martes, 7 de febrero de 2017

Entrevista en "politiqués"

Del politiqués se viene hablando desde hace ya bastantes años. Es la jerga que utilizan muchos políticos para parecer cultos y modernos. O, en la mayoría de los casos, para enmascarar, a base de eufemismos y circunloquios, lo que no quieren decir “en román paladino”. Aunque se denomime politiqués, es una forma de hablar adoptada también por otros profesionales como los tertulianos, los profesores universitarios, los conferenciantes, los agentes comerciales, los trabajadores sociales, algunos periodistas y también no pocos eclesiásticos enteradillos. El principio oculto de los hablantes del politiqués es éste: “Ya que no podemos ser profundos, seamos por lo menos oscuros”. Para aquellos que quieran empezar a manejarse en esta extraña jerga, el periodista Antonio Burgos ha ofrecido un curso acelerado de politiqués en tres niveles: primero (se explica la importancia de esta lenguaje), segundo (se desarrollan algunos conceptos clave) y tercero (nivel muy avanzado, para políticos con experiencia). Como las cosas se aprenden practicándolas, me he tomado la molestia de entrevistar a un político para que nos hable de cómo ve la situación del mundo tras la victoria de Donald Trump.

Gundisalvus: ¿Cómo cree usted que ha afectado la victoria de Donald Trump a la situación mundial?

Político: La pregunta que usted me formula tiene que ser contextualizada dentro de un marco referencial amplio. No es fácil verbalizar o locucionar una respuesta significativa a menos que contemplemos la transversalidad de ciertos elementos cuya significatividad incide sobre algunos parámetros en los que se ven involucrados distintos interlocutores. Poner en valor la victoria de Mr. Trump exige visibilizar su flequillo mediático sin culpabilizarlo antes de tiempo. No tendremos que esperar eventos extraordinarios sino una hoja de ruta que reporte las contingencias de una probable esponsorización expresionada con el objetivo de optimizar recursos.

Gundisalvus: O sea, que usted no tiene una respuesta clara.

Político: Antes de responderle, tendría que referenciar los distintos paradigmas que permiten focalizar con acierto una cuestión de alta significatividad mediática, en base a ciertos elementos que afectan al empoderamiento de las personas que ven en Trump un ejemplo de la posverdad que, a modo de secuencia transversal, caracteriza y mediatiza nuestras sociedades líquidas. Tenga en cuenta que si calendarizamos la evolución sufrida en los últimos decenios, podemos concluir que Trump representa la emergencia de un horizontalismo político que debe ser testado de acuerdo a una interlocución que filtre las tendencias emergentes.

Gundisalvus: Más en concreto: ¿Cómo cree usted que afectarán las políticas de Trump a la Unión Europea?

Político: Permítame que, en razón de la sostenibilidad de mi discurso, comience afirmando que Trump y la Unión Europea se hallan en posturas diametralmente opuestas. Sin tener en cuenta la psicogeografía multicausal y transversal, se nos antoja muy complicado un análisis polisemántico que incida sobre las causas de esta bipolaridad cuya sostenibilidad es altamente cuestionada. Por vía declarativa le diré que las políticas trumpianas tienen un alto componente de volatilidad ideológica que no encaja con la visualización que hacemos del ecosistema europeo, sometido como usted sabe a altos cuestionamientos de significatividad que me cuesta verbalizar ahora.

Gundisalvus: ¿Se crearán más puestos de trabajo en los próximos años?

Político: Las medidas de flexibilidad laboral que hemos implementado en base a los coeficientes de mercadotecnia nos hacen sospechar que, si bien no podemos controlar todas las variables hipercáloricas de las políticas agresivas continentales, no es difícil visualizar un incremento significativo que progresivamente incida en el empoderamiento de las personas más golpeadas por la mal llamada crisis sistémica que solo puede comprenderse, en otro orden de cosas, en base a las políticas declarativas que promuevan la autoorganización social para que las instituciones sean espacios de empoderamiento popular. Como no podía ser de otra manera, la precarización del empleo es una consecuencia de la sobrevaloración de la parte alícuota que, una vez testada, se protocoliza según estándares internacionales.

