Han pasado ya siete años. El recuerdo no desaparece. Pero el dolor de los primeros momentos se ha transformado en una alegría suave, en una esperanza sostenida. Hay una nueva forma de presencia que es menos imponente que la física, pero más profunda. Cuando presidí el funeral de mi padre el 13 de octubre de 2009 en la centenaria iglesia de Nuestra Señora del Pino de Vinuesa sentí que se cerraba una etapa de mi vida y que se inauguraba otra. He dudado mucho antes de compartir la homilía que pronuncié ese día. Siento un pudor especial. En realidad, no leí ningún texto. Hablé desde el corazón. Solo después transcribí lo que había dicho, aunque sin la emoción del momento. Si hoy, siete años después, comparto aquel texto es porque algunas personas cercanas están atravesando experiencias parecidas. Tal vez puedan sentirse comprendidas, acompañadas y animadas. Tarde o temprano, todos experimentaremos lo que significa la muerte del padre o de la madre, la enfermedad, los cuidados intensivos, el desgarro de la separación. Todo esto se puede vivir derrotados por la nada, resignados a lo incontrolable o acogidos a la esperanza que Jesús nos ofrece. Solo encuentro sentido pleno en la tercera posibilidad.
HOMILÍA EN EL FUNERAL DE
MI PADRE
Vinuesa, 13 de octubre de 2009
El 10 de enero de 2010 mi padre hubiera cumplido 80
años. Su edad se sitúa algo por encima de la expectativa de vida de los varones
españoles. Sin embargo, parece inevitable recordar el salmo 90: “Aunque uno viva setenta años y el más
robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil porque pasan aprisa y
vuelan”. ¿Ha sido una fatiga inútil la vida mi padre? ¿Han volado sus años
sin dejar huella?
Contempladas
las cosas superficialmente, la vida de
mi padre es la historia de una derrota. A lo largo de los últimos quince
años la enfermedad le ha ido arrebatando todo lo que era y tenía. Ha borrado
del disco duro de su memoria el recuerdo de lo vivido, lo ha inhabilitado
civilmente y lo ha apartado de la vida social. Desde el pasado mes de abril el
declive se hizo más patente. Entraron en crisis las tres facultades que mejor
conservaba: caminar, comer y dormir. El 29 de julio hizo su último paseo diario;
poco después se negó a ingerir alimento y convirtió las noches en un mar de
alucinaciones. Perdió peso, dejó de comunicarse y, sentado en su butaca roja o
postrado en la cama, probó en sus carnes un intenso dolor que apenas calmaban
los muchos analgésicos que los médicos le suministraban. En cierto sentido, se
quedó sin nada. Haciendo suyas las palabras de Antonio Machado, el poeta que
cantó a nuestra tierra soriana, murió “ligero de equipaje, casi desnudo”:
Y cuando llegue el día del último viaje
y esté al partir la nave que nunca
ha de tornar
me encontraréis a bordo ligero de
equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la
mar.
La
enfermedad también ha sido cruel con las personas que lo rodeábamos. Ha
contaminado nuestra alegría de vivir. Nos ha robado tiempo, proyectos, humor. Ha
alterado nuestras previsiones. Nos ha colocado frente a las cuerdas de nuestra
propia consistencia como seres humanos, como si quisiera probar hasta qué punto
podíamos resistir su embate.
Recostado
en la cama de la habitación 104 de la Unidad de Cuidados Paliativos del
Hospital Virgen del Mirón de Soria, atravesado por la sonda nasogástrica, con
el oxígeno inundando sus pulmones, mi padre entró en el amplísimo club de las
personas desposeídas, reducidas a la mínima expresión. Millones de seres
humanos mueren a causa del hambre, las catástrofes naturales, las enfermedades
endémicas, las guerras. Son todos los que, a los ojos del mundo, pierden la
batalla de la vida: el club de los perdedores. Nunca se comprende bien el dolor
humano hasta que no llama a las puertas de tu propia casa.
