jueves, 8 de enero de 2026

La última foto


La primera semana de este año 2026 ha estado marcada en rojo. Nunca imaginé que iba a empezar el nuevo año de una manera tan extraña. Le di la bienvenida rodeado de mi familia en un ambiente hermoso de serena alegría. No habían pasado ni 48 horas cuando, en la fría noche del 2 de enero, recibo una llamada. Sin muchos preámbulos, la voz al otro lado del teléfono me dice: “Ha muerto Luis Alberto Gonzalo”. La noticia ya corría a toda velocidad por las redes sociales. 

Para los lectores del Rincón que no saben quién era este hombre, les diré que era un miembro de mi comunidad claretiana de Madrid. Tenía 61 años. Era muy conocido en el ámbito de la vida consagrada de España y Latinoamérica. Durante quince años (2008-2023) había dirigido la revista Vida Religiosa. Hacía pocos días que había vuelto muy cansado de una misión en México. Tras celebrar la Navidad con todos nosotros, estaba pasando las fiestas de fin de año con su familia en Oviedo. La noticia de su muerte repentina me dejó sin palabras. Apenas pude responder. Enseguida me puse en contacto con la comunidad claretiana de Oviedo para coordinar el acompañamiento a la familia y las primeras gestiones con los servicios funerarios.


El sábado 3 viajé con el provincial de Santiago rumbo a Oviedo. Entrados en Asturias, nos acompañó una densa niebla que hacía lenta y arriesgada la conducción. Las más de cuatro horas del viaje se me fueron en responder mensajes y atender llamadas telefónicas. Infinidad de personas querían expresar sus condolencias e interesarse por los detalles de la muerte de Luis Alberto Gonzalo, que era muy conocido entre las personas consagradas.

Pasamos el fin de semana acompañando el cadáver de nuestro hermano, junto a su familia, en el tanatorio El Salvador. Fueron horas de silencio, oración, saludos a conocidos y desconocidos y breves conversaciones. No sabría decir cuántos recuerdos y preguntas pasaron por mi mente mientras contemplaba tras los cristales el ataúd que contenía los restos de mi hermano claretiano. 

Vivimos en la misma comunidad los cuatro últimos años. Enseguida me di cuenta de que, aunque compartíamos el nombre, nuestros caracteres y formas de ser (y quizás de pensar) eran muy diferentes. También nuestras trayectorias misioneras diferían bastante, aunque tuvieran algunos puntos en común. Estábamos aprendiendo a vivir juntos y a valorar los dones de cada uno. Tengo la impresión de que esa carrera se quedó a la mitad. Hubiéramos necesitado más tiempo de encuentro y diálogo para deshacer prejuicios y explorar caminos nuevos. Los dos creíamos en el poder de la conversación.


Todos los miembros de mi comunidad estamos “tocados”. En nuestra programación navideña no figuraba participar en el funeral y entierro de un hermano nuestro. Se hizo realidad la lógica de este tiempo litúrgico: la vida y la muerte se entrelazan como eslabones de una cadena misteriosa y salvífica. Mors et vita duello. 

A Luis Alberto Gonzalo le gustaba colgar fotos suyas en su cuenta de Facebook. A menudo las acompañaba de pequeños y sugerentes comentarios. Normalmente recibía decenas de “me gusta” porque su red de contactos se extendía por todo el mundo. 

En la última foto se lo ve sentado con su único hermano y su cuñada frente a la mesa de un bar. Sobre ella hay copas de vino blanco, un botellín de cerveza y sus gafas plegadas. Luis Alberto Gonzalo, con el rostro un poco hinchado, esboza una leve sonrisa. No se sentía con muchas fuerzas. La foto la colgó solo un día antes de morir. Iba acompañada por estas palabras: “Somos capaces de empezar un año nuevo gracias a quienes son nuestros, para nosotros, a quienes son familia. ¡Feliz día!”. Valoraba mucho las relaciones. Tenía un peculiar sentido de la amistad y la pertenencia. 

