Mostrando entradas con la etiqueta complejo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta complejo. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de marzo de 2016

Un “smartphone” no es una rosa


No tengo más remedio que escribir este post en la sala C-15 del aeropuerto de Fiumicino mientras espero mi vuelo para Munich. Con un poco de suerte podré colgarlo antes de que despegue mi avión. Ayer estrené un nuevo smartphone que me será útil en mis desplazamientos. ¿Cómo se puede calificar un teléfono de inteligente (que esa es, a fin de cuentas, una de las acepciones de smart)? Me doy cuenta de que estos teléfonos tienen muchas funciones: lo mismo sirven para navegar por internet que para escuchar música, calcular un presupuesto, hacer fotografías, rezar la Liturgia de las Horas y… sí, también sirven para “hablar por teléfono”. Pero de aquí a llamarlos inteligentes va un abismo. Inteligente (del latín intus-legere) es el que sabe “leer dentro”; es decir, el que puede discernir entre varias opciones, interpretar los hechos, etc. Me rebelo contra el abuso del término inteligente aplicado a los dispositivos electrónicos porque, en el fondo, esconde una sutil reducción antropológica. A base de hablar de inteligencia artificial y de ser modelados por su lógica, acabaremos llegando al homo ciberneticus, que parece ser el ideal de los listillos de Silicon Valley.
Hace años, Edgar Morin y otros filosófos ecológicos nos ayudaron a precisar la distinción entre complicado y complejo. Nosotros solemos utilizar ambos términos como sinónimos de algo difícil, arduo. Pero, en realidad, significan cosas distintas. Complicada es toda realidad que, aunque conste de muchos elementos, es susceptible de conocimiento y de control. Compleja, por el contrario, es toda realidad que, por su misma estructura, no acaba nunca de ser conocida y, por lo tanto, resulta incontrolable. Un teléfono inteligente (¡hay que ver con la palabrita!) es un realidad complicada: pertenece al reino de los mecanismos. Consta de muchos elementos –es verdad– , pero todos ellos son el resultado de una programación. Con un poco de pericia, todos pueden ser controlados según los propios intereses. Una rosa (¡qué breve y hermosa palabra!) es una realidad compleja: pertenece al reino de los organismos. A primera vista, no consta de muchos elementos, pero no puede ser controlada del todo. Una rosa es una de las expresiones de la vida.
En el terreno de los mecanismos suceden hechos (es decir, acontecimientos programables y evaluables). En el terreno de los organismos acontecen eventos (es decir, acontecimientos sorprendentes que escapan a toda previsión). Como es obvio, estas distinciones teóricas no se aplican con rigidez. La vida es muy... compleja.
¿A quién nos parecemos más los seres humanos: a un teléfono inteligente o a una rosa? Quienes tienen una idea –a mi modo de ver reduccionista del misterio humano– responderán sin  dudar que a un teléfono. En el fondo, nuestro cerebro no sería más que un superordenador que, más pronto que tarde, acabará siendo descifrado y reprogramado a voluntad. Quienes –como yo– siguen creyendo que lo que define al ser humano es su carácter irreductible a la materia, dirán que se parece más a una rosa. Parece un juego de palabras. Pero detrás de estas polaridades subyacen dos maneras muy diferentes de entender al ser humano y, en consecuencia, todo lo que tiene que ver con él: la moral, las relaciones, la política, etc.
¡Menos mal que me habéis pillado en un aeropuerto; si no, os amargo este Viernes de Dolores con reflexiones impropias de un fin de semana primaveral!