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viernes, 22 de abril de 2016

El síndrome de Facebook

El pasado 5 de marzo escribí sobre amigos y seguidores, las dos categorías “evangélicas” que se usan en las redes sociales Facebook y Twitter. No pensaba volver sobre el tema en las próximas semanas, pero ayer un compañero de comunidad me confesó que acababa de cerrar su cuenta de Facebook porque le parecía una demostración impúdica de exhibicionismo, un vicio de gente que no tiene mucho que hacer. Poco después, me llamó la atención la noticia de la muerte de un hombre de 51 años, con síndrome de Diógenes, que murió completamente solo y rodeado de basura, pero… con 3.544 “amigos” en Facebook. Y para rematar la jugada, el asesor vaticano de redes sociales, afirmaba tajantemente en una larga entrevista: “El Papa tiene que estar en Facebook”. 

Todo esto me ha hecho volver sobre el tema. Creé mi cuenta de Facebook el 9 de julio de 2009, hace casi 7 años. Durante este tiempo he tenido etapas de todos los colores. Últimamente entro todos los días, aunque solo sea para colgar el enlace al post de este blog. Me propuse no pasar de 500 amigos, pero ya voy por 609. ¡Y eso que procuro aplicar el criterio de dar acceso solo a quienes conozco físicamente! Por lo general, accedo a Facebook desde mi ordenador, casi nunca desde el teléfono móvil. Esto me permite una distancia de seguridad. No soportaría estar permanentemente conectado. Confieso que la mayoría de las cosas que cuelgan mis "amigos" apenas me interesan. Como es natural, pienso que lo mismo les sucede a ellos con lo que cuelgo yo. Nunca pongo fotos de otras personas sin su permiso porque tampoco me gusta que pongan fotos mías. En fin, que la lista de condiciones es larga. De todos modos, con frecuencia me pregunto si no estaremos siendo prisioneros en una inmensa plaza que nos prometía una gran libertad y un espacio de comunicación creativa. El tiempo nos irá mostrando las consecuencias. De entrada, me sirve un principio aplicable a otras muchas cosas de la vida: ni sacralizar ni demonizar. Basta hacer un uso instrumental.

Como es normal, a estas alturas de la película se han multiplicado los estudios sobre los efectos de Facebook. Y se han diagnosticado verdaderas adicciones. Como no es posible garantizar la fiabilidad de todo lo que se publica, lo mejor es que cada uno nos preguntemos qué está sucediendo con nosotros mismos: ¿Nos roba más tiempo del que sería razonable? ¿Nos sumerge en un mundo ficticio? ¿Hace que ajustemos nuestra identidad a las expectativas de nuestros “amigos”? ¿Altera nuestra concepción del espacio y del tiempo hasta el punto de desubicarnos? 

Creo que hablar de estas cosas nos ayuda a tomar conciencia de lo que estamos viviendo y, en cierta medida, contribuye a minimizar sus riesgos.

Os dejo con un par de vídeos. El primero nos ofrece 11 razones para dejar Facebook.


El segundo es un cortometraje amateur titulado: “Atrapado en la red social”. Si os animáis a compartir vuestra experiencia o vuestra opinión, abajo tenéis espacio para los comentarios. 


sábado, 5 de marzo de 2016

Amigos y seguidores

Soy un usuario habitual de dos redes sociales: Facebook y Twitter. La verdad es que me siento más cómodo en la primera que en la segunda, quizá porque permite explayarse más. Los detractores de estas redes dicen que están hechas para los exhibicionistas (en el caso de Facebook) y para los narcisistas (en el caso de Twitter). Creo que no andan desencaminados. Las redes pueden ser –y creo que, de hecho, lo son en muchos casos– el sustitutivo de una comunicación directa, franca y espontánea. Al final, uno puede quedar completamente en-redado; es decir, prisionero de mecanismos que no controla, víctima de un anónimo Gran Hermano que registra tus preferencias, relaciones, vocabulario más usual, etc. El tiempo nos dirá hasta qué punto estas “redes sociales” no son sino sofisticados mecanismos para “pescar conciencias”, en cuyo caso el término red sería muy apropiado.

Pero de lo que hoy quiero hablar es de la terminología que cada una de las redes usa. En Facebook, las personas que se relacionan con nosotros son nuestros “amigos” (friends), mientras que Twitter habla de “seguidores” (followers). Yo tengo ya la friolera de 600 amigos en Facebook. No quisiera sobrepasar esta cifra. Me propuse no aceptar a nadie que no conociera de antemano, pero no siempre he sido fiel a este criterio. En Twitter, uno no elige  o acepta a sus seguidores, sino que ellos se adhieren espontáneamente. La diferencia es significativa. En Facebook domina la relación, mientras que en Twitter prevalece la admiración.

Lo que más me sorprende es que las dos categorías de socios (amigos y seguidores) son típicamente evangélicas. Jesús se dirige a los suyos –sobre todo, en el evangelio de Juan– llamándoles amigos: “Ya no os llamo siervos sino amigos” (Jn 15,15). A algunos los invita a que lo sigan de cerca:  “Seguidme, y yo haré que seáis pescadores de hombres. Y dejando al instante las redes, le siguieron” (Mc 1,17-18). ¡Hasta se habla de redes (no sociales, claro está)! A veces tengo la impresión de que todo lo que los discípulos de Jesús tiramos a la basura (por ignorancia, cansancio o afán de novedades) se recicla de mil maneras en esta "cultura supermercado" en la que vivimos.