jueves, 27 de marzo de 2025

Las cloacas del poder


Me la he leído en un par de días robando tiempo al descanso nocturno. Salió hace cuatro años, pero la tenía almacenada en el Reader. Espoleado por el reportaje del dominical de El País del pasado domingo sobre la última producción de Javier Cercas -El loco de Dios en el fin del mundo- la rescaté de los estantes de mi biblioteca electrónica. Confieso que me ha enganchado. Me refiero a la novela Independencia. Su título puede prestarse a engaño. No trata sobre la independencia de Cataluña -tema que Cercas ha abordado en numerosas ocasiones- ni tampoco sobre el famoso procès, sino sobre las cloacas del poder y del dinero. O del dinero y del poder, que tanto da. 

Toma como asunto principal la extorsión que un misterioso personaje le hace a la alcaldesa de Barcelona (no se refiere a Ada Colau, sino a una mujer que supuestamente ejerce el cargo en 2025, el año en curso) exigiéndole primero su dinero y luego su dimisión para evitar difundir un vídeo de alto voltaje sexual que recoge algunas experiencias juveniles de la política. El policía Melchor Marín -hijo de una prostituta asesinada, expresidiario, lector impenitente de novelas y famoso por haber sido uno de los héroes cuando los atentados islamistas de 2027 en Barcelona- colabora en la resolución del caso y comprueba que está misteriosamente conectado con un asunto personal de suma trascendencia. No revelo más detalles.


Javier Cercas construye de tal manera el relato que se hace difícil abandonarlo. Domina el lenguaje, el tempo y, sobre todo, la arquitectura de la novela. Aunque he disfrutado mucho con su desarrollo, lo que más me ha afectado es la reflexión implícita y explícita sobre la conexión entre dinero y poder, tan de moda hoy con el tándem Trump-Musk. En realidad, la verdadera independencia en Cataluña la tienen quienes desde hace mucho tiempo detentan (uso deliberadamente este verbo) el poder en la sombra. 

En un momento determinado de la novela, uno de los personajes dice algo parecido a esto: “Los intelectuales tienen ideas, los pobres tienen ideales, pero solo los ricos tenemos el poder”. Y así es en la mayor parte de los casos. Lo que sucede es que incluso los que se sienten intocables, arropados por la seguridad que les da su pedigrí económico y su manejo del poder, pueden acabar mal. La historia tiene muchos meandros, no es un río que fluye siempre en línea recta hacia un mar de independencia absoluta y de exenciones eternas.


Leyendo la novela, he comprobado que a veces me hervía la sangre. Es como si brotara dentro de mí una repulsa visceral, no evangelizada, hacia quienes no tienen inconveniente en pisar a los demás con tal de mantener sus privilegios. Su descaro llega a tal nivel que consideran que es poco menos que voluntad divina que haya explotadores y explotados, privilegiados y descastados. Quizá lo que la novela pone más de relieve es esa conciencia de impunidad que tienen quienes por herencia familiar siempre han estado arriba. Naturalmente, su exquisita educación les impide hacer ostentación de ese dominio. Procuran envolverlo en el papel celofán de la cortesía, las buenas maneras y hasta una cierta camaradería con los de abajo, que no es más que una sutil arma de dominación. 

Llegando a las últimas páginas de la novela, resultaba imposible no recordar las palabras del Magnificat de María: “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos”. También esta es una lección cuaresmal que podemos aprender, aunque resulte incómoda para unos y liberadora para otros.

miércoles, 26 de marzo de 2025

Necesitamos músculo moral


Al presidente del gobierno español no le gusta el término rearme. Y, sin embargo, eso es lo que está haciendo Europa con el objetivo -o con la excusa- de preservar su seguridad. Teniendo en cuenta la permanente amenaza rusa y el cambio en la política estadounidense, Europa cree que tiene que aumentar significativamente su gasto en defensa y prepararse para un posible conflicto. Hay países que ya han mandado manuales de supervivencia a sus ciudadanos. Se habla incluso de cómo se haría el reclutamiento de soldados. Está creciendo en Europa la piscosis de una guerra inevitable. Hemos hecho nuestro el viejo adagio Si vis pacem, para bellum (si quieres la paz, prepárate para la guerra). 

Es difícil saber a qué responde esta estrategia del miedo o, por lo menos, de la precaución. ¿Existe realmente una amenaza rusa? ¿Hay indicios de que Putin quiera seguir invadiendo más países del Este europeo? ¿Hay un acuerdo secreto entre Rusia y Estados Unidos para dividir y debilitar a Europa y, de esta manera, tenerla bajo control? ¿Se teme una invasión islámica? No es fácil distinguir las informaciones de los rumores. 

¿O se trata, una vez más, de atemorizar a la población para justificar el incremento del gasto armamentístico? ¿Qué intereses hay detrás de esta súbita preocupación por la defensa europea? ¿Es verdad que los 80 años de paz en Europa han debilitado al continente y que la única manera de no sucumbir al imperio de la comodidad es activar de nuevo la moral bélica? Como en todos los asuntos oscuros y controvertidos, crecen más las preguntas que las respuestas.


En la carta que el papa Francisco escribió al director del periódico italiano Corriere della sera desde el policlínico Gemelli el pasado 14 de marzo, decía con rotundidad: “Debemos desarmar las palabras, para desarmar las mentes y desarmar la Tierra. Hay una gran necesidad de reflexión, de calma, de sentido de la complejidad. Mientras que la guerra solo devasta comunidades y el medio ambiente, sin ofrecer soluciones a los conflictos, la diplomacia y las organizaciones internacionales necesitan sangre nueva y credibilidad. Las religiones, además, pueden recurrir a la espiritualidad de los pueblos para reavivar el deseo de fraternidad y justicia, la esperanza de paz”. 

Imagino que cuando algunos líderes políticos y hombres de negocios leyeron estas palabras se reirían a mandíbula batiente o, por lo menos, esbozarían una sonrisa conmiserativa: “¡Qué ingenuos son estos hombres de Iglesia! Se creen que los problemas se resuelven a base de rezos y buenas intenciones. Ahora hablan de paz, pero si se sienten amenazados, enseguida pedirán la protección de las armas”. Prefiero tomar en serio las palabras del Papa: Hay una gran necesidad de reflexión, de calma, de sentido de la complejidad. Pues, tratemos de reflexionar sin dejarnos llevar por la presión mediática.


No veo ningún tipo de ingenuidad en las palabras del papa Francisco. La Iglesia acumula una enorme sabiduría tras haber atravesado siglos de mentiras, medias verdades, enfrentamientos y guerras crueles. Es verdad que la historia se ha escrito en buena medida con sangre, incluida la historia de la evangelización. Por eso mismo, hoy sabemos mejor que hace cinco siglos el enorme precio que se paga cuando los seres humanos recurrimos a la guerra como forma de dirimir nuestros conflictos, temores, intereses o ambiciones. 

