viernes, 20 de enero de 2017

El hombre de la corbata roja

Tras un mes por España, Perú, Bolivia y Reino Unido, estoy de nuevo en mi sede de Roma. La verdad es que tenía ganas de regresar a casa. Al llegar a Italia me estremece la noticia de los muertos a causa de un alud en la región de los Abruzos. Parece que ha sido consecuencia de los terremotos que se produjeron anteayer. Están siendo meses de alta actividad sísmica, como si la tierra fuera un reflejo de la sociedad y viceversa. En este contexto de virulencia, hoy mismo Donald Trump jurará su cargo como 45 presidente de los Estados Unidos de América. Los análisis se disparan. Comienza un tiempo incierto. Yo soy, más bien, pesimista, lo confieso. Van a ser frecuentes los golpes de timón porque me temo que Trump y su equipo no tienen un proyecto definido para conducir el país, solo unas gotas de instinto político para conectar con las frustraciones de la gente, pero eso no es suficiente para gobernar con acierto. Con todo, un hispanista como Stanley G. Paine ha votado por él como mal menor. Le parece que el sistema democrático norteamericano es lo suficientemente sólido como para destituir al presidente si sobrepasa los límites razonables. Esperemos que no tenga que llegarse a ese extremo.

En la foto oficial como presidente electo aparece con corbata roja, una insignia con la bandera estadunidense en la solapa izquierda de su chaqueta, el ceño fruncido y los ojos semicerrados. No sonríe como Obama sino que apuesta por un rostro serio, de hombre duro, como diciendo: “Van a ver de lo que soy capaz”. Me parece que Trump representa el deseo de muchos norteamericanos de no perder la supremacía de los Estados Unidos en el concierto mundial, aunque ya se empieza a hablar del suicidio anglosajón. Con Obama se abrió camino el multilateralismo. A muchos de sus conciudadanos les parecía un líder demasiado débil para seguir manteniendo a Estados Unidos como primera potencia indiscutible. ¡Se parecía demasiado al papa Francisco! El tiempo dirá por dónde se orientan las cosas. Pero me parece que en esta época de globalización el mejor camino no consiste en construir muros y defender solo los propios intereses olvidando las mutuas interconexiones. Estaré atento al discurso inaugural del hombre de la corbata roja (tal vez hoy luzca una azul) para ver qué señales emite, hacia dónde apunta su gobierno, cómo quiere involucrar a sus ciudadanos en esta nueva etapa que se abre. Siempre hay que estar dispuestos a cambiar las propias ideas (a menudo, prejuicios), cuando los hechos hablan claro.

jueves, 19 de enero de 2017

Unidos para que el mundo crea

Ayer comenzamos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Este año el tema es: Reconciliación. El amor de Cristo nos apremia. Me resulta muy familiar porque el lema que san Antonio María Claret escogió para su escudo arzobispal fue precisamente esa misma frase de san Pablo extraída de la segunda carta a los Corintios: Caritas Christi urget me. Aquí, en Inglaterra, el desafío ecuménico se percibe con mucha claridad. Junto a nuestra comunidad de Buckden está la iglesia anglicana. Ayer, en una breve visita vespertina a la comunidad de Hayes, comprobé que a pocos pasos está la sede de la Iglesia Metodista y, un poco más allá, una de las mezquitas de un barrio que es claramente multicultural y multirreligioso. Por cierto, me sorprendió mucho la publicidad del Corán que vi en una pancarta colgada de la fachada de la mezquita. Decía, más o menos, lo siguiente: “El noble Corán nunca ha cambiado, nunca se ha modificado. Miles de millones lo leen. Millones lo saben de memoria. ¿Te has preguntado por qué?”. El viandante podía llevarse gratis un ejemplar en inglés. No es que me entraran unas ganas irrefrenables de hacerme musulmán, pero me di cuenta de que la publicidad era impactante. Quizá deberíamos aprender a hacer algo semejante con la Biblia.

