domingo, 25 de octubre de 2026

El ajuste fino


La noche pasada hemos podido dormir una hora más. Confieso que estos cambios estacionales me aburren y me cansan. No les veo ninguna utilidad, como tampoco se la veo al hecho de que en España llevemos casi 90 años con una hora de adelanto (dos en verano) con respecto a la hora de Greenwich, que sería la más apropiada para nosotros teniendo en cuenta nuestra ubicación. 

Vamos al grano. En el Evangelio de este XXX Domingo del Tiempo Ordinario no le preguntan a Jesús qué hora es o si prefiere el horario de verano o de invierno. La pregunta que le formulan algunos fariseos es más trascendental: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?”. Ya se sabe que en tiempos de Jesús la Ley se componía de 613 mandamientos: 248 mandamientos positivos (cosas que se debe hacer, asociados tradicionalmente con los miembros o partes del cuerpo humano) y 365 mandamientos negativos (prohibiciones, asociados tradicionalmente con los días del año). La pregunta, pues, es muy pertinente para no perderse en la maraña de normas y prohibiciones. La respuesta de Jesús es clara, progresiva y directa: “«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. 

Hemos oído muchas veces que la “novedad” de la respuesta de Jesús consiste en juntar dos mandamientos que eran conocidos por todo judío piadoso: el referido al amor a Dios se encuentra en Dt 6,45 y el referido al amor al prójimo se inspira en Lv 19,18.


Sin embargo, la propuesta de Jesús no se reduce a juntar dos mandamientos que “sostienen la Ley entera y los profetas”. En realidad, nos está ofreciendo un criterio práctico para verificar la verdad de nuestro amor. Si decimos que amamos a Dios, pero no amamos al prójimo, nuestro amor a Dios no es verdadero. Es lo que leemos en 1 Jn 4,20: “El que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto”. Pero si decimos que amamos al prójimo y nos desentendemos de Dios, el amor tampoco corre. Jesús mismo lo aclara en otro pasaje: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). La respuesta de Jesús a los fariseos corrige nuestros espiritualismos desencarnados, pero también nuestros humanismos ateos. 

Los dos fenómenos se dan hoy en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. Hablando en términos políticos, los de derechas tienden a refugiarse en el primero y los de izquierdas a defender con uñas y dientes el segundo. O sea, que convertimos la gran polaridad Dios-prójimo en un enorme dilema: o Dios o el prójimo. En la práctica, sin embargo, las cosas no son tan simples. No conozco a ninguna persona verdaderamente espiritual que se desentienda del prójimo, sobre todo del más necesitado. Han entendido muy bien lo que leemos en la lectura de Isaías: “Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo”. Sí conozco a alguna persona muy solidaria y servicial que no quiere ni oír hablar de Dios. Por lo general, este rechazo proviene de experiencias negativas en relación con la Iglesia vividas en la infancia o en la adolescencia y que no han sido sanadas.


Es imposible leer el Evangelio de hoy y no sentirse cuestionado. Da igual que seamos de derechas o de izquierdas, místicos o proféticos, espiritualistas o humanistas ateos. Las palabras de Jesús no admiten matices: “Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas”. No uno u otro: estos dos. Quizá se podría decir que se trata de un solo mandamiento con dos caras. Nadie mejor que Jesús (verdadero hombre y verdadero Dios) para ofrecernos esta síntesis. 

Lo que parece un problema teórico tiene, en realidad, muchas repercusiones prácticas. Afecta a la manera como vivimos la oración y el servicio, la adoración y la liberación, la participación en la Eucaristía y el compromiso político. Necesitamos una espiritualidad integradora, no dilemática. Las personas de Oriente están más preparadas culturalmente para la integración de polaridades. En Occidente tendemos más a los dilemas; de ahí la polarización que padecemos, tan presente en la sociedad y en algunos sectores de la Iglesia. A veces Jesús también exige tomar partido (por ejemplo, cuando contrapone Dios y el dinero), pero en el caso del amor a Dios y al prójimo no hay ninguna ambigüedad. Seguro que tenemos que someternos a un electrocardiograma espiritual para ver cómo está nuestro corazón.Probablemente necesitaremos un ajuste fino en nuestra manera de vivir estos amores.



sábado, 24 de octubre de 2026

A Claret le gusta la IA


Como ayer ya escribí sobre la figura de Claret, no necesito volver sobre el mismo tema. O quizá sí, pero desde una nueva perspectiva. Desde ayer por la tarde mi cuenta de Whatsapp se ha inundado de mensajes de felicitación. Muchos de ellos iban acompañados por una composición visual creada con alguna aplicación de IA. Las hay clásicas, devocionales, ligeramente modernas y hasta vanguardistas. Cuando la IA trabaja con fotos o retratos el resultado es aceptable. Cuando se “inventa” a Claret el resultado es un poco penoso. 

Más allá de los logros o fracasos estéticos, es evidente que este año 2026 la IA se ha convertido en protagonista de la fiesta de Claret. Por si no bastara con la profusa recreación de imágenes (en forma de postales, estampas y carteles), alguien se ha atrevido a pedirle a la IA que compusiera un soneto claretiano. Este es el resultado:

En los telares comenzó tu historia,
pequeño en cuerpo, de alma gigante,
caminante sutil, fuego constante,
que al mundo prefirió dar la memoria.

En la fragua del alma y de la gloria,
comulgando en amor de forma amante,
fuiste saeta pura y penetrante,
Misionero en la cruz de la victoria.

El Corazón de María fue tu nido,
donde encendiste el celo y el aliento
para salvar al prójimo caído.

En el destierro hallaste el sufrimiento,
mas con la vida de Jesús vestido,
fuiste del Evangelio santo aliento.

Formalmente está bien construido, pero creo que le falta alma. Un buen poeta no se crea a base de conexiones digitales. Otro compañero se ha lanzado a componer una canción con ayuda de la aplicación Suno. En fin, que la fiesta de Claret de este año ha sido un homenaje a la IA en toda regla. 

Estoy convencido de que también el santo misionero le hubiera sacado mucho partido para sus empresas evangelizadoras. Como en su tiempo no disponía de IA (Inteligencia Artificial), no tuvo más remedio que echar mano de su poderosa IN (Inteligencia Natural) para escribir libros y folletos, copiar de otros autores, hacer traducciones de obras francesas e italianas, dibujar estampas y láminas y otras operaciones que hoy hubiera realizado en un abrir y cerrar de ojos.

Feliz fiesta de san Antonio María Claret a todos los amigos del Rincón de Gundisalvus

viernes, 23 de octubre de 2026

Un fruto que dura


Mañana será la fiesta de san Antonio María Claret. Se cumplirán 156 años desde su muerte acaecida el 24 de octubre de 1870 en el monasterio cisterciense de Fontfroide (Francia). Como Jesús, también Claret murió extramuros, fuera de su patria, perseguido hasta el último respiro. Hay santos amables y santos que incomodan. Claret perteneció a la segunda categoría sin desdeñar la primera. Creo que la mayoría de los lectores de este Rincón conocen la azarosa vida de este santo misionero. A quienes sepan poco de él, les invito a ver la película Claret, leer una breve semblanza de su vida o, si tienen ánimo y tiempo, acercarse a su Autobiografía. Se sorprenderán de cómo un hombre, en solo 62 años y diez meses, fue capaz de vivir una extraordinaria aventura humana, espiritual y misionera. Lo hizo en un siglo en el que Europa y América fueron escenario de revoluciones constantes. Un siglo que no quería parecerse a los anteriores, pero que tampoco tenía la contundencia del siglo XX. 

