El Evangelio de este XXXI
Domingo del Tiempo Ordinario es de los que escuecen un poco. Jesús arremete
contra los escribas y fariseos a quienes les gusta ocupar los primeros puestos
en los banquetes, vestir bien y ser llamados maestros y guías. Pero, en realidad, más
allá del contexto histórico, las palabras de Jesús se dirigen a todos nosotros. Hace una
semana me entrevisté con un periodista italiano para preparar un taller dirigido a los
jóvenes misioneros de mi comunidad sobre “cómo hablar en público”. El periodista no se
cortó a la hora de criticar a los curas que hablan mucho y no dicen nada, a pesar de que él, como buen italiano, no paraba de hablar. Ya se sabe que il pensiero può mancare, la parola mai. Y,
como quien no quiere la cosa, deslizó un comentario que juzgo acertado, aunque
resulte incómodo: “Muchos curas son unos perfectos narcisistas”. Se refería, en concreto, al narcisismo favorecido por el “poder del
micrófono”. El hecho de disponer de un micrófono para dirigirse a la gente, al menos nuna vez por semana, hace que el sacerdote caiga fácilmente en la vanidad, que es la versión moral del narcisismo psicológico. Corre el riesgo de escucharse a sí mismo, de preocuparse por el impacto de
las propias palabras, de buscar el aplauso más que ser una mediación transparente, directa y sencilla de la Palabra
de Dios.
Jesús, en su diatriba
contra los escribas y fariseos, no se refiere tanto al narcisismo cuanto a la hipocresía, que es aún más grave: “Haced y cumplid lo que os digan; pero no
hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen” (Mt 23,3). ¿Quién se
siente a salvo de estas palabras? ¿Quién no experimenta una sacudida? La hipocresía de decir una cosa y hacer otra
siempre es una tentación del ser humano, pero -salvo casos aislados- no tengo la impresión de
que nuestros líderes religiosos sean hipócritas, pero sí narcisistas: a veces,
de forma moderada e ingenua; otras, con ribetes patológicos. La hipocresía significa llevar una doble vida, desdoblar las palabras y las acciones, no ser auténticos. El narcisismo es hacer del propio yo un objeto de culto.
Las redes sociales favorecen una suerte de narcisismo digital que prolonga el narcisismo litúrgico. Conozco sacerdotes y religiosos que han hecho de Facebook, Instagram y Twitter una especie
de escaparate permanente en el que lo mismo se muestran junto a un monumento histórico que comiendo
un helado, diciendo misa, cantando con los amigos, haciendo una pirueta o tumbados en la playa. ¿Es necesario este derroche de
exposición mediática para anunciar la Palabra de Dios? Jesús, en su tiempo,
hacía esta denuncia con respecto a los líderes religiosos: “Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las
filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros puestos
en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan
reverencias por la calle y que la gente los llame maestros” (Mt 23,5-7). Me atrevo a
actualizar sus palabras en el contexto mediático en el que vivimos: “Todo lo
que hacen es para que los vea la gente: multiplican las cuentas en las redes
sociales; les gustan los selfis en
cualquier lugar y posición, cuentan el número de amigos (Facebook) y seguidores
(Twitter) en las redes como si fueran trofeos; ansían que les marquen muchos likes y que la gente los llame modernos,
guay y cool”.
La hipocresía, el
narcisismo, la vanidad y todos sus derivados son, en el fondo, formas de idolatría, porque colocan
el propio ego en el lugar de Dios.
Jesús lo denuncia con claridad: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es vuestro
maestro, y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre,
el del cielo. No os dejéis llamar consejeros,
porque uno solo es vuestro consejero, Cristo” (Mt 23,8-10). En sentido estricto, los líderes
religiosos no son ni maestros, ni padres ni consejeros, sino mediaciones
humanas del único Maestro, del único Padre y del único Guía que es Dios. Cuando no comprendemos esto, nos vemos abocados a formas de dominio que no hacen bien a las personas y que impiden su encuentro libre con Dios.
¿Hay
alguna forma de redescubrir esta verdad y, por tanto, de superar las formas idolátricas
centradas en el ego? Sí, Jesús la
propone con claridad: “El primero entre vosotros será vuestro servidor” (Mt 23,11). No hay
nada más anti-narcisista que el servicio humilde, el que no se ve (y, por
tanto, no es recompensado), el que exige abajarse (“El que se enaltece será
humillado, y el que se humilla será enaltecido”), el que se preocupa no de “sentirse
bien” sino de procurar el bien a los demás. Del mismo modo que antes hablé de
los líderes religiosos (no solo sacerdotes) narcisistas, debo reconocer que he encontrado
muchos más que han hecho de su vida un servicio constante sin más recompensa
que la satisfacción de estar haciendo lo que les dice el corazón; es decir,
Dios. Hay líderes famosos que aparecen en los periódicos, en televisión y en internet. Pero hay muchos más que, sin los focos de la fama, se están entregando a las personas en las mil formas que tiene el amor. Pienso en muchos curas rurales, que tienen que atender varias parroquias formadas en su mayoría por ancianos a los que pocas personas visitan. Pienso en muchos misioneros perdidos en las periferias del mundo... ¿Y si la enseñanza de Jesús se refiriera a cada uno de nosotros? No conviene denunciar a otros cuando podemos terner el problema en casa. Buen domingo.
Debías prestar estos escritos como homilías a otros sacerdotes; merecen la pena... Buena semana, Gonzalo
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