La unidad de los cristianos se hace más urgente en este 2017 en que celebramos el quinto centenario de la Reforma protestante. He leído algunos comentarios de pastores protestantes que sostienen que si en la Roma del siglo XVI hubiera habido un Papa como Francisco jamás se hubiera producido la división. Es imposible hacer juicios anacrónicos, pero detrás de esas afirmaciones hay una verdad palmaria: cuanto más auténticamente vivimos el Evangelio, más contribuimos a la unidad. Y viceversa. Se suele decir que el primer milenio fue la etapa de la división entre la Iglesia de Oriente (ortodoxa) y la de Occidente (católica). El segundo milenio conoció la separación de las Iglesias surgidas de la Reforma protestante. Oramos para que el tercer milenio no continúe la senda de la división sino que sea una etapa de reconciliación y de unidad. Estamos convencidos de que esta nueva unidad será un fruto del Espíritu Santo, no solo el acuerdo entre las partes fragmentadas. Por eso, a iniciativa del sacerdote anglicano Paul Watson, se celebra desde principios del siglo XX esta semana de oración por la unidad. En algunos países de mayoría católica nunca ha arraigado mucho en la mentalidad de los fieles, pero en aquellos lugares en los que la diversidad confesional es patente (por ejemplo, en Centroeuropa) es una semana significativa. El ecumenismo debería ser una preocupación de todos aquellos que nos sentimos interpelados por la oración de Jesús: “Padre, que todos sean uno para que el mundo crea” (Jn 17,21). La credibilidad de la misión de la Iglesia está, pues, ligada al testimonio de unidad. Lo que sucede en el plano de las diversas confesiones sucede también en relación con las comunidades religiosas, las familias cristianas, etc. No es digno de fe el anuncio de quienes viven divididos. La reconciliación, por el contrario, es signo de credibilidad. El lema de este año va en esta dirección. Donde hay experiencia del amor de Cristo, hay siempre perdón y nuevo comienzo.

Escribo estas notas horas antes de emprender el vuelo de regreso a Roma, tras una breve estancia en Inglaterra. Ayer me entristecieron las noticias de la cadena de terremotos en Italia y de las consecuencias de la ola de frío sobre los afectados. Ante este panorama, siento casi vergüenza de escribir este post desde una habitación con moqueta en el suelo (algo común en Inglaterra), buena calefacción y todo lo necesario para descansar confortablemente. Me meto en la piel de los terremotati que, tras las devastadoras consecuencias de los terremotos, tienen que sufrir ahora las secuelas del frio invernal. Lo mismo están experimentado miles de refugiados en Grecia y algunos países del Este europeo. Es verdad que se han multiplicado las iniciativas solidarias, pero no son suficientes para paliar una situación que muchos califican de inhumana. También aquí las iglesias deberían estar en la vanguardia de la solidaridad. Va en nuestro ADN.

miércoles, 18 de enero de 2017

Crear desde el caos

Vuelvo a Inglaterra el mismo día en que la primera ministra británica Theresa May pronuncia un discurso –articulado en 12 puntos– en el que asegura que los británicos dejan la Unión Europea, pero no Europa. En el aeropuerto de London-Stansted no he notado ningún recelo cuando he presentado mi DNI español. Al contrario, el policía ha sido muy amable. Parece que todo sigue como siempre. Ahora estoy en Buckden Towers, un delicioso lugar medieval que los lectores del blog ya conocen. Será una estancia breve, pero suficiente para comprobar si el dichoso Brexit ha cambiado algo el estado de ánimo de un pueblo que es de por sí flemático excepto cuando se carga de alcohol para defender los colores de su equipo de fútbol. Conviene recordar que los hooligans son tan ingleses como los lores del Parlamento o los piratas de Sir Francis Drake.