Gundisalvus: Le agradezco su amabilidad y, sobre todo, la forma concisa y clara de responder a mis preguntas, siempre –claro está– “dentro de la contextualización innegociable que hace significativa la transversalidad de su acercamiento al asunto de la cuestión”. ¡Hasta nunca!

lunes, 6 de febrero de 2017

No siempre estamos firmes

Empiezo la semana con el recuerdo de mis familiares, amigos, compañeros y conocidos enfermos. Me sale de dentro. Enfermo es el que padece una in-firmitas; es decir, una falta de firmeza. Cuando estamos sanos nos parece que la vida es firme y consistente, que todo discurre con la fuerza impetuosa de un arroyo de montaña. Pero, tarde o temprano, la enfermedad quiebra esa convicción. Entonces comprendemos mejor algo que nos sorprendía cuando éramos niños: la insistencia de los mayores en que lo más importante de la vida es la salud. Incluso cuando mencionaban la trilogía salud-dinero-amor, la salud siempre figuraba en el primer puesto. Después, de adultos, uno comprende otras interrelaciones. Se suele decir, con una pizca de ironía, que “quien pierde la salud para ganar dinero, acaba perdiendo su dinero para recobrar la salud”. En el ritual del matrimonio los esposos se comprometen a vivir su amor “en las alegrías y en las tristezas, en la salud y en la enfermedad”. He conocido ejemplos admirables de cónyuges que se han mantenido fieles en momentos de prueba a causa de la enfermedad de uno de ellos o de ambos y que se han acompañado y ayudado hasta el final.

La enfermedad no solo afecta a nuestra autonomía y estado de ánimo sino que, a menudo, pone en crisis nuestros valores y relaciones, nuestra manera de entender la vida. Es verdad que a muchas personas la enfermedad les ha hecho madurar humana y espiritualmente, pero solo después de haber superado la etapa de desmoronamiento que toda enfermedad supone. Una de las cosas que más me llama la atención en este proceso es que, a menudo, las personas enfermas son capaces de encajar la enfermedad y de sacar provecho de ella con más lucidez y profundidad que sus cuidadores. Es particularmente llamativo en el caso de algunos enfermos de cáncer.

Hace unos días visité en Alemania a un compañero claretiano que lleva siete años en silla de ruedas como consecuencia de un grave accidente de tráfico sufrido en Sri Lanka. Aunque en este tiempo ha progresado mucho, su autonomía es mínima. Por unos instantes me imaginé sentado en su silla de ruedas, a expensas de los cuidadores. ¡Cuántas horas de soledad y silencio, dando vueltas a recuerdos que duran solo un instante porque la capacidad de retención ha quedado muy dañada! ¿Cómo se contempla la vida a la altura de los 60 años desde una silla de ruedas? ¿Adónde van a parar todos los proyectos, las relaciones, los sueños? Es como si, de repente, la vida se truncase y hubiera que rehacerla desde el principio. Un buen tratamiento alivia esta crisis, pero no logra eliminarla por completo. La presencia de las personas queridas la hace más llevadera, pero nadie nos sustituye en estos trances.

El sábado visité a otro compañero internado en un hospital de Roma a consecuencia de una gravísima pancreatitis. Revestido con gorro, mascarilla y delantal protector, estuve unos minutos con él en uno de los boxes de la Unidad de Cuidados Intensivos. Parece que la enfermedad está controlada, pero tendrán que pasar semanas hasta que pueda volver a casa y recuperar su ritmo normal. Tumbado en una cama articulada, con tubos y cables por todas partes, mi compañero asumía la situación con serenidad, pero sabiendo que había supuesto un parón brusco en su intenso ritmo de vida. Esta lista se podría completar con los casos de familiares que desde hace años padecen enfermedades degenerativas, amigos que atraviesan períodos depresivos o personas que me piden que ore por ellos o por sus familiares enfermos. Cuando uno es niño, adolescente y joven los enfermos son generalmente los otros, los mayores. Uno está disfrutando la vida con tanta intensidad que –salvo excepciones– huye como por instinto de hospitales, residencias de ancianos y centros de rehabilitación. Es el tiempo de experimentar la salud como firmeza y también como autoafirmación. Incluso a veces como provocación. Una vez le oí decir a una persona: “Tienes una salud insultante”. Pero siempre llega un momento en el que la salud se transforma en enfermedad, en falta de firmeza. Entonces se hace visible la cara B de la vida: nuestra fragilidad física y psicológica, nuestra debilidad moral, nuestra falta de esperanza y, en definitiva, la inconsistencia de la vida. Solo cuando probamos en carne propia esta falta de firmeza empezamos a comprender a quienes llevan meses o años lidiando con la enfermedad.

