miércoles, 12 de junio de 2019

La lección de la maleta

Llegué ayer a Lima a las cinco de la mañana después de un vuelo de casi doce horas desde Madrid. He visitado varias veces la capital de Perú en los últimos veinte años. Ahora me ha sorprendido la temperatura fresca –alrededor de 17 grados– y, sobre todo, el alto porcentaje de humedad relativa. Al final de la tarde de ayer llegó al 94%. El paso por Lima ha sido fugaz porque hoy mismo, de madrugada, he volado a Santa Cruz de la Sierra, la capital económica de Bolivia. Aquí la temperatura llega casi a los 30 grados. El contraste es llamativo. De todos modos, tiempo habrá para comentar algunas incidencias de este nuevo viaje misionero por tierras andinas, dos semanas después de haber regresado del Cono Sur. Hoy quiero fijarme en un detalle casi insignificante. Ayer estuve casi una hora esperando que apareciera mi maleta en la cinta número 6 del aeropuerto Jorge Chávez de Lima.  Desfilaban de todos los tamaños, texturas y colores. La mía es una vieja Samsonite  rígidacurtida en mil batallas, llena de arañazos por fuera pero intacta por dentro, a prueba de maltratos, polvo, lluvia y agresiones varias. Por más que miraba la cinta, mi maleta no aparecía. Recordé que en mi primera visita a Lima, hace ya bastantes años, me extraviaron la maleta. Temí que se repitiera la historia. Aguardé con paciencia mientras contemplaba cómo los demás pasajeros se iban yendo y yo me quedaba casi solo. Al fin, después de más de una hora de paciente espera, apareció mi vieja Samsonite azul oscuro. Venía un poco aplastada, pero entera. Respiré. Ya me estaba preparando para reclamar su desaparición en el mostrador de Air Europa.

Los viajes están llenos de cosas imprevistas: pérdida de maletas, retraso o cancelación de vuelos, encuentro con personas desconocidas, películas interesantes o aburridas, comida en mal estado, compañeros agradables o maleducados, turbulencias frecuentes, problemas en las aduanas o confusión en algunos aeropuertos. Lo mismo sucede en ese gran viaje que es la vida misma. Al fin y al cabo, los viajes en coche, tren, avión o barco no son sino metáforas, ensayos, de ese viaje formidable que es la existencia. Perder la maleta equivaldría a perder los recursos que nos permiten vivir con tranquilidad. Hay personas que pierden la salud, la fama, el dinero, el amor, el trabajo, la casa, los amigos, un ser querido, la confianza y hasta la fe. Cada una de estas pérdidas se puede vivir como un drama. Muchas personas se vienen abajo cuando pierden alguna de sus referencias fundamentales. Sienten que ya no son ellas mismas, que la vida las ha timado. Educados en una cultura que nos impulsa siempre a ganar, encajamos de mala gana las inevitables pérdidas a las que, tarde o temprano, tenemos que enfrentarnos. A mí me han extraviado la maleta en tres o cuatro ocasiones a lo largo de mi vida. Las primeras veces me sentí mal, reaccioné con rabia. Luego aprendí a llevar lo esencial en el equipaje de mano. De esta forma, en caso de pérdida, puedo minimizar las consecuencias. Debo añadir –en honor a la verdad– que los sistemas de traslado y distribución de equipajes han mejorado mucho en los últimos años. Las pérdidas ya no son tan frecuentes como eran antes.  

¿Qué es, en realidad, una pérdida? ¿Cómo sabemos si perdemos o ganamos? En economía y en los juegos es fácil saberlo. En la vida las cosas funcionan de otro modo. Hay pérdidas que, a largo plazo, se revelan como verdaderas ganancias. Y hay ganancias que acaban siendo pérdidas. Hace unos pocos días leí que el 80% de los deportistas acaba en la ruina. Puede que el cálculo sea muy exagerado, pero suele ser frecuente que lo que ganamos sin esfuerzo se acaba perdiendo con facilidad. Saber perder sin volverse neurótico es uno de esos aprendizajes que no forman parte del currículum académico y, sin embargo, nos resultan imprescindibles para afrontar los muchos reveses de la vida. Cada pérdida esconde, en el fondo, la oportunidad de descubrir algo oculto de nosotros mismos, de aceptar las limitaciones de la vida con serenidad y de poner en marcha nuevas respuestas. Las pérdidas nos enseñan más que las ganancias. Nos hacen humildes, realistas y resistentes. Nos impulsan a seguir luchando sin absurdas ensoñaciones. Nos devuelven a la tierra para construir sobre cimientos sólidos y no sobre arenas movedizas. En fin, algo de esto se me pasó por la cabeza ayer en el aeropuerto de Lima mientras esperaba la salida de mi vieja Samsonite. No quiero pensar lo que se me hubiera ocurrido si no hubiera aparecido por la cinta 6 antes de que se detuviera el movimiento.