Creo que los ciudadanos no podemos permanecer pasivos ante el rearme que se nos avecina, como si fuera algo inevitable o incluso deseable. No podemos tragar con el gato de la guerra travestido de liebre de seguridad. Debemos oponernos con firmeza, desenmascarando los argumentos sofistas y creyendo en la fuerza transformadora de la no violencia cuando todo un pueblo (en este caso Europa) se pone en pie de paz. De no hacerlo a tiempo, nos veremos abocados a lo que no queremos. 

Es posible que, tras décadas de prosperidad, Europa se haya convertido en un continente muelle y necesite una sacudida de fuerza. Debe exhibir músculo -es verdad-, pero no militar sino moral. Tiene suficientes recursos para hacerlo. Sería triste que Europa siguiera ostentando el triste récord de ser el continente más belicoso a lo largo de la historia.

martes, 25 de marzo de 2025

Muchos unos


Ayer, a las 20,40, este Rincón alcanzó una cifra de visitas que resulta chocante: 1.111.111 (o sea, un millón ciento once mil ciento once). Siete unos seguidos formando un simpático trenecito numérico. Lo de menos es la cifra. Cuando la veo, pienso en las muchas personas que visitáis este blog desde España, Estados Unidos, Hong Kong, México, Colombia, Francia, Argentina, Venezuela, Guatemala, Alemania, Italia, Suiza, Perú, Países Bajos, Chile, Honduras, Puerto Rico, China (este es el orden según el número de visitas) y otros países con porcentajes inferiores. 

Detrás de cada visita hay una persona, un rostro, una historia. Pienso en el sacerdote o la religiosa que leen el blog desde el ordenador de su escritorio haciendo un altro en su trabajo. O en el laico que aprovecha un descanso para leerlo desde su teléfono móvil mientras viaja en el metro o en el autobús. Pienso en las personas que conozco y que suelen dejar mensajes. Y también en las personas que no conozco, en las que se asoman como de puntillas, sin dejar rastro. Trato de adivinar las historias que hay detrás de cada una.


Muchos estaréis viviendo una etapa de serenidad, de satisfacción laboral y de alegría familiar. Otros quizás estáis lidiando con una enfermedad o estáis sufriendo apuros económicos. Entre los lectores no faltará alguno que esté sumido en la soledad o incluso en la depresión. No dejo de sorprenderme del poder misterioso de la comunicación. A menudo, sin conocernos personalmente, se establece entre nosotros un vínculo que nos ayuda a caminar por la vida con la seguridad de que alguien se hace cargo de lo que vivimos, lo acoge, lo verbaliza y lo proyecta hacia el futuro. 

Sería más entretenido compartir vídeos breves y chispeantes, pero sigo creyendo en el poder de la palabra escrita, en el fruto a largo plazo que produce escribir y leer algo con un poco de esfuerzo y paciencia. Detrás de las 1.111.111 visitas hay un número grande de personas (¿cuántas?) que gozan y sufren, creen y dudan, buscan y se cansan… Esto es lo que justifica la existencia de este discreto Rincón en la selva de internet.


Pienso en todos vosotros en un día en el que celebramos la solemnidad de la Anunciación del Señor. Faltan nueve meses para la Navidad. La fiesta de la Anunciación pasa casi desapercibida en el camino de la Cuaresma y, sin embargo, celebra un misterio sobrecogedor. Si es verdad que el universo (o los universos) comenzó hace unos 13.800 millones de años -cifra que hoy maneja la ciencia y que puede modificar mañana- y que solo empezó a existir el tiempo cuando empezó a existir “algo”, ¿qué o quién es el que puso en marcha todo? ¿Fue una generación espontánea, producto del azar, como piensan muchos, o fue la obra de un supremo Hacedor que nosotros confesamos como el Dios uno y trino? 

En el caso de que creamos en la existencia de este Dios como origen y meta de todo lo que existe, ¿por qué en un momento de la historia, simbólicamente hace 2.025 años, decidió hacerse visible como ser humano en el seno de una adolescente judía? Comprendo que estas preguntas, fuera de un contexto de fe, resultan extrañas y casi ridículas. Conviene, sin embargo, dejarse tocar por ellas, no despacharlas precipitadamente, caer en la cuenta de su envergadura. 

Cuando dejamos que las preguntas nos trabajen por dentro, tarde o temprano emerge una respuesta. No es necesario que sea una respuesta acabada, racional, sino una respuesta que nos ayude a vivir. El Misterio no cabe en nuestro pequeño ordenador personal, por muy listos que nos creamos. No hay nada más racional que reconocer nuestros límites y abrirnos amorosamente al Misterio que nos envuelve.

lunes, 24 de marzo de 2025

Solo trece palabras


El papa Francisco ya está en su apartamento de Santa Marta desde ayer a primera hora de la tarde. Su antigua cama ha sido sustituida por una cama articulada para facilitar su cuidado. Le aguardan dos meses de paciente convalecencia. 

A muchas personas les ha llamado la atención que ayer, cuando se asomó al balcón de una de las habitaciones de la quinta planta del policlínico Gemelli (no de la suya, que está situada en la décima), las únicas palabras que dijo, con voz débil y entrecortada, fueron: “Grazie a tutti. E vedo questa signora con i fiori gialli! È brava!” (Gracias a todos. Y veo a esta señora con las flores amarillas. Es buena). La tal señora es una mujer calabresa de 78 años llamada Carmela que, poco después, declaró: “Se suponía que iba a dar la bendición y en su lugar vio mi manojo de rosas. Le deseo una pronta recuperación y que vuelva a estar entre nosotros”. 

Después de casi 40 días recluido en una habitación de hospital, uno hubiera imaginado que sus primeras palabras iban a ser solemnes o por lo menos piadosas. Ese tipo de discurso más formal lo dejó para el texto que acompañaba la recitación del Ángelus. Él prefirió pronunciar solo trece palabras (quizá doce) y fijarse en un detalle de amor, como cuando Jesús, rodeado por una multitud que lo aplastaba, dijo: “Alguien me ha tocado” (Lc 8,46). O como cuando, en la cena de Betania, poco antes de su muerte, Jesús dejó que su amiga María le ungiera los pies con “una libra de perfume de nardo, auténtico y costoso” (Jn 12,3). El gesto de Carmela, la señora de las flores, va en esa línea de un amor gratuito. El saludo del papa Francisco deja a un lado el protocolo y agradece ese gesto espontáneo. Tenemos mucho que aprender.


No olvido que hoy, 24 de marzo, se cumplen 45 años del asesinato de san Oscar Arnulfo Romero en la Capilla del Hospital de la Divina Providencia de San Salvador que he tenido la oportunidad de visitar en un par de ocasiones. Monseñor Romero pertenece a esa categoría de santos contemporáneos que hacen creíble el Evangelio. Pasó de ser un obispo piadoso y responsable a ser un pastor comprometido y valiente. Esta “segunda conversión” tiene mucho que decirnos a quienes tal vez vivimos una fe demasiado contemporizadora, a quienes fácilmente casamos el Evangelio con la injusticia, la fe con la comodidad. 