Debo confesar que me encanta este sitio. El silencio es casi total. Las paredes de la casa están cargadas de historia. El frío exterior se compensa con el calor interno. Todo invita al sosiego tras varios días volando de un sitio para otro e infinitas horas de espera. Aquí me aguarda hoy una reunión importante con los gobiernos de las provincias de Bética, Portugal y Reino Unido-Irlanda. Anoche me pusieron en antecedentes. Parece que se vive un cierto impasse. En todo proceso de transformación se alternan los momentos creativos y los caóticos, las crestas de entusiasmo y las simas de frustración y desencanto. ¿Cómo conseguir aplicar a estos procesos el enfoque estratégico? En otras palabras: ¿Cómo sacar partido de todo al servicio de los objetivos que se pretenden? Los claretianos estamos reorganizándonos en Europa. Queremos reducir los diez organismos actuales a solo cuatro. Los fines son claros; las dificultades también. Una de ellas es la gran variedad lingüística y cultural del continente. Estamos manejándonos en, al menos, diez lenguas. No es fácil enviar a uno desde Portugal a Alemania, por ejemplo; o desde Italia a Polonia. Es cierto que el español y el inglés son nuestras lenguas oficiales, pero esto nos sirve solo para la comunicación interna. A la hora de trabajar pastoralmente con la gente se requiere –como es lógico– el idioma del lugar: sea el catalán de la plana de Vic, el ruso de San Petersburgo o el portugués de Oporto.  Es normal que, ante estos desafíos, cunda el desánimo. ¿Merece la pena empeñarse en un proceso erizado de dificultades y que no suscita mucho entusiasmo?

Los momentos de desconcierto son necesarios para enfocar las cosas de otra manera, para no dejarnos aprisionar por un guion ya sabido. ¿Cómo podemos sacar partido de la diversidad en vez de verla como una amenaza? ¿Qué tipo de nueva organización necesitamos para realidades tan heterogéneas? ¿No tendremos que cambiar el modelo, acuñado en tiempos más homogéneos? Todas estas preguntas van a estar hoy sobre la mesa. Espero que tengamos la libertad y creatividad necesarias para encontrar juntos nuevas respuestas. Estoy convencido de que –como en el caso del Génesis– toda auténtica creación viene precedida de un momento de caos.  Solo desordenando las cosas, imaginándolas desde perspectivas diferentes, se llega a una nueva visión que nos hace progresar. Se me ocurren más cosas, pero los ojos se me cierran. Es hora de descansar. Si no, me temo que no voy a disponer de energía para animar el proceso y que el caos se va a convertir en crónico.

martes, 17 de enero de 2017

Aprovechar el momento

Estamos sobrevolando las Islas Canarias. Faltan menos de tres horas para llegar a Madrid. Aprovecho este tiempo de vuelo para escribir el post de hoy porque cuando lleguemos, ya entrada la noche, estaré muy cansado. Para colmo, mi vuelo a Roma es a las 7 de la mañana. Tendría que escribir algo sobre san Antonio abad, cuya fiesta celebramos hoypero no me siento muy inspirado, a pesar de que es un santo muy popular. Sigo con el asunto de mi viaje. Me sorprende la serenidad con que los pasajeros hemos aceptado el retraso de 15 horas. Una vez que nos convencimos de que no había nada que hacer, procuramos sacar partido hasta de las más de cinco horas de cola mientras reprogramaban nuestros vuelos. Quizá estamos aprendiendo a aprovechar todo lo que sucede más que a quejarnos de las cosas que no dependen de nosotros. En el mes de marzo escribí algo sobre la distinción que los ecólogos hacen entre complicado y complejo. El post se titulaba Un smartphone no es una rosa. Fue una reflexión rápida escrita en un aeropuerto. Me ha venido ahora a la mente porque lo vivido durante el fin de semana ha sido un evento complejo, no un hecho complicado. Nadie contaba con que el avión que estaba volando de Madrid a Lima iba a tener un percance serio (todavía inexplicado) y tendría que hacer un aterrizaje de emergencia en las islas Barbados. Nadie contaba con que la compañía tendría que enviar otro avión vacío desde Madrid para recoger a los pasajeros que se habían quedado tirados en la isla caribeña, trasladarlos a Lima y luego recogernos a nosotros que llevábamos más de 12 horas esperando nuestro vuelo a Madrid. Estas cosas no son objeto de programación: acontecen sin más. Y es mejor aceptarlas con calma, aunque nos causen serios contratiempos.