En
medio de esta noche oscura la Palabra de Dios proyecta una luz de esperanza: no
hay realidad alguna que pueda separarnos del amor de Dios. En la primera
lectura hemos escuchado las palabras de San Pablo: “Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados,
ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura
alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor
nuestro” (Rm 8, 38-39).
Nosotros
no logramos vencer los males de este mundo, y mucho menos la muerte, que
siempre llega de sorpresa. Pero Dios sí puede. Por eso, en esta celebración, confesamos
que ni el desenganche neuronal causado por la enfermedad de Alzheimer, ni los
tumores renales, ni las metástasis pulmonares, ni los miedos que nos atenazan
cuando nos enfrentamos a los límites, ni la rabia que brota en nosotros ante la
impotencia, ni las preguntas sin respuesta aparente, ni las dudas… nada podrá
separarnos del amor de Dios. Pero no de un amor blando y a la medida de
nuestros deseos infantiles, sino del amor fuerte y paradójico manifestado en la
cruz de Jesucristo.
Desde
esta fe podemos confesar que la muerte
de mi padre es la esperanza de la victoria definitiva. Su despojo no le ha
hecho perder la dignidad, por más que haya roto lo que solemos entender por
“calidad de vida”. Lo ha convertido en un niño indigente, necesitado de
cuidados. A lo largo del mes que lo hemos acompañado en el hospital, mi madre,
mis hermanas, mi hermano y yo nos hemos sorprendido usando con él palabras y
actitudes reservadas a los niños. Hemos multiplicado los diminutivos, lo hemos
acariciado, limpiado, alimentado. Le hemos dicho cosas que en otros momentos
quizá nos hubiera avergonzado un poco pronunciarlas. Pero era lo que nos pedía
el corazón que nunca se equivoca. ¿Cuánto tiempo tarda un ser humano en hacerse
niño? ¡Toda una vida! Ahora se nos hacen más comprensibles y diáfanas las
palabras de Jesús: “Si nos os hacéis como
niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3). Sí, la enfermedad
ha convertido a mi padre en un niño. Ha conseguido lo que él no pudo lograr con
sus solas fuerzas. Ha doblegado su orgullo, saneado su carácter, preparado su
alma para recibir el don de la salvación. Lo ha dispuesto para el encuentro
definitivo. Es como si el ángel de Dios hubiera colocado en sus labios las
palabras de rendición de Charles de Foucauld:
Padre, me pongo en tus manos,
haz de mí lo que quieras;
sea lo que sea, te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo, lo acepto
todo,
con tal que tu voluntad se cumpla en
mí
y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te confío mi alma, te la doy
con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida
con una confianza infinita
porque Tú eres mi Padre.
Este
anticipo de victoria se ha producido también en todos y cada uno de nosotros. Hemos
perdido algo –es verdad– pero hemos ganado lo mejor. A lo largo de estos meses
hemos aprendido a relativizar muchas cosas a las que solemos otorgar una
importancia excesiva: el tiempo, nuestra agenda, el dinero, el prestigio. ¡Qué
ridículas resultan estas preocupaciones cuando nos encontramos en la frontera
entre la vida y la muerte!
La
enfermedad, por paradójico que resulte, no solo ha producido rabia y
desconcierto. Nos ha obligado también a sacar de nuestra bodega interior los
mejores vinos. Hemos descubierto que dentro de nosotros hay una gran capacidad
de ternura, de aguante, de cuidado. A veces ni siquiera sabíamos que podríamos
ser capaces de hacer lo que hemos hecho. Cuando todo parece ir bien, estos
dones quedan en letargo. Las circunstancias difíciles hacen que afloren.
Asimismo
este largo proceso nos ha hecho vivir una hermosa experiencia de familia y de compañía.