En las últimas décadas, las iglesias latinoamericanas nos están ayudando a despertarnos de un letargo que puede sumir a Europa en la noche de la indiferencia. Creo que, en vez de poner el acento en lo que no nos gusta de ellas (sencillamente porque no coincide con nuestras tradiciones y costumbres), deberíamos acoger el “perfume de Evangelio” que exhala el testimonio de tantos cristianos (la mayoría desconocidos) que viven su fe en Dios y en Jesús con sencillez, sin el agobio de quienes nos estamos debatiendo siempre entre la fe y la duda porque vivimos alejados del mundo de los pobres, que es el “lugar teológico” en el que uno aprende a creer. Tanto el papa Francisco como san Oscar Romero nos lo han dicho por activa y por pasiva.

domingo, 23 de marzo de 2025

De zarzas e higueras


Las lecturas de este III Domingo de Cuaresma juegan con elementos del mundo vegetal: una zarza y una higuera. Ambos elementos se comportan de una manera extraña. Moisés se sorprende de ver que “la zarza ardía sin consumirse” (primera lectura) y el agricultor de la parábola de Jesús que tenía una higuera plantada en su viña “fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró” (evangelio). 

El Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, el Dios que es y será, se manifiesta en una zarza ardiente. Ante este fuego abrasador Moisés tiene que descalzarse, que es lo mismo que deshacerse de sus planes y seguridades. Solo entonces está preparado para recibir una misión. A diferencia de lo que hizo Moisés cuando estaba en Egipto y vio cómo maltrataban a uno de su pueblo, ahora es Dios mismo quien hace su análisis de la realidad: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos”. Ese mismo Dios que “ve” el sufrimiento del pueblo es el que emprende una misión en la que quiere involucrar a Moisés: “Voy a bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”.


En el evangelio, Jesús comienza hablando de dos sucesos de crónica negra: el asesinato de unos galileos por parte de Pilatos (y la mezcla sacrílega de su sangre con la de los animales del sacrificio), y la muerte de dieciocho habitantes de Jerusalén aplastados por el derrumbamiento de la torre de Siloé. En contra de la opinión popular, estas desgracias no fueron consecuencia del pecado de sus víctimas. En realidad, todos somos pecadores. El mensaje es claro: Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”. 

La parábola que sigue nos da la clave de actuación. El viñador que cuida la viña (y dentro de ella la higuera seca), le da al dueño, desesperado por no encontrar los esperados frutos, un criterio nacido de la experiencia: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”. Habla de una paciencia operativa. Hay que saber esperar mientras se abona el terreno. Paciencia y compromiso van de la mano.


No es difícil iluminar lo que hoy vivimos desde la Palabra de Dios. También hoy necesitamos que sea Dios quien tome la iniciativa, que nos abra los ojos para ver el sufrimiento de la gente como él lo ve. Nuestros análisis de realidad (sociológicos, políticos, económicos e incluso religiosos) son miopes. Solo el Dios que es y será nos ayuda a comprender la realidad desde la compasión, no desde la mera indignación o desde nuestros intereses. Todo lo que nosotros hagamos solo tendrá sentido si participa de la “misión de Dios”; es decir, si nos sentimos enviados. Donde no hay envío, no hay fruto de liberación. 

Naturalmente, esta misión requiere mucha paciencia porque -como el dueño de la higuera- “tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro”. Nosotros quisiéramos ver enseguida el futo de nuestros esfuerzos. Cuando no llegan en los plazos que consideramos razonables, nos desesperamos y tenemos la tentación de cortar por lo sano. Jesús nos invita a mantener la paciencia del agricultor sabio y a no cruzarnos de brazos: a seguir abonando el terreno y haciendo lo que tenemos que hacer. En el momento oportuno llegarán los frutos.



viernes, 21 de marzo de 2025

12 disciplinas espirituales


Richard Foster, teólogo cuáquero de Estados Unidos, en su obra Celebración de la disciplina. Hacia una vida espiritual más profunda, identifica doce disciplinas espirituales que, según él, son imprescindibles para que el cristiano pueda alcanzar la verdadera libertad. Dado que la Cuaresma es un tiempo de entrenamiento, nos puede ser útil presentar estas doce disciplinas de manera rápida, tratando de conectarlas con algunas realidades que estamos viviendo hoy. Me permito presentarlas con mucha libertad. 


1. Meditación

Vivimos tal sobrecarga de informaciones breves y rápidas, que corremos el riesgo de creer que sabemos muchas cosas, cuando en realidad estamos perdidos. La meditación es esa práctica que nos ayuda a serenarnos para poder concentrar nuestra atención en algunas realidades. Solo esta concentración serena nos permite ir más allá de la superficialidad y profundizar en el significado de las experiencias que conforman nuestra vida.

2. Oración

La oración nos abre a la relación personal con Dios. Es, ciertamente, una actitud que debe impregnar toda nuestra vida, pero es también una práctica que exige reservar algunos espacios y tiempos. Sin una ejercitación regular, podemos confundir la oración con el hecho de tomar conciencia de nosotros mismos o de “vivir el ahora”, como subrayan algunas corrientes espirituales.

3. Ayuno

Esta práctica tradicional, abandonada en buena medida por el catolicismo y reciclada por las escuelas que buscan el bienestar personal, nos ayuda a purificar el cuerpo y el espíritu, pero, sobre todo, a desapegarnos de las adicciones que nos esclavizan. En el pasado se ponía mucho el acento en la comida, la bebida y el uso de sustancias. Hoy añadimos la desintoxicación digital, el lenguaje violento o chismoso y el consumismo.

4. Estudio

Para muchos, el estudio es una práctica reservada solo a los “estudiantes” (es decir, a los que se hallan en alguna de las etapas de la formación inicial). Sin embargo, si queremos seguir creciendo en nuestra comprensión del mundo y de la fe, caminar al ritmo de los tiempos, dar razón de nuestra esperanza, necesitamos cultivar el hábito de leer, profundizar, sintetizar y exponer. Hay algunos libros sencillos -como, por ejemplo, Esta es nuestra fe. Teología para quienes no leen teología, de Luis González-Carvajal- que pueden ayudarnos a introducirnos en el mundo de la teología.

5. Sencillez

Vivimos en un mundo muy sofisticado en el que -como cantaba hace más de veinte años la cantante española María Isabel- podemos confesar que “antes muerta que sencilla”. Parece que la sencillez no casa con el postureo tan presente en las redes sociales y con la invitación constante a cultivar la imagen. La sencillez es fruto de la verdad. Tiene también que ver con la claridad, con la no multiplicación de actos y palabras sin necesidad, con la capacidad de ir a lo esencial.

6. Retiro

No todo el mundo puede permitirse el lujo de alejarse unos cuantos días de su domicilio y vivir una experiencia de silencio en un monasterio o en una casa de espiritualidad. Y, sin embargo, si queremos mantener nuestro equilibrio personal, necesitamos de vez en tomar distancia de las tareas ordinarias y dedicar tiempo a estar en soledad. Hay experiencias que solo se producen cuando dejamos que el silencio nos ayude a descubrirlas.