En algunas cosas, Claret parecía más del siglo XVI que del XIX; por eso admiraba tanto a santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola, san Juan de Ávila o fray Luis de Granada. En otras, podría haber sido un perfecto obispo del siglo XX. De formación técnica y espíritu práctico, nunca se perdió en laberintos teóricos. Muy seguro del “qué” (la gloria de Dios, la salvación de los hombres y la propia santificación), puso toda su creatividad al servicio del “cómo” (cómo hacer llegar la Palabra de Dios a todo tipo de personas: desde los payeses que encontraba por los caminos de Cataluña hasta los intelectuales y artistas con los que se relacionó en Madrid, pasando por los lugareños canarios y cubanos). No perdió el tiempo quejándose de las dificultades. Se puso manos a la obra sin descanso. 


En el discurso que el papa León XIV dirigió hace unos días a los participantes en el simposio sobre “La santidad en la historia”, organizado por el Dicasterio para las Causas de los Santos, les dijo algo que me parece luminoso: “Sin los santos, la historia del mundo sería más pobre y menos humana”. Los santos dignifican nuestra humanidad. Ellos y ellas son una manifestación luminosa de esa magnifica humanitas a la que todos pertenecemos. Por eso, cuando nos preguntamos qué necesitamos para mejorar nuestro mundo, para deshacer los múltiples nudos que hoy nos atenazan, la respuesta es simple y contundente: necesitamos más santos. 

A primera vista, esta respuesta puede parecer demasiado piadosa y hasta un punto escapista, pero es la más transformadora de todas. Donde hay santos, hay hombres y mujeres que, en su fragilidad, se han dejado transformar por el amor de Dios. Por eso, pueden contribuir “desde dentro” a la transformación del mundo. Cada santo es como una maqueta del nuevo mundo al que aspiramos. Los santos no se limitan a decirnos lo que tenemos que hacer, no nos sermonean con propuestas ideales, como hacen a menudo muchos pensadores y revolucionarios. Se concentran en vivir. Su vida misma es el mejor argumento de la verdad que anuncian. No hay nada más revolucionario que vivir con autenticidad. 


Yo conocí a Claret cuando tenía diez años y estudiaba en un colegio claretiano. Me sentí atraído por una vida que rezumaba Evangelio por los cuatro costados y que, en la versión que leí, parecía una cadena de aventuras. Entonces no percibí el peso de la cruz que portaba. Ahora, con más edad de la que él tenía cuando murió, me sigo sintiendo atraído por su creatividad evangelizadora y por su itinerancia misionera, pero lo que más me conmueve es su configuración con el Cristo crucificado, su proceso de transformación interior a base de persecuciones, calumnias y sufrimientos. 

Es probable que en algún momento de su etapa madrileña rozase el borde de la depresión o sintiera la tentación de tirar la toalla y huir de la corte, pero en ningún momento se bajó de la cruz. Su objetivo no era estar a gusto y sentirse “realizado” (como decimos hoy), sino cumplir la voluntad de Dios. Murió fuera de juego, desprestigiado y desterrado. Hoy, de quienes lo persiguieron nadie se acuerda. Sin embargo, su figura sigue siendo luminosa para miles de personas en todo el mundo. Está claro que “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Feliz fiesta. 

lunes, 19 de octubre de 2026

Es para preocuparse


Es casi imposible no escribir algo sobre lo que está sucediendo en Francia, Bélgica, Italia y otros países europeos. Las calles arden. Para algunos, son los estertores de una Europa que lleva décadas muriéndose. O, para ser más precisos, suicidándose. Narcotizados por la llamada “sociedad del bienestar”, acostumbrados a que papá Estado nos resuelva los problemas (hasta que la gigantesca deuda pública haga inviable esta providencia), hemos caminado contra la vida. Los perros dan menos problemas que los hijos. El aborto y la eutanasia se han convertido en “derechos”. La fe, en el caso de que siga mereciendo la pena, se ha convertido en un asunto privado. El sacrificio pertenece a la generación de la posguerra. Ahora vivimos en la estación del disfrute. O, por lo menos, en la “sociedad del entretenimiento” o en la “sociedad paliativa” (Byung Chul Han). 

La Unión Europea surgió como proyecto de reconciliación y futuro tras una guerra fratricida. Hoy corre el riesgo de implosionar bajo el peso de la burocracia y la falta de imaginación. Mientras Estados Unidos innova, China vende y Rusia sueña con sus ideales expansionistas, Europa regula que los tapones de plástico deben ir amarrados al cuello de las botellas para evitar no sé qué extraños riesgos. Morir por exceso de sofisticación y déficit de humanidad no es nada nuevo. Varias civilizaciones (incluida la romana) padecieron esta enfermedad. Pero no es fácil aprender de una historia que se oculta mientras (todavía) vivamos mejor que en la mayor parte del mundo. 


Duele ver las imágenes de la violencia callejera en Francia. Duele ver el ayuntamiento de Limoges ardiendo, como nos dolió ver el incendio de Notre Dame hace siete años. Pero este exceso de violencia, no sé si espontánea u orquestada, es síntoma de un malestar que se viene incubando desde hace décadas y que, como los volcanes, necesita de vez en cuando algunas fumarolas para liberar la rabia acumulada. Sigo creyendo que es mejor un proyecto de Unión Europea que la vuelta a nacionalismos cerrados. Es probable que haya pasado la hora de Europa y de Estados Unidos y que este siglo le pertenezca a China. Se escribe mucho sobre el declive de las viejas potencias y el nacimiento de las nuevas. La historia está llena de ciclos parecidos. 

Se puede perder músculo económico e influencia política. Lo que importa es no vender el alma. Me llama la atención que, en un país como Francia, se dé al mismo tiempo una reacción contra el “coste de la vida”, contra un modelo social insostenible, y un despertar de la búsqueda religiosa, con un incremento constante de los bautismos de adultos. No creo que haya una clara vinculación causa-efecto, pero ambos son síntomas de que algo está cambiando, de que la sociedad del bienestar está en crisis y de que es necesario buscar alternativas creíbles. De no hacerlo, los más fuertes se llevarán el gato al agua. Siempre hay quien sabe sacar partido (económico) de las crisis sociales.


En España las cosas no han llegado a ese extremo, pero se dan muchas condiciones para que lleguen, aunque disponemos de una serie de amortiguadores que ayudan a afrontar la situación con más calma. El sustrato cristiano, el apoyo de la familia y una cultura vitalista y resiliente nos ayudan a capear la crisis, aunque no logremos superarla. El verbo “capear” se usa mucho en el mundo taurino, pero tiene también una sugestiva aplicación a la vida en general. Según el diccionario de la RAE, capear significa “eludir con habilidad un compromiso o una situación difícil”. Somos expertos en el arte de las elusiones. Los problemas no se resuelven de raíz, pero, por lo menos, se minimizan, no alteran la vida de manera irremediable. 

