miércoles, 9 de febrero de 2022

Me equivoqué de camino


Celebrar 50 años de matrimonio es un canto a la vida y al amor, un canto de gratitud a Dios. Cada vez hay más parejas que llegan a esta fecha y la superan con creces. Yo tuve la fortuna de celebrar las bodas de oro de mis padres hace ya 15 años. Pero, ¿qué pasa cuando se acerca ese aniversario o han pasado 30 o 40 años de vida en común y los cónyuges tienen la impresión de haber enfilado un callejón sin salida? ¿Qué se puede celebrar cuando caen en la cuenta de que se equivocaron en el discernimiento inicial o de que no han sabido crecer juntos y cada uno ha enfilado un camino personal diferente, aunque sigan viviendo bajo el mismo techo? ¿Cómo se derrotan los demonios de la rutina, la incomunicación, la susceptibilidad, la frustración y la tristeza? No sé si un sacerdote célibe es la persona más adecuada para escribir sobre lo que sucede dentro de la vida de algunos matrimonios, pero hoy siento la necesidad de reflexionar sobre un hecho que algunas amigas han querido compartir conmigo. 

Sobre el matrimonio se proyectan tantos sueños y expectativas (a veces completamente utópicos) que luego no resulta fácil gestionar la carga del día a día. Lo que comienza siendo una aventura atrayente puede convertirse con el paso del tiempo en una pesada cruz. Cuando aumentan las cargas diferenciales, se pierde la capacidad de diálogo y se olvidan los detalles de cariño, entonces puede emerger la sensación de fracaso. ¿Qué hacer entonces? ¿A quién recurrir? ¿Sirve para algo la fe en Dios o es perfectamente prescindible en momentos de crisis?

Las mujeres tienden a buscar refugio en los hijos y los nietos. El ejercicio de la maternidad las compensa, al menos durante un tiempo, de su desengaño matrimonial. Los hombres se lanzan al trabajo, buscan esparcimiento con los amigos o escapan a través de vicios y aficiones. Pero, ¿constituyen estas “falsas salidas” una solución al problema? En el caso de las personas creyentes, se puede usar también la fe para hacer planteamientos desajustados. Se interpretan las dificultades matrimoniales como una prueba del Señor o como la cruz que hay que cargar en la vida. 

Conozco algunos casos en los que el exceso de compromiso eclesial de uno de los cónyuges (asistencia a muchas reuniones, participación en actividades parroquiales, campañas solidarias, responsabilidades catequéticas o litúrgicas, etc.) ha ido minando la armonía conyugal. Se olvida que el primer compromiso cristiano de los casados es cuidar el propio matrimonio. Esa es la mejor forma -bendecida con un sacramento- de contribuir a la vida de la Iglesia desde la preocupación por la iglesia doméstica. Huir de las crisis matrimoniales -a menudo de forma inconsciente- a través de un compromiso eclesial, de estar mucho tiempo fuera de casa, no es nunca la solución, sino una forma de desplazar y agravar el problema. 

Si se actúa cuando se producen los primeros síntomas de desafección es posible aprovechar la crisis para crecer juntos, pero, ¿qué se puede hacer cuando ha pasado ya mucho tiempo y no se tienen ganas ni fuerzas para afrontar el problema, ni siquiera para pactar una separación razonable? Detrás de algunos matrimonios en apariencia estables y bien compenetrados se esconde un fracaso compartido. Los jóvenes lo intuyen, por eso son tan reacios a emprender proyectos matrimoniales que exijan una fidelidad para toda la vida. No acaban de creer que esto sea posible y no están dispuestos a fingir una armonía inexistente o a cargar con el peso de la rutina para salvar los muebles de la aceptación social.

Estoy convencido de que, en contra de lo que se suele decir, el matrimonio cristiano no es una institución obsoleta, sino, en cierto sentido, una experiencia por descubrir, una vocación de futuro que exige una cuidadosa preparación y un cultivo constante. Para compartir una vida no es suficiente sentir atracción mutua y dedicar mucho esfuerzo a asegurar la estabilidad económica. Se requiere una mística de la convivencia que ayude a ir afrontando los pequeños problemas cotidianos y las eventuales crisis. 

Es verdad que para los creyentes la fe cristiana constituye la fuerza principal en esta tarea, pero es peligroso convertirla en una especie de maquillaje para tapar las inconsistencias personales. Los problemas hay que afrontarlos de acuerdo a su naturaleza. No es lo mismo un problema de relación sexual que una disparidad de criterio sobre la compra de una casa, la educación de los hijos, el tiempo dedicado a ejercer la profesión o el programa de vacaciones. Al final, todo acaba influyendo en todo puesto que somos, al fin y al cabo, una unidad psicosomática y espiritual. Por eso, las soluciones o son integrales o no son verdaderas soluciones. 

Solo un diálogo permanente que ayude a poner todas las cartas sobre la mesa permite no ir acumulando sospechas y resentimientos que a veces acaban en ruptura. Creo que también es necesario poner de relieve la “revolución de la ternura”, la capacidad de expresar el amor a través de los pequeños detalles de delicadeza que lo mantienen vivo y de compartir con seriedad las responsabilidades de llevar adelante un proyecto común. Cuando la mayor parte del peso (atención a los hijos, economía, cuidado de la casa, etc.) recae solo sobre uno de los cónyuges, tarde o temprano se produce el desgaste. 

¡Cómo desearía que las personas que están atravesando por situaciones semejantes encontraran un poco de luz y fuerza para no terminar sus vidas con la conciencia de haber recorrido un camino equivocado!  ¡Cómo me gustaría poder compartir su camino y, en la medida de lo posible, echar una mano! Es mi oración de hoy. 

1 comentario:

  1. Hay que buscar compensaciones y como dices, la mujer suele refugiarse en los hijos y nietos y el hombre “en sus cosas” que no siempre coinciden con las necesarias para sacar la familia adelante. Siempre se puede encontrar la excepción.
    el matrimonio cristiano no es una institución obsoleta, sino, en cierto sentido, una experiencia por descubrir, una vocación de futuro que exige una cuidadosa preparación.
    Se requiere una mística de la convivencia que ayude a ir afrontando los pequeños problemas cotidianos y las eventuales crisis.
    Los problemas hay que afrontarlos de acuerdo a su naturaleza, por más que todo influye en todo.
    Se necesita: … “diálogo permanente” que ayude a poner todas las cartas sobre la mesa… … la “revolución de la ternura”… “… compartir con delicadeza las responsabilidades de llevar adelante un proyecto común”.
    Pues si, Gonzalo, tu como sacerdote célibe, puedes acompañar muy bien a parejas con problemas e incluso, antes que lleguen los problemas, por tu visión y comprensión de la vida. Gracias.

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