Hace años solía ver a Jesús como el mensajero de la buena noticia del Evangelio. Me gustaba mucho su faceta de predicador itinerante. Quizá por eso acepté la vocación misionera. De un tiempo a esta parte, estoy fijándome en su faceta de sanador. De hecho, los evangelios están llenos de historias en las que los enfermos se acercan a Jesús para que los cure. Marcos, al comienzo mismo de su evangelio, describe esta escena: “Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Él curó entonces a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios” (Mc 1,32-34). Su evangelio está repleto de historias de curaciones. Jesús cura a un leproso (Mc 1,40-45), a un paralítico (Mc 2,1-12), a un endemoniado (Mc 5,1-20), a la mujer hemorroisa (Mc 5,21-34), a un sordomudo (Mc 7,31-37), a un ciego (Mc 8,22-26), a un epiléptico (Mc 9,14-29)… Los ejemplos se pueden multiplicar. El apóstol Pedro, en el discurso que pronuncia en casa de Cornelio después de la resurrección de Jesús, resume así la actividad del Maestro sanador: “Él pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el demonio, porque Dios estaba con él” (Hch 10,38).

Cuando llega la enfermedad me acuerdo de este Jesús que sana. Creo en el poder de la oración. Lo he comprobado en muchas ocasiones, algunas muy cercanas a mí. Orar por los enfermos es una forma de expresar nuestra fe en este Jesús que nos puede devolver la firmeza cuando no nos mantenemos ya en pie. Hoy oro de una manera muy especial por las personas enfermas con las que he entrado en contacto en las últimas semanas. Y os invito a hacer lo mismo por las personas enfermas de vuestro círculo familiar y de amigos y conocidos. Creo que la oración debe ir acompañada de una preocupación concreta por visitarlas, escucharlas y prestarles el cuidado que está en nuestras manos. Recogeremos en el futuro lo que sembremos ahora.


domingo, 5 de febrero de 2017

Salados y luminosos

Las lecturas de este V Domingo del Tiempo Ordinario son cortas y muy enjundiosas. Os recomiendo vivamente leer el comentario de Fernando Armellini para comprender el rico significado de las imágenes de la sal y la luz aplicadas por Jesús a sus discípulos. Así, poco a poco, casi sin daros cuenta, os iréis familiarizando con muchas claves bíblicas que os ayudarán a comprender y saborear el Evangelio para vivirlo mejor. El domingo pasado Jesús nos presentó las bienaventuranzas; es decir el camino de la felicidad “según Dios”. Hoy, teniendo en cuenta ese trasfondo, nos dice quiénes somos sus discípulos. ¡Atención! No nos manda lo que deberíamos ser, sino que nos anuncia lo que realmente somos ya si creemos en él: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5,13); “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). Jesús nos revela nuestra verdadera identidad. Siendo lo que ya somos por gracia, contribuimos a dar sabor al mundo y a iluminarlo. ¡Esta es una verdadera revelación, una sorpresa, una bomba de efecto retardado!

La sal sirve para dar sabor a las cosas, preservarlas de toda corrupción y también para sellar pactos de amistad. Negarle a uno el pan y la sal significa ignorarlo. La sal se disuelve en el agua y en los alimentos, se pierde. Es una imagen que habla de discreción y humildad, en línea con el mensaje que Pablo dirige a la comunidad de los corintios (segunda lectura). Si nosotros somos la sal del mundo significa que, viviendo el Evangelio, aportamos sabor a la existencia humana, impedimos que se corrompa y la vivimos como un pacto de amor. Para ello no es necesario que hagamos nada especial: basta que nos mezclemos con las personas, que nos perdamos en el mundo del trabajo, de las relaciones de amistad, de la familia, de la economía. El Evangelio se difunde por sí mismo, contiene dentro la energía suficiente para hacer de la vida humana un camino de sentido y felicidad.

La luz sirve para iluminar a condición de que no se esconda sino que se muestre. Cuando Jesús aplica esta imagen a los cristianos no está defendiendo una suerte de exhibicionismo que traiciona el principio de la discreción: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3). Tampoco nos está animando a hacer una publicidad descarada e invasiva. Nos pide solo que no escondamos el tesoro que hemos recibido porque nuestra pequeña luz contribuye a iluminar el mundo. ¿Cuándo se enciende la luz que somos cada uno de nosotros? Isaías, en la primera lectura, responde con claridad: Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía (Is 58,9-10). La ayuda a las personas necesitadas, la salida de nosotros mismos, es el interruptor que da acceso a la luz.

