sábado, 18 de abril de 2026

Necesitamos líderes discernientes


Solemos tener una idea muy idealizada de la primitiva comunidad cristiana. Hay algunos sumarios de los Hechos de los Apóstoles que nos dan pie para ello. Por ejemplo, cuando leemos que “los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hch 2,44-46). O, cuando un poco más adelante, se nos dice que “el grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado” (Hch 4,32-33). 

Pero esta visión no refleja bien toda la realidad. De hecho, ya en el capítulo 5 se nos habla de la falta de transparencia de un tal Ananías y de su mujer Safira (cf Hch 5,1-2). Y en la primera lectura de la misa de hoy se reconoce abiertamente que “al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas” (Hch 6,1). Lo que parece un mero problema logístico, revela, en realidad, un problema cultural: las tensiones entre los de cultura judía tradicional y los de cultura helenista. Lo iluminador de este relato no es tanto la descripción del problema, cuanto el modo de afrontarlo. Podríamos decir que se adopta un método sinodal (los Doce convocaron la asamblea de los discípulos) y que se avanza hacia un liderazgo compartido (escogieron a siete “hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría” y les encargaron la tarea de atender a la comunidad de lengua griega).


Hoy vemos tensiones en todas las comunidades: familiares, parroquiales, religiosas, etc. No hay que rasgarse las vestiduras. Donde varios seres humanos convivimos siempre surgen tensiones. Solo donde la rutina marca el ritmo se vive una calma que es más bien apatía. Aceptar la tensión y reconocer su origen es el punto de partida para afrontarla y, en su caso, transformarla. En este proceso es bueno “convocar la asamblea de los discípulos”, es decir, involucrar a las personas afectadas por la tensión, iniciar un proceso de discernimiento compartido en el que todas las voces sean escuchadas. No es saludable que una élite decida por todos. 

En los Hechos de los Apóstoles aprendemos también a no prolongar los procesos más de lo razonable. Llega un momento en que es necesario tomar decisiones que “rompan el marco”, que vayan más allá de las condiciones que han producido la tensión o el conflicto. La capacidad de innovación es imprescindible para transformar la energía de los conflictos en energía creativa. ¡Cuántas veces un conflicto bien abordado ha ayudado a una familia o a una comunidad a entrar en una dinámica de crecimiento y maduración! El fruto del discernimiento hecho por la comunidad de Jerusalén fue que “la palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe” (Hch 6,7).


No siempre es fácil reconocer los conflictos, sentarse a la mesa y abrir un proceso de escucha, discernir según criterios objetivos y tomar las decisiones pertinentes. Estamos muy condicionados por presiones ideológicas, heridas afectivas, recuerdos paralizantes, deseos de poder y miedos a la novedad. Se requiere mucha autenticidad, paciencia y pedagogía. A menudo, aunque vislumbremos los beneficios de un proceso de este tipo, preferimos las “ganancias secundarias” que experimentamos escondiendo el conflicto o sufriéndolo con resignación. 

En estos casos adquiere mucha importancia un liderazgo sano y emprendedor. En el relato de los Hechos de los Apóstoles vemos que, ante el conflicto surgido entre los cristianos judíos y los griegos, los Doce tomaron la resolución de convocar la asamblea de los discípulos. Es decir, hubo alguien que asumió el coste de su liderazgo, pero que no lo usó para imponer su criterio, sino para involucrar a todos los concernidos, de manera que las posibles vías de futuro (inciertas en el momento del comienzo) fueran el resultado de un camino comunitario, de un reconocimiento de la realidad, una apertura a la Palabra de Dios y una gran flexibilidad para encontrar soluciones nuevas a problemas nuevos. No es fácil encontrar líderes (padres, madres, párrocos, obispos, superiores religiosos, etc.) con estas actitudes y capacidades, pero los necesitamos.

jueves, 16 de abril de 2026

Un poco de humor, por favor


El próximo 24 de septiembre el obispo estadounidense
Fulton John Sheen (1895-1979) será declarado Beato por la Iglesia Católica. Es muy probable que los lectores más jóvenes de este Rincón no sepan quién fue este simpático y mediático obispo. Por su porte y naturalidad ante las cámaras, podría haber sido un actor de Hollywood, al estilo de Gregory Peck, con el que tenía cierto parecido. Su biografía es apasionante. Dejo fuera su rica preparación académica y sus cargos pastorales para centrarme en un par de detalles. Fulton Sheen era un hombre eucarístico y misionero. Dedicaba cada día una hora a la adoración del Santísimo. 

Durante 20 años (1930-1950) tuvo un programa nocturno en la cadena de radio NBC titulado La hora católica. Después se hizo famosísimo en la televisión con el programa semanal Life Is Worth Living – La vida merece la pena (1952-1957). Llegó a tener más de treinta millones de espectadores. De 1961 a 1968 tuvo otro programa –The Fulton Sheen– con un formato muy similar al anterior. En un país en el que los católicos eran minoría, el obispo Fulton Sheen –siempre vestido de obispo, con un pectoral reluciente– logró conectar con un público variopinto que vio en él a un profeta de la alegría y la esperanza. Quizás fue el primer obispo influencer de los tiempos modernos. 


¡Cómo echamos de menos hoy a figuras con esta capacidad de sazonar con la alegría del Evangelio los difíciles momentos que vivimos! Entre las innumerables anécdotas e historietas de Fulton Sheen, espigo dos que nos dan la medida del personaje. Él mismo cuenta que, predicando en una iglesia, vio cómo una joven madre, cuando su bebé comenzó a llorar, hizo ademán de salir. Entonces el obispo le dijo que no era necesario que saliese porque a él no lo molestaba el llanto del bebé. La madre replicó que al bebé sí le molestaba la predicación del obispo. 

En otra ocasión, Fulton Sheen iba a dar una charla en el ayuntamiento de Philadelphia, pero no sabía bien la dirección, así que le preguntó a un chico que encontró por la calle. El chico quiso saber antes de qué iba a hablar un obispo en el ayuntamiento. Fulton Sheen, con su característico sentido del humor, respondió algo parecido a esto [reinterpreto y adapto el original]: “Voy a hablar de cómo el ser humano es capaz de autotrascenderse para, superando su condición terrenal, abrirse a una dimensión escatológica de plenitud”. Riéndose de sí mismo, añadió: “Vamos, que voy a hablar de cómo el hombre puede llegar al cielo”. Al oír esto, el chico exclamó: “Pero, ¿cómo puede uno hablar de llegar al cielo si ni quisiera sabe llegar al ayuntamiento?”. No comment.