Lo vivido este fin de semana me ha recordado algo a lo que llevo dando muchas vueltas desde hace años. Frente a las realidades complicadas, programables, nuestra actitud suele ser el control. Queremos controlar la economía, las comunicaciones, los vehículos, los aviones, los ordenadores. Es lo que toca. Pero, ¿qué hacer ante las realidades complejas, inesperadas; es decir, ante las realidades humanas? Si las afrontamos con la misma mentalidad controladora experimentaremos una gran frustración porque lo complejo se resiste al control y la manipulación. Lo correcto es poner en marcha una actitud estratégica que aprenda a sacar partido de lo que sucede, a aprovechar al máximo el movimiento de la vida. Ponerse del lado de la vida: he aquí el reto. Esta actitud estratégica se basa en cinco puntos:

1. Aceptar la realidad como es, no como nos gustaría que fuese. Es el punto más difícil. Todos nosotros queremos modificar la realidad según nuestras expectativas, deseos, planes, temores, etc. Cuando ésta no se acomoda, nos sentimos inermes y desorientados. Lo lógico sería comenzar aceptando las cosas como son, tanto aquellas que hemos programado como las que suceden por sorpresa, tanto las que nos gustan como las que nos disgustan. Para ello no es necesario hacer un cursillo acelerado de budismo. Basta ejercitarse en el realismo que impone la experiencia. ¿De qué hubiera servido que este fin de semana hubiéramos organizado una algarada en el aeropuerto de Lima? A nadie (ni a los pasajeros ni a los directivos y empleados de la compañía área) le resultó plato de buen gusto el aterrizaje forzado en Barbados. Pero sucedió. Partamos del hecho bruto.

2. Investigar las raíces de lo que sucede. Para saber cómo afrontar un contratiempo es preciso saber –hasta dónde sea posible– por qué y cómo se ha producido.  Puedo aceptar que un día estoy triste, pero si quiero afrontar la tristeza es bueno que me pregunte si hay alguna causa que la haya provocado. No es lo mismo estar triste por haber dormido mal que por haber recibido una mala noticia, porque ha salido un día lluvioso o porque nos sentimos responsables de alguna acción mala. La búsqueda de las raíces es especialmente necesaria cuando se trata de experiencias humanas que condicionan nuestra vida. ¿Por qué soy agresivo o celoso o suspicaz? Quienes se conocen bien suelen identificar con facilidad algunas causas de sus reacciones. En el caso del incidente aéreo del fin de semana, es probable que la compañía se pregunte si el avión había pasado todos los controles prescritos, si hubo agentes externos que provocaron el percance (una tormenta eléctrica, un objeto introducido en los motores, etc.).

3.  Preguntarse por el significado. Un mismo hecho puede tener significados diversos según las circunstancias externas y, sobre todo, las actitudes internas. Todos conocemos personas que ante una enfermedad, por ejemplo, reaccionan de modos diversos según el sentido que le otorgan. No es lo mismo considerarla un castigo, un reto o una forma de sufrimiento redentor. Enamorarse de una persona no significa lo mismo a los 15 años que a los 30 o a los 60. Para aprovechar al máximo un evento, es preciso situarlo en nuestra trayectoria vital, en un contexto. Solo así adquiere sentido y puede ayudarnos a crecer como seres humanos.

4. Reaprender cuando es posible. La mayoría de las cosas que nos suceden son fruto de los aprendizajes que hemos hecho. A menudo, ante una reacción violenta o egoísta, solemos escudarnos diciendo: “Yo soy así” cuando, en realidad, tendríamos que decir: “Yo he aprendido a ser así”. Hemos aprendido a ser egoístas, envidiosos, pasivos, huraños, agresivos… Pero también generosos, creativos, solidarios o simpáticos. El ser humano es extraordinariamente moldeable. Podemos reaprender muchas actitudes y conductas positivas si nos lo proponemos y seguimos un cierto método. Estoy seguro de que la compañía aérea, si logra identificar las causas del incidente y es una compañía seria, va a aprender cómo deben afrontarse ciertas situaciones y cómo se pueden mejorar las cosas.