Cuando uno visita Galilea se da cuenta de que muchos pueblos están colocados en la cima de las colinas. Jesús vivió en ese ambiente. Quizá por eso habla también de que “no se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte” (Mt 5,14). Del mismo modo, un cristiano no puede ocultar el tesoro del Evangelio. Lo ha recibido para compartirlo.

Tomadas las dos imágenes juntas, nos ayudan a comprender que los discípulos de Jesús somos salados y luminosos. Cuando hablamos del perfil del creyente hoy no solemos utilizar estas palabras. Nos servimos de otras más modernas como místico, comprometido, coherente, compasivo, profético, etc. Pero hoy Jesús nos invita a caer en la cuenta de la sal y la luz que hemos recibido para salar el mundo e iluminar la tierra. En sí mismas, las imágenes nos hablan de una desproporción. Se necesita poca sal para dar sabor a un alimento. Es más, el exceso de sal puede echarlo a perder. Una pequeña luz es suficiente para iluminar una estancia entera. Quizá los cristianos seamos siempre una minoría. Ciertamente lo somos en las sociedades secularizadas y multirreligiosas. Pero eso no quiere decir que seamos insignificantes. Las imágenes que usa Jesús nos ofrecen una clave muy sugerente para entender el sentido de nuestra vocación cristiana. Lo único que se nos pide es –yendo contra la química– que la sal recibida no se vuelva sosa y que no escondamos la luz debajo del celemín.

¿Cuántas veces he cantado esta antigua canción de Brotes de Olivo? Me sigue gustando y emocionando. Los niños que la cantaban hace 40 años ahora son adultos hechos y derechos. La ingenuidad de entonces se ha convertido ahora en madurez probada por la vida.


sábado, 4 de febrero de 2017

El paraíso del "finde"

El descanso es un invento bíblico. Según el relato simbólico del libro del Génesis, hasta Dios se tomó un receso tras la obra magna de la creación: “Para el día séptimo había concluido Dios toda su tarea; y descansó el día séptimo de toda su tarea” (Gn 2,2). Los musulmanes descansan los viernes; los judíos, los sábados; los cristianos, los domingos. En las sociedades multirreligiosas –como, por ejemplo, Israel– esta diversidad crea algunos problemas organizativos, pero acaban encontrando formas de conciliación. No obstante, como un día no es suficiente para descargar el estrés acumulado durante la semana laboral, hemos inventado el finde. Cuando era niño, el fin de semana comenzaba el sábado por la tarde. Creo que incluso teníamos clases los sábados por la mañana. Hace ya bastantes años que el fin de semana abarca sábado y domingo, dos días completos. En España, la llamada “semana inglesa” la consagró el Estatuto de los Trabajadores de 1980 al abogar por las 40 horas semanales de trabajo, lo que en la práctica equivalía a cinco días de ocho horas laborables cada uno. Ahora muchos anticipan el finde al viernes por la tarde. La película Thank God it’s Friday (1978) ganó un día a la Fiebre del Sábado Noche (1977). Ambas contribuyeron a crear el mito del fin de semana como espacio lúdico, sobre todo para los jóvenes. La música disco se convirtió en la banda sonora de este sueño juvenil. La discoteca era el escenario simbólico donde se desarrollaban las fantasías del fin de semana.

Hemos devaluado de tal manera el trabajo que la mayoría de las personas sueñan que llegue el fin de semana para hacer las muchas cosas que no pueden hacer durante el período laboral o simplemente… para no hacer nada. No importa que las expectativas no se cumplan. No importa que, tras dos días vacantes, muchos sucumban al “síndrome del domingo”Apenas comienza el lunes, ya comienzan a contar los días que faltan para que llegue el ansiado viernes por la tarde. 

En este fenómeno, que tiene mucho de ansiedad, veo dos fracasos acumulados. El primero es el fracaso de los días laborables. El hecho de que mucha gente tenga que madrugar, emplear un tiempo excesivo en desplazarse hasta el lugar del trabajo, realizar una tarea que no les gusta y compartir horas con personas con las que no empatizan… acaba creando un gran estrés. El trabajo, en vez de ser una tarea creativa en la que uno se realiza, acaba siendo un monstruo que va devorando todo. Es comprensible que en estas circunstancias uno desee que llegue cuanto antes el fin de semana para desconectar, para sumergirse o refugiarse en otro mundo en el que puede hacer lo que le viene en gana: dormir más, levantarse tarde, no tomar transportes públicos, ver la televisión, comer en familia… Quienes tienen la suerte de tener un trabajo que les gusta y pueden desarrollarlo en condiciones razonables, no experimentan esta ansiedad. Saben que hay un tiempo para trabajar y otro para descansar. Los combinan con serenidad. Disfrutan de ambos en dosis bien equilibradas.