Dentro de 40 días tendremos elecciones generales. La alternancia política no cambia automáticamente las dinámicas sociales, pero puede ayudar a reconducirlas. Es fácil saber lo que no queremos, pero resulta difícil encontrar una propuesta que responda a lo que de verdad queremos. Varias personas con las que he hablado en los últimos días me confiesan que se sienten huérfanas políticamente hablando. Tienen muy claro a quién no van a votar, pero dudan acerca de a quién confiar su papeleta. No hay propuestas que les entusiasmen. O, por lo menos, que indiquen por dónde podemos caminar. Mientras tanto, esperemos que no ardan las calles. Nada violento acaba siendo transformador. 

viernes, 16 de octubre de 2026

El arte de perseverar


Hace poco más de cuatro meses León XIV pasó por España. Hubo una sacudida pública. Su persona y sus mensajes parecieron conectar con muchos españoles, incluso con algunos que no se consideran miembros de la Iglesia. Llegó el verano. Vinieron los incendios, la invasión de Ceuta. El viaje papal se hundió en las aguas del pasado. Llegó el otoño. Fue invadida la Puerta del Sol de Madrid, una especie de Tarajal-2 sin playa. A cambio, los acampados se bañan en la fuente de Carlos III. Se anunciaron elecciones generales para el 29 de noviembre. Pedro Sánchez no sabía que ese día comienza el Adviento. Los partidos enseñan los dientes. Al Papa le diagnosticaron cáncer de pulmón. Fue operado el “martes 13” en el policlínico Gemelli de Roma. Suma y sigue.

Suceden tantas cosas y tan deprisa que uno se pregunta si hay posibilidad de retener mensajes, mantener opciones y cultivar afectos. Es como si la velocidad de la vida nos castigara a todos a padecer una suerte de trastorno de la atención. Coleccionamos encuentros, palabras, experiencias e imágenes como quien colecciona fotos en la memoria de su móvil que nunca va a volver a ver. La velocidad de la vida nos hace olvidadizos. La novedad de hoy convierte en antigualla la novedad de ayer. A este ritmo, acabamos todos con la lengua fuera.


No me extraña que cada vez se diagnostiquen más casos de ansiedad. Muchas personas no aguantan la carrera de la vida. Les falta aire. Se ahogan. No pueden digerir (o “gestionar”, como se dice ahora) tantos estímulos. Algunos aconsejan dejarse llevar, surfear las olas de la historia, no gastar energía en ir contracorriente. Otros insisten en la importancia de cultivar la atención para que lo urgente no se coma lo importante. Ambos consejos me parecen sabios y pertinentes. Yo me atengo más al segundo que al primero. 

En medio de tantos estímulos, procuro cultivar el “arte de perseverar”. Ese arte pasa indefectiblemente por la práctica diaria de la oración, por el ejercicio asiduo de la “presencia de Dios”. Sin detener el reloj para no hacer nada, excepto estar a solas con Dios (con “quien sabemos nos ama”, como diría Teresa de Jesús, la santa cuya memoria celebramos ayer), me parece imposible no sucumbir al vértigo de la vida cotidiana. Sin oración, no acabamos de estar a lo que estamos, nos dejamos vencer por la nostalgia o por la ansiedad, dejamos de cultivar lo que nos da vida y nos alimentamos con lo que nos la roba.


¡Qué difícil es encontrar una persona que “persevere” en las relaciones, que no se dedique solo a usarlas cuando resultan útiles o a disfrutar de ellas para decorar la propia vida! ¡Qué difícil es pasar del “a ver cuándo quedamos” a fijar un día y una hora para estar sin prisas con las personas a las que queremos o que necesitan nuestra presencia! ¡Qué difícil es hacer algunas opciones en la vida y permanecer en ellas, aunque soplen vientos en contra! Jesús nos lo ha dicho con claridad: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El arte de perseverar está ligado a nuestra unión con Jesús. Y la unión con él pasa por una oración humilde, atenta, sostenida en el tiempo. 

La oración es un antídoto contra el virus de la prisa y la dispersión. Es también una medida preventiva de la ansiedad. Al “centrarnos” en lo esencial, nos libera de la tiranía de lo efímero y accesorio. Los hombres y mujeres de oración siguen siendo tan frágiles como los demás, están expuestos a cualquier tentación, pero su vinculación al centro les permite afrontar las pruebas de la vida con la fuerza de Jesús. Se adiestran en el arte de perseverar junto a Aquel que nos ha dicho: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Jn 15,7).

lunes, 12 de octubre de 2026

Viva la Hispanidad


En España celebramos hoy la fiesta de la Virgen del Pilar. En Zaragoza esta fiesta es un estallido de fe, devoción y color. También se celebra el Día de la Hispanidad, que en España coincide con la Fiesta Nacional. Demasiados motivos concentrados en un solo día. En Madrid la fiesta de la Hispanidad comenzó el pasado día 2 y terminará hoy. Estuve el pasado sábado en el concierto que el cantante colombiano Sebastián Yarta dio en la Plaza de España. En un momento dado, lanzó una pregunta retórica: “¿Hay aquí algún colombiano?”. Rugió una marea de gente que se sabía de memoria las letras de sus canciones. Solo en la comunidad de Madrid hay más de un millón de hispanoamericanos, de los que los colombianos representan un quinto aproximadamente. 

Basta viajar en metro para caer en la cuenta de esta masiva presencia de hispanoamericanos. El crecimiento ha sido espectacular. Al comienzo del siglo XXI había poco más de 80.000. En un cuarto de siglo se han multiplicado por más de diez. Es lógico, por tanto, que la fiesta de la Hispanidad vaya cobrando fuerza de año en año. A ello se une el esfuerzo revisionista de la Leyenda Negra que están llevando a cabo historiadores, investigadores y divulgadores como Juan Miguel Zunzunegui (México), César Pérez Guevara (Venezuela), Fernando Cervantes (México), Marcelo Gullo (Argentina), Patricio Lons (Argentina), Rafael Aita (Perú), Francisco Núñez del Arco (Ecuador)… y otros muchos que, apartándose del relato oficialista impuesto en la mayoría de países hispanoamericanos en el siglo XX, se esfuerzan por hacer una lectura más objetiva de la historia, sin los prejuicios ideológicos que la han contaminado durante décadas. Naturalmente, muchos de ellos están recibiendo críticas furibundas por parte de algunos gobiernos y sus corifeos, que siguen utilizando la historia para justificar sus propios intereses y sus desaguisados actuales.


Son tantos los vínculos familiares, lingüísticos, culturales, religiosos y económicos que unen a los pueblos hispanoamericanos que bien merece la pena celebrarlos y proyectarlos hacia el futuro. No sabemos cómo evolucionará este sentimiento identitario a lo largo del siglo XXI, pero es probable que, tras dos siglos de distanciamiento y recelos, se abra una nueva etapa de respeto y colaboración. Lo que los políticos no son capaces de lograr lo harán los millones de ciudadanos de todos los países hispanoamericanos que conviven a ambos lados del Atlántico. 