5. Integrar la parte en el todo cuando el reaprendizaje no es posible. Lo ideal es reaprender todo aquello que ha sido aprendido mal. Cuanto más lo hagamos mejores seremos. Pero la experiencia nos dice que, por causas diversas (dotación genética, hábitos muy arraigados, trastornos psíquicos, contextos muy adversos), no siempre es posible reaprender. ¿Qué nos queda, entonces? Nos queda integrar la parte no sana en el todo, de manera que no fijemos nuestra atención en lo que no funciona bien sino en el conjunto de nuestra vida. Yo puedo tener un problema con el alcohol o un lenguaje un poco grosero, pero mi vida no se reduce a esos dos puntos. Cuanto más contemple el conjunto, más fácilmente integraré esas partes en él y, por tanto, haré que no absorban toda mi energía. No podemos respirar por nuestras heridas, absolutizándolas y contaminando a las personas que forman parte de nuestro entorno.


Mientras tecleo casi furtivamente estas notas, percibo que la adolescente peruana que está sentada a mi izquierda mira de soslayo la pantalla de mi portátil. Probablemente piense: “¿Qué estará escribiendo este tío cuando todos dormitan o escuchan música?”. Desde luego no es un cuento para niños, pero todo se andará. 

lunes, 16 de enero de 2017

Como todos los días

Se ve que el fin de semana no he tenido suerte con los aviones. El sábado tuve que esperar seis horas en el aeropuerto de El Alto, en Bolivia, por culpa del mal tiempo que afectaba al aeropuerto peruano de Cusco. Ayer domingo mi vuelo de regreso a Europa estaba programado para las 11:30 de la mañana. Por “motivos operacionales” fue retrasado hasta las 00:30 de hoy lunes, con lo cual perderé mi conexión Madrid-Roma y otro vuelo vespertino que tenía previsto a Londres. Mientras escribo este post, no sé todavía a qué hora saldremos de Lima. He logrado enterarme de que los “motivos operacionales” tienen que ver con el aterrizaje que el avión que venía de Madrid tuvo que hacer en Barbados por razones que la compañía no nos ha explicado todavía. En fin, una buena ocasión para ejercitarse en la paciencia y experimentar en carne propia lo que a veces vemos en los informativos de televisión: personas tumbadas en las terminales de los aeropuertos, colas de pasajeros reclamando sus derechos, etc. Siempre se establece una fácil solidaridad entre “perdedores”. Yo he podido regresar a mi comunidad de Lima para hacer más soportable la espera. Desde aquí tecleo estas notas apresuradas.

Hace menos de una semana recibí un mensaje de una querida amiga mía que está atravesando una etapa difícil. Entre otras cosas, me decía: “Cuando me siento cansada y agobiada por la rutina… me acuerdo de tu canción: como todos los días, las mismas caras, las mismas palabras….y sonrío y no me dejo llevar… Recupera alguna de tus canciones en el blog”. Le prometí que le haría caso, así que hoy lunes cumplo mi palabra. Creo que compuse la canción a la que alude cuando tenía 20 años. Entonces yo era estudiante de teología junto con un buen grupo de compañeros. Vivíamos en comunidad. Solíamos celebrar la Eucaristía por la tarde, como cierre de una jornada llena de clases, estudio, deporte, reuniones, etc. La canción surgió como una forma de no sucumbir a la rutina, como el deseo de dar sentido a las repeticiones de la vida cotidiana. Por eso en el estribillo hablo de mismas caras, mismas palabras, misma fiesta. En medio de esa pertinaz secuencia, cada día, cuando llegaba la tarde, teníamos una cita: “Aquí estamos para la cena”. Todavía me acuerdo de la letra completa, aunque hace tiempo que no la canto. No es un prodigio poético, pero expresa una experiencia honda y compartida, de la que guardo un grato recuerdo.