Mirando con respeto y gratitud su última foto, doy gracias a Dios por su vida y le pido que lo incorpore definitivamente a esa familia que no tiene rincones ni fronteras porque todo el espacio lo ocupa Dios.

martes, 6 de enero de 2026

Se completa el belén


A lo largo de un par de semanas hemos ido completando todas las figuras del belén. Las centrales son, por supuesto, Jesús, María y José. El 25 de diciembre la liturgia se centra en el pequeño Niño que nace en Belén. Celebramos la Natividad del Señor. El 1 de enero el foco se proyecta sobre María, la Madre de Dios

Pero en el ciclo navideño hay también muchos otros personajes secundarios que completan el belén. Algunos vienen de los cielos (como los ángeles que anuncian el nacimiento del Salvador). Otros viven a ras de suelo (como los pastores periféricos que se acercan a Belén para adorar al Niño). Unos pocos son siniestros (como Herodes y sus huestes asesinas). Y hay otros (los magos) que vienen de muy lejos. No pertenecen al pueblo de Israel. Son buscadores del Mesías y peregrinos que dejan su tierra y se ponen en camino. Esto es lo que celebramos hoy en la solemnidad de la Epifanía.


Escribo la entrada de hoy después de haber visto por internet la ceremonia de clausura de la Puerta Santa en la basílica de san Pedro. Se termina el Jubileo de la Esperanza, pero no se termina la misericordia de Dios. Dios sigue manifestándose en las encrucijadas de la vida. Estamos llamados a salir de nuestra comodidad y ponernos en camino. 

A Jesús no lo podemos comprar en ningún supermercado. No es un “producto” consumible. Es la “epifanía” (manifestación) gratuita de Dios. Por eso, no hay ningún poder humano que pueda manipularlo o controlarlo. Está a disposición de quienes son capaces de seguir la estrella y mirar dónde se detiene. Hay muchos “magos” modernos que han emprendido búsquedas espirituales semejantes a los magos de Oriente. Es probable que a veces la estrella desaparezca por un tiempo, pero, si perseveramos en la búsqueda, acabará apareciendo de nuevo. 


Los días transcurridos entre la solemnidad de María, madre de Dios y la solemnidad de la Epifanía han estado llenos de sobresaltos. Algunos son de impacto mundial, como el incendio que costó la vida a decenas de personas en Suiza. O como todo lo sucedido en Venezuela. Otros han tenido un alcance más íntimo, como la muerte repentina de un miembro de mi comunidad mientras pasaba unos días con su familia en Oviedo. 

No siempre es fácil reconocer la “epifanía” de Dios en acontecimientos que no estaban previstos en nuestra agenda natalicia. Cada uno hacemos nuestros planes para estos días, pero la vida se encarga de conducirnos a menudo por otros derroteros. No depende de nosotros el curso de los acontecimientos, pero sí la actitud de buscar en todos ellos la estrella que nos lleva a Jesús. Solo postrándonos ante él, entregándole los regalos humildes de nuestra turbación, duda y búsqueda, podemos llegar a vislumbrar la luz.

jueves, 1 de enero de 2026

Novedad, paz, maternidad


2026 ha empezado con niebla, temperatura gélida y calor familiar. El primer día del año tiene tres puntos de referencia: el paso del tiempo, la promoción de la paz y, sobre todo, la celebración de la maternidad divina de María

El primer punto es universal. Todos celebran a su modo el paso de un año a otro. Cada cultura tiene sus ritos. Abundan los fuegos artificiales, los baños en el mar, la ingesta de doce uvas, la quema de objetos viejos, el uso de vestidos especiales… y algunas supersticiones que pretenden atraer la suerte sobre aquellas personas que las practican. Las televisiones nos sirven en bandeja imágenes espectaculares desde Sidney hasta Ciudad de México o Los Angeles. En muchos lugares las personas se reúnen con sus familiares y amigos para cenar y desearse un nuevo año feliz. Las redes sociales estallan con gifs, vídeos y mensajes de todo tipo. A menudo no son creaciones personales, sino reenvíos interminables de materiales reciclados. Las llamadas telefónicas han dejado paso al envío masivo de mensajes cortos en los que apenas se nota la huella personal. El denominador común es un deseo difuso de bienestar, la convicción de que el paso del tiempo puede hacernos mejores, aunque comprobemos una y otra vez que las intenciones apenas se traducen en resoluciones. 


La segunda referencia es la paz. Con motivo de la LIX Jornada Mundial de la Paz, el papa León XIV nos ha dirigido un mensaje titulado “La paz esté con todos ustedes: hacia una paz desarmada y desarmante”. Extraigo algunas palabras: “Ya sea que tengamos el don de la fe, o que nos parezca que no lo tenemos, queridos hermanos y hermanas, ¡abrámonos a la paz! Acojámosla y reconozcámosla, en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella”. 