Son también muchos los artistas que cantan en la misma lengua y comparten un mismo espacio cultural. Los prejuicios siguen siendo muy fuertes, se difunden a menudo en algunos planes de educación y son alimentados por políticos de inspiración marxista, pero me parece que los vientos de la historia soplan ahora en la dirección de un proyecto cultural y económico compartido, compatible con la diversidad política.


¿Cuál es el significado de la Virgen María en este proceso? La pregunta puede parecer molesta, casi impertinente porque parece mezclar otra vez la fe y la política. Sin embargo, la presencia de la Virgen, venerada en multitud de advocaciones, es evidente: Pilar (España), Guadalupe (México), Luján (Argentina), Caridad del Cobre (Cuba), Chiquinquirá (Colombia), Coromoto (Venezuela), Copacabana (Bolivia), Virgen del Carmen (Chile), Nuestra Señora de los Ángeles (Costa Rica), Nuestra Señora de Suyapa (Honduras), Nuestra Señora de la Providencia (Puerto Rico), Nuestra Señora de Altagracia (República Dominicana), Virgen del Quinche (Ecuador), Nuestra Señora de las Mercedes (Perú) y otras muchas. 

Reconocer a la misma Madre y denominarla de formas diferentes es una hermosa expresión del sentido de unidad y diversidad que caracteriza a la gran comunidad hispanoamericana. La fe cristiana, junto la con lengua común y sus innumerables acentos, es seguramente el vínculo más profundo que hermana a todos los pueblos que celebran el Día de la Hispanidad. Quizás hoy sea Madrid la ciudad que mejor expresa esta hermandad. Aquí se encuentran muchos hombres y mujeres provenientes de todos los países de Hispanoamérica, en un crisol que, poco a poco, irá creando una nueva identidad. Merece la pena celebrar este proceso histórico. Ya no miramos tanto al pasado (siempre expuesto a deformaciones de todo tipo), sino a un presente muy visible y a un futuro que podemos construir juntos. ¡Viva la Hispanidad!

viernes, 9 de octubre de 2026

Algo se puede hacer


Nos aguarda un fin de semana largo en España. Hoy viernes muchas personas se ponen en camino. Parece que las temperaturas serán frescas. Servirán para aliviar el calor político y mediático. Me temo que durante las próximas semanas abundarán los “incendios electorales”. Habrá un continuo pimpampum de acusaciones y una falta de propuestas realizables. Hoy me he enterado de que en España hay más de 4.000 partidos políticos registrados, aunque solo una docena tienen representación parlamentaria. Es casi imposible abrirse paso entre el histórico duopolio formado por el PSOE y el PP (a nivel nacional) y por la hegemonía de algunos partidos nacionalistas (en sus respectivas demarcaciones). Lo intentan Vox (a la derecha) y Sumar y otros partidos pequeños (a la izquierda). Consiguen algunos diputados, pero el sistema electoral los castiga. Está diseñado para favorecer a las mayorías nacionales y a las minorías regionales. 

Por eso, me temo que una formación emergente como España mejor lo va a tener muy difícil para hacer oír su voz y difundir su propuesta de regeneración democrática. Habría que cambiar el sistema para hacerlo más justo, pero a los grandes y a los nacionalistas no les interesa. Seguiremos así in secula seculorum. La regeneración tendrá que esperar. Pensando en las votaciones del 29 de noviembre, tengo bastante claro a quién no votar. Mi duda es a quién votar. La corrupción y la falta de medidas eficaces son fenómenos transversales. La experiencia me ha vuelto muy escéptico, aunque siempre queda una brizna de esperanza. ¿Habremos aprendido algo en los últimos 50 años?


Hay muchos electores fanáticos. Votan siempre al mismo partido, haga lo que haga. Lo que les importa no es la racionalidad de sus propuestas y actuaciones, sino el sentimiento visceral de pertenencia a una clase, una ideología o una tradición. Hay otros muchos electores sensatos, que analizan la trayectoria de los partidos y sus realizaciones. Por eso mismo, porque son críticos, nunca encuentran ninguno que los satisfaga. Se acogen al “mal menor”, que siempre representa una derrota de las propias convicciones. ¿Está la política condenada a moverse siempre en el reino del “mal menor”? 

Ofertas hay muchas (ya he recordado antes la cifra apabullante de partidos registrados), pero, más que indicar una riqueza de ideas, expresa el atolondramiento actual. Cuando cuatro gatos registran, por ejemplo, un partido cuyo objetivo es la defensa del cannabis o el voto en blanco, podemos hacernos una idea del nivel al que hemos llegado. ¿Tan difícil es hacer una propuesta que recoja lo más sensato y conducente al bien común? Parece una empresa imposible en las sociedades plurales como la nuestra. Por eso, hay tantas personas honradas y competentes que huyen de la política como del mismo diablo. No tienen ningún interés en medrar y sí tienen mucho interés en no corromperse.


Siempre cabe imaginar y esperar que las nuevas generaciones aprendan de los errores y aciertos de las precedentes, pero no es un proceso garantizado de antemano. La ventaja que hoy tenemos es el fácil acceso a la información y la facilidad para difundir mensajes, pero esto mismo constituye un enorme riesgo. Corren a la misma velocidad las informaciones veraces y los bulos, la opinión de un experto y la de un cantamañanas, las propuestas inteligentes y los sofismas. Pensamiento crítico y probidad moral son los dos ingredientes que pueden ayudarnos a no sucumbir en este supermercado de ideologías y consignas. 

El primero está cada vez más amenazado por el enorme influjo de los medios digitales y de la Inteligencia Artificial. El segundo depende, en buena medida, del contexto familiar en el que uno se abre al mundo de los valores y los interioriza. El desafío es grande para todos aquellos que tenemos alguna responsabilidad educativa. Soy muy escéptico con respecto al cambio de mentalidad de las generaciones mayores, pero albergo esperanza con respecto a los jóvenes. La formación para la participación política debería ser normal en los centros educativos y en las comunidades cristianas. Algo se puede (y se debe) hacer. 

miércoles, 7 de octubre de 2026

El mundo gira


Desde el lunes por la mañana ya sabemos que tendremos elecciones generales el domingo 29 de noviembre. Lo que el presidente Sánchez no dijo es que ese día será el primer domingo de Adviento. Y ya se sabe que el Adviento es un tiempo litúrgico marcado por la esperanza de que algo nuevo va a suceder. ¿Tendrá esta esperanza una versión política y no solo litúrgica? Faltan varias semanas para saberlo, pero debemos armarnos de sagacidad y paciencia para no sucumbir bajo el peso de una campaña electoral que se prevé agónica. 

Los ciudadanos desearíamos propuestas concretas dirigidas a nuestra inteligencia y buen sentido, pero lo más probable es que nos encontremos con maniobras distractivas dirigidas a nuestras vísceras. Nuestra única arma eficaz es una humilde papeleta depositada en un sobre color sepia, pero vamos a utilizarla con toda la determinación posible. Hay veces que el voto es más que el apoyo a un partido. Es un ejercicio de higiene democrática. Se va a hacer muy larga la espera. Abundarán los conejos sacados de la chistera y las zancadillas de todo signo, pero la paciencia todo lo alcanza. Santa Teresa dixit.