El segundo fracaso tiene que ver con el fin de semana en sí. A menudo, los resultados no se corresponden con las expectativas. Uno sueña con acceder a un paraíso de sensaciones y experiencias, pero con frecuencia se queda tumbado en un sofá consumiendo horas interminables de televisión. Sin embargo, sería ideal poder disfrutar del fin de semana como un tiempo de re-creación; es decir, como la oportunidad para recrear las cinco relaciones básicas que nos configuran a los seres humanos:

  • Con nosotros mismos (descansar, pensar, hacer deporte, leer, escuchar música…). 
  • Con los demás (escuchar, conversar, comer juntos, pasear, echar una mano…). 
  • Con el entorno (disfrutar de la naturaleza y el arte, hacer tareas manuales). 
  • Con el tiempo (posibilidad de ralentizar el ritmo vital para prestar atención a todo). 
  • Con Dios (contemplación, oración, liturgia…).

Pocas personas han desarrollado la capacidad de prestar atención conjunta a estas cinco relaciones. Por eso, el fin de semana, en vez de ser recreativo (en el más original sentido de la palabra), se convierte en agotador, anodino, estresante, vacío… Quizá no está lejano el día en el que dediquemos tres jornadas al negocio (es decir, al trabajo) y cuatro al ocio (es decir, al tiempo libre). Esto significa que desde niños tenemos que entrenarnos en el cultivo armónico de las cinco relaciones básicas para que no sucumbamos a la tentación de estar haciendo siempre cosas (con objeto de no sentirnos culpables) o de abandonarnos al dolce far niente (haciendo dejación de nuestras responsabilidades). Junto al placer del fin de semana, hay que descubrir también el muy placentero comienzo de semana. El finde se complementa con el comde. Las cosas nos irían de otra manera.






viernes, 3 de febrero de 2017

El rosco de san Blas

San Blas, cuya fiesta celebramos hoy, debería ser recordado por cosas de más fuste, pero yo lo asocio recuerdos infantiles al famoso “rosco de san Blas” que se elabora en mi pueblo natal. En Vinuesa, como en otros muchos lugares de la geografía española, se han multiplicado las tradiciones populares en torno a la fiesta de este mártir cristiano. No importa que se trate de un santo muy alejado en el tiempo (vivió a caballo entre el siglo III y el IV) y en el espacio (Sebaste, en la actual Turquía). No importa que las leyendas ocupen a veces más espacio que la historia. Por razones difíciles de comprender, es un santo muy popular que ha calado en el corazón de las gentes. Algo parecido a lo que sucede con san Antón, san Roque, santa Inés, santa Águeda, etc. Quizá en este caso porque se lo considera un poderoso intercesor contra las afecciones de garganta. De hecho, una oración lo invoca así:
¡Oh, glorioso San Blas, que con vuestro martirio habéis dejado a la Iglesia un ilustre testimonio de la fe, alcanzadnos la gracia de conservar este divino don, y de defender sin respetos humanos, de palabra y con las obras, la verdad de la misma fe. Vos que milagrosamente salvasteis a un niño que iba a morir desgraciadamente del mal de garganta, concedednos vuestro poderoso patrocinio en semejantes enfermedades; y sobre todo obtenednos la gracia de vivir la fe con alegría y esperanza, alabando a Dios y sirviendo a los demás. Así sea.
La víspera de la fiesta se preparan en las casas y en las panaderías dos tipos de roscos: unos grandes y esponjosos (recubiertos de glaseado blanco y adornados con flores de azúcar coloreada) y otros pequeños y duros (todos recubiertos de granitos de colores). Unos y otros se llevan a la iglesia y se van colocando en una especie de multicolor exposición alimentaria. A la gente le gusta este muestrario de creatividad popular. Durante la misa del santo –a la que acude mucha más gente que cualquier domingo ordinario– el párroco los bendice. Después, las familias los llevan a casa. Los blandos se consumen en los días siguientes. Los duros se guardan para cuando uno tiene algún mal de garganta. He oído varios testimonios de personas que consideran que su ingesta es eficaz cuando va acompañada de una verdadera fe. 