martes, 11 de junio de 2019

Dos maneras de vivir

No es fácil situarse en el mundo que nos ha tocado vivir. Por una parte, se suceden las noticias de avances y progresos en el campo científico y tecnológico. Son tantas que es imposible estar al día de todo lo que se nos viene encima. Se producen muchos más cambios de los que podemos asimilar. Por otra parte, los continuos avances no siempre se corresponden con un aumento significativo de felicidad personal y social. No es fácil encontrar personas que se encuentren bien, que disfruten de lo que son y tienen, que contemplen el presente con serenidad y el futuro con esperanza. Da la impresión de que todos vamos corriendo –y a menudo desorientados– hacia un no se sabe dónde que nos arrastra. Es probable que los más jóvenes, nacidos y crecidos en este ambiente, consideren normal este modo de vida. A mí me resulta innecesariamente acelerado e insano. Antes de que uno pueda hacerse cargo de algo, comprenderlo y disfrutarlo, un nuevo acontecimiento o artilugio se nos echa encima en una acumulación imparable. Se nos obliga a acumular, no se nos deja asimilar. No me extraña que muchas personas necesiten ayuda psicológica o psiquiátrica. Las librerías de los aeropuertos están saturadas de libros de autoayuda. Es un boom editorial. Siempre hay alguien que sabe sacar partido de nuestras ansiedades y depresiones.

Hay cinco relaciones básicas que nos configuran: con nosotros mismos (1), con los demás (2), con el mundo (3), con el tiempo (4) y con Dios (5). Del modo como las vivamos dependerá que nos sintamos centrados o descentrados, serenos o ansiosos, abiertos o cerrados, alegres o tristes. Son como notas de un pentagrama. Su verdadero significado depende de la clave que coloquemos al principio. Si la clave es una “vida sin Espíritu”, entonces el yo se convierte en centro de todo; los demás aparecen como enemigos de los que me tengo que defender; el mundo es una fuente de recursos que puedo explotar sin medida; el tiempo es un lapso breve entre el nacimiento y la muerte que se hace más tolerable si me dedico al disfrute; y Dios es solo un mito inventado por el hombre para hacer más llevadero el drama de la vida humana. Quizá lo he resumido todo de forma muy drástica y poco matizada, pero me parece que la vida “sin Espíritu” se parece bastante a la descripción anterior. El resultado es –como no puede ser de otra forma– una existencia gris, sin alicientes. Buscamos estímulos que nos saquen de esta cárcel, pero lo que hacemos es enredarnos en experiencias adictivas que nos van cerrando cada vez más en nosotros mismos y en nuestra propia cárcel.

Hay otra manera de vivir: es la vida “con Espíritu”. Hace un par de días, el domingo de Pentecostés, celebramos el don del Espíritu que Jesús hace a quienes creen en él. Cuando el Espíritu figura como clave del pentagrama de nuestra vida, entonces nos vivimos, no como el centro de todo, sino como hijos e hijas de Dios y, por tanto, experimentamos los dones propios de los hijos: dignidad, libertad, paz y alegría; los demás ya no son enemigos de los que tenemos que defendernos o con los cuales tenemos que competir en una lucha darwiniana por la vida, sino hermanos y hermanas en Cristo con los cuales establecemos relaciones de amistad y fraternidad; el mundo es la “casa” que se nos da para que la administremos (no para que la explotemos) desde una actitud ecológica y responsable; el tiempo –la historia– se convierte en la oportunidad de desplegar todos nuestros dones, siendo co-creadores con Dios, y de encaminarnos hacia la patria definitiva; y Dios, por fin, no es un mito inventado, sino el Abbá –como lo llamaba Jesús– el Padre que nos da la vida, nos mantiene en ella y nos regala una vida definitiva junto a él. Vivir “con Espíritu” es una manera alternativa de situarnos en este mundo complejo. Es probable que no podamos cambiar todo lo que nos gustaría, pero podemos vivirlo con una actitud de fe. Los frutos son evidentes.