Este Papa está muy preocupado por la paz. Sus informaciones privilegiadas le hacen temer un conflicto de proporciones globales. Por eso, no pierde ocasión para animarnos a todos, creyentes y no creyentes, a cuidar este don precioso sin el cual no podemos desarrollarnos como personas. El cuidado empieza en el santuario de la propia conciencia, allí donde maduran nuestras actitudes y decisiones.


Por último, el punto central de este primer día del año para un cristiano es la celebración de la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. A ella, que ha dado a luz a Jesús, le pedimos que, con la fuerza del Espíritu Santo, engendre en nosotros a Dios. El dogma de la maternidad divina de María tiene mucho que ver con nuestro itinerario de fe. Se refiere, en primer lugar, al alumbramiento de Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, pero también a la gestación de Dios en cada uno de nosotros mediante la fe. En un contexto en el que muchas personas dudan de Dios y otras se declaran ateas, la presencia materna de María señala el camino. Ella sigue engendrando hijos en su corazón. 

Por otra parte, en un contexto tan descorazonado como el actual, ella nos enseña a “conservar todo en el corazón” para permitir que Dios llegue hasta nuestro centro personal y nos transforme. Vivir con corazón implica valorar la intimidad y la profundidad frente a la superficialidad, cultivar la cordialidad frente a la indiferencia, vivir la fe frente al miedo. 

En este primer día del año le pedimos a la Madre de Dios que nos ayude a no dejarnos llevar por la prisa, sino a atesorar todo en el corazón para que podamos ser hombres y mujeres de paz y de este modo el año 2026 sea una nueva oportunidad de crecer en la comunión con Dios y en la entrega a los demás.

A todos los amigos de El Rincón de Gundisalvus os deseo de corazón un...


miércoles, 31 de diciembre de 2025

El último día del año


Mi paseo matutino en el último día del año ha sido bajo una agradable temperatura de tres grados bajo cero. El pinar estaba cubierto de escarcha, los regatos permanecían congelados y el río Duero vertía sus aguas en el embalse de la Cuerda del Pozo con parsimonia invernal. Solo en las cumbres del Urbión hay nieve. Para que baje al valle hay que esperar unos días. Despediremos, pues, 2025 con cielo azulísimo, frío discreto y un enorme sentimiento de gratitud. 

Para hacer memoria de los acontecimientos sociales y políticos están los medios de comunicación. Hoy ofrecen resúmenes más o menos interesantes sobre lo que ha sucedido a lo largo del año que termina. En general, el tono no es muy optimista. La amenaza de una gran guerra se cierne sobre la humanidad. Hay líderes políticos y periodistas interesados en silenciar el discurso antibelicista de León XIV. Esperemos que 2026 nos traiga un poco de sensatez.


Me gusta el último día del año. Por la pantalla de nuestro corazón van desfilando imágenes y sonidos de lo vivido en los doce meses que terminan. Sin saber por qué, algunos recuerdos reclaman el primer plano. Se han quedado grabados a fuego en nuestra memoria. Otros se desvanecen como niebla a mediodía. Siempre me ha sorprendido lo selectiva y caprichosa que es la memoria. A veces olvidamos lo que otros recuerdan con pelos y señales y otras conservamos recuerdos que otras personas han olvidado por completo. 

Es obvio que la memoria tiene un alto componente afectivo. Recordamos más y mejor lo que nos ha afectado sentimentalmente, lo que ha tocado nuestro corazón. Podemos olvidar un evento social de primer orden y recordar con primor una conversación con un amigo, un paseo por el bosque o un momento de oración. Esta subjetividad permite que cada uno compongamos el mosaico del año que termina con las teselas de nuestra memoria afectiva.


Mientras tecleo esta entrada, tengo de frente el inmenso pinar de Camporredondo. El sol golpea el ala sur de los tejados rojizos de las casas vecinas mientras el ala norte conserva todavía restos de escarcha. El silencio envuelve todo. Me dicen que las casas rurales se han llenado de turistas, pero por la calle no se oye ningún ruido. A las siete de la tarde celebraré la Eucaristía. Aunque cronológicamente pertenezca al último día del año, litúrgicamente anticipa la solemnidad de mañana. Tendré oportunidad de saludar a algunos amigos que hace tiempo que no veo. Daré y recibiré felicitaciones para el nuevo año. 