Me llama la atención que una costumbre como ésta no se haya perdido en tiempos tan secularizados como los nuestros. Casi diría que se ha revalorizado. Por una parte, tiene que ver con la necesidad que hoy tenemos de conservar algunos ritos que creen identidad colectiva en tiempos de individualismo y fragmentación; por otra, expresan una fe sencilla (quizá en la frontera con lo mágico) que manifiesta el deseo de ser curados por una fuerza que nos sobrepasa. Ambos elementos no pueden ser desechados sin más. Quizá resulten un poco primitivos y elementales, pero constituyen una buena base para reforzar los lazos de pertenencia a una comunidad humana (las fiestas rompen la rutina y ayudan a unir a las personas) y para profundizar en el poder sanador de Jesús (claramente testificado en los Evangelios), a través de la intercesión de los santos. Unas personas acentúan más el aspecto ritual y cultural y otras el religioso. Ambos conviven en armonía sin que uno suponga el desprecio del otro. A veces, las tradiciones compartidas hacen más por la unión de las personas y los pueblos que las declaraciones solemnes, que casi siempre naufragan en escollos ideológicos.

Según la tradición, Blas de Sebaste era conocido por su don de curación milagrosa, que aplicaba tanto a personas como a animales. La tradición cuenta que salvó la vida de un niño que se ahogaba al clavársele en la garganta una espina de pescado. Se le acercaban también los animales enfermos para que los curase. De esta manera, ellos se comprometían a no molestarlo durante su tiempo de oración. No es extraño, pues, que su culto se difundiese mucho, tanto por Occidente (3 de febrero) como por Oriente (11 de febrero). Se cuenta que en Roma llegó a haber 35 iglesias dedicadas a su memoria. 

A la figura de san Blas se asocian también varios refranes que tienen que ver con la estación en la que se celebra su fiesta (mitad del invierno) y con su fama de milagrero (sobre todo, de enfermedades de la garganta). Los refranes son perlas de sabiduría popular que nos ayudan a poner de relieve algún aspecto de la vida cotidiana. No creo que el bueno de san Blas tenga que ver mucho con ellos, pero el pueblo los ha relacionado con su figura. He aquí algunos:

  • «Por san Blas la cigüeña verás, y si no la vieres: año de nieves». Hace referencia a la llegada de las cigüeñas a España, que se produce a principios de febrero excepto en años muy fríos. 
  • «Por san Blas, hora y media más». Refiere que en la fecha de la festividad de Blas de Sebaste, transcurrido casi un mes y medio de invierno, la duración del día es manifiestamente más prolongada. 
  • «San Blas bendito, cúrame la garganta y el apetito». 
  • «San Blas, tú me llamarás». La afección de garganta provocará en el propio fiel el recordatorio del santo.
  • «San Blas, San Blas, que se ahoga este animal». Cuando alguien se atraganta mientras se le da en la espalda para que se le pase. 
  • «San Blas bendito, que se ahoga el angelito». Una versión más suave e infantil.




jueves, 2 de febrero de 2017

Bastante más que trabajadores

De vuelta a Roma, me dispongo a celebrar con alegría la fiesta de la Presentación del Señor, antes conocida como La Candelaria. Esta tarde me acercaré a la basílica de San Pedro para participar en la celebración presidida por el papa Francisco. Encontraré a miles de religiosas y religiosos de muchos países porque hoy se celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, una iniciativa de san Juan Pablo II con el fin de agradecer a Dios el don de la vida consagrada a su Iglesia y reforzar el sentido de comunión. Para muchas personas, los religiosos somos invisibles a menos que desarrollemos algún trabajo de los que se consideran útiles para la sociedad. Pocas personas ponen reparos al hecho de que las Misioneras de la Caridad, por ejemplo, se ocupen de los más pobres de los pobres o de que muchas congregaciones femeninas abran comedores sociales para los parados o se ocupen de los niños huérfanos o de los ancianos. A muchos les cuesta más entender qué pintamos los religiosos en el campo de la educación. Pocos comprenden para qué sirve la vida contemplativa, cuál es la utilidad social de algunos miles de hombres y mujeres consagrados a la oración. Por otra parte, en esta Europa en la que vivo, la vida religiosa está declinando en número. En España, por ejemplo, se cierra un convento de clausura al mes.