Como todos los días, cuando llega la tarde,
unimos caminos junto a tu mesa.
Como todos los días, las mismas caras,
las mismas palabras, la misma fiesta.
Como todos los días, como una familia,
aquí estamos para la cena.

Que no falte el pan, que no falte el vino,
que nadie se sienta fuera de la mesa,
que hagamos un sitio para los amigos,
un sitio tan grande que abarque la tierra.

El día que acaba ha sido un sendero,
un trozo de suelo quizás mal andado,
pero ahora sentimos cercano al Amigo,
sabemos con gozo quién nos ha invitado.

Había en la primera estrofa (“Que no falte el pan, que no falte el vino”) un deseo de universalidad. Aunque nosotros fuéramos un puñado de jóvenes misioneros, la Eucaristía nos ponía en comunión con el mundo entero. Queríamos que fuera expresión de fraternidad abierta. La Evangelii nuntiandi nos había animado a ser evangelizadores: “Que nadie se sienta fuera de la mesa, / que hagamos un sitio para los amigos, / un sitio tan grande que abarque la tierra”. De la pequeñez de aquella capilla han salido misioneros que hoy están en Panamá, El Salvador, Rusia, Japón, Bolivia, España, Italia, etc.  Estoy seguro de que si alguno de ellos lee este post recordará con gratitud aquellas Eucaristías setenteras un poco largas y verborreicas, todo sea dicho, pero hermosas y familiares en las que fuimos fraguando nuestra vocación misionera al calor de la Palabra y del pan y el vino.

La segunda estrofa es una especie de rito penitencial. Al final del día uno siempre tenía conciencia de que las cosas no habían discurrido bien, pero esto no nos llevaba al desánimo porque “ahora sentimos cercano al Amigo, / sabemos con gozo quién nos ha invitado”. La convicción de que Jesús nos aceptaba como éramos –jóvenes entusiastas y un poco inconscientes– era motivo de serenidad y de alegría. Y así un día y otro, sin ninguna excepción. Por eso el estribillo comienza con ese “Como todos los días”, que acabó dando título a la canción. ¡Lástima que no disponga de ningún archivo de audio para escuchar su ritmo pegadizo y el contraste entre el compás ternario de las estrofas y el cuaternario del estribillo!

De no haber sido por el recuerdo y la invitación de mi amiga, tal vez no se me habría ocurrido desempolvar estas viejas canciones. Pero así son las cosas. Aprovecharé para tararearla mientras me pongo de nuevo en la cola para facturar mi equipaje. A lo mejor me ayuda a sobrellevar el retraso con más humor y serenidad.

domingo, 15 de enero de 2017

De profesión, Cordero

No es normal escribir un post a 4.000 metros de altura, pero es lo mejor que se me ha ocurrido hacer para ocupar el tiempo mientras espero mi vuelo para Cusco y Lima. Estoy en el aeropuerto de El Alto, cerca de La Paz, la capital de Bolivia (o del Estado Plurinacional de Bolivia, como se llama oficialmente el país). Hace frío. El cielo está muy cubierto. Mi vuelo está demorado por problemas meteorológicos. Los pilotos no se atreven a aterrizar o despegar en un aeropuerto tan complicado como el de Cusco si el tiempo no es bueno. Navego por internet aprovechando que hay wifi abierta. Me entero de que se acerca una ola de frío polar a la Península Ibérica. Hasta ahora España y Portugal se habían mantenido a salvo de los rigores térmicos que han asolado la mayor parte de los países europeos, incluida mi añorada Italia, causando decenas de víctimas. Mi estancia de una semana en Bolivia me ha permitido recordar muchas cosas vividas hace 13 años y, sobre todo, encontrarme con misioneros que se están entregando a la misión en cuerpo y alma.