Y, luego, venciendo el frío de la noche, iré caminando a la casa de mi hermano donde cenaremos en familia. Un año más reviviremos la ritualidad que acompaña el cambio de año. Uno puede pensar que se trata de ritos muy banales, bastante alejados de la densidad litúrgica, pero a veces la vida necesita también estas concesiones a la ligereza. Lo que importa es que, con ritos o sin ellos, expresemos nuestro amor a la personas queridas y, sobre todo, entreguemos a Dios el año que termina pidiendo la fuerza de su gracia para el que empieza.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Romper las convicciones


La Navidad es un anticipo de la Pascua, así que vida y muerte (o muerte y vida) se dan la mano. Ayer, fiesta de la Sagrada Familia, moría en nuestra misma comunidad la madre de uno de nuestros hermanos. Fue un golpe inesperado. Sobran las palabras. Ese evento no figuraba en nuestro calendario de celebraciones. Pero ya se sabe que lo más denso de la vida sucede en los huecos que dejamos libres en nuestra agenda. 

¿Se puede vivir la muerte a la luz de la Navidad? Eso es precisamente lo que nos propone la liturgia. Para un cristiano, el verdadero “dies natalis”, su verdadera navidad, no es su nacimiento biológico, sino su paso a la vida eterna. La fe nos ayuda a dar sentido a lo que humanamente resulta casi inaceptable. En el marco litúrgico de la Sagrada Familia experimentamos qué significa ser familia en el Señor, compartir las alegrías y las penas, las preguntas y las respuestas, los silencios y las palabras. Es probable que también algunos de los lectores de este Rincón hayáis tenido que lidiar con la realidad de la muerte en estos días en los que celebramos la vida del Niño. Dejemos que su luz ilumine nuestras tinieblas y que su amor nos mantenga firmes y esperanzados.


Ayer volvió a celebrarse el Belén viviente de mi pueblo natal, Vinuesa. Este año no pude estar presente. Mientras los pueblos y ciudades no pierdan la memoria de sus raíces y celebren la historia, seguirá habiendo identidad y fraternidad. Lo que más cuenta no es la perfección técnica del evento, sino el hecho de que los habitantes de un pueblo se metan como actores de una historia que les seduce y les desborda, que les pertenece y les supera. Cuando en la plaza mayor, empedrada de granito, se levanta un pueblo que recuerda a Belén (con su panadería, carnicería, herrería, etc.) sucede un pequeño milagro. El recuerdo de un estilo de vida que ya no existe recrea unos vínculos que siguen existiendo y que producen futuro. 

Pero no se trata de una especie de refugio nostálgico o de una feria de antigüedades. Nada de esto tendría sentido sin la referencia central a Jesús, María y José como protagonistas del evento. Lo más importante no es proyectar imágenes multicolores sobre la fachada de la iglesia, aumentar los decibelios de la música navideña para que la gente baile o compartir castañas asadas, dulces y chocolate caliente, sino recordar que en el origen hay una historia que ha cambiado el mundo. Quizá no se conozca demasiado, tal vez esté reducida a sus trazos más elementales, pero ahí está. Sus intérpretes principales son los niños. Ellos sienten una misteriosa solidaridad con ese Niño que yace sobre un pesebre. A través de él -niño visible como ellos- conectan con el Misterio invisible de Dios.


Mientras las gentes de mi pueblo ponían en marcha el belén viviente, yo paseaba por las calles del centro de Madrid. Necesitaba la soledad que produce la marea de gentes para digerir todo lo vivido en una jornada inesperada y rica de significados. Necesitaba contarle a Dios lo que sentía y dejarme curar por su silencio. Necesitaba saber que, en el corazón de los muchos hombres y mujeres que se apiñaban en la Plaza de España y las calles aledañas, se libraban batallas que no podían ser ocultadas por las luces de colores. ¿En cuántos se encendería la llamita de la fe o, por lo menos, del asombro? ¿Cuántos se dejarían sorprender por la verdadera “magia de la Navidad”

