lunes, 17 de junio de 2019

¿Quieres bailar con él?

Los problemas con Internet me han impedido colgar mi entrada del sábado. La de hoy, solemnidad de la Santísima Trinidad, llega cuando en Europa ha comenzado ya el lunes. La escribo en un remoto rincón en la frontera entre Bolivia y Brasil. Es la ciudad de Guayaramerín, junto al río Mamoré. El intenso calor y la fuerte humedad no me animan a escribir, pero no quiero sucumbir a su fuerza pegajosa. Llegar hasta aquí fue una odisea. El cuatrimotor que debía traerme desde Santa Cruz de la Sierra hizo una escala en Trinidad. Lo que en principio iba a ser una cuestión de 30 o 40 minutos se convirtió en una pesadilla de cuatro horas. La única ventaja es que cuando aterricé en Guayaramerín al filo de las seis de la tarde, el sol ya no era el astro justiciero que no deja títere con cabeza sino una luminaria vencida que dejaba paso a una luna casi llena. 

Había visitado este lugar fronterizo hacía 15 años. Muchas cosas han cambiado, pero siguen existiendo todos los fenómenos asociados a los lugares como este y que el lector puede fácilmente adivinar. Las fronteras son siempre lugares de intercambio y contrabando, de fuga y acogida, de buscadores y truhanes. 

He pasado el día en una finca que la parroquia de la Inmaculada Concepción –regentada por los claretianos– tiene a solo diez minutos en coche desde el centro de la ciudad. Es un espacio encantador lleno de árboles frutales y de otras especies. Corre un arroyo cristalino. Hay una piscina natural y hasta un criadero de peces. Corretean las gallinas y los patos. Y hay naturalmente algunos cobertizos preparados para las reuniones parroquiales, los retiros y las fiestas. Hoy nos hemos dado cita unas 130 personas. Eran representantes de los diversos grupos que componen esta extensa parroquia. Tras una presentación inicial acerca de los Misioneros Claretianos, cada grupo ha ido explicando su cometido en la comunidad. Hemos terminado con un poco de música y un almuerzo de hermandad. Ha reinado un ambiente festivo y fraterno. Yo me he acordado del adagio “la Trinidad es la mejor comunidad”. Y así es. Dios es un misterio de amor que nos envuelve en su danza. Estoy un poco harto de que en un día como hoy la mayoría de los predicadores empiecen sus homilías diciendo que este es un misterio insondable, que no hay modo de explicarlo… y expresiones de este tipo. ¿Cómo no va a haber modo de decir algo si creemos que hemos sido hechos a imagen y semejanza de Dios? Llevamos la huella del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo impresa en nuestro ADN. Somos una Trinidad diminutiva. Contemplando el misterio del ser humano, barruntamos quién es el Dios revelado por Jesús. No estamos ante un enigma matemático o metafísico sino ante un misterio de amor.

Nos sabemos criaturas. Nos sabemos salvados. Nos sabemos vivificados. Son tres experiencias que marcan a fuego la dinámica de nuestra vida cristiana. Las tres reflejan la acción de Dios en nosotros. En el Credo confesamos que creemos en “Dios Padre todopoderosos, creador del cielo y de la tierra de todo lo visible y lo invisible”. La criatura que somos se estremece ante su Creador. 

Confesamos también que creemos en “un solo Señor Jesucristo… que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo… se encarnó… fue crucificado…padeció y fue sepultado…resucitó al tercer día… subió al cielo… está sentado a la derecha del Padre…y de nuevo vendrá con gloria”. Sin él seguiríamos encerrados en la cárcel de nuestro pecado. Jesús es el salvador. 

Confesamos, por último, que creemos “en el Espíritu Santo, señor y dador de vida”. Cada vez que experimentamos que estamos vivos, que somos libres, que amamos, estamos reconociendo la acción del Espíritu en nosotros. 

¿Hay algún parecido entre esta experiencia amorosa y liberadora y la imagen que muchas personas siguen teniendo de Dios? ¿Qué tiene que ver ese Dios frío y altanero que la literatura ha recreado infinidad de veces con el Dios revelado por Jesús del que nosotros, hombres y mujeres de barro, somos imagen y semejanza? No podemos privarnos de una experiencia tan maravillosa por el prurito de decir que ya nos hemos liberado del “sueño dogmático”. Dios (el Padre, el Hijo y el Espíritu) no se cansa de habitar en nuestro corazón, de seguir llamando a nuestra puerta y de invitarnos a una danza de amor infinito. Voulez vous dancer avec lui?

2 comentarios:

  1. Hola Gonzalo, saber que estás en Guayamerin me ha hecho sentir aún más cercana a ti... Estuve en la casa de los Misioneros claretianos que tienen en el centro de la ciudad, acompañando a un grupo de jóvenes de Campos de Trabajo... Revivo los contrastes que viví allí... De ello hará unos veinte años...
    Respondo a tu pregunta: Oui, je veux dancer avec lui...
    Gracias Gonzalo por ir compartiendo tus experiencias... Continuamos unidos por la oración... Un abrazo.

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  2. Gracias, Gonzalo, por desafiar las circunstancias climáticas y compartir tu experiencia y la preciosa reflexión que nos regalas. Mi oración para que sigas haciendo el bien donde te encuentres

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