7. Sumisión

Vivimos en una cultura que valora y promociona la libertad individual, la autonomía y la autoafirmación. Somos alérgicos a cualquier forma (burda o sutil) de dominación y esclavitud. Este es un fruto espléndido de la experiencia de gracia. Y, sin embargo, donde hay apertura a la voluntad de Dios, se requiere también un tipo de sumisión que no es la propia del esclavo, sino la de quien se entrega por amor, la de quien renuncia a su propio yo para que los demás puedan crecer.

8. Servicio

Es verdad que desde hace décadas está de moda la palabra solidaridad. Hemos crecido en sensibilidad ante los males ajenos y estamos dispuestos, al menos emocionalmente, a echar una mano. La fe implica algo más. El servicio es la práctica que nos asemeja al Cristo que no vino a ser servido, sino a servir. Implica la capacidad de renunciar a nuestros privilegios, ceñirnos la toalla de los criados y lavar los pies a quienes necesitan de nuestra ayuda. Lo que determina la calidad del servicio no es lo que a nosotros nos gusta hacer, sino la respuesta a lo que los demás nos demandan o necesitan.

9. Confesión

Para muchos creyentes, confesar los propios pecados y recibir la absolución se ha vuelto una práctica difícil e irrelevante. Y, sin embargo, ha crecido el recurso a la ayuda psicológica. Una cosa no quita la otra. Confesar los propios pecados significa reconocer que no estamos a la altura de la misericordia que sostiene nuestra vida y abrirnos a su fuerza sanadora. El sacramento nos ayuda a ganar en lucidez, humildad y confianza, a dejarnos perdonar por Dios.

10. Adoración

El papa Francisco insiste mucho en que, en la sociedad politeísta e idolátrica en la que vivimos, necesitamos redescubrir el sentido profundo del adorar. Cuando adoramos a Dios, reconocemos su misterio insondable y aceptamos nuestra condición de criaturas. La adoración nos cura del orgullo, pero también de la desesperación. Estamos sostenidos por un Amor que nunca nos abandona. Muchos jóvenes han redescubierto una práctica que vivió tiempos de ocultamiento cuando la espiritualidad puso demasiado el acento en la acción y olvidó que sin Él no podemos hacer nada.

11. Acompañamiento

Caminar solos tiene muchos peligros. El principal es el subjetivismo, el confundir la realidad con lo que nosotros vemos, pensamos y sentimos. La vida espiritual está erizada de “demonios” que intentan desviarnos del camino. Por eso, necesitamos que alguien nos ayude a desenmascararlos y encaminar nuestros pasos en la dirección correcta. Dejarnos acompañar es un signo claro de madurez espiritual. Vivir cerrados en nuestra arrogancia nos impide crecer en la fe.

12. Celebración

La fe necesita ser acogida, profundizada, compartida, anunciada… y celebrada. La liturgia es la fuente y el culmen de una fe madura. Toda celebración nos libera de una fe individualista y nos ayuda a vivir la comunión de la Iglesia. El divorcio entre fe individual y celebración eclesial es quizás uno de los dramas de nuestro tiempo. Necesitamos vivir con alegría el domingo, el “día del Señor”, los diversos tiempos litúrgicos a lo largo del año y, en definitiva, la fuerza de una fe que se hace alabanza.

Este dodecálogo no es una lista de “cosas que tenemos que hacer”, sino una falsilla que nos ayuda caer en la cuenta de nuestros acentos y nuestros olvidos; un recordatorio de lo que nos ayuda a seguir creciendo en la fe.


jueves, 20 de marzo de 2025

Excusas y ensoñaciones


En el momento de escribir estas notas ha entrado ya la primavera en el hemisferio norte. En Madrid no lo ha hecho con un derroche de sol y una cohorte de flores, sino con una nueva borrasca que prolonga las lluvias que nos han acompañado desde hace casi un mes. Esperemos que este marzo lluvioso prepare un abril florido. Las reservas de agua para el verano parecen aseguradas. Tiempo tendremos para disfrutar del sol y del calor. De momento, podemos recrearnos con las nubes y las temperaturas suaves, casi frías.

Si no hace el tiempo que queremos, tendremos que querer el tiempo que hace. No hay otra. Ya dice el refrán que “a mal tiempo, buena cara”, pero no es cuestión de trabajar solo nuestro estado de ánimo, sino de aprender a jugar con las oportunidades que cada situación de la vida, incluso las más adversas, nos ofrece.

La Cuaresma sigue su curso. En el evangelio de hoy leemos la conocida parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro sobre la que he escrito en otras ocasiones. Hoy quisiera acercarme a ella desde un enfoque distinto. Me lo ha brindado un compañero mío. Este enfoque singular parte de una de las frases que pronuncia el rico cuando Abrahán le dice que sus hermanos ya tienen a Moisés y los profetas para saber cómo conducirse en la vida y no dar con sus huesos en “un lugar de tormento”. La frase del rico es conocida: “Si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. El rico no acepta las mediaciones ordinarias, busca algo espectacular, tumbativo. 

Ese “si” condicional encabeza muchas de nuestras excusas en la vida: “Si hubiera nacido en otro lugar y en otra familia…”, “si hubiera tenido las oportunidades que han tenido algunos de mis amigos…”, “si hubiera sido más guapo, o más listo, o más rico, o más simpático…”. Hay excusas que tienen que ver con nuestra falta de compromiso cristiano: “Si las misas del domingo no fueran tan aburridas…”; “si tuviera más tiempo libre…”; “si los curas fueran más inspiradores…”; “si el cristianismo no fuera tan exigente…”, etc.


Mientras nos desangramos con infinitas excusas y ensoñaciones, perdemos las oportunidades que nos brinda lo que somos y vivimos. No estamos llamados a ser como ninguna otra persona porque Dios nos ha querido diferentes, únicos. Compararnos con otros no va a ayudarnos a ser nosotros mismos. Es verdad que en nuestra vida no todo es perfecto, que estamos rodeados de limitaciones personales, familiares, sociales y eclesiales, pero la vida es una batalla en la que tenemos que aprender a sacar partido de lo que somos, no de lo que nos gustaría ser. 

Cuando contemplamos la vida desde las oportunidades que nos brinda más que desde las limitaciones que nos impone, se abre un ancho campo para el crecimiento personal. Aprender a vivir el hoy es uno de los objetivos principales de la vida espiritual. Como el rico de la parábola “tenemos a Moisés y a los profetas”; es decir, tenemos la luz de la Palabra de Dios que nos acompaña en el camino de la vida, tenemos personas que nos quieren, tenemos… Estamos llamados a pasar de las excusas a las decisiones, de las quimeras a los proyectos realizables, de las quejas a los compromisos. Algo de esto es también la Cuaresma.

miércoles, 19 de marzo de 2025

Pepe el nazareno


No sé cuántos Pepes conozco, pero son muchos. El primero, ya fallecido, fue un tío mío. Después, la lista de Pepes ha ido creciendo con numerosos familiares, amigos y conocidos. ¿Por qué a los que se llaman José se los suele denominar con el apodo de Pepe? La explicación más difundida es que el hipocorístico Pepe, correspondiente al nombre José, proviene de la forma en que se denominaba en latín a san José: Pater Putativus (es decir, “padre supuesto”). San José era el “padre supuesto” de Jesús. La expresión latina solía abreviarse con las consonantes iniciales P.P. De ahí proviene el famoso Pepe, si bien -como sucede con casi todo- existen varias hipótesis al respecto. La del pater putativus no es la única, aunque sea la más difundida.


