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sábado, 14 de mayo de 2016

¿Tiene hoy sentido la primera comunión?

Mañana 15 de mayo celebraremos la solemnidad de Pentecostés. Para los madrileños y para muchos agricultores, la fecha está ligada al recuerdo de San Isidro Labrador. Para mí tiene otro significado. Mañana se cumplirán 50 años de mi primera comunión. Dado que este año Pentecostés marca la pauta, adelanto a hoy algunas reflexiones sobre este evento. Me siento muy agradecido por poder celebrar este aniversario. Confieso que mi vida hubiera sido muy distinta sin el poder transformador de la comunión. ¿Cuántas veces he comulgado desde entonces? No lo sé, aunque no sería difícil hacer un cálculo aproximado. Pero esto tiene una importancia relativa. La fuerza de la comunión no se mide por la frecuencia (como si se tratara de una olimpiada religiosa) sino por su sentido y eficacia.

He olvidado muchos detalles de aquel 15 de mayo de 1966, que cayó también en domingo. Pero recuerdo que todo transcurrió con sencillez. Entonces no se estilaban las “pequeñas bodas” en que hoy se han convertido las primeras comuniones. Éramos un grupo de unos 20 niños y niñas. Yo tenía entonces 8 años. La misa fue por la mañana. Aunque estábamos ya en plena primavera, la temperatura era fresca. La comida fue familiar. Por la tarde, dado que era el mes de mayo, tuvimos una celebración dedicada a la Virgen. El párroco, D. Hipólito Pascual Nafría (1884-1971), era muy anciano. Tenía más de 80 años. Su joven coadjutor, hombre dinámico, con espíritu conciliar, me pidió que recitara una poesía religiosa que ya no recuerdo. Todo estaba envuelto en un ambiente de piedad. No sé cómo entendí el significado de la primera comunión. Pero sí recuerdo que era muy consciente de que recibía a Jesús “en forma de pan” y de que tenía que ser amigo suyo. Para no olvidarme, conservo todavía el sencillo recordatorio, con foto incluida.

Hoy -sobre todo en este mes- se siguen celebrando numerosas “primeras comuniones”. Algunos las tildan también de “últimas” porque muchos niños, por razones diversas (casi siempre, de tipo familiar), se descuelgan poco después de la participación en la Eucaristía. A menudo, los excesos de la fiesta civil son inversamente proporcionales a los defectos de la celebración religiosa. En torno a las “primeras comuniones” se ha desarrollado un negocio (vestidos, recuerdos, regalos, comidas, etc.) que opaca su verdadero sentido. ¿Podemos reaccionar todavía o estamos ya atrapados por una espiral incontrolable? Algunos padres me han confesado que desearían una celebración sobria y alegre para la comunión de sus hijos, pero que les influye mucho el entorno. No quieren que su hijo o hija sean diferentes a los demás niños. “No podemos ser menos”. El consumo marca las reglas e impone los gustos.

Lo que está en juego es la iniciación cristiana. Quizá tengamos que tocar fondo para redescubrir, poco a poco, el verdadero sentido de las cosas. Algunas diócesis han dado orientaciones concretas. No es un problema de los niños sino de los mayores. Los niños poseen una capacidad extraordinaria para conectar con el Misterio. Necesitan nutrirla en un ambiente (familiar y parroquial) adecuado. La “primera” comunión tiene sentido si constituye un hito en un itinerario de fe, no una celebración aislada que se recuerda solo por los regalos recibidos. Los padres, los pastores y las comunidades cristianas pueden imaginar celebraciones más sencillas, profundas y alegres. Los mismos niños, con su creatividad innata, pueden sugerir a los mayores cómo les gustaría que fuera su primer encuentro con Jesús Eucaristía. Nos llevaríamos más de una sorpresa.