lunes, 10 de junio de 2019

Es posible otra pastoral juvenil

Debería empezar la entrada de hoy hablando del rotundo triunfo de Rafa Nadal en París, pero sobre este asunto abundan los comentarios en los medios digitales. Aldo Cazzullo, un periodista italiano, ha llegado a escribir en el Corriere della Sera que para él Nadal es el deportista más grande de todos los tiempos. Exageraciones aparte, hay que reconocer que es un fuera de serie. Pero no, hoy no voy a escribir sobre Rafa Nadal, sino sobre lo que estamos haciendo –o dejando de hacer– con los jóvenes. Ayer tuve la oportunidad de hablar con un claretiano que lleva varios años trabajando en el campo de la pastoral juvenil y con un laico que enseña religión en un colegio público. Ambos coincidieron en su diagnóstico: cada vez resulta más difícil presentar el Evangelio de Jesús a los adolescentes y jóvenes.  Mi amigo laico lo resumió así: “Hablamos dos lenguajes diferentes”. A ambos los encontré desanimados, casi con ganas de tirar la toalla, como si no fuera posible hacer nada para revertir una situación de indiferencia general. A pesar de todo, ambos siguen entregándose cada día a su trabajo. Con pocos o muchos números, lo que importa es prestar atención a las personas concretas y seguir explorando caminos.


¿Cómo explicar esta distancia entre los jóvenes y la Iglesia y viceversa? La reciente exhortación apostólica Christus vivit del papa Francisco hace un análisis extenso y matizado, sin circunscribirse solo a Europa. En nuestra conversación subrayamos varios factores que ayudan a entender algo de lo que está pasando. En la mayoría de los casos, las familias modernas (provenientes ellas mismas de un contexto muy secularizado) viven un estilo de vida que tiene poco que ver con lo que el colegio o la parroquia proponen desde un punto de vista eclesial. Por otra parte, la inmersión digital de los jóvenes los introduce desde muy niños en un mundo (imágenes, símbolos, ideales) muy alejado del universo cristiano. Valores como interioridad, atención, disciplina, castidad, fidelidad, coherencia, etc. les suenan a una época muy remota. La ola de abusos sexuales por parte de algunos eclesiásticos no hace sino reforzar la tradicional desconfianza hacia una institución que se considera obsoleta, hipócrita y alejada de su mundo de intereses y valores. ¿Será necesario tocar fondo para que, tras décadas de alejamiento, se encienda de nuevo la chispa del interés y de la fe?  ¿O hay que considerar la batalla definitivamente perdida como pronostican algunos sociólogos? Varios catequistas de primera comunión –y, sobre todo, de confirmación– me expresan su desaliento al comprobar que muchos niños y jóvenes, una vez recibidos estos dos sacramentos, abandonan la práctica litúrgica, como si ya hubieran pagado el “peaje” que se exige a los miembros jóvenes de la institución eclesial y ya no fuera necesario seguir participando.

