sábado, 10 de enero de 2026

¿Para qué sirve la fe?


Ha pasado una semana desde la muerte del padre Luis Alberto Gonzalo Díez (1964-2026), miembro de mi comunidad, en Oviedo. Durante estos días hemos recibido infinidad de mensajes de condolencia. Gonzalo era muy conocido en el ámbito de la vida consagrada hispanoamericana. Muchas personas lo recuerdan como alguien que les ayudó a abrir caminos. Sus reflexiones eran -en palabras de la colombiana Liliana Franco- “oxígeno para la vida consagrada”. A medida que pase el tiempo se comprenderá mejor el alcance de sus intuiciones. Él era muy consciente de la crisis que vivimos. Sabía que muchas cosas tienen que cambiar. Mantenía una inquebrantable esperanza en la fuerza de esta forma de vida cristiana, a la vez que alentaba cambios que no fueran epidérmicos, sino que brotaran de las raíces. 

Mientras muchos de sus amigos y conocidos damos vueltas a estas ideas, en todos nosotros se abren preguntas de más calado. Ante la irreversibilidad de un hecho serio como la muerte, es perentorio preguntarse: ¿Para qué sirve la fe en estos momentos? Cuando los miembros de mi comunidad compartimos el pasado jueves nuestras experiencias en una reunión fraterna, cada uno abordaba la realidad de manera muy personal. Coincidiendo en la sustancia, divergíamos en los acentos y matices.


Solo sabemos si creemos de verdad cuando tenemos que vivir de la fe, cuando las experiencias nos confrontan con la realidad, no con los mapas mentales que tenemos sobre ella, cuando pasamos de cartógrafos a exploradores. Ante la tentación de abandonarnos a nuestras ideas y sentimientos por considerarlos criterios de verdad -en línea con el principio cartesiano “Pienso, luego existo”- la liturgia cristiana de la muerte nos ofrece la luz y el consuelo de la Palabra de Dios. No se trata tanto de sentir (elemento subjetivo), sino de creer (elemento objetivo). Lo que cuenta de verdad no es la manera como nosotros concebimos la vida y la muerte, sino el punto de vista de Dios. 

No hemos sido creados para la nada. Cada ser humano es un proyecto divino. La palabra definitiva no es la debilidad, sino el amor. La vida traspasa la muerte. A ninguno se nos ocurren estas cosas por mera intuición. Y mucho menos por deducción lógica. La Palabra de Dios nos regala la verdad divina. Abiertos a ella, confiados en ella, dejamos que nos trabaje por dentro, evangelice nuestros miedos, cure nuestras heridas, habite nuestros silencios y responda a nuestras preguntas. La fuerza de la Palabra no está sujeta a programaciones o calendarios. En cada uno de nosotros actúa de una manera misteriosa, encarnándose en nuestro perfil psicológico, conectando con nuestro itinerario vital, respetando nuestros ritmos. 


En clave puramente utilitarista, la fe no sirve para nada. Es el producto más inútil que uno puede adquirir en el supermercado de actitudes y opciones humanas. Pero la visión utilitarista no es la única en la vida. Cuando contemplas el ataúd en el que yace el cadáver de un hermano u observas a los sepultureros descolgarlo con sogas en una tumba en la que yacen otros misioneros que se han desgastado por el Evangelio, comprendes que hay una sutil pero esencial frontera entre la nada y la plenitud, entre el absurdo y la fe. 

En esos momentos de vacilación, cuando todo parece que se sepulta para siempre bajo una losa de mármol blanco con algunos nombres grabados en letras negras, se activan, como por arte de supervivencia, las palabras eternas de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre” (Jn 11,25-26). La pregunta posterior que Jesús dirige a Marta me la dirige hoy a mí: “¿Crees esto?”. Como no hay respuesta humana que esté a la altura de la pregunta divina, le pido prestadas a Marta sus palabras de fe: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (Jn 11,27). ¿Para qué sirve la fe? La respuesta que hoy me brota del corazón es directa: para vivir con esperanza. ¿Hay algo más necesario en la vida?

1 comentario:

  1. Todo lo que me sale hoy, es decirte: gracias Gonzalo por tu profunda reflexión… Me llega en un momento oportuno para poder profundizar en ella, hoy que hemos celebrado el funeral de una persona querida. Es una meditación para muchos días.

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