Hoy tenemos obispos y sacerdotes demasiado serios. El contexto polarizado, el estrés pastoral y quizás un insuficiente cultivo de la espiritualidad nos convierten en seres acelerados, propensos al enfado y carentes de esa alegría que contagia Evangelio por sí sola. De Fulton Sheen admiro muchas cosas, pero, sobre todo, su forma cercana y jovial de hablar de Dios y de dar sentido a la vida humana. No en vano su programa más famoso en televisión se llamaba La vida merece la pena. 

Cuando hoy muchos adolescentes y jóvenes no encuentran motivos para mirar el futuro con esperanza, evangelizadores como el obispo Sheen nos enseñan a descubrir que el Evangelio es, ante todo, una “buena noticia”, el anuncio de que el Reino de Dios (el sueño de Dios para la humanidad) ya está presente entre nosotros, que hay infinidad de signos que nos muestran su escondida eficacia. Hacen falta los ojos de la fe para verlos y un corazón dilatado para compartirlos.

[Para aquellos que sabéis inglés, os dejo con un par de vídeoclips en los que Fulton Sheen cuenta las historias a las que me he referido antes].




miércoles, 15 de abril de 2026

Seamos serios


El enfrentamiento entre el presidente de los Estados Unidos y el Papa de Roma está dando mucho que hablar. No se trata solo de contraponer lo que piensa el ciudadano Donald Trump y lo que cree el cristiano Robert Prevost, ambos seguidores confesos de Jesús y titulares del pasaporte estadounidense. Se trata de fijarse en lo que representan. Para los católicos “trumpistas” –que los hay, tanto dentro como fuera de Estados Unidos– se plantea un conflicto de fidelidades. Algunos se han puesto enseguida del lado del papa León XIV. Otros, para los que el pragmatismo político de Trump es más fuerte que sus convicciones cristianas, se han dado prisa en invocar el principio evangélico de “dar al César lo que es el César y a Dios lo que es de Dios”, como si la guerra fuera un asunto puramente político (del César) y no tuviera nada que ver con Dios. 

Cuando el Papa –siguiendo las orientaciones del Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2307-2309)– afirma que la guerra no es el modo cristiano de abordar los conflictos, enseguida surgen voces que la justifican recordando las muchas víctimas del régimen iraní y la necesidad de bajar del mundo ideal al mundo “real” (sic). Pero el realismo político no puede ser el único argumento. Sin criterios de verdad y bondad, por muy abstractos que parezcan, no se pueden tomar decisiones morales verdaderamente humanas. Las actitudes arrogantes no son el mejor modo de abordar los problemas. Cuando Trump acusó a León XIV de ser “débil ante el crimen” y de “complacer a la izquierda radical”, la respuesta del Papa fue humilde, clara, serena, concisa y valiente: “No le temo al gobierno de Trump, ni a hablar en voz alta del mensaje del Evangelio, que es para lo que creo que estoy aquí”.


El vicepresidente Vance, católico converso, se ha puesto enseguida del lado de su jefe político diciendo que “en algunos casos sería mejor que el Vaticano se ciñera a cuestiones de moralidad”, como si la guerra fuera un asunto puramente técnico que no implicara ningún criterio moral. Quienes argumentan así –entre los que hay algunos católicos– sostienen que el Papa (y también los obispos) deben ceñirse a cuestiones dogmáticas y litúrgicas. No deben hablar ni de política ni de economía porque estas materias funcionan de manera autónoma y se rigen solo por criterios pragmáticos. 

Pareciera que el Evangelio no tiene nada que ver con la política y la economía y, por lo tanto, los pastores de la Iglesia deberían permanecer mudos en relación con ellas. Estos cristianos están dispuestos a abstenerse de comer carne los viernes, a comulgar en la boca (si así lo dispone la Iglesia), pero no quieren oír nada que afecte a su bolsillo o a sus sacrosantas opciones políticas. Me resulta tan insostenible esta manera de ver las cosas que ni siquiera me tomo el tiempo de refutarla.


Desmontar las falacias de Trump, criticar su liderazgo errático y su arrogancia barriobajera no significa, en modo alguno, legitimar la dictadura chavista de Venezuela, el régimen despótico de Irán o el comunismo trasnochado de Cuba. Significa solamente no claudicar de algunos principios éticos sin los cuales la convivencia humana es inviable y el riesgo de quedar expuestos a la arbitrariedad de los poderosos de turno es demasiado alto. 
El enfrentamiento entre Trump y León XIV es solo un botón de muestra de la instrumentalización de la religión al servicio de los propios intereses.

No entro en las imágenes creadas con IA en las que Trump aparece como un Cristo redivivo imponiendo las manos a un enfermo o como un nuevo Papa. Aparte de ser bufonadas impropias de alguien que representa a un gran país, indican hasta qué punto le importa muy poco la religión que dice defender como bastión de la civilización occidental. Los discursos solemnes quedan neutralizados por una praxis incoherente y falta de respeto. ¡Hasta Giorgia Meloni, la aliada europea de Trump, se ha desmarcado de esta línea de actuación!



martes, 14 de abril de 2026

De las palabras a la Palabra


Hay una época de nuestra vida en la que devoramos los libros. Nos parece que la acumulación de lecturas conduce a la sabiduría. Puede que hasta logremos un buen nivel de erudición. Pero llega otra etapa en la que el exceso produce agotamiento. Ya no buscamos cantidad, sino calidad. Podemos tener la impresión de que la mayoría de los libros son cancerosos. Multiplican las palabras como células malignas sin satisfacer el alma. Hoy se publican infinidad de libros que casi nadie lee. [Quizás podríamos decir algo parecido de los blogs digitales y otros productos de Internet].

Cuando veo que algunos autores han publicado un centenar de libros, me pregunto qué extrañas motivaciones los empujan a ser tan prolíficos. Enseguida me vienen a la cabeza los versos de Juan de la Cruz en la estrofa sexta del Cántico Espiritual: “No quieras enviarme / de hoy más ya mensajero, / que no saben decirme lo que quiero”. Esa es mi impresión cuando leo los periódicos impresos o digitales, cuando ojeo las novedades en una librería o cuando contemplo los estantes de mi biblioteca llenos de libros. La profusión de palabras y de ideas acaba produciendo indigestión intelectual y parálisis afectiva. Algo de esto estamos viviendo hoy. El exceso de estímulos tiene un efecto paralizante. Muchos adolescentes y jóvenes sufren crisis de ansiedad porque se sienten abrumados por una montaña de palabras que “no saben decirles lo que quieren (o necesitan)”.