No es fácil responder a estas preguntas porque no todos vemos las cosas del mismo modo. Mientras algunos, por ejemplo, consideran que el concierto de Hakuna en la Puerta del Sol el pasado día 22 fue un signo de fe, otros -me temo que de mi generación- consideran que es un “regreso al cristofascismo” (sic). Está claro que no todos vemos la Navidad con los mismos ojos, pero ¿no sería necesario escuchar las razones más profundas de unos y otros para dejarnos convertir? Por lo general, en aquello que no nos gusta se esconde un reclamo a algo que necesitamos. No siempre es fácil ser consciente de ello porque estamos demasiado seguros de nuestras convicciones. Dejemos que la Navidad las rompa un poco.

domingo, 28 de diciembre de 2025

Gracias de corazón


Quizá no haya nada más revolucionario hoy en día que la familia. Que un hombre y una mujer se quieran, se comprometan de por vida y tengan hijos es una provocación. Contradice todos los preceptos culturales que hoy tratan de imponernos. Igual que es una provocación colocar en las casas y en las calles un belén en el que haya una mujer (María), un hombre (José) y un niño (Jesús), cuando muchos prefieren ver renos, trineos, calcetines rojos y todo tipo de adornos invernales e incitaciones al consumo. 

Hablar de la familia es hablar de amor, fidelidad y vida. Donde hay familias, hay futuro. Uno de los principales signos de decadencia de una sociedad es precisamente la baja natalidad. La fiesta de la Sagrada Familia que celebramos hoy es ciertamente la fiesta de Jesús, María y José, pero es también la fiesta de la familia como signo de presente y promesa de futuro. Siempre que pienso en la familia me viene a la cabeza la frase de Tagore: “Cada niño viene con el mensaje de que Dios aún no se ha desanimado del hombre”.


¿Por qué hoy es tan difícil formar una familia? ¿Por qué las cosas más básicas (vivienda, comida y educación) se han convertido en artículos de lujo? ¿Por qué a los jóvenes matrimonios les cuesta tanto criar a sus hijos? Una sociedad que valora la vida, que sueña un futuro mejor, debe apostar sin titubeos por promover y apoyar las familias como su bien más preciado. ¿Cómo es posible que hoy, al menos en el contexto europeo, sea más difícil tener hijos que hace 50 o 60 años, cuando las condiciones materiales eran aparentemente más precarias? 

¿Qué nuevas prioridades nos hemos ido inventando? ¿Por qué en muchos casos las mascotas ocupan el lugar de los hijos? La crisis de la familia revela una crisis más profunda, que tiene que ver con el sentido de la vida, la confianza en el futuro, el valor de la entrega y, en definitiva, la fe en el Dios de la vida. No es, pues, extraño que haya una evidente correlación entre la pérdida de la fe en Dios y la minusvaloración de la familia o la extensión abusiva del concepto de familia a cualquier forma de convivencia en la que haya respeto y afecto.


La figura del niño Jesús, rodeada por sus jóvenes padres María y José, y acompañada por un buey y una mula, no es un símbolo anticuado que nos retrotrae a etapas históricas superadas, sino una figura que nos confronta con nuestras verdades y mentiras, con nuestros miedos y ausencias, con nuestras sombras más profundas. Es la fuerza misteriosa del Niño frágil. Como no nos atrevemos a apostar por la vida y todas sus consecuencias, rellenamos el vacío con infinitas lucecitas LED que hacen menos oscuras nuestras ciudades, pero que no son más que un maquillaje efímero de nuestra falta de esperanza. 

Admiro a las jóvenes parejas que, renunciando a viajes exóticos y a ropas caras, dedican sus recursos a educar a su prole. Admiro a los padres que se esfuerzan por criar a sus hijos cuando muchos de sus amigos les dicen que no vale la pena, que piensen más en ellos mismos, que no hay que sacrificar la profesión por formar una familia. Son los nuevos “mártires”, los nuevos testigos de un amor sometido al crisol de la prueba. Los evangelizadores más creíbles no somos, hoy por hoy, los célibes que hemos abrazado la vida consagrada, sino los padres que hacen real el amor personal, fiel y fecundo de Dios en esa iglesia doméstica que es la familia. Hoy es un día para darles las gracias de corazón y apoyarlos con todas nuestras fuerzas.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Descenso a la realidad


La Navidad vuela. Pasó el concierto de Hakuna en la Puerta del Sol, pasó el Jubileo de la Esperanza en la catedral de la Almudena con mi comunidad, pasó la Nochebuena y pasó la Navidad. Todo pasa. Ya lo decía el viejo villancico: “La Nochebuena se viene / La Nochebuena se va. / Y nosotros nos iremos / y no volveremos más”. Parece una rendición a la caducidad de la vida, pero quizá es el modo más sabio de vivir las cosas. Mientras la liturgia nos habla de “un niño acostado en un pesebre” (Lucas) o del “Verbo que se hace carne” (Juan) y las felicitaciones se deslizan por pendientes de alegría y paz, la vida cotidiana sigue su curso inexorable. 