He reflexionado mucho sobre el significado de la vida consagrada en la Iglesia. En primer lugar, porque necesitaba comprender mejor mi propio estilo de vida; en segundo lugar, para ayudar a otras personas a vivir con más lucidez y fidelidad esta peculiar forma de ser cristianos. Hoy sale a las librerías un libro mío titulado La crisis como oportunidad. Hacia una vida religiosa pequeña y parabólica. En él explico cómo veo la situación que estamos atravesando y hacia dónde podríamos encaminar nuestros pasos. En contra de lo que pudiera parecer, no soy pesimista. Me parece que nos encontramos en un momento de profunda transformación. El declive numérico, que a primera vista certifica un fracaso, puede ser una oportunidad –como tantas otras veces en la historia– para quitar las cenizas acumuladas y volver a soplar sobre las brasas encendidas. Después de 40 años como religioso no tengo demasiado interés en elaborar una teología de la vida consagrada. Abundan los ensayos y reflexiones. No carecemos de propuestas idealistas que nos hablan de consagración, comunión y misión, que nos trazan el mapa de lo que debería ser hoy la vida consagrada.  Mi interés se centra en acercarme a las vidas de algunos de nosotros para comprobar cómo se viven estos valores en la normalidad de la vida cotidiana. ¿Qué sucede cuando el Espíritu de Dios se apodera de una persona normal y la va transformando a lo largo del tiempo? ¿Qué procesos mentales y afectivos se producen? ¿Cómo afecta esta experiencia al compromiso en el mundo? ¿Qué relación hay entre contemplación de Dios y servicio a los pobres? ¿Cómo se abordan el cansancio, la rutina y el aburrimiento? ¿Qué significa la soledad? Yo no me escandalizo cuando compruebo de cerca mi fragilidad y la de tantos otros consagrados y consagradas. La contemplo desde la única óptica posible: la elección de Jesús. Él no escogió como discípulos suyos a gente notable sino a gente corriente, con lagunas, desequilibrios, inconsistencias y pecados. Refiriéndose a los primeros cristianos en general, Pablo escribió un texto magnífico en su primera carta a la comunidad de Corinto (1 Cor 1,26-31):
“Observad, hermanos, quiénes habéis sido llamados: no muchos sabios en lo humano, no muchos poderosos, no muchos nobles; antes bien, Dios ha elegido los locos del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, a los plebeyos y despreciados del mundo ha elegido Dios, a los que nada son, para anular a los que son algo. Y así nadie podrá engreírse frente a Dios. Gracias a Él vosotros sois del Mesías Jesús, que se ha convertido para vosotros en sabiduría de Dios y justicia y consagración y redención. Así se cumple lo escrito: Quien se gloría que se gloríe en el Señor.”
Las personas consagradas no estamos hechas de una pasta distinta al resto de las personas. Procedemos de familias corrientes. Hemos frecuentado las mismas escuelas que la mayoría. Tenemos sueños y fracasos. Nos ilusionamos y nos cansamos. Amamos la vida comunitaria y a veces naufragamos en el individualismo. Queremos seguir a Jesús casto, pobre y obediente, pero nos sentimos seducidos por otros valores como el sexo, el dinero y el poder. Profesamos estar disponibles para ser enviados donde sea necesario, pero a veces nos atamos a un lugar, una posición o un grupo de personas. Lo hermoso de una vida como ésta no es que sea inmaculada sino que, en la debilidad de la existencia humana, muestra que la gracia de Dios es soberana, que cuando uno se deja llevar por el Espíritu de Dios, todo acaba teniendo un sentido, incluidos los retrocesos y fracasos. Las personas consagradas no somos un modelo de perfección (hay personas mucho más logradas que nosotros), sino testigos de la misericordia de Dios, pecadores que se saben perdonados y quieren mostrar que el amor de Dios es suficiente para dar sentido a la vida humana. No somos necesarios por lo que hacemos, por la posible utilidad social de nuestro trabajo, sino por lo que somos: seres humanos seducidos por Dios y siempre en vías de conversión y transformación.

Sé que a los jóvenes les cuesta entender una vida que parece caminar a contrapié de la vida de la mayoría de la gente. Sé que no es fácil aceptar ser un don nadie cuando desde niños hemos sido formados para tener éxito. Sé que estamos tentados de justificar nuestra vida a base de un expediente brillante de servicios sociales. Sé que la historia registra momentos de abundancia y momentos de escasez. Todo esto es coyuntural. Pero sé también que el Espíritu siempre atraerá a algunos –a veces, a muy pocos– para vivir, en el entramado de la vida ordinaria, el desconcertante estilo de vida de Jesús de Nazaret. No porque sean los mejores o porque deslumbren con sus cualidades, sino porque en la Iglesia son necesarias algunas personas que visibilicen descaradamente aquellos valores que son esenciales para todos los que queremos vivir el Evangelio. Desde este rincón, felicito hoy de corazón a los miles de hombres y mujeres consagrados (algo menos de un millón) dispersos por el mundo, a esa inmensa minoría que experimenta a veces los estertores de la crisis, pero que vive una profunda alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar. Estamos llamados a ser testigos de la esperanza y la alegría.