Otro maestro espiritual como Ignacio de Loyola lo dice de otra manera al comienzo de sus célebres Ejercicios Espirituales: “No el mucho saber harta y satisface al alma, sino el sentir y el gustar de las cosas internamente” (n. 2). Ese “sentir y gustar” solo se logra en la oración pausada. Para ello, pocas palabras bastan. Llega un momento en que sobran los libros de meditación que en otro tiempo parecieron profundos y sugestivos. Las ideas brillantes pierden importancia. Las concatenaciones lógicas se antojan esqueléticas. 

Lo único que harta y satisface el alma es la fuerza y el consuelo de la Palabra de Dios. Las palabras humanas pueden ser claras, profundas, sugestivas, hermosas, estimulantes y todos los sinónimos que queramos añadir. Pero solo la Palabra de Dios es “revelada”. Solo la Palabra de Dios tiene la garantía de trasmitirnos lo que Dios quiere comunicarnos. Por eso, en un determinado momento del itinerario espiritual nos centramos en ella, bebemos de ella. Eso no significa arrinconar por completo otras palabras humanas que pueden ayudarnos, pero sí establecer una jerarquía de prioridades.


En este Rincón he hablado muchas veces de la necesidad de cultivar una espiritualidad basada en la Palabra de Dios. Tengo la impresión de que nuestra fe no tiene fuerza suficiente para iluminar las complejas situaciones que hoy vivimos porque no acaba de enraizarse en la Palabra. A menudo pone el acento en afinidades ideológicas, pertenencias institucionales o experiencias emotivas. Todos estos fundamentos son endebles y efímeros. Solo la Palabra de Dios “permanece para siempre” (Is 40,8; 1 Pe 1,25). De hecho, las personas que cultivan una espiritualidad de la Palabra adquieren ese sexto sentido que les permite ver toda la realidad con ojos de fe. Son bendecidos con “la mente de Cristo” (1 Cor 2,16), de modo que pueden adoptar la perspectiva, las actitudes y los valores de Jesús en la vida diaria. 
Tener “la mente de Cristo” implica pensar, sentir y actuar con humildad, amor y obediencia a Dios. 

Aunque las condiciones de vida cambien, la Palabra de Dios nos mantiene cimentados en la verdad, nos libera de la volatilidad e incertidumbre que culturalmente vivimos, sostiene la esperanza en un contexto en el que muchas personas la han perdido. La carta a los Hebreos lo dice con otras expresiones: “La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón. Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas” (Heb 4,12-13).

lunes, 13 de abril de 2026

Afrontar la reducción


Del miércoles 8 al sábado 11 estuve participando en la 55 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada que se celebró en Madrid. El tema de este año era “Afrontar la reducción. Caminando y habitando en el desierto”. En ese marco, el viernes 10 tuve una ponencia –junto a María del Carmen Gómez, Hija de la Caridad– titulada “Cotidianidad herida, cotidianidad sanada”. 

Es obvio que, desde hace décadas, la vida consagrada en España y en Europa está experimentando una fuerte reducción numérica. Este desnudo hecho estadístico tiene distintas interpretaciones y produce numerosas consecuencias. No es fácil abordarlo con serenidad. Se puede caer en un espiritualismo vacío o en un realismo ateo.

Entre todas las voces que intervinieron, destaco la del cardenal Cristóbal López, arzobispo de Rabat. Él, pastor de una Iglesia minoritaria en un país de mayoría musulmana, nos ofreció claves para iluminar la situación y afrontarla con realismo y fe. Pero no resulta nada fácil explicar estas cosas. De hecho, algunos de los medios de comunicación que cubrieron la Semana sacaron conclusiones muy peregrinas. Tenemos que explicarnos mejor.


He intentado hacerlo en la “carta del director” del número de abril de nuestra revista Vida Religiosa. Aun así, el asunto es peliagudo. En el mundo secular, si un producto es bueno y se hace una publicidad agresiva, normalmente se logra vender bien y obtener ganancias. Dicho en términos del Antiguo Testamento: si uno es fiel a Dios, el fruto es la fecundidad; si, por el contrario, es infiel, será castigado con la esterilidad. 

Cuando se aplican estos criterios a la situación de la vida consagrada actual, las conclusiones no se hacen esperar. Si hoy en Europa la vida consagrada se ha reducido mucho numéricamente y es estéril (apenas hay nuevas vocaciones), es evidente que todo es consecuencia de su infidelidad. El argumento parece tan contundente que casi no admite réplica. Pero las cosas no son tan obvias. Ya en el Antiguo Testamento esta crasa teoría de la retribución hace agua, sobre todo con el relato de Job. Él era un hombre fiel a Dios y, sin embargo, fue probado en sus carnes y su hacienda. Y, desde luego, se rompe completamente en el caso de Jesús. El Hijo amado por el Padre termina crucificado. El éxito no parece ser una palabra cristofánica. 


Esto no significa que la vida consagrada sea perfecta. Tiene sus fragilidades y debe asumir su cuota de responsabilidad en el proceso, pero la reducción es algo mucho más profundo que la consecuencia de una posible y sostenida infidelidad. Tiene que ver con una fase histórica de purificación y cambio cuyo significado solo será inteligible a medida que pase el tiempo. Algo tiene que morir para que nazca una nueva forma de vida consagrada. 

A nadie le gusta pasar por este desierto. Todos nos sentimos más a gusto en tiempos de grandeza numérica y reconocimiento social. Y, sin embargo, quizá nunca como ahora cobran sentido los votos de pobreza, castidad y obediencia, que son formas existenciales de configurarnos con el Cristo pobre, casto y obediente que entrega su vida por amor. 

Comprendo que a un periodista le resulte difícil redactar un titular a partir de esta clave espiritual. Resulta más fácil e impactante decir algo como: “Nos estamos quedando en los huesos”. Entiendo que los medios seculares contemplen las cosas desde una óptica “empresarial”. Me resulta más doloroso que algunos medios eclesiales (y algunos pastores y laicos) hagan lo mismo y, en vez de apoyar a la vida consagrada en este momento de fragilidad, se dediquen a denostarla y a cargar sobre sus hombros todo el peso de lo que está sucediendo. El llamado “fuego amigo” resulta siempre más despiadado.

domingo, 12 de abril de 2026

Sin haberlo visto, lo amáis


El II Domingo de Pascua nos inunda con un mensaje de paz. Por tres veces Jesús desea la paz a sus discípulos en el fragmento del Evangelio de Juan que se proclama hoy. En el contexto bélico que vivimos en la actualidad, las palabras de Jesús resuenan con más fuerza. Precisamente ayer por la tarde se celebró en la basílica de san Pedro una vigilia por la paz presidida por el papa León XIV. A la misma hora, yo me encontraba participando en la Fiesta de la Resurrección que por cuarto año consecutivo tuvo lugar en la plaza de Cibeles de Madrid. En ella, el cardenal José Cobo, además de bendecir a la multitud, nos leyó el mensaje que el Papa nos dirigía. Hablando de los mártires españoles del siglo XX, el Papa nos dijo: “No estáis llamados solo a recordarlos, sino a apoyaros en su ejemplo para que Cristo vuelva a pasar por vuestras calles, para que la Iglesia recobre ardor, para que la verdad del Evangelio abra esos sepulcros en que se han convertido tantos corazones”.