Los domingos suelo referirme al evangelio del día. Los comentarios extensos sobre las lecturas se los dejo casi siempre a Fernando Armellini o a los colegas de Ciudad Redonda. Los lectores asiduos de este blog lo sabéis bien. Yo suelo escoger solo un punto que por alguna razón me sorprende. Hoy me fijo en el dedo de Juan el Bautista que señala a Jesús. El gesto del dedo va acompañado por una frase que ha sido incorporada a la liturgia de la Eucaristía. Precede al momento de la comunión. Muchas personas la recuerdan de memoria, aunque su significado es muy críptico: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. En la frase del Bautista hay referencias misteriosas al cordero pascual (Exodo) y al siervo de Dios que es llevado al matadero como un cordero (Isaías). Pero quizá la más reveladora es la que aparece en el libro del Génesis. El Bautista asocia también el cordero al sacrificio de Abrahán. Cuando, camino del monte Moria, Isaac pregunta a su padre: “¿Dónde está el cordero para el holocausto?”, Abrahán le responde: “Dios mismo proveerá el cordero” (Gen 22,7-8). Juan se limita a decir: el Cordero que Dios nos concede es Jesús, ahí lo tenéis. Él, “como cordero llevado al matadero”, se va a sacrificar por todos nosotros.

Por un momento me meto en la piel de un joven de veinte años. ¿Qué piensa cuando escucha una frase como ésta? Para empezar, si es un tipo urbano, a duras penas sabe qué es un cordero. Probablemente no lo distinguiría de un cabrito. Lo que sigue resulta todavía más oscuro: ¿Es que Dios tiene corderos en alguna finca espacial? ¿Cuál es el pecado del mundo? ¿Puede el mundo en cuanto humanidad cometer un pecado? La conclusión sería clara: ¡He aquí otra de esas frases absurdas que los creyentes suelen repetir sin saber lo que dicen! ¡Si por lo menos fuera poética o ingeniosa! No, no es fácil entender un Evangelio como el que la liturgia nos propone este II Domingo del Tiempo Ordinario.

Yo, que ya no tengo veinte años y que he procurado explorar el significado profundo de estas frases absurdas, me quedo contemplando el dedo de Juan el Bautista. Es como si el profeta del desierto se dirigiera a todos los buscadores de la historia y nos dijera: “Sí, es él, no tengas miedo”. Él es quien ha vencido todo el mal del mundo (todo el pecado) dejándose sacrificar por él como su víctima. A nadie se le ocurre vencer el mal dejándose dominar por él. Nadie lo ha hecho y nadie lo hará jamás. Solo Jesús y quienes han configurado su vida con la suya han escogido este camino paradójico. Nos pasamos el día quejándonos de lo mal que va este mundo. Quienes recelan del valor de la fe añaden un argumento que parece irrefutable: ¿De qué ha servido el “sacrificio” de Cristo si las cosas siguen igual de mal que hace 2000 años? ¿No habremos sido víctimas de un espejismo? El mal parece un virus alojado en el disco duro de nuestra conciencia. Nunca nos vamos a librar de él. Quizá ni siquiera los más entusiastas de la ciencia albergan la esperanza de que ésta, superadas todas las supersticiones, sea capaz de crear “un mundo feliz” (Aldous Huxley). Juan el Bautista no dice que Jesús va a crear de la noche a la mañana un mundo perfecto, sino que con su vida entregada nos indica el único modo de vencer todo mal: entregar la propia vida por amor. Hay personas que hacen de esta entrega su programa de vida. Son ellas las que mantienen viva la esperanza. ¿Y nosotros?

sábado, 14 de enero de 2017

Matrimonio robado

Al no desarrollar un ministerio parroquial, apenas presido matrimonios, ni siquiera uno al año de media. No obstante, tengo experiencias hermosas de haber acompañado a algunas jóvenes parejas –por lo general, hijos de amigos míos– en su itinerario sacramental. Confieso, sin embargo, que desde hace algún tiempo temo que algún conocido me invite a presidir el matrimonio de algún hijo o hija, sobre todo cuando intuyo que el “decorado” (vestidos, invitados, banquete, fotos, viajes) se come el verdadero significado del sacramento. A veces me encuentro dividido. Por una parte, me disgusta contrariar a las personas que depositan en mí su confianza; por otra, no quiero formar parte de un montaje que se aleja bastante de lo que yo entiendo por la celebración cristiana del matrimonio. No tiene sentido celebrar un sacramento sin fe. Es absurdo celebrar el matrimonio cristiano si no se cree en su significado. Agradar a los padres, seguir la tradición o disfrutar de una ceremonia bonita no son argumentos que justifiquen este paso. Admiro a las parejas que son consecuentes y que, a pesar de la presión familiar, no se embarcan en una aventura en la que no creen.