Según el INE, en España hay 515.889 varones que llevan el nombre de José. Su media de edad es de 62,6 años, lo cual demuestra que no es un nombre muy común en las nuevas generaciones. [41.886 (edad media: 55,2 años) se llaman Josep y 5.740 (edad media: 39,2 años) se llaman Joseba]. Más de medio millón de Pepes hacen del nombre de José el tercero más frecuente en España, después de Antonio y Manuel. No está nada mal esta medalla de bronce en las olimpíadas onomásticas. ¿Quién le iba a decir al Pepe de Nazaret que iba a ser tan famoso?

Dios puede convertir en fuerte lo débil y en débil lo fuerte. Muchos “desconocidos” en su tiempo son hoy famosos y muchos famosos acaban siendo unos perfectos desconocidos. De José de Nazaret he escrito muchas veces en este blog. Le tengo una gran simpatía, una silenciosa devoción. Juntando todas las entradas, se puede formar un pequeño tratado de josefología para lectores con prisas. Este año quiero poner el acento en su perfil bajo. Entre sus paisanos, el padre de Jesús podía ser “un tal Pepe” que se dedica a tareas artesanales, un tékton (carpintero, artesano, constructor) de la época. Aquí reside su misteriosa y magnética grandeza.


Un sencillo tékton entra a formar parte del diseño salvífico de Dios para la humanidad. En este guion no tiene un papel protagonista. Podríamos decir que es un secundario de lujo, alguien que, no haciendo, hace; no hablando, convence; retirándose, acompaña. Pepe de Nazaret es un ánfora vaciada de sí mismo para que quepa en ella toda la gracia de Dios. 

En momentos tan egocéntricos como los que vivimos, en los que muchos queremos poner siempre nuestra firma al pie de todo, Pepe de Nazaret nos enseña a retirarnos con sencilla elegancia para que Dios ocupe todo el espacio. Necesitamos inundar la Iglesia y la sociedad de Pepes que no chupen cámara, que no prodiguen sus fotos en las redes sociales, que dejen que Jesús y María nos señalen el verdadero camino.


Felicidades a todos los amigos y amigas que llevan el nombre de José, el “humilde carpintero”

martes, 18 de marzo de 2025

Retirarnos para despegar


Antes de la pandemia, tuvimos varios retiros con algunos seguidores de este blog en el Centro Fragua de Los Negrales, a pocos kilómetros de Madrid. La experiencia fue positiva. Luego llegó el coronavirus y alteró nuestros proyectos. De esa conmoción han pasado ya cinco años, pero se requiere tiempo para volver a la normalidad. Por otra parte, en ese período terminé mi servicio en Roma y vine destinado a Madrid. Llevo ya más de tres años en esta ciudad en permanente construcción. Me parece que ahora se dan las condiciones para volver a convocar uno de esos retiros que a todos nos ayudan a “ajustar las coordenadas” en el mapa de nuestra vida personal, familiar y comunitaria.

La primavera es una buena estación para renacer. La naturaleza actúa como pedagoga. Si, además, la liturgia nos brinda la fuerza del tiempo pascual, se dan los elementos necesarios para pasar “del desencanto al entusiasmo” (o, por lo menos, a una alegría serena). Pero, para eso, hay que salir de donde estamos, ponernos en camino, experimentar algo (con otros, si es posible) y volver renovados a nuestro hogar o comunidad. 

En alguna ocasión he recordado que el obispo norteamericano Fulton Sheen (1895-1979) decía que la dinámica del evangelio podría resumirse en estos dos imperativos: venid e id. En realidad, esta dinámica reproduce el movimiento respiratorio (inhalación y exhalación) y también el movimiento del corazón (sístole y diástole). Si queremos respirar de verdad y si queremos amar en serio, necesitamos continuamente acercarnos a Jesús (venir) y ser enviados por él (ir). Así es como la vida cobra sentido y ritmo. Este es precisamente el objetivo de nuestro retiro pascual.


Escribo esta entrada pensando, sobre todo, en algunos lectores de este blog que nunca han participado en un retiro y que tal vez podrían vivir una experiencia de encuentro con ellos mismos y con Dios. Aunque se trata de un retiro intergeneracional, invito de manera especial a los jóvenes que andan buscando como a tientas y que desean ir más allá de la vida que llevan. Invito a los adultos que en estos años tras la pandemia se sienten un poco confundidos y con escasa alegra de vivir. Invito, en fin, a todos los que quieran vivir su fe con otros, encontrando nuevos estímulos para insertarse más activamente en sus parroquias o comunidades.

Os dejo a continuación algunos datos que os ayuden a tomar una decisión. Os agradecería que quienes desean participar, me lo comuniquen a la dirección de correo electrónico que figura en el siguiente cuadro antes de del 31 de marzo.


RETIRO DE PASCUA
para lectores y amigos de El Rincón de Gundisalvus

Fecha: Del viernes 9 de mayo (a las 8 de la tarde) al domingo 11 de mayo (después de la comida).

Tema: “De quemados a encendidos” (cómo pasar del desencanto al entusiasmo en la vida de fe).

Lugar: Casa de Espiritualidad. Misioneros Claretianos. C/ Corredera, 1. Colmenar Viejo (Madrid).

Inscripción: Los que deseéis participar, podéis escribirme a esta dirección: gonfersa@@hotmail.com.


lunes, 17 de marzo de 2025

¡Esa foto!

 

Desde que el papa Francisco ingresó en el hospital Gemelli, hemos recibido casi cada día un escueto parte médico informando sobre su estado de salud. Lo que empezó siendo una fuerte bronquitis se transformó luego en neumonía bipolar con diversas complicaciones. Hacia finales de febrero, se temía lo peor. Los últimos partes, sin embargo, hablan de una lenta evolución positiva. Durante un mes no se publicó ninguna foto del Papa en el hospital. Ayer distribuyeron la primera los servicios informativos del Vaticano. 

Es una foto singular. Me llama la atención que se haya difundido en el segundo domingo de Cuaresma. Precisamente el día en que la liturgia nos presenta el relato de la transfiguración, que narra que a Jesús se le iluminó el rostro, contemplamos una foto del anciano Francisco en la que apenas se le ve el rostro. Vemos con claridad el cuerpo de Jesús crucificado sobre una cruz iluminada, pero de Francisco solo vemos la parte lateral derecha de su cabeza encanecida y una especie de esbozo de su párpado y del extremo de la nariz.