Los periódicos hablan de unos 85.000 participantes. Lo de menos es la cifra. No se trata de exhibir músculo confesional, sino de celebrar la resurrección de Jesús con el lenguaje de la música y compartir esta experiencia con todos, de tal manera que se cumpla también hoy lo que leemos en la primera lectura de este domingo: “Alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando”. Contagiar la alegría de la fe es el modo mejor de evangelizar. Por encima de la pertenencia a parroquias, movimientos, comunidades religiosas o asociaciones de cualquier tipo, lo que cuenta es visibilizar que “los hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones”.


Siempre el II Domingo de Pascua recordamos la historia de fe del apóstol Tomás. Entre el “Hemos visto al Señor” de sus compañeros y el “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” de Tomás hay un fuerte contraste. Al final, también Tomás va a caer rendido ante el Resucitado: “¡Señor mío y Dios mío!”. Lo que me llama la atención es que las dudas le surgen mientras “no estaba con ellos cuando vino Jesús”. La confesión sucede cuando “a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos”. El cuadro ilumina nuestros itinerarios de fe actuales. 

A menudo decimos que hoy muchas personas creen en Jesús, pero no aceptan la mediación de la Iglesia. Llevamos décadas mitificando el eslogan “Jesús sí – Iglesia no”, como si fuera un marchamo de autenticidad. La historia de Tomás nos muestra que creemos en Jesús en una comunidad fe, que la adhesión a Él no es un asunto individual, intimista, sino una experiencia personal compartida con otros. También la evangelización es un asunto comunitario: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Este anuncio implica el perdón de los pecados: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.


Puedo estar equivocado, pero lo que observo es que cada vez más personas –sobre todo, jóvenes– no ven ningún atractivo en la privatización de la fe que llevaron a cabo las generaciones anteriores, incluida la mía. Buscan identidad, pero también pertenencia. Quieren creer en Jesús dentro de una comunidad. Sienten en carne propia el atractivo del ideal expresado por los Hechos de los Apóstoles: “Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común”. Una fe vivida solo en el santuario de la conciencia acaba siendo un asunto subjetivista que no se hace cargo del cuerpo de Cristo. 

Las palabras de la carta de Pedro que leemos en la segunda lectura son una guía segura para este tiempo de búsqueda: “Sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas”. Lo que Pedro dice es un bello desarrollo de la bienaventuranza de Jesús dirigida a Tomás: “Bienaventurados los que crean sin haber visto”. 



miércoles, 8 de abril de 2026

Tras las huellas de Jesús


Hoy no dispongo de mucho tiempo para escribir, porque esta misma mañana comenzamos la
55 Semana Nacional para Institutos de Vida Consagrada, pero creo que, en el contexto de esta Octava de Pascua, es bueno que volvamos sobre una pregunta que planea sobre creyentes y no creyentes: “¿Existió de verdad Jesús?”. No sé cuantas obras de investigación y divulgación se habrán escrito sobre este asunto. Hoy por hoy, son pocos los historiadores que niegan la existencia de Jesús de Nazaret. 

Otro asunto muy distinto, pero inseparable, es la interpretación acerca de su identidad. Los cristianos lo confesamos como “verdadero Dios” y “verdadero hombre”. Una confesión de este tipo –que desarrolla la confesión de Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (cf. Mt 16,16)– no es el resultado de una investigación histórica, sino el fruto de la gracia de Dios y de la respuesta de la fe: “Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,17).

Os dejo con un vídeo sencillo que nos pone al día sobre el estado de la cuestión en torno al Jesús histórico. Creo que puede ser muy útil, sobre todo para quienes no están familiarizados con estos temas. Si alguien tuviera interés, del vídeo divulgativo se puede saltar a algunas obras escritas más sistemáticas.



Para completar este itinerario “tras las huellas de Jesús”, os dejo ahora con una canción que mi compañero claretiano Miguel Ángel Gil ha elaborado con una herramienta de Inteligencia Artificial (IA). Cuenta los últimos días de Jesús en esta tierra tomando como punto de referencia la ciudad de Jerusalén. Es sorprendente cómo la IA, siguiendo algunas instrucciones, puede componer una letra más que aceptable, recrear las voces (femenina y masculina) y producir los arreglos. Si algún lector desea escucharla, basta con que pinche aquí. Ya me diréis qué os parece. 

El vídeo de la canción en YouTube, con imágenes que Miguel Ángel ha producido, tiene ya más de 150.000 visualizaciones en solo dos semanas. No está nada mal para un tema de este tipo. Todo sea para que Jesús sea más conocido, amado y seguido


martes, 7 de abril de 2026

La otra cara de la luna (urbana)


Nos atrae mucho poder ver “la cara oculta de la luna”. Quizá por eso seguimos con tanto interés las peripecias de la misión espacial Artemis II. Ya en 1973, mis admirados músicos del grupo Pink Floyd publicaron The Dark Side of the Moon. Las canciones de ese octavo álbum de la banda trataban temas como el conflicto, la codicia, el tiempo, la muerte y las enfermedades mentales. En realidad, el título del disco no era “la otra cara”, sino “el lado oscuro” de la luna. 

La metáfora me sirve para poner nombre a lo que observo cada mañana. Madrid es una ciudad maravillosa, en continua evolución. Me gusta repasar algunas de las grandes obras en curso que son muestra de “la cara visible” de esta urbe cosmopolita: soterramiento de la A-5, bulevar Cibeles-Puerta de Alcalá, parque Castellana, parque Ventas, Ciudad de la Justicia, nuevo complejo médico de La Paz, Ciudad del Deporte, intercambiador de Méndez Álvaro, prolongación de la línea 11 del Metro, circuito Madring de Fórmula 1, renovación de las estaciones de tren de Atocha y Chamartín, renovación del complejo de Azca, nueva estación de Metro Bernabéu, ampliación y renovación del aeropuerto de Barajas, el gran proyecto Madrid Nuevo Norte… y un sinfín de obras menores. 

Las próximas elecciones municipales y autonómicas se prevén para la primavera de 2027. En cuanto empiece el nuevo año, se pondrá en marcha una cascada de inauguraciones. Llegaremos a los comicios con muchos deberes hechos y una buena campaña publicitaria en marcha. De eso saben mucho los políticos.


