo el paso de un año a otro. Cada cultura tiene sus ritos. Abundan los fuegos artificiales, los baños en el mar, la ingesta de doce uvas, la quema de objetos viejos, el uso de vestidos especiales… y algunas supersticiones que pretenden atraer la suerte sobre aquellas personas que las practican. Las televisiones nos sirven en bandeja imágenes espectaculares desde Sidney hasta Ciudad de México o Los Angeles. En muchos lugares las personas se reúnen con sus familiares y amigos para cenar y desearse un nuevo año feliz. Las redes sociales estallan con gifs, vídeos y mensajes de todo tipo. A menudo no son creaciones personales, sino reenvíos interminables de materiales reciclados. Las llamadas telefónicas han dejado paso al envío masivo de mensajes cortos en los que apenas se nota la huella personal. El denominador común es un deseo difuso de bienestar, la convicción de que el paso del tiempo puede hacernos mejores, aunque comprobemos una y otra vez que las intenciones apenas se traducen en resoluciones. 


La segunda referencia es la paz. Con motivo de la LIX Jornada Mundial de la Paz, el papa León XIV nos ha dirigido un mensaje titulado “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante”. Extraigo algunas palabras: “Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella”. 

Este Papa está muy preocupado por la paz. Sus informaciones privilegiadas le hacen temer un conflicto de proporciones globales. Por eso, no pierde ocasión para animarnos a todos, creyentes y no creyentes, a cuidar este don precioso sin el cual no podemos desarrollarnos como personas. El cuidado empieza en el santuario de la propia conciencia, allí donde maduran nuestras actitudes y decisiones.


Por último, el punto central de este primer día del año para un cristiano es la celebración de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. A ella, que ha dado a luz a Jesús, le pedimos que, con la fuerza del Espíritu Santo, engendre en nosotros a Dios. El dogma de la maternidad divina de María tiene mucho que ver con nuestro itinerario de fe. Se refiere, en primer lugar, al alumbramiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, pero también a la gestación de Dios en cada uno de nosotros mediante la fe. En un contexto en el que muchas personas dudan de Dios y otras se declaran ateas, la presencia materna de María señala el camino. Ella sigue engendrando hijos en su corazón. 

Por otra parte, en un contexto tan descorazonado como el actual, ella nos enseña a “conservar todo en el corazón” para permitir que Dios llegue hasta nuestro centro personal y nos transforme. Vivir con corazón implica valorar la intimidad y la profundidad frente a la superficialidad, cultivar la cordialidad frente a la indiferencia, vivir la fe frente al miedo. 

En este primer día del año le pedimos a la Madre de Dios que nos ayude a no dejarnos llevar por la prisa, sino a atesorar todo en el corazón para que podamos ser hombres y mujeres de paz y de este modo el año 2026 sea una nueva oportunidad de crecer en la comunión con Dios y en la entrega a los demás.

A todos los amigos de El Rincón de Gundisalvus os deseo de corazón un...