La foto nos hurta el rostro de Francisco y, sobre todo, la fuerza de su mirada. En realidad, se podría decir que es una foto sin identidad. La claraboya de nuestro misterio personal es el rostro y, dentro de él, los ojos. Cuando no vemos el rostro de una persona o cuando sus ojos permanecen tapados, no sabemos en realidad quién es. Más que ver a Francisco, vemos a un anciano sentado en una silla y revestido con alba blanca y estola morada. El mensaje que la foto transmite es más bien triste. Es como si hubiera desaparecido el sujeto (enfermo sí, pero sujeto lleno de dignidad, al fin y al cabo) y solo conociéramos de él su edad avanzada y su condición ministerial.

Cabe una interpretación más benévola. No vemos el rostro de Francisco porque su verdadera identidad es seguir a Jesús, aunque en la foto no parece que en ese momento esté dirigiendo la mirada hacia la cruz que pende de la pared frontal. Imagino que el fotógrafo vaticano ha querido ahorrarnos la contemplación de un Papa quizá muy débil y demacrado, pero eso me parece un grave error. Si somos capaces de contemplar al Cristo crucificado y deshecho, ¿por qué no podríamos contemplar con parecido respeto a un Papa desmejorado tras un mes en el hospital? 

Todavía somos prisioneros de la cultura de la imagen. Todavía nos gusta maquillar la realidad en vez de proponerla como es. Una foto podría ser una hermosa lección de teología encarnada, pero me temo que se ha contentado con ser una respuesta mediocre a la curiosidad general.

domingo, 16 de marzo de 2025

El efecto espejo

“Ni por un millón de dólares haría el tipo de trabajo que usted hace”, le dijo una vez un periodista a Madre Teresa de Calcuta. Ella respondió: “Yo tampoco. Pero lo hago porque veo al Cristo sufriente en cada uno de ellos”. Cuando somos capaces de ver el rostro de Dios en los pobres, en los que sufren, ellos también ven el rostro de Dios en nosotros. 

Es la experiencia del encuentro de Cristo con Cristo, la experiencia del encuentro del Cristo sufriente con el Cristo compasivo. Moisés volvió con el rostro radiante después de su encuentro con Dios (cf. Ex 34,29-35). En el evangelio de este II Domingo de Cuaresma leemos que en Jesús se produjo un fenómeno semejante, pero mayor: “el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos” (Lc 9,29).


Los cristianos hablamos de transfiguración. Es una experiencia que Jesús tuvo en lo alto de la montaña, mientras oraba, y que, de alguna manera, todos tenemos cuando entramos en relación con Dios a través de la oración. En ella, también nosotros nos transfiguramos, recuperamos el brillo de nuestra verdadera identidad. Todos hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios. Ese rostro ha sido manchado y desfigurado por un uso errado de la libertad. Necesitamos ser pulidos en el “monte de la oración” para ver el rostro de Dios reflejado en los pobres que viven en el “valle de la vida cotidiana”. 

En el momento en que empezamos a ver el rostro de Dios en los pobres, ellos son capaces de ver también el rostro de Dios en el nuestro. Este es el hermoso “efecto espejo” de una vida cristiana auténtica. Quizá esa falta de reflejo de una realidad en otra explica nuestra mediocridad.

viernes, 14 de marzo de 2025

El desapego


Apenas veo la televisión. Solo unos minutos después de la cena. Ayer me quedé algo más porque me sorprendió la entrevista que Pablo Motos le hizo al cantante venezolano José Luis Rodríguez –“el Puma”– en El Hormiguero. En algunos momentos me pareció casi una meditación cuaresmal. No entró a juzgar su coherencia porque desconozco los entresijos de su azarosa vida. Habló desde la altura de sus 82 años y desde su experiencia de hombre trasplantado. En efecto, debido a una fibrosis pulmonar idiopática incurable, fue sometido a un doble trasplante de pulmones el 17 de diciembre de 2017 en el hospital Jackson Memorial de Miami. 

La intervención quirúrgica fue un éxito, de modo que, tras un largo período de recuperación, pudo volver a su carrera como músico, cantante, actor, productor, etc. Ahora se prepara para el encuentro definitivo con Dios cuando le visite la muerte. Confesó que le gustaría llegar a cumplir los 90 años, pero que estaba listo para la partida en cualquier momento.


No conocía yo muchos detalles de la biografía de El Puma, aunque fue un cantante famoso en los años 80 en España. Entre otras cosas, se deshizo en elogios a Manuel Alejandro  al que calificó como un compositor “sastre” porque tiene la capacidad de hacer canciones a la medida de sus intérpretes, entre los que se cuentan algunos de los mejores artistas hispanohablantes: Raphael, Rocío Jurado, Julio Iglesias, José José, Luis Miguel, Isabel Pantoja, etc. 

En 1973 el Puma abandonó su fe católica y se bautizó en una iglesia protestante en Puerto Rico. Desde entonces, ha procurado vivir su fe con profundidad. La experiencia del trasplante de los pulmones ha sido un parteaguas en su itinerario espiritual. Ahora no le tiene miedo a la muerte. Es solo un paso entre vivir con Dios “en la tierra” o vivir con él “en el cielo”. En cualquier caso, su presencia es la que da sentido a todo. Desde esa clave, habló con mucha elocuencia sobre la importancia de irnos desapegando de todo para que el momento de la muerte nos sorprenda “ligeros de equipaje, como diría Antonio Machado. “No he visto a nadie –añadió con una suave ironía– que se lleve al cementerio en un camión todas las pertenencias que ha ido acumulando en esta vida”.


Me llamó mucho la atención su insistencia en el arte del desapego (detachment), algo que se acentúa mucho en las espiritualidades orientales y que forma parte también de la espiritualidad cristiana:  El desapego es una práctica diaria. Venimos solos y nos vamos solos. Es algo mucho más profundo que la renuncia a los bienes materiales. Significa trascender, sin menospreciar, todos los vínculos que nos unen a las cosas y a las personas para vincularnos a Dios como fuente del ser y meta de nuestra existencia. Este desapego nos da una gran libertad interior y nos prepara para el encuentro definitivo con Dios. 

Que lo dijera un cantante famoso que ha disfrutado las mieles del éxito y del dinero me resultó especialmente chocante. Y más en un contexto en el que se nos estimula constantemente a caminar en dirección contraria: o sea, a acumular dinero, contactos, experiencias, viajes, como si esa acumulación fuera a darnos la deseada felicidad.

Mientras El Puma contaba su experiencia con un discurso muy bien articulado y con una dicción perfecta, a Pablo Motos se lo veía entre asombrado y confundido. De hecho, no sabía bien cómo repreguntar porque quizá no se esperaba un testimonio de esta naturaleza en un programa de entretenimiento. Y menos en boca de alguien que se mostró como un gran defensor de la risa y de la diversión. En fin, hay veces que la televisión nos sorprende positivamente.

jueves, 13 de marzo de 2025

Cuerpo anciano, espíritu joven


Hoy se cumplen doce años del comienzo del pontificado del papa Francisco. La logia de san Pedro de aquella tarde lluviosa del 13 de marzo de 2013 ha sido sustituida por una cama de hospital en este 13 de marzo de 2025. Los periódicos dedican hoy artículos a este simbólico aniversario, aunque los deportivos concentran todo su afán en comentar el partido cardíaco que ayer disputaron el Atlético de Madrid y el Real Madrid en el infierno del Metropolitano. 