Madrid está de moda. Es evidente. Las grandes transformaciones urbanas van acompañadas por la llegada de un número creciente de ejecutivos, inmigrantes y turistas nacionales e internacionales, hasta el punto de que estamos rozando casi la saturación. No me extrañaría que pronto se intensificaran más las quejas de los vecinos por esta avalancha incontrolada y quizás incontrolable. El auge de los pisos turísticos, por ejemplo, resulta doloroso en un contexto en el que hay escasez de vivienda y los precios de los alquileres no dejan de subir. 

La hermosa luna de Madrid tiene también su “otra cara”. O, por decirlo con la metáfora de Pink Floyd, su “lado oscuro”. Como decía antes, lo compruebo cada mañana en el corto trayecto que separa mi casa del colegio de las Madres Concepcionistas en la calle Princesa en el que celebro la Eucaristía cotidiana. Es un verdadero laboratorio de realidad social. Por lo general, junto a edificios imponentes, me encuentro con tres o cuatro personas sin techo que duermen en los alrededores. No acabo de acostumbrarme a esta realidad, por más que sea tan habitual. 


La primera persona es un hombre de mediana edad que se acurruca en su saco de dormir bajo el alero de la iglesia del Buen Suceso. Cuando se hace de día, pliega los cartones que le han servido de guarida durante la noche y deja libre el espacio. A menudo, solía discutir con el antiguo sacristán de la parroquia. 

La segunda es una mujer muy extraña, enfundada en un anorak, con gafas de sol y una maleta en la mano. A veces, está en una de las marquesinas del autobús; otras, en un banco frente a una residencia de ancianos. Más de una vez, ha defecado en esos lugares. Los servicios de limpieza enseguida los limpian, pero sirve de poco. Vuelve a las andadas. Debe de padecer algún trastorno mental. Algunos días permanece taciturna. Otros días, como hoy, por ejemplo, no paraba de gritar: “¡Asesinos, terroristas!”. Creo que se refería a los policías municipales que le llaman la atención. 

La tercera persona es un viejo poeta sucio y desaliñado que desde hace años vive en un pequeño carrito como si fuera su domicilio. Obligado por las obras de remodelación del hotel Meliá-Princesa, ha debido trasladar su vivienda móvil a la acera de enfrente, muy cerca del palacio de Liria. Pero no renuncia a permanecer de pie en su antigua “parcela” para no perder sus derechos. A él se añaden otros dos vagabundos, siempre con una botella de vino en la mano y mal vestidos, que deambulan de un sitio para otro, aunque no parece que duerman en la zona.


La pregunta es obligada: ¿Cómo somos capaces de hacer obras de tanta magnitud como el soterramiento de la A-5 o el complejo Madrid Nuevo Norte y no podemos resolver el problema del sinhogarismo? Estoy seguro de que el Samur Social ha entrado en contacto con estas personas. Es probable que ellas hayan rechazado las ayudas de los albergues municipales o de los comedores sociales, pero algo hay que hacer. La grandeza de una ciudad no se mide solo por sus grandes monumentos u obras públicas, sino por la capacidad colectiva para prevenir la marginación social y, en su caso, integrar a quienes, por múltiples razones, viven en situaciones precarias. 

Esta “cara oscura” también pertenece a la ciudad. Necesitamos una especie de operación social Artemis II para darla a conocer y encontrar cuanto antes una solución. ¡Ojalá los políticos pusieran tanto interés en estos asuntos sociales como en las inauguraciones de obras!

lunes, 6 de abril de 2026

Las mujeres del alba


El evangelio de este Lunes de Pascua es casi el mismo que proclamamos en la noche de la Vigilia Pascual. En él, las mujeres tienen un gran protagonismo. Son madrugadoras, intrépidas, rápidas. El sepulcro vacío les produce una mezcla de temor y alegría. Pero esta mezcla se disipa cuando el mismo Jesús les hace una abierta invitación a la alegría y al anuncio: “No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”.

Esta combinación de un verbo en forma negativa (“no temáis”) y otro en forma positiva (“id a comunicar”) describe muy bien la dinámica de la experiencia de la resurrección. En pocos versículos se nos ofrecen claves para afrontar nuestro momento presente. Destaco tres:

1. Las “mujeres del alba” siguen siendo la vanguardia de la experiencia de encuentro con Jesús y de la transmisión de la fe. Ellas (madres, abuelas, catequistas, teólogas, evangelizadoras, consagradas…) siguen teniendo un sexto sentido para saber que Jesús no está muerto, que sigue viviendo, que no está encerrado en el sepulcro de una sociedad indiferente, sino que corre veloz por nuestras calles y hogares. Ellas no se resignan a las encuestas sociológicas, no tiran la toalla cuando todo parece que se desploma, creen en la pacencia del amor. Al final, como buscadoras incansables, acaban encontrando.


2. La invitación del Resucitado es siempre a la alegría y la paz. No nos echa en cara nuestra falta de fe, no nos castiga por nuestras traiciones, no se fija en nuestra inconsistencia. Sabe que para seguirlo necesitamos entusiasmo, el coraje de la fe y la fuerza de la esperanza. También a nosotros nos invita a superar el temor y a experimentar el gozo de su nueva presencia. 

De temores andamos hoy sobrados. La situación del mundo parece un polvorín a punto de estallar. Hay personas que no pueden gestionar este nivel de incertidumbre. Se vienen abajo, desesperan de la condición humana, se abandonan a actitudes irracionales. Donde está Jesús, no hay lugar para el temor. Si algo repite a sus discípulos de todos los tiempos es el estribillo: “No tengáis miedo”. El miedo paraliza, lleva siempre a actitudes defensivas, contrae nuestra creatividad, establece muros por doquier. Solo la alegría tiene la capacidad de crear algo nuevo, de expandir nuestro corazón. Jesús es “la alegría del mundo”. Hay un himno litúrgico que lo proclama con fuerza en este tiempo pascual: “Cristo, alegría del mundo”.


3. ¿Dónde vamos a encontrar al Resucitado? La respuesta es neta: “Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Galilea es el escenario de la vida cotidiana. A él hemos vuelto en este Lunes de Pascua. Es el lugar donde vivimos, nos relacionamos y trabajamos. Al Resucitado no le gustan los eventos extraordinarios. Prefiere hacerse el encontradizo con nosotros en la trama de nuestros trajines ordinarios. Es cuestión de activar los “ojos de la fe” para reconocer su presencia donde antes nos costaba verlo. Quizás en esto consiste el núcleo de la experiencia pascual. 