Escribo estas líneas en la memoria litúrgica de la Virgen del Rosario. No me gusta mucho el origen bélico de la fiesta, pero sí su contenido. Es hermoso contemplar a María como Madre que nos acompaña a lo largo de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos de nuestra vida porque, adiestrada en el acompañamiento de los misterios de su Hijo, entiende a cabalidad los nuestros. El Rosario es una práctica devocional que solemos valorar más cuando nos hacemos mayores y aprendemos a convivir pacíficamente con la repetición. Pero es también una metáfora de la vida. La sucesión de misterios gozosos, (luminosos) y dolorosos es nuestro pan de cada día. El gozo, la luz y el dolor se van alternando como las cuentas de nuestros viejos rosarios. 

Lo que da sentido a cada ingrediente es la esperanza de que el rosario de la vida termina con los misterios de gloria. Por gozoso que sea el nacimiento o por dolorosa que sea la cuesta del Calvario, la palabra última tiene sabor de resurrección. Los que caminamos por este “valle de lágrimas” (la Salve utiliza una expresión muy acertada) estamos llamados a compartir el triunfo de Jesús. Lo dice de manera muy hermosa la oración colecta de hoy: “Señor, derrama tu gracia en nuestros corazones, y ya que hemos conocido por el anuncio del Ángel la encarnación de tu Hijo Jesucristo, condúcenos por su Pasión y su Cruz, con la intercesión de la Virgen María, a la gloria de la resurrección”. Preciosa síntesis del Rosario existencial y también del devocional.


Ayer hubiera querido escribir algo sobre san Bruno de Colonia, fundador de los Cartujos, pero no tuve tiempo. Últimamente me siento muy atraído por el lema de esta Orden religiosa. He escrito algo sobre él en mi carta de octubre de la revista Vida Religiosa. Aunque ya no estamos para muchos latines, debo citarlo en su tenor original: Stat Crux dum volvitur orbis. Son cinco palabras escuetas que se pueden traducir así: “La Cruz permanece mientras el mundo gira”. ¿No os parece un lema muy actual? Hoy tenemos la impresión de que todo va muy deprisa, de que “il mondo gira”, como cantaba en los años 60 Jimmy Fontana y luego otros muchos, incluidos mis amigos de Il Volo, han repetido con entusiasmo. 

Si todo da vueltas, si nada parece estable, ¿cómo no sentirnos perdidos? ¿Cómo encontrar un ancla en este agitado mar de la historia? Para los cristianos, el ancla es la Cruz de Jesús. El sufrimiento nunca pasa de moda. Pero no se trata solo de ser contemporáneos del dolor. La novedad cristiana consiste en descubrir que la Cruz es un sufrimiento vencido, un amor derramado. Si permanecemos junto a ella, como María (stabat Mater iuxta Crucem), no habrá huracán que pueda doblegarnos. Los misterios dolorosos del Rosario de la vida estarán siempre abiertos al misterio glorioso de la resurrección.



domingo, 4 de octubre de 2026

Parábolas picantes


Hoy se celebra el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, el santo más admirado y menos imitado. Pero, como la fiesta coincide con el XXVII Domingo del Tiempo Ordinario pasa a un segundo plano, excepto para la ciudad de Asís y la inmensa familia franciscana. O quizá no. El Evangelio de hoy es “franciscano” de principio a fin. Es la conocida parábola del propietario de una viña que la arrienda a unos trabajadores esperando recibir el fruto a su tiempo. Pero no solamente no recibe nada, sino que sus enviados son asesinados e incluso su hijo corre la misma suerte: “Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”.

Es obvio que cuando se escribe el Evangelio de Mateo a finales del siglo I se está pensando en los judíos que han rechazado el mensaje de Jesús y en los paganos que lo han acogido con alegría. La conclusión de la parábola es terminante: “Os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos”. Estas palabras de Jesús se actualizan en cada momento histórico y en cada contexto social y eclesial. No es difícil aplicarlas a la situación que hoy vivimos. Me invento algunas versiones para andar por casa. 


Jesús podría decir hoy algo parecido a esto: “Habéis nacido en el seno de familias de tradición católica. Habéis asistido a colegios privados o concertados de inspiración cristiana. Habéis hecho la primera comunión y habéis recibido la confirmación. Pero pronto os habéis cansado de ser mis seguidores, seducidos por un estilo de vida que antepone el placer al sacrificio, el lucro a la solidaridad y el poder al servicio. Os habéis alejado de la comunidad de la Iglesia porque ya no os dice nada. Abrazáis todas las causas que están de moda porque mi Evangelio os parece rancio y mi comunidad obsoleta. 

Dado que habéis rechazado con más o menos decisión el tesoro de la fe, se lo concederé a hombres y mujeres que provienen de familias secularizadas, que han estudiado en colegios públicos y no han tenido la oportunidad de hacer el Camino de Santiago o participar en una JMJ. Ellos me descubrirán como Camino, Verdad y Vida, se sentirán atraídos por la fuerza de mi Evangelio, pedirán el bautismo de adultos, se sentirán miembros activos de la Iglesia y procurarán vivir su compromiso cristiano en todos los ámbitos”.


Por si esta versión resultase demasiado intimista, admite otra más social y cultural: “Dado que la mayoría de los países de larga tradición cristiana (sobre todo, los europeos) os sentís muy adultos y os habéis emancipado de la tutela de la Iglesia, habéis sustituido los valores del Evangelio por vuestra moral autónoma y habéis desertado de la vida sacramental, me mostraré con fuerza a muchos hombres y mujeres de África, América y Asia. Ellos acogerán con humildad el don de la fe y producirán frutos de renovación, incluso en el seno de vuestras sociedades secularizadas”. 

Lo normal es que, ante estas versiones un tanto heterodoxas, reaccionemos con desdén o con enojo. En ese caso, la parábola nos habrá tocado por dentro y habrá alcanzado su objetivo. Jesús no cuenta parábolas para entretener o instruir, sino para remover el corazón y llamar a la conversión. Francisco de Asís entendió esto tan a la letra que incluso hoy su vida nos resulta exageradamente provocativa. En el mejor de los casos, la admiramos, pero sin sentirnos interpelados por ella; en el peor, la consideramos excéntrica y fuera de nuestro alcance. Así nos quedamos con la conciencia tranquila. 


sábado, 3 de octubre de 2026

Retiro de fin de semana


Si miro el tiempo meteorológico, me sereno, aunque las lluvias están haciendo estragos en el sureste y Cataluña. Pero si miro el tiempo social, me sulfuro. Las lluvias de este fin de semana acercan el otoño. Lo he comprobado esta mañana paseando por el entorno de la plaza de España y viendo el color rojizo de las hojas de los liquidámbares. Todo me transmitía belleza y serenidad. A esa hora había poca gente. Solo los madrugadores que paseaban a sus perros o los corredores que trotaban como desesperados aprovechando el frescor de la mañana. Estuve a punto de acercarme a la Puerta del Sol, como hice el pasado sábado, pero no quise. Las cosas se han puesto feas. No sintonizo ni con el fondo ni con las formas de esa acampada que algunos han querido presentar nada menos que como símbolo del Reino de Dios, pero que a mí me parece, en buena medida, una performance distractiva. 