Gracias a la inmensa red de familiares y amigos, no nos hemos sentido nunca
solos. Visitas, llamadas telefónicas y mensajes han sido la expresión visible de
este cariño.
Esta
experiencia de victoria se ilumina desde la Palabra de Dios. El relato de la
muerte de Jesús, tal como lo hemos escuchado en el evangelio de Juan, nos
ofrece claves para vivir de otra manera la enfermedad y la muerte. La muerte de
Jesús se produce en la colina llamada Gólgota. A lo largo de estas últimas
semanas, la habitación 104 ha sido el Gólgota particular de mi padre. Jesús
estaba en la cruz; mi padre yacía en la cama articulada de enfermo, rodeado de
sondas. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y algunos amigos. En torno al
lecho de mi padre ha estado mi madre, hemos estado sus hijos, hermanos,
sobrinos, cuñados y numerosos amigos. Pero ha estado también, de una manera
entrañable, María, la madre que Jesús nos ha entregado: “He ahí a tu madre”.
Por eso me parece una gracia particular que mi padre haya muerto en los
primeros minutos de la fiesta de la Virgen del Pilar, no porque él fuera
particularmente devoto de esta advocación, sino porque se ha cumplido lo que
tantas veces habíamos rezado juntos en el Avemaría: “Ruega por nosotros
pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte”.
Ella ha salido a su encuentro al filo de la medianoche, no como ladrón que
asalta sino como Madre que acompaña a la casa del Padre.
La
muerte de Jesús, a ojo del mero espectador, fue un fracaso estrepitoso. También
la de mi padre parece una victoria de la enfermedad sobre la vida. Pero Dios
estaba ahí, y transformó en triunfo lo que parecía una derrota, sacó vida de
las entrañas de la muerte, infundió esperanza a los que estaban desanimados.
Nosotros creemos que esto mismo se ha producido con la muerte de mi padre.
Durante
meses lo hemos cuidado con cariño. Dentro de unos minutos depositaremos su
cuerpo en la tierra. ¿Qué nos queda por hacer? Nos queda lo más importante:
entregárselo a Dios, porque de Él vino y a Él retorna. Si quisiéramos retenerlo
como posesión nuestra no experimentaríamos que él vive ya en Dios y acabaríamos
prisioneros del dolor y la ausencia. Mi padre no nos pertenece: es hijo de
Dios. El Padre Dios es su pastor, nada le va a faltar, como hemos cantado en el
salmo responsorial. Por eso “habitará en la casa del Señor por años sin
término”.
Esta
entrega se expresa y realiza en la eucaristía que estamos celebrando. El cuerpo
de mi padre –toda su persona– se une al pan y al vino para ser transformado en
cuerpo de Cristo. Unido a Él, vivirá siempre con nosotros en una comunión que
traspasa el espacio y el tiempo. Su ausencia física se transformará en
presencia espiritual. Siempre lo tendremos al lado: apoyando, intercediendo,
amando. Y algún día podremos sellar definitivamente esta comunión.
Da
igual que uno viva setenta u ochenta años. Todos los días de nuestra vida
pueden ser una victoria sobre el sinsentido y la muerte cuando se los
entregamos al Señor de la Vida. Por eso, nosotros los creyentes no solo aceptamos
la muerte sino que la celebramos como el tránsito a la vida plena. Os invito,
pues, a disfrutar de esta celebración: “Somos
un pueblo que camina y juntos caminando podremos alcanzar otra ciudad que no se
acaba, sin penas ni tristezas, ciudad de eternidad”.
Qué recuerdo tan conmovedor!!!! Un abrazo
ResponderEliminarGracias Gonzalo, me hace bien leer esta homilia... Me uno a tus oraciones en este día, especial para ti.
ResponderEliminarUn abrazo
Gracias Gonzalo por compartir este momento con nosotros.
ResponderEliminarMuy humano y muy divino. Me uno a ti en la esperanza.
ResponderEliminarMaria Cristina Ruberte