El contraste es palmario. En muchos casos se dispara la soledad no deseada, crecen las tensiones familiares y hasta la política parece emponzoñarse un poco más si cabe. Quizás por eso, al día siguiente de la Navidad (25) celebramos la fiesta del protomártir san Esteban (26). Y, tras la fiesta del evangelista san Juan (27), viene la de los Santos Inocentes (28), aunque este año, al coincidir con domingo, será sustituida por la fiesta de la Sagrada Familia. Esta alternancia de vida y muerte, de alegría y sufrimiento, de adoración y persecución, hace más justicia a la vida tal como la experimentamos a diario. Dios ha plantado su tienda en un suelo frágil y herido. En los relatos navideños no todo es “peace and love”. Aparecen también la indiferencia, la envidia, el odio y la muerte.


En este contexto navideño, me llama la atención el número creciente de opiniones en las redes sociales (en forma de podcasts, vídeos, etc.) que vaticinan el declive de Europa y, con ella, de la civilización occidental. Hay países (Rusia, China y quizás ahora también Estados Unidos) que están haciendo lo posible para que así suceda. Se habla de los ciberataques, del fomento de los nacionalismos disgregadores, de la ridiculización de la Unión Europea como proyecto fallido e incluso de la masiva inmigración musulmana como una estrategia para islamizar a medio plazo el continente y reducir el cristianismo a algo residual. La escasa natalidad, el envejecimiento creciente y la debilidad de la familia asestarían el golpe definitivo a una civilización multisecular, demasiado complaciente consigo misma en las últimas décadas de bienestar. 

Todo ello va aderezado con algunas consignas que suenan progresistasDios no existe, la Iglesia ha sido el freno del verdadero progreso social, cada uno puede escoger el género que quiera; el llamado matrimonio igualitario, el aborto y la eutanasia son grandes avances sociales conquistados con esfuerzo; caminamos, en definitiva, hacia una sociedad digital y transhumanista en la que la Inteligencia Artificial acabará con todos los comportamientos irracionales de los seres humanos (aunque sea a costa de convertirnos en marionetas al servicio de oscuras y anónimas fuerzas de control).


Todo suena a relato “conspiranoico” -como se dice ahora-, pero me temo que muchos de estos indicadores son reales. Preferimos no darnos cuenta de ellos mientras dispongamos de un salario o de una pensión decentes, podamos viajar durante las vacaciones y tengamos un partido de fútbol o de tenis al alcance de la mano en una plataforma de pago. Vivir bien nos vuelve extremadamente ciegos, perezosos y pusilánimes. No queremos complicaciones. Dejamos en manos de otras personas 
“expertas” las decisiones que afectan a nuestra vida, con tal de que nos dejen a nosotros un mínimo espacio para el entretenimiento y para nuestras cosas.

La Navidad es un fuerte revulsivo contra esta visión blanda e indolora de la vida. Jesús no nace entre algodones. Desde el primer momento afronta una existencia dura, llena de riesgos, pero también llena de amor. Imaginar una existencia en la que todo esté asegurado (la llamada “sociedad del bienestar”) es el mejor modo de anestesiarnos y quitarnos la energía para aspirar a ideales superiores. Si lo que celebramos es el nacimiento de Jesús (no otros motivos sutilmente creados por la publicidad), entonces tenemos que estar dispuestos afrontar como él la dureza de la vida, pero no desde el resentimiento o la violencia, sino desde un amor que es capaz de cambiar todo en su raíz. María y José simbolizan ese amor sobre el que descansa el cuerpo de un niño esperado y perseguido, amado y odiado. Una Navidad así conecta muy bien con la vida real. Es puro descenso a la realidad de la existencia. A esta Navidad me apunto.