Las “mujeres del alba” se convierten en nuestras pedagogas en esta fascinante aventura de ver vida donde antes veíamos solo muerte, de ver alegría en lo que nos producía tristeza, de ver luz en medio de la oscuridad.



domingo, 5 de abril de 2026

Sí sabemos dónde lo han puesto


Hace años que el domingo de Pascua no amanecía tan radiante. La sincronía entre la naturaleza y la liturgia es admirable. El sol de primavera nos ayuda a comprender mejor el misterio del alba. Aleccionados por algunas mujeres (siempre las mujeres en primera línea de evangelización) y por María Magdalena, sabemos que Él no está en el sepulcro. La Magdalena confiesa –como confesamos quienes vivimos en una cultura agnóstica– que “no sabemos dónde lo han puesto”. El amor nos dice que está vivo, pero la realidad, leída con ojos de incrédulo, parece desmentir este presentimiento. Solo la fe nos asegura que Él está puesto en el corazón de Dios y en el de todo ser humano. Por eso, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura de hoy: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”.

Mientras escribo estas líneas en la mañana de Pascua no puedo olvidar el mazazo que ha supuesto recibir la noticia de que dos claretianos amigos míos –uno uruguayo y otro colombiano– murieron de infarto fulminante el Viernes Santo (el primero en Rosario, Argentina) y el Sábado Santo (el segundo en Crotone, Italia). Cuesta hacerse cargo de estas muertes súbitas. Solo cuando las asociamos al Cristo que muere y resucita comienzan a cobrar sentido. A Él no se le escapa ninguna vida. Él no deja desamparados a quienes hemos aceptado el regalo de seguirlo. La Pascua de este año no solo tiene el brillo del sol de primavera, sino también el desconcierto de algunas muertes inesperadas. Una vez más, como siempre, mors et vita duello, la muerte y la vida están en un duelo constante.

No es necesario multiplicar hoy las palabras. La liturgia de la Vigilia Pascual y la de la Misa del día nos da las claves suficientes para vivir el Misterio de la Pascua con asombro, alegría y gratitud. 

Desde este Rincón quiero felicitaros a todos y a cada uno de quienes habitual u ocasionalmente os acercáis a este blog de Internet. Algunos nos conocemos personalmente. Hemos compartido muchas cosas. A todos sin distinción os deseo una Feliz Pascua. Que el Resucitado os salga al encuentro en la Galilea de vuestra vida cotidiana y que, en medio de los trajines habituales, podáis reconocer su rostro en los pequeños signos con los que Él se nos manifiesta. 

Muchas gracias también por este “camino digital” que desde hace más de diez años estamos recorriendo juntos.


sábado, 4 de abril de 2026

¿No oís ya el susurro de la vida?


La naturaleza se ha vuelto pascual antes de tiempo, como si quisiera vestirse de luz y calor para acoger la noticia de que Cristo ha resucitado. Tras los días ventosos y fríos, la meteorología se ha aliado con la liturgia. Hoy, Sábado Santo, ha amanecido un día radiante y sereno. Por todas partes se respira calma. El silencio con el que terminamos ayer la celebración de la Pasión se prolonga en esta jornada de espera. 

Conviene no llenar de actos devocionales un día que apunta a la solemne Vigilia Pascual de esta noche. Este barbecho litúrgico nos permitirá celebrar con más fruición “la madre de todas las vigilias”, “la noche de las noches”.


Impresiona ver la fotografía del planeta Tierra tomada desde la cápsula espacial Orión. Además de corregir las visiones terraplanistas que aún perviven, nos hace comprender que todos habitamos la misma “casa común”, que las divisiones que hacemos en nuestros mapas (pueblos, ciudades, regiones, países) pueden ser beneficiosas para una convivencia cercana, con tal de que no pierdan esta perspectiva global. Somos todos ciudadanos de un planeta en el que todo está interconectado. Las divisiones políticas (más o menos artificiales) no pueden superponerse a la unidad geográfica más primigenia. 

También esta visión tiene que ver con el Misterio Pascual que estamos celebrando. Leemos en la carta a los Efesios: “Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad” (Ef 2,13-14). La muerte de Cristo ha derribado el muro que separaba a los seres humanos. Su resurrección inaugura la nueva familia de los hijos e hijas de Dios. ¿No es esto lo que celebramos en la Pascua? ¿No es este el “paso” que necesitamos para hacer frente a las guerras y divisiones que nos desangran?


Esta noche nos dejaremos conducir por la pedagogía de los símbolos. Con el fuego comprenderemos que Cristo es la luz que vence toda oscuridad. El agua nos recordará que hemos sido purificados en el Bautismo y hechos hijos de Dios. La Palabra –tan abundante en su variedad de lecturas– nos dará indicaciones precisas para proseguir el camino. Y el pan y el vino consagrados nos alimentarán con la energía del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Conviene acercarse a la celebración de esta noche sin prisas. El reloj no cuenta. Manda la liturgia y su secuencia hermosa y distendida. 


Para llegar bien dispuestos, el Sábado Santo es un día de serenidad y descanso, de acompañar a la Madre en la “hora” de su Hijo, de sumergirnos en el sepulcro de las preguntas no respondidas y de las crisis no resueltas. Sin tomar medidas a la profundidad de nuestros sepulcros, nos será difícil percibir la magnitud y belleza de la subida. 

En el Credo apostólico confesamos que Jesús “fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó entre los muertos”. El Sábado Santo subraya ese descenso a los infiernos antes de la resurrección del tercer día. Cristo se acerca a quienes viven ya el infierno en esta tierra para devolverles la esperanza de una salida definitiva. El susurro de la Vida se siente por todas partes.

viernes, 3 de abril de 2026

Hoy es Viernes Santo


Sigue el viento frío, a pesar de que las previsiones apuntan a una clara mejoría. Dentro de unos minutos presidiré el Viacrucis que se tendrá dentro de la iglesia parroquial. Por la tarde tendremos la celebración de la Pasión del Señor. No hay más actos devocionales. En mi pueblo natal la Semana Santa es muy sobria. Tampoco hay apenas procesiones callejeras. Acaso la procesión va por dentro. Veo senderistas por el monte. No sé lo que significa para ellos este día. Es probable que mantengan algunos recuerdos infantiles, pero en sus planes no incluyen los ritos litúrgicos. Han venido a descansar y pasear, no a pasar frío en una enorme iglesia de piedra. 

Este es para mí el rostro actual del Viernes Santo, ese desenganche progresivo de una fe que ya no se vive ligada a la vida, que ya no forma parte de nuestras prioridades. La “muerte de Dios” se disfraza hoy de indiferencia. No hay agresividad, sino olvido. No hay razonamiento, sino desconexión. No hay pasión, sino rutina. En esa procesión primigenia que va de la torre Antonia al Gólgota no somos de los que gritan: ¡Crucificadlo! Simplemente, volvemos la mirada hacia otro sitio y proseguimos nuestro camino. Lo de Jesús no tiene nada que ver con lo que mueve nuestra vida real.