Vistas las cosas desde esta perspectiva, el panorama es desolador. En toda Europa –y quizás con un plus de agresividad en España– muchísimos jóvenes bautizados se han descolgado de la comunidad cristiana. Ayer mismo lo pude comprobar participando en la Eucaristía principal de una céntrica parroquia madrileña. Calculo que habría unas 250 personas, entre las cuales no vi ni un solo joven. Tal vez yo era el que más me aproximaba a esa edad. Es verdad que hay casos de jóvenes y comunidades que vibran con la fe y que ofrecen un modo fresco y comprometido de vivir el Evangelio, pero representan una admirable minoría en el planeta juvenil. A ellos mismos les cuesta mucho sintonizar con otros chicos y chicas de su edad. Por otra parte, unos y otros están muy influidos por la sociedad de la información y el entretenimiento. Mi amigo, el profesor de religión, me decía que le resulta casi imposible mantener la atención en clase durante más de cinco minutos. Los chicos de hoy están acostumbrados a un torbellino constante de estímulos que salen de la pantalla de su móvil. El único castigo que hoy puede hacer incluso llorar a un adolescente es que le quiten o le impidan usar su teléfono móvil. La dependencia del aparatito es total, una verdadera adicción. El móvil se ha convertido en un apéndice del propio cuerpo y en la ventana a través de la cual ven el mundo y crean su mundo. Las redes sociales son su nueva plaza de encuentro. A través de ellas se saludan, intercambian mensajes, juegan, consumen pornografía… y se extorsionan. Sí, también se extorsionan y chantajean con vídeos sexuales y otras prácticas humillantes. Internet es su verdadero mundo. Parafraseando el adagio clásico, podríamos decir que “extra Internet, nulla salus” (fuera de Internet no hay salvación). ¡Y eso que todavía no hemos entrado en la conectividad 5G! 

No soy un experto en pastoral juvenil. Hace muchos años que no trabajo directamente en este campo. Quienes lo hacen podrán afinar el diagnóstico y sugerir pistas audaces. No creo que el problema sea solo de lenguaje o de formas. Es mucho más de fondo. Es un problema de confianza. Esta solo se puede restaurar con una pastoral de “las distancias cortas”. Un adolescente o un joven en grupo casi siempre se dejan llevar por la dictadura emocional de la masa. Con mucha dificultad toman distancia de lo que todos piensan, dicen o hacen. En el mimetismo con su tribu juvenil encuentran su identidad y su pertenencia. Si el grupo dice que ser cristiano es algo pasado de moda o irrelevante, ¿quién se va a atrever a romper ese dogma? La única forma de quebrar la inercia es acercarse a cada persona, una a una, escucharla con atención y respeto, tratar de acompañar sus búsquedas, de iluminar sus preguntas y de tener una infinita confianza en la acción invisible del Espíritu Santo en cada ser humano, también en los adolescentes y jóvenes de la presente generación. Esta pastoral de “las distancias cortas” exige fe, amor, empatía, mucho tiempo disponible y una paciencia a prueba de inconsistencias y fracasos. Las acciones grupales (desde peregrinaciones a campamentos, catequesis, excursiones, proyectos solidarios, voluntariados o celebraciones) serán también necesarias, pero sin olvidar que donde se juega la aventura de la fe es en la intimidad de la propia conciencia, allí donde se ventilan las luces y las sombras, la verdad y la apariencia, los deseos y los miedos, la fe o la increencia. Si no hay nadie cerca, ¿cómo puede un joven abrirse camino en este laberinto de intuiciones y dudas, de palabras y silencios, de medias verdades y de experiencias trascendentes?



domingo, 9 de junio de 2019

La lengua universal

Desde que, hace casi 40 años, hice mi profesión perpetua como misionero claretiano el domingo de Pentecostés, esta fiesta adquirió para mí un sentido nuevo. Es el día del Espíritu Santo, pero también el día de la Iglesia, el día de la misión universal. Sabemos que, en realidad, la muerte, la resurrección de Jesús y el envío del Espíritu Santo constituyen un acontecimiento único. Así lo presenta el cuarto Evangelio. En el momento de la muerte, Jesús “entrega el Espíritu”. Lucas, sin embargo, por motivos teológicos y catequéticos, prefiere dividir este acontecimiento en tres: muerte-resurrección, ascensión y envío del Espíritu (haciéndolo coincidir con la fiesta judía de Pentecostés). La liturgia cristiana sigue el esquema propuesto por Lucas, pero eso no debería llevarnos a pensar que se trata de acontecimientos cronológica y teológicamente separados. 

Así como la Pascua de Navidad y de la Resurrección tienen arraigo popular, la Pascua de Pentecostés –la Pascua del Espíritu– todavía no ha calado mucho en el pueblo cristiano, aunque se han dado pasos significativos en las últimas décadas. Hoy somos más conscientes de que sin el Espíritu Santo, Jesús no es más que un personaje del pasado; la Iglesia, una multinacional de servicios religiosos; la Escritura, un libro hermético y anticuado; los sacramentos, ritos mágicos e insignificantes; la moral, un código de esclavos.

