
El enfrentamiento entre el presidente de los Estados Unidos y el Papa de Roma está dando mucho que hablar. No se trata solo de contraponer lo que piensa el ciudadano Donald Trump y lo que cree el cristiano Robert Prevost, ambos seguidores confesos de Jesús y titulares del pasaporte estadounidense. Se trata de fijarse en lo que representan. Para los católicos “trumpistas” –que los hay, tanto dentro como fuera de Estados Unidos– se plantea un conflicto de fidelidades. Algunos se han puesto enseguida del lado del papa León XIV. Otros, para los que el pragmatismo político de Trump es más fuerte que sus convicciones cristianas, se han dado prisa en invocar el principio evangélico de “dar al César lo que es el César y a Dios lo que es de Dios”, como si la guerra fuera un asunto puramente político (del César) y no tuviera nada que ver con Dios.
Cuando el Papa –siguiendo las orientaciones del Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2307-2309)– afirma que la guerra no es el modo cristiano de abordar los conflictos, enseguida surgen voces que la justifican recordando las muchas víctimas del régimen iraní y la necesidad de bajar del mundo ideal al mundo “real” (sic). Pero el realismo político no puede ser el único argumento. Sin criterios de verdad y bondad, por muy abstractos que parezcan, no se pueden tomar decisiones morales verdaderamente humanas. Las actitudes arrogantes no son el mejor modo de abordar los problemas. Cuando Trump acusó a León XIV de ser “débil ante el crimen” y de “complacer a la izquierda radical”, la respuesta del Papa fue humilde, clara, serena, concisa y valiente: “No le temo al gobierno de Trump, ni a hablar en voz alta del mensaje del Evangelio, que es para lo que creo que estoy aquí”.

El vicepresidente Vance, católico converso, se ha puesto enseguida del lado de su jefe político diciendo que “en algunos casos sería mejor que el Vaticano se ciñera a cuestiones de moralidad”, como si la guerra fuera un asunto puramente técnico que no implicara ningún criterio moral. Quienes argumentan así –entre los que hay algunos católicos– sostienen que el Papa (y también los obispos) deben ceñirse a cuestiones dogmáticas y litúrgicas. No deben hablar ni de política ni de economía porque estas materias funcionan de manera autónoma y se rigen solo por criterios pragmáticos.
Pareciera que el Evangelio no tiene nada que ver con la política y la economía y, por lo tanto, los pastores de la Iglesia deberían permanecer mudos en relación con ellas. Estos cristianos están dispuestos a abstenerse de comer carne los viernes, a comulgar en la boca (si así lo dispone la Iglesia), pero no quieren oír nada que afecte a su bolsillo o a sus sacrosantas opciones políticas. Me resulta tan insostenible esta manera de ver las cosas que ni siquiera me tomo el tiempo de refutarla.

Desmontar las falacias de Trump, criticar su liderazgo errático y su arrogancia barriobajera no significa, en modo alguno, legitimar la dictadura chavista de Venezuela, el régimen despótico de Irán o el comunismo trasnochado de Cuba. Significa solamente no claudicar de algunos principios éticos sin los cuales la convivencia humana es inviable y el riesgo de quedar expuestos a la arbitrariedad de los poderosos de turno es demasiado alto. El enfrentamiento entre Trump y León XIV es solo un botón de muestra de la instrumentalización de la religión al servicio de los propios intereses.
No entro en las imágenes creadas con IA en las que Trump aparece como un Cristo redivivo imponiendo las manos a un enfermo o como un nuevo Papa. Aparte de ser bufonadas impropias de alguien que representa a un gran país, indican hasta qué punto le importa muy poco la religión que dice defender como bastión de la civilización occidental. Los discursos solemnes quedan neutralizados por una praxis incoherente y falta de respeto. ¡Hasta Giorgia Meloni, la aliada europea de Trump, se ha desmarcado de esta línea de actuación!
Dos actitudes que se contraponen totalmente, incluso si analizamos las fotos de Trump y León XIV… El primero transmite fuego, rabia, estar a la defensiva, por el contrario, León XIV, transmite aplomo, seguridad, puede decir que no tiene miedo porque sabe de quién se fía.
ResponderEliminarGracias Gonzalo por ayudarnos a distinguir las situaciones y a dar importancia a los valores que nos ayudan a ser personas de paz.