A las siete de la tarde comenzaremos la celebración de la Pasión en silencio absoluto. No haabrá saludo litúrgico. Tampoco habrá despedida. El Viernes Santo forma parte del Día que empezamos ayer por la tarde. Leeremos la pasión según san Juan. Permaneceremos un largo rato de pie. Por momentos, perderemos el hilo del relato, pero es muy posible que algunas palabras nos alcancen como dardos rusientes. Es probable que, al narrar el momento de la muerte de Jesús, nos venga el recuerdo de muertes cercanas. 

Después adoraremos la cruz sin saber muy bien qué significa ese beso furtivo. Quizá no se nos ocurra pensar que ese beso implica la aceptación de las cruces que la vida nos vaya presentando. Es una especie de alianza con la cruz de Jesús. Es bueno que conservemos ese beso en nuestra memoria. Necesitaremos volver a él cuando nos visite el sufrimiento y no sepamos cómo afrontarlo. El canto se convertirá en un estribillo contagioso: “Tu cruz adoramos, Señor, y tu santa resurrección glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”.

Terminaremos participando del pan consagrado ayer. Recordaremos las palabras de Pablo: “Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva”.

Saldremos de nuevo a la calle. Los bares estarán abiertos. Las gentes seguirán tomando cerveza, comentando asuntos políticos o haciendo apuestas sobre el desenlace de la misión Artemisa II. Los creyentes nos sentiremos un poco como ciudadanos de otro planeta. No podemos bajar del Calvario y ponernos a hablar de fútbol, como si nada hubiera pasado. Somos hijos de nuestro tiempo indiferente, pero somos, ante todo, seguidores del Maestro. Tal vez el silencio contemplativo sea la mejor reacción. 

Sin palabras que decir, podemos dejar que la Palabra proclamada siga resonando. Solo ella puede hacernos comprender la magnitud de la “muerte de Dios” y la esperanza que se incuba en su sepulcro. No regresaremos a casa desconsolados, sino expectantes. No pensaremos que, muerto Jesús, todo termina, sino que nos prepararemos mejor para el estallido de la resurrección. Solo se hace cargo de la fuerza de la vida quien ha probado en sus carnes el sinsentido de la muerte. Dejaremos que el Sábado Santo incube una esperanza indestructible. Viviremos este tiempo asidos a María, la mujer que entendió sin entender. La noche nos sorpenderá en vela, con la lámpara de la fe encendida.

jueves, 2 de abril de 2026

La cena de los tres amores


Mientras tecleo la entrada de hoy las televisiones siguen hablando de la misión Artemis II, de las procesiones en distintos lugares de España y de las previsiones meteorológicas para el fin de semana. Yo he comenzado la jornada caminando por el pinar a 4 grados y con un viento frío golpeándome la cara. Ha sido una buena manera de “purificarme” para el comienzo del gran día. Tendremos la misa “in coena Domini” a las 7 de la tarde. 

Aunque veo a muchas caravanas por la zona y muchos senderistas cubiertos con gorro de lana, no sé si algunos participarán en la celebración. Espero que sí. Para un cristiano, estos días no son las vacaciones de primavera, sino la Semana Santa. La historia ha ido cargando de ritos y tradiciones estos días santos, pero la esencia es siempre la misma: actualizar el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.


Desde niños hemos aprendido a vincular la última cena de Jesús con la Eucaristía, el mandato del amor fraterno y la institución del ministerio ordenado. Las tres realidades están implicadas. Son tres amores indivisos. 

En tiempos de conflicto y división, el mensaje del Jueves Santo nos invita a romper barreras y tender puentes. La humildad del lavatorio de pies, la generosidad del compartir el pan y el vino, y el mandato de amarnos los unos a los otros cobran una vigencia renovada: nos recuerdan que el verdadero sentido de la fiesta no reside solo en el ritual, sino en la capacidad de transformar nuestro entorno desde el respeto y la reconciliación.


Celebrar el Jueves Santo hoy implica buscar la paz y el diálogo en medio de la discordia, practicar el perdón, y comprometernos con la construcción de una sociedad más justa y solidaria. Es una llamada a ser agentes de esperanza, incluso cuando el mundo parece ensombrecido por la guerra y el enfrentamiento, haciendo de la celebración una oportunidad para la renovación personal y comunitaria.

miércoles, 1 de abril de 2026

El verbo del Miércoles Santo


El mes de abril es un mes primaveral. Con frecuencia, la Pascua cae en este mes. Lo hemos comenzado mirando al espacio porque, dentro de unas horas, si el tiempo no lo impide (como en las corridas de toros), despegará la nave Artemis II desde Cabo Cañaveral. Orbitará en torno a la luna. Lo hemos comenzado también mirando a la Tierra y poniendo cifras a la factura de la deuda pública española

Hay otros muchos asuntos que nos preocupan, como los insultos que se produjeron en el partido de fútbol España-Egipto, los frentes bélicos en Irán, Ucrania y otros puntos del globo. Pero el gran asunto del día es que estamos a las puertas del Triduo Pascual. Un año más, reviviremos el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.


Hoy, el verbo central es “entregar”. Se repite hasta seis veces en el evangelio de hoy. Entregar equivale a “traicionar” cuando lo conjuga Judas. Pero equivale a “donarse” cuando lo conjuga Jesús. Judas “entrega/traiciona” a Jesús y Jesús “entrega” su vida por el rescate de la humanidad. Este contraste se reproduce también en nuestra vida. Nos movemos entre la “traición” y la “donación”.

martes, 31 de marzo de 2026

Era de noche


Del evangelio de este Martes Santo, las palabras que más me impresionan están como perdidas al final del versículo 30 del capítulo 13. Dicen simplemente: “Era de noche”. Parece un mero apunte cronológico, pero son palabras poderosas. Como canta uno de los himnos litúrgicos de vísperas, la noche puede ser un tiempo de salvación, pero también de traición. Es verdad que “Abrahán contaba tribus de estrellas cada noche”, que “de noche, por tres veces, oyó Samuel su nombre” y que “la noche fue testigo de Cristo en el sepulcro”. Pero también es verdad que “era de noche” cuando Judas Iscariote se dispuso a hacer lo que tenía que hacer. 