Las lecturas que nos propone la liturgia de hoy son muy iluminadoras. En el texto de los Hechos de los Apóstoles (primera lectura), Lucas narra la irrupción del Espíritu Santo sobre los apóstoles sirviéndose de los símbolos (viento huracanado y lenguas de fuego) con que el libro del Éxodo narra la entrega por parte de Dios de las tablas de la Ley a Moisés y, en definitiva, la institución de la fiesta judía de Pentecostés como memorial de ese acontecimiento único. Los seguidores de Jesús tenemos una “ley nueva” donada por su Espíritu: es el amor. Frente al egoísmo y la dispersión simbolizados en Babel, el Espíritu hace que todos los seres humanos comprendamos la única lengua verdaderamente universal: el amor. Quien ama es entendido por todos y transparenta a Dios porque “Dios es amor” (1 Jn 4,8). Todos somos conscientes de que no es fácil “hablar esta lengua” (la lengua del amor) en un mundo que parece regirse por otros códigos. 

Tampoco es fácil vivir como miembros de un solo cuerpo cuando estamos sometidos a muchos movimientos separatistas. Por eso –como nos indica Pablo en la primera carta a los Corintios (segunda lectura)“todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo”. Esto no significa que todos seamos iguales. Donde hay amor, hay también diversidad. El mismo Espíritu que crea la unidad, produce también la diversidad: “Hay diversidad de carismas, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de actuaciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. Pero a cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para el bien común”. Con Espíritu, pues, es posible ser uno y diversos. Sin Espíritu, tanto la unidad como la diversidad se ven como amenazas. ¿Tendrá esto algo que ver con fenómenos que estamos viviendo hoy en diferentes ámbitos? 

El evangelio de Juan narra los regalos y el encargo que Jesús Resucitado hace a su comunidad “en el atardecer del primer día de la semana” (es decir, del domingo de Pascua). Los regalos son la paz (símbolo de todos los bienes mesiánicos) y el Espíritu Santo (que se manifiesta como perdón de los pecados). El encargo es la misión de proseguir el Evangelio de Jesús: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Hay cristianos que creen poco (o nada) en el Espíritu Santo. Les parece que hoy, en este mundo secularizado, ya no sopla el viento de Dios, ya no existe el fuego del ardor misionero. Todos estamos sometidos a esta tentación. Nos gusta medir la acción del Espíritu Santo según nuestros baremos de eficacia, cuando, en realidad, como Jesús mismo nos dijo, “el Espíritu sopla donde quiere” (Jn 3,8). Mi amigo Miguel Márquez, carmelita enamorado del Espíritu, escribe que “el Espíritu Santo se regala a aquellos a quienes él quiere y como él quiere. También en el mundo de hoy está en curso un Pentecostés invisible. Todos los movimientos de amor son, en el fondo, creaciones del Espíritu de Dios. 

Es verdad que somos muy sensibles a los muchos signos de egoísmo, injusticia y violencia, pero ¿no es verdad que si el amor no fuera más fuerte no resistiríamos ni un día más? Hay mucha gente en el mundo que habla chino, español o inglés, pero hay mucha más gente que habla la lengua del Espíritu: el amor. Por eso, la fiesta de Pentecostés nos anima a creer en su acción invisible, a mantener alta la esperanza y a seguir practicando la única lengua verdaderamente universal y divina, modulada en infinidad de dialectos. ¡Feliz fiesta del Espíritu!


SECUENCIA DE PENTECOSTÉS

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.




sábado, 8 de junio de 2019

Vivir "en modo avión"

