Mi comunidad de
Roma es muy numerosa. Somos 30 misioneros provenientes de quince países diversos.
Los viernes por la tarde, divididos en cuatro grupos, hacemos un ejercicio de lectio divina comunitaria. Tomamos el
evangelio del domingo siguiente y lo meditamos juntos. Esto nos prepara para la
eucaristía domincal. En la lectio del
pasado viernes leímos el evangelio de este XXIX Domingo del Tiempo Ordinario. En mi grupo hubo varias cosas que nos llamaron la
atención. En primer lugar, que al evangelista Lucas le gusta mucho hablar de la
oración y, sobre todo, del Jesús que ora, que pasa tiempo en diálogo íntimo con
su Padre. Por eso mismo, en este evangelio se subraya tanto la misericordia. Es
como si oración y misericordia fueran las dos caras de la misma moneda. También
nos llamó la atención el modo exagerado como Jesús presenta al juez inicuo para
poner de relieve, por contraste, la bondad ilimitada de Dios. Si un tipo, al que no le importan ni Dios
ni los hombres, es capaz de escuchar a una pobre viuda insistente, ¡qué no hará
Dios por sus “elegidos” –notemos la
fuerza de esta palabra– que lo invocamos “día
y noche”! Esta última expresión manifiesta la actitud de oración constante.
Al fin y al cabo, según Lucas, Jesús cuenta esta parábola de la viuda y el juez
“para explicar a sus discípulos cómo
tenían que orar siempre sin desanimarse”.
¿Por qué tenemos
que orar siempre y sin desanimarnos? ¿Por qué Jesús se pregunta, al final, si encontrará esta fe (es decir, la fe de quien no se
cansa de suplicar, de estar abierto) cuando vuelva? Porque sin perseverancia no
hay verdadero amor. Nosotros vivimos en la cultura de la inmediatez. Si introduzco
una moneda en una máquina que expende bebidas, obtengo en pocos segundos una
lata de Coca-Cola o una botella de agua. A través de la mensajería electrónica y de las redes
sociales envío a cualquier parte del mundo un texto, una foto o un vídeo instantáneamente.
Queremos que la secuencia causa-efecto sea lo más breve posible. Time is money se dice en el mundo de los
negocios. Pero esto no funciona en las relaciones de amistad y, mucho menos, en
la relación con Dios. No estamos en el mundo de la eficiencia o de la magia. El amor no se mide por algunos destellos románticos que duran
lo mismo que el paso de un cometa. Es una actitud paciente, constante,
sosegada. Y como la fe es, sobre todo, una cuestión de amor, Jesús pide a sus
discípulos que mantengan esta actitud de perseverancia. Dios no es un juez sordo. Es un Padre
atento. Orar es el modo de mantener nuestra fe despierta para estar abiertos al
amor de este Dios que nunca se olvida de nosotros.
También este
domingo Fernando Armellini explora otros rincones de esta rica enseñanza de
Jesús.
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