El número 12 tiene fuertes raíces bíblicas. 12 fueron las tribus de Israel y 12 fueron los apóstoles elegidos por Jesús. Si sigue la mejoría, es probable que al papa Francisco le dan el alta la próxima semana y que continúe su convalecencia en la Casa Santa Marta del Vaticano, su residencia habitual. Lo que es más incierto es si estará en condiciones de ejercer su ministerio petrino con el mínimo de salud requerido. Lo iremos viendo en las próximas semanas. No creo que Francisco tenga pensado renunciar, a menos que sus condiciones empeoren mucho.


¿Qué han significado estos doce años de pontificado de Francisco para la vida de la Iglesia? Es muy pronto para hacer un balance. En muchas ocasiones he escrito sobre Francisco en este blog. A ellas me remito. No quiero repetir lo que he compartido a lo largo de estos años. Hoy me concentro solo en un punto: la importancia que él da a los procesos por encima de los eventos. El significado más obvio de la palabra proceso es “acción de ir hacia delante”. Para Francisco tiene un significado más hondo y preciso. En la exhortación apostólica Evangelii gaudium (publicada el mismo año de su elección), al hablar de los cuatro principios que orientan el desarrollo de la convivencia social, se refiere al primero: “el tiempo es superior al espacio”. En él habla de lo que entiende por proceso. Lo explica así en el número 223:
Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad”.

No es preciso hacer muchos comentarios. Cuando el papa Francisco habla, por ejemplo, de que “el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio” no está pensando solo en el evento del reciente Sínodo sobre la sinodalidad, sino en un proceso de larga duración que va a implicar muchos cambios en el devenir de la vida de la Iglesia. Y lo mismo cabría decir en relación con la prioridad de la Iglesia “en salida misionera y samaritana”, la misión de la mujer en la comunidad cristiana, el significado del ministerio petrino en el dialogo ecuménico, etc. Humanamente, resulta admirable que un anciano entre 76 y 88 años haya abierto tantos caminos que parecían casi intransitables. Es evidente que en un cuerpo anciano aletea un espíritu joven.

Durante estos doce años se han ido plantando semillas (todas ellas se encontraban ya en el depósito del Vaticano II) que requerirán un cultivo paciente y que producirán frutos espirituales, misioneros, litúrgicos y canónicos. Acompañar este proceso con paciencia será el desafío de los sucesivos pastores.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Han pasado cinco años

Sí, han pasado cinco años desde que empezamos a vivir la pesadilla de la pandemia. Recuerdo que por aquellas fechas escribí en este blog que “estábamos en guerra”. Con el paso del tiempo vamos descubriendo datos que nos pasaron desapercibidos en aquellos primeros días de confusión. Vemos con más claridad los heroísmos y las miserias de muchos. 

Se insistía entonces en que, tras la crisis, saldríamos más fuertes. Supongo que ese término era polisémico. Podía significar que, vencido el virus, nos habríamos vuelto más lúcidos, más resilientes, más solidarios, más cuidadosos y quizá hasta más religiosos. Dudo mucho de que este haya sido el balance a cinco años vista.

Lo que percibo con claridad es que, tras el confinamiento forzoso, creció el afán por viajar. De hecho, el turismo está registrando récords históricos.  Parece que todos necesitamos movernos, salir, conocer otros lugares, casi como si estuviéramos huyendo de los fantasmas domésticos. Pero poco más. 

No veo indicadores de que se haya reforzado la sanidad pública (como se pedía con insistencia en aquellos días) o de que haya crecido de manera significativa la ética del cuidado. Creo, más bien, que ciertas prácticas de “distanciamiento social” (como se decía entonces) se han convertido en hábitos. Veo a las personas más individualistas que hace cinco años, más cerradas en su caparazón afectivo, con menos ganas de implicarse en las relaciones interpersonales.

Tampoco la crisis significó una mayor conciencia de nuestra fragilidad y una mayor apertura a Dios. No creo que muchas personas hayan hecho esta lectura. Lo que percibo es, más bien, un deseo de pasar página cuanto antes, de superar la pesadilla colectiva y de recuperar la normalidad. Lo cual significa que, si se produjera otra pandemia de parecidas características, volveríamos probablemente a cometer los mismos errores. 

Nos cuesta mucho aprender de la experiencia. Preferimos refugiarnos en una suerte de amnesia colectiva para ahorrarnos el esfuerzo de pensar, analizar y anticipar respuestas. Quienes padecieron muy de cerca las consecuencias de la pandemia porque perdieron a seres queridos siguen cargando con pesadas cruces que no encuentran fácil alivio. Cinco años es muy poco tiempo para hacernos cargo de la dura Cuaresma colectiva que entonces vivimos, pero no conviene olvidarla.

martes, 11 de marzo de 2025

Preguntas de siempre, respuestas de hoy


El cientificismo no es de ayer. Sigue habiendo personas que creen que todo se puede explicar con la ciencia. Una de ellas es el biólogo británico Timothy Coulson, que acaba de publicar un libro de casi 500 páginas titulado La historia universal de nosotros: un viaje de 13.800 millones de años, desde el Big Bang hasta ti. No he tenido oportunidad de leerlo, pero, a juzgar por lo que su autor dice en una reciente entrevista, sus argumentos no difieren mucho de los de otros hombres de ciencia como Stephen Hawking, Lawrence Krauss o Richard Dawkins. Conviene acercarse a ellos porque quizá todos en algún momento de nuestra vida hemos pensado que, si hay alguna respuesta razonable a la pregunta de por qué existe el ser y no la nada, esta tendría que venir solo de la ciencia. 

Cuando se es joven, es muy difícil no sucumbir a la ilusión de que la ciencia lo puede explicar todo y, en consecuencia, declararse ateo (Dios no existe) o agnóstico (no sabemos si Dios existe o no). A medida que uno va acumulando experiencia y algo de conocimiento, cae en la cuenta de que la realidad es tan enigmática e inabarcable que comienza a explorar distintos enfoques y perspectivas. Puede echar mano de otros libros, como, por ejemplo, 60 preguntas sobre ciencia y fe respondidas por 26 profesores de universidad. Si dispone de humor y tiempo, puede leer con mucho provecho el libro del biofísico y teólogo irlandés Alister McGrath titulado La ciencia desde la fe. Los conocimientos científicos no cuestionan la existencia de Dios. Es uno de los mejores que conozco para abordar este asunto con objetividad y apertura.