Quizá hemos confundido la visibilidad con la eficacia. Una tienda de campaña atrae cámaras; una pancarta contundente, y a veces ingeniosa, obtiene miles de reacciones; una consigna simplifica el conflicto y mueve a las personas. Sin embargo, transformar la realidad requiere algo menos vistoso y más paciente: propuestas viables, negociación, perseverancia, capacidad de convencer y voluntad de aceptar que ninguna solución seria cabe entera en un eslogan. Protestar es legítimo. Convertir la protesta en un fin en sí mismo resulta estéril.


Hay razones justas detrás de la protesta.
El acceso a una vivienda digna se ha vuelto casi imposible para muchos jóvenes y para no pocas familias. Los alquileres absorben una parte desproporcionada de los salarios, la inseguridad se prolonga y algunos desahucios producen una comprensible indignación. Una sociedad que condena a sus miembros a vivir siempre de prestado, sin horizonte de estabilidad, debería preguntarse qué está haciendo mal. 
Pero reconocer la justicia de una causa no obliga a justificar cualquier método. 
Ocupar durante días uno de los espacios más transitados de Madrid, dificultar el paso, alterar la vida de comerciantes y vecinos o convertir la plaza común en territorio de una sola voz no fortalece necesariamente la reivindicación. A veces la debilita. Cuando una protesta exige ser escuchada, pero deja de escuchar a quienes soportan sus consecuencias, corre el riesgo de reproducir aquello mismo que denuncia: la imposición del más fuerte sobre el más débil.

Admiro a las personas de buena voluntad que buscan soluciones justas y rápidas al problema de la vivienda. Quizás haya algunas en el campamento de Sol. Merecen mi respeto y solidaridad. Pero recelo de quienes “secuestran y ensucian la calle” para exigir una vía comunista, éticamente injusta y técnicamente irrealizable. No sé si en alguna etapa de mi vida sentí simpatía por estos movimientos sociales capitaneados por burgueses que pueden vivir sin trabajar y que, megáfono en mano, dicen hablar en nombre de los obreros y los pobres, aunque se muevan en otros círculos. Pero, desde luego, ahora no. Me parecen una burda manipulación sostenida por algunos partidos de izquierda que necesitan siempre buscar o inventar confrontaciones (la lucha de clases es su dinámica social) y aireada por medios de comunicación que se mueven con lógica capitalista, pero a los que les gusta jugar con informaciones rompedoras para dar una imagen “progresista” y provocativa.


Sí, el tiempo social está que arde, a pesar de las lluvias otoñales. No sé qué decidirá el presidente del gobierno después de un nuevo retiro de fin de semana. Aunque la convocatoria de elecciones sería lo más higiénico desde el punto de vista democrático, me temo que encontrará argumentos (sería mejor decir triquiñuelas) para agotar la legislatura y, de paso, agotar la paciencia de muchos ciudadanos. No de todos, porque, por extraño que parezca, todavía hay una ancha base social que apoya esta deriva con argumentos tan especiosos como que el presidente representa un dique contra la ultraderecha y el fascismo y que, con su gallarda figura, nos sitúa en “el lado correcto de la historia” (expresión cursi que se ha puesto de moda en los últimos años entre políticos y comunicadores de izquierda). 

En un blog como este no debería exponerme tanto, pero las cosas han llegado a tal punto de degradación democrática que no me parece correcto parapetarme en una imposible neutralidad. Sé que la estrategia del gobierno pasa por utilizar el problema de la vivienda (no resuelto por él en ocho largos años de mandato) como un salvavidas de última hora antes del naufragio, lo cual demuestra -una vez más- hasta qué punto se pueden retorcer las cosas para mantenerse en el poder. El llamado “maricarmenismo” es la penúltima mutación de un gen que, en vez de resolver problemas, tiene una rara habilidad para crearlos, amplificarlos y luego vender soluciones falsas. El gobierno es pirómano y bombero al mismo tiempo, sin que muchos ciudadanos perciban la más mínima contradicción. Todo sea en aras del progresismo que nos coloca “en el lado correcto de la historia” (conviene repetir a menudo este estribillo para que cale hondo).


La estrategia para neutralizar las voces críticas es etiquetarlas como reaccionarias, “fascistas” (me sorprende la querencia por este viejo adjetivo) y, por supuesto, de “ultraderecha”. Si uno considera que el caso Maricarmen ha sido una manipulación de manual de primero de comunismo, entonces significa que no reconoce el derecho a la vivienda y que está haciendo el juego a los fondos buitre y a las empresas especuladoras. El diputado Rufián es un experto en teatralizar estas cuestiones reduciendo la complejidad a binarios impactantes. Mucha gente pica... y vota.

Lo que de verdad me extraña es que tanta gente competente y honrada como hay en España no levante su voz con energía y contribuya a buscar soluciones auténticas. ¿Por qué dejamos el debate público en manos de charlatanes manipuladores? Comprendo que cada vez haya más personas hartas y entristecidas. Este estado de ánimo pesimista es un peligroso caldo de cultivo de propuestas extravagantes. La historia nos demuestra que, cuando se acumula la frustración social (provocada por líderes incompetentes, irresponsables y mentirosos), la tentación de buscar soluciones “mágicas” en regímenes autoritarios gana adeptos. Sería pasar de Guatemala a Guatepeor. Antes de caer en esa fosa, se requiere una fuerte reacción ciudadana que reivindique los fundamentos de una verdadera democracia. Por eso, unas elecciones limpias (lo que ahora no es tan evidente como hace años) es el primer paso en la justa dirección. ¡Veremos en qué acaba el retiro de fin de semana! Mientras, disfrutemos del otoño que pone fin a un verano tórrido.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Los sentimientos del Hijo


La visita pastoral de León XIV a Francia está moviendo a miles de personas en el país vecino, aunque en el nuestro la cobertura mediática es discreta. El paso del tiempo nos ayudará a comprender su verdadero alcance. De momento, el entusiasmo de la gente y la belleza de las celebraciones se convierten en indicadores de que algo se está moviendo en la laica Francia. Me sorprende la contundencia un tanto adolescente con la que muchos en ese país defienden la laicidad como religión secular. Pero este es un asunto que nos llevaría demasiado lejos. 

Mientras escribo la entrada de hoy, sigo en la pantalla de mi ordenador la misa que el Papa está celebrando en Lourdes. En la explanada han construido una estructura con tres arcos de medio punto que parece un guiño arquitectónico al románico. El viernes, en la vigilia de oración celebrada en el estadio de Francia, el escenario estaba presidido por un inmenso vitral que aludía al gótico. Se ve que en Francia quieren valorar su rica tradición.