Con el himno litúrgico le decimos a Jesús que “de noche esperaremos tu vuelta repentina” mientras recordamos todas las “noches oscuras” que han puesto a prueba nuestra fe a lo largo de la vida. La oscuridad parece también un signo de nuestro tiempo. No vemos el camino. No vemos el futuro. Quizás, por eso, la cantante Rosalía –que anoche tuvo un exitoso concierto en Madrid ante 17.000 espectadores– ha titulado su último disco Lux (luz). Es como si, en medio de la oscuridad presente, desmontados todos los mitos, intuyera que necesitamos la Luz que viene de lo alto. Precisamente la primera lectura de hoy termina con unas palabras que la Iglesia aplica a Jesús: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra” (Is 49,6).


En medio de la noche cultural, Jesús es la luz del mundo, el único que puede curar nuestra ceguera. Este fue el mensaje central del pasado IV Domingo de Cuaresma. Los seguidores de Jesús –Luz del mundo– somos también pequeñas luces del mundo, reflejos de su claridad. Estoy seguro de que los muchos fans que estuvieron ayer todo el día frente al Movistar Arena esperando el concierto de Rosalía salieron satisfechos de la actuación de su ídolo. Rosalía tiene la capacidad de hacer un espectáculo total combinando diversos géneros y cuidando mucho la escenografía. 

Salir satisfecho no significa lo mismo que salir “iluminado”. La noche cultural no se alumbra solo con potentes reflectores y muchos decibelios. Todo esto puede deslumbrar, pero no iluminar. Puede conducir a una experiencia de “exaltación”, pero no de “exultación”, por usar la distinción a la que es tan aficionado el profesor Alfonso López Quintás. Si en algo se distingue la Semana Santa de cualquier otra experiencia es que no se limita a recordarnos la muerte de Jesús o a sacarnos de nuestra rutina con espectáculos dramáticos (como las pasiones vivientes, los viacrucis o las procesiones), sino que actualiza el Misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús en la “noche” de la humanidad.


El verbo “actualizar” tiene una enorme fuerza litúrgica. La definición del diccionario (“hacer actual algo, darle actualidad”) es demasiado genérica, se queda corta. Actualizar significa que el sacrificio de Cristo se hace real hoy, que podemos participar en él. No nos limitamos a recordarlo en calidad de espectadores, sino que somos insertados en él, experimentamos su fuerza salvífica. Entendida así la liturgia de la Semana Santa, no tiene parangón con ningún concierto o espectáculo (ni siquiera con las devociones más sinceras), aunque no produzca en nosotros emociones intensas. 

Puede que la liturgia no nos deslumbre como el concierto de Rosalía, pero ilumina nuestra noche más profunda. Puede que no terminemos “exaltados” después de la Vigilia Pascual (como suelen estarlo los fans después de un concierto), pero podemos terminados “exultados” (inundados por una alegría profunda que solo Cristo puede dar). No en vano el pregón pascual comienza con estas palabras: “Exulten por fin los coros de los ángeles, / exulten las jerarquías del cielo, / y por la victoria de Rey tan poderoso / que las trompetas anuncien la salvación”. ¿Por qué la Vigilia Pascual se celebra en el corazón de la noche?´

lunes, 30 de marzo de 2026

Entre fieles y turistas


Seis y media de la tarde. El cielo está azul, con algunas nubes ralas que rompen la monotonía. Sopla un aire molesto y frío. La Puerta del Sol está llena de turistas y curiosos. Las vallas metálicas han creado un pasillo de unos cuatro o cinco metros de ancho que conecta la sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid con la calle Preciados. Una jirafa de Telemadrid está apostada cerca de la fuente de Carlos III. Sube y baja sobre las cabezas de los presentes. El sonido de una banda venida de Albacete hace presagiar que de un momento a otro entrará el paso de La Borriquita, que ha salido de la catedral tres horas antes portado por los miembros de la Hermandad del mismo nombre. 

Se detiene frente a la sede de la Comunidad. Hay relevo en el equipo de costaleros. Todo transcurre con mucha lentitud y parsimonia. Acostumbrado a horarios precisos y acelerados, se me hace eterna la espera. No sé distinguir entre devotos, turistas y curiosos. Todos estamos apelotonados. Hay algunos aplausos sueltos. Permanezco casi un par de horas de pie. La tarde va cayendo. A esta misma hora discurren varias procesiones por distintos barrios de Madrid. Me alejo por la calle Arenal rumbo a mi casa. El centro está, como de costumbre, atiborrado de gente. No sé si muchos madrileños habrán salido, pero es evidente que muchos turistas han entrado.


Tenía curiosidad por contemplar algunas de las procesiones de la Semana Santa de Madrid, ya que suelo estar fuera en estas fechas. Tal vez no elegí ni el lugar ni el día más apropiados, pero confieso mi decepción. En otros sitios he percibido orden, belleza, emoción y mucha fe. No fue eso lo que sentí ayer en la Puerta del Sol. Todo me pareció una amalgama un tanto rancia y desaliñada de ritos. Parecía más un desfile para contemplación de turistas que una verdadera procesión. 

Como sucede hoy con cualquier evento, los móviles parecían los protagonistas. Casi todo el mundo disparaba el suyo para captar alguna imagen. Yo mismo lo hice para ilustrar la entrada de hoy. Imagino que quienes procesionaban lo hacían con otro espíritu, pero no era fácil captarlo. En esos momentos eché de menos el orden y la bella sobriedad de la liturgia. También ella está sometida al peaje de la rutina, pero conserva su armonía.


Sé que, a partir de una experiencia singular, no se pueden extraer conclusiones universales. Lo aprendí cuando estudiaba Lógica en mis años juveniles. En otros lugares y a otras horas (sobre todo, nocturnas) he participado en procesiones que llegan al alma. En cualquier caso, que en el corazón de una ciudad cosmopolita como Madrid se vean manifestaciones de este tipo es un recordatorio de que existen realidades que van más allá de nuestros desvelos habituales. 

Enfrente de mí tenía a un grupo de turistas indios –probablemente hindúes– que aguantaron de pie todo el tiempo y que, en cuanto aparecían los pasos, no hacían más que disparar sus móviles. Yo me preguntaba qué pensarían. Quizás imaginaban que era algo parecido a los festivales que ellos organizan en torno al dios Ganesh o a cualquiera de sus múltiples divinidades. Notaba que no se sentían a disgusto. En la India son muy frecuentes estas manifestaciones callejeras. Para ellos, religión, cultura y vida social forman una unidad inescindible. Nosotros hace tiempo que hemos privatizado la fe. Algunos desearían incluso que desapareciera todo vestigio público y que, en el mejor de los casos, quedara confinada en la sacristía de la propia conciencia. Vivimos en dos mundos muy diferentes. No tengo nada claro que el europeo sea mejor.