Todo comienza con el viaje del asombro al conocimiento, que nos lleva a sobrecogernos ante la extraña racionalidad del universo. Es casi seguro que en algún momento de este viaje seremos víctimas del reduccionismo físico. Pensaremos que somos solo átomos y moléculas y que -como dice McGrath con un poco de ironía- “bailamos al son del ADN”. Con el paso del tiempo, sobre todo si hemos experimentado “algo”, caemos en cuenta de que la religión no elimina el relato científico, sino que lo trasciende y enriquece. Es difícil encontrar a científicos maduros que sigan “creyendo” en el ateísmo. Abundan más los creyentes o, por lo menos, los teístas. 

Y, sin embargo, se vende como verdad incuestionable que la ciencia anula la fe y que los hombres del conocimiento racional no pueden ser creyentes. Tendríamos que hablar más sobre estos asuntos tomando conciencia de nuestros prejuicios, ateniéndonos a los hechos y ensanchando todo lo posible el campo de la búsqueda y del debate. Es verdad que la ciencia nos ayuda a conocer mejor la realidad, pero afirmar que es el único modo de hacerlo es una afirmación muy poco científica. También la Cuaresma es una buena oportunidad para hacernos las preguntas que a menudo duermen en el baúl de nuestra conciencia y que no afrontamos por pereza intelectual y por conformismo moral. 



lunes, 10 de marzo de 2025

Oyentes y servidores de la Palabra


No sabe uno con qué carta quedarse. Hay muchos que piensan que el autoritarismo un poco estrambótico de Donald Trump será el instrumento para lograr la paz en Ucrania, aunque sea pagando el injusto precio de la explotación. Otros creen que Trump pretende contentar a Rusia para concentrar sus fuerzas en China, su verdadero enemigo, en el afán por imponer un régimen tecnocrático (inspirado por Elon Musk) que acabe con la democracia como se ha entendido hasta ahora y concentre el poder en una élite de ricos mesiánicos. Europa, como casi siempre en las últimas décadas, permanece perpleja. Ha decidido aumentar su presupuesto militar para defenderse por sí misma en previsión del abandono estadounidense. 

Por otra parte, sabe muy bien que, si deja sola a Ucrania, pronto caerán las repúblicas bálticas bajo el yugo ruso (Putin sueña con reconstruir e incluso aumentar los límites de la vieja Unión Soviética) y la seguridad del viejo continente estará en grave riesgo. La contrapartida es que el incremento del gasto militar europeo acabará afectando negativamente a otras partidas presupuestarias que garantizan el actual bienestar. Si esto se consuma, es probable que, llegado el momento, haya una fuerte protesta social. Mientras todo esto se va cociendo a fuego lento (Dios quiera que no entremos en la temida y cada vez más nombrada tercera guerra mundial), el papa Francisco permanece en la habitación de un hospital romano respirando oxígeno supletorio y ejerciendo el liderazgo de la fragilidad desde la cátedra de un sillón hospitalario y con el hilito de voz que le permiten sus pulmones heridos.


Todas estas cosas -¡tan mundanas!- son descaradamente cuaresmales. Nos hablan de desequilibrios, tentaciones de poder, diosecillos de andar por casa, inversiones millonarias, cruces no deseadas, desiertos interminables, viacrucis de inocentes abandonados… Estos vaivenes humanos adoptan formas tecnológicas en el siglo XXI, pero son tan viejos como la humanidad. La Biblia les ha puesto nombres simbólicos: comer del árbol del jardín, construir la torre de Babel, adorar el becerro de oro, etc. No tendríamos que extrañarnos mucho de lo que sucede hoy porque los elementos sustanciales forman parte del mismo guion humano. 

Ya hemos visto esta película muchas veces a lo largo de la historia, aunque hoy la interpreten actores nuevos y se utilicen decorados vanguardistas. En momentos así, nos hace mucho bien la luz que nos brinda la Palabra de Dios, desde libros como el Génesis (colección de mitos que describen insuperablemente los conflictos humanos) hasta la verdad histórica revelada/ocultada por un libro tan enigmático y liberador como el Apocalipsis. Sin la fuerza de la Palabra, corremos el riesgo de perder la esperanza, de entrar en un estado confusional que acabe con nuestras ganas de vivir. Si algo puede aportar la comunidad cristiana en este momento laberíntico es el tesoro de la Palabra de Dios. No tendríamos que renunciar a ser sus oyentes atentos y sus humildes servidores.

domingo, 9 de marzo de 2025

Creer es inútil

 

No hay desierto más vasto y peligroso que la propia conciencia. Ese es el verdadero desierto en el que Jesús se vio sometido a prueba a lo largo de toda su vida, desde el comienzo de su misión hasta su muerte. Y ese es también el desierto en el que cada uno de nosotros tenemos que librar la batalla de la autenticidad. La Palabra de Dios de este Primer Domingo de Cuaresma nos ayuda a afrontar esta dinámica humana desde la experiencia vivida por Jesús. Como el antiguo pueblo de Israel estuvo 40 días peregrinando por el desierto, así también Jesús pasa 40 simbólicos días en su particular desierto. La diferencia sustancial es que, mientras el pueblo sucumbió a numerosas tentaciones (incluida la idolatría), Jesús se mantiene firme y acrisola el verdadero sentido de su identidad divina y su misión liberadora. 

También él, en su humanidad frágil, experimenta la tentación de ser un mesías eficaz, poderoso y admirado, pero se resiste a ella movido por la fuerza del Espíritu y guiado por la Palabra de Dios. Lucas pone en labios de Jesús tres versículos de la Escritura que exorcizan el poder del maligno. Ese poder insidioso no se manifiesta solo al comienzo de la misión de Jesús para desfigurarla por completo, sino que lo acompaña hasta el momento final. No en vano, el relato de Lucas que leemos en el evangelio de hoy concluye así: “Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión” (Lc 4,13). Por eso, Jesús debe alimentarse continuamente de la Palabra de Dios para no dejarse embaucar por la continua palabra seductora del diablo.


Sin tentaciones, sin pruebas, no sabemos cuál es el peso y el valor de nuestra fe. Podemos confundirla con nuestros deseos o sueños. Hoy vivimos en un contexto en el que las tentaciones revisten formas muy sutiles, pero todas emparentan con las tres grandes tentaciones de Jesús. Quizá la más fastidiosa es la que tiene que ver con la inutilidad de la fe. ¿Para qué sirve creer en Dios? ¿Es muy distinta la vida de los que creen de la de quienes no creen? ¿Nos ayuda en verdad la fe a ser más felices, a resolver los problemas familiares, a encontrar un trabajo digno y a superar un cáncer? ¿Se puede lograr a base de oración la paz en Ucrania o la salud del papa Francisco? Desde un punto de vista pragmático, la fe es perfectamente inútil. 

Entonces, ¿cuál es su verdadero sentido? La respuesta se la da Jesús al maligno en el desierto de su conciencia: “No solo de pan vive el hombre”. En la versión de Mateo que leemos en el ciclo A, se añade “sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4). Es verdad que como seres humanos necesitamos “pan” (es decir, alimento, refugio, trabajo, etc.), pero la necesidad más profunda es la de encontrar un sentido a nuestra vida. Este no nos lo brinda la ciencia o la técnica. Solo Dios puede dar sentido a la obra de sus manos.