No sé cómo va a comentar el Papa las lecturas de este XXVI Domingo del Tiempo Ordinario. Yo lo hago a partir de una información que corrió por los medios hace unos días: según un reciente informe del CIS, el número de ateos en España supera ligeramente al de católicos “practicantes”. Siempre me ha llamado la atención el criterio demoscópico que se utiliza para medir la “práctica”. Se considera un católico “practicante” aquel que participa regularmente en las celebraciones litúrgicas de la Iglesia. Siendo este criterio importante, practicar el cristianismo implica, sobre todo, practicar lo esencial de la fe, que es el mandamiento del amor. Quien ama de verdad, quien se preocupa del prójimo, quien cuida a su familia, quien atiende al inmigrante o es honrado en su trabajo, está “practicando” el Evangelio de Jesús. En justicia, debería ser incluido en las estadísticas de los cristianos “practicantes”. 

Conecto esta reflexión con la parábola que Jesús nos propone en el Evangelio de hoy. Hay personas (tipificadas por los fariseos y los hombres religiosos) que dicen con la boca sí a Dios, pero luego su vida transcurre por derroteros de orgullo y autosuficiencia. Hay otras personas (tipificadas por los publicanos y las prostitutas) que están en los márgenes de la Ley, que no frecuentan el templo, pero que, nos “llevan la delantera en el camino del reino de Dios”. ¿Por qué? Porque creen en las mediaciones que Dios pone en su vida.


No sé a qué grupo pertenecemos cada uno de nosotros. Es probable que a veces nos parezcamos a los fariseos (decimos sí con la boca, pero nuestro corazón no está en Dios) y otras a los publicanos y prostitutas (nuestra conducta no es ejemplar, pero nos fiamos de Dios y nos reconocemos pecadores). En realidad, nuestra verdadera vocación no es la de parecernos a unos u otros, sino -como se nos pide en la carta de Pablo a los Filipenses (segunda lectura)- la de tener los mismos sentimientos de Cristo. Todos estamos llamados a ser ese hijo que dice sí y luego hace la voluntad del Padre. El único que ha realizado a cabalidad esta vocación es Jesús, el Hijo por excelencia. Su vida ha sido un permanente Sí a la voluntad de Padre. 

Estamos llamados a parecernos a Jesús. Tener sus mismos sentimientos significa vaciarnos de nosotros mismos, renunciar a nuestro orgullo, y ponernos al nivel de la gente humilde. Significa que concuerden las palabras de nuestra boca con las opciones de nuestro corazón. La autenticidad -no exenta de fragilidad- es la nota de todo verdadero cristiano. La hipocresía es la máscara de quien solo es cristiano de nombre, pero su corazón está muy lejos de Dios.



viernes, 25 de septiembre de 2026

Recordar para cambiar


El papa León XIV ya ha llegado a Francia para un viaje de cuatro días. El programa es intenso y variado. La Iglesia francesa vive un momento de renacer espiritual en un contexto larga y fuertemente secularizado. Hay algún paralelismo con lo que vivimos en España, pero también notables diferencias. Me parece que en Francia la cuestión religiosa forma parte del debate intelectual con más hondura y asiduidad que en España. Aquí vivimos un trasfondo de religiosidad popular más extenso y profundo que en Francia. Son afirmaciones demasiado generales, pero ayudan a entender algunos fenómenos propios de cada país. En ambos está creciendo el número de jóvenes y adultos que piden el bautismo. 

La mayoría procede de contextos familiares muy secularizados. Los expertos dicen que buscan en la fe la seguridad que necesitan en un momento histórico de gran incertidumbre. Es difícil sacar el denominador común de historias únicas. Lo que más me llama la atención es que, por más que Europa lleva siglos queriendo pasar página, la pregunta religiosa sigue presente. Por más que la Iglesia salta a los medios de comunicación por casos de corrupción y abusos, Jesús y su Evangelio siguen atrayendo a muchos. ¡Ni siquiera la IA conseguirá apagar la sed de trascendencia!


Voy a seguir de cerca el viaje del Papa a Francia. Espero que sea un revulsivo para la Iglesia francesa, como espero que también lo sea el viaje que hizo a España. Tras el paréntesis del verano, necesitamos volver sobre los mensajes que el Papa nos dejó el pasado mes de junio. En la revista Vida Religiosa dedicamos una buena parte del número de julio a recoger los acentos que más afectaban a la vida consagrada. Espero que hagan lo mismo las diócesis y las parroquias a lo largo del curso pastoral que estamos comenzando. La visita del Papa no se reduce al momento celebrativo. Implica un compromiso sostenido en el tiempo. 

Es verdad que tenemos la impresión de estar saturados de retos, exhortaciones y programas. Es verdad que la rutina de la vida acaba erosionando casi todo. Es verdad que vivimos tan aceleradamente que lo sucedido hace tres meses nos parece casi del siglo pasado. Pero también es verdad que necesitamos volver sobre lo vivido, separar lo urgente de lo importante, atesorar lo que consideremos llamadas de Dios y hacer un esfuerzo por responderlas con generosidad. La vida no es una colección de instantes inconexos, sino un proyecto que tiene metas y etapas. La Iglesia española necesita escuchar otras voces para no enredarse en la madeja de sus asuntos internos. Como se repitió hasta la saciedad durante la visita del Papa, necesita “alzar la mirada”.


En los últimos días, además de la crisis de Ceuta, ha saltado a la prensa el caso de Maricarmen, la anciana de 87 años que fue desahuciada de la vivienda que tenía en alquiler. Varios medios señalan que esta historia marca un punto de inflexión. Es obvio que a ninguna persona de buena voluntad le gusta ver a una anciana saliendo a la fuerza en camilla de la casa en la que vive. Es obvio que tenemos un gran problema social en relación con la vivienda, los alquileres, las operaciones de los fondos buitre, los desahucios, etc. 
Pero es igualmente obvio que en este caso no se cuenta toda la verdad para poder usarlo como símbolo y arma arrojadiza. 

Esto no es justo ni prudente. No podemos utilizar a las personas como carne de cañón para combatir nuestras batallas ideológicas. Abusar de las “historias sensibles” y convertirlas en carnaza mediática es una forma de chantaje afectivo que impide un discernimiento sereno. Quizás la pregunta más de fondo siga sin respuesta: ¿Es la vivienda, ante todo, un “bien social” al que todos tenemos derecho o es un “objeto de mercado” sujeto solo a la ley de la oferta y la demanda? Sin responder honradamente a esta pregunta, será difícil poner en práctica políticas justas y eficaces. Como sucede en otros asuntos, ni el intervencionismo estatal ni la mera libertad del mercado pueden resolver por sí solos un problema que tiene muchas aristas y que tendría que abordarse desde un gran consenso social.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

Horchata con fartons


Pasé el día de ayer en el monasterio del Santo Espíritu del Monte en Gilet, un pueblo de unos 4.000 habitantes en la provincia de Valencia. El monasterio saltó a los periódicos en noviembre de 2024 cuando un perturbado mató a uno de los frailes e hirió a otros. Viajé a ese lugar, encaramado en la montaña, para animar el encuentro de los responsables de la formación permanente de la Conferencia Euromediterránea de la Orden de los Frailes Menores. Era un grupo de diez franciscanos provenientes de Italia, España y Portugal. Durante todo el día trabajamos sobre “La sfida della comunicazione oggi” (El desafío de la comunicación hoy). 