Acabo de leer que el porcentaje de matrimonios católicos en España ha descendido drásticamente en los últimos años. En la actualidad, no llega al 25% de todos los matrimonios celebrados cuando en el año 2000 el porcentaje superaba el 75%.  ¿Es esta una buena o una mala noticia? Es buena porque indica que han disminuido las presiones familiares y sociales y que muchos jóvenes actúan en conciencia, sin dejarse llevar por lo que siempre se ha hecho o por simples motivos estéticos.  Es mala porque refleja el fracaso de una evangelización que no ha logrado ayudar a los jóvenes bautizados a descubrir el significado del sacramento y a prepararse para él. En el fondo, la crisis del matrimonio es un indicador más de la tremenda secularización que estamos viviendo y de las dificultades para una evangelización que responda a las búsquedas de las personas en un contexto social que ha experimentado profundos cambios.

Según el Código de Derecho Canónico (1055, 2), “entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido que no sea por eso mismo sacramento”. Pero la normativa canónica no coincide en absoluto con la práctica. Hoy, miles de jóvenes bautizados no celebran el matrimonio por la Iglesia y ni siquiera contraen matrimonio civil, como demuestran las estadísticas antes mencionadas. Conviven como “parejas de hecho” o como compañeros, con la libertad de iniciar o romper la relación cuando lo juzguen oportuno, sin ninguna “atadura contractual”. ¿Se debe este hecho a que –como decía Bauman– los compromisos de por vida resultan demasiado sólidos en una sociedad líquida? ¿Qué sentido tiene algo estable cuando vivimos en una sociedad en continuo cambio? ¿Tendrá que ver con la precariedad laboral de muchos jóvenes y, por tanto, con la inseguridad económica en relación al futuro? ¿Será el matrimonio una institución obsoleta, propia de tiempos en los que se necesitaba legitimar las relaciones sexuales y asegurar el cuidado de la prole? ¿O quizá el matrimonio se percibe solo como un asunto jurídico que no añade nada a la relación afectiva entre dos personas que se quieren? Algunos jóvenes católicos arguyen además que el matrimonio “por la Iglesia”, tal como se vive en la actualidad, resulta demasiado costoso. ¿Qué necesidad hay de gastar un dineral si una pareja puede empezar a convivir sin tanto dispendio?

En contra de lo que muchos puedan opinar, yo creo que la situación que vivimos es un verdadero desafío que nos ayudará a redescubrir la esencia y belleza del matrimonio cristiano –en línea con la presentación que ha hecho Amoris Laetitia– e impedirá muchos matrimonios nulos (por falta de conciencia de lo que se celebra). No estoy tan seguro de que seamos capaces de recuperar la sencillez celebrativa. El comercio nos ha ganado la partida, nos ha vendido la idea de que casarse implica una serie de lujos imprescindibles si queremos estar a la altura de las circunstancias. Utiliza la celebración cristiana para añadir continuamente nuevas “prestaciones” que incrementan los gastos. Poquísimas parejas renuncian a una boda “como todo el mundo”, aunque conozco algunas que han tenido el coraje de celebrar el sacramento de manera alternativa y no por ello menos festiva y entrañable. También he escuchado a jóvenes parejas que temen que les inviten a muchas bodas a lo largo del año porque eso supone un verdadero sablazo a su presupuesto. En fin, que la crisis actual puede ser el único modo de pasar página y replantear muchas cosas que están viciadas, comenzando por la más importante: la celebración de un acto de fe cuando ésta brilla por su ausencia. Como en tantas otras cosas, creo que la crisis actual es una necesaria etapa de purificación que nos enseñará a valorar el verdadero significado de la novedad cristiana en un contexto plural.