miércoles, 1 de febrero de 2017

Un hogar para todos

Escribo desde Würzburg. Ha amanecido un día nublado. Pronto empezará a llover o nevar. Dentro de unas horas regreso a Roma vía Frankfurt. Termina así mi corto pero interesante viaje a Alemania. Ayer por la tarde tuve la oportunidad de callejear un rato por el centro de Ulm, la encantadora ciudad medieval situada en un extremo del estado de Baden-Würtemberg. La niebla le daba el toque invernal requerido para hacerla más misteriosa y atractiva. El río Danubio –el famoso río del vals de Johann Strauss separa la ciudad antigua, situada en Baden-Wurtemberg, de la nueva, ubicada en el estado de Baviera. Me detuve, como es obligado, en la imponente catedral gótica, actualmente en manos de la iglesia luterana. En realidad, ya no es una catedral porque no es sede de ningún obispo sino un templo mayor. Se considera la iglesia más alta del mundo. El extremo superior de la aguja de la torre mide 161,53 metros de altura. Si el exterior llama la atención por su verticalidad, el interior impresiona por su grandiosidad y armonía. El templo consta de cinco naves. En la nave central hay bancos suficientes para acomodar a unas 2.000 personas. Lo primero que sorprende es que no están todos dispuestos mirando al antiguo presbiterio sino que se hallan orientados hacia el centro de la nave. Allí, en un altarcito lateral, se expone la Biblia con dos velas. Este cambio indica claramente que nos hallamos en una iglesia protestante. Uno de los pilares de la Reforma luterana es precisamente la primacía de la Palabra de Dios (sola Scriptura). No hay sagrario –aunque se conserva el antiguo lugar del tabernáculo católico– porque ellos no creen en la presencia sacramental de Cristo.

Dentro de este inmenso templo hacía más frío que fuera.  Y algo de eso sentí en mi interior. Mientras admiraba la belleza arquitectónica, sentía el vacío que me producen todos los templos protestantes. Admiro su pasión por la Palabra de Dios, su cuidado del canto litúrgico, la importancia dada a la congregación de los fieles, pero todo se me antoja insuficiente. La presencia sacramental de Cristo en las iglesias católicas no es un elemento decorativo perfectamente prescindible. Es –como el sensus fidelium se encarga de recordarnos una y otra vez, más allá de algunas teologías demasiado ilustradas– una presencia que prolonga la fuerza de la Eucaristía, que congrega a la comunidad, que atrae como un imán casi irresistible, que proyecta hacia la misión en la calle. Se entra para salir. Se contempla para comunicar. Se adora para amar.  Estos pensamientos me rondaban por la cabeza mientras admiraba la belleza del lugar, que es una belleza un poco marchita porque se alza como testimonio pétreo de una ruptura. Uno observa vestigios del antiguo pasado católico (por ejemplo, el lugar del tabernáculo, el altar mayor del presbiterio, algunas tallas de la Virgen María) combinados con elementos protestantes. Si en la nave central aparecen las estatuas de los doce apóstoles, en las laterales se exhiben otras de los prohombres del siglo XVI que apoyaron la Reforma protestante. El templo es un testimonio de una historia muy travagliata.

Ya en la enorme plaza frente a la fachada, me fijé en un gran cartel con el versículo de 2 Cor 3,17: “Donde está el Espíritu de Dios, está la libertad”. Es el lema escogido para la celebración del quinto centenario de la Reforma. Es cierto que los protestantes quisieron barrer muchas antiguallas acumuladas a lo largo de los siglos y que poco tenían que ver con la Palabra de Dios, es cierto que contribuyeron a redescubrir el núcleo de la fe, pero me temo que se llevaron por delante tesoros de la Tradición que solo con el paso del tiempo están redescubriendo. 500 años son más que suficientes para que unos y otros reconozcamos nuestros excesos y defectos y acojamos el don de la unidad que el Espíritu regala a su Iglesia. Sueño con el día en que esta hermosa iglesia de Ulm pueda ser el centro espiritual de todos los cristianos que viven allí.