Más allá de mis aportaciones, todo el día fue un hermoso ejercicio práctico de comunicación. Me sorprendió el interés mostrado por todos y su participación libre y atinada. Rematamos la jornada saboreando una deliciosa horchata con fartons. Para los lectores no españoles, esta es la merienda tradicional de la Comunidad Valenciana, que combina una bebida fría de chufa con un bollo alargado y esponjoso que se moja en ella.


La alegría es siempre fruto de la comunión. Pero es bueno saber que no hay comunión sin comunicación. Y no podemos comunicar de verdad cuando no experimentamos lo esencial de la vida. Este circuito se inspira en el prólogo de la primera carta de Juan (1,1-4). Ilumina con extrema claridad el camino que nos conduce a ser personas y comunidades alegres (y, por lo tanto, creíbles). Explica también cuál es la razón última de la tristeza que a veces nos congela el alma. Esta tristeza es la manifestación visible de la falta de comunión. Se puede dar en los matrimonios, en las familias, en las comunidades religiosas, en las relaciones de amistad y en cualquier otra forma de relación. Cuando vivimos juntos (a veces incluso bajo el mismo techo), pero no estamos en comunión, es normal que nos sintamos tristes y desmotivados. 

Entre los diversos factores que conducen a la falta de comunión, uno de los más comunes e influyentes es la ausencia de verdadera comunicación. O la reducción de esta a sus niveles más funcionales, evitando toda implicación personal. De ahí, el desafío que supone aprender a comunicarnos. Además de algunos aprendizajes prácticos que tienen que ver con los distintos registros, niveles y técnicas de comunicación, lo esencial son las actitudes que la preparan.


Hay tres actitudes que considero esenciales: la autenticidad personal, la aceptación incondicional de los otros y la empatía. La primera nos lleva a manifestarnos tal como somos, sin refugiarnos en el rol social que desempeñamos o en el “personaje” que a veces nos inventamos en este teatro del mundo. Lo contrario a la autenticidad es la hipocresía, el fingimiento, la doblez. La segunda tiene que ver con el respeto a la dignidad del otro. Toda persona es humanamente digna, aunque no sea siempre éticamente irreprochable. 

La tercera nos empuja a situarnos en el lugar de los demás para intentar comprender las cosas desde su punto de vista, desde su ángulo de experiencia. Sin estas tres actitudes –que no son sino una traducción del amor– es imposible practicar una comunicación que lleve a la comunión. Pero, vistas las cosas desde un punto de vista cristiano, hay todavía un elemento previo. La verdadera comunicación arranca de nuestra experiencia personal –“lo que hemos visto y oído”– acerca de la palabra de la Vida (es decir, de Jesús como Salvador). La compartición de este encuentro genera la comunión que produce alegría. Se cierra así el circuito.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Nunca es tarde para cambiar


Cuando regresaba de celebrar la Eucaristía, me he encontrado en la calle Princesa con los corredores que participaban en la carrera de 10 kilómetros “Madrid corre por Madrid”. La salida estaba en la plaza de san Juan de la Cruz (en el paseo Castellana) y la meta en el paseo de Camoens, a poca distancia de mi casa. El cupo máximo eran 10.000 corredores. No sé si habrá alcanzado esa cifra. Dominaban las personas de mediana edad, pero había también algunos mayores valientes y, por supuesto, muchos jóvenes. La mayoría eran hombres, pero había también mujeres. Algunos corrían con mucha energía y ritmo constante, como si fueran sobrados. Otros subían la calle Princesa con la lengua fuera, haciendo un esfuerzo ímprobo para acoplarse al ritmo de los demás. Alguno, a pocos metros del final, ha renunciado a correr y se ha puesto a caminar. 

Aunque el evangelio de este XXV Domingo del Tiempo Ordinario nos propone la parábola del propietario de un viña que contrata trabajadores a distintas horas del día y a todos les paga el mismo jornal, yo he relacionado su mensaje con la carrera madrileña. Tanto en la viña de la parábola de Jesús, como en la carrera madrileña, hay personas que trabajan o corren a distinta velocidad y con diferente resultado. Sin embargo, hay una diferencia sustancial. Mientras en la carrera solo los primeros se llevan los premios, en la extraña –y humanamente injusta– lógica del Reino de Dios “los últimos serán los primeros y los primeros los últimos”.


Estas palabras de Jesús resultan ofensivas en el contexto de una sociedad igualitarista como la nuestra. El comportamiento del propietario de la viña sería sancionable de acuerdo con el Estatuto de los Trabajadores. No puede cobrar lo mismo haciendo el mismo trabajo quien ha currado solo una hora que quien ha “aguantado el peso del día y el bochorno”. Pero aquí no se está hablando de cuestiones legales ni de las distintas acepciones de la justicia, sino de algo más profundo y determinante: se está hablando de la imagen de Dios. “Dime cómo es la imagen de Dios en el que crees y te diré cuáles son tus actitudes y tus conductas”. 

Si no dejamos que el Espíritu Santo evangelice nuestro corazón, las imágenes que solemos tener de Dios no son más que proyecciones de nuestras experiencias humanas. Da igual que lo imaginemos como un padre castrador, un juez implacable o un abuelete de luenga barba blanca que nos consiente todo y no nos exige ninguna responsabilidad. Da igual que lo pensemos como una madre liberal que apela al ejercicio de nuestra autonomía o como una fuerza impersonal que recarga nuestra batería a base de no sé qué extrañas energías y vibraciones. En todos estos casos, estamos construyendo un dios “a nuestra imagen u semejanza”, a la medida de nuestros deseos, expectativas, temores o frustraciones.


Con su provocativa parábola, Jesús quiere desmontar nuestras imágenes demasiado humanas de Dios para hacernos ver que Él siempre desborda lo que nosotros pensamos, imaginamos o proyectamos. Él no se atiene a nuestros códigos de justicia porque –como leemos en la primera lectura de Isaías– “mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Dios es un Padre que siempre da una nueva oportunidad a sus hijos, que no mide a todos por el mismo rasero, que nunca da por cerrado el tiempo de la vuelta a casa. En este sentido, la parábola de hoy se parece mucho a la parábola del padre misericordioso y los dos hijos pródigos (Lc 15,11-32). 

En ambos casos, es Dios (en la figura del propietario o del padre) quien sale a buscar trabajadores (para trabajar en su viña) o a sus hijos (para que regresen a casa). Los viñadores de la primera hora, al enterarse de que el dueño paga igual a los que han llegado los últimos, reaccionan exactamente igual que el hijo mayor de la parábola de Lucas 15. La comparación y la envidia (tan típicas del corazón humano) prevalecen sobre la compasión y la misericordia (tan típicas del corazón divino). La pregunta salta sola: ¿A quién se parece la imagen de Dios que tenemos cada uno de nosotros? Si la parábola de Jesús no nos provoca un tanto, es casi seguro que hemos domesticado demasiado a Dios según nuestras conveniencias. Nunca es tarde para cambiar.