domingo, 4 de octubre de 2026

Parábolas picantes


Hoy se celebra el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, el santo más admirado y menos imitado. Pero, como la fiesta coincide con el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario pasa a un segundo plano, excepto para la ciudad de Asís y la inmensa familia franciscana. O quizá no. El Evangelio de hoy es “franciscano” de principio a fin. Es la conocida parábola del propietario de una viña que la arrienda a unos trabajadores esperando recibir el fruto a su tiempo. Pero no solamente no recibe nada, sino que sus enviados son asesinados e incluso su hijo corre la misma suerte: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.

Es obvio que cuando se escribe el Evangelio de Mateo a finales del siglo I se está pensando en los judíos que han rechazado el mensaje de Jesús y en los paganos que lo han acogido con alegría. La conclusión de la parábola es terminante: “Os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Estas palabras de Jesús se actualizan en cada momento histórico y en cada contexto social y eclesial. No es difícil aplicarlas a la situación que hoy vivimos. Me invento algunas versiones para andar por casa. 


Jesús podría decir hoy algo parecido a esto: “Habéis nacido en el seno de familias de tradición católica. Habéis asistido a colegios privados o concertados de inspiración cristiana. Habéis hecho la primera comunión y habéis recibido la confirmación. Pero pronto os habéis cansado de ser mis seguidores, seducidos por un estilo de vida que antepone el placer al sacrificio, el lucro a la solidaridad y el poder al servicio. Os habéis alejado de la comunidad de la Iglesia porque ya no os dice nada. Abrazáis todas las causas que están de moda porque mi Evangelio os parece rancio y mi comunidad obsoleta. 

Dado que habéis rechazado con más o menos decisión el tesoro de la fe, se lo concederé a hombres y mujeres que provienen de familias secularizadas, que han estudiado en colegios públicos y no han tenido la oportunidad de hacer el Camino de Santiago o participar en una JMJ. Ellos me descubrirán como Camino, Verdad y Vida, se sentirán atraídos por la fuerza de mi Evangelio, pedirán el bautismo de adultos, se sentirán miembros activos de la Iglesia y procurarán vivir su compromiso cristiano en todos los ámbitos”.


Por si esta versión resultase demasiado intimista, admite otra más social y cultural: “Dado que la mayoría de los países de larga tradición cristiana (sobre todo, los europeos) os sentís muy adultos y os habéis emancipado de la tutela de la Iglesia, habéis sustituido los valores del Evangelio por vuestra moral autónoma y habéis desertado de la vida sacramental, me mostraré con fuerza a muchos hombres y mujeres de África, América y Asia. Ellos acogerán con humildad el don de la fe y producirán frutos de renovación, incluso en el seno de vuestras sociedades secularizadas”. 

Lo normal es que, ante estas versiones un tanto heterodoxas, reaccionemos con desdén o con enojo. En ese caso, la parábola nos habrá tocado por dentro y habrá alcanzado su objetivo. Jesús no cuenta parábolas para entretener o instruir, sino para remover el corazón y llamar a la conversión. Francisco de Asís entendió esto tan a la letra que incluso hoy su vida nos resulta exageradamente provocativa. En el mejor de los casos, la admiramos, pero sin sentirnos interpelados por ella; en el peor, la consideramos excéntrica y fuera de nuestro alcance. Así nos quedamos con la conciencia tranquila. 


sábado, 3 de octubre de 2026

Retiro de fin de semana


Si miro el tiempo meteorológico, me sereno, aunque las lluvias están haciendo estragos en el sureste y Cataluña. Pero si miro el tiempo social, me sulfuro. Las lluvias de este fin de semana acercan el otoño. Lo he comprobado esta mañana paseando por el entorno de la plaza de España y viendo el color rojizo de las hojas de los liquidámbares. Todo me transmitía belleza y serenidad. A esa hora había poca gente. Solo los madrugadores que paseaban a sus perros o los corredores que trotaban como desesperados aprovechando el frescor de la mañana. Estuve a punto de acercarme a la Puerta del Sol, como hice el pasado sábado, pero no quise. Las cosas se han puesto feas. No sintonizo ni con el fondo ni con las formas de esa acampada que algunos han querido presentar nada menos que como símbolo del Reino de Dios, pero que a mí me parece, en buena medida, una performance distractiva. 

Quizá hemos confundido la visibilidad con la eficacia. Una tienda de campaña atrae cámaras; una pancarta contundente, y a veces ingeniosa, obtiene miles de reacciones; una consigna simplifica el conflicto y mueve a las personas. Sin embargo, transformar la realidad requiere algo menos vistoso y más paciente: propuestas viables, negociación, perseverancia, capacidad de convencer y voluntad de aceptar que ninguna solución seria cabe entera en un eslogan. Protestar es legítimo. Convertir la protesta en un fin en sí mismo resulta estéril.


Hay razones justas detrás de la protesta.
El acceso a una vivienda digna se ha vuelto casi imposible para muchos jóvenes y para no pocas familias. Los alquileres absorben una parte desproporcionada de los salarios, la inseguridad se prolonga y algunos desahucios producen una comprensible indignación. Una sociedad que condena a sus miembros a vivir siempre de prestado, sin horizonte de estabilidad, debería preguntarse qué está haciendo mal. 
Pero reconocer la justicia de una causa no obliga a justificar cualquier método. 
Ocupar durante días uno de los espacios más transitados de Madrid, dificultar el paso, alterar la vida de comerciantes y vecinos o convertir la plaza común en territorio de una sola voz no fortalece necesariamente la reivindicación. A veces la debilita. Cuando una protesta exige ser escuchada, pero deja de escuchar a quienes soportan sus consecuencias, corre el riesgo de reproducir aquello mismo que denuncia: la imposición del más fuerte sobre el más débil.

Admiro a las personas de buena voluntad que buscan soluciones justas y rápidas al problema de la vivienda. Quizás haya algunas en el campamento de Sol. Merecen mi respeto y solidaridad. Pero recelo de quienes “secuestran y ensucian la calle” para exigir una vía comunista, éticamente injusta y técnicamente irrealizable. No sé si en alguna etapa de mi vida sentí simpatía por estos movimientos sociales capitaneados por burgueses que pueden vivir sin trabajar y que, megáfono en mano, dicen hablar en nombre de los obreros y los pobres, aunque se muevan en otros círculos. Pero, desde luego, ahora no. Me parecen una burda manipulación sostenida por algunos partidos de izquierda que necesitan siempre buscar o inventar confrontaciones (la lucha de clases es su dinámica social) y aireada por medios de comunicación que se mueven con lógica capitalista, pero a los que les gusta jugar con informaciones rompedoras para dar una imagen “progresista” y provocativa.


Sí, el tiempo social está que arde, a pesar de las lluvias otoñales. No sé qué decidirá el presidente del gobierno después de un nuevo retiro de fin de semana. Aunque la convocatoria de elecciones sería lo más higiénico desde el punto de vista democrático, me temo que encontrará argumentos (sería mejor decir triquiñuelas) para agotar la legislatura y, de paso, agotar la paciencia de muchos ciudadanos. No de todos, porque, por extraño que parezca, todavía hay una ancha base social que apoya esta deriva con argumentos tan especiosos como que el presidente representa un dique contra la ultraderecha y el fascismo y que, con su gallarda figura, nos sitúa en “el lado correcto de la historia” (expresión cursi que se ha puesto de moda en los últimos años entre políticos y comunicadores de izquierda). 

En un blog como este no debería exponerme tanto, pero las cosas han llegado a tal punto de degradación democrática que no me parece correcto parapetarme en una imposible neutralidad. Sé que la estrategia del gobierno pasa por utilizar el problema de la vivienda (no resuelto por él en ocho largos años de mandato) como un salvavidas de última hora antes del naufragio, lo cual demuestra -una vez más- hasta qué punto se pueden retorcer las cosas para mantenerse en el poder. El llamado “maricarmenismo” es la penúltima mutación de un gen que, en vez de resolver problemas, tiene una rara habilidad para crearlos, amplificarlos y luego vender soluciones falsas. El gobierno es pirómano y bombero al mismo tiempo, sin que muchos ciudadanos perciban la más mínima contradicción. Todo sea en aras del progresismo que nos coloca “en el lado correcto de la historia” (conviene repetir a menudo este estribillo para que cale hondo).


La estrategia para neutralizar las voces críticas es etiquetarlas como reaccionarias, “fascistas” (me sorprende la querencia por este viejo adjetivo) y, por supuesto, de “ultraderecha”. Si uno considera que el caso Maricarmen ha sido una manipulación de manual de primero de comunismo, entonces significa que no reconoce el derecho a la vivienda y que está haciendo el juego a los fondos buitre y a las empresas especuladoras. El diputado Rufián es un experto en teatralizar estas cuestiones reduciendo la complejidad a binarios impactantes. Mucha gente pica... y vota.

Lo que de verdad me extraña es que tanta gente competente y honrada como hay en España no levante su voz con energía y contribuya a buscar soluciones auténticas. ¿Por qué dejamos el debate público en manos de charlatanes manipuladores? Comprendo que cada vez haya más personas hartas y entristecidas. Este estado de ánimo pesimista es un peligroso caldo de cultivo de propuestas extravagantes. La historia nos demuestra que, cuando se acumula la frustración social (provocada por líderes incompetentes, irresponsables y mentirosos), la tentación de buscar soluciones “mágicas” en regímenes autoritarios gana adeptos. Sería pasar de Guatemala a Guatepeor. Antes de caer en esa fosa, se requiere una fuerte reacción ciudadana que reivindique los fundamentos de una verdadera democracia. Por eso, unas elecciones limpias (lo que ahora no es tan evidente como hace años) es el primer paso en la justa dirección. ¡Veremos en qué acaba el retiro de fin de semana! Mientras, disfrutemos del otoño que pone fin a un verano tórrido.