He oído muchas veces el mismo mensaje mientras el avión rodaba hacia la pista de despegue: “Por favor, apague sus dispositivos electrónicos o póngalos en modo avión”. No sé si los pasajeros cumplimos esta advertencia, aunque sospecho que la mayoría lo hace. Con un teléfono inteligente “en modo avión”  es posible usar todas aquellas funciones y aplicaciones que no exigen estar conectados. Uno puede escuchar música o ver películas almacenadas en el dispositivo, usar la calculadora o el cronómetro, rezar laudes o vísperas con una aplicación como ePrex, ver las fotos de la galería o repasar los correos electrónicos recibidos antes de la desconexión. Pero no puede usar ninguna aplicación que exija estar conectados a la red. No puede, por ejemplo, navegar por internet, usar las redes sociales o mandar un mensaje por WhatsApp. Cuando el avión aterriza y abandona la pista principal, la azafata vuelve a lanzar un mensaje que suena así: “A partir de este momento pueden conectar, si lo desean, sus dispositivos electrónicos”. Muchos pasajeros se suelen adelantar al mensaje. En cuanto el avión toca tierra se desata una prisa incomprensible por conectarse y enviar mensajes del tipo “Ya he aterrizado”, “Salgo enseguida”, “Todo ha ido bien”, etc.

Me parece que el “modo avión” es una metáfora que nos ayuda a entender cómo solemos comportarnos en nuestra vida ordinaria. A menudo vivimos “en modo avión”; es decir, usamos muchas aplicaciones que no exigen conexión. Nos levantamos por la mañana, desayunamos, vamos al trabajo, ejecutamos otras rutinas y nos dejamos caer sobre el lecho al final de la jornada. Todas estas “aplicaciones” están instaladas en nuestro disco duro, funcionan con normalidad sin tener que conectarnos a ninguna fuente de sentido. En otras palabras, podemos vivir perfectamente “como si Dios no existiera”. Uno puede empezar la jornada sin dar gracias a Dios por la existencia, dando por descontado que tiene derecho a existir. No conozco a nadie que haya sufrido un infarto por el mero hecho de no haberse acordado de Dios al comenzar el día. Los seres humanos podemos funcionar por nuestra cuenta. No necesitamos “conectarnos” a la red de Dios para ejecutar las funciones ordinarias: respirar, comer, hablar, reír, trabajar, divertirnos, etc. Nos acostumbramos de tal modo a esta vida autónoma que puede llegar un momento en el que nos olvidemos completamente de que existe una vida conectada. Vivir “en modo avión” significa vivir solo con nuestras fuerzas, con las aplicaciones que tenemos en nosotros mismos, no necesitar ninguna conexión exterior. Es verdad que de este modo perdemos posibilidades maravillosas, pero quien no las ha explorado nunca tampoco las echa de menos.

Me he preguntado muchas veces qué tiene que suceder para que uno de nosotros “conecte” con esa fuente de sentido y de energía que llamamos Dios. ¿Se trata de un mero aprendizaje que se realiza en familia a partir de la infancia? ¿Es una casualidad –una suerte, si se quiere– que les ocurre a algunas personas y no a otras?  ¿Debemos hacer algo para conectarnos o la señal nos llega aunque tengamos nuestro teléfono apagado? Reconozco que la experiencia de la fe es un misterio que nunca acaba de esclarecerse, pero, siguiendo con la metáfora del “modo avión”, creo que Dios emite siempre, que su señal llega a todos los seres humanos, que en cualquier lugar y tiempo hay “cobertura divina”. Él no juega al despiste, no se esconde. Pero a menudo nosotros preferimos funcionar en “modo avión”; es decir, no nos conectamos. Por eso, no captamos la señal de Dios. Nos parece que tenemos más que suficiente con las aplicaciones de nuestro disco duro, que no necesitamos explorar mundos que no están al alcance de nuestra mano (es decir, de nuestra razón y de nuestras emociones). Es una pena, porque, desconectados de Dios, nos privamos de “nuevas aplicaciones” que ensancharían inmensamente nuestro horizonte y que nos permitirían vivir con más sentido, hondura, belleza, bondad, unidad, alegría y esperanza. No es fácil entender por qué muchos seres humanos prefieren vivir “en modo avión”, pero esta es la realidad. Tal vez algún día la señal sea tan insistente que no quede más remedio que conectarse. Entonces, muchas cosas pueden cambiar.

viernes, 7 de junio de 2019

Más presente que nunca

Me he tomado cinco días de vacaciones digitales por prescripción facultativa. Aclaro –por si fuera necesario– que el facultativo no ha sido un médico especialista en adicciones a internet, sino yo mismo. De vez en cuando es muy saludable vivir desconectado. Mientras uno está lejos de la red, suceden cosas maravillosas: uno regresa a su lugar natal, participa en la primera comunión de su sobrina, encuentra a familiares, amigos y conocidos, disfruta de dos días de un retiro casi monacal y regresa a la urbe un poco desintoxicado. Confieso que internet se me hace cada vez más cuesta arriba. Junto al vergel maravilloso de información y entretenimiento se extiende un enorme estercolero. Parece que las personas más tóxicas y desequilibradas encuentran en la red el espacio que no acaban de encontrar en la sociedad. En ella depositan sus frustraciones, porquerías, amenazas e insultos. Es el famoso “dark side” (lado oscuro) de un invento extraordinario. Lo que resulta más bochornoso es que este ambiente nauseabundo inunda también muchas páginas que se autodenominan “católicas”. No sería demasiado grave si los autores se limitaran a expresar sus opiniones. Lo que ocurre a menudo es que exhiben una ignorancia supina y, basados en ella, emiten juicios sumarísimos, reparten anatemas y hacen lo que les viene en gana, so capa de libertad, honradez y transparencia. Ya se sabe que sin información no es posible tener opinión. ¡Cuánto tiempo se pierde en cuestiones bizantinas cuando nos estamos enfrentando a enormes desafíos que requieren inteligencia, unidad, respeto y valentía!

Retomo el ritmo ordinario del blog en un día muy significativo para mí. Se cumplen 38 años de la muerte en accidente de tráfico de un gran amigo y compañero. Corría el 7 de junio de 1981. Era el domingo de Pentecostés, casi como este año. Hacía mucho calor. Nos faltaban solo once días para ser ordenados diáconos y concluir nuestros estudios teológicos. Él ya tenía comprado el pasaje de vuelta para Filipinas, su país natal. La muerte lo sorprendió con solo 27 años. Hace tiempo escribí un opúsculo en el que narro su vida a grandes trazos. Se titula Bobby Juaton. Aprendiz de misionero. Como regalo inesperado e inmerecido, su trágica muerte me ayudó a comprender mejor el dolor de quienes pierden a sus seres queridos en plena juventud a causa de un accidente de tráfico, un cáncer fulminante o un infarto súbito. Solo cuando se ha experimentado algo parecido se comprende hasta dónde puede llegar el desgarro interior, la sensación de pérdida e injusticia. De todos modos, muy pronto el dolor se transformó en esperanza inquebrantable. Recuerdo que titulamos su funeral con unas palabras de Jesús tomadas del evangelio de Juan: “Os conviene que yo me vaya”. Hay ausencias físicas que se convierten en presencias espirituales. Cuando nos es concedido transformar una pérdida en ganancia comprendemos que la vida es demasiado misteriosa como para ser medida como medimos la longitud de una ca rretera o el peso de una mercancía. ¿No es esta la esencia del misterio pascual?

El domingo pasado celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor. Me hubiera gustado haber escrito un pequeño comentario, como suelo hacer todos los domingos, pero fue el primer día de mi “ayuno” digital. Preferí vivir con intensidad la primera comunión de mi sobrina y el encuentro con muchas personas queridas. El blog siempre puede esperar. No quiero sentirme esclavo de mí mismo. De todos modos, si hubiera dispuesto de tiempo, habría escrito algo sobre el juego de ausencia/presencia/misión que encierra la fiesta. La ausencia física de Jesús inaugura un nuevo modo de presencia que empuja la misión de la Iglesia. Por eso, el relato de Lucas dice que los discípulos regresaron a Jerusalén “llenos de alegría”, no cabizbajos, como el lector hubiera imaginado. Esta alegría, que ha sido la nota dominante durante el tiempo pascual que está a punto de concluir, debería ser siempre una de las señas de identidad de los verdaderos creyentes. Es verdad que hay muchos –demasiados– motivos que nos invitan a la tristeza e incluso a la desesperanza. Sin embargo, quienes reconocen la presencia misteriosa de Jesús en nuestro mundo nunca se hunden. La tristeza no está ligada tanto al sufrimiento, cuanto a la falta de fe y de esperanza. ¡He aprendido mucho de las personas que, en medio de sus pruebas y dolores, no van por la vida lamentándose, repartiendo culpas, tirando balones fuera, sino que se unen estrechamente al Cristo que sigue sufriendo, muriendo y resucitando! Por eso, sin alardes insultantes, mantienen siempre un tono sereno, una alegría sostenida que nos ayuda a los demás a seguir viviendo.

sábado, 1 de junio de 2019

Champions, calor y cerveza

Esta tarde se jugará en el estadio Wanda Metropolitano de Madrid la final de la Champions entre el Tottenham y el Liverpool a las nueve de la tarde. Ayer pude darme una vuelta por el centro de Madrid. Las hinchadas de ambos equipos llenaban la Puerta del Sol, la Plaza Mayor y las calles adyacentes. Había escenarios, pantallas gigantes, puesto de venta de camisetas y recuerdos… y música por todas partes. Sí, también había muchas cabinas de servicios higiénicos. Uno puede imaginar las necesidades de miles de británicos después de haber consumido algunos litros de rubia cerveza, muy distinta a la que se suele tomar en los pubs del Reino Unido, pero cerveza al fin y al cabo. El ambiente era festivo. A esa hora –seis de la tarde– se oían cánticos y risotadas, pero no se veían desórdenes etílicos (es decir, borracheras puras y duras). Imagino que eso vendría después, una vez que la noche cayó sobre Madrid.  No sé cuántos británicos han venido a la ciudad, pero se hacen notar. Esta tarde será la gran fiesta del fútbol europeo en el moderno estadio del Atlético de Madrid. Después de varios años de sequía, el fútbol inglés salta de nuevo al primer plano.

La liturgia del fútbol ha adquirido carácter planetario. El año pasado pude comprobarlo, con motivo del Mundial, en un país de tan poca tradición futbolística como es la India. En China y Japón hace furor. La gente vibra, se mueve, gasta dinero, se excita, sube al cielo de la victoria y desciende a los abismos de la depresión. Quizás no hay ningún otro entretenimiento que consiga excitar tanto a las masas y crear una especie de ecumenismo en torno a una pelota de cuero. No es como para frivolizar un fenómeno como este. Hablar de “nueva religión” puede parecer excesivo, pero contiene algunos elementos que invitarían a hacerlo. Cuanto más secularizada es una sociedad, más pasión siente por el fútbol, como si el deporte rey viniera a rellenar el vacío creado por los dioses tradicionales. ¡Qué duda cabe que un buen partido de fútbol produce más adrenalina que una eucaristía dominical! No importa que uno tenga que desembuchar 50 o 100 euros por pagar una entrada. No hay dinero que pague la euforia del triunfo (incluso la depresión de la derrota) y de que todo un estadio se funda en una emoción colectiva. Solo el fútbol parece romper la rutina gris de una vida repetitiva, hecha de trabajo, idas al supermercado, ritos familiares y horas de televisión. El fútbol es velocidad, fuerza, lucha, espíritu de equipo, sufrimiento, emociones, gritos, cánticos, insultos, golpes en la espalda, apretones de manos, abrazos, apuestas, palabrotas… El fútbol es un complejo vitamínico para sociedades debilitadas.

En torno a la final de la Champions se escribirán muchas cosas, desde crónicas chispeantes del encuentro hasta sesudas reflexiones de calado filosófico. Ni unas ni otras van a modificar lo más mínimo el flujo de una corriente que no para de crecer. Corre el dinero más que la pelota. Los negocios turbios se mezclan con las grandes inversiones “en blanco”. Nada de esto hace mella en los fanáticos que experimentan una dilatación de su pequeño espacio vital contemplando las glorias de su equipo. De jueves a domingo las conversaciones giran en torno al partido que vendrá. De domingo a miércoles hay tiempo para analizar hasta la extenuación todo lo que sucedió en el partido del fin de semana, así que el fútbol es un fenómeno omnipresente. Va mucho más allá del momento celebrativo. Colorea toda la  vida. Es una forma de ser, un modo de afrontar esta existencia roma. Ayer veía a padres jóvenes con sus hijos adolescentes, todos vestidos con la misma camiseta de su equipo. Veía también viejos orondos y hasta niños. Había algunas mujeres, pero el grueso del ejército de hinchas estaba formado por varones. En fin, más allá de lo que cada uno pueda pensar, contra factum non est argumentum. ¡Que gane